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miércoles, 19 de agosto de 2026

UNA GRAN ESTAFADORA DEL CERRADO BRASILEÑO

 

Estamos acostumbrados a presentar la polinización como uno de los grandes negocios honestos de la naturaleza. La planta necesita que alguien transporte su polen y el insecto necesita comer. La flor anuncia sus mercancías mediante colores y perfumes; la abeja acude, cobra en néctar o polen y, mientras se alimenta, presta involuntariamente un servicio de mensajería. Todos ganan.

Pero la evolución no tiene ningún código de comercio. Y donde existe un sistema basado en señales y recompensas, tarde o temprano aparece alguien dispuesto a falsificar las señales y ahorrarse las recompensas.

Eso es precisamente lo que hace una orquídea sudamericana, Galeandra montana. En un estudio cuyos resultados han sido publicados en la revista Annals of Botany, un grupo de investigadores brasileños acaba de demostrar que sus flores imitan las de Jacaranda rufa, un arbusto con el que convive, para atraer a los mismos polinizadores sin ofrecerles nada a cambio. Es el primer caso de mimetismo floral batesiano demostrado formalmente en Sudamérica. El estudio se ha publicado en.

La historia ocurre en un escenario que merece presentación: el Cerrado brasileño. Cuando pensamos en la naturaleza de Brasil, la Amazonia tiende a ocupar todo el escenario, pero al sur y al este de la gran selva se extiende un territorio inmenso de unos dos millones de kilómetros cuadrados, cuatro veces la superficie de España y aproximadamente una cuarta parte de Brasil. Es el segundo gran bioma del país y la sabana tropical más rica en especies del mundo. Alberga más de 13 000 especies de plantas, además de centenares de especies de aves y mamíferos.

Llamarlo «sabana», sin embargo, puede resultar engañoso si imaginamos una interminable pradera africana. El Cerrado es un mosaico extraordinariamente variado de pastizales, matorrales, bosques abiertos, bosques de galería y formaciones arboladas. Buena parte de sus árboles y arbustos tienen troncos retorcidos, cortezas gruesas y sistemas radicales enormes, adaptaciones a una estación seca muy marcada, a suelos pobres y ácidos y, sobre todo, a un viejo conocido de estos ecosistemas: el fuego. Bajo una vegetación que a primera vista puede parecer modesta se esconde una enorme biomasa subterránea. El Cerrado es, en cierto modo, un bosque que ha decidido guardar buena parte de sí mismo bajo tierra.

También es uno de los grandes centros mundiales de biodiversidad vegetal. Y en medio de esa formidable colección de plantas viven nuestras dos protagonistas. La primera es Jacaranda rufa, una bignoniácea emparentada con los jacarandás ornamentales que llenan de flores violetas las calles de muchas ciudades cálidas. No es, sin embargo, uno de aquellos grandes árboles urbanos. J. rufa es normalmente un arbusto bajo, de hasta un par de metros, provisto de un órgano subterráneo leñoso, el xilopodio, que le permite rebrotar después de incendios y sequías. Produce vistosas inflorescencias y flores tubulares de color púrpura, con la garganta más clara, perfectamente diseñadas para llamar la atención de los insectos. Sus grandes visitantes encuentran en ellas néctar y, mientras lo buscan, entran en contacto con los órganos reproductores de la planta.

Los jacarandás constituyen un género esencialmente neotropical de unas cincuenta especies, muchas de ellas brasileñas. Sus flores, generalmente tubulares o acampanadas, están especialmente asociadas a abejas capaces de introducirse en la corola. Para un abejorro del Cerrado, una flor de Jacaranda es algo parecido al luminoso de un restaurante conocido: una señal que ha aprendido a relacionar con comida.


A, B: La especie modelo, Jacaranda rufa (Bignoniaceae); C,D: la especie imitadora, Galeandra montana (Orchidaceae) (C, D). Figura de Cardoso et al. (2026)

Y ahí se entromete Galeandra montana. Es una hermosa orquídea del Cerrado y otras formaciones brasileñas que produce flores grandes y llamativas. Pero tiene un pequeño inconveniente desde el punto de vista del cliente: no sirve nada. Ni néctar ni otra recompensa alimenticia. El establecimiento tiene fachada, iluminación y publicidad, pero la despensa está vacía.

La estrategia tiene un nombre: mimetismo batesiano. Procede del naturalista británico Henry Walter Bates, que estudió en el siglo XIX las mariposas amazónicas y observó que algunas especies comestibles se parecían extraordinariamente a otras desagradables o tóxicas. Si un depredador aprende que cierto patrón de colores significa «no me comas», cualquier especie inofensiva que consiga parecerse a la peligrosa puede beneficiarse del engaño.

Los sírfidos que parecen avispas hacen algo semejante. No tienen aguijón, pero visten de amarillo y negro. Lo mismo ocurre con numerosos insectos perfectamente indefensos que han descubierto, evolutivamente hablando, que parecer peligroso sale mucho más barato que serlo.

En las flores, la lógica es ligeramente diferente. El modelo no es peligroso, sino generoso. Una especie ofrece una recompensa real y el imitador copia sus señales publicitarias sin pagar el coste de producirla.

Las orquídeas son consumadas especialistas en estas artimañas. Algunas del género Ophrys, que tenemos muy cerca de casa, han llevado el fraude hasta extremos casi indecentes. Sus flores imitan el aspecto y, sobre todo, las señales químicas de las hembras de determinadas abejas o avispas. El macho intenta copular con la flor y se marcha sin descendencia, pero con los polinios de la orquídea pegados al cuerpo. Si vuelve a equivocarse con otra flor, la planta habrá conseguido exactamente lo que quería.

Galeandra montana utiliza un procedimiento menos erótico, pero igualmente eficaz: se hace pasar por un restaurante. Imaginemos que viajamos por una carretera desierta, llevamos horas sin comer y de pronto vemos la fachada inconfundible de una conocida cadena de restaurantes. El cartel, los colores, la puerta: todo coincide. Entramos y descubrimos que detrás de la fachada no hay restaurante alguno, sino un decorado de cartón. Nos marchamos indignados, naturalmente. El problema es que, mientras buscábamos la comida, alguien nos ha pegado un paquete a la espalda. Eso es, aproximadamente, lo que les sucede a las hembras de dos grandes abejas, Bombus morio y Xylocopa suspecta.

La orquídea dispone incluso de perfumería propia. En el labelo —el pétalo especializado característico de las orquídeas— posee unas estructuras secretoras llamadas osmóforos, capaces de producir sustancias volátiles que funcionan como atrayentes. Cuando la abeja se aproxima encuentra además una flor orientada horizontalmente, de aspecto tubular, con señales visuales semejantes a guías de néctar. Todo le dice lo mismo: aquí hay comida.

Entra.

No hay comida.

En menos de cinco segundos suele comprender que aquello es una estafa y abandona la flor. Pero cinco segundos son más que suficientes. Durante la inspección, el polinio —la masa compacta de polen característica de las orquídeas— queda adherido a su cuerpo. Si poco después la misma abeja cae en la trampa de otra Galeandra, transportará hasta ella el polen de la primera.

Demostrar que estamos ante mimetismo y no ante una semejanza casual exige bastante más que colocar fotografías de ambas flores una al lado de la otra. Y ahí reside precisamente el interés del nuevo estudio.

Hembras de Xylocopa suspecta y Bombus morio mostrando polinios de Galeandra montana depositados en la parte superior de su tórax (flecha) (A, B). Visita de una hembra de Bombus morio a G. montana (C, D). Figura de Cardoso et al. (2026).

Los investigadores compararon la forma, tamaño, orientación y coloración de las flores, pero no se limitaron a contemplarlas con ojos humanos. Analizaron sus reflectancias espectrales y modelaron cómo las percibe el sistema visual de las abejas. El resultado fue espectacular: el 81,83% de la variación de los rasgos florales de la imitadora quedaba comprendido dentro del espacio de características del modelo. Para una abeja, las dos flores se parecen mucho más de lo que quizá nos parezcan a nosotros.

Además, el engaño funciona en el momento adecuado. La floración de Galeandra montana queda incluida dentro de la temporada de floración de Jacaranda rufa. Sería absurdo disfrazarse de restaurante cuando todos los restaurantes auténticos están cerrados: los animales dejarían de asociar la señal con una recompensa. La falsificadora necesita trabajar mientras el negocio legítimo mantiene su reputación.

También coinciden geográficamente. Los modelos de distribución utilizados por los investigadores indican un solapamiento equivalente aproximadamente al 9 % de la superficie de Sudamérica, y en las localidades estudiadas ambas plantas pueden crecer separadas por apenas unos metros. Las mismas abejas visitan a las dos.

Solo existe una diferencia llamativa. Galeandra produce muchas menos flores que Jacaranda. Pero parece compensarlo haciendo que cada anuncio resulte más visible: sus flores son algo mayores, presentan una superficie frontal más grande y aparecen a mayor altura. Si no puedes permitirte veinte carteles publicitarios, coloca uno enorme encima del edificio.

El sistema, sin embargo, tiene un delicado problema matemático. Un impostor solo prospera mientras sea relativamente raro. Si hubiera más restaurantes falsos que verdaderos, los clientes aprenderían rápidamente que aquel letrero ya no significa comida y dejarían de entrar. El éxito del imitador depende, paradójicamente, de que el modelo continúe siendo abundante y honrado. La estafa funciona porque la mayoría no estafa.

Los autores sugieren además que Galeandra montana podría ser solo la primera pieza descubierta de algo mucho mayor. En el Neotrópico conviven numerosas especies de Galeandra con una extraordinaria diversidad de bignoniáceas de flores semejantes. Quizá no estemos ante un caso aislado, sino ante todo un complejo de mimetismo floral todavía por descubrir: una extensa asociación de modelos generosos e imitadores oportunistas repartida por las sabanas y bosques tropicales americanos.

Y aquí la historia vuelve inevitablemente al Cerrado. A pesar de su extraordinaria biodiversidad, este bioma ha recibido históricamente mucha menos atención internacional que la Amazonia. Aproximadamente la mitad de su vegetación original ha sido transformada, fundamentalmente por la expansión de la agricultura y la ganadería. Grandes superficies han sido convertidas en pastizales y cultivos de soja, maíz y algodón. Aunque la deforestación brasileña disminuyó en 2025, el Cerrado siguió siendo el bioma del país que perdió mayor superficie de vegetación nativa: más de 540.000 hectáreas en un solo año.

Y perder el Cerrado no significa únicamente perder determinadas especies. Significa desmontar relaciones que han tardado millones de años en construirse: una abeja que aprende que determinada forma y determinado color anuncian néctar; una jacaranda que paga por sus servicios; una orquídea que ha aprendido a falsificar el anuncio; un polinio colocado exactamente en el lugar adecuado del cuerpo del insecto; floraciones sincronizadas y señales visuales ajustadas a unos ojos que ni siquiera ven el mundo como nosotros.

Quizá por eso Galeandra montana resulta tan fascinante. No produce néctar, no recompensa a sus visitantes y vive literalmente del prestigio comercial de otra planta. Es una falsificadora, una gorrona y una estafadora. Pero hay que reconocerle una cosa: después de millones de años de evolución, ha conseguido que hasta las abejas entren en un restaurante sincocina.