Estamos acostumbrados a presentar
la polinización como uno de los grandes negocios honestos de la naturaleza. La
planta necesita que alguien transporte su polen y el insecto necesita comer. La
flor anuncia sus mercancías mediante colores y perfumes; la abeja acude, cobra
en néctar o polen y, mientras se alimenta, presta involuntariamente un servicio
de mensajería. Todos ganan.
Pero la evolución no tiene ningún
código de comercio. Y donde existe un sistema basado en señales y recompensas,
tarde o temprano aparece alguien dispuesto a falsificar las señales y ahorrarse
las recompensas.
Eso es precisamente lo que hace
una orquídea sudamericana, Galeandra montana. En
un estudio cuyos resultados han sido publicados en la revista Annals of
Botany, un grupo de investigadores brasileños acaba de demostrar
que sus flores imitan las de Jacaranda rufa, un arbusto con el que
convive, para atraer a los mismos polinizadores sin ofrecerles nada a cambio.
Es el primer caso de mimetismo floral batesiano demostrado formalmente en
Sudamérica. El estudio se ha publicado en.
La historia ocurre en un
escenario que merece presentación: el Cerrado brasileño. Cuando pensamos en la
naturaleza de Brasil, la Amazonia tiende a ocupar todo el escenario, pero al
sur y al este de la gran selva se extiende un territorio inmenso de unos dos
millones de kilómetros cuadrados, cuatro veces la superficie de España y aproximadamente
una cuarta parte de Brasil. Es el segundo gran bioma del país y la sabana
tropical más rica en especies del mundo. Alberga más de 13 000 especies de
plantas, además de centenares de especies de aves y mamíferos.
Llamarlo «sabana», sin embargo,
puede resultar engañoso si imaginamos una interminable pradera africana. El
Cerrado es un mosaico extraordinariamente variado de pastizales, matorrales,
bosques abiertos, bosques de galería y formaciones arboladas. Buena parte de
sus árboles y arbustos tienen troncos retorcidos, cortezas gruesas y sistemas
radicales enormes, adaptaciones a una estación seca muy marcada, a suelos
pobres y ácidos y, sobre todo, a un viejo conocido de estos ecosistemas: el
fuego. Bajo una vegetación que a primera vista puede parecer modesta se esconde
una enorme biomasa subterránea. El Cerrado es, en cierto modo, un bosque que ha
decidido guardar buena parte de sí mismo bajo tierra.
También es uno de los grandes
centros mundiales de biodiversidad vegetal. Y en medio de esa formidable
colección de plantas viven nuestras dos protagonistas. La primera es Jacaranda
rufa, una bignoniácea emparentada con los jacarandás ornamentales que
llenan de flores violetas las calles de muchas ciudades cálidas. No es, sin
embargo, uno de aquellos grandes árboles urbanos. J. rufa es normalmente
un arbusto bajo, de hasta un par de metros, provisto de un órgano subterráneo
leñoso, el xilopodio, que le permite rebrotar después de incendios y sequías.
Produce vistosas inflorescencias y flores tubulares de color púrpura, con la
garganta más clara, perfectamente diseñadas para llamar la atención de los
insectos. Sus grandes visitantes encuentran en ellas néctar y, mientras lo
buscan, entran en contacto con los órganos reproductores de la planta.
Los jacarandás constituyen un
género esencialmente neotropical de unas cincuenta especies, muchas de ellas
brasileñas. Sus flores, generalmente tubulares o acampanadas, están
especialmente asociadas a abejas capaces de introducirse en la corola. Para un abejorro
del Cerrado, una flor de Jacaranda es algo parecido al luminoso de un
restaurante conocido: una señal que ha aprendido a relacionar con comida.
| A, B: La especie modelo, Jacaranda rufa (Bignoniaceae); C,D: la especie imitadora, Galeandra montana (Orchidaceae) (C, D). Figura de Cardoso et al. (2026). |
Y ahí se entromete Galeandra
montana. Es una hermosa orquídea del Cerrado y otras formaciones brasileñas
que produce flores grandes y llamativas. Pero tiene un pequeño inconveniente
desde el punto de vista del cliente: no sirve nada. Ni néctar ni otra
recompensa alimenticia. El establecimiento tiene fachada, iluminación y
publicidad, pero la despensa está vacía.
La estrategia tiene un nombre: mimetismo
batesiano. Procede del naturalista británico Henry Walter Bates, que
estudió en el siglo XIX las mariposas amazónicas y observó que algunas especies
comestibles se parecían extraordinariamente a otras desagradables o tóxicas. Si
un depredador aprende que cierto patrón de colores significa «no me comas»,
cualquier especie inofensiva que consiga parecerse a la peligrosa puede
beneficiarse del engaño.
Los sírfidos
que parecen avispas hacen algo semejante. No tienen aguijón, pero visten de
amarillo y negro. Lo mismo ocurre con numerosos insectos perfectamente
indefensos que han descubierto, evolutivamente hablando, que parecer
peligroso sale mucho más barato que serlo.
En las flores, la lógica es
ligeramente diferente. El modelo no es peligroso, sino generoso. Una especie
ofrece una recompensa real y el imitador copia sus señales publicitarias sin
pagar el coste de producirla.
Las orquídeas son consumadas
especialistas en estas artimañas. Algunas
del género Ophrys, que tenemos muy cerca de casa, han llevado el fraude
hasta extremos casi indecentes. Sus flores imitan el aspecto y, sobre todo, las
señales químicas de las hembras de determinadas abejas o avispas. El macho
intenta copular con la flor y se marcha sin descendencia, pero con los polinios
de la orquídea pegados al cuerpo. Si vuelve a equivocarse con otra flor, la
planta habrá conseguido exactamente lo que quería.
Galeandra montana utiliza
un procedimiento menos erótico, pero igualmente eficaz: se hace pasar por un
restaurante. Imaginemos que viajamos por una carretera desierta, llevamos horas
sin comer y de pronto vemos la fachada inconfundible de una conocida cadena de
restaurantes. El cartel, los colores, la puerta: todo coincide. Entramos y
descubrimos que detrás de la fachada no hay restaurante alguno, sino un
decorado de cartón. Nos marchamos indignados, naturalmente. El problema es que,
mientras buscábamos la comida, alguien nos ha pegado un paquete a la espalda. Eso
es, aproximadamente, lo que les sucede a las hembras de dos grandes abejas, Bombus
morio y Xylocopa suspecta.
La orquídea dispone incluso de
perfumería propia. En el labelo —el pétalo especializado característico de las
orquídeas— posee unas estructuras secretoras llamadas osmóforos, capaces de
producir sustancias volátiles que funcionan como atrayentes. Cuando la abeja se
aproxima encuentra además una flor orientada horizontalmente, de aspecto
tubular, con señales visuales semejantes a guías de néctar. Todo le dice lo
mismo: aquí hay comida.
Entra.
No hay comida.
En menos de cinco segundos suele
comprender que aquello es una estafa y abandona la flor. Pero cinco segundos
son más que suficientes. Durante la inspección, el
polinio —la masa compacta de polen característica de las orquídeas— queda
adherido a su cuerpo. Si poco después la misma abeja cae en la trampa de otra Galeandra,
transportará hasta ella el polen de la primera.
Demostrar que estamos ante
mimetismo y no ante una semejanza casual exige bastante más que colocar
fotografías de ambas flores una al lado de la otra. Y ahí reside precisamente
el interés del nuevo estudio.
Hembras de Xylocopa suspecta y Bombus morio mostrando polinios de Galeandra montana depositados en la parte superior de su tórax (flecha) (A, B). Visita de una hembra de Bombus morio a G. montana (C, D). Figura de Cardoso et al. (2026).
Los investigadores compararon la
forma, tamaño, orientación y coloración de las flores, pero no se limitaron a
contemplarlas con ojos humanos. Analizaron sus reflectancias espectrales y
modelaron cómo las percibe el sistema visual de las abejas. El resultado fue
espectacular: el 81,83% de la variación de los rasgos florales de la imitadora
quedaba comprendido dentro del espacio de características del modelo. Para una
abeja, las dos flores se parecen mucho más de lo que quizá nos parezcan a
nosotros.
Además, el engaño funciona en el
momento adecuado. La floración de Galeandra montana queda incluida
dentro de la temporada de floración de Jacaranda rufa. Sería absurdo
disfrazarse de restaurante cuando todos los restaurantes auténticos están
cerrados: los animales dejarían de asociar la señal con una recompensa. La
falsificadora necesita trabajar mientras el negocio legítimo mantiene su
reputación.
También coinciden
geográficamente. Los modelos de distribución utilizados por los investigadores
indican un solapamiento equivalente aproximadamente al 9 % de la superficie de
Sudamérica, y en las localidades estudiadas ambas plantas pueden crecer separadas
por apenas unos metros. Las mismas abejas visitan a las dos.
Solo existe una diferencia
llamativa. Galeandra produce muchas menos flores que Jacaranda.
Pero parece compensarlo haciendo que cada anuncio resulte más visible: sus
flores son algo mayores, presentan una superficie frontal más grande y aparecen
a mayor altura. Si no puedes permitirte veinte carteles publicitarios, coloca
uno enorme encima del edificio.
El sistema, sin embargo, tiene un
delicado problema matemático. Un impostor solo prospera mientras sea
relativamente raro. Si hubiera más restaurantes falsos que verdaderos, los
clientes aprenderían rápidamente que aquel letrero ya no significa comida y dejarían
de entrar. El éxito del imitador depende, paradójicamente, de que el modelo
continúe siendo abundante y honrado. La estafa funciona porque la mayoría no
estafa.
Los autores sugieren además que Galeandra
montana podría ser solo la primera pieza descubierta de algo mucho mayor.
En el Neotrópico conviven numerosas especies de Galeandra con una
extraordinaria diversidad de bignoniáceas de flores semejantes. Quizá no
estemos ante un caso aislado, sino ante todo un complejo de mimetismo floral
todavía por descubrir: una extensa asociación de modelos generosos e imitadores
oportunistas repartida por las sabanas y bosques tropicales americanos.
Y aquí la historia vuelve
inevitablemente al Cerrado. A pesar de su extraordinaria biodiversidad, este
bioma ha recibido históricamente mucha menos atención internacional que la
Amazonia. Aproximadamente la mitad de su vegetación original ha sido
transformada, fundamentalmente por la expansión de la agricultura y la
ganadería. Grandes superficies han sido convertidas en pastizales y cultivos de
soja, maíz y algodón. Aunque la deforestación brasileña disminuyó en 2025, el
Cerrado siguió siendo el bioma del país que perdió mayor superficie de
vegetación nativa: más de 540.000 hectáreas en un solo año.
Y perder el Cerrado no significa
únicamente perder determinadas especies. Significa desmontar relaciones que han
tardado millones de años en construirse: una abeja que aprende que determinada
forma y determinado color anuncian néctar; una jacaranda que paga por sus
servicios; una orquídea que ha aprendido a falsificar el anuncio; un polinio
colocado exactamente en el lugar adecuado del cuerpo del insecto; floraciones
sincronizadas y señales visuales ajustadas a unos ojos que ni siquiera ven el
mundo como nosotros.
Quizá por eso Galeandra montana
resulta tan fascinante. No produce néctar, no recompensa a sus visitantes y
vive literalmente del prestigio comercial de otra planta. Es una falsificadora,
una gorrona y una estafadora. Pero hay que reconocerle una cosa: después de
millones de años de evolución, ha conseguido que hasta las abejas entren en un
restaurante sincocina.