miércoles, 25 de abril de 2018

En casa de Washington Irving y un cameo por Nueva York



Paterson, la película de Jim Jarmusch, es la poética de la vida ordinaria, una oda al arte como forma de relación con la cotidianidad. Cuando se viaja en autobús por Nueva York, uno se siente como un cameo, un personaje sin nombre que puede no tener importancia para la trama pero que es imprescindible para la misma, como los viajeros que transporta Alan Driver en su autobús urbano.

En la agitada Manhattan los únicos que parecen no tener jamás prisa son los conductores y los usuarios del bus. Los autobuses tienen parada cada dos o tres manzanas, pero prácticamente paran en todos los semáforos. Viajar en autobús es divertido porque todo el mundo está relajado. Parece que solo lo utilizaran jubilados, ociosos y turistas, que pueden recorrer la ciudad desde una plataforma privilegiada y por un precio módico, la décima parte de lo que se paga en los autobuses turísticos.

Cuando hay un minusválido en una parada, el conductor para, se baja, acciona una rampa, ayuda a subir la silla de ruedas, ordena que despejen una zona, estiba la silla de ruedas y, por fin, vuelve a su asiento para seguir conduciendo. A veces, el destino del usuario de la silla de ruedas está una o dos paradas más allá; no importa, ante la mirada sonriente y tranquila de todos los usuarios, el conductor volverá a realizar la misma operación. Pienso que los viajeros que le acompañan a uno en cualquiera de estos viajes, a ras de pavimento bajo la enorme verticalidad de la ciudad, guardan dentro de sí los argumentos de muchas historias.


A veces se presentan situaciones curiosas. Puede que cuando vayas a introducir el bonobús o las monedas en la máquina encuentres un letrero que diga: «out of order» (no funciona). Sube sin problema, porque es probable que el sonriente conductor te diga: «disfrute del viaje, hoy es gratis». Los que vayan entrando lo leerán tranquilamente y sonreirán pensando que se están ahorrando un par de pavos por cruzar la ciudad con tiempo suficiente para admirar el paisaje urbano.

Para llegar hasta Sleepy Hollow desde Columbia University el autobús sube por Broadway hacia el norte, por la carretera 9, que corre paralela al río que marca la fisionomía de Nueva York, el Hudson. “Muhheakantuck”, llamaban los iroqueses a lo que hoy conocemos como el Hudson, un río que se «emborracha con aceite» en el corazón de Manhattan, como escribió Federico en Poeta en Nueva York. Un río que rodea la ciudad dándole la vuelta, como el reverso de cualquier metáfora.

Pero es también es un río rural a unos pocos kilómetros al norte de la gran ciudad, en las boscosas montañas Catskill, en cuyas faldas se asienta Tarrytown, un pueblecito recogido y coqueto de aires victorianos, en el que Washington Irving reconstruyó una vieja granja, Sunnyside, y en el que muchos años antes había situado algunos de sus cuentos, entre ellos Rip Van Winkle y Leyendas de Sleepy Hollow. Este es precisamente el nombre del pequeño cementerio de aire gótico donde reposan Irving y otros notables personajes americanos, entre otros Andrew Carnegie, Samuel Gompers, Walter Chrysler, William Rockefeller, Elizabeth Arden y Brooke Astor.


Cuando Irving regresó en 1832 de su estancia de 17 años en Europa, donde adquirió fama mundial como escritor y donde escribió Los cuentos de la Alhambra, se internó en lo que hoy es Oklahoma, entonces Territorio Indio. De ese viaje, que convirtió a Irving en el único escritor en haber recorrido los cazaderos indios de las praderas que por entonces constituían los confines de la civilización anglosajona, surgió en 1835 la primera de sus obras sobre el Far West: A Tour on the Prairies, primer volumen de una trilogía del,  que se completaría con Astoria (1836) y The Adventures of Captain Bonneville, U.S.A, in the Rocky Mountains and the Far West, basado en las aventuras del militar y explorador Benjamin de Bonneville, que se publicó en 1837.
Con los derechos de autor de A Tour on the Prairies, del que se vendieron en su primer año 80.000 ejemplares, en junio de 1835 Irving compró al escribiente Benson Ferris una pequeña casa de campo de estilo holandés del siglo XVII y unas cinco hectáreas de tierra circundante, antigua propiedad de los van Tassel –la familia de la hermosa Katrina que él inmortalizó en La leyenda de Sleepy Hollow-, situada a menos de cuatro kilómetros al sur de Tarrytown, en el valle del río Hudson. Dadas sus pequeñas dimensiones, pues solo contaba con dos habitaciones, decidió agrandarla y en colaboración con el paisajista y arquitecto escocés George Harvey la transformó en una bonita mansión de estilo romántico.
Irving la bautizó en principio con el nombre de Wolfert's Roost (Reposo de Wolfert) -un personaje de la Historia de Nueva York contada por Dietrich Knickerbocker, el libro con el que ganó fama y dinero en Estados Unidos-, aunque finalmente la llamó Sunnyside (ladera soleada). Su intención era convertirla en un refugio placentero donde vivir y continuar con sus trabajos literarios. La embelleció, la decoró, y la dotó con todos los adelantos técnicos de la época. Diseñó los senderos y dio forma a un jardín donde aún florecen las winsterias y las hiedras trepadoras que le regaló Sir Walter Scott. También hizo construir una pequeña laguna a la que, en recuerdo de Europa, llamó el «Pequeño Mediterráneo». Algunos años más tarde, en 1847, la amplió con una torre de estilo español a la que sus amigos bautizaron como «La Pagoda».
En la década de 1840 las cosas ya no eran como antes. La escritura de Irving había perdido frescura y ya no era el único escritor norteamericano de éxito. Había surgido una fuerte competencia entre los escritores profesionales que conformaron la época dorada de las letras estadounidenses antes de la Guerra de Secesión: James Fenimore Cooper (sus novelas populares se vendían por millares en América y Europa), Mark Twain, Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne, Ralph Waldo Emerson, Henry Wadsworth Longfellow, Herman Melville, Walt Whitman y Henry David Thoreau. Los gastos de compra y ampliación de Sunnyside, unidos a unas malas inversiones en tierras y ferrocarriles, habían dejado su cuenta exhausta.
En febrero de 1842, el presidente John Tyler, a instancias del secretario de Estado Daniel Webster, amigo del escritor, lo sacó de sus apuros económicos nombrándolo embajador en España. Abandonó por un tiempo su querida casa y representó a su país ante la corte de Isabel II hasta el verano de 1846, cuando renunció voluntariamente al cargo.

El resto de su vida lo pasó refugiado en Sunnyside entregado a la redacción de libros históricos, entre ellos la biografía de George Washington, un auténtico superventas de la época. Hizo un gran esfuerzo intelectual para escribir esa monumental biografía. «He de tejer este último lienzo, y luego, morir», decía. Debilitado por continuos ataques de tos, murió finalmente de un ataque al corazón rodeado de su familia el 28 de noviembre de 1859, a las 22:30. Justo antes de retirarse para dormir la noche de su fallecimiento, comentó: «Tendré que disponer mis almohadas para otra noche agotadora. ¡Ojalá esto llegue pronto a su fin!».
Tras un multitudinario sepelio, fue enterrado el 1 de diciembre de 1859 junto a su madre en el cementerio de la antigua iglesia holandesa de Sleepy Hollow, muy cerca de donde pasa el camino donde su personaje lchabod Crane huyó del jinete sin cabeza. Desde allí se puede ver el valle del río Hudson a su paso por Tarrytown. A su muerte, Sunnyside permaneció en manos de la familia y la siguió habitando su hermano Ebenezer y sus tres hijas solteras, que fueron las amas de llaves de lrving. Los Irving están enterrados en una pequeña parcela cercada de Sleepy Hollow.
En 1945, la casa fue comprada por John D. Rockefeller Jr., que se propuso conservarla en su estado original. La restauró y decoró con todos los muebles y pertenencias del escritor. En 1947 se abrió al público como Casa Histórica Nacional y Museo de Washington Irving. En el despacho, el tiempo parece haberse detenido: allí están el diván, la biblioteca y el escritorio de roble que le regaló su editor George P. Putnam, sobre el que descansan dos puñales morunos recuerdo de su estancia en su querida Granada.
Mientras cae la tarde, vuelvo a mi cameo y regreso plácidamente a Nueva York. No ha habido suerte. La máquina expendedora funciona. La sonrisa del conductor, también. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 22 de abril de 2018

La inmensa valla a prueba de conejos de Australia


Carteles como este se colocan a modo de hitos a lo largo de la valla a prueba de conejos. Este está situado en la milla 40 de la valla 2.
El pasado viernes 6 de abril, mientras me entretenía escribiendo sobre Cervantes y la libertad de las mujeres, escuché en la radio que un grupo de enfurecidos agricultores castellano-manchegos intentaron asaltar las Cortes regionales en airada protesta contra una plaga de conejos que, según dicen y no pongo en duda, es extremadamente dañina para las cosechas. Cosas del comportamiento humano. Durante décadas, agricultores, ganaderos y cazadores se han esforzado por exterminar con pólvora, cepos, venenos, artimañas innúmeras y no pocos artefactos a las denominadas “alimañas” de pelo y pluma que controlaban las poblaciones de conejos. Aquellos polvos exterminadores han traído estos lodos lagomórficos.

Como nos enseñaron en la escuela, es probable que Hispania, la raíz latina de la que ha derivado España, proceda a su vez de la denominación que los fenicios dieron a una tierra rica en conejos. En el más que improbable caso de que los fenicios arribaran hoy a las costas australianas, la isla continente sería hoy otra Hispania.

Hasta 1788, los conejos no se conocían en Australia porque, como es sabido, si algo falta en las Antípodas son los mamíferos, carencia que suplen con la abundancia de sus parientes marsupiales. Ese año se introdujeron por primera vez en Australia para aprovechar carne y piel, pero convenientemente enjaulados en conejeras. No había ningún problema (salvo para los conejos, claro). Pero hete aquí que un colono inglés, Thomas Austin, tuvo una ocurrencia. ¿Por qué no soltar aquellos animalitos corredores y saltarines para solaz y entretenimiento propio y de sus invitados?, se dijo el ocioso hijo de la Gran Bretaña. Dicho y hecho.

La valla se pierde en la inmensidad del árido bushland australiano
Una mañana de octubre de 1859, Austin, que pretendía hacer caja con su recién inventado coto de caza, liberó veinticuatro conejos salvajes en su finca. Cuando sus alarmados vecinos denunciaron una nueva plaga que estaba arruinando sus cosechas, Austin declaró que él había pensado que la introducción de unos pocos conejos causaría poco daño y daría cierto toque británico en recuerdo de su madre patria (los conejos abundan en la pérfida Albión), además de sacar un dinerillo con su conejil cazadero.

No calculó bien, aunque –todo hay que decirlo- si Austin quería conejos tuvo conejos, demasiados conejos. Los recién llegados, sin apenas depredadores y con toda la hierba del mundo para comer, se sintieron como un grupo de hooligans ingleses en Manacor: se convirtieron en una peste. Austin no calculó bien la capacidad reproductiva de sus inquilinos. Gracias al crecimiento exponencial, los veinticuatro conejos de Austin se habían convertido entre 1859 y 1887 en unos veinte millones, sin tener en cuenta los cazados. Un hábitat favorable, la abundancia de alimentos, la falta de un enemigo natural y la gran velocidad con la que se reproducen, causaron la difusión más rápida de un mamífero jamás observada en el mundo. Por si eso fuera poco, y para mayor fortuna de los conejos, Australia resultó ser el lugar ideal para procrear.

Mapa con las tres fases de la valla. 
Los conejos generalmente dejan de reproducirse en invierno porque los gazapos, además de ciegos, nacen sin pelo y, por lo tanto, son susceptibles al frío. Pero los inviernos en Australia son suaves, por lo que podrían seguir dándole que te pego durante todo el año. Y por pura suerte (para los conejos), el mestizaje entre las dos variedades de conejos introducidas por Austin acabó por crear una raza particularmente resistente, vigorosa y rijosa. En diez años, sus poblaciones alcanzaron cifras tan altas que incluso después de atrapar, envenenar y disparar hasta dos millones de conejos al año, no se observó ningún efecto notable en su población.

En 1887, las pérdidas por el daño causado a los conejos fueron tan grandes que la Comisión Intercolonial del Conejo ofreció un premio de 25.000 libras “a cualquiera que pudiera demostrar una forma nueva y efectiva de exterminar a los conejos". A principios del siglo XX la plaga era de tal magnitud que en amplias zonas del país la vegetación herbácea había sido arrasada y numerosas especies de herbívoros nativos estaban en grave peligro de extinción por falta de alimento. Había que hacer algo. Las autoridades se pusieron a cavilar.

Carromato habilitado para el mantenimiento de la valla.
Hacia 1926. Cortesía de la State Library of Western Australia.
En la década de 1920, la población de conejos alcanzó un pico de 10.000 millones de individuos, una verdadera peste que empujó a las autoridades australianas a organizar iniciativas de todo tipo para luchar contra la plaga bíblica. Empezaron con importar a sus enemigos naturales: los zorros. Estos, sin embargo, descubrieron que cazar a los lentos marsupiales nativos, como los ualabíes, era mucho más cómodo y dejaron en paz a los rápidos conejos. Los zorros también se reprodujeron de forma espectacular y, entre otras cosas, empezaron a cazar muchas especies de confiadas aves nativas. La disminución progresiva de las aves hizo aumentar el número de insectos dañinos para los árboles y los eucaliptos. Los australianos entonces decidieron salvar a los eucaliptos disparando a los koalas, responsables, en su opinión, de la desaparición gradual de los bosques. Se arrepintieron a tiempo, justo antes de exterminarlos a todos.

La desesperación llegó a adoptar soluciones drásticas, como la invención de la mixomatosis, que causó y sigue causando problemas. Pero esa moderna técnica biotecnológica empezó a fraguarse en la década de 1950. Antes se intentaron soluciones más campestres. ¿Qué tal una malla conejera?, se le ocurrió a un abnegado funcionario. Las agobiadas autoridades se pusieron manos a la obra. Los fabricantes de alambre se frotaron las manos.

Las fábricas de mallas conejeras hicieron su agosto. Nave de fabricación de la Lysaght Bros Wire Works, de Sydney, que recibió en 1902 el encargo de fabricar 700 km para la valla nº 1. Cortesía de State Library of New South Wales.
En 1896, el Subsecretario de Tierras de Australia Occidental envió al inspector Arthur Mason al sudeste, hacia la frontera con Australia del Sur, para que informara sobre la población de conejos. Mason sugirió que se construyeran una serie de vallas, una a lo largo de la frontera con Australia del Sur y otra al oeste. La Comisión Intercolonial del Conejo decidió en 1901 que se construyera una gigantesca cerca. La construcción comenzó ese mismo año, y durante los siguientes seis años, se erigió una barrera de 1.824 kilómetros que se extendía desde la costa sur hasta la costa noroeste, a lo largo de una línea al norte de Burracoppon, a 230 kilómetros al este de Perth. Cuando se completó en 1907, era la cerca más larga del mundo.

Este hito señala el punto donde se inició en 1901 el tendido de la valla conejera 1. Desde ese punto, el tendido se dirigió por el sur hasta Esperance y por el norte hasta Port Hedland.
Hoy en día, la Rabbit Proof Fence (Valla a Prueba de Conejos), una endeble cerca de alambre de 3.256 km se extiende de norte a sur a través de Australia Occidental, dividiendo todo el continente en dos partes desiguales. Para que se hagan una idea cabal: si usted se desplaza de Madrid a Moscú en avión recorrerá 3.427 km. Desgraciadamente, mientras se levantaba la primera valla, los conejos seguían a lo suyo: migraban hacia el oeste reproduciéndose como lo que eran. Para contener a los nuevos sin papeles, se erigió una segunda valla (astutamente llamada valla nº 2) un poco más al oeste de la nº 1. La segunda valla tampoco es moco de pavo: se extiende 1.166 km desde Point Ann en la costa sur, más o menos paralela a su hermana mayor. Finalmente, se construyó una tercera valla, la valla nº 3 (ya ven que para poner nombres no eran muy originales), más modesta, que se extiende a una corta distancia de 257 km de su unión con la segunda hasta alcanzar la costa. Los conejos, ni caso.

Sobre la tumba de Austin no crecen hoy las flores porque se las comen los descendientes de sus orejudos invitados, aunque la población conejera se haya mantenido relativamente bajo control mediante la liberación deliberada de ciertos virus en la naturaleza. A pesar de la adopción de nuevas tecnologías, la valla sigue desempeñando un papel importante en la protección de los medios de vida de los agricultores, en especial frente a dingos, zorros y emúes. Pero esa es otra historia de la que me ocuparé otro día. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

Un cíborg medieval.... ¿Militar o carnicero?


Hubo un tiempo en que me cautivaron los ensayos y las novelas de ciencia ficción. En ese tiempo me enteré de lo que era un cíborg, es decir, un ser compuesto de elementos orgánicos y dispositivos electrónicos creado con la intención de mejorar las capacidades de la parte orgánica mediante el uso de tecnología cibernética.
El concepto del híbrido hombre-máquina ha sido ampliamente utilizado como recurso literario desde hace casi doscientos años. En la parodia The Man That Was Used Up (1839), Edgar Allan Poe describió al brigadier John A. B. C. Smith (trasunto del vicepresidente Richard M. Johnson) como un héroe de guerra con un cuerpo compuesto de múltiples prótesis. Aunque no se identifique al personaje, Poe despliega su ingenio para producir un relato sumamente divertido en el que el tal Smith es reconstruido a partir de una masa informe y pasa a convertirse en el individuo más atractivo que el narrador nunca hubiese contemplado.
En la novela El hombre que puede vivir en el agua (1910), el escritor francés Jean de la Hire presentó a Nyctalope, para algunos el primer superhéroe y también el primer cíborg literario. Por su parte, en The Comet Doom (1928), el estadounidense Edmon Hamilton describió a unos exploradores espaciales cuyos cuerpos combinan partes orgánicas y mecánicas. Hamilton también es conocido por el peculiar cerebro viviente y parlante, siempre flotando en un receptáculo transparente, que acompaña al superhéroe Capitán Futuro (1939). Hamilton utilizó el término cíborg de forma explícita en el cuento After a Judgmente Day (1962) para referirse a los «las copias mecánicas de humanos» llamadas "Charlies", explicando que «cíborgs es como se les había llamado, desde el primero [el primer Charlie] a inicios de la década de 1960 […] organismos cibernéticos».
Que Hamilton usara el término con fines literarios no es casual, porque el concepto había saltado a la luz pública –y con no poco revuelo mediático- dos años antes, en 1960, cuando Manfred E. Clynes (director científico del Laboratorio de simulación dinámica del Rockland State Hospital, en Nueva York) y Nathan S. Kline (un psiquiatra considerado una eminencia en el campo de la psicofarmacia), lo acuñaron para referirse a un ser humano tecnológicamente mejorado que podría sobrevivir en entornos extraterrestres. Llegaron a esa idea después de pensar sobre la necesidad de una relación más íntima entre los humanos y las máquinas en un momento en que empezaba a trazarse la nueva frontera representada por la exploración espacial. El término apareció por primera vez en forma impresa cuando The New York Times informó sobre una ponencia presentada por Clynes y Kline en un congreso sobre vuelos especiales. La definición decía: «Un cíborg es esencialmente un sistema hombre-máquina en el cual los mecanismos de control de la porción humana son modificados externamente por medicamentos o dispositivos de regulación para que pueda vivir en un entorno diferente al normal».
Foto y dibujo de esqueleto lombardo. Obsérvese la orientación del brazo derecho, la posición de la hebilla en forma de D y la posición del cuchillo. A diferencia de la mayoría de los enterramientos, el brazo derecho del individuo estaba doblado sobre la pelvis ajustado tanto a la hebilla como a la cuchilla. Fuente.
Aunque me apresuro a decir que ni el capitán Garfio ni los piratas con pata de palo pueden considerarse ciborgs, habida cuenta de que los artefactos que portan entran en el protésico campo de la ortopedia y no de la cibernética, no cabe duda de que el reciente hallazgo en el norte de Italia de un esqueleto de un hombre medieval manco bien pudiera tomarse por un antecedente de la íntima conjunción de un ser humano con un artefacto que va más allá de una simple prótesis.
Los antropólogos que han publicado el hallazgo en el Journal of Antropological Sciences se han quedado estupefactos. La osamenta muestra que la mano le había sido amputada en vida, pero lo que resulta verdaderamente enigmático es que en la tumba había también una hoja corta, parecida a un cuchillo, que pudo haberle servido como prótesis precibernética. La tumba data del siglo VIII y la edad de hombre, cuando pasó a mejor vida, era de entre 40 y 50 años. Hasta el momento se supone que se trataba de un guerrero, como lo eran por entonces todo los lombardos, pueblo al que pertenecía.
En un primer análisis del esqueleto, los especialistas confirmaron que la carencia de la mano no se debía a una malformación, sino que fue el resultado de una amputación obligada tras haber sufrido un traumatismo severo. Ciertas callosidades encontradas en el hueso del muñón son típicas de todo aquel que ha usado una prótesis durante mucho tiempo. Además, en los huesos del hombro se hallaron erosiones también características de las personas que se ven obligadas a mantener una postura poco natural debido a una extremidad apuntada.
Detalles del desgaste superficial del incisivo RI2 (A y B); el tipo y la orientación del desgaste es una clara indicación del uso extra masticatorio del diente, que muestra una corona significativamente reducida en comparación con el segundo incisivo izquierdo. (C) Radiografía del segundo diente incisivo superior derecho; obsérvese la lesión periapical localizada en el extremo proximal de la raíz. El hueso de color más claro alrededor de los bordes de las raíces del diente RI2 es el resultado de un daño post mortem. Fuente.

Además, y especulando un poco, los daños que el cíborg medieval tenía en su dentadura permiten suponer que utilizaba sus dientes no sólo para masticar, sino para sujetar con fuerza algunas cosas. Eso, a su vez, y sigo especulando de la mano de los antropólogos, lleva a pensar que podría tratarse del correaje que sujetaba una prótesis a su brazo. A todo lo anterior se suman los restos de piel hallados en la cuchilla-prótesis que se encontró en su tumba.
Lo que resulta misterioso es el uso que pudo darle al cuchillo que se encontró encima del esqueleto. Los antropólogos más belicosos piensan que pudo servirle como arma secundaria en las batallas, en caso de que fuese un guerrero, aunque otros, más cautos, admiten que quizá el lombardo fuera solo un simple carnicero.
En todo caso, lo más curioso de todo este caso es que el hombre sobreviviera a una amputación en una época en que, como nos recuerdan en este artículo, no había antibióticos y pululaban las infecciones. Que llegara a viejo en tales condiciones es un gran misterio. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

martes, 17 de abril de 2018

Cambio climático: la imparable deriva del río que cruza el mar

La corriente del Golfo, responsable de asegurar a Europa un clima templado, puede alterar su comportamiento debido a la influencia de aguas dulces del deshielo polar. Si el sistema oceánico global sigue debilitándose, podría alterar los patrones climáticos de varias regiones del planeta.

La irrealidad de la ficción no es lo fantástico o lo inverosímil, sino lo que siempre puede volverse real. Se abre una gran brecha en la Antártida, en Tokio graniza y caen del cielo bloques de hielo, varias tormentas y grandes huracanes destrozan numerosas ciudades de Estados Unidos, el clima se vuelve cada vez más hostil hasta provocar una edad de hielo. Todos estos fenómenos ocurren en la película de El día de mañana, de Roland Emmerich (2004).

Los efectos están retratados de forma exagerada, pero el filme describe muy bien el problema que causa ese desastre climático: la paralización de la corriente del Atlántico Sur (AMOC por sus siglas en inglés) que forma parte de la circulación termohalina global: un transporte de aguas cálidas y frías que recorre el mundo para equilibrar la diferencia de temperatura entre el Ecuador y los polos.

La AMOC es uno de los principales impulsores de la circulación oceánica mundial. En líneas generales, esta corriente oceánica fluye en dirección Este, alimentada por la corriente del Brasil, transportando una cantidad sustancial de calor desde los trópicos y el hemisferio meridional hacia el Atlántico Norte, hasta alcanzar el este de Groenlandia, donde el calor se transfiere a la atmósfera. Al enfriarse, se hunde, ya que el agua es más salada y, por tanto, más densa que el agua relativamente más fresca que la rodea. La masa de agua densa se hunde hasta el fondo del Atlántico Norte y es empujada hacia el sur a lo largo de la sima Atlántica.

Mapa topográfico de los mares nórdicos y cuencas subpolares con circulación esquemática de las corrientes superficiales (curvas sólidas) y corrientes profundas (curvas discontinuas) que forman parte de la circulación meridional del Atlántico. Los colores de las curvas indican temperaturas aproximadas. Fuente
La parte de esa cinta transportadora que recorre el Atlántico Norte se llama corriente del Golfo, un sistema de calefacción natural del que siempre ha disfrutado Europa. Hay quien ha llamado a la corriente del Golfo “la autopista del mar”: una masa de agua visiblemente diferente, más caliente y más rápida que el océano que la circunda, con una trayectoria y una circulación propias, capaz de alterar el clima de las costas que toca, de desviar los barcos y de calentar la cerveza de sus bodegas.

Este inmenso fenómeno oceánico dio pie a un libro de Stan Ulanski –La corriente del Golfo: la increíble historia del río que cruza el mar (Turner, 2102)-, que se puede leer como una historia oceanográfica, pero también como una crónica de viaje para aficionados a la pesca, una historia alternativa de los viajes transoceánicos (con especial atención a los de Colón y sus seguidores), y hasta un nuevo relato de piratas y aventureros de la mar.

La corriente del Golfo influye en el clima de la costa oriental de América del Norte desde Florida hasta Terranova antes de dirigirse hacia la costa oeste de Europa. Fuente.
Las aguas calientes que salen desde el Golfo de México recorren las superficies oceánicas hacia el norte calentando las costas de Nueva York y de toda Nueva Inglaterra antes de dirigirse hacia los países nórdicos después de atravesar el Atlántico. En ese ascenso latitudinal, el agua está Este proceso mediante el cual el agua se transporta al Atlántico del Norte es un gran distribuidor del agua oceánica a escala mundial, un mecanismo de transferencia que constituye una de las maneras más eficientes para el transporte de calor desde los trópicos a las latitudes septentrionales. Este sistema de regulación termohalina lleva siglos funcionando gracias a un delicado equilibrio entre temperatura y salinidad, que ahora está siendo alterado.

Desde hace algún tiempo los oceanólogos conocen una zona anómala del Atlántico Norte que es inmune al calentamiento del resto de los océanos de la Tierra. Esta zona fría parece estar asociada con una desaceleración en la AMOC, provocando unos cambios en la circulación global que podrían tener un profundo impacto en el sistema climático global. El pasado mes de agosto di cuenta de un estudio publicado en el último número de julio de 2017 de la revista científica Nature, que resumía la investigación realizada por un equipo de científicos de las universidades de Yale (USA) y de Southampton (UK). El equipo había encontrado pruebas de que la pérdida de hielo en el Ártico está afectando negativamente al AMOC.

Medida de las variaciones de temperatura de 1900 a 2012. La mancha blanca corresponde a la zona que no se enfría. Fuente NOAA.
Según el estudio, están aumentando las pruebas de que la zona “inmune” del Atlántico Norte podría deberse a una desaceleración de la AMOC y, por lo tanto, una desaceleración en la capacidad del planeta para transferir calor de los trópicos a las latitudes del norte. La zona fría podría deberse a la fusión de hielo en el Ártico y Groenlandia, lo que provocaría una capa fría de agua dulce sobre el Atlántico Norte que impide el hundimiento de aguas tropicales saladas. Eso reduciría la circulación mundial y dificultaría el transporte de aguas tropicales cálidas hacia el norte.

La fusión del hielo marino del Ártico ha aumentado rápidamente en las últimas décadas. Los registros de imágenes por satélite indican que los registros del hielo marino del Ártico son hoy un 30% menores que en 1979. El deshielo de los glaciares del Ártico arroja agua dulce al océano y ese aporte adicional altera la dinámica de la corriente del Golfo. Su densidad se reduce y el agua ya no desciende hacia el fondo con tanta facilidad. Esa tendencia al aumento de la fusión del hielo marino durante los meses de verano no parece estar disminuyendo. Por lo tanto –escribí entonces-, todo indica que veremos un debilitamiento progresivo del sistema global de circulación oceánica.

Según dos estudios publicados el miércoles 11 de abril también en Nature, el fenómeno retratado en El día de mañana está sucediendo. Las dos investigaciones difieren sobre la causa del problema y desde cuándo lleva ocurriendo, pero ambas coinciden en el diagnóstico: la corriente del Atlántico norte está ralentizándose. El transporte de agua se ha reducido entre un 15 y un 20% en los últimos 150 años. Dicho de otra forma, su caudal ha perdido unos tres millones de metros cúbicos por segundo, el equivalente a quince Amazonas. Una de los estudios asegura que no ha estado tan débil en mil años.

Si la corriente del Golfo se detuviese el planeta no se congelaría, como propone la película. Sin embargo, los efectos en el clima serían notables y negativos en el hemisferio boreal. En Estados Unidos podría subir el nivel del mar en la costa Este drásticamente. En solo un año, entre el 2009 y el 2010, se registró una elevación de diez centímetros asociada a una ligera desaceleración de la corriente. Mientras, en Europa las temperaturas descenderían, provocando inviernos mucho más fríos. Los investigadores predicen que el proceso continuará intensificándose debido al calentamiento global.

La Corriente de Humboldt es una corriente fría y de baja salinidad del Océano Pacífico que fluye hacia el norte a lo largo de la costa occidental de Sudamérica desde el extremo sur de Chile hasta el norte de Perú. Hacia el este, la corriente del Golfo, junto con su extensión hacia el norte de Europa, la deriva del Atlántico Norte, es una corriente oceánica poderosa, cálida y rápida que se origina en el extremo de Florida. Fuente
De acuerdo con la Institución Oceanográfica de Woods Hole, que participó en esos estudios, si el sistema sigue debilitándose podría alterar los patrones climáticos de Estados Unidos y Europa: más enfriamiento en el Atlántico Norte, mayores tormentas invernales en el continente europeo, posible desplazamiento hacia el sur de las lluvias tropicales, y un aumento más rápido en el nivel del mar en la costa este estadounidense. Las corrientes también transportan nutrientes, oxígeno, larvas de coral o peces de un área a otra, contribuyendo a la capacidad de los océanos para absorber y almacenar dióxido de carbono. En este sentido, la pesca comercial podría verse afectada, así como algunas especies de peces, aves y ballenas debido a la carencia de aguas ricas en oxígeno, conduciendo con ello un círculo vicioso al dejar más dióxido de carbono en la atmósfera, lo que contribuiría significativamente al calentamiento global.

Aunque geólogos y oceanólogos saben que en el pasado existieron episodios similares a lo que parece estar sucediendo ahora, todavía tienen serias dudas de lo que se avecina. Menos seguros, claro, que los guionistas de Hollywood. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

Pero… ¿Habrá 23 de abril?

La última predicción del fin del mundo apunta al 23 de abril de 2018 como el día del Juicio Final. 


Una nueva profecía establece la fecha del Armagedón el próximo lunes, con la inesperada consecuencia de que, si se cumple, don Sergio Ramírez se quedará con dos palmos de narices. Pero tranquilos todos, el macabro augurio se basa en un cóctel de la prolífica numerología antigua, en interpretaciones disparatadas del ya de por sí desatinado Apocalipsis, y en teorías acerca de un maléfico "Planeta X".
La fecha prevista para que todos nos vayamos al cuerno, el 23 de abril, trae a mi recuerdo a uno de los profetas apocalípticos más famosos (y fallidos) de todos los tiempos, William Miller, un predicador bautista cuyos seguidores acabarían por formar la Iglesia Adventista del Séptimo Día. A mediados del siglo XIX, sin tener nada mejor que hacer, Miller se entretuvo vaticinando múltiples fechas del Juicio Final, entre ellas una que lo fijó el 23 de abril de 1843. Esta fecha quedó un poco olvidada detrás de la bomba profética con la que anunció que el 22 de octubre de 1844, fecha que bautizó como el Advenimiento, que iba a ser, ni más ni menos, el día en el que el mismísimo Jesucristo se personaría en el mundo para echar el cierre mediante una apocalíptica traca final. La fecha pasó al infame calendario de las tonterías predichas como "El Gran Chasco", habida cuenta de que, si Jesús abandonó la derecha del Padre para darse un garbeo por aquí, lo hizo de incógnito y sin provocar daños mayores.

Fue una lástima porque el ínclito Miller se había documentado a fondo interpretando ni más ni menos que el lunático libro Daniel, del que extrajo (hay quien dice que con la ayuda de una buena ingesta de absenta o algún porro que otro) la conclusión de que la "limpieza del santuario" de Daniel era ni más ni menos la purificación del mundo del pecado, una némesis universal dirigida por Cristo que tendría lugar precisamente ese aciago día. La profecía de Miller sirvió para que una legión de crédulos aportara toneladas de fe y dólares a espuertas (que fueron a parar a los bolsillos de Miller), para crear la Iglesia del Séptimo Día. Llegó el día y, como no hubo más calamidades que las normales, Miller y sus acólitos reconvirtieron el dislate y pasaron a proclamar que lo que sucedió el 22 de octubre no fue el regreso de Jesús, como había pensado Miller, sino el inicio de la obra final de expiación de Cristo, la purificación del Santuario Celestial, que conduciría al Segundo Advenimiento, a cuya espera permanecemos.
Después de superar sin daño alguno el 21 de diciembre de 2012, otra fecha profetizada como la del fin del mundo por una tropa de orates neomayas de la que me ocupé en su momento, el último pronosticador del fin del mundo ha sido David Meade, quien el año pasado vaticinó que una extraña alineación de estrellas, que tendría lugar el 23 de septiembre de 2017, anunciaba el Armagedón pronosticado en el Capítulo 16 del Apocalipsis. Meade dijo en aquella ocasión que el alineamiento estelar precedería al paso por la Tierra de un planeta maléfico –al que llamó Planeta X- que causaría todo tipo de desastres geológicos y tribulaciones innúmeras, culminadas en el regreso de Jesús. A su espera seguimos tan campantes.

El nuevo dislate de Meade es más de lo mismo. De acuerdo con una entrevista concedida el pasado ¡viernes 13! al tabloide Express, Meade, que bien parecería estar empeñado en que no se entregue el Premio Cervantes, ha anunciado el 23 de abril de este año como la nueva fecha de inicio del Apocalipsis. Razones no le faltan, dice. En esa fecha, el Sol, la Luna y Júpiter se alinearán en la constelación de Virgo, haciéndose eco de Apocalipsis 12: 1-2, que dice literalmente:
12: 1. Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del Sol, con la Luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas.
12:2: Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento.
Más claro, agua. Lo malo es que llueve sobre mojado. Este mismo pasaje fue el mismo utilizado por el bausán Meade para pronosticar el 23 de septiembre de 2017 con idénticas consecuencias, aunque en ese caso, todo hay que decirlo, se centró en una alineación del Sol en Virgo con nueve estrellas y los planetas Mercurio, Venus y Marte. Ahora, la sinrazón es mayor.
Y es que, además de desbarrar, Meade plagia. La fuente en la que bebe –ese capítulo del Apocalípsis- se basa en antiguas tradiciones judías, greco-romanas y persas que resultaron –no hace falta decirlo- otros tantos gatillazos. Quien escribió el Apocalípsis era otro lince. Para mayor escarnio de la tontuna de Meade, Júpiter no estará alineado el 23 de abril dentro de la constelación de Virgo; cuando sea visible desde la Tierra ese día estará en Libra. Ese mismo día, el Sol aparecerá como de costumbre, pero alineado con Aries, mientras que la Luna lo hará en Géminis. Para rastrear estos cuerpos celestes y generar sus propias predicciones del día del Juicio Final, visite este planisferio

Con respecto al Planeta X, qué puedo decirles. Su existencia, con ese nombre o con el de Nibiru, ha sido desacreditada repetidamente. Los astrónomos están buscando un posible planeta del tamaño de la Tierra en el exterior del Sistema Solar, al que a veces llaman "Planeta X" o "Planeta Nueve", pero no es el mismo Planeta X que hace las delicias de los profetas apocalípticos. Según esta tribu de pirados conspiranoicos, la NASA está ocultando la existencia de un planeta asesino que se precipita hacia la Tierra listo para provocar la de Dios es Cristo a base de tsunamis, terremotos, hecatombes y otros cataclismos infernales a medida que se nos viene encima.


El Nibiru se creó merced a otra lunática de la distopía, la teórica del fin del mundo Nancy Lieder, una chiflada de Wisconsin en cuya web (Zetatalk) presenta a unos extraterrestres llamados Zetas y vende una compleja red de teorías de conspiración a cual más desbarrada. Lieder lanzó la idea de Nibiru en la década de 1990 y predijo su paso por la Tierra en 2003. Desde entonces, el planeta asesino se ha convertido en el coco de múltiples predicciones del fin del mundo, incluido el apocalipsis de 2012, que se basó en el supuesto final predicho en el Calendario Maya.

El delirante cóctel de todas estas teorías dispares, surgidas desde lo bíblico, lo cosmológico, lo político y la tontuna, puede ser un síntoma del tipo de conspiración cruzada que tanto gusta en las redes sociales, en cuya trama toda necedad encuentra cómodo y cervantino asiento. Meade está activo en YouTube, donde conversa con otros "profetas" del fin del mundo como Paul Begley, presentador de un programa de producción propia "The Coming Apocalypse", que hace las delicias de millones de frikis americanos. Si es usted lector, sepa que Meade también vende sus teorías en libros autoeditados por Amazon. En un país donde se regalan másteres, a lo peor le otorgan el Cervantes un año de estos.

Don Sergio, esté usted tranquilo. Cálese el chapeo, requiera la espada y mire al soslayo. Llegará el 23; se irá, y no habrá nada. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.


domingo, 15 de abril de 2018

¿Chuletones sostenibles? Las vacas felices de Half Moon Bay

El faro de Pigeon Point cierra por el sur Half Moon Bay.

Una tarde de un verano demasiado lejano para lo que conviene a mi memoria, mi colega Walter D.O., profesor en la universidad de Stanford, me invitó a una barbacoa en su casa de Pescadero, California. Pescadero es un pueblecito no muy lucido y algo decadente, pero es un buen sitio para vivir en paz siempre que a uno no le importe pasar los veranos más fríos y neblinosos de su vida. Está a tiro de piedra de la bahía de San Francisco, así que cito a Mark Twain: “El invierno más frío de mi vida lo pasé un verano en San Francisco”. Pues eso.
La vieja plataforma marina sobre la que se asienta Pescadero está enmarcada por tres de las más hermosas bahías de California: Monterey al sur; Half Moon Bay al norte, y la bahía de San Francisco al este. Está dentro del territorio de los bosques de uno de los árboles más altos del mundo, los redwoods. Aunque han sido talados a matarrasa desde mediados del XIX, los parques estatales y el disperso Redwood National Forest todavía conservan buenas manchas de bosque húmedo y sombrío, y, donde no hay bosque, prados de un verde furioso descienden por las colinas hasta alcanzar las marismas de la desembocadura del río Pescadero. Desde los acantilados de arena anclados por las raíces de los últimos ejemplares nativos de cipreses californianos, se avistan surfistas, nutrias, leones marinos, delfines y, de vez en cuando, ballenas grises que migran hacia Alaska entre las selvas de sargazos que crecen en las gélidas aguas del Pacífico.
INterior de un bosque de Sequoia sempervirens.
En su juventud, Walter fue medio hippie en San Francisco; ahora es un yuppie de tomo y lomo que adora los güisquis escoceses, los vinos españoles, los quesos franceses, los alimentos ecológicos y la comida orgánica. Firme defensor de la hipótesis Gaia y seguidor acérrimo de las charlas de Al Gore, Walter está muy preocupado por la salud del planeta, por el cambio climático, por el consumo energético, el derroche de agua, los coches diésel y todas esas cosas. En su garaje, reposa un Tesla eléctrico de cincuenta mil dólares.
Mientras bebemos una copa de Pesquera, Walter prepara la barbacoa. Unos enormes chuletones de carne roja comienzan a chisporrotear en la parrilla. Por jorobar un poco, le digo que el ganado bovino es uno de los mayores emisores de metano, un gas de efecto invernadero veinticinco veces más dañino que el dióxido de carbono. La añado que el 80% de los antibióticos consumidos en Estados Unidos se destinan al ganado y que una superficie del país equivalente en tamaño a cuatro veces España se destina al cultivo de alimentos para el ganado, robando una tierra fértil que podría destinarse a la alimentación humana.  Le añado un poco de discurso animalista: ¿qué tiene que decir de las vacas encerradas en cercados o hacinadas en establos y cebadas con hormonas y transgénicos?
La familia Markegard posa en su finca. Al fondo, Half Moon Bay.
Sonríe (supongo que por no atizarme con un morillo). No, claro que no ocurre tal cosa con las vacas cuyas partes más jugosas nos vamos a zampar. ¡Es carne orgánica!, dice. De que es orgánica no me cabe la menor duda: indudablemente, esos chuletones formaron parte de algún órgano de una hermosa ternera. ¡Es carne ecológica!, insiste. La carne se la sirven directamente desde un rancho cercano, Markegard Family Grass-Fed, en el que las vacas campan (y pastan) por sus respetos en los verdes prados que rodean Half Moon Bay.
Entre efluvios cárnicos que hacían perder el sentido, nos sentamos dar cuenta del aromático banquete. La carne estaba deliciosa y el Pesquera ni te cuento. Le pido que me cuente algo más de esos privilegiados rumiantes ecológicos. Pone cara de misterio, se levanta y hace sonar un CD con música de Neil Young. Suena Broken Arrow.
Resulta que esa canción dio nombre al rancho de aquí al lado, en La Honda, que Neil Young compró en 1970 y que ha conservado hasta hace un par de años cuando su divorcio lo puso en manos de su exesposa. Es lo que trae liarse con la hermosa Daryl Hannah. Mañana, dice, daremos un paseo en bicicleta hasta allí (el resultado de la expedición ciclista y de mi encuentro casual con Daryl y Neil lo contaré otro día). El caso es que el capataz del rancho era un inmigrante noruego, un tal Markegard, cuyo hijo Erik, nacido en Broken Arrow, es ahora propietario de un rancho vecino (de Young, no mío) en el que, junto a su radiante esposa Doniga, cría ganado vacuno de la mejor calidad: Belted Galloway y Black Angus, dos “Cinco Jotas” bovinos.
Las 250 vacas, novillos, terneros y añojos de la familia Markegard viven vidas de libertad total, comen pastos libres de fertilizantes químicos, pesticidas y transgénicos, beben aguas cristalinas y no son tratadas ni con antibióticos ni con hormonas de engorde. Los terneros se alimentan con la leche materna. Vacas felices, saludables y en plena forma que disponen de 1.800 hectáreas para sus correrías. Una Arcadia feliz. Únicamente son estabuladas cuando les llega su hora. Ignoro si las sacrifican a base de arrumacos y besos. En cualquier caso, con mimos o sin mimos, el rancho produce cada año 36.000 kilos de carne roja, sana y nutritiva. Los veterinarios del Departamento de Agricultura certifican el marchamo de máxima calidad y garantizan su cría ecológica. ¡Carne ecológica! ¡Chuletones sostenibles!, exclamaba Walter mientras levantaba la copa.
Mientras hablaba, parecía que tenía razón, así que tranquilicé lo poco que de vegano tiene mi ánimo y me zampé el chuletón acompañado de algunas (quizás demasiadas) copas del buen Ribera). Al día siguiente, sentado tranquilamente en el porche bebiendo ese aguachirle al que los americanos llaman café negro, eché mis cuentas convenientemente asesorado por el doctor Google.
Los estadounidenses son los mayores devoradores de carne del planeta. Por término medio, cada americano consume 97 kilos de carne roja al año. La carne que producen cada año los Markegard serviría para satisfacer el consumo anual de 371 carnívoros norteamericanos.
Las 36 toneladas de carne roja de los Markegard se producen en 1.800 hectáreas de buenos pastos. Si esa superficie sirve para el consumo de 371 bípedos carnívoros, el consumo de los 326 millones de estadounidenses requiere una superficie de 326.000.000 X 1.800/371. Les ahorro el cálculo y pongo el resultado en kilómetros cuadrados para quitar ceros: 15,8 millones. Es decir, si tenemos en cuenta que los 48 estados contiguos de Estados Unidos suman 7,7 millones de km2, habría que sumar la superficie equivalente de Alaska (1,7 millones), México (1,9) y, por no marear más, la de toda la Unión Europea (4,4), para que los rumiantes corrieran a sus anchas y Trump y sus paisanos gozaran del privilegio gastronómico de mi querido amigo Walter.
¡Vacas sostenibles! ¡Terneras ecológicas! ¡Testa de Apicius! ¡Qué cosas se traga uno cuando le acompaña un buen Ribera! © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 8 de abril de 2018

Cervantes y la libertad de las mujeres

Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama.

Discurso de Marcela, Cap. XIV. Don Quijote de la Mancha.


Los clásicos, escribió Calvino, son esos libros que uno nunca termina de leer. Siempre nos enseñan un ángulo que no habíamos previsto: son ellos quienes nos leen a nosotros. Han generado mucha bibliografía, pero soportan nuevas interpretaciones y a menudo alguien realiza aproximaciones iluminadoras. Es lo que consigue Francisco Peña en Cervantes y la libertad de las mujeres [1], al subrayar que el alcalaíno universal da voz de las mujeres, muestra la injusticia y acompaña su reivindicación en un sistema amañado contra ellas. Esa forma de darles voz es también un reconocimiento a su dignidad. Esa mirada enlaza con uno de los aspectos más interesantes de Miguel de Cervantes: la importancia que concede a los personajes femeninos.
No puedo, ni de lejos, profundizar en el amplio y riguroso análisis que Paco Peña hace de la obra cervantina en relación con el tema que nos ocupa. Me ocuparé de una de ellas, El Quijote, indiscutiblemente la obra más importante del alcalaíno universal. Treinta y nueve personajes femeninos aparecen en El Quijote. El papel femenino no sólo es importante en cuanto a la cantidad, sino también a la calidad de sus intervenciones en el libro, que subraya el papel de la mujer en el mundo cervantino. Las mujeres que dibuja Cervantes son una polifonía de voces que tratan temas tan importantes como la educación, el matrimonio, las relaciones y el amor. Si uno se sitúa en el contexto del Siglo de Oro, ese es quizás uno de los valores más importantes que nos puede ofrecer Cervantes, el único autor de su época que otorga voz y pensamiento a las mujeres durante un siglo en el que se las trataba de silenciar y de limitar a espacios domésticos.
El regalo de Cervantes es que permite ver a lo largo de los dos tomos del Quijote aldeanas, duquesas, cortesanas, moras, cautivas, doncellas o prostitutas. Menos monjas, hay de todo. Es un regalo porque así se puede conocer el papel que tuvieron las mujeres hace tantos años, algo que no se puede encontrar en otros representantes de la literatura española como Góngora, Fray Luis, Lope de Vega o Calderón.  No es que falten ejemplos femeninos en los clásicos españoles; en la picaresca, por ejemplo, también aparecen algunos personajes femeninos, pero es sólo en El Quijote donde Cervantes da voz a las víctimas del machismo de su época: es una forma de reconocer su dignidad.
En la época en que Don Quijote cabalgaba en la imaginación de los lectores, existía toda una corriente misógina respecto a lo que había que “hacer” con las mujeres. La guía canónica de la época era el Catecismo de Astete, un famoso cuadernillo compuesto originalmente por el padre Gaspar Astete de la Compañía de Jesús, que durante siglos formó en la doctrina católica a millones de hispanohablantes. Astete advertía de los peligros de que las mujeres aprendiesen a leer y escribir. En esa misma línea, autores como Juan Luis Vives, Juan de la Cerda o Fray Vicente Mexía buscaban encausar el comportamiento de las mujeres mediante sucesivos libros “educativos”. Tanto filósofos como moralistas propugnaban los privilegios de la masculinidad: el saber y el poder, social y político, debía pertenecer en exclusiva al género de los hombres, vetándose a las mujeres.
En el prólogo a La formación de la mujer cristiana (1528), Juan Luis Vives escribió que la fe se ha repartido de la misma forma en hombres y en mujeres, pero que en lo “tocante a las obras”, el hombre debe, sin duda, regir y adiestrar a las mujeres. No sólo eso: tienen que obedecer. Las ideas transmitidas por Fray Luis de León en La perfecta casada contribuyeron en gran medida a la generalización de la idea de que la mujer es un ser inferior. Cita a San Pablo para justificar que la necesaria honestidad de la mujer se basa en su natural condición pusilánime: «¿Qué dice Sant Pablo a su discípulo Tito que enseñe a las mujeres casadas? «Que sean prudentes, dice, y que sean honestas, y que amen a sus maridos, y que tengan cuidado de sus casas». […] ¿Por qué les dió a las mujeres Dios las fuerzas flacas y los miembros muelles, sino porque las crió, no para ser postas, sino para estar en su rincón asentadas?»
En medio de este clima misógino aparece en 1605 la primera parte de Don Quijote de la Mancha, un texto cuyo trato hacia las mujeres es una firme defensa de la libertad reproductiva, la elección amorosa y la claridad femenina. Leandra, Zoraida, Marcela y Doña Clara de Viedma, todas ellas personajes de la primera parte de la novela, son huérfanas de madre. La orfandad femenina es una forma de liberación que Cervantes utiliza sutilmente para establecer un discurso igualador entre hombres y mujeres. Introduce la imagen de jóvenes independientes y hermosas, poseedoras de voluntad, no hijas de Dios ni compañeras de Adán, sino núcleos potentes de feminidad: ya no la costilla sino sus propios hechos y sus propias vidas.
La crítica contra lo socialmente correcto de aquella época es evidente: Cervantes no retrata mujeres casadas, con hijos, que obedecen a un marido y se ajustan a sus dictados. La ausencia de familia en todas estas mujeres representa lo contrario a lo esperado. Como ocurría con las de su propia familia, las mujeres que habitan las obras del manco de Lepanto están llenas de la ausencia vital que correspondía a mujeres de su condición, es decir, dispuestas a obedecer, callar y procrear. De esta manera, las reivindica literariamente cuando socialmente servían para una sola cosa que las definía como mujeres: la reproducción.
Recordemos que don Alonso Quijano es el único que se interpone entre Marcela –cuando acaba su discurso-– y los hombres que por alguna razón quieren ir tras ella. Solamente la locura caballeresca de Don Quijote podía entender las bases femeninas de una sociedad masculina patriarcal. Quizá el propio Cervantes supo que nadie se escandalizaría si ponía a su protagonista como defensor de la libertad femenina, pues era un loco amable y no un reformador de costumbres.
Si el famoso discurso de Marcela es un canto a la libertad de la mujer, las palabras de la Gitanilla definen el espíritu que embarga toda la creación literaria de Cervantes: «Estos señores bien pueden entregarte mi cuerpo; pero no mi alma, que es libre y nació libre, y ha de ser libre en tanto que yo quisiere». En suma, lo que Cervantes hace es proporcionarles a estas mujeres características inequívocas contra el discurso oficial, moral y religioso que se respiraba en la época. La libertad, parece decirnos Cervantes, es una forma de admonición contra los marcos rígidos de la autoridad. La mujer se libera del yugo y de las roídas cadenas de una sociedad que imponía una superioridad injustificada en una época unida y marcada bajo la temible caligrafía de Dios: la administración celestial de las rentas terrenales.
Cervantes se dio cuenta de que los molinos de viento no eran lo único que había que combatir. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

[1] El libro se presenta el próximo 12 de abril a las 19 horas en el Salón de Actos de la Universidad (Plaza de San Diego s/n; Alcalá de Henares).