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martes, 25 de febrero de 2020

Primavera, tiempo para las bulbosas


Los jardineros del hemisferio norte se disponen estos días a preparar sus bulbos. La primavera es la estación de las plantas bulbosas. A medida que el invierno da paso a días más cálidos y largos, algunas plantas que han permanecido el invierno enterradas (o dentro de sacos en las bodegas de los jardineros) comienzan a aflorar en busca de la luz solar. Funcionalmente, los bulbos son órganos de almacenamiento. Están formados por un tallo corto rodeado de capas de hojas carnosas, que contienen mucha energía para impulsar el rápido crecimiento.
Las plantas han resuelto de maneras muy diversas el problema de la supervivencia durante épocas adversas, como son los inviernos muy fríos y los veranos excesivamente cálidos y secos. Las plantas bulbosas han desarrollado órganos subterráneos de reserva que les permiten sobrevivir durante las estaciones desfavorables en estado de reposo y reiniciar el crecimiento cuando las condiciones ambientales vuelven a ser favorables.
Durante la primavera, cuando aparecen las hojas, las plantas bulbosas activan su metabolismo, fotosintetizan aprovechando las largas horas de insolación y movilizan los compuestos elaborados gracias a la luz hacia los bulbos subterráneos. Mientras lo hacen, producen flores, por lo general muy numerosas y muy vistosas, porque la mayoría de las bulbosas son polinizadas por insectos que liban el néctar de sus flores.
Cuando aprieta el calor del inicio del verano, las flores ya han producido frutos mientras que las hojas comienzan a desecarse. Durante el verano no queda más rastro de las bulbosas que un manojo de hojas secas (salvo en los jardines irrigados) y un puñado de frutos que, agitados, por el viento liberan decenas de semillas menudas.
Por debajo de tierra, la planta sobrevive gracias a los bulbos, que constituyen una reserva para pasar el invierno en estado de latencia, protegidos de las temperaturas extremas de la superficie gracias al poder atemperador de los suelos. Son increíblemente resistentes en esta etapa.
Flores del mataperros, Colchicum autumnale
Las adaptaciones y las estrategias de las plantas bulbosas pueden satisfacer exigencias ecológicas muy diversas. Por ejemplo, muchos tulipanes (Tulipa) de origen asiático están adaptados a un clima continental extremo, con veranos secos y tórridos, inviernos helados y primaveras con breves aguaceros, período en el cual desarrollan su ciclo completo. Existen, por otra parte, muchas especies de sotobosque, como algunos azafranes y similares (Colchicum, Crocus, Merendera), la escila (Scilla) y el diente de perro (Erythronium) que, gracias a sus reservas alimenticias, crecen muy rápido y cumplen su ciclo a principios de la primavera, antes de que las hojas de los árboles de hallan desarrollado y les quiten la luz del sol.
Muchas plantas bulbosas habitan comunidades adaptadas a incendios recurrentes durante la estación seca. En esos períodos, las plantas bulbosas y otras con raíces o tallos subterráneos (rizomas y tubérculos) están en reposo y de ese modo sobreviven al calor del fuego. Los incendios limpian de vegetación la superficie, eliminando la competencia y, además, aportan nutrientes al suelo a través de las cenizas. Cuando las primeras lluvias caen, los bulbos, libres de competencia y bien abonados, comienzan a brotar rápidamente iniciando un nuevo período de crecimiento y desarrollo sostenidos por las reservas acumuladas en sus tejidos durante la estación previa. Varias especies del género Cyrtanthus, por ejemplo, son reconocidas por su rápida capacidad de florecer después de incendios naturales de pastizales, de ahí que sean conocidas como "lirios de fuego". De hecho, varias especies de ese género (C. contractus, C. ventricosus y C. odorus), solo florecen después de que se produzcan los incendios naturales.
Lirio de mar, Pancratium maritimum
Como cabe suponer, los bulbos son una adaptación para temporadas de crecimiento cortas. Su capacidad para crecer rápidamente les otorga una ventaja competitiva durante cortos períodos de tiempo cuando las condiciones ambientales mejoran y el resto de las plantas todavía no han producido hojas. A pesar de los costes energéticos asociados con el suministro y mantenimiento de un órgano de almacenamiento voluminoso, la capacidad de desplegar rápidamente las hojas cuando las condiciones se vuelven favorables supone, sin embargo, una ventaja adaptativa.
Para la planta, producir bulbos es energéticamente costoso, así que muchas bulbosas han desarrollado defensas frente a los herbívoros en forma de potentes fitoquímicos. Los sulfóxidos de aminoácidos de ajos y cebollas son parte del arsenal químico que caracteriza a muchas bulbosas. Por ejemplo, los vistosos lirios de mar del género Pancratium, representados en las playas del Mediterráneo por el espectacular P. maritimum, tienen unos bulbos enormemente tóxicos para los humanos por contener varios alcaloides.
Los enormes bulbos de Boophone haemanthoides, una planta e los desiertos de Namibia, sobresalen del suelo.
Los lirios de mar son parientes cercanos de narcisos, tulipanes, lirios y azucenas, algunos de cuyos bulbos son tóxicos y suelen producir problemas de envenenamiento en las mascotas que juegan en los jardines. Una bulbosa muy común, Colchicum atumnale, lleva el significativo nombre de “mataperros”, aunque es también sea conocida como “azafrán bastardo” por su parecido con el azafrán (Crocus sativus), contiene un alcaloide, la colchicina, que inhibe las divisiones celulares y puede ser letal en función de la dosis y del peso del animal que lo ingiera.
Los bulbos han evolucionado independientemente en muchas familias de plantas con flores (angiospermas). Muchos casos de la aparición del hábito bulboso ocurrieron durante el Mioceno y se han asociado con una disminución global de la temperatura y un aumento de la estacionalidad en latitudes altas. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 23 de febrero de 2020

El campo está que arde


Con el lema “Agricultores y ganaderos al límite”, miles de personas, no todas ellas pertenecientes a ese sector, han participado estos días en las protestas que las principales organizaciones profesionales agrarias de España –ASAJA, COAG y UPA– convocaron en siete comunidades autónomas.

Convenientemente politizado, todo apunta a que el conflicto se recrudecerá a pesar de que el ministerio ha creado una mesa de diálogo con las organizaciones profesionales y se ha comprometido a presentar el borrador de una Ley de Cadena Alimentaria con medidas para regular los precios, que podrían incluir la prohibición de la venta a pérdidas, una reclamación histórica de los agricultores que, como apunto más abajo, solo puede dar una respuesta muy parcial a las demandas del sector.

Aunque se hayan asociado las manifestaciones a la reciente subida del Salario Mínimo Interprofesional (SMI), a la que se oponen las asociaciones agrarias, las demandas de los agricultores van mucho más allá, y no solo afectan al sector primario, sino también al conjunto del sistema de alimentación.

Una cosa está clara: el campo da dinero; otra cosa bien distinta es que vaya a parar a los bolsillos de los agricultores. Según datos del Ministerio de Agricultura, la renta agraria (las prestaciones por desempleo asistenciales para trabajadores eventuales agrarios de Andalucía y Extremadura) lleva subiendo desde 2012 y, aunque en 2019 bajó un 9 %, alcanzó en 2018 una cifra récord de 30.217 millones de euros.

A esto hay que añadir que las exportaciones agroalimentarias han aumentado un 97,5% en la última década hasta alcanzar los 50.349 millones de euros en 2018, y que en 2017 el valor final de la producción agraria (el valor bruto percibido en origen por las producciones de los agricultores, incluidas algunas subvenciones directas de la Política Agraria Común (PAC) a los productos) superó los 50.600 millones de euros por vez primera en la historia.

Si la producción y las exportaciones agroalimentarias suben y el desempleo aumenta, ¿qué está ocurriendo? El problema es que estas buenas cifras macroeconómicas no repercuten positivamente en agricultores y ganaderos. Más bien todo lo contrario.

Estos días se han buscado culpables de la diferencia entre los precios en origen y los que paga el consumidor, una incontestable realidad, pero que no parece que, teniendo en cuenta que la agricultura sigue ganando dinero, sea el único problema del sector. Antes de seguir razonando, recuerden que España exporta el 50% de su producción agropecuaria, por lo que el precio final de los productos en el mercado interior solamente afecta a la mitad del sector.

Sería un error pensar que son las grandes cadenas de supermercados las que se están forrando, pues basta echar números para observar que, descontando gastos, los márgenes de beneficio que cualquier gran grupo de supermercados en los productos frescos es solo de entre el 1% y el 3%. Y es que entre el momento en el que un producto se recoge en el campo y aparece en el mostrador del supermercado pasan muchas cosas: transporte, almacenamiento, conservación de los perecederos, limpieza y control fitosanitario, impuestos y otras cosas que incrementan el precio del producto.

Para ofrecer un pequeño ejemplo de lo que hablo, he interrumpido la redacción de este artículo, he cruzado la calle y he ido al Carrefour de enfrente ver los precios de las naranjas de mesa. El kilo oscilaba entre 1,69 euros en las naranjas a granel y 2,69 en unas empaquetadas en unas cajitas con lacito y celofán.

De vuelta a casa busco en Internet los precios en un conocido proveedor online de productos hortofrutícolas cuyos anuncios proclaman que, del árbol a la mesa y sin intermediarios, usted tendrá las naranjas en casa en tan solo 24 horas. Precio: comprando el mínimo, cinco kilos, cada uno sale a 3,8 euros. Es evidente que este agricultor-distribuidor está teniendo algún margen comercial (no es una ONG), pero está también claro que transportar su mercancía entre Valencia y Madrid con un único intermediario (la agencia de transportes), tiene unos costes.

El problema de origen no está en la distribución minorista sino en otros factores: atomización, uberización, proteccionismo y el que llamaré efecto cepo. Algunos añadirán a estos el asunto de las importaciones, olvidando que, como demostró David Ricardo, el comercio internacional es un asunto de suma cero.

Al contrario que en otros sectores, el agroalimentario tiene una estructura muy atomizada. Las pequeñas y medianas empresas constituyen el 95% del total. Esto supone un importante hándicap a la hora de coordinar y fortalecer la distribución (los intermediarios siempre aprovechan las ventajas de negocia a la baja en un mercado atomizado), y las economías de escala. En un mercado cada vez más globalizado, el “divide y vencerás” adquiere pleno significado y está conduciendo, como en otros sectores (en el taxi o en la distribución de mercancías al por menor) a la precarización de los trabajadores. En este contexto, el cooperativismo adquiere pleno significado.

Como denuncia la organización agraria COAG en su informe La uberización del campo español, el avance de los modelos industriales de producción, la entrada de inversores con capital ajeno al sector agrario que buscan sólo rendimientos económicos y la liberalización comercial ganan terreno en detrimento de los agricultores tradicionales y se están llevando por delante los modelos productivos en cuyo horizonte comienzan a tomar cuerpo nubarrones con forma de falso autónomo.

La evolución del empleo en el campo según la media de trimestres de la Encuesta de Población Activa (Gráfico) muestra la desaparición de casi la cuarta parte de los autónomos del campo en solo una década, en la que han dejado la actividad 67.000 agricultores que se ganaban la vida por su cuenta y más de 2.000 que contrataban trabajadores, mientras el volumen de asalariados crecía más de un 20% con más de 87.000 incorporaciones que superan con creces la caída de los primeros.

Entre 2007 y 2018 y según los anuarios estadísticos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, el número de explotaciones agrarias se redujo en España algo más de un 10% al caer de 1.043.899 a 933.059, mientras la superficie cultivada pasaba de 24,89 a 23,22 millones de hectáreas (-6,8%). Es decir, que cada vez hay menos explotaciones, pero estas son de mayor tamaño, lo que vendría a confirmar la intensificación de los procesos de acaparamiento de tierras de manera simultánea al desembarco de fondos de inversión en el sector.

En la manifestación de Granada, un agricultor declaró algo así: “Nos cuestan más los abonos y los tratamientos fitosanitarios que lo que sacamos por de las aceitunas”. Esa es una de las dos fauces del cepo en el que participan las grandes empresas agrícolas que tiene atrapado a los pequeños y medianos agricultores. La guerra no se libra entre agricultores y distribuidores, sino entre pequeños agricultores y las empresas, cada vez más concentradas, que suministran los materiales a estos.

Por un lado, están los proveedores de fitosanitarios y maquinaria, también fuertemente concentrados en un puñado de empresas muy poderosas que, en un entorno de escasa competencia, han pasado por fusiones recientes (Monsanto y Bayer, Dow y Dupont, Syngenta y ChemChina). Los precios en origen de los productos no paran de bajar, pero el de los insumos (abonos, fitosanitarios, combustibles, semillas) que controlan esas compañías en régimen casi monopolístico ha subido conforme al ritmo natural de la economía. La otra pieza del cepo es la distribución comercial fuertemente concentrada: los seis primeros grupos de distribución concentran el 55,4% de la cuota de mercado en España.

Esta presión que se hace desde las dos fauces del cepo atrapa a los agricultores, que son los que tienen el menor poder de negociación. La gran distribuidora marca las pautas, pone normas privadas, y los agricultores tienen que ceder para poder vender sus productos dentro de la gran cadena. Para entender la presión que sufren las explotaciones agrarias es paradigmático lo acontecido en el sector murciano de la uva de mesa, que COAG pone como ejemplo de esta “uberización” del campo.

En la Región de Murcia, donde se produce un 46% del total nacional, la comercialización se concentra en tres grandes empresas que acaparan alrededor del 85 % de la uva de esta zona. El funcionamiento de estos grupos respecto a los productores es leonino: los agricultores asumen el riesgo productivo, mientras mantienen la propiedad de la tierra. Tienen contratos de compraventa a largo plazo bajo los que se supervisa toda la producción. Estos incluyen, además, permisos para plantar y producir las variedades que son propiedad de las suministradoras de insumos previo pago de royalties. Los precios que se pagan al agricultor cubren los altos costes de producción, pero se trata de una rentabilidad supervisada y muy limitada, dependiente por completo de la comercializadora.

Todo esto ha hecho que en Murcia haya caído de forma importante el número de agricultores de uva: solo aquellos que han logrado tener una dimensión considerable permanecen en el sector, pero, según COAG, reconvertidos prácticamente en obreros agrarios.

A este problema estructural del sector hay que sumar además un sinfín de problemas coyunturales que están haciendo que la presión sobre los agricultores se torne insostenible y que centraré en uno, el proteccionismo. El mercado estadounidense es el sexto importador de productos agroalimentarios españoles en términos de volumen. Desgraciadamente, la Administración norteamericana ha dado un importante giro en su comercio exterior, adoptando una política proteccionista.

De acuerdo con el gobierno de Donald Trump, la PAC implica la percepción de ayudas por parte de los agricultores. Esto es interpretado como una medida de competencia desleal, de acuerdo con Washington. De hecho, recientemente, ya se ha impuesto un importante arancel a la aceituna española, lo que tan solo supone un pequeño anticipo de lo que está por venir en el futuro próximo.

Al final, tras todas las piezas que conforman la problemática del sector agropecuario español hay un claro debate político sobre el modelo de sistema alimentario que queremos como sociedad. Se necesita que la sociedad apueste por un modelo en el que tenga cabida la explotación social y familiar, porque es un modelo que produce alimentos de calidad, mantiene la diversidad y una estructura más rica del medio rural.

El campo español ya nunca será rentable, pero sí necesario. Como la sanidad o la educación. Y en este debate de fondo, tiene mucho que ver el gran fracaso sociopolítico de la PAC, que merece tratamiento aparte. Lo dejo para una próxima entrega. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

viernes, 21 de febrero de 2020

Del Génesis a Harry Potter: el fantástico embrujo de las mandrágoras

Flores de Mandragora autumnalis.
Mis lectores más jóvenes recordarán un episodio de la novela Harry Potter y la cámara secreta en el que la profesora Pomona Sprout enseña a Harry y a sus compañeros del colegio Hogwarts cómo trasplantar unas pequeñas mandrágoras, una tarea para la que les recomienda que usen orejeras.
«El llanto de la mandrágora es fatal para quien lo escuche», explica la sabionda Hermione. Pero las plantas con las que los chicos están aprendiendo «son apenas de semillero», indica la profesora, por lo que «su llanto no mata aún... aunque pueden dejarte inconsciente por varias horas».
Los aprendices de mago se tapan los oídos mientras que Harry saca una mandrágora de su maceta. «En vez de raíces, lo que salió fue un bebé extremadamente feo, embarrado y pequeño. Tenía la piel de un color verde pálido jaspeado y estaba claramente chillando con toda la fuerza que le daban sus pulmones».
Al recrear esa escena, J. K. Rowling, la autora de la saga de Harry Potter, recordaba a la enamorada de Verona, la protagonista de una de las piezas teatrales más conocidas de William Shakespeare Romeo y Julieta. Antes de ingerir el bebedizo con el que fingirá acabar con su vida, Julieta se despide con un largo monólogo del que entresaco este párrafo (Escena III, Acto IV):
«¡Ay! ¡Ay! ¿Cómo es posible que al despertarme de improviso no enloquezca ante tan espeluznantes horrores y emanaciones tan pestilentes, y entre unos chillidos semejantes a los de la mandrágora al ser arrancada de la tierra, que hacen perder el juicio a los mortales que los escuchan?»
Estas son, sin duda, dos de las referencias literarias más conocidas de la mandrágora, la planta de las brujas, pero no son ni de lejos las más antiguas. La más antigua aparece en el Génesis (30:14), el primer libro de la Toráh judía y del Antiguo Testamento cristiano, cuando Raquel, la primera y estéril esposa de Jacob, acuerda con su hermana Lea, segunda esposa de Jacob, a quien le había dado ya cuatro hijos antes de ser aborrecida, que pase la noche con su esposo a cambio de unas mandrágoras que Rubén, el hijo mayor de Lea le había regalado, pues espera que estas plantas la ayuden a concebir:
«Fue Rubén en los días de la cosecha de trigo, y halló mandrágoras en el campo, y las trajo a su madre Lea. Entonces Raquel dijo a Lea: “Dame, te ruego, de las mandrágoras de tu hijo”. Pero ella le respondió: “¿Te parece poco haberme quitado el marido? ¿Me quitarás también las mandrágoras de mi hijo?” Y Raquel dijo: “Que él duerma, pues, contigo esta noche a cambio de las mandrágoras de tu hijo”. Y cuando Jacob vino del campo por la tarde, Lea salió a su encuentro y le dijo: “Debes llegarte a mí, porque ciertamente te he alquilado por las mandrágoras de mi hijo”. Y él yació con ella aquella noche» (Génesis 30: 14-16).
Las mandrágoras cumplen con su papel fecundador y, tras yacer con Jacob, finalmente Jehová concede un hijo a Raquel (Génesis 30 23-24):
«Entonces Dios se acordó de Raquel; y Dios la escuchó y le concedió hijos. Y ella concibió y dio a luz un hijo, y dijo: “Dios ha quitado mi afrenta”. Y le puso por nombre José […]».
Así fue como, gracias a las mandrágoras, Raquel parió a José, el visionario de las diez plagas que libró a los hebreos de la esclavitud en Egipto. Esa supuesta capacidad fertilizadora de las mandrágoras fue utilizada por Maquiavelo en su comedia La Mandrágora, en la que un ungüento sacado de la raíz sanaba la esterilidad.  
En vista de que su raíz suele bifurcase, a la mandrágora se le ha comparado con un cuerpo humano. Teofrasto la llama antropomorfis; Columela, similis-homo, y otros médicos de la antigüedad "hombrecillo plantado" o "árbol de cara de hombre".
A esta raíz prodigiosa se le atribuían virtudes extraordinarias, entre otras una infalible: decían que era un afrodisíaco garantizado. De lo que no se tiene noticia es de los resultados. Pero no parece que ninguna planta tuviera la raíz con forma humanoide, pero las que, convenientemente manipuladas, se vendían a precios altos eran las que tenían esa forma, porque eran consideradas las únicas con propiedades mágicas.
En Europa, las raíces de mandrágora se arrancaban en el solsticio de verano, antes de la salida del sol, y en el último cuarto de la luna tomando las precauciones debidas porque, según cuenta, Collin de Plancy en su Diccionario Infernal (1818) esos: «demonios familiares [los de las mandrágoras] aparecen bajo la forma de hombres pequeñitos, imberbes y con los cabellos enmarañados».
Como descepar una mandrágora. Imagen del manuscrito del siglo XV Tacuinum Sanitatis. Imagen. 
El afortunado poseedor de una raíz de mandrágora con forma de hombrecillo aseguraba que, en el momento de arrancarla, la hierba gritaba. Y que el grito mataba a quien intentara desarraigarla. Para evitarlo, el procedimiento para desceparla y salvar la vida era el siguiente. Se cava hondo alrededor de la raíz hasta ponerla al descubierto. Mientras no se intente arrancarla no hay peligro. Se ata una cuerda a la raíz y el otro extremo se amarra al cuello de un perro preferentemente negro. Se llama al perro desde cierta distancia. El perro quiere acudir, tira de la planta y la arranca, aúlla, y muere. El pobre animal moría en esta operación (al menos eso contaban); mientras tanto, el dichoso mortal que poseía la raíz era dueño de un poderoso talismán, un tesoro inestimable, puesto que con ella lo conseguía todo.
Raíces de mandrágora con forma humanoide que berrean lastimeramente cuando son arrancadas del suelo; magos de ficción que, como Mandrake el de los viejos comics, llevan su nombre; raíces venenosas que acaban con Julieta; raíces miríficas que combaten la esterilidad; raíces de grandes efectos somníferos y alucinógenos que en la Edad Media eran usadas por las brujas para “volar”. Cuando juzgaron a Juana de Arco la acusaron de usar la planta porque pensaban que esa era la causa de que oyera voces.
Como la datura, el beleño o la belladona, la mandrágora (Mandragora autumnalis) pertenece a la clásica y ensoñadora farmacopea de las "hierbas de las brujas" y como tal ha sido protagonista de muchas leyendas, supersticiones y rituales. Contaban que crecían bajo los patíbulos donde chorreaban los fluidos corporales de los cadáveres, porque germinaban a partir del semen de los ahorcados, fuente de donde surgiría su supuesta y nunca comprobada función fecundadora.
En la medicina antigua las hojas de mandrágora hervidas en leche se aplicaban a las úlceras; la raíz fresca se usaba como purgante; y macerada y mezclada con alcohol se administraba oralmente para producir sueño o analgesia en dolores reumáticos, ataques convulsivos e incluso de melancolía. En tiempos de Plinio se empleaba como anestésico dándole al paciente un pedazo de raíz para que la comiera antes de realizar una operación.
Durante el medioevo era usada tanto en magia negra como en magia blanca, ya que puede resultar venenosa o sanadora según su uso y la dosis con la que se administre. La mayor parte de la fantasía que rodeaba a esta planta era creada por los propios recolectores, para mantener al alza el elevado precio de las raíces. En 1690, una única raíz llegó a costar el sueldo anual de un artesano medio.
Todas esas historias no son más que burdas supersticiones que, venidas desde Oriente Próximo con otra especie que durante siglos se sembró en los huertos monacales (Mandragora officinarum), llegaron a Europa, donde trovadores y hechiceros las propagaron por doquier. En realidad, la mandrágora es una planta muy venenosa (y medicinal), rica en alcaloides tropánicos con propiedades narcóticas, entre los que se incluyen mandragorina, hiosciamina, escopolamina y atropina. Por eso se usaba como anestésico, ya que estas sustancias en dosis bajas bloquean los receptores de la acetilcolina, deprimiendo los impulsos de las terminales nerviosas; en dosis elevadas, provocan una estimulación antes de causar una fuerte depresión que puede inducir al coma.
La mandrágora más usada en la antigüedad con fines medicinales era la de flores blancas, M. officinarum. Foto.
En pequeñas cantidades puede ser calmante e hipnótica. A fin de cuentas, es prima hermana de la belladona y del beleño (del que me ocupé en otra entrada), con las que comparte propiedades y efectos muy parecidos. Por lo demás, nadie ha podido demostrar que pueda tener las supuestas propiedades alucinógenas que hacían volar, montadas en escobas, a las malvadas brujas de las pesadillas medievales.
Fake news, diríamos hoy, el viejo “calumnia que algo queda”, de nuestro refranero. © Manuel Peinado Lorca @mpeinadolorca.

domingo, 16 de febrero de 2020

Beleño, la planta que mató a Hamlet


Los sucesos narrados por Shakespeare en su tragedia Hamlet son los siguientes: el rey Hamlet de Dinamarca muere repentinamente. Unas semanas después su hermano Claudio se casa con cuñada viuda, la reina Gertrude. Según la explicación oficial, la causa de la muerte del rey fue la mordedura de una serpiente. El espectro del rey se aparece a su hijo, el príncipe Hamlet, y le dice que su propio hermano, Claudio, ahora proclamado rey y convertido en su padrastro, lo ha asesinado:
«[…] Escúchame ahora, Hamlet. Esparciose la voz de que estando en mi jardín dormido me mordió una serpiente. Todos los oídos de Dinamarca fueron groseramente engañados con esta fabulosa invención; pero tú debes saber, mancebo generoso, que la serpiente que mordió a tu padre hoy ciñe su corona».
Luego, el espectro le aclara cuándo, cómo y por quién fue asesinado:
«Dormía yo una tarde en mi jardín según lo acostumbraba siempre. Tu tío me sorprende en aquella hora de quietud, y trayendo consigo una ampolla de licor venenoso, derrama en mi oído su ponzoñosa destilación, la cual, de tal manera es contraria a la sangre del hombre, que semejante en la sutileza al mercurio, se dilata por todas las entradas y conductos del cuerpo, y con súbita fuerza le ocupa, cuajando la más pura y robusta sangre, como la leche con las gotas ácidas. […] Así fue como, estando durmiendo, perdí a manos de mi hermano mismo, mi corona, mi esposa y mi vida a un tiempo».
El texto que cito corresponde a la escena XII del primer acto de la edición de 1898 que figura en la web del Instituto Cervantes. Llamo la atención, usando negritas, de que en esa versión se adjudica el envenenamiento a un licor venenoso. Abro ahora la edición original inglesa y compruebo de que en ella no se habla de licor alguno. Shakespeare escribió que el regicida había vertido en el oído de su hermano «juice of cursed hebenon in a vial», es decir, jugo de hebenon vertido desde una ampolla.

Hebenon es el nombre común de una planta cuya identificación botánica ha sido objeto de cierta controversia, en general centrada en dos palabras: ebony y henbane. La primera es el nombre común inglés del ébano (Dyospiros ebenum) un árbol de origen indio que se trajo por primera vez a Roma hace más de 2.000 años y se comercializó profusamente entre la nobleza y la alta burguesía durante el Renacimiento. El destino de la madera negra de ébano era la fabricación de muebles y de ahí la derivación de la palabra “ebanistería”. No hay conexión alguna entre el ébano y su uso como veneno, habida cuenta de que incluso sus semillas tienen propiedades medicinales beneficiosas, sobre todo como antioxidantes.

Fuente: Kew Botanical Gardens.
Henbane o su corrupción léxica hebenon (un vulgarismo usado por las clases populares inglesas para las que Shakespeare escribía sus obras ya que, al fin y al cabo, eran las que llenaban los teatros) es, por el contrario, el nombre común de una planta, el beleño negro (Hyosciamus niger), cuyas propiedades tóxicas y alucinógenas eran conocidas al menos desde la Edad Media por ser de uso común entre magos, brujas y curanderos. Por lo tanto, se cree que el misterio de la identificación del nombre hebenon se resuelve cuando se identifica el hápax shakesperiano con Hyoscyamus niger, reforzado porque las terminaciones -benon (venom) y -bane signican lo mismo: veneno.

El beleño pertenece a la familia de las solanáceas, en la que también se incluyen alimentos tan comunes como tomates, papas, berenjenas, pimientos, además del tabaco. Dos géneros de esa familia, Hyoscyamus y Scopolia contienen dos ingredientes activos: hiosciamina y escopolamina, mientras que otro anestésico y vasodilatador, la atropina, se extrae de otras plantas de la misma familia como el estramonio (Datura stramonium) y la burundanga o floripondio (Brugmansia arborea) cuyos efectos tóxicos y su empleo con fines criminales son bien conocidos en los archivos forenses y policiales. Todas estas sustancias no tienen una función conocida en las plantas en las que se encuentran.

La escopolamina y la atropina son sustancias anticolinérgicas, lo que quiere decir que actúan bloqueando alguno de los receptores de la acetilcolina. En el cerebro de los mamíferos, la información entre las neuronas se transmite a través de sustancias químicas denominadas neurotransmisores, que se liberan en las sinapsis neuronales como respuesta a un estímulo específico. El neurotransmisor secretado actúa en sitios receptores especializados y altamente selectivos, que se localizan en la célula postsináptica, lo que provoca cambios en el metabolismo de ésta modificando su actividad celular. La función de la acetilcolina, al igual que otros neurotransmisores, es mediar en la actividad sináptica del sistema nervioso.

Esquema con los principales elementos en una sinapsis modelo. La sinapsis le permite a las células nerviosas comunicarse con otras a través de los axones y dendritas, transformando una señal eléctrica en otra química. Fuente.
La relativa facilidad con que la escopolamina cruza la barrera hematoencefálica hace que sus efectos sobre el sistema nervioso central sean más importantes que otras drogas anticolinérgicas. La vida media de la escopolamina en plasma es de 3 horas y su uso en dosis tóxicas (aproximadamente 10 mg) se acompaña de pulso rápido y débil, parálisis del iris, visión borrosa, piel seca, cálida y rojiza, disminución de la peristalsis intestinal y la motilidad, ataxia, alucinaciones y eventualmente coma y muerte.

Tanto la atropina como la escopolamina tienen una larga historia de brujería, y las acciones analgésicas y anestésicas de estos fármacos, aisladas o en combinación con opioides y estramonio, se conocen desde hace siglos. Brujas y curanderos disolvían extractos de beleño en vino tinto para que el alcohol intensificara e hiciera más efectivo el jugo de la planta que se usaba para el dolor de muelas, las jaquecas y migrañas, los dolores abdominales, los cólicos nefríticos, la disnea y todo lo que quepa imaginar.

De hecho, se puede decir que el beleño es el primer analgésico natural conocido en Europa antes del desarrollo de la agricultura. Probablemente su efecto venenoso fue observado por primera vez en el uso accidental para la alimentación de animales domésticos. Así, de modo empírico, los humanos identificaron las propiedades tóxicas de la hierba, la evitaron deliberadamente para sus uso doméstico y la emplearon con fines narcóticos al menos desde el Neolítico y están relacionadas por Dioscórides en el siglo I AC.

Por lo demás, sus propiedades eran tan populares como para ser citadas por Cervantes (Don Quijote, parte I, capítulo 18), y Calderón de La Barca (La Vida Es Sueño, segundo episodio), mientras que los episodios relacionados con el uso criminal de la escopolamina eran de dominio público en tiempos de Shakespeare. En 1560, el cirujano A. Paré fue acusado de haber envenenado a Francisco II, rey de Francia, insuflando polvos venenosos en su oído. En 1538, Francisco María I, Duque de Urbino, fue asesinado en Pésaro. El crimen fue atribuido a un tal Luigi Gonzaga, que podría haber sobornado al barbero y cirujano de los nobles para introducir el veneno en su oído. Es posible que Shakespeare estuviera al tanto de estos episodios y usara el último en la obra The Murder of Gonzago que unos actores representan en el acto tercero, escena II de Hamlet. Los actores interpretan esa obra en la que el nombre del asesino (Luigi Gonzaga) se cambia por el de la víctima. En la escena IV del quinto acto del Eduardo II de Marlowe, un asesino usa polvos venenosos introducidos en el oído real con la ayuda de una pluma.

Aunque se ha dudado de la capacidad de absorción de la escopolamina a través de la piel del oído interno, hay pruebas a favor de ella. La piel que recubre el canal auditivo está rígidamente adherida al hueso y al cartílago subyacentes y es muy vulnerable a un simple rasguño, que puede inflamarla y la vasodilatación o neovascularización provocada por la inflamación la hace más capaz de absorber drogas.

Se sabe que la posibilidad de un asesinato a través del oído era conocida en la Italia del siglo XVI, y se basaba en el conocimiento en esa época de la absorción directa de algunas sustancias por el oído. Plinio en su Historia natural (Libro 25.4.17), publicado en inglés en 1601, recomendaba verter aceite de beleño para combatir el dolor de oídos, aunque advertía que puede causar trastorno mental. La Henbane era una droga oficial citada en farmacopeas y dispensarios ingleses antiguos y se usaba, como el extracto de cannabis, en forma de gotas en el tratamiento del dolor de oído. En 1949, el profesor de Farmacología David Macht demostró con experimentos en animales que ciertos venenos, incluida la escopolamina, se pueden absorber a través del oído, aun ileso. Aunque no conocemos ni la concentración utilizada por un asesino ni la tasa de absorción de la droga, unos pocos miligramos instilados en el oído pueden alcanzar niveles tóxicos en la sangre. Por lo tanto, la ampolla que contenía el beleño que Claudio vertió en el oído del Rey Hamlet podría haber contenido cantidades suficientemente altas de escopolamina para cumplir su misión letal.

'Hamlet', en la mítica encarnación de Laurence Olivier para el filme del mismo nombre de 1948.
El padre de Hamlet fue envenenado por una sustancia que fue vertida en su oído mientras dormía. Julieta usó un narcótico para fingir su propia muerte y Titania se enamoró de un hombre con cabeza de asno después de que se le pusieran en los ojos el jugo de una flor. No quedan dudas de que algunas nociones botánicas le dieron buenos recursos narrativos a William Shakespeare.

¿Podrán los más o menos 400 años de ciencia transcurridos desde que el bardo escribió estas obras ofrecer algunas pistas o respuestas? La verdad es que nunca sabremos si los venenos y drogas de esas obras estaban basados en sustancias reales, y de estarlo, a cuáles se refería Shakespeare y si funcionarían o no. 

Tal vez sea mejor así. Después de todo, Shakespeare creó un repertorio inmortal de obras y sonetos que exploran la condición humana y no un tratado de etnobotánica. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 9 de febrero de 2020

El osario de Vallés y otros ilustres huesos ambulantes


Grabado de Francisco Vallés, médico de Cámara de Felipe II y Protomédico de Castilla.
La Capilla San Ildefonso del Rectorado de la Universidad de Alcalá recoge estos días la exposición "Recuerdos y memorias del cine español". Rodeada de carteles y objetos cinematográficos, luce la urna mortuoria que guarda lo poco que queda de los restos del Divino Vallés.
Además de poner en evidencia que las eminencias médicas también mueren, el descubrimiento fortuito la década pasada de un cofre de plomo que contenía algunos de los venerables huesos (cráneo, fémur y pelvis) del Divino Vallés ha rescatado de mi memoria episodios similares que afectaron a otros dos personajes renacentistas: Galileo y Descartes. Como en el caso de Francisco Vallés, los mondos esqueletos aparecieron incompletos como consecuencia de los trajines de sus viajes postmortem y de la afición por las reliquias que manifiestan algunos por buena fe y otros por afán de lucro.
Francisco Vallés, médico de Felipe II y egregia figura de la medicina del Renacimiento español, fue discípulo del gran Vesalio, aquel médico genial que cayó en las garras de la Inquisición por deshacer en su Fábrica del cuerpo (1543) el mito de que los hombres, desde los tiempos de Adán, tenían una costilla menos que las mujeres, disparate urdido para sostener la machista creación de la mujer recogida en el Génesis. Vallés aprendió de tapadillo los secretos del cuerpo humano trabajando con cadáveres diseccionados, una práctica vetada por la Inquisición que no le impidió sentar cátedra en Alcalá de Henares, donde profesó durante 17 años, hasta 1572, cuando fue nombrado por Felipe II Médico de Cámara y Protomédico General de los Reinos y Señoríos de Castilla, máximo cargo al que un médico de su tiempo podía aspirar.
El rey Felipe II le testimoniaba así su agradecimiento por haberlo rescatado de una muerte segura cuando el monarca agonizaba tras devorar carne de perdiz casi putrefacta, como era costumbre en la época entre quienes se preciaban de ser buenos catadores de piezas cinegéticas. Vulnerando los venerados Cánones de Avicena, que impedían aplicar un purgante a los enfermos en algunas fases lunares, y después de haber sido desahuciado el rey por los médicos palaciegos, Vallés se encerró en la cámara real con el enfermo y con el duque de Alba, no sin antes anunciar cínicamente que, para ocultar a la Luna su clínica trapisonda, procedía a cerrar los postigos de la alcoba real. Perpetrado el oscurantista camelo, administró al rey una purga enérgica que lo salvó de una muerte segura.
En Alcalá, Vallés se adelantó casi dos siglos a lo que luego sería práctica normal en las facultades de Medicina: enseñar anatomía dictando las lecciones sobre cadáveres que diseccionaba in situ su ayudante, el habilísimo disector valenciano Pedro Gimeno evitando, eso sí, la trepanación, pues eso hubiera sido considerado un pecado mortal irredimible.
Los restos de Vallés en la caja de madera que encerraba el cofre.
En 1592 falleció Vallés en Burgos de tabardillo, el tifus exantemático propagado por los piojos. Fue solemnemente enterrado en la iglesia complutense por orden de su principal paciente y mentor, quien a su vez sufragó las solemnes exequias y las misas de rigor que acompañaron al cuerpo desde Burgos hasta Alcalá, donde, con gran pompa litúrgica, fue enterrado en la capilla complutense. El Divino permaneció sepultado hasta su exhumación en 1862, cuando lo que quedaba de sus restos, previamente esquilmados por profanadores anónimos, fue depositado en el cofre de plomo encontrado en 2011. El puñado de huesos que encerraba acompañaron al cofre hasta el Museo Arqueológico Regional, donde el cofre fue restaurado antes de que contenido y continente fueran depositados en su capilla de procedencia. Pese a su divino apodo, los mortales despojos combaten hoy en retirada contra la usura del tiempo.
Reconocido como uno de los padres de la ciencia moderna, Galileo Galilei (1564-1642) será recordado siempre por haber sido protagonista de uno de los primeros desencuentros entre ciencia y religión. Acusado de herejía por atreverse a afirmar que la Tierra giraba alrededor del Sol, Galileo, tras ser enjuiciado por la Santa Inquisición en 1633, pasó los últimos años de su vida bajo arresto domiciliario, tiempo que aprovechó para registrar por escrito su trabajo de décadas atrás, sentando las bases, entre otras cosas, de la física moderna.
Mucho menos conocido que sus logros y aportaciones al desarrollo científico y tecnológico de la humanidad, o que su famosa frase «y sin embargo se mueve», es el hecho de que una parte de su cuerpo se exhibe en el Museo di Storia della Scienza de Florencia. Se trata del dedo medio de su mano derecha, exhibido dentro de un ovoide cristalino al que acompañan unos versos de Tomasso Perelli compuestos específicamente para la exhibición pública: «Este es el dedo perteneciente a la ilustre mano que recorrió los cielos, señalando a la inmensidad del espacio y apuntando a nuevas estrellas, ofreciendo a los sentidos un maravilloso artefacto de cristales trabajados con un sabio atrevimiento para poder llegar más lejos de lo que Encelado o Tifón pudieron jamás llegar».
Dedo de Galileo en la urna del Museo di Storia della Scienza
El dedo, junto con un diente, la quinta vértebra lumbar y otro par de dedos, fue separado de los restos de Galileo en 1737 por un admirador, Francesco Gori, aprovechando el traslado desde la modesta cripta familiar al monumental mausoleo construido por Viviani en la Iglesia de la Santa Cruz. El dedo fue posteriormente adquirido por Bandini, responsable de la Biblioteca Laurentina, donde se exhibió mucho tiempo.
En 1841 fue trasladado a la Tribuna di Galileo, recién inaugurada en el Museo di Fisica e Storia Naturale, antes de que pasara a ser propiedad del Museo di Storia della Scienza, donde aún puede verse si uno deja de lado la senda de los elefantes que forman las masas de turistas y se dirige a ese precioso museo. Guardado en su relicario, tal si fuera el dedo de un santo, el largo y fino dedo está colocado apuntando a lo alto, como si quisiera mostrarnos las estrellas de nuevo. Pero no hay tal, el dedo no es el índice, sino el anular, lo que sugiere maliciosamente que el gran Galileo se mofa de la concurrencia propinando una peineta., que quizás, podría muy bien tomarse como un último y póstumo gesto de desafío a quienes terminaron por aceptar su error y reconocer su genio científico.
El 31 de octubre de 1992, Juan Pablo II proclamó la absolución del científico pisano. Habían tenido que pasar 359 años, 4 meses y 9 días de la sentencia de la Inquisición para que pidiera la Iglesia pidiera perdón por la injusta condena que no pudo remediar la amargura y la soledad de los últimos años de Galileo, transcurridos entre acusaciones, infamias, cárceles y arrestos domiciliarios. 
René Descartes, el pensador más influyente y controvertido de su tiempo, el francés considerado el padre de la filosofía y de la cultura modernas, fue enterrado lejos de su hogar, en Estocolmo, un crudo día de invierno de 1650. Dieciséis años más tarde, el embajador francés exhumó secretamente sus huesos y los transportó a Francia.
¿Por qué el embajador, un católico muy devoto, se preocupó tanto por los restos de un filósofo acusado de ateísmo? ¿Por qué los huesos de Descartes siguieron un tortuoso viaje durante los siguientes 350 años? La clave de este misterio se esconde en la famosa frase de Descartes: cogito ergo sum («pienso, luego existo»), con la que iluminó el eterno debate entre fe y razón, destruyendo dos mil años de creencias adquiridas para levantar el acta de nacimiento de la modernidad. 
La historia de las reliquias descartianas, que involucra a quienes usaron los huesos para sus estudios científicos, los robaron, los vendieron y los reverenciaron, pelearon por ellos y fueron pasándolos subrepticiamente de mano en mano, obsesionaron durante varios años a Russell Short, que elaboró con ella un interesantísimo libro, Los huesos de Descartes, relato histórico y detectivesco sobre la creación del pensamiento moderno que nos traslada hasta el presente, al Museo de las Ciencias de París, donde ahora, en un polvoriento archivador, descansan (¿para siempre?) los restos del gran filósofo. 

domingo, 2 de febrero de 2020

Jardines de Alcalá (5): Ginkgos: los árboles que guardan el secreto de la eterna juventud


Hace algún tiempo (¡la década pasada, ahora que lo pienso!) publiqué en este mismo digital un artículo contando la historia de unos árboles, los liquidámbares, que rodean a modo de centinelas hechos de lignina y clorofila las ruinas de la iglesia de Santa María. A modo de adarve del callejón de Santa María, cerca de esos silenciosos guardianes, a un lado de la capilla del Oídor, hay otros curiosos árboles, los ginkgos (Ginkgo biloba) que guardan el secreto de la eterna juventud.

Los ginkgos (o gingos, como prefieran llamarles otros), reproducen los nombres vernáculos chinos “gink-go” o “gin-ki-go”, que significan árbol sin hojas en invierno. En 1771, el naturalista sueco Linneo le añadió el epíteto biloba que, como puede verse en la foto que encabeza este artículo, alude a los dos lóbulos que muestran muchas de sus hojas.

Los ginkgos se reconocen enseguida por el inconfundible porte que les confieren sus troncos rectos de los que surgen ramas gruesas casi horizontales, las cuales,  vistas de cerca, aparecen cubiertas de ramillas cortas muy gruesas, los braquiblastos, marcados por las cicatrices dejadas por las hojas desprendidas cada año, en cuyo extremo surgen cada primavera las hojas nuevas (véase una foto más abajo). Estas parecen pequeños abanicos más o menos escotados en el ápice, con la base que va formando una cuña hacia la confluencia con el pecíolo. Si se observan con alguna atención, se verá que están recorridas por numerosas nervaduras bifurcadas, un caso único entre todas las plantas con semillas pero común en los helechos. Las hojas se desprenden al final de cada otoño, después de adquirir unas preciosas tonalidades amarillas o doradas resplandecientes.

Racimos de flores masculinas de Ginkgo biloba. Ejemplar de la Capilla del Oídor.
Florecen a principios de la primavera. Las flores son pequeñas y amarillentas y responden a un modelo primitivo de organización estructural. Los sexos se disponen en árboles diferentes. Las flores masculinas aparecen en racimos estrechos alargados, mientras las femeninas quedan reducidas a dos pequeños óvulos sostenidos por un largo pedúnculo. Cuando maduran, uno de ellos aborta y queda en la base del otro. La semilla, cubierta de una pulpa carnosa (la sarcotesta) parece una pequeña ciruela de color marrón que, cuando se desprende y se pudre sobre el suelo, desprende un desagradable olor a mantequilla rancia por el ácido butírico que contiene. Por eso se eligen ejemplares masculinos en jardinería y plantaciones urbanas. Los de Santa María y otros repartidos por Alcalá no son una excepción, a menos que yo sepa.

Flores femeninas de G. biloba. Fuente
Cuando los dinosaurios aparecieron sobre la faz de la Tierra, los ginkgos ya estaban allí. De hecho, han sido considerados como los fósiles vivientes más antiguos entre las plantas con semillas. Se conocen fósiles directamente emparentados con ellos desde hace más de 250 millones de años.

Debido a su antigüedad los chinos lo denominan “alimento de los dinosaurios”, porque piensan que sus semillas eran comidas por aquellos saurios ancestrales. En Europa se habló de estos árboles por primera vez en 1690, después de que el botánico alemán Kaempfer regresara de una visita a Japón. En 1730 se plantó la primera planta en Europa, en Utrecht, y en 1754 se plantó un ejemplar en el Jardín de Kew, cerca de Londres, donde sigue tan campante. En 1808 ya se cita en los Jardines de Aranjuez. Se dice que el primer ejemplar se adquirió por cuarenta escudos y de ahí la denominación de árbol de los cuarenta escudos.

G. biloba. 1, braquiblastos con las cicatrices que dejan las bases de las hojas caídas. Los primordios seminales nacen por parejas, pero uno de ellos aborta (2) mientras que el otro se desarrolla hasta alcanzar el tamaño de una cereza. Foto.
En el patio del templo budista chino Gu Guanyin hay un ginkgo que ha estado desprendiendo sus hojas en silencio cada otoño durante 1.400 años. Cuando el árbol brotó de una semilla, Abderramán II era el califa omeya de Al-Andalus, sus vasallos dominaban el valle del Henares desde la fortaleza de Al-Qual`at en Nah`ar, y aún faltaban casi siete siglos para que Colón llegase a América. Desde allí, en las montañas Zhongnan, el árbol ha sobrevivido al ascenso y la caída del Imperio Español y al azote de la Peste Negra. Vio como la electricidad, el teléfono, el automóvil o Internet revolucionaron la historia humana y contempló impávido a las mayores potencias del mundo enfrentarse al infierno bélico de las dos guerras mundiales.

Y es que para los ginkgos y probablemente para otras muchas plantas de las que apenas sabemos nada de su fisiología, se diría que su condición innata es la inmortalidad basada en su resistencia y en su resiliencia, esto es, en su capacidad de recuperarse después de alguna adversidad. Se pueden ver ejemplos extremos de la resiliente tenacidad del ginkgo en Hiroshima, donde seis árboles que crecen a menos de dos kilómetros del lugar donde tuvo lugar la explosión de la bomba atómica de 1945 sobrevivieron a la explosión. Aunque casi todas las demás plantas (y animales) en el área desaparecieron calcinadas, los ginkgos, aunque chamuscados, sobrevivieron y pronto volvieron a estar sanos. Los seis árboles todavía están vivos y cada uno con su correspondiente placa identificativa, doy fe.

Los ginkgos han desarrollado un arsenal de armas moleculares para mantenerse en forma durante la vejez. A diferencia de muchos otros organismos, no parecen programados celularmente para morir. Por el contrario, los árboles continúan bombeando unos compuestos bioquímicos que los protegen de la senectud.


Ejemplar de ginkgo de 1.400 años en el templo de Gu Guanyin. La base del árbol está protegida por una empalizada artificial de ramas. 
Mientras que la mayoría de los organismos de edad avanzada sucumben fácilmente a cualquier enfermedad, las defensas del sistema inmunológico de un ginkgo milenario se parecen mucho a las de un joven árbol veinteañero. Y aunque el crecimiento de otros organismos va desvaneciéndose a medida que pasa el tiempo, los viejos ginkgos continúan creciendo como si nada hubiera cambiado. Su capacidad de resistencia y su vigor juvenil se pueden observar a simple vista: los ginkgos de seiscientos años producen tantas semillas y tantas hojas como los ejemplares juveniles.

Además, los genes que codifican la producción de antioxidantes y antipatógenos son muy activos en árboles viejos y jóvenes, los que les ayuda a evitar infecciones y sugiere que estos árboles de características ancestrales no pierden su capacidad de defenderse contra los factores estresantes externos. Y aunque las hojas amarilleen, se marchiten y mueran cada año, las células responsables del crecimiento del leño no se deterioran de la misma manera, en parte porque en ellas no se expresan los genes que provocan la senescencia, la etapa final de la vida.

Si toda esa maquinaria molecular continúa funcionando indefinidamente, los ginkgos teóricamente podrían ser inmortales. Pero la inmortalidad no significa ser invencibles: los árboles siguen muriendo debido a diferentes plagas, sequías, fuegos naturales provocados por los rayos o por actividades humanas y otros episodios dañinos.

Menos mal que es así. Si algunos seres vivos nunca murieran, el mundo sería un lugar terrible lleno de gente extraordinariamente vieja como esta medusa que desafía la muerte, que no dejaría recursos para otros organismos. Entre los árboles, el ginkgo no está solo: las secoyas de California (Sequoiadendron giganteum) también pueden vivir durante miles de años, los tejos ingleses no se consideran "viejos" hasta que alcanzan los 900 años de edad, e incluso un pino norteamericano, Pinus longaeva, ha alcanzado los 4.800 años. © Manuel Peinado Lorca, @mpeinadolorca.