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viernes, 15 de febrero de 2019

El Día de los Presidentes: un embrollo de cuidado


De acuerdo con el calendario festivo estadounidense, el lunes 18 de febrero se conoce como el «Día de los Presidentes». Veamos cómo se escribe en inglés. Unos escriben el «Día del Presidente» (President’ Day); otros que es el «Día de los Presidentes» (Presidents’ Day), mientras que otros, para rizar el rizo, prefieren Presidents Day, que en español significa lo mismo que el anterior. En inglés un simple apóstrofo que cambia de posición o desaparece cambia el significado lo que denota cierta incertidumbre (valga el oxímoron).
Si se trata del President’ Day eso sugiere que solo se conmemora a un titular de la magistratura suprema de la nación, presumiblemente al primero. En cambio, Presidents’ Day insinúa más de uno, lo más probable es que al morador de Mount Vernon y a Abraham Lincoln, a los que generalmente se les considera los mejores de todos. Presidents Day, sin apóstrofo, implica el promiscuo aniversario de los cuarenta y cinco presidentes, lo que, de atender a la clasificación de la BBC, conmemoraría a los «buenos» presidentes como Jefferson, Lincoln o los dos Roosevelt, pero también a los «malos» como Buchanan, Nixon, Tyler o Harding, por no decir nada del actual, de quien, quizás, cuanto menos se diga, mejor.
Entonces, ¿qué demonios se celebra ese lunes que los estadounidenses aprovecharán para tomarse un buen puente? Pregunta tramposa. La respuesta, estrictamente hablando, no es ninguna de las tres anteriores. Una cosa es cierta: antes de 1971, el cumpleaños de George Washington era uno de los días festivos federales celebrados en fechas específicas, que año tras año caían en diferentes días de la semana (la excepción era el Día del Trabajo (Labor Day), que siempre caía en lunes). Los puentes de tres días estaban, pues, sujetos al albur del calendario.
En su sentido original, el «Día del Presidente» surgió a finales de la década de 1870, cuando el senador Steven Wallace Dorsey propuso agregar la fecha de nacimiento del "ciudadano" George Washington, el 22 de febrero (lo que, como veremos, era de por sí un error), a los cuatro días festivos federales aprobados previamente en 1870, cuyo establecimiento se fijó cuando el absentismo de los funcionarios federales, que declaraban festivos cualquier día que les venía en gana, obligó al Congreso a seguir el ejemplo de otros estados y a declarar formalmente el Día de Año Nuevo, el Día de la Independencia, el Día de Acción de Gracias y el Día de Navidad como días festivos federales en el Distrito de Columbia.
La idea de agregar el cumpleaños de Washington a la lista federal de días festivos simplemente hizo oficial una celebración no oficial que existía mucho antes de la muerte del general. Como se trataba de una propuesta muy popular (lo hubiera sido más eliminar los impuestos, pero eso salía caro), el proyecto de ley requirió poco debate; el presidente Rutherford B. Hayes la firmó en 1879 y la ley entró en vigor el año siguiente y se aplicó solo a los trabajadores federales que trabajaban (es un decir) en Washington DC. Ampliar su campo de acción exigió poco esfuerzo: en 1885, el festivo se extendió a los trabajadores federales en los (por entonces) treinta y ocho estados, que gracias al senador Dorsey pasaron a disfrutar de cinco festivos.
Así las cosas, el cumpleaños de Washington se convirtió en el primer día festivo federal en señalar el natalicio de una persona. El honor duró menos de un siglo. Todo cambió a partir de 1968, cuando, en uno de los últimos coletazos del reformismo social impulsado por Lyndon B. Johnson a través de su “Great Society”, se modificaron los festivos para crear más fines de semana de tres días con objeto de animar la economía del sector servicios. Una ley federal de 1968, la Uniform Monday Holiday Act, que entró en vigor en 1971, elevó el tercer lunes de febrero, el putativo cumpleaños de Washington, a la categoría festivo nacional.
Por lo tanto, el cumpleaños del vencedor en Trenton, Saratoga y Yorktown cambió de su fecha fija del 22 de febrero y se trasplantó al tercer lunes de febrero, acompañado del Día de los Caídos (Memorial Day) que se trasladó al último lunes de mayo. Un día festivo de nueva creación, el Día de Colón (Columbus Day), se colocó el segundo lunes de octubre, mientras que el Memorial Day, expulsado de su trinchera del 11 de noviembre, se reasignó al cuarto lunes de octubre, aunque las protestas de organizaciones de veteranos y de gobiernos estatales forzó su regreso en 1980 al día en que se conmemoraba el histórico armisticio que mandó la Primera Guerra Mundial al desván de la historia.
Para agregar entropía al aniversario presidencial, el cumpleaños de Washington no es el cumpleaños de Washington. El que para la mayoría fue el primer presidente (algunos tiquismiquis sostienen que fue el noveno) nació el 11 de febrero de 1731 (según el antiguo calendario juliano, todavía en vigor en ese momento) y no el 22 de febrero de 1732 (según el calendario gregoriano, adoptado en 1752 en todo el Imperio Británico). Por lo tanto, estrictamente hablando, bajo ninguna circunstancia puede coincidir el cumpleaños de Washington con el Presidents Day (se llame como se llame), que, al ser el tercer lunes del mes, solo puede caer entre el 15 y el 21 de febrero. El cumpleaños de Lincoln, el 12 de febrero, tampoco cuadra en el Presidents Day. Por si a alguno se le ocurre, quedan también excluidos los días del nacimiento de los otros dos presidentes paridos en febrero, William Henry Harrison el “Breve” (nacido el 6) y Ronald Reagan (el 9). ¡Un buen embrollo!
Pero, ¿a qué viene el Día de los Presidentes se escriba cómo se escriba? Según Prologue, la revista de los Archivos Nacionales, se originó por una promoción local de los comerciantes del DC que se extendió por toda la nación cuando minoristas y hosteleros descubrieron que, misteriosamente, los presidentes genéricos rendían más que los individuales, más incluso que el Padre de su país o que el admiradísimo Lincoln (al menos al norte de la línea Mason-Dixon, que todo hay que decirlo y, si no se lo creen, dense una vuelta por Arkansas).
Para los comerciantes en general (y para los hoteleros en particular), el cambio de los festivos al lunes fue la gallina de los huevos de oro. Ya habían comprobado que el tradicional lunes en que se había celebrado desde siempre el Labor Day aumentaba las ventas y llenaba los moteles. Pero ¿por qué no convertir un fin de semana de tres días en toda una semana? Dicho y hecho. Los publicistas de Washington se inventaron el reclamo del Presidents Day para animar las ventas tradicionales de los tres días de febrero que pivotaban alrededor del aniversario de Washington, haciéndolas comenzar antes de la fecha de nacimiento de Lincoln el 12 y finalizaran después del nacimiento de Washington el 22. Como ocurre hoy con el Black Friday, lo que comenzó como un día pasó a ser una semana.
Después de una década de uso local a nivel del DC, el Día del Presidente saltó a nivel nacional. Si uno se toma la molestia de mirar la hemeroteca del Washington Post, comprobará que a mediados de la década de 1980 el festivo había aparecido en unos cuantos anuncios y ocasionalmente en algún editorial de periódico. Aparece con tres "grafías": una sin apóstrofo y dos con un apóstrofo “flotante”. El libro de estilo de Associated Press colocó el apóstrofo entre la "t" y la "s" ("President's Day"), mientras que los puristas gramaticales colocaron el apóstrofo después de la "s" creyendo que “Presidents'” (de los Presidentes) se refería a "muchos" en lugar de al singular "President".
La publicidad cuajó en varios fabricantes de calendarios que, usando su propia ortografía como les vino en gana, comenzaron a sustituir el aniversario del nacimiento de Washington (el putativo, que no el real) por el Día de los Presidentes que, aunque se le llame así así, no es la denominación oficial que sigue siendo la del cumpleaños de Washington sancionada por el Congreso hace ahora 140 años. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Green Book


La idea de una América post racial, que se acarició por primera vez cuando un afroamericano llegó a la Casa Blanca, la de una era en la que la cuestión de la raza pasaría a un plano secundario, se antojó fantasiosa rápidamente. Todo el mandato de Obama estuvo salpicado de incidentes racistas, a veces tragedias, que recuerdan lo viva que sigue la fractura social del país, la mala salud de hierro del viejo racismo. El virulento racismo de los años sesenta es el telón de fondo de Green Book (Libro Verde), candidata este año al Óscar a la mejor película.

La película de Peter Farrelly lleva el nombre de una guía que, en los Estados Unidos de 1962, en pleno auge de la segregación, proporcionaba a los viajeros negros lugares "seguros" en los que les estaba permitido detenerse, comer o dormir. Tony, el personaje que representa Vigo Mortensen, la lleva en el viaje y la hojea varias veces. Tendrá que consultarla para hacer su trabajo: conseguir que el doctor Don Shirley (Mahershala Ali) vaya de concierto en concierto de forma segura durante la gira de ocho semanas del músico.

Green Book no fue el único libro de viajes dirigido a los automovilistas negros estadounidenses, pero fue el más popular. Lo ideó Victor Hugo Green, un cartero afroamericano que vivía en Harlem. Trabajó en el proyecto durante tres décadas, desde 1936 hasta 1966, poco después de que se promulgara la Ley de Derechos Civiles. Entre 1937 y 1966 se publicaron veintidós ediciones (y un suplemento), todas ellas recopiladas y digitalizadas por el Centro Schomburg para la Investigación de la Cultura Negra de la Biblioteca Pública de Nueva York.
Puedes consultar las guías en este enlace. La de 1962 es la correspondiente a la del año de la película.

domingo, 10 de febrero de 2019

Crónicas de la América profunda: De Nowheretown a Unknown City


Entre Nowheretown y Unknown City, en el cinturón maicero del Midwest, hay tres horas conduciendo por una carretera en la que los topógrafos olvidaron sembrar algunas curvas. No hay pueblos con esos nombres, pero no importa, me los invento. A 55 millas por hora, circulando por rectas infinitas entre campos de soja y maíz, es inevitable que la mente eche a volar.
En el Midwest no existen ciudades, solo aparcamientos en las afueras. El Midwest, como tantos otros lugares americanos a los que destrozó el pensamiento urbanístico de Le Corbusier, es la aniquilación del concepto de ciudad. El protagonista del urbanismo norteamericano no es el hombre, es el coche. En un país conquistado a golpe de silla y espuela, el coche ejerce hoy la vieja función del caballo. Vivir consiste en conducir por las autopistas que, como cilicios de asfalto, ciñen y atraviesan pueblos y ciudades. Comercios y restaurantes están siempre en las afueras, toda una ventaja porque siempre que sales a comer encuentras aparcamiento, aunque viajes en una de esas autocaravanas colosales que tanto gustan por aquí.
Tampoco existen las calles a la europea, las calles para pasear. Paseas por una calle de cualquier ciudad del Midwest y automáticamente te conviertes en un merodeador sospechoso. No Loitering; Neighborhood Watch; Keep Out; Private Property No Trespassing, proclaman los amenazantes carteles por todas partes. Aquí, entre el Misuri y el Misisipi repito mentalmente una frase del On the road de Jack Kerouac que me aprendí de memoria cuando correspondía:
«Quería sentirme en la orilla pantanosa y observar el río Misisipi; en vez de eso, tuve que hacerlo con la nariz pegada a una alambrada. Cuando se separa a la gente de sus ríos, ¿adónde se puede llegar?»
No se sabe bien adónde va la gente ni adónde va a llegar. Lo que es seguro es que llegará sobre ruedas: trabajan, viven, ven películas, hacen el amor y envejecen sin salir del coche.
Mientras conduzco me acuerdo del hogar ficticio de Superboy en Smallville, el pueblo en el que creció el niño alienígena antes de mudarse a Metrópolis y convertirse en Superman. Jerry Siegel y Joe Shuster, los creadores del héroe de cómic, situaron Smallville en Kansas. No me sorprende; como Clark Kent, las ciudades del Midwest parecen haber flotado por el Universo procedentes de una lejana galaxia antes de despanzurrarse contra la Tierra. Por todas partes encuentras pedazos de la ciudad galáctica que ahora no son ciudades, son casas fantasmas conectadas por carreteras muertas. Viéndolas, uno entiende el porqué del auge de las películas de zombis, de secuestradores de niños y de asesinos en serie. Escenarios no faltan en estas casas que van por libre, que son como retales de un centón suturados por caminos solitarios; casas que no quieren formar una ciudad, quieren estar solas, porque les gusta la libertad de estar en medio de ninguna parte.
Llego a Unknown City, Kansas, Ohio, Illinois o Misuri, qué más da, y me voy al hotel, el que parece ser el único de esta localidad, el Unknown Budget Inn. En la puerta, a modo de frontispicio, metido en una funda de plástico, un cartel casero anuncia el que debe de ser el lema del motel: «Footwear required to enter» (Hay que entrar calzado). Compruebo que cumplo y, después de preguntarme si se necesitará ir calzado para salir, atravieso el lobby en un suspiro y, pasaporte y tarjeta de crédito en mano, me dirijo a recepción.
El mostrador, una enorme estructura de madera colocada sobre una tarima desmesurada, parece un muestrario de rombos de formica. Sobre él, una cabeza de alce disecada y tocada con una gorrita de béisbol de los Cardinals preside la escena y parece vigilar la desangelada entrada de este Palace de las praderas. Hay una pequeña cola. Detrás de mí, vestida con lo que parece ser el mono de un repartidor de butano, una mujer oronda intenta sin éxito que no se desmanden dos lolitas vestidas de Peggy Sue. Delante tengo un hombre obeso, de unos setenta años, que parece haberse gastado su último salario en K-Max y gomina; lleva una camiseta de baloncesto con el nombre de Michael Jordan y su número, el 23, en tamaño gigantesco. Entre esa prenda y unos bermudas de flores aflora una contundente barriga centrada alrededor de un arrugado cráter umbilical.
Cuando termina el trasnochado seguidor de los Bulls y logro despegar con algún esfuerzo los pies de la mugrienta moqueta, me aproximo al mostrador-escenario. Me saluda la recepcionista, una pecosa simpática y diligente, tan rolliza que apoya los codos en la lorza que le rodea una cintura de la que emergen unos antebrazos tatuados que se me antojan alitas. De puntillas para alcanzar el formidable escritorio, relleno el escueto formulario, pago por adelantado 64 dólares, tasas incluidas, tomo primero la llave y luego el coche, y me voy a aparcar delante de la puerta de la habitación 153.
La habitación es como la de todos los moteles americanos: grande, espaciosa y espantosamente enmoquetada. La afición de los americanos a las moquetas, herencia de los ingleses, no tiene rival. Una cama enorme, una mesita de noche con un teléfono de la época de los Beach Boys y la Biblia de los Gedeones guardadita en el cajón; una mesa redonda con tres sillas; un minibar vacío y un mueble cajonero sobre el que descansa la inevitable televisión. A juzgar por su aspecto vintage, cabe esperar que hoy estrenen Bonanza. Luego están las indescriptibles colchas-edredón, los cuadros de serie atornillados a las paredes de concreto, la cafetera eléctrica y el cuarto de baño: una carcasa de plástico construida en un molde y embutida en un costado de la habitación. Dos pastillas de jabón. Las toallas, cinco toallas, cinco, de diferentes tamaños y mañosamente enrolladas, están muy limpias.
Dejo el equipaje y salgo a una calle que, como de costumbre, no es calle. Seis de la tarde; o ceno ahora o no ceno nunca. Me meto en un restaurante cuya fachada es una apoteosis kitsch, vaca incluida. Desde el momento en el que, aturdido por la música de Garth Brooks a toda pastilla, traspaso las jambas de ese emporio gastronómico, una abigarrada panoplia de colores vivos y chillones reclama mi atención desde todos los ángulos. Son las fotografías a todo color de las especialidades de la casa cuyo detallismo resulta alarmante a cualquiera que cuide sus niveles de colesterol: guisos de carne de bisonte de todos los tipos, una legión de platos de gruesas tajadas de carne roja, ladrillos de panceta y adoquines de tocino que refulgen y rezuman jugo, pollos fritos que parecen barnizados, lonchas de queso fundido, pirámides de anillos de cebolla que de haber estado en un chiringuito habría tomado por calamares a la romana, torrentes de salsa para barbacoa y centenares, quizás miles, de french fries. En el centro, presidiendo aquel epítome fotográfico que hubiera suscrito Apicius, luce una colosal empanada de carne de bisonte picada y frita, enterrada bajo un denso manto de gachas de leche, mantequilla y gravy en volcánico borboteo.
Ya es tarde para recular. Una chica faldicorta que cotorrea como Mira Sorvino en Poderosa Afrodita, me lleva hasta una mesa situada cerca del tabique de cristal desde la que puedo ver a pinches y cocineros, todos hispanos, afanados en pleno trajín entre el vapor de las fritangas. En la mesa, más de lo mismo: entre un archipiélago de saleros, pimenteros, botes de salsas y un sinfín de artefactos, emergen las cartas plastificadas, de dos palmos de alto, repletas de fotografías en color como las de tamaño gigante que, entre camisetas de béisbol, ruedas de bicicleta, fotos de famosos, media docena de televisores y un sinfín de artefactos, cuelgan de las paredes. Tras estudiarla a fondo, me decido por una hamburguesa, lo más ligero que se puede conseguir. Le pido a la camarera que haga el favor de no incluir ni las patatas con gachas «estilo de la casa» ni los aros de cebolla «fritos en una pradera de aceite». Así solo me tendré que tomar un Almax.
Ahora resuena Johny Cash. Se me ocurre que Unknown City es el lugar idóneo para desaparecer. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

Fracking y gas natural en Estados Unidos: los inversores espabilan

Durante años, el ruinoso negocio de la fractura hidráulica se ha estado financiando gracias a las inversiones (léase préstamos) (1, 2, 3, 4, 5). Ahora el tiempo se acaba y los operadores se enfrentan a la dura realidad: devolverles su dinero a los inversores.
Dopadas a través de deudas colosales, año tras año las empresas dedicadas al fracking han estado presentando resultados espectaculares de producción de gas y petróleo, al tiempo que prometían a los inversores grandes beneficios futuros. Pero después de más de una década inmersos en el "milagro del fracking", los inversores están dando señales de que están seriamente preocupados de que los beneficios no lleguen nunca y, como resultado, el grifo del crédito se está cerrando.
Aparentemente, el crecimiento en la producción ya no es la solución para la industria del gas natural de Estados Unidos, que hasta ahora se presentaba como más fiable que la del petróleo. En una entrevista en The Wall Street Journal, Matthew Portillo, director de operaciones del banco de inversión Tudor, Pickering, Holt & Co., lo ha dejado meridianamente claro: «El crecimiento es una enfermedad que lo ha tapado todo […] Y debe ser curada antes de que el sector [del gas natural] pueda atraer el interés de los inversores a largo plazo».
Los indicios de que los inversores de gas ya no están contentos con el crecimiento a cualquier coste abundan. Para empezar, varios de los principales productores de gas natural han anunciado recortes de gastos en 2019. Después de anunciar despidos en enero,  EQT , el mayor productor de gas natural de Estados Unidos, ha anunciado que reducirá el gasto en un 20% en 2019.
Como ya he escrito en alguna ocasión, las tasas de interés históricamente bajas después de la crisis de las hipotecas basura de 2008 fueron un elemento clave para que las compañías de fracking gastaran y perdieran dinero hasta convertir a la industria de las lutitas en el negocio de Abundio. La banca de Wall Street ha estado financiando una década de producción de petróleo y gas a través del fracking incentivando la producción por encima de las ganancias. Esos incentivos han funcionado en dos direcciones: récords de producción y récords de pérdidas.
Sin embargo, de la misma forma que conceder préstamos hipotecarios a personas de dudosa solvencia no era un modelo sostenible de negocio, prestar dinero a empresas que se lo gastan sin obtener ganancias no es sostenible. Los inversores de Wall Street están ahora preocupados por la devolución de los capitales invertidos, y, en consecuencia, las tasas de interés que les comienzan a aplicar a las compañías de fracking están llegando al punto de que pedir prestado más dinero se está convirtiendo en un riesgo financiero insostenible para los operadores. Y como no ganan más dinero del que gastan, necesitan recortar gastos.
CNN Business informó recientemente que las compañías de petróleo y gas dejaron de pedir dinero prestado en octubre de 2018, pero no por moderación, sino porque «los inversores, temerosos de los impagos, exigieron una prima considerable para prestar a esas empresas energéticas». Tal y como informó The Wall Street Journal, como muchas compañías de fracking no cumplan con sus previsiones de producción,  los inversores tienen buenas razones para estar asustados.
Los días de préstamos ilimitados a bajo interés para una industria que viene registrando pérdidas año tras año durante una década podrían estar llegando a su fin. Como explicó Spencer Cutter, el analista financiero de Bloomberg a CNN : «Los inversores despertaron y se dieron cuenta de que el negocio se había basado en deuda».
Un ejemplo paradigmático de lo que está sucediendo son los desesperados apuros que está sufriendo Chesapeake Energy el productor líder de gas en Estados Unidos y el operador que normalmente se exhibía como el modelo a seguir para la explotación mediante fracking. La de Chesapeake fue una gran historia de éxito financiero inicial (basada en el precio de sus acciones, no en las ganancias reales), y en 2008, su entonces CEO Aubrey McClendon, conocido como el "KIng Shale", fue el CEO mejor pagado en la lista de Fortune 500.  
Desde esos tiempos de vino y rosas, Chesapeake ha pasado por tiempos muy difíciles. El precio de las acciones está en mínimos históricos, en los que se ha mantenido durante años. Chesapeake se ha mantenido a flote obteniendo préstamos en efectivo y actualmente tiene una deuda de alrededor de 10.000 millones de dólares. Incapaz de ganar dinero fracturando gas, Chesapeake ha adoptado una nueva estrategia: fracking para petróleo.
The Wall Street Journal informó recientemente este cambio en la estrategia de Chesapeake, al que se refirió como "inoportuno" y que solamente serviría para "agotar su finanzas ya desgastadas". Pese a todo, Chesapeake va a echar el resto en esta nueva estrategia. Según el mismo periódico, el presidente ejecutivo de Chesapeake , Doug Lawler, anunció que la compañía «planea dedicar al menos el 80% de los gastos de capital de 2019 a la producción de petróleo porque considera que el crudo es la clave para un futuro más rentable».
Uno de los principales productores de gas en América y un "pionero del fracking" está abandonando el gas como un camino hacia un futuro económicamente rentable. El hecho de que Chesapeake crea ahora que el fracking para el petróleo es un camino hacia un futuro rentable a pesar de todas las pruebas en contra, impregna su estrategia del tufo de la desesperación.
Mientras que en Estados Unidos los políticos de los dos grandes partidos han aplaudido hasta hartarse a la industria del petróleo y el gas, los inversores parecen estar perdiendo el entusiasmo. La llamada revolución de las lutitas, el milagro del fracking, puede haber dado lugar a una producción récord de petróleo y gas, pero el verdadero milagro, que las compañías de lutitas hagan dinero con ello, aún no ha ocurrido.
La industria del gas natural de Estados Unidos se enfrenta a una crisis con un mercado de suministro excesivo y productores que están perdiendo dinero a espuertas. Para salvar sus cuentas, esos productores necesitan desesperadamente precios más altos del gas natural. Pero los precios más altos del gas hacen que las energías renovables se vuelvan aún más atractivas para los inversores, lo que puede llevar a que el gas siga los pasos del carbón, muriendo a manos del libre mercado.
Puede que transcurra algún tiempo, pero o los inversores se espabilan o se quedan sin dinero. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

martes, 5 de febrero de 2019

“La favorita”: Trío de damas en la corte de la Reina Ana



La genética impuso sus reglas en los inicios del siglo XVIII. La decrepitud y la falta de descendencia de dos monarcas desgraciados –Carlos II de España y Ana de Inglaterra- puso punto y final a dos de las grandes casas reinantes en Europa, los Austrias y los Estuardo. Ambas fueron la mejor prueba de que las grandes dinastías están inexorablemente destinadas a la extinción cuando la endogamia trata de corregir los designios de la historia y de enfrentarse vanamente a los imperativos de la naturaleza.
La muerte del último Austria dio comienzo al período más turbulento del reinado de Ana de Inglaterra (1665-1714), la Guerra de Sucesión Española (1701-1713). La muerte de Ana puso punto y final a una dinastía escocesa, los Estuardo, reyes de Escocia desde 1371 hasta 1603 y desde entonces del Reino Unido hasta 1714. Ana, que asumió la triple corona en 1702, se convirtió en la primera soberana de Gran Bretaña y en la última Estuardo.
La reina a la que le cupo enviar a la dinastía Estuardo al desván de la historia fue una mujer desdichada, amargada e infeliz. Su infancia estuvo marcada por las luchas religiosas entre protestantes y católicos que acabaron por derrocar y exiliar a su padre. En su madurez de mujer casada con el príncipe Jorge de Dinamarca, gozó de una gran felicidad doméstica, porque el príncipe y la princesa eran de caracteres similares y preferían el retiro y la tranquilidad a la vida mundana en la corte. Pero la desgracia se cebó con el matrimonio: de él nacieron dieciocho hijos, de los cuales sólo uno sobrevivió más allá de los dos años. Coronada reina, su reinado absolutista fue desde el principio una lucha política constante entre tories y whigs, que se complicó extraordinariamente por el cruento enfrentamiento con los Borbones durante la Guerra de Sucesión Española.
Ana Estuardo en 1687, cuando era princesa de Dinamarca. Óleo de Willem Wissing. Dominio público.
Ana era hija de Jacobo II, rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda desde principios de 1685 hasta que perdió la corona en 1688. Fue el último monarca católico en reinar sobre lo que sería el Reino Unido. Sus políticas religiosas acabarían con su derrocamiento mediante la Revolución Gloriosa. No fue sustituido por su hijo también católico, Jacobo Francisco, sino por su hija mayor María I y su yerno Guillermo III, ambos protestantes, que fueron proclamados reyes conjuntos al modo del «tanto monta, monta tanto» de los Reyes Católicos.
Los reyes Guillermo y María no tuvieron hijos; cuando Guillermo III murió en marzo de 1702, su cuñada Ana, la única que quedaba en la línea de sucesión, fue coronada el 23 de abril en la abadía de Westminster. En ese momento había estallado la Guerra de Sucesión Española, en la que se dirimía el derecho de Felipe, nieto del rey Luis XIV de Francia, a subir al trono español.
Cuando fue coronada tenía 37 años y estaba agotada por los partos (el primero cuando tenía 19 años, el último cuando cumplió los 35), mentalmente debilitada por la muerte de todos sus hijos y cruelmente castigada por la gota, por la erisipela que quemaba sus piernas, probablemente por una enfermedad autoinmune y por algún tipo de artritis. Aquejada por un ictus cerebrovascular, Ana murió en el palacio de Kensington el 1 de agosto de 1714. Su cuerpo estaba tan hinchado que cuando fue enterrada en Westminster se tuvo que utilizar un féretro dos veces más ancho de lo normal
Hasta aquí lo que sabemos fidedignamente gracias la biografía escrita por la historiadora Anne Somerset (Queen Anne: The Politics of Passion. Harpers 2012). Tradicionalmente representada como una gobernante débil dominada por sus favoritas y obsesionada por el remordimiento por haber depuesto a su padre, la Reina Ana emerge de esa biografía como una mujer cuyo compromiso inquebrantable con el deber le permitió superar la tragedia privada y sus dolorosas discapacidades, dirigiendo a su reino por el camino de la grandeza.
Sarah Jennings, duquesa de Marlborough hacia 1700. Óleo de Charles Jervás. Dominio público.
Su reinado estuvo marcado por muchos triunfos, incluida la unión con Escocia y las gloriosas victorias en la guerra contra Francia. Sin embargo, mientras su gran general, el duque de Marlborough, realizaba proezas de genio militar dirigiendo las tropas inglesas en la Guerra de Sucesión, la relación de Ana con su esposa, Sarah Jennings, una mujer ingeniosa, mordaz, astutamente manipuladora y muy bella, se estaba volviendo cada vez más rencorosa. Las diferencias políticas explican en parte por qué la anterior adoración de la reina por Sarah se transformó en odio, pero la ruptura final fue provocada por la sorprendente afirmación de Sarah de que fue el enamoramiento lésbico de la reina con otra dama de honor, Abigail Hill, lo que destruyó su vieja amistad. En enero de 1711, la reina había nombrado a Abigail, una antigua camarera, para que se encargara del Monedero Privado, depositando en ella la confianza y la intimidad que antes había puesto en la duquesa de Marlborough.
Algunas investigaciones han sugerido que el carácter dominante de Sarah desembocó en algún tipo de romance entre ambas. A día de hoy todavía se conservan cartas que han sido definidas como "de profundo amor" entre la reina y su mano derecha. Pero el supuesto idilio se terminó cuando Ana se dio cuenta de que Sarah, a pesar de los sentimientos que tenía hacia ella, la estaba manipulando y la apartó de su corte. Para Somerset, las cartas que Ana escribió a Sara de joven son «apasionados desahogos de devoción», que inmediatamente te hacen pensar que tenían un romance. Pero también hay que tener en cuenta que las mujeres de aquella época mantenían amistades apasionadas sin matices eróticos. Somerset no duda de que su matrimonio con el príncipe Jorge era feliz y amoroso. Sin embargo, cuando la reina comenzó a apartarla de su lado, Sarah comenzó a difundir rumores de que Ana tenía una relación con la mujer que la expulsó como favor real, Abigail Hill.
Ese es el turbulento contexto histórico que sirve de trampantojo a los sucesos domésticos que sustentan La Favorita, la película de Yorgos Lanthimos, su nueva fábula amoral sobre la corrupción del poder y el precio del deseo articulada alrededor de un trío de damas, la reina y dos mujeres cortesanas, y de una corte con todas las degeneraciones del absolutismo barroco. La corte de Ana aparece poblada por criaturas vanas con pelucas rizadas hasta el cielo y caras elaboradamente pintadas. Sus pasatiempos incluyen chismes sexuales viciosos, carreras de pato en interiores y arrojar fruta podrida a personas desnudas.
Hampton House, junto al río Támesis. Foto.
Lo mejor, y también lo más preocupante, de La Favorita es su valoración rigurosamente sombría de las motivaciones y comportamientos humanos. Hampton Court House y Hartfield House, los palacios en los que se rodó la película, son como sendas placas Petri infestadas de patógenos cortesanos como el egoísmo, la crueldad y la codicia. La lucha doméstica entre Sarah y Abigail constituye la morbosa trama fundamental de la película, trufada también con la lucha política bipartidista entre el partido Tory, dirigido entonces por el primer barón Godolphin, entre cuyos miembros solía escoger Ana a su primer ministro, y los whigs, que se convirtieron en un partido mucho más influyente después de que el duque de Marlborough obtuviera una gran victoria en la batalla de Blenheim en 1704.
La trastienda de ese puñado de arcanos históricos es la base de La Favorita, una tragicomedia salvajemente cínica y entretenida, que debe mucho, en lo que a fotografía y traveling se refiere, al Barry Lindon del maestro Stanley Kubrick, y en lo literario a la biografía novelada de Sara Jennings escrita por Ophelia Field (The Favourite: Sarah, Duchess of Marlborough. Sceptre, 2003), sin olvidar, cómo no, a la monumental hagiografía del duque escrita por su descendiente, Winston Churchill (Marlborough: His Life and Times. RosettaBooks, 1933). ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

sábado, 2 de febrero de 2019

Chiberia


El invierno de 2019 en Norteamérica ya está entrando en la historia climática del planeta.
Estos días, los termómetros de Estados Unidos y Canadá están marcando temperaturas de hasta -37 ºC en algunas ciudades, el mayor frío registrado en una generación y la segunda temperatura más fría desde que hay registros. En Chicago, los termómetros cayeron a -30 °C el miércoles 30 de enero, con una sensación térmica de -45 ºC. Sus habitantes han acuñado el término “Chiberia” para denominar a la ciudad más populosa del Midwest. El responsable, el llamado vórtice polar. Veamos qué es.
Como consecuencia del irregular calentamiento y enfriamiento de la atmósfera, la presión barométrica horizontal a nivel del mar no es la misma en todo el planeta. La presión no es uniforme ni en la vertical ni en la horizontal. La irregularidad vertical es particularmente importante para explicar los cambios climáticos altitudinales, pero en lo que a la distribución de los climas mundiales se refiere tienen mayor importancia las diferencias horizontales que se reflejan mediante isobaras en los mapas de presión superficial. Cuando se comprueban los datos de multitud de estaciones se observan presiones superiores a la presión a nivel del mar (PNM) que se denominan altas. Las presiones por debajo de la PNM se denominan bajas.
Los cambios en la presión barométrica son los que hacen que el aire se ponga en movimiento y origine los vientos, cuya dirección es siempre la misma: desde los centros de altas presiones o anticiclónicos a los de bajas presiones o depresiones, algunas veces imprecisamente conocidos como ciclónicos (Figura 1).

Figura 1. Esquema de presión y viento en superficie sin océanos ni continentes. En la zona ecuatorial hay una zona continua de bajas presiones conocida como vaguada ecuatorial o zona de convergencia intertropical (ZCIT). Inmediatamente por encima de esta vaguada, entre los 25 y los 35ºN y S, se encuentran sendos cinturones subtropicales de alta presión. Por encima de ellos, entre los y 45 y los 60º, se encuentran las cinturas de bajas presiones conocidas como zonas de bajas polares de bajas presiones. Los casquetes polares son zonas permanentes de altas presiones conocidas como zonas de máximas polares o vórtices, mucho más desarrolladas en el sur como consecuencia de las mayores acumulaciones de hielo en la Antártida. Elaboración de Luis Monje. 
Como se deduce de la Figura 1, los fenómenos climáticos conocidos como vórtices polares están presentes todo el tiempo en los dos polos de la Tierra. No son nada nuevo y de hecho se conocen desde 1853, cuando el término apareció por primera vez en la revista estadounidense Living Age (1) para referirse a las zonas de baja presión y aire frío que se sitúan en la troposfera  y la estratosfera, las cuales, debido al efecto Coriolis,  rotan a diferentes velocidades en sentido contrario a las agujas del reloj en ambos polos. Gracias a ellas, el aire frío y denso se mantiene sobre los polos girando como un tiovivo.
En definitiva, un vórtice polar es simplemente un sistema semipermanente y masivo de baja presión que se cierne sobre los polos . Como puede verse en la Figura 2, durante el invierno el vórtice polar septentrional se vuelve menos estable y se expande, enviando aire frío del Ártico hacia el sur sobre los Estados Unidos mediante la denominada corriente en chorro (Figuras 2: derecha).
Hay múltiples factores climáticos que provocan que ese aire frío "encerrado" por el vórtice polar se libere repentinamente y descienda hasta las capas inferiores de la atmósfera, provocando los estragos que padecen ahora los norteamericanos. Como está ocurriendo estos días, una de esos factores es la intrusión de masas de aire más cálidas (warm air en la Figura 2) que pueden inestabilizar el vórtice y enviar aire ártico hacia el sur.
Figura 2. Diferencias entre la situación estable (izquierda) e inestable (derecha) del vórtice polar (vortex). El vórtice polar es una gran área de baja presión y aire frío que rodea ambos polos. En los vórtices, el flujo de aire en sentido contrario a las agujas del reloj ayuda a mantener el aire más frío cerca de los polos (globo izquierdo). Durante el invierno en el hemisferio norte y como consecuencia de la denominada “Oscilación Ártica”, el vórtice polar se vuelve menos estable y se expande, enviando aire frío del Ártico (cold air en la Figura 2) hacia el sur sobre los Estados Unidos mediante la denominada “corriente en chorro” (derecha). Fuente NOAA (modificada).
Pero si los vórtices polares están presentes todo el tiempo en los dos polos de la Tierra, ¿qué pasa en 2019 para que produzcan efectos extremos en Estados Unidos? Los meteorólogos atribuyen el vórtice polar de 2019 a un calentamiento repentino del Polo Norte causado por una ráfaga de aire caliente originada en Marruecos en diciembre. Esa gigantesca masa de aire tórrido dividió el vórtice polar y lo desvió hacia el sur, según Judah Cohen, experto en tormentas de invierno de la organización Atmospheric and Environmental Research (AER). Esa opinión es coherente con algunos artículos que han escrito algunas evidencias entre las variaciones en la corriente de chorro polar y las grandes tendencias de calentamiento terrestre.
Hay también que preguntarse por qué las temperaturas más bajas se están produciendo en las llanuras del Midwest y no en las cumbres de las montañas, como cabría esperar. Fíjese en el mapa de la Figura 3 y piense en Estados Unidos como en una enorme bañera, con una gran superficie cóncava y más o menos plana en el centro (el Midwest y las Grandes Llanuras), y dos márgenes montañosos a oeste (las Rocosas) y al este (el sistema de los Apalaches y sus cordilleras asociadas).
Figura 3. Esquema fisiográfico de los Estados Unidos. Fuente (modificada).
Si alguna vez ha estado a pie quieto en la orilla del mar, habrá notado los pies más fríos que el resto del cuerpo. Eso sucede porque el agua fría es más densa y se va al fondo. Piense ahora que el aire es, como el agua, un fluido.  El aire cálido es menos denso y por lo tanto sube. El aire frío es comparativamente más denso y por lo tanto tiende a desplomarse. Conforme desciende su temperatura aumenta por compresión y se vuelve incluso más denso. Ese aire más denso y más frío es el que se extiende estos días por las planicies norteamericanas, produciendo la paradoja de que se está más calentito en las cumbres de la Rocosas que las tierras bajas del centro continental.
De modo que lo que está pasando a escala continental es, básicamente, el fenómeno climatológico conocido a escala regional como inversión térmica, que, como bien saben senderistas y montañeros, se presenta en las cuencas cercanas a las laderas de las montañas en noches frías debido a que la pérdida del calor de la superficie terrestre por la radiación nocturna es tan intensa que el suelo no tarda en enfriarse más que el aire contiguo a él. Eso hace que las capas inferiores de aire cedan su calor al suelo por medio de la conducción, ocasionando que las primeras se enfríen más que las capas superiores, las cuales, además, se han calentado otra vez con la nueva radiación. Así, el aire que se encuentra justo sobre el suelo está más frío que el aire a niveles ligeramente superiores, lo cual constituye una inversión del gradiente vertical de la temperatura.
En definitiva, en cuestiones de clima, nada nuevo bajo el sol. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

lunes, 28 de enero de 2019

Margaritas de fuego y peces eléctricos

Acmella oleracea

Mientras me siento a escribir este artículo en el Palacio de Congresos de la capital de España está comenzando Madrid Fusión 2019, una de las citas más relevantes del mercado gastronómico español e internacional. En la conferencia inaugural, el chef catalán Ferran Adriá ha anunciado la vuelta de su innovador restaurante El Bulli.
La noticia ha reavivado mi olvidado interés por una receta que hace años se situó entre las preferidas por los afortunados clientes del restaurante de Cala Montjoi. En 2004, en El Bulli causó furor un aperitivo llamado Electric Milk: una oblea de encaje hecha de leche deshidratada cubierta con pedacitos de la inflorescencia del paracress o margarita eléctrica (Acmella oleracea). Aunque, además de la factura, el menú de El Bulli de ese año también incluía otras creaciones etéreas como el aire de parmesano congelado con muesli y las hojas de diente de león en aerosol de canela y azafrán, la leche eléctrica destacó por su extraordinario efecto en el paladar. Quienes tuvieron la fortuna de catarlo cuentan que probar los fragmentos florales producía en la boca un efecto electrizante, el mismo que se siente al lamer una pila voltaica.
Sin necesidad de gastarme un dineral, yo conocía esa sensación desde que una vez, en un bosque colombiano, un amigo me invitó a masticar un amasijo de flores amarillas del tamaño de una gominola. Lo que sentí al principio fue un estallido en mi lengua de un sabor fresco y herbáceo, parecido a una pizca de cilantro o de diente de león, seguido de una sensación ácida, agria, cítrica. Y luego, ¡cataplúm!, unas oleadas gaseosas como el champán inundaron mi paladar, la superficie de mi lengua brilló como si acabara de masticar un puñado de redoxones o de Peta Zetas, mis glándulas salivales se activaron a todo meter y algunas partes de mi boca se entumecieron. Nada agradable: tal y como si hubiera lamido el perno de una batería.
Pero algo después, superado el calentón, las flores resultaron ser unas fenomenales limpiadoras del paladar. Después de comerlas, a medida que la sensación de normalidad regresaba y la emisión de saliva volvía a su ser, mi boca se sentía como si la hubieran limpiado a fondo y mi lengua se había vuelto muy sensible y estaba muy afinada para los sabores, como si hubiera sido engañada.
El pez eléctrico Electrophorus electricus. Foto
Inmediatamente me acordé de los peces eléctricos. Los peces eléctricos han maravillado a los humanos desde que se tiene conocimiento de ellos. Los antiguos egipcios utilizaban ejemplares de una especie de raya a modo de electroterapia primitiva para el tratamiento de la epilepsia. Mucho de lo que Benjamin Franklin y otros científicos pioneros aprendieron acerca de la electricidad provino del estudio de estos animales de capacidades extraordinarias. En la época victoriana, se organizaban fiestas donde una de las diversiones era experimentar la sacudida de un pez eléctrico. Pero, ¿cómo puede un animal convertirse en una batería viviente?
No es sencillo. Hace algún tiempo, en el verano de 2014, un equipo de investigadores estadounidenses publicaron en la revista Science un artículo en el que identificaban las moléculas reguladoras por las que los peces eléctricos podían convertir un sencillo músculo en un órgano capaz de generar un potente campo eléctrico. Según explicaban, esta rara característica anatómica que solo se encuentra en los peces se desarrolló de forma independiente una media docena de veces en ambientes que van desde los bosques inundados de la Amazonía hasta los turbios ambientes marinos.
El fundamento fisiológico de esta biolectricidad reside en que todas las células musculares tienen potencial eléctrico. La simple contracción de un músculo produce una pequeña cantidad de tensión. Pero hace por lo menos 100 millones de años, algunos peces comenzaron a ampliar ese potencial evolutivo de las células musculares hacia otro tipo de células llamadas electrocitos, más grandes, organizadas en secuencias y capaces de generar voltajes mucho más altos que los que se utilizan para hacer que los músculos trabajen. El órgano eléctrico es utilizado por los peces en ambientes oscuros para comunicarse con sus compañeros, orientarse, aturdir a sus presas y como una terrible defensa.
Inflorescencia de Acmella oleracea
Dado que las flores carecen de músculos y nada tienen que ver con los peces, la pregunta es qué causa la sensación de descarga eléctrica que produce masticar las flores del paracrés. Su finalidad parece clara: disuadir a los herbívoros. Que la flor sea empleada en medicina popular amazónica como aliviadora del dolor de muelas ofrece una interesante pista. Toda la planta está saturada con espilanthol, un alcaloide analgésico que adormece la boca y estimula el flujo de saliva (de ahí su uso como aperitivo en las cocinas de El Bulli), pero es en la sumidad florida donde se presenta en mayor concentración y, por tanto, masticarla produce el mayor golpe sensorial. Masticar un botón floral entero adormece lengua y encías, y el sabor de unos pocos capullos someterá las fauces de un inexperto herbívoro al escalofrío peculiarmente eléctrico y desagradable del espilanthol. Nunca volverá a triscar en esa hierba.
Al margen de la excentricidad culinaria de Ferran Adriá y colegas, la margarita eléctrica se consume como aderezo de ensaladas, salteados y salsas en los países tropicales de América del Sur. En La Guajira colombiana, donde la probé como condimento de un delicioso plato de pez león, le llaman muy apropiadamente quemadera. En Yucatán, los mayas denominan a esta hierba picante, la “xux” (avispa). Pero el paracrés tiene su mayor expresión culinaria en la región de Para del norte de Brasil. Conocido localmente como “jambu”, se mezcla con jugo de mandioca, chiles picantes y ajo para dar sabor a una sopa picante llamada “tacaca” y se usa para batir la carne. Y, partida en trocitos, la flor se usa como sustituto para adormecer y provocar un hormigueo en el paladar semejante a especias como la pimienta de Sichuan (Zanthoxylum piperitum), especialmente en platos donde no se desea la textura arenosa de los granos de pimienta.
Hasta aquí todo lo que sé sobre la margarita de fuego. ¡Que aproveche! © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.