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miércoles, 12 de junio de 2019

Las flores que convivieron con los dinosaurios

Hasta ahora se pensaba que las angiospermas (las plantas con flores) habían aparecido hace 130 millones de años. La descripción de una nueva especie de planta fósil sugiere que las flores aparecieron ya en el Jurásico Temprano, hace más de 174 millones de años.
Las flores son las estructuras reproductivas de las angiospermas, cuyas aproximadamente 260.000 especies representan casi el 90% de todas las plantas terrestres actuales y de las cuales depende, de forma directa o indirecta, la mayor parte de la vida terrestre. Sin embargo, las flores son una innovación evolutiva relativamente reciente en el calendario geológico de la diversificación de las plantas.
La súbita aparición en el registro fósil de las angiospermas ha supuesto un quebradero de cabeza para los botánicos desde los tiempos de Charles Darwin. En una carta mandada a Joseph Hooker en 1879, Darwin se lamentaba de que las plantas con flores aparecían repentinamente en el registro fósil, para diversificarse a continuación muy rápidamente. Un rompecabezas que el naturalista no dudaba en calificar de «abominable misterio». Poco a poco, gracias a todo tipo de investigaciones y hallazgos, se va armando el rompecabezas.
La fascinación y frustración de Darwin con el conjunto de eventos evolutivos asociados con el origen y rápida radiación de las plantas con flores es ya legendaria y se debía a que el registro fósil de las angiospermas conocido en 1870 era fundamentalmente incompleto. Y las cosas siguen igual si se compara la riqueza del registro fósil en lo que se refiere a los animales y la escasez en lo que respecta a las plantas. Las angiospermas fosilizan mal y desde los albores de la Paleontología los fósiles animales fascinaron tanto a los paleontólogos que dejaron a las plantas como un objetivo de segunda importancia en sus investigaciones. De hecho, los grandes avances recientes en la reconstrucción del origen y la evolución de las angiospermas se basan fundamentalmente en análisis genéticos y de biología molecular.
Hasta hace muy poco, en los libros de texto se zanjaba el asunto de una forma expeditiva: las angiospermas habían aparecido en algún momento de Cretácico, lo que situaba el evento entre hace 125 y 65 millones de años (MA). Sin embargo, los relojes moleculares habían sugerido que debían ser más antiguas, aunque no existía una evidencia convincente basada en fósiles que probara tal cosa.  Como el registro fósil de las angiospermas es tan incompleto, cada vez que una nueva investigación aporta una novedad al conjunto de flores fosilizadas que bien cabrían en una caja de zapatos, constituye una gran noticia. Los que refiero a continuación han permitido situar al ancestro común más reciente de todas las angiospermas más allá del Cretácico, en pleno Jurásico.

Eche un vistazo a la imagen de arriba, un fósil de 100 millones de años de una flor conservada en ámbar desde el período Cretácico y descrita en 2017 por George Poinar, profesor de Oregon State University, de la que ocupé en otra entrada. Son siete ejemplares completos de flores conservados en ámbar en un yacimiento de Myanmar. Poinar y sus colaboradores, quienes piensan que se trataba de un árbol de la selva tropical, llamaron a la nueva planta Tropidogyne pentaptera (del griego "penta", cinco, y "pteron", ala), epíteto específico basado en los cinco sépalos extendidos que presentan unas flores de entre 3,4 y 5 milímetros de diámetro.
Tropidogyne debía ser considerada la flor ancestral mejor conservada, pero no la más antigua, porque dos años antes unos ejemplares incompletos de plantas encontradas en España habían situado el origen de las angiospermas en 130 MA. Mientras los ejemplares de Myanmar son flores muy vistosas, las flores de los fósiles españoles son extraordinariamente inconspicuas.
Como pueden ver en la siguiente imagen tomada de la publicación original, la española Montsechia vidalii, cuyo nombre está dedicado a la sierra del Montsec y al geólogo catalán Lluís Marià Vidal, no hubiera sido de mucha utilidad en una floristería. Consistía en brotes largos y hojas pequeñas, y sus flores carecían de algo tan elaborado como pétalos. Pero, dada su antigüedad, esta planta acuática es una ventana abierta a los primeros días de las angiospermas.

Vistosa o no, el caso es que, en 2015, Montsechia vidalii había situado el origen de las angiospermas hace 130 MA, hasta que la reciente descripción de una nueva especie de planta fósil sugiere que las flores aparecieron ya en el Jurásico Temprano, hace más de 174 millones de años. Un artículo publicado en diciembre pasado, del que son coautores dos botánicos españoles de la Universidad de Vigo, en el que se describe una nueva especies, Nanjinganthus dendrostyla, sugiere que la aparición de las plantas con flores retrocede casi cincuenta millones de años hasta el Jurásico Temprano, hace más de 174 millones de años, cuando los dinosaurios dominaban la Tierra.
El equipo de investigación estudió 264 especímenes de 198 flores conservadas en 34 bloques de roca de la región de Nanjing en China, famosa por contener fósiles de la época del Jurásico Temprano. La abundancia de muestras de fósiles utilizadas en el estudio permitió a los investigadores analizarlas con una microscopía electrónica muy sofisticada lo que les proporcionó imágenes de alta resolución de las flores desde diferentes perspectivas.
Reconstrucción idealizada de Nanjinganthus. 1, ramas de tipo dendroideo; 2, estilo dendroideo; 3, sépalo; 4, techo ovárico; 5, escama; 6, semilla; 7, receptáculo acopado/ovario; 8, bráctea; 9, pétalo; 10, órgano desconocido (¿estaminodio?). Fuente.
Hacerlo permitió encontrar que la nueva especie de flor presenta una característica que confirma la definición aceptada para las angiospermas: la existencia de un ovario completamente cerrado. La palabra angiosperma deriva del griego angíon (vasija o ánfora) y sperma (semilla), lo que quiere decir que las semillas están contenidas dentro de unas estructuras cerradas llamadas ovarios, lo cuales, después de la fecundación, originan los frutos.
El Mesozoico era una época dominada por las gimnospermas, por lo que la existencia de Nanjinganthus en el Jurásico hizo necesario compararla con las gimnospermas fósiles comunes en ese tiempo. En el estudio se encontró que la flor reconstruida tenía un recipiente en forma de copa provisto del “techo ovárico”. Este es un hallazgo clave, porque la presencia de esta característica confirma que Nanjinganthus es una angiosperma, habida cuenta de que las gimnospermas carecen de ovario cerrado. 
Lo que cabe preguntarse ahora es si las angiospermas son monofiléticas, lo que significaría que Nanjinganthus representa un grupo monofilético que dio origen a todas las especies posteriores, o bien a un grupo polifilético, en el que Nanjinganthus representa un callejón evolutivo sin salida que tiene poco que ver con las especies posteriores. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

viernes, 17 de mayo de 2019

Cuando el dinosaurio despertó, la chinche ya estaba allí

Cimex lectularius, una de las más conocidas chinches urbanas. Foto.

Hace dos años, pasé tres noches es un confortable hotel en pleno centro de San Luis, Misuri. Dormir, lo que se dice dormir a pierna suelta, no lo conseguí a pesar de que la última noche, cuando ya había comprobado en mi piel los efectos de las picaduras, me acosté vestido. Aprovechando una oferta, las tres noches me costaron 668 euros: a euro por chinche, más o menos. Si entonces hubiera sabido que alguna vez un tiranosaurio tuvo que lidiar con la misma molestia, quizás me hubiese sentido más aliviado.
Cuando los dinosaurios surgieron sobre la faz de la Tierra, chinches y garrapatas ya estaban allí. Hace unos días publiqué un artículo en el que daba cuenta de que las garrapatas ya parasitaban a los dinosaurios emplumados hace cien millones de años (ma). Un nuevo estudio publicado ayer en la revista Current Biology demuestra que las chinches han estado sorbiendo sangre durante al menos 115 ma.
Se conocen más de cien especies de chinches o cimícidos (familia Cimicidae) y todas ellas son parásitos hematófagos obligados, lo que quiere decir que su vida depende exclusivamente de chupar la sangre de sus hospedantes. Aunque muchos especialistas pensaban que los murciélagos fueron los primeros hospedantes ancestrales de los cimícidos, gracias a un artículo publicado en 2008 en el que se describía un fósil de chinche del Cretácico conservado en ámbar de Myanmar, se sabía que las chinches existían al menos treinta ma antes de que aparecieran los fósiles de murciélagos más antiguos.

Derecha: Microfotografía de un macho de la chinche Quasicimex eilapinastes, redibujada en la imagen de la derecha. Fuente

La filogenia molecular también ha demostrado que las dos principales especies de chinches urbanas actuales,
Cimex lectularius y C. hemipterus, surgieron hace 47 ma, es decir, que han estado haciendo de las suyas mucho más tiempo que los primeros homínidos cuyos primeros representantes aparecieron hace 7 ma, lo que contradice una hipótesis que sostiene que estas antiguas plagas se transformaron en nuevas especies especializadas en chupar nuestra sangre.
Para reconstruir el linaje filogenético (la filogenia es a las especies lo que el árbol genealógico de una saga humana o el pedigrí de una mascota), el equipo de investigadores ha pasado quince años recolectando chinches silvestres de todo el mundo y estudiando especímenes guardados en colecciones de museos. El equipo comparó el ADN de estas chinches modernas para ver cómo se diferenciaron las diferentes especies en el pasado y con qué frecuencia surgieron nuevas especies capaces de infestar a los humanos y a otros huéspedes potenciales.
Árbol filogenético basado en cinco secuencias de genes que muestran la distribución biogeográfica (colores de las ramas) y la taxonomía clásica a nivel de subfamilia. Las fotografías muestran representantes morfológicamente típicos de cada subfamilia. Los números al lado de los nodos indican valores de probabilidad posteriores. La escala de longitudes de la rama representa el número de sustituciones de nucleótidos estimadas por sitio. Fuente.
¿Es posible que pterodactilos, tiranosaurios o brontosaurios sufrieran una horda de parásitos hematófagos? Dado el comportamiento de las chinches modernas, es muy posible que las chinches ancestrales prefirieran cebarse en animales “hogareños” tanto nidícolas como los pájaros, como los murciélagos que se hacinan colgados siempre en los mismos lugares o como los que, como nosotros, las acogemos involuntariamente en las costuras del colchón. La mayoría de los dinosaurios, por otro lado, tendían a no asentarse y optaban por cazar en manadas y migrar de un lugar a otro.
Esas son buenas noticias para los dinosaurios, pero malas noticias para los incautos turistas que nos alojamos en hoteles poco escrupulosos. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

jueves, 16 de mayo de 2019

Plásticos en las profundidades


El 23 de enero de 1960, dos exploradores de las profundidades marinas –el teniente de la Marina estadounidense Don Walsh y el ingeniero suizo Jacques Piccard- emprendieron el único descenso tripulado hasta el fondo del mar que se había realizado jamás. Su nave, el batiscafo Trieste, se posó a una profundidad de 10.912 metros en el fondo de la sima Challenger de la fosa de las Marianas. Al tocar fondo, estaba aproximadamente a la misma distancia de la superficie del océano Pacífico que los aviones que vuelan por encima de ella.

Aunque esta épica hazaña fue equiparable al alunizaje del Eagle que sucedió nueve años después, los segundos que transcurrieron antes de que se posara el Trieste quizás fueron para los biólogos lo más fascinante de toda la inmersión. Fue entonces, cuando al mirar por la portilla de observación, Walsh y Piccard vieron un pez cuya existencia sería después muy discutida.

«Y cuando estábamos realizando la maniobra final, vimos una cosa maravillosa –escribió Piccard en 1961 en su libro Seven Miles Down: The Story of the Bathyscaph Trieste (Nueva York: Putnam)-. Reposando justamente debajo de nuestra parte inferior había un tipo de pez plano que se parecía a un lenguado y medía casi un pie de largo y seis pulgadas de ancho […] ¿Podría existir vida en las grandes profundidades del océano? ¡Podría! Y no solo eso, porque aquello era, al parecer, un verdadero pez teleósteo».

Muchos biólogos insistieron en que ningún pez puede sobrevivir a tales profundidades, bajo condiciones próximas a la congelación y a una presión de más de mil atmósferas. ¿Habrían visto otra cosa, quizás un pepino de mar, o tal vez nada? Sin ninguna fotografía que respaldara el avistamiento porque la inmersión era una prueba técnica y no una exploración destinada a estudiar la biología marina, el beneficio de la duda arraigó en el escepticismo científico.

En una entrevista recogida por Adrian Burton en Life Lines (p. 109), realizada 52 años después del famoso viaje del Trieste, Don Walsh, quien, tras la muerte de Piccard en 2008, era en esos momentos el único hombre que había estado en la sima Challenger, manifestaba serias dudas sobre lo que realmente habían visto:

«[Pudimos ver] evidencias de vida en todas las profundidades. Con nuestras luces encendidas, los organismos del plancton eran solo motas de polvo en el agua. Cuando se apagaban las luces nos envolvía una “nevada” bioluminiscente. La ilusión óptica era como mirar a través de una ventana iluminada la caída de los copos de nieve que capturan la luz. En nuestro caso, la nieve parecía estar cayendo hacia arriba, aunque en realidad era porque descendíamos […] Justo antes de posarnos, vimos lo que parecía ser un pequeño pez plano y blanquecino que descansaba en el fondo. Calculamos que tenía alrededor de un pie de largo. Jacques estaba en detrás del foco y fue el primero en verlo. Una vez que nos posamos, se levantó una nube de sedimento del fondo y perdimos la visibilidad. A partir de ese momento fue como mirar a través de un tazón de leche. Después de veinte minutos, era evidente que cualquier cosa que pasase allí tardaría más tiempo en dejarse ver que el tiempo de que disponíamos para estar en el fondo, por lo que arrojamos lastre y comenzamos a subir a superficie. En el medio siglo transcurrido desde nuestra inmersión, se ha especulado con que no vimos ningún pez plano. Eso es totalmente posible. Ni Jacques ni yo éramos biólogos y la criatura podría haber sido otra cosa».

Tres meses después de realizar esa entrevista, en marzo de 2012, el cineasta James Cameron, tras preparar cuidadosamente y en secreto una expedición submarina, y después de sumergirse casi once kilómetros hasta el lugar más profundo del océano, se convirtió en el segundo hombre en tocar fondo en la sima de las Marianas.

Cameron hizo el descenso en solitario en un submarino de acero, el Deepsea Challenger, que pasó más de cuatro horas explorando el fondo del océano (el Trieste solamente pudo estar veinte minutos), antes de su rápido ascenso a la superficie. A pesar de que el submarino de Cameron iba equipado con tantas luces y tantas cámaras como un estudio de televisión subacuático y estaba provisto de brazos robóticos que le permitían recoger muestras de rocas y suelos, el director de Titanic no logró ver nada parecido a un pez sobre el cieno increíblemente fino del fondo: para él las profundidades eran un «lugar estéril, casi desértico».

Pero sin negar el esfuerzo personal de ambos descensos, algunos científicos cuestionan que la exploración tripulada sea la mejor plataforma para la investigación científica. Y es que la exploración con otros medios ha demostrado que la evidencia de que hay vida en el fondo del océano es indiscutible. Los científicos están encontrando seres vivos que pueden resistir presiones colosales, desde peces de aguas profundas hasta anfípodos, unos carroñeros similares a los camarones, algunos de los cuales pueden alcanzar los treinta centímetros de longitud.

El anfípodo Hirandella gigas, fotografiado a 10.900 de profundidad en la Fosa de las Marianas. Foto.  
En 1951, el buque expedicionario danés Galathea recogió una muestra a unos 10.160 metros de profundidad en la fosa de Filipinas en la que había camarones, mejillones y pepinos de mar. En 1995, el vehículo no tripulado japonés Kaiko filmó criaturas parecidas a gusanos y camarones a unos 10.910 metros, y en 1996 tomó muestras del mismo sedimento que había nublado la visibilidad de Walsh y Piccard en la sima Challenger. El análisis posterior reveló que la muestra contenía muchas especies de bacterias.

En 1998, el Kaiko llegó a capturar un ejemplar del crustáceo anfípodo Hirondella gigas en la misma zona. Finalmente, otro sumergible autónomo no tripulado, el Nereus del centro de investigación Woods Hole, recorrió la sima en 2009 y sus imágenes de vídeo confirmaron que hay vida en el fondo, pero no mostraron ningún pez como el que creyó ver Walsh. Desde 1970 hemos sabido de la existencia de Abyssobrotula galatheae, un pez capturado a una profundidad de unos 8.370 metros en la fosa de Puerto Rico. Y en 2008, un equipo anglo-japonés filmó grandes bancos de los peces Pseudoliparis amblystomopsis, a unos 7.700 metros en la fosa de Japón, y peces parecidos a profundidades similares en la costa de Nueva Zelanda. Sin embargo, después de haber capturado y fotografiado peces en cuatro simas diferentes a lo largo de la placa tectónica submarina del Pacífico, nadie ha visto nada que sugiera que existe el pez de Walsh y Piccard.

Fuente.
Con suerte, algún día, algún ojeador podría ver ese pez, decía Walsh en la entrevista. Quizás por ello fue testigo privilegiado del regreso del tercer y último descenso tripulado a la sima de las Marianas, el que realizó el pasado 28 de abril el millonario texano Victor Vescovo para batir el récord de profundidad oceánica al sumergirse hasta los 10.928 metros en la sima Challenger.

Walsh, a la izquierda, felicita Vescovo al regreso de este. Foto.
Vescovo pasó cuatro horas explorando el fondo del abismo en un sumergible, el DSV Limiting Factor, construido con casco de presión de titanio de nueve centímetros de grosor. Los brazos robóticos de submarino encontraron varias criaturas marinas, pero también recogieron una bolsa de plástico y envoltorios de caramelos. Que Vescovo haya encontrado plástico en el fondo del mar ha sido resaltado como una novedad; no es así: hace dos décadas, el Kaiko japonés ya detectó una bolsa de plástico en la fosa de las Marianas, a 10.898 metros de profundidad.

Millones de toneladas de plástico ingresan a los océanos cada año, pero se sabe poco sobre dónde terminan. Hoy en día solo el 9% de todo el plástico consumido a nivel mundial se ha reciclado, el 12% se ha incinerado, y la gran mayoría, el 79%, ha terminado en vertederos o en el medio ambiente. Varios informes recientes han subrayado la grave situación creada por el uso del plástico en el mundo. Destaco dos de ellos. El primero indica que los seres humanos consumimos un millón de botellas de plástico por minuto. Sí ha leído bien: 60 millones de botellas a la hora; 1440 millones al día; más de medio billón al año. Al final de la década, esa cifra se habré incrementado en un 20%. En el segundo informe puede leerse que el 91% de todo el plástico no se recicla. Es un desafío abrumador responder al crecimiento exponencial de productos potencialmente reciclables, pero finalmente poco o nada reciclados.

Pero más peligrosa es la acumulación de los plásticos como toxinas en las cadenas alimenticias. Los plásticos no son biodegradables, pero si son fotodegradables, es decir se descomponen hasta nivel molecular por efecto de la luz sin perder su condición de polímeros tóxicos que se van incorporando a la pirámide trófica marina hasta llegar al gran consumidor final, el hombre, en forma de deliciosos pescados que llevan en su interior el testimonio de cómo nuestra soberbia y nuestra indiferencia están convirtiendo en una gigantesca cloaca el Planeta Azul. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 12 de mayo de 2019

Plantas de Madrid: Pino de Valsaín (Pinus sylvestris variedad iberica)


Alrededor de la cuenca del Mediterráneo los pinares constituyen una de las formaciones vegetales más características y diversificadas. Junto a Quercus, el género Pinus es el taxon con mayor número de especies, subespecies y variedades no ya de las áreas circunmediterráneas, sino de Europa y de todo el reino Holártico. De las nueve especies de pinos mediterráneos, seis aparecen de forma natural en la Península Ibérica. Empero, cuando se habla del área natural de los pinares conviene guardar ciertas cautelas, porque la plasticidad ecológica de los pinos, su tolerancia a condiciones adversas, y el rápido crecimiento y bondad de su madera, han hecho que desde los inicios de la selvicultura estas coníferas hayan sido cultivadas y taladas con igual profusión, de modo que resulta todavía difícil definir con precisión cuál es su verdadera área de distribución.

En general, podemos contemplar a todas las coníferas como especies tolerantes a las restricciones cuando se comparan con las frondosas como robles o hayas que son competitivas. Si las condiciones ecológicas son aceptables, no hay color: las competitivas frondosas se imponen a las coníferas, aunque en condiciones intermedias la lucha biológica conduzca a la aparente paz del bosque mixto. Esta característica (poca competitividad, pero mucha tolerancia) es general en casi todas las coníferas del mundo y es consecuencia probable de su antigüedad filogenética. No es extraño, por lo tanto, que en todos los ecosistemas que permiten el crecimiento arbóreo las coníferas se encuentren generalmente expulsadas de las zonas más favorables. De hecho, el bosque mediterráneo de coníferas puede ser considerado un hábitat marginal, el peor biotopo para el crecimiento del bosque dentro de su macrobioclima.

Como otras muchas coníferas, los pinos, una estirpe genealógicamente mucho más antigua que la de las frondosas, han practicado una estrategia que ha logrado salvar a las especies actuales de la extinción que sufrieron muchos de sus congéneres a lo largo del Terciario y del Cuaternario. Durante el Terciario, tras la aparición de las angiospermas ocurrida en la era anterior, se inició una competencia entre las emergentes y jóvenes frondosas y las viejas coníferas, peor preparadas para los cambios climáticos hacia climas más secos y cálidos que se producían entonces. Familias, géneros y especies de gimnospermas, incluyendo muchas coníferas, sucumbieron en aquellas confrontaciones bioecológicas de adaptación a los nuevos nichos que se estaban formando en la biosfera. Entre las coníferas parecen haber sobrevivido aquellas capaces de practicar la estrategia de la frugalidad y de la resistencia.

Los pinos en general, y las especies mediterráneas en particular, son árboles frugales, de pocas exigencias ecológicas, lo que les permite prosperar en condiciones edáficas limitantes para las frondosas, como los litosuelos, las margas, las arenas, los yesos o los suelos evolucionados a partir de rocas que, como las dolomías, las serpentinas o las peridotitas, son nutricionalmente deficitarios o incluso tóxicos para muchas otras plantas. Más aún, además de soportar esos factores limitantes, los pinos crecen en zonas de relieves abruptos con fuerte insolación y alta escorrentía, a lo que se une las más de las veces el clima adverso, puesto que -arrinconados por las exigentes frondosas- encontramos pinares en condiciones de extremada continentalidad, con fríos extremos y/o agostadores calores estivales, como las que aparecen en las parameras y en la alta montaña mediterránea.

Izquierda: Pinus sylvestris var. iberica. Derecha: Pinus uncinata.
Hablar de pinares en Madrid es hacer referencia a los que pueblan la Sierra, cuyo dosel está dominado exclusivamente por el llamado pino de Valsaín (Pinus sylvestris var. iberica). Este es, naturalmente, el pino dominante en Guadarrama, pero no el único, porque, al margen de algunos pinos cultivados como ornamentales en parques y jardines, en la Peña del Águila y en Peña Bercial aparecen pequeñas poblaciones procedentes de reforestaciones del pino negro o de montaña (P. uncinata). El pino negro ocupa de forma natural crestones y laderas por encima de los 1.700 metros y cuenta con las mejores masas en los Pirineos; las poblaciones naturales más meridionales y próximas a nosotros alcanzan la sierra de Gudar (Teruel) y el pico de la Cebollera (Soria).

Centrémonos, pues, en Pinus sylvestris, cuya área natural es inmensa, con grandes masas en toda Eurasia desde el Cabo Norte en Noruega al estrecho de Bering en el extremo oriental de Siberia, y está comprendida en el hemisferio Norte entre los paralelos 37° (Sierra Nevada) y 71° (norte de Escandinavia). En España se extiende principalmente por los Pirineos (var. catalaunica); Cordillera Ibérica, Cordillera Central, y alcanza Sierra Nevada (var. nevadensis). Las poblaciones del Sistema Central, las del pino de Valsaín, junto con las de la Cordillera Ibérica han sido agrupadas en la variedad iberica.

En talla y volumen, el pino de Valsaín es uno de los más majestuosos entre los españoles. En buenas condiciones alcanza los 30-40 metros, aunque en la Sierra llega escasamente a los 15 metros, 20 en los casos excepcionales de Valsaín o Navafría. Los árboles de las zonas altas y escarpadas, sometidos a la acción de los fuertes vientos, de la ventisca y con poco suelo crecen tortuosos y achaparrados sin sobrepasar los 6-9 metros, de forma que en nada se parecen a las esbeltas siluetas de los árboles de los niveles bajos, pero que tienen el valor didáctico de la capacidad de resistencia y de adaptación de estos árboles.

Color verde: Distribución natural de Pinus sylvestris en Europa.
Como bien saben los caminantes del Sistema Central, el pino albar posee un potente sistema radicular que ancla al árbol sobre terrenos muy variables y le permite soportar todo tipo de inclemencias, hasta el extremo de que pocas veces los fuertes vientos consiguen desarraigarlo. Un rasgo peculiar de este pino, al menos en las manifestaciones peninsulares, lo constituye la corteza, al principio grisácea, pero en la que, prontamente, en la parte superior del tronco aparecen unas placas escamosas de color amarillo rojizo (salmón) que le diferencian entre todos los pinos españoles.

Delgadas y punzantes como agujas, las hojas van por parejas agolpadas en las partes jóvenes de las ramas; estas acículas tienen un tinte verde blanquecino característico, y no pasan de cinco o seis centímetros, las más cortas de nuestros pinos. Los conos masculinos miden del orden de 1 cm, pero cada uno puede producir cientos de miles de granos con dos vesículas flotadoras que los mantienen en el aire, pero acaban por caer y se adhieren a las plantas y a las botas cuando se camina sobre ellas. Los conos femeninos, las piñas, son pequeñas (4-6 x 2-3 cm), aunque ya maduros aparentan ser más anchos por la separación de las brácteas; los piñones llevan un ala que sirve para su dispersión y no son comestibles.

Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. En primer plano el pinar de Pinus sylvestris.
El pinar es un bosque aciculifolio compuesto exclusivamente en su estrato arbóreo por pinos de distintas edades y alturas cuando no ha sido explotado, y más homogéneo cuando ha sufrido talas. Los árboles forman un dosel de copas con una cobertura que va desde el 60% al 90%, aunque de forma habitual está regularmente abierto, lo que permite una buena iluminación de los estratos inferiores. El estrato arbustivo es muy denso gracias a la luz que recibe y se compone de jóvenes pinos diseminados, dos enebros de media y alta montaña (Juniperus communis subsp. alpina y subsp. hemisphaerica) y de piornos serranos (Cytisus oromediterraneus, taxon de nomenclatura un tanto confusa que también ha sido llamado C. balansae y C. purgans). 

Dada la acidificación del sustrato que produce la abundante pinaza, el estrato herbáceo es poco significativo, al igual que el de líquenes y musgos terrícolas, aunque entre las hierbas tal vez se puedan destacar un componente graminoide de cierta importancia con Avenella flexuosa subsp. iberica, Arrhenatherum elatius subsp. carpetanus, Agrostis castellana, Festuca iberica, Nardus stricta, y otras herbáceas como Linaria nivea, Luzula lactea, Jasione laevis subsp. carpetana, Leontodon hispidus subsp. carpetanus y pocas más. En ocasiones, alrededor de la laguna de Peñalara, cerro de Telégrafo, Siete Picos, etc., se incorpora el arándano (Vaccinium myrtillus), especie que escasea en el resto de los bosques serranos, salvo en los hayedos.

Cytisus oromediterraneus.
Son muy duras las condiciones climáticas que afectan al pinar. En la alta montaña mediterránea la radiación es muy fuerte durante los días despejados, que pueden sumar un centenar al cabo del año, más otros 60-70 ligeramente nubosos. Aunque la pluviosidad es buena, su distribución es notablemente irregular de un año para otro. También lo es la variación mensual, con un desplome estival paliado con ligeras precipitaciones de régimen tormentoso, que suelen totalizar entre 120 y 150 litros. Otro condicionante son las temperaturas mínimas cuyas medias no alcanzan los cero grados en cuatro meses y dos meses más, abril y noviembre, no llegan a un grado sobre cero. El período vegetativo es, pues, muy corto y se ve frenado casi todos los meses del año por la existencia de heladas ocasionales. Por el contrario, las medias de las máximas son altas. Su clara adaptación a los climas contrastados se pone de manifiesto en las oscilaciones térmicas anuales que soporta y que en Guadarrama son de 45°-50°. La cobertura de nieve es muy variable en espesor y permanencia; los pinares bajos mantienen un manto más o menos continuo durante tres o cuatro meses y en los casos especialmente favorables puede permanecer hasta seis o siete meses.

Con estas condiciones, el pinar natural ocupa una banda entre los 1.700 y 2.100 metros, aunque estas cifras son modificadas por factores topográficos, como exposición, efectos de cumbre, etc. En general, nunca baja de forma espontánea más allá de los 1.600 metros y tampoco pasa mucho de los 2.100. Hacia arriba, llega un momento en que el bosque se acaba y sólo continúan los arbustos del sotobosque sin que puedan seguirles los pinos.

Juniperus communis subsp. nana
Fuera de sus límites naturales, el pino se ha cultivado en el dominio del melojar aprovechando la fertilidad de las tierras pardas subhúmedas propias de éste y por las mejores condiciones climáticas al disponer de un período vegetativo sensiblemente más largo. En estos suelos, más profundos y frescos, se obtienen árboles de 30 a 35 metros de altura, con fustes rectos y con pocos nudos, muy adecuados para el uso en tablones. Parte del pinar de Valsaín, por ejemplo, está cultivado en el dominio del roble melojo (Quercus pyrenaica). A pesar del magnífico desarrollo vegetativo del pino cultivado en este dominio, su regeneración espontánea es muy deficiente y abandonado a su suerte, sin la protección del hombre, cedería el paso al señor natural del territorio, Q. pyrenaica, en unas pocas generaciones. 

Los cultivos de pinos en zonas correspondientes al robledal se reconocen por lo homogéneo de la población, por los límites bruscos de las masas arbóreas y por la presencia ocasional de melojos y la habitual del helecho águila (Pteridium aquilinum), que explota las tierras pardas producidas por el melojar y que falta o es muy raro en los pinares genuinos. Por el contrario, la presencia de la gramínea Avenella flexuosa subsp. iberica nos indica un pinar dentro de su piso natural.

Base del pino de la cadena.
El pinar con enebros de la sierra de Guadarrama posee un alto valor estético y está ligado paisaje serrano de forma que, sin él, quedaría desvirtuado. No podemos imaginar la Fuenfría, Navacerrada, Navafría, Siete Picos..., etc., sin los pinares de pino albar. Y, sin embargo, cada vez corren más riesgos o se desnaturalizan debido a las urbanizaciones, a las prácticas silvícolas -aclareos, limpieza, sacas, etc.- a los incendios, a las plagas, al trazado de carreteras y a las actividades recreativas.

No puedo dejar de recomendar la visita a unos de los cuarenta árboles singulares del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, el llamado pino albar “de la cadena”, un ejemplar con un fuste recto de casi veinticinco metros de altura, unos tres de circunferencia de tronco a la altura del pecho y alrededor de doscientos años de edad. Quienes estén leyendo estas páginas seguramente sepan dónde está. Si no es así, salga desde El Ventorrillo y baje por la pista de los Baldíos hacia el río. No tiene pérdida: la cadena que lo rodea, con la leyenda “Memoria”, es su tarjeta de presentación. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

viernes, 10 de mayo de 2019

Los jardines de Alcalá (2): el jardín de San Diego (2)


En una entrada anterior hice un resumen de los cambios por los que ha pasado la plaza de San Diego desde comienzos del siglo pasado, cuando carecía de arbolado, hasta la actualidad. En este artículo ofreceré unas breves notas sobre las coníferas que prosperan en ella desde su remodelación en 2002.
Empecemos por los árboles. Los que crecen sobre el terreno son ocho coníferas (seis cedros y dos cipreses) y diez tilos (una hilera alineada como una guardia inmóvil en la fachada de los cuarteles del Príncipe y Lepanto, hoy transformados en el CRAI de la Universidad). A estos hay que añadir el trío de madroños que crecen en otros tantos macetones de madera que cambian de posición al abur de las necesidades municipales. Me ocuparé en esta entrega de cedros y cipreses, que comparten algunas características; dejaré los tilos para el artículo dedicado a la plaza del Padre Lecanda que estoy preparando; los madroños deberán esperar a una nueva ocasión.
Además de por otras muchas características cuya descripción sobrepasaría el espacio necesariamente exiguo del que dispongo para no aburrir a las ovejas, cedros (Cedrus deodara), cipreses (Cupressus sempervirens) se distinguen fácilmente por sus hojas. Las de los cedros son delgadas como agujas (de ahí que técnicamente se denominen hojas aciculares, de acícula, aguja en latín); las de los cipreses son pequeñas como escamas (escuamiformes, diría un botánico) que cubren por completo las ramas en disposición imbricada, lo que quiere decir que se superponen unas a otras como las tejas de un tejado o las escamas de un pez; debido a la abundancia de glándulas resiníferas en ramillas y hojas, unas y otras despiden un fuerte olor a resina cuando se frotan entre los dedos.
Cedros y cipreses son coníferas, lo que quiere decir que sus órganos reproductores masculinos y femeninos se disponen agrupadas en unas estructuras especiales con forma alargada, los conos. Los conos masculinos llevan los sacos polínicos, que producen millones de granos de polen (¡atención, alérgicos!) de color amarillo dorado, en el interior de cada uno de los cuales viajan, como en una nave especial, los gametos masculinos, a los que podría referirme como espermatozoides, pero no lo haré porque estos, característicos del Reino Animal, son móviles y relativamente autónomos, mientras que los de las plantas son inmóviles y han de ser conducidos hasta los óvulos por un tubo polínico.
Cómodamente protegidos dentro de los granos de polen, los gametos masculinos viajan impulsados por el viento a la búsqueda de los gametos femeninos, que están situados en unos conos formados por un eje central alrededor del cual se disponen helicoidalmente unas hojas protectoras especiales, las brácteas. En el ángulo (axila) formado por el eje del cono y cada una de las brácteas se sitúan los gametos femeninos, los óvulos.
Cuando los gametos contenidos en los granos de polen fecundan a los óvulos, tanto el eje como las brácteas del cono femenino se endurecen y se hacen leñosos para actuar como armaduras protectoras de las semillas en desarrollo (cada semilla es el resultado de la fusión de un gameto masculino con otro femenino). Lo que antes era un cono de dimensiones modestas (apenas un par de centímetros en el mejor de los casos), una vez recrecido y endurecido tras la fecundación se transforma en lo que conocemos como piñas, en cuyo interior, una vez desarrolladas, las semillas reciben el nombre de piñones.
Conos femeninos (piñas) de Cedrus deodara.
Como puede verse en las fotografías, las piñas de cedros y cipreses, aun cumpliendo la misma función, tienen formas bastante diferentes. En los cedros, las piñas, de entre siete y doce centímetros de longitud por cinco a seis de anchura, tienen una curiosa forma como de tonel, con el extremo redondeado, y son de color verdoso al principio para pasar a pardo-purpúreo al madurar. Solitarias o por parejas se sitúan erectas sobre ramillas laterales cortas. Los piñones son triangulares, de aproxidamente centímetro y medio de longitud, con color blanquecino y van provistos de un ala ancha que les sirve para diseminarse con el viento.
Las piñas de los cipreses son casi esféricas, de dos a tres centímetros de diámetro, son de color verde cuando jóvenes, pero pasan al gris marrón reluciente en la madurez, y están formadas por ocho a catorce brácteas duras ligeramente apiculadas en el centro. Contienen de ocho a veinte piñones, que miden entre tres y seis milímetros de longitud y tienen un ala estrecha. Pueden mantenerse cerradas sobre el árbol varios años hasta que las condiciones ambientales resulten favorables para la germinación.
El nombre Kedrós fue aplicado por los griegos a los leños aromáticos de fibra recta y fina procedentes de varios géneros de coníferas, entre otras las de los cedros. Así, las abundantes menciones bíblicas a los “kedrós” son ambiguas y pueden referirse a varios tipos de maderas. El origen de Cupressus (ciprés) se atribuye a las palabras griegas Kyprós (Chipre) o Kyparissos, joven pastor amante de Apolo, al que este convirtió en ciprés porque no podía consolarlo después de haber dado muerte a su ciervo favorito. Aunque cedros y cipreses tienen un origen diferente, comparten algunas connotaciones místicas, religiosas y culturales en sus lugares de procedencia.
Conos femeninos (piñas) de Cupressus sempervirens.
Cedrus deodara, el cedro del Himalaya es considerado un árbol divino por los habitantes de su área de origen, de donde deriva su nombre en sánscrito Deva-Darâ, que significa “dedicado a Dios” o “unido a Dios”, origen del nombre vulgar vernáculo deodar, del que se deriva el nombre específico que William Roxburgh, médico y botánico escocés, el “Padre de la botánica de la India” otorgó al árbol. Por este motivo se plantan cerca de los templos en los lugares de su procedencia natural, donde están protegidos.
Cedrus deodara, que forma importantes bosques en el oeste de la cordillera del Himalaya, se introdujo hacia 1822 en Inglaterra, desde donde, gracias a su facilidad de cultivo, fue extendido en los mejores jardines europeos. Con independencia de su uso en jardinería ornamental por su elegante porte llorón, este cedro posee una excelente madera de color amarillento, dura, muy duradera por los aceites que contiene y que desprende un agradable aroma. Se ha utilizado en la construcción de templos, palacios y otros edificios nobles, como también para puentes y barcos. También es apreciada en ebanistería, aunque no admite bien las pinturas y barnices.
Bosque de Cedrus deodara en Shimla Kufri, India. Foto.
Cupressus sempervirens es un árbol profusamente cultivado desde la antigüedad, así que su distribución natural no está́ bien determinada, aunque se le supone originario del Mediterráneo oriental, de Persia y Asia Menor. Es un árbol rodeado de múltiples leyendas. Simboliza la unión entre el cielo y la tierra por su porte columnar y elevado y desde siempre se ha considerado como símbolo funerario, con varios orígenes. Se dice que sus elevados portes verde-sombríos permanecen siempre verdes (sempervirens significa siempre verde, en alusión a su follaje permanente), es decir, siempre vivos, y gracias a ello las almas de los muertos pueden elevarse al cielo.
Otros creen que el ciprés estaba consagrado al Dios de los Muertos, porque no emite jamás brotes cuando se corta el tallo. Es uno de los árboles más citados en la Biblia donde se dice que el Arca de Noé estaba construida de la madera de este ciprés. También la Mitología griega lo cita con frecuencia; la ninfa Calipso cantaba e hilaba con su rueca de oro en medio de un bosque de cipreses poblado de pájaros en el que retenía a Ulises. Los fenicios, los egipcios y después los griegos y los romanos utilizaron con frecuencia el ciprés para sus construcciones, muy especialmente para sus barcos. Con cipreses de Chipre y Fenicia estuvo hecha la flota del Eúfrates de Alejandro Magno.
Unos de los últimos bosques naturales de Cupressus sempervirens se encuentran en Turquía. Köprülü Kanyon Milli Park, NW de Manavgat, Anatolia. Foto.
El ciprés es un árbol tan longevo (se citan ejemplares de más de dos mil años de edad) como resistente a las condiciones por adversas que sean. Vive en cualquier tipo de terrenos, siempre que no se encharquen. Es una especie muy tolerante a fríos, calores y sequías. Su madera es compacta, duradera, aromática, imputrescible y soporta muy bien la humedad. Tiene múltiples aplicaciones, en construcción, carpintería, ebanistería, fabricación naval, tornería, esculturas, etcétera. Tiene una gran durabilidad, como lo prueba la buena conservación de las puertas de la basílica de San Pedro en Roma. Dada la incombustibilidad de su madera, diversos pueblos antiguos hicieron uso de ella para construir arcas funerarias. El aceite que se extrae de la madera se emplea en perfumería y antiguamente en aplicaciones terapéuticas. Como ornamental está más extendida la forma columnar (variedad pyramidalis) que la de porte extendido y abierto (variedad horizontalis).
Como habrán notado en la foto que encabeza el artículo los buenos observadores hay otras coníferas que, de momento, prosperan en sendos macetones situados en las ventanas del hotel El Bedel. Son unos ejemplares enanos de biotas, Platycladus orientalis, de las que me ocupé cuando describí las plantas del jardín de las Bernardas. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 5 de mayo de 2019

Fracking en el Reino Unido: el comienzo del fin


A perro flaco todo son pulgas. Con el ruido de fondo del insensato Brexit, está pasando desapercibida una batalla ambiental que puede acabar de golpe y porrazo con el desarrollo del fracking y del gas de lutitas (shale gas) en el Reino Unido. La producción británica de hidrocarburos se redujo en 2000 y se ha venido reduciendo desde entonces, aunque a mediados de la década de 2010 se evidenció una estabilización de la producción. Ahora, una decisión del Tribunal Supremo británico sobre los proyectos de gas de lutitas podría asestar un doloroso golpe a la mínima esperanza de desarrollo que tuvieran los productores británicos. Las nueve cuencas petrolíferas del Gran Mar del Norte están maduras, lo que significa que su producción se agotará entre 2025-2027. Después, la producción de petróleo de Gran Bretaña se hundirá a menos que se produzca un milagro.
Pero vayamos con el gas. No existe consenso técnico sobre la cantidad de gas de lutitas que se puede recuperar en Reino Unido. Si se toma como referencia el hiperbólico informe de 2013 del Servicio Geológico Británico, en todo el centro de Gran Bretaña (lutitas Bowland-Hodder) las reservas de gas de lutitas están dentro de la horquilla de 164-264-447 TCf [1]. Pero que haya reservas no significa que sean recursos, es decir, que sean técnicamente recuperables. Dada la complicada litografía el centro de Gran Bretaña (Midlands), el volumen recuperable real sería notablemente menor. La gran autoridad en la materia, el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), estima que el total de recursos recuperables en las Midlands son 8,3 TCf. La cuenca Weald en el sur de Gran Bretaña e Irlanda del Norte también tiene recursos de gas de lutitas, pero se encuentra en una etapa de desarrollo menos avanzada que la que se encuentra en el corazón de las Midlands, en Lancashire o Nottinghamshire.
Emocionalmente agotado por el proceso del Brexit y por la necesidad de presentarse como un partido creador de empleo, el año pasado el Partido Conservador hizo un gran esfuerzo para avanzar en el desarrollo de los recursos domésticos de gas de lutitas promulgando las normas reglamentarias requeridas para hacerlo. El Gobierno promovió un paquete de reformas que deberían impulsar los proyectos de lutitas en todo el país eliminando obstáculos administrativos y facilitando las operaciones. Por ejemplo, el nuevo paquete legal estipulaba que no se necesitarían permisos de planificación para los campos de lutitas mientras que su explotación no implicara el empleo de fracking, y declaró que los proyectos de lutitas serían clasificados como "de interés nacional", lo que significa que las decisiones sobre los permisos de explotación escapaban a las autoridades locales y regionales.
El Gobierno de la minoría conservadora también creó una nueva entidad dedicada a las lutitas, el Shale Environmental Regulator Group (SERG), una autoridad que actuaría como un regulador común y nombró a una primera comisionada para asuntos relacionados con el gas de lutitas. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de los productores de gas de todo el mundo (exceptuando algunos de Europa continental), los operadores de lutitas en el Reino Unido tienen que enfrentarse a un oponente muy comprometido y altamente organizado: los activistas ambientales. Organizando una protesta tras otra y provocando el cese de actividades, los opositores a las lutitas obligaron a las compañías Ineos y Cuadrilla a conseguir protección legal en sus lugares de explotación. El Tribunal de la Corona de Preston incluso encarceló a varios activistas por bloquear el acceso a uno de ellos a finales de 2018.
Al ser desprovistos de competencias para prohibir el fracking por completo, los consejos locales comenzaron a diseñar nuevas formas creativas para eliminar el impulso gubernamental para el desarrollo de las lutitas; por ejemplo, el alcalde del área metropolitana Gran Manchester introdujo una autoproclamada "presunción" con respecto a los nuevos desarrollos de gas de lutitas, lo que en definitiva significaba que la posición predeterminada del Consejo local sería prohibir nuevos proyectos dado el objetivo del Gran Manchester de convertirse en área con huella de carbono cero. Como dicha área metropolitana alberga diez licencias de exploración, esa no es una decisión baladí. Otros consejos locales han tomado medidas similares para restringir el fracking; incluso la ciudad de Londres sustentó en la "emergencia climática" el decreto del alcalde Sadiq Khan que impulsó una prohibición general del gas de lutitas.
El Gobierno escocés, aprovechando la autonomía que tiene sobre el tema, ha prolongado indefinidamente su moratoria sobre las lutitas hasta que se ponga en vigor una prohibición permanente que ya ha sido ya acordada. De manera parecida, durante todo el año pasado el Gobierno galés llevó a cabo consultas públicas antes de tomar la decisión de congelar sine die todos los procedimientos de concesión de licencias para el petróleo y el gas de lutitas, independientemente de si se utiliza o no el fracking.
La reacción de la población británica es totalmente comprensible: los distintos lugares en los que actualmente se desarrolla la explotación de gas de lutitas se han tomado con un aviso de lo que está por venir a menos que los ciudadanos hagan algo al respecto. Cuadrilla, la única empresa que actualmente realiza actividades de fracking en Gran Bretaña (en su campo de Preston New Road cerca de Blackpool, Lancashire, cuya foto encabeza este artículo), tuvo una serie de temblores de 0,5 grados de magnitud a principios de diciembre de 2018 y se vio obligada a detenerlas durante más tiempo después de causar un terremoto de 1,5 grados a mediados de diciembre.
Lo que está sucediendo va en contra de los datos que anunciaron en su momento los defensores de las lutitas, que decían que el impacto del fracking sería nulo: de hecho, mientras más avanzada sea la etapa del fracking, más potentes serán los terremotos. Al parecer, Cuadrilla quiere perforar un segundo pozo horizontal de fracking en el mismo campo, cuyo futuro, en las circunstancias actuales, es tan incierto como el de un submarino con goteras. Y más aún cuando la flamante comisionada de gas de lutitas del Reino Unido, Natascha Engel, renunció la semana pasada a su cargo después de solo seis meses en el cargo. Sin embargo, el mayor obstáculo a cualquier avance del gas de lutitas en el Reino Unido ha sido su propio Tribunal Supremo, que dictaminó en marzo que las enmiendas del Gobierno al Marco de la Política de Planificación Nacional para acelerar los proyectos de lutitas eran ilegales.
El Tribunal Supremo ha puesto de manifiesto un error que se repite con frecuencia: ha sentenciado que el desprecio que había mostrado el Gobierno por un estudio ambiental (el "Informe Mobbs") presentado por el grupo anti-lutitas Talk Fracking era “innegable” y que las autoridades gubernamentales habían subestimado intencionadamente las estimaciones de los escapes de gas derivados del fracking, al mismo tiempo que habían sobreestimado el potencial de las lutitas británicas. Esto abre la posibilidad de que otros grupos antilutitas y antifracking desmonten la política del Gobierno por medio de revisiones judiciales.
En conclusión, con un Gobierno frustrado, con unas compañías con sus expectativas frustradas y una profusión de grupos ambientalistas que surgen como setas, el abandono de las explotaciones de gas de lutitas en el Reino Unido está a la vuelta de la esquina. 


[1]  Tcf: El trillón de pies cúbicos es una medida de volumen de gas natural utilizado por la industria energética estadounidense, que en la escala numérica larga utilizada tradicionalmente en español, y en la mayoría de los países de Europa Continental, equivale a un un billón de pies cúbicos (Tcf). Un billón de pies cúbicos es equivalente a aproximadamente un Quad de Btu (unidad térmica británica). Un Quad es una abreviatura de un cuatrillón (1.000 bilones) Btu. Un Btu es una unidad de medida de energía, que representa la cantidad de calor que se necesita para elevar la temperatura de una libra de agua en un grado Fahrenheit al nivel del mar. Un Btu es aproximadamente igual al calor producido por una cerilla de cocina.