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domingo, 27 de noviembre de 2022

Flor de Pascua: algo más que una flor


Las flores de Pascua ya están haciendo su aparición en viveros y floristerías. En diciembre, cuando la Navidad se acerque, inundarán los comercios, las oficinas y los hogares de todo el mundo cristiano.

En España, la producción de flores de Pascua alcanza los nueve millones de unidades. Una minucia comparada con Estados Unidos, el país donde empezaron a cultivarse a gran escala, donde desde hace años las flores de Pascua son las plantas en maceta más vendidas y han logrado imponerse a pesar de que solo se comercializan durante un período de dos meses, mientras que sus competidoras se venden durante todo el año.

En Estados Unidos las popularísimas flores de Pascua se conocen como “poinsettias”, un reconocimiento al primer embajador de Estados Unidos en México, Joel Roberts Poinsett, que en 1828 envió esquejes de la planta a su país. Tras volver a Estados Unidos, Poinsett se dedicó a cultivar esta flor navideña en su finca de Charleston, Carolina del Sur, y aprovechó para regalarla a algunos de sus amigos en Navidades, coincidiendo con la época en la que planta tiene unos colores más vivos. Así fue como nació la tradición de usar esta flor en Navidad. Por eso, en Estados Unidos el Congreso decidió en 1991 que el día de la poinsettia sería el 12 de diciembre, para conmemorar la muerte de Poinsett, fallecido ese mismo día de 1851.

Poinsett, botánico aficionado, encontró esta ardiente flor silvestre mexicana en el estado de Taxco, donde los aztecas la llamaban desde tiempos inmemoriales “cuetlaxochitl”, la “flor de pétalos que se marchitan”, que simbolizaba para los mexicas la pureza y la nueva vida que obtenían los guerreros muertos en batalla y por eso se colocaba en los altares dedicados quienes morían en cumplimiento de su deber.

Los atributos de pureza y renacer que le conferían los mexicas fueron aprovechados por los frailes novohispanos que la colocaban en los altares durante la celebración de la Navidad, aprovechando que su florecimiento -el encendido color rojo de las hojas- sucedía durante las festividades decembrinas.

Cuando el gran Alexander von Humboldt la descubrió en sus recorridos por el Virreinato de la Nueva España, envió unos ejemplares a su preceptor, el director del Jardín Botánico de Berlín Carl Ludwig Willdenow. Willdenow, un botánico de primera, no se dejó engañar por el tamaño y la belleza de lo que parecían grandes pétalos escarlatas y relacionó aquellas grandes flores con las pequeñas agrupaciones de flores (inflorescencias o ciatos) que caracterizan a plantas como las vulgares “lechetreznas” del género Euphorbia, que tanto abundan en los bordes de los caminos o en los barbechos del Viejo continente.

Figura 1. Izquierda: esquema de un ciatio de Euphorbia corollata, fotografiada al natural a la derecha. Los ciatios de esta planta se disponen en ramas en los extremos de los tallos. Cada ciatio tiene forma de copa que contiene los órganos reproductivos, cinco brácteas blancas que parecen pétalos y cinco nectarios verdes en las bases de esas brácteas. En la misma planta se producen flores masculinas (estaminadas) y femeninas (pistiladas) separadas. Cada flor masculina está reducida a un estambre, mientras que cada flor femenina tiene un ovario formado por tres carpelos y con un estilo tripartito. Abajo a la derecha: la lechetrezna, Euphorbia serrata, es una hierba muy común en los campos españoles.

Las euforbias tienen una alta especialización en la inflorescencia: el ciatio, que agrupa flores unisexuales (Figura 1). Cada ciatio consiste en una flor central femenina o pistilada rodeada de grupos de flores masculinas cada una de ellas reducida a un solo estambre. Todas las flores están rodeadas por un involucro con un número variable de glándulas productoras de néctar en sus márgenes, lo que indica que la polinización es principalmente zoófila. Realmente, el ciatio la hace parecer tanto a una flor hermafrodita que el gran naturalista Carlos Linneo y otros botánicos contemporáneos la interpretaron como una flor verdadera. Sin embargo, en el Jardín de Plantas de París J.-B. Lamarck fue el primero en notar a principios del siglo XIX que el ciatio era una inflorescencia y así se la sigue reconociendo.

Foto 1. Sección longitudinal de un ciatio de E. tridentata

Willdenow se dio cuenta de que aquella no era una Euphorbia cualquiera, sino que mostraba la típica exuberancia y el brillante colorido de muchas flores tropicales. Willdenow anotó en la etiqueta del pliego el nombre con el que se incorporaría a la nomenclatura botánica oficial: Euphorbia pulcherrima ("la euforbia más hermosa"). Unos años después, el botánico escocés Robert Graham propuso el nombre de Poinsettia pulcherrima en homenaje a su “descubridor” americano.

 

Figura 2. A pesar de su exuberancia, la flor de Pascua Euphorbia pulcherrima repite el modelo básico de las inflorescencias de todas las euforbiáceas.

Como la planta florecía cuando los días eran cortos en pleno invierno, se convirtió rápidamente en un icono navideño y, a principios del siglo XX los encantadores dibujos de flores de Pascua de color rojo brillante aparecían con frecuencia en las tarjetas de felicitación navideña. Bien entrado el siglo XX, una familia de productores californianos de flores, los Excke, dieron con la técnica de cultivarlas en maceta y, acompañadas de una potente campaña publicitaria, exportaron sus plantas por todo el mundo.

En la Foto 2 aparece un detalle de los múltiples pseudantos (falsas flores) rodeados por una o varias capas de brácteas (hojas modificadas) rojas que resultan muy vistosas para los insectos polinizadores típicas de Euphorbia pulcherrima. Las flores se llaman ciatios o ciatos (del latín cyathyum; copa pequeña). El tejido verde que rodea cada flor es el involucro (del latín involucrum: envuelta), una aglomeración compacta de pequeñas brácteas (bractéolas) fusionadas en una estructura acopada que contiene en su interior múltiples flores masculinas y una sola flor femenina. 

Foto 2. La imagen muestra una inflorescencia de la flor de Pascua formada por la acumulación ramificada de varias falsas flores o pseudantos. Los pseudantos de las euforbiáceas, la familia en la que se incluye la flor de Pascua, son tan característicos que reciben el nombre especial de ciatos. La inflorescencia (1) está formada por varios ciatos dispuestos en racimos de pedúnculos (2) rodeados por grandes brácteas rojas (3). Cada ciato acopado está rodeado por un involucro (4) al que se adhiere una glándula nectarífera o nectario (5). Para evitar la autopolinización en estos ciatos las flores masculinas (6) han madurado antes y por eso las flores femeninas todavía no han emergido de sus respectivos ciatios.

Unidas al involucro pueden verse unas estructuras amarillas brillantes llenas de líquido: son las glándulas de néctar (nectarios) que exudan un néctar azucarado para recompensar a los polinizadores Emergiendo del involucro se pueden ver unos filamentos rojos. Son las flores masculinas reducidas a estambres (cada flor es un estambre) sostenidos por pedicelos: una ceñidura marca el lugar en el que termina el pedicelo y comienza el estambre propiamente dicho, en cuyo extremo están las anteras amarillas en las que incluso se pueden ver algunos granos de polen.

Foto 3. Mitad derecha: una sola flor con estigma, estilo y ovario (1) comienza a emerger de su ciatio (2); el involucro tiene adherida una glándula de néctar bilabiada (3). En mitad izquierda se observan varias flores masculinas casi marchitas (4) con sus glándulas de néctar arrugadas tras haber exudado todo su néctar (5). Las hojas rojas que rodean las inflorescencias (en su mayoría desenfocadas) son las brácteas (6).

En la parte derecha de la Foto 3, que es un detalle de un ciatio, se muestra una sola flor femenina con estigma, estilo y ovario emergiendo de su involucro, al que se adhiere una glándula de néctar bilabiada de color amarillo verdoso. En la Foto 4 aparece una sola flor femenina con estigma, estilo y un ovario que emergen de su involucro en el extremo de un pedicelo grueso (un pequeño tallo) que es casi tan largo como la flor misma. 

Foto 4. Una flor femenina con estigmas (1c), estilo (1b) y ovario (1a) emergiendo de su ciatio (2a), un conjunto de bractéolas fusionadas con extremos rojizos desflecados (2b) levantado sobre un pedicelo grueso (2c) que es casi tan largo como la flor misma. También emergen del involucro varias flores masculinas marchitas (3) con estambres y anteras visibles que aún tienen polen amarillo. El involucro tiene adherida una glándula de néctar (4). En la imagen, el ciatio está creciendo desde el punto de ramificación de un tallo, donde está emergiendo una bráctea y se ve una cicatriz de la yema de un ciatio cortado. 

Como se consigue mantenerlas y hacerlas florecer en las fiestas navideñas

Las flores de Pascua son plantas de “días cortos”, que florecen cuando comienzan a acortarse (después del 21 de junio en el hemisferio norte, lo que ocurre durante el verano y el otoño), es decir, cuando la duración de la noche es mayor. No pueden florecer con días largos o si se expone la planta a una luz artificial durante varios minutos en medio de la noche, porque requieren un periodo ininterrumpido de oscuridad antes de que el desarrollo floral pueda comenzar. La luz natural nocturna, como la luz de la luna o los rayos no tienen suficiente intensidad o duración para interrumpir la floración. La duración del periodo de oscuridad requerido para inducir la floración varía entre especies y variedades de una especie.

Las flores y las brácteas rojas de la flor de Pascua se consiguen tras una exposición de la planta a unos tres meses de días con poca luz (unas ocho horas al día). De esta forma, y teniendo en cuenta la cantidad de luz recibida, los viveros de todo el mundo consiguen que las macetas estén en plena floración y con las brácteas rojas justo a tiempo para las fiestas navideñas.

Por eso, en teoría, controlando la cantidad de luz, se podrían hacer florecer en cualquier momento del año. Aunque estamos acostumbrados a desecharlas al acabar las fiestas, es posible mantenerlas todo el año e incluso hacerlas reflorecer si se les da el cuidado necesario. La mayoría de las flores de Pascua mueren tras unas semanas en interior debido a la falta de humedad o al riego inadecuado, pero, si se les da el cuidado que necesitan, sobrevivirán en interiores, aunque necesitarán un periodo de reposo en primavera, durante el cual habrá que regarlas menos.

Para volverlas a hacer florecer en el siguiente periodo navideño, hay que asegurarse de que reciben luz solo durante ocho horas diarias, manteniéndolas en la oscuridad total el resto del día durante los dos o tres meses anteriores. Aunque conseguirlo es más fácil en viveros e invernaderos dedicados al cultivo de plantas de interior para venta, es posible hacerlo en casa si se tiene buena mano con las plantas. ¡Ánimo, paciencia y suerte! ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca

sábado, 5 de noviembre de 2022

El martes, luna de sangre

 


El próximo martes habrá una luna de sangre. Como puede verse en la secuencia de imágenes de Anantha Jois que encabeza esta entrada, durante un eclipse lunar total la Luna parece volverse roja mientras pasa a través de la sombra de la Tierra. El fenómeno del enrojecimiento lunar se ha dado en llamar “luna de sangre”.

El primer eclipse lunar total de 2022 ocurrió los días 15 y 16 de mayo y fue visible en fase total en parte de América, la Antártida, Europa, África y el Pacífico Oriental. El próximo y último eclipse lunar de 2022 ocurrirá el próximo martes 8 de noviembre y será visible en partes de Asia, Australia, Norteamérica, la mayor parte de América del Sur y partes del norte y este de Europa.

Este eclipse no será visible desde España, pero es un buen momento para hacer un poco de divulgación sobre los eclipses lunares. Los eclipses lunares, que solo pueden suceder en fase de luna llena, aparecen cuando la Tierra se coloca entre el Sol y la Luna, proyectando una sombra sobre la superficie de esta última. 

En su ecuador el diámetro solar es 109 veces mayor que la Tierra, por lo que esta proyecta un cono de sombra convergente y un cono de penumbra divergente. Los eclipses se producen porque la Luna, que se encuentra a unos 384.000 km de la Tierra, entra en el cono de sombra terrestre, cuya longitud (1.384.584 km) es mucho mayor. A la distancia que se encuentra la Luna de la Tierra, el cono de sombra tiene un diámetro de 9.200 km, mientras que el diámetro de la Luna es de 3.476 km. Esta gran diferencia provoca que, dentro del cono de sombra, quepan más de dos lunas y media y, debido a ello, los eclipses permanecen en su fase total durante un tiempo prolongado.

Hay tres tipos de eclipses lunares dependiendo de cómo estén alineados el Sol, la Tierra y la Luna en un momento dado. El eclipse lunar total tiene lugar cuando la sombra de la Tierra se proyecta sobre toda la superficie lunar. El eclipse lunar parcial ocurre cuando solamente una porción de la Luna queda dentro de la sombra proyectada por la Tierra, lo que hace que nuestro satélite aparente haber recibido un mordisco, porque la sombra de nuestro planeta oscurece el lado de la Luna que mira hacia nosotros. La cantidad de "mordisco" que veamos dependerá de cómo se alineen el Sol, la Tierra y la Luna. 

El eclipse penumbral sucede cuando la tenue parte exterior de la sombra de la Tierra se proyecta sobre la superficie lunar. La penumbra ocasiona un sutil oscurecimiento en la superficie lunar que hace que sea difícil de ver. Para un observador que estuviera situado sobre la superficie de la Luna, un eclipse penumbral sería un eclipse parcial de Sol. Análogamente, si el observador se encontrara dentro del cono de sombra de la Tierra, no podría ver el Sol, de modo que para él se estaría produciendo un eclipse solar total.

Eclipse lunar total (izquierda), parcial (centro) y penumbral (derecha). Fuente.

El primer eclipse lunar total de 2022 ocurrió durante la noche del 15 al 16 de mayo. El eclipse total fue visible desde partes de las Américas, la Antártida, Europa, África y el Pacífico Oriental. La infografía de abajo muestra las etapas de ese eclipse en Tiempo Universal, o GMT. La secuencia puede verse también en este vídeo.

Fuente: Estudio de Visualización Científica de la NASA.

Para saber si el próximo eclipse lunar total es visible desde donde te encuentres en ese momento, consulta este mapa interactivo. Si está nublado o no puedes ver el fenómeno en persona, habrá varias transmisiones en vivo del eclipse lunar, incluida esta de un canal de YouTube, que en España empezará a emitir a las 9 de la mañana.

Si quieres más información sobre los eclipses lunares de 2022, consulta las guías de la NASA para el eclipse total del 16 de mayo y el del 8 de noviembre. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

Autor Luis Rojas M.


viernes, 28 de octubre de 2022

Gripe y Covid-19: unas sencillas respuestas a algunas preguntas sobre las vacunas otoñales



Escribo este artículo recién llegado de mi centro de salud en el que me han administrado las vacunas contra los virus de la gripe y de la Covid-19. Me he animado a pedir cita apenas transcurridas dos semanas de que la Comunidad de Madrid haya comenzado su campaña de vacunación, después de buscar respuesta a unas preguntas que supongo rondan en la cabeza de quienes ya han cumplido “tres quinces y un veintiuno”.

¿Qué autoridad sanitaria recomienda la administración de las vacunas?

El virus influenza, causante de la gripe, suele reaparecer en olas estacionales, normalmente desde mediados del otoño hasta el final del invierno, asociadas a una mayor permanencia en espacios interiores mal ventilados. Una de las características de este patógeno (sobre todo del tipo A) es su alta capacidad para mutar, lo que ocasiona cambios en la composición de los antígenos de su superficie (hemaglutinina y neuraminidasa), y dificulta su reconocimiento por los anticuerpos que desarrollamos cada vez que nos infectamos, y que pueden inducirse con la vacuna.

En este contexto, la Agencia Europea de Medicamentos (EMA), el Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades (ECDC) y otras agencias sanitarias recomiendan para este otoño-invierno una nueva ronda de refuerzos vacunales con una nueva vacuna de configuración bivalente. 

Cada año, expertos de los centros colaboradores y de los laboratorios reguladores de la Organización Mundial de la Salud (OMS) analizan los datos de la vigilancia de virus generados por el Sistema Mundial de Vigilancia y Respuesta a la Gripe de la OMS. En función de estas observaciones (qué cepas del virus circulan), se recomienda la composición más adecuada para cada campaña anual de vacunación.

¿Qué tipo de vacuna se está utilizando?

El tipo de vacuna empleada incluye virus inactivados o atenuados producidos en huevo o en cultivos celulares de dos variantes de gripe A (H1N1 y H3N2) y otras dos del linaje B. Como cualquier otro medicamento, puede producir efectos adversos: enrojecimiento e inflamación en la zona donde se inyectó la vacuna, dolor de cabeza de baja intensidad, fiebre, dolores musculares o fatiga.

Estas nuevas vacunas incluyen ARN mensajero de la variante original del virus (Wuhan-Hu-1) y la ómicron BA.1 a partes iguales. Su objetivo es aumentar su efectividad frente a sus predecesoras, centradas solo en la variante original.

La Comisión Europea ha autorizado la administración de vacunas bivalentes adaptadas a las nuevas variantes circulantes de ómicron. Estas vacunas contienen ARNm de la proteína Spike (espiga) de la cepa original (primera dosis) y de la variante BA.1 (Moderna) o de la variante BA.4/BA.5 (Pfizer). Además de ofrecer protección tanto frente a las variantes BA.1 y BA4/5 también lo hacen frente a las variantes que circularon con anterioridad.

¿Va a ser esta una temporada muy gripal?

Se aproxima el invierno en el hemisferio norte y surge la pregunta que encabeza este epígrafe. Un factor que determina la mayor o menor transmisibilidad del virus de la gripe es la humedad ambiental. Los inviernos secos favorecen su transmisión y parece obvio que en muchas regiones de nuestro país cada vez lo son más.

Por otro lado, aunque se haya puesto en entredicho, la hipótesis denominada deuda inmunitaria sostiene que, debido al uso de mascarillas y las medidas de distanciamiento social durante la pandemia de Covid-19, hemos estado menos expuestos a patógenos respiratorios. Al eliminar la obligatoriedad de las mascarillas, esta deuda inmunitaria favorecería la dispersión del virus.

En las dos últimas temporadas, la circulación del patógeno gripal ha sido inusual y constante. Esto podría causar una disminución en nuestra inmunidad frente a la gripe y provocar que los menores que no hayan estado expuestos dejen de adquirir dicha inmunidad. En ese sentido, el último informe del Sistema de Vigilancia de Infección Respiratoria Aguda (SIVIRA) del Instituto de Salud Carlos III señala un aumento en la incidencia de gripe en atención primaria, principalmente en menores de 15 años.

¿Quién debe recibir los pinchazos antigripales?

La gripe es una enfermedad altamente contagiosa que afecta principalmente al sistema respiratorio y produce una serie de síntomas característicos (fiebre, dolor muscular y articular, etcétera). La mayoría de las personas se recuperan en el plazo de una semana sin necesidad de atención médica.

Como en ocasiones anteriores, se recomienda administrar la vacuna en función del riesgo de infección o su gravedad, dando prioridad a los grupos más vulnerables, como inmunodeprimidos y personas de avanzada edad. Con el fin de evitar posibles colapsos del sistema de salud, también se está pinchando antes al personal sociosanitario.

Lamentablemente, en aquellas personas pertenecientes a grupos de alto riesgo como mayores de 65, menores de 65 con factores de riesgo (patologías crónicas respiratorias, cardiovasculares, diabetes y obesidad mórbida, etcétera) o mujeres embarazadas, la gripe puede complicarse y causar una enfermedad grave (neumonía bacteriana secundaria), empeorar dolencias inflamatorias crónicas e incluso la muerte en los colectivos de riesgo más alto.

Para todas estas personas vulnerables, para sus cuidadores y para los que llevan a cabo servicios públicos esenciales, es recomendable la vacunación. No obstante, la vacuna es apta para cualquier ser humano mayor de seis meses, salvo para aquellas que experimentasen reacciones alérgicas en anteriores campañas o quienes presenten síntomas compatibles con la enfermedad.

Al igual que ocurre con las vacunas contra la covid-19, vacunarse contra la gripe no suele evitar la infección, pero reduce el riesgo de enfermedad grave, hospitalizaciones o muerte. Aunque muchas de las personas que se vacunan contra la gripe pueden enfermar tras la infección (hasta un 50%), el pinchazo sigue siendo la medida más adecuada para prevenir esta enfermedad.

¿Cuáles son los grupos recomendados para recibir la cuarta dosis de recuerdo contra la Covid-19?

En España, la autoridad sanitaria recomienda la administración de dosis de recuerdo frente a la Covid-19 en el otoño-invierno a la población de 60 o más años, a las personas internas en residencias de mayores y al personal sanitario y sociosanitario. También se aconseja que se vacunen aquellas con condiciones de riesgo que no hayan sido vacunadas en los cincos meses anteriores, independientemente del número de dosis recibidas y del número de infecciones previas.

¿Tiene efectos adversos la vacunación conjunta? 

Se ha observado un efecto sinérgico entre el SARS-CoV-2 y el virus de la gripe que multiplica el riesgo de enfermedad grave y letal si se da una coinfección. Por este motivo, además de por razones logísticas obvias, es preferible administrar simultáneamente las vacunas frente a ambas infecciones, especialmente en los grupos de alto riesgo.

La experiencia de administración conjunta en la última campaña de vacunación fue favorable. Además, no hay evidencia científica de que la respuesta inmunitaria inducida sea inferior a la administración por separado. Tampoco parece que aumente las reacciones adversas locales (inflamación, dolor en el sitio de inoculación) o sistémicas (fiebre, dolor de cabeza) asociadas. En definitiva, no es necesario elegir una de ambas. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca

domingo, 16 de octubre de 2022

Darwin y el sexo de las orquídeas



En El origen de las especies, uno de los libros que más impacto han causado en la historia del pensamiento, Charles Darwin estableció definitivamente la idea de que nada es inmutable, de que, gracias a la selección natural, todos los seres vivos se transforman poco a poco, adaptándose cada vez mejor a su entorno. 

Escribió Proust que hay menos ideas que hombres, pero no es menos cierto que las ideas de unos pocos hombres llenan el vacío intelectual de otros muchos. Y eso es lo que ocurrió con Darwin: a partir de un joven atolondrado «que sería la vergüenza de su familia» en palabras de su propio padre; a partir de un seminarista timorato creyente en el origen divino de la creación, el viaje de cinco años (1831-1836) en el buque de investigación naval HMS Beagle, junto con la lectura accidental del Ensayo sobre el principio de la población, de Malthus, forjaron un naturalista agnóstico cuya teoría de la evolución trastocaría conceptualmente el mundo. 

El viaje del bergantín inglés HMS Beagle, grabado a golpes de galernas, de tempestades, de maremotos, de picos de pinzón y de huesos de megaterio sobre el venteado amarillo de los llanos patagónicos, sobre el gélido verde de los brumosos bosques fueguinos y en los roquedos salpicados por la maresía de las islas volcánicas ecuatoriales, ocupa un lugar privilegiado en la historia de la humanidad. 

Aquella prodigiosa travesía que duró cinco años cambió para siempre la personalidad y el pensamiento de Charles Darwin, que por entonces no era ese anciano de mirada adusta, pobladas cejas blancas y barba de patriarca bíblico que nos muestran los daguerrotipos de su célebre ancianidad, sino un petimetre de frente despejada y largas patillas a la mode que tenía 22 años cuando embarcó en el Beagle como caballero de compañía de un aristocrático capitán escocés de 26 años, Robert FitzRoy. 

El bergantín en la Tierra de Fuego. Cuadro de Contad S. Martens


Darwin subió al buque como un joven burgués aficionado a la Historia Natural que estaba convencido de que existían tantas especies de animales y plantas como Dios había creado, pero también conocedor de las perturbadoras hipótesis transformistas de Lamarck y de su abuelo Erasmus, y como un muchacho sin demasiadas convicciones religiosas pero destinado por imperativo paterno a sentar plaza como párroco en alguna cómoda y rentable rectoría rural. 

Cuando después de un lustro de una dura travesía en la que estuvo siempre mareado -«odiaba cada ola, una por una», escribió en una carta- y que haría de él un enfermo crónico para el resto de sus días; después de haber atesorado miles de especímenes; después de haber tomado centenares de notas para el que sería uno de los mejores libros de viajes jamás escrito, Diario de viaje de un naturalista alrededor del mundo; después de todo ello, el experimentado Darwin era un científico agnóstico en cuyos cuadernos estaban esbozados, con los trazos gruesos y precisos de un apunte de Durero, los fundamentos de El origen de las especies por selección natural, un libro que habría de ser, junto a los Principia Mathematica de Newton y a la teoría de la relatividad de Einstein, una de las tres obras más influyentes y revolucionarias de la historia de la ciencia. 

Retrato de C. Darwin en 1869
Con la excepción de sus primeros trabajos como geólogo en ciernes (su hipótesis acerca del origen de los arrecifes de coral todavía no ha sido refutada), toda la obra de Darwin está encaminada a sostener una teoría que un conservador burgués como él, convertido muy a su pesar en un revolucionario de las ideas, sabía que resultaba escandalosa en los puritanos tiempos del victorianismo inglés. Tanto su trabajo sistemático sobre los percebes que le ocupó obsesivamente durante los años previos a la publicación de El origen de las especies, como el tratado sobre la fecundación de las orquídeas publicado en España por Laetoli (2008) se sitúan en esa línea de meticuloso apuntalamiento de su teoría de la evolución. 

Pero si el estudio de esos aburridos crustáceos que son los inmóviles cirrípedos le produjo un inmenso hartazgo («odio al percebe como ningún hombre lo ha odiado jamás» afirmó al concluir su monografía), el estudio de la sexualidad de las orquídeas y de las maravillosas estratagemas elaboradas por ellas para seducir como enamorados a sus insectos polinizadores, le satisficieron enormemente: «No se puede imaginar el placer que me ha proporcionado el estudio de las orquídeas», escribió en una carta a su amigo el botánico inglés Hooker. 

La fecundación de las orquídeas no es un texto técnico de interés limitado para botánicos y naturalistas, sino una excelente obra de divulgación y del retrato que refleja al observador inquieto, meticuloso y paciente, al experimentador concienzudo, puntilloso, exhaustivo y minucioso en que se había convertido Darwin en su afanosa búsqueda de las pruebas que avalasen el inmenso trabajo que ocupaba toda su vida: la demostración de que la evolución era un hecho incontestable y la defensa de la selección natural como el mecanismo fundamental de aquella. 

Pero, además, La fecundación de las orquídeas fue el primero de los libros de Darwin sobre la bella sencillez de las piezas que componen la naturaleza, sobre la evolución de lo secreto y de lo aparentemente inexplicable. Porque escudriñar meticulosamente los prodigiosos arcanos de la naturaleza para racionalizarlos, para descifrar lo indescifrable, era lo que agudizaba la insaciable curiosidad de Charles Darwin. 

En El pulgar del panda, el gran divulgador Stephen J. Gould identificó el tratado sobre las orquídeas como un episodio fundamental en la campaña de Darwin a favor de la evolución, porque lejos de esa perfección en el diseño que sostenían los teólogos naturales, siempre tan propensos a cantar los milagros del Creador-Ingeniero que tanto alababa William Pailey, su profesor de Teología Natural en el Christ’s College de Cambridge, quien concebía al Creador como un orfebre que había diseñado el universo como un reloj, la naturaleza avanzaba más torpemente, a trancas y barrancas, a la manera del “relojero ciego” de Richard Dawkins. 

La orquídea australiana Caladenia lobata


Con un lenguaje un tanto morigerado muy propio de la época, Darwin criticó a los teólogos naturales y a sus ideas creacionistas sobre el origen de las partes de las flores, es decir, a la insostenible idea que los ultraconservadores norteamericanos llaman “diseño inteligente”: «En un futuro no muy lejano, escribió en aquellas fechas a Hooker, los naturalistas escucharán con sorpresa, quizás con mofa, que en tiempos anteriores hombres serios y cultivados mantuvieron que estos órganos fueron especialmente creados y dispuestos en su lugar adecuado como platos en una mesa por una mano omnipotente para completar el esquema de la naturaleza». 

Hasta la monografía del naturalista inglés las orquídeas eran consideradas como la creación más excelsa, sublime y perfecta de la mano de Dios, por lo que Darwin -siempre empeñado en subrayar que «los fenómenos naturales pueden ser explicados sin recurrir a los agentes sobrenaturales», un aserto que nunca le perdonó FitzRoy- quiso demostrar que incluso aquellas plantas tan extraordinarias podían explicarse como resultado de una maravillosa suma de adaptaciones evolutivas. 

Y es que para Darwin era completamente inverosímil concebir un Dios que hubiera creado a todas y cada una de las especies de orquídeas y a los prodigiosos y fascinantes mecanismos con que embaucaban a los insectos que habían arteramente enamorado. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

lunes, 10 de octubre de 2022

Breve historia de una chapuza: Bockscar, “el avión que puso fin a la Segunda Guerra Mundial”

El Enola Gay lanzó la bomba atómica "Little Boy" sobre Hiroshima. En la foto aparece el piloto Paul Tibbets (fumando en pipa)) con los otros seis miembros de la tripulación. Dominio público.

Además de por la preciosa canción homónima de Orchestral Manoeuvres in the Dark, quienes ya peinamos canas conocemos el nombre de Enola Gay, el nombre del bombardero que fue bautizado en honor de la madre del piloto Paul Tibbets, que el 6 de agosto de 1945 dejó caer la primera bomba atómica lanzada sobre una ciudad, Hiroshima.

Pero pocos recordarán la historia de otro bombardero, el Bockscar, que tres días después lanzó la segunda bomba nuclear sobre otra ciudad japonesa, Nagasaki. Que el Bockscar yazca en donde habita el olvido se debe en buena medida al encubrimiento realizado por los militares después de un bombardeo que en realidad fue un desastre y casi un completo fracaso. Una historia aterradora que se mantuvo en secreto durante décadas.

Los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki ordenados por el presidente Harry S. Truman contra el Imperio japonés cambiaron el mundo para siempre y anunciaron el final de la guerra más sangrienta de la historia. Las dos misiones a menudo se hermanan en el imaginario colectivo.

Dos misiones, dos ciudades, dos bombas y un resultado: destrucción. Pero cada misión no pudo ser más diferente: el bombardeo atómico de Hiroshima se llevó a cabo sin problemas. Fue una misión militarmente impecable. El bombardeo de Nagasaki fue un fracaso que casi terminó en desastre. Cuando los detalles acabaron por revelarse, se supo que la misión falló incluso antes de que el avión principal, el Bockscar, despegara.

Durante la mañana del jueves 9 de agosto de 1945, el B-29 Bockscar pilotado por el mayor Charles Sweeney debía transportar una bomba nuclear, la Fat Man, con la intención de lanzarla sobre dos ciudades niponas: Kokura como blanco principal y Nagasaki como objetivo secundario. El plan para esta misión era prácticamente idéntico al de Hiroshima: además del Bockscar, dos B-29 volarían una hora antes sobre el objetivo para hacer el reconocimiento de las condiciones climáticas y dos B-29 más con instrumentación volarían cerca del principal para tomar datos.

Los problemas comenzaron incluso antes de que los aviones despegaran de Tinian en las Islas Marianas. El Bockscar tenía un problema con la bomba de combustible que impedía utilizar 2.400 litros de combustible. Las tripulaciones tenían dos opciones. Reemplazar la bomba y retrasar la misión o volar con la bomba averiada corriendo el riesgo de quedarse sin combustible durante la misión. Decidieron volar sin la bomba de combustible. Reemplazarla tomaría demasiado tiempo y los militares, que estaban deseando poner en marcha la misión, no querían que las bombas atómicas permanecieran en tierra mucho tiempo.

La tripulación del Bockscar con su capitán Charles Sweeney en el centro. Dominio público.

La misión recibió luz verde y, a pesar de la bomba de combustible defectuosa, el vuelo siguió adelante según lo programado y los cinco B-29 pusieron rumbo a Japón con su carga mortal. Sweeney despegó con la bomba armada, aunque con los seguros eléctricos puestos.

Rápidamente se dieron cuenta de que la bomba de combustible defectuosa iba a causar problemas. El avión, obligado a transportar peso extra en combustible inservible, volaba desequilibrado y lento porque tenían dificultades para redistribuir el combustible entre los distintos tanques y eso causaba un aumento de la resistencia y del consumo, lo que empezó a poner en duda que pudiera regresar a la base una vez cumplida la misión. Afortunadamente, Estados Unidos había conquistado la estratégica isla de Okinawa, que estaba marcada como un posible lugar de aterrizaje en caso de que el Bockscar se quedara sin queroseno.

Una vez en vuelo, los ingenieros del avión notaron que la bomba atómica estaba actuando de manera anormal. De repente, las luces de alarma comenzaron a parpadear. Durante unos momentos angustiosos, los aterrorizados tripulantes creyeron que algo había fallado y que Fat Man estaba a punto de detonar en el aire.

Después de consultar una y otra vez los manuales de instrucciones de la bomba si encontrar una solución, los desconcertados ingenieros se olvidaron de los manuales, cruzaron los dedos, apretaron los dientes, entrecerraron los ojos y reiniciaron el mecanismo temiéndose lo peor. El suspiro de alivio resonó en el aparato cuando las luces dejaron de parpadear y la misión continuó. Superado el incidente, los estupefactos ingenieros, que no sabían qué demonios había pasado, decidieron guardar la historia durante muchos años.

Después del problema de la bomba de combustible y superada la angustia de su aniquilación en pleno vuelo, el Bockscar llegó a su punto de encuentro sin que lo hiciera unos de sus B-29 acompañantes. Faltaba el Big Stink, uno de los aviones de reconocimiento. Un incidente de ese tipo no era infrecuente y había un plan de contingencia en marcha: Sweeney debía desacelerar y esperar quince minutos para ver si el avión rezagado lo alcanzaba. De no ser así, debía continuar con la misión.

El punto de encuentro estaba frente a la costa de Japón, a unos treinta minutos de vuelo de Kokura, la ciudad objetivo. El avión perdido volaba a casi 10.000 pies por encima de la vista del Bockscar. En lugar de esperar quince minutos, Sweeney, que no podía verlo, esperó más de media hora. Durante este tiempo, quemó más combustible y perdió la ventaja del ataque.

Después de esperar durante más de treinta minutos, los B-29 restantes se dirigieron hacia Kokura. Durante esa media hora, la niebla cubrió la ciudad objetivo principal de la segunda bomba atómica. Los aviones sobrevolaron el objetivo varias veces, pero la visibilidad era demasiado escasa para continuar. Había instrucciones estrictas de lanzar la bomba solo si conseguían una buena visión fuerte del objetivo.

A medida que los aviones volaban en círculos, se quemaba más combustible y el Bockscar comenzaba a agotar peligrosamente el suyo. Empezaron a pensar que, una vez que iniciaran el regreso, era muy probable que el avión tuviera que amerizar: si lo hacía con la bomba atómica a cuestas, la catástrofe nuclear estaría servida.

Una vez descartada la opción Kokura por falta de visibilidad, los aviones se dirigieron a su segundo objetivo: Nagasaki. Kokura se había salvado. Todavía hoy, Kokura se considera una ciudad afortunada y muchos japoneses supersticiosos peregrinan hasta allí para absorber parte de la "suerte de Kokura".

Fotografías aéreas de Nagasaki antes (arriba) y después de los incendios que arrasaron la ciudad a causa del bombardeo. Dominio público.

Cuando los aviones estuvieron sobre la vertical de Nagasaki, se encontraron con otra capa de nubes. Dieron tres vueltas sin que pudieran fijar visualmente el objetivo, por lo que parecía que toda la misión tendría que abandonada. Cuando terminaban la tercera vuelta, apareció una abertura entre las nubes y el bombardero pudo obtener una confirmación visual del objetivo. Lanzó una bomba con una potencia explosiva equivalente a 21 kilotones de TNT que arrasó el 44% de la ciudad, mató de forma instantánea a 35.000 personas e hirió a otras 60.000.

El resto es historia. Nagasaki fue destruida y los cuatro B-29 emprendieron el regreso a la base. Pero tardarían algún tiempo en volver a Tinian. En ese momento, el Bockscar estaba casi sin combustible. El avión tuvo que desviarse hacia el sur en dirección a Okinawa. Para alivio de la tripulación, los ingenieros de vuelo calcularon que había suficiente combustible para que el avión volviera a aterrizar…siempre que no se produjera algún error.

Cuando el avión averiado se acercaba a la isla, Sweeney no obtuvo respuesta de la torre de control. Cuando el avión comenzó a descender, el piloto tenía dos opciones: amerizar y esperar a ser rescatados si todo salía bien, o realizar un aterrizaje descontrolado en una pista muy concurrida y sin apoyo de la torre. Sweeney eligió lo último.

Cuando el avión descendía, Sweeney comenzó a disparar todas las bengalas que guardaba en su arsenal para avisar al personal de tierra de que el avión estaba a punto de realizar un aterrizaje de emergencia. Los controladores acabaron por darse cuenta de lo que se les venía encima y despejaron la pista. El Bockscar aterrizó a mayor velocidad de la reglamentaria pero finalmente se detuvo en la pista. La misión se había completado, pero también había sido un completo y absoluto desastre de principio a fin.

La investigación posterior concluyó que Charles Sweeney había tomado varias decisiones erróneas. No debería haber esperado tanto por el avión desaparecido. Debería haberse redirigido a Nagasaki antes. Debería haber gestionado mejor sus reservas de combustible. Pero como al final la misión fue un éxito y ningún estadounidense perdió la vida, alguien decidió mantener todo el asunto en secreto y los detalles de la misión no saldrían a la luz hasta décadas después.


Después de la guerra, en noviembre de 1945, el Bockscar regresó a Estados Unidos. En septiembre de 1946 fue entregado al Museo Nacional de la Fuerza Aérea de Estados Unidos en Dayton, Ohio, en donde está expuesto junto a una réplica de la Fat Man y un cartel que dice: «El avión que puso fin a la Segunda Guerra Mundial». De chiripa, cabría decir. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.


domingo, 28 de agosto de 2022

Lecturas de verano: breve historia del iceberg que hundió al Titanic



Si en algo se puede resumir la biografía del fotógrafo Wilson Bentley es que le fascinaba la nieve. En total, este fotógrafo estadounidense tomó más de cinco mil fotografías a lo largo de cuarenta años. En su trabajo utilizaba microscopios, lo que le convierte también en pionero de la microfotografía. La minuciosidad con la que Bentley estudiaba la nieve ha sido clave para entender cómo se forma ese fenómeno meteorológico que tanto nos cautivó cuando la vimos por primera vez.

La pasión por la nieve llevó a Bentley a descubrir tres cosas esenciales: a) que su formación es el resultado de la acumulación de cristales que adoptan formas geométricas y se agrupan en copos; b) que aunque se parezcan mucho entre ellos, cada copo, que apenas mide un centímetro, es diferente de otro, y c) que las formas geométricas con características fractales que pueden presentar son infinitas.

La nieve se forma cuando la temperatura atmosférica –no la que sentimos nosotros– es de cero grados centígrados. También es necesario que haya un cierto nivel de humedad en el ambiente. De hecho, hay muchos climas secos de frío extremo en los que jamás nieva. Un ejemplo son los valles secos de la Antártida, un territorio hipercongelado donde la falta de humedad impide la formación de nieve.

Fuente

Si se dan las condiciones adecuadas de temperatura y humedad, el agua que cae de las nubes se transforma en finos cristales microscópicos de hielo cuyo núcleo es una mota de polvo. Ese cristal atrae a más cristales hasta que forman largas dendritas alrededor de la mota de polvo como hormigas alrededor de un trozo de chocolate.

Unidos unos a otros gracias a la colisión de gotas microscópicas de agua mientras se precipitan al vacío, los cristales indetectables para el ojo humano caen a tierra en forma de copos visibles. Cuantos más cristales colisionen entre sí, mayor será el peso del copo de nieve. Mientras el copo en crecimiento sea más ligero que el aire, flotará. Pero tan pronto como un nuevo cristal adicional supere el punto de inflexión, la estructura sucumbirá a la gravedad y se desplomará.

Los copos son tan livianos porque entre un 90 y un 95% de cada uno es aire atrapado. Eso convierte a la nieve en un gran aislante térmico. Por eso, aunque parezca paradójico, algunos animales se cubren de nieve durante el invierno para hacer frente a las temperaturas del exterior. Esa es también la razón por la que los iglús, que solo usan el calor corporal para calentarlos, pueden llegar a ser mucho más cálidos dentro que fuera. Claro que a los iglús también les ayuda su característica forma esférica. La esfera es la figura geométrica de mayor volumen y menor superficie, lo que significa que un iglú está menos expuesto a la acción desecante de los vientos.

Hace quince mil años nevó sobre las capas de hielo congeladas de Groenlandia. La masa de tierra ya estaba cubierta de con una capa de hielo de casi cinco kilómetros de espesor. Con el tiempo, los copos frescos penetraron en el hielo y fueron comprimidos por la presión a la tercera parte de su tamaño original.

Pasaron miles de años mientras que la nieve que comenzó como copos se transformó en un compacto hielo glacial a medida que se deslizaba hacia la costa oeste de Groenlandia a razón de unos ocho kilómetros al año. El hielo pierde cohesión a medida que se acerca a la costa y, por eso, todos los días, particularmente en verano, enormes paredes de hielo se desprenden de los glaciares y caen al océano.



Así es como se forman cientos de icebergs oceánicos cada año. Fue un iceberg en particular que se desprendió en el verano de 1909 el que adquirió muy mala fama. Cuando se desprendió, su anchura era de casi cuatro kilómetros y medía treinta metros de alto, un tamaño lo suficientemente grande como para dejar pequeños a todos los estadios de fútbol del mundo juntos, al menos antes de que comenzara a derretirse.

Comenzó a derretirse una vez que empezó a flotar en el agua. Gracias al archiconocido principio de Arquímedes, sabemos que, a pesar de su tamaño colosal del que solo emerge un 10%, los icebergs flotan por la diferencia de densidades: los cuerpos ligeros (el hielo del iceberg es agua dulce) flotan sobre los densos (agua marina). Por eso, más que el tamaño de esos inmensos pedazos de hielo lo que importan son sus masas y la del agua: una vez en el agua, el hielo tiene una densidad de 900 kg/m3 que al ser mucho menor que la del agua salada del mar (1027 kg/m3), permite que floten.

Cumplidos sus quince mil años, el iceberg que venimos siguiendo cayó al mar en 1909, el mismo año en empezó a fabricarse el que hasta entonces sería el barco de vapor más grande jamás concebido, el RMS Titanic, concebido con una ambición desmesurada de tamaño y opulencia. Sería el transatlántico de pasajeros más grande y lujoso que jamás hubiera flotado.

Construir un barco como ese era demasiado costoso como proyecto único. Por eso, el primer gigante de los mares, que tardó en construirse tres años, tenía dos barcos hermanos destinados a formar la primera línea de la White Star Line durante las siguientes dos décadas.

El Titanic, como sus dos hermanos gigantes fue diseñado para transportar potentados a través del Atlántico en enormes camarotes con lujosas comodidades victorianas siempre que el afortunado (o eso creía él antes de estamparse con un bloque de hielo) pagase un billete de primera (unos 60.000 euros actuales) que le otorgaban acceso a restaurantes de lujo, salas de reuniones y biblioteca con paneles de roble, un baño turco y un gimnasio, una piscina cubierta de agua salada, enormes ventanales y salones de baile amenizados por la Wallace Hartley Band una orquesta que, más que por sus méritos estrictamente musicales, entraría en la leyenda por su perseverancia.

Hoy, el Titanic no hubiera sido un gigante de los mares si se compara con los modernos cruceros.

Ninguno de esas opulencias duró mucho. El barco zarpó de un dique seco en Irlanda del Norte a principios de 1912 y se detuvo para recoger pasajeros en Cherburgo, Francia, y en Queenstown, Irlanda, antes de virar hacia el oeste rumbo a Nueva York. Una vez lleno, iban embarcadas 2.200 personas, más de un tercio de ellas tripulantes. Cuatro días después de su singladura, 1490 descansaban para siempre en el piélago.

En esos tiempos, se sabía poco sobre el comportamiento de los icebergs, salvo que la mayoría se derretía en algún lugar del Círculo Polar Ártico. John Thomas Towson, un científico de la navegación, escribió en 1857 que los icebergs no eran ni diferentes ni menos duros que las rocas formadas durante milenios por el tiempo y la presión. Muy cierto.

Towson sabía que los icebergs representaban un enorme peligro para los cascos de madera de los barcos del siglo XIX. También muy cierto, pero fue un poco más allá, especuló y falló estrepitosamente: los cascos de acero eran indestructibles, pronosticó sin mayor conocimiento de causa. No vivió para ver lo que ocurrió con el casco del Titanic.

Durante tres años, la masa ultracongelada de nuestro iceberg se balanceó y fue derritiéndose y moldeándose en aguas árticas. En un momento dado, viró hacia el norte y pasó el verano de 1910 alrededor del Polo Norte. Luego, impulsado por el flujo de la corriente del Labrador, que traslada agua helada hacia el sur.

La mayoría de los icebergs se derriten cumplido su primer año. Otros cuando cumplen dos. Solo un puñado dura tres hasta que la corriente del Labrador se encuentra con las cálidas aguas de la corriente del Golfo, que actúa como un calefactor oceánico. Solo uno de cada cien icebergs sobrevive a esa zona de contacto y solo uno entre varios miles llega a los 41º norte, la misma latitud de Nueva York y la misma que cruzan los transatlánticos.

Principales corrientes oceánicas. Fuente


Cuando el Titanic naufragó en 1912, se hundió cuatro kilómetros en el océano y golpeó el fondo marino a más de cincuenta kilómetros por hora. La tumba oceánica del barco era tan remota que se necesitaron setenta y tres años, casi toda una vida, para encontrar el pecio más legendario y fascinante de todos los tiempos.

La brevísima historia del Titanic se ha contado mil veces en películas, libros, exposiciones y documentales que olvidan el detalle más asombroso: lo cerca que estuvo de que nunca hubiera sucedido. Los icebergs habían golpeado a los barcos desde que hubo barcos, pero el que hundió al transatlántico de pasajeros más grande jamás construido estaba a punto de desaparecer.

El Titanic se hundió alrededor de las 2:20 am del 15 de abril de 1912, después de chocar contra un iceberg en el océano Atlántico. Universal History Archive.


Después de tres años a la deriva, a la masa helada probablemente le quedaba una semana de vida, dos como mucho. Se hacía cada vez más pequeño a medida que navegaba por aguas más cálidas. A medida que los icebergs se derriten por su base, se giran, vuelcan y siguen erosionándose y dando más volteretas hasta que al final, cuando se han reducido al tamaño de una pelota playera, giran como peonzas y desaparecen como nacieron: transformados en una y definitiva gota de agua.

Una semana más tarde o cualquier otra semana y un barco que nadie creía que pudiera hundirse hubiera completado su viaje inaugural y hoy estaría en donde quiera que habite el olvido: Sería uno más de cientos de buques trasatlánticos. Un día más y el iceberg habría sido mucho más pequeño. En cualquier otra hora el barco habría estado a cientos de metros de distancia.

Pero ni el buque ni el bloque de hielo esperaron y el ingenio de los humanos en los albores de la navegación moderna sucumbió a la fuerza de varios copos de nieve que el tiempo, quince mil años desde que cayeron en Groenlandia, había compactado hasta hacerlos tan duros como una roca de cuarzo. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca