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domingo, 24 de julio de 2011

La cabaña del tío Tom (Carta desde Cincinnati)




Este verano se conmemora el bicentenario del nacimiento de Harriet Beecher Stowe y los 150 años de la publicación de su obra más famosa, La cabaña del tío Tom, uno de los mayores hitos de la literatura norteamericana y la primera gran novela estadounidense con un héroe afroamericano. Además de las conmemoraciones programadas en todo el país, en Cincinnati, Ohio, donde vivió una buena parte de su juventud, se celebran estos tórridos días de verano subtropical una serie de actos, algunos de los cuales –como la lectura pública y por el público de La cabaña- me recuerdan los que se celebran cada 23 de abril en España.

Un corto paseo de apenas un par de kilómetros a la sombra de magnolios, robles y liquidámbares lleva desde las orillas de uno de los enormes meandros que traza el río Ohio en el corazón de Cincinnati hasta Walnut Hills, donde, encaramada en un promontorio y a la sombra de unos nogales centenarios, se levanta una vieja casa de colonial, cuyo estilo neoclásico –incluyendo el frontón triangular soportado por elegantes columnas que sirven de marco a un porche rodeado de blancos barandales- contrasta con el ambiente impersonal y agresivo con el que se topan los escasos caminantes que se aventuran por los suburbios de cualquier ciudad norteamericana. 

Cuando Harriet vivió en esa casa, entre 1832 y 1850, este suburbio ocupado ahora por gasolineras, bloques de apartamentos y servicios para afroamericanos (lo que incluye una peluquería que pone los pelos de punta: The Extravagant Hair Barber & Nails), era el campus del seminario calvinista Lane y el río Ohio era la frontera que separaba los estados del norte, abolicionistas, de los estados confederados, esclavistas. Las noches de niebla los esclavos fugados de las plantaciones sureñas cruzaban el río, navegando a ciegas en balsas inestables que sorteaban las amenazantes norias de los vapores fluviales, para ganar la libertad. Cincinnati se llenaba cada día de esclavos fugitivos que una organización secreta, The Underground Railroad, se encargaba de trasladar hasta tierras más alejadas de la frontera, donde ya no operaban los cazadores de esclavos. 

En la fresca sombra de la casa, tras haber transitado por unas habitaciones con objetos que atestiguan unas vidas de hace casi dos siglos, con la escribanía con pluma, tintero y el abrecartas de marfil primorosamente conservados, uno imagina a la joven huérfana Harriet detrás de uno de estos enormes ventanales, a primera hora de la mañana, con toda la pesadumbre del comienzo del día gris y de la jornada de duro trabajo de ama de casa que le espera, o a la tenue luz de una vela, cuando se encuentra a solas en su alcoba, antes de acostarse, escribiendo precozmente con una letra minúscula, viendo quizás su reflejo en el cristal de la ventana que sacude ese helado viento del norte que agitaba hace doscientos años los mismos nogales, entonces jóvenes como la joven que fue la anciana cuyo busto preside ahora, fuera de tiempo y lugar, el salón principal de la vieja mansión victoriana. Al mirar sus manuscritos, casi podríamos escuchar el roce entrecortado de la punta de su pluma, que moja de vez en cuando en el tintero de porcelana. Los rasgos de la escritura de La Cabaña, pergeñados ya por una mujer madura de 39 años que había parido siete hijos, son apretados, agudos y quebrados, unos trazos en los que creo reconocer una voz llena de convicciones y de ambición de vivir. El cuarto, la luz del candil, la soledad, la escritura, le animan a seguir embarcada en la lucha contra el mundo anegado por el oprobioso e interesado diluvio casi universal de la esclavitud.

No existe ningún otro libro en la historia de los Estados Unidos que haya influido tan poderosamente el destino del pueblo americano en su período más crítico. No es que su autora se propusiera elevar con esta obra la calidad de la literatura americana, sino que simplemente escogió una realidad política -la esclavitud- que a su parecer de cristiana sincera estaba devastando la nación, al destruir la piedra angular que sostenía el bienestar y la seguridad de toda una nación en ciernes: el principio de igualdad y libertad. Para Stowe la esclavitud equivalía a un pecado nacional que había que purgar. Y la forma de purgarlo era reconocer la maldad de la institución. Partiendo de esta convicción -la crueldad e injusticia de la esclavitud-, Stowe se lanzó a presentar al mundo un escenario realista, teñido de horror y de compasión por la raza negra tan vilmente explotada. 

Tras su aparición como folletín por entregas de 1851 a 1852 en un órgano abolicionista, The National Era, La cabaña se publicó como libro en marzo de 1852. En el siglo XIX solamente la publicación de El Origen de las Especies (1859) tuvo un éxito comparable: la primera semana se vendieron 10.000 ejemplares, y para fin de año se habían vendido ya 300.000. La fuerza de la explosión de esa bomba de movilización social que resultó ser su libro no sorprendió a nadie tanto como a su autora. Entretenida en sus ocupaciones de ama de casa, la mayor parte de la información que obtuvo acerca de la esclavitud provino de sirvientes negras, en especial de su cocinera, Eliza Buck, y de la literatura abolicionista. Sólo cuando la realidad de los hechos narrados en su libro fue puesta en duda por algunos encolerizados sureños, se entregó a revisar periódicos en busca de casos reales. El resultado fue un libro tan innecesario como intrascendente, Claves para la cabaña del tío Tom, que publicó en 1853, en el que solemnizó lo obvio: que la realidad superaba a la ficción. Las crueldades e injusticias que su novela denunciaba eran, en la realidad, mucho más graves que las que ella había imaginado.

Para entonces el libro ya no era simplemente un superventas, era un fenómeno social. Las ventas en Gran Bretaña fueron particularmente significativas. Una inmensa edición barata destinada a las escuelas dominicales hizo que los niños ingleses conocieran Norteamérica a través de Eliza, Tom, Eva, Topsy, Dinah, miss Ophelia, Augustine St. Clair y Simon Legree. Cuando Stowe llegó a Inglaterra, en 1853, fue tratada como una celebridad por todas las clases sociales. El novelista Charles Kingsley la saludó como «la fundadora de la literatura norteamericana» y calificó hiperbólicamente a su libro como «la mejor novela que se haya escrito jamás», y la duquesa de Sutherland le regaló un brazalete de oro macizo que tenía la forma de un grillete de los que se empleaban con los esclavos. Los ingleses aprovecharon la oportunidad de tratar a los norteamericanos, de quienes habían recibido muchos sermones acerca de la democracia y la igualdad, como moralmente sospechosos. En Inglaterra el éxito de la novela ayudó a asegurar, siete años más tarde, que los ingleses, que por sus intereses económicos estaban más inclinados a apoyar al Sur, se mantuvieran inalterablemente neutrales. Para Paul Johnson (Historia de los Estados Unidos) el libro es el inicio de la “leyenda negra” estadounidense.

En Estados Unidos, el impacto del libro se multiplicó extraordinariamente gracias a la nueva técnica norteamericana de la publicidad y a la venta de los buhoneros (un procedimiento ampliamente difundido en la década de 1850). El libro dio lugar a la fabricación de estatuas, juguetes, juegos, pañuelos, papel pintado para paredes, cuberterías y vajillas. Su verdadera popularidad comenzó cuando llegó a los escenarios, en forma de versiones teatrales. Uno de los episodios culminantes del libro, el que cuenta la fuga de Eliza atravesando el Ohio con su hijo en brazos y con sus perseguidores pisándole los talones, se convirtió en una escena fundamental de los comienzos del teatro norteamericano. Cuando se representó este episodio en el National Theater de Nueva York, se hizo un ominoso silencio en la atestada sala y un observador vio con asombro que todo el mundo, hasta los caballeros de la alta sociedad y los hombres que atestaban los gallineros, lloraban como niños. La cabaña fue el mayor y más lacrimoso melodrama del siglo XIX, y llegó a superar en producción de lágrimas a la muerte de la pequeña Nell, en la novela de Dickens La tienda de antigüedades; 1841), y a la historia trágica que el caballo Black Beauty narra en primera ¿persona? en la única novela de Anna Sewell (1877), dos clásicos del género lacrimógeno (si es que existe tal género).

A Stowe, que había comenzado a escribir para sacar algún dinero con el que contribuir a la modesta economía familiar, no le preocupaba el estilo, amaba el melodrama (su ideal era Scott), y algunos de sus efectismos habrían hecho ruborizar a Corín Tellado, pero sobresalió del resto porque escribió en el idioma de los norteamericanos y porque su tema fue el gran problema que estaba comenzando a dominar en exclusiva la política norteamericana. A ello se agregó el morbo de que fuera una mujer –casada, además, con un cura- la que escribía acerca de atrocidades de las que, hasta ese momento, era impensable hablar. Los lectores, en especial los hombres, dudaban de si era correcto que una mujer contara que a los esclavos se les desnudara para azotarlos, que las mujeres esclavas eran propiedad sexual de sus amos, y que los propietarios de esclavos solían tener hijos de todos los colores. 

Los efectos del libro en el Sur provocaron un revuelo de indignación: tanto la escritora como la obra fueron denunciados desde los púlpitos y los periódicos como absolutamente “anticristianas”. Un crítico  escribió: «Aunque concediéramos que cada una de las acusaciones que descarga la señora Stowe es absolutamente cierta [...] el daño que semejante literatura inflige a los corazones y la mente de las mujeres no es menor». El Southern Quarterly despreció su obra diciendo que se trataba de «las repugnantes desviaciones de una imaginación extraviada». Otro crítico afirmaba: «La enagua se levanta inadvertidamente y vemos la pezuña de la bestia debajo de la mesa». Stowe se sorprendió de los duros ataques, cuando precisamente había esperado que su obra sirviera de «gran pacificadora», uniendo Norte y Sur en una misma cruzada. 

Por suerte para ella los lectores del Norte no pensaron lo mismo. Consideraron que sus descripciones eran más creíbles, quizás porque se trataba de una mujer, que las exageradamente coloridas historias de atrocidades de la prensa que estaba a favor de la emancipación de los esclavos, escritas casi todas ellas por hombres. Esta convicción convirtió a La cabaña en la novela de propaganda con más éxito de todos los tiempos. 

La creencia de que la señora Stowe fue la responsable de la victoria de Lincoln en las elecciones presidenciales está muy difundida, y lo mismo se decía de la sucesión de acontecimientos que llevaron al bombardeo de Fort Sumter, el detonante que desencadenó la Guerra de Secesión (1861-1865). Cuando en 1862 el altísimo presidente recibió a Stowe, una mujer que medía menos de un metro sesenta, en la Casa Blanca, Lincoln le dijo: «Así que usted es la mujercita que escribió el libro que dio comienzo a esta gran guerra». 

No parece, sin embargo, que las cosas fuesen tan simples.

Breve historia de un tocomocho: Constitutum Constantini




Las peores acciones de la historia han sido perpetradas con frecuencia en nombre de algún dios. Con premeditación y alevosía, olvidando que el reino de Jesús no es de este mundo, diciendo adiós a Dios, los jerarcas católicos, que hace tiempo que cerraron sus ojos y sus oídos a ninguna realidad que no sean el poder y la gloria terrenales, siguen haciendo política desde que, falsificación mediante, se encumbraron a la categoría de religión del Imperio de Occidente. Desde entonces, no han hecho otra cosa que frenar o estorbar la libertad de pensamiento para tratar de dirigir la acción de personas y Estados, engatusando a los creyentes con la salvación eterna, pero con la aguja de marear siempre orientada para acrecentar su poder y su influencia. 

No debe sorprender que esa omnívora cofradía que constituye la Conferencia Episcopal esté registrando a su nombre todos los bienes públicos que considera unilateralmente suyos. Inmatriculación lo llaman. En eso son expertos. Y es que el poder de la Iglesia Católica se asienta en la primera y más falsa inmatriculación de la historia, la que les permitió adueñarse de Italia hace ahora trece siglos. Las falsificaciones católicas son tantas que el número de documentos, anales y crónicas falsificados es equiparable al de los auténticos (de las reliquias mendaces ni hablamos). Innumerables clérigos y monjes proporcionaron a la Iglesia ventajas políticas, económicas y jurídicas falsificando testamentos o interpolando documentos originales. La historia de la Constitutum Constantini -la Donación de Constantino- es el acta fundacional de las múltiples granujerías con los que los farisaicos disidentes del hijo del carpintero se han ido apropiando de los bienes ajenos. La historia del testamento del emperador Constantino, aún resumida, merece la pena. Si la quieren más extendida y erudita pueden acudir al ensayo escrito por el historiador Karlheinz Deschner en Opus Diaboli (Yalde, 1990). 

Corría el siglo VIII. Acrecentado su poder gracias a los emperadores de Bizancio, sus soberanos y primeros protectores, los papas fomentaron traicioneramente, con apoyo de los lombardos, la separación respecto a aquellos. Pero cuando los aliados lombardos codiciaron toda Italia resultaron demasiado peligrosos para el Papado. Y así como el Papa actuó primero contra sus enemigos valiéndose del Imperio bizantino, lo hizo después contra éste valiéndose de los lombardos y más tarde contra éstos apoyándose en los francos cuyo rey era Pipino, el padre de Carlomagno. 

La estafa de la Donación de Constantino, arranque poderoso de incontables pillerías eclesiásticas medievales, surgió en los primeros años cincuenta del siglo VIII en la curia del papa Esteban II, cuando Constantino llevaba más de cuatro siglos sepultado. Seppelt y Schweiger escriben con la cautela que se espera de unos piadosos historiadores católicos: «Es altamente probable que el testamento fuese redactado en los círculos pontificios, quizá a raíz del viaje de Esteban II a Francia, o en Francia mismo, para inclinar a Pipino a la ansiada donación de territorios en Italia». 

Don Esteban codiciaba la posesión de aquellos ricos territorios y para ello necesitaba un título legal. Eliminó los escrúpulos del rey Pipino mediante un documento en el que San Pedro, ni más ni menos, figuraba como legítimo señor y poseedor de Italia, mientras que él mismo, el Papa, para no ser menos, aparecía como emperador de Occidente. Como antecedente inspirador de la deplorable Donación, Esteban y sus muchachos se apoyaron en la Legenda Sancti Silvestri, surgida a principios del siglo V, una de las hagiografías más leídas en el cristianismo. Según esa devota y manipulada leyenda (una más), el emperador Constantino había sido perseguidor de cristianos y fue castigado con la lepra hasta su curación y bautizo por el papa Silvestre I. La verdad es que Constantino no sólo no había perseguido a los cristianos sino que les concedió favores que ríanse ustedes del Concordato. Tampoco tuvo nunca la lepra ni fue bautizado por Silvestre sino por el obispo Eusebio, cuando Silvestre llevaba ya dos años muerto, circunstancia esta última que excusaba su asistencia a bodas, bautizos y banquetes. 

El falaz documento se hizo pasar como decreto testamentario de Constantino en favor de Silvestre con indicación de fecha, firmado de su puño y letra y con la anotación imperial de que él mismo lo había depositado en la tumba de San Pedro. El Emperador donaba Roma y todo el Occidente a Silvestre y a sus sucesores. De golpe y porrazo, convertía al obispo de Roma en soberano supremo de todas las iglesias (por aquel entonces las había a porrillo) y en sumo sacerdote universal. Él y sus sucesores heredaban, entre otras menudeces, el palacio imperial de Letrán, la ciudad de Roma, las ciudades italianas y la totalidad del Occidente. Su Majestad Imperial, proclamaba el documento espurio, deseaba reducir su imperio a las «regiones orientales», pues «No sería de buena ley que el emperador terrenal ejerza su poder allí donde se yergue el Reino de Señor y se ha fundado la capital del cristianismo». Para culminar la faena, el falaz documento declaraba proscrito a todo aquel que osara contradecirlo.

Tras timar al crédulo Pipino con semejante picardía, el Papa tenía buenas razones para tirar cohetes. Había obtenido el dominio sobre Roma y ponía bajo su férula decenas de ciudades y castillos al norte y al este de los Apeninos que, juntamente con el Ducado de Roma, constituyeron el Patrimonium Sancti Petri, el Estado medieval de la iglesia. La Curia vaticana había obtenido así un poder político y económico extraodinario. Pero como Dios los cría y ellos se juntan, todos los obispos y abades quisieron tener, como su colega el avispado obispo de Roma, su «Estado Sacerdotal». Sabedores de que los papas habían obtenido el suyo mediante el tocomocho, los demás prelados –convertidos en eficaces precursores de Papillon- se pusieron manos a la obra y confeccionaron incontables certificados de donación ni más ni menos imaginarios que el atribuido a Constantino. La industria de la inmatriculación quedaba inaugurada.

Aunque se puede asegurar que los mismos papas consideraban la Donación de Constantino como un documento completamente falso, a mediados del siglo IX, cuando tan esperpéntico legajo gozaba ya de cierto predicamento, no dudaron en hacer de mangas capirotes para usarlo como pieza jurídicamente vinculante de otra grandiosa falsificación eclesiástica, las Decretales pseudoisidorianas, y de integrarlo posteriormente como soporte clave del Derecho Canónico. La desorbitada política territorial del Papado, que paulatinamente sojuzgó principados y reinos enteros, tuvo como base legal aquella patraña. Incluso lo que queda del Estado Pontificio después de la reunificación de Italia y de la pérdida de territorios italianos en tiempos Pío IX, tuvo en ella su génesis. 


No faltaron sin embargo cabezas perspicaces inmunes al engaño. El emperador Otón III fue el primero en declarar que tal «donación» era un timo. En carta a Barbarroja, rey de Alemania, Wezel, un discípulo de Arnaldo de Brescia, calificaba de fábula y embuste toda la Donación de Constantino y decía que la población de Roma estaba tan al cabo del asunto que hasta las cortesanas sentaban cátedra sobre ella. En 1440, el humanista Lorenzo Valla, secretario papal y canónigo de Letrán, puso definitivamente al descubierto el embuste. Y cuando en el umbral de la Edad Moderna, el papa Alejandro VI exigió de Venecia -en virtud de la Donación de Constantino- la entrega de las islas del Adriático a la Santa Sede, el embajador veneciano respondió con un toque de cachondeo (¡Dios lo perdone!) que si Su Santidad podía tener a mano el acta de la Donación, bien podría leer en su reverso que el Adriático pertenecía a los venecianos.

La historiografía católico-romana no reconoció la falsificación hasta el siglo XIX. En lo tocante a la Curia vaticana, siempre ha reivindicado como propios los beneficios obtenidos con la artimaña y en esa posición se obstinan aún hoy en día, como en el caso de las inmatriculaciones a las que asistimos ahora un tanto atónitos al observar que los pastores devoran el prado de sus ovejas. 

Marketing eclesiástico




«¿Ha recibido la Iglesia clases de marketing? » –preguntó ingenuamente el periodista-. «¿Es una broma? La Iglesia, si acaso, imparte lecciones. El marketing empezó con Jesús, hace ya 2.000 años». Así respondió una vez monseñor Ernesto Vecchi, un obispo italiano, a la capacidad de la Iglesia para presentar y vender sus productos religiosos. Empezaron en un humilde portal y ahora son una de las mayores multinacionales del mundo. Con larga y reputada experiencia en la venta de intangibles como la vida eterna, la jerarquía católica, por fin apegada a una cruz, la de la declaración de la renta, continúa dando lecciones de su insaciable voracidad por los bienes terrenales. Estos días se ha destapado la subrepticia manera con que los obispos españoles –aprovechando un oscuro regalo legal hecho por el gobierno del PP en 1998- están apropiándose de miles de bienes comunales y municipales: viñedos, olivares, casas rectorales, atrios, iglesias, ermitas, garajes, solares, pisos, frontones, basílicas, concatedrales, pabellones polideportivos, cementerios y monasterios que pertenecían a los pueblos o que, en todo caso, nunca se registraron y que ahora la pía Conferencia Episcopal comandada por Rouco está expoliando al conjunto de los españoles.

El marketing eclesiástico consiste en decir una cosa y hacer justamente la contraria. En su mensaje a la juventud europea, el señor Ratzinger, ese alto funcionario vaticano de rostro siniestro que se frota las manos como el Burns de los Simpson (Muñoz Molina dixit), llama a «rechazar los ídolos modernos del dinero, el poder, del tener e incluso del saber, para volver a la relación con Dios y buscar la verdadera felicidad». Con el mayor desparpajo, el Papa, máximo responsable de Instituto para las Obras de Religión, perifrástica y piadosa denominación del poderosísimo holding financiero del Vaticano, abrió el último Sínodo de Obispos contrastando la volatilidad, fantasía e incoherencia del capitalismo con la estabilidad y solidez de la palabra de Dios. 

Mientras millones de personas desesperadas ven cómo el Estado de bienestar que les ampara se desvanece, mientras se hunden las bolsas llenando los bolsillos del Instituto para las Obras de Religión –paraíso fiscal y tapadera de algunos de los mayores fondos especuladores del mundo y único Edén que puede garantizar el Vaticano-, el Papa aleccionó a las mitradas huestes: «Vemos que en el derrumbe de los grandes bancos el dinero se desvanece, no es nada, y que todas esas cosas que parecen la única verdad con la que se puede contar, son en realidad de segundo orden». Reflexionando sobre la metáfora de la casa construida «sobre la arena o sobre la roca», el Papa, cubierto de armiño y rica pedrería, miró por encima de sus gafas de oro y explicó que aquellos que «construyen sólo sobre cosas visibles y tangibles, como el éxito, la carrera, el dinero», deben recordar que «en apariencia, estas cosas son la realidad, pero todo eso un día pasará».

Pero mientras se anuncia una cosa, se hace su opuesta, contradiciendo por lo demás la doctrina del galileo que dicen seguir pero del que se olvidaron hace tiempo. «Arraigados y edificados en Cristo», rezan los carteles que anuncian el Magical Mistery Tour pontifical con que nos obsequiarán el próximo mes de agosto monseñor Rouco y sus fans. Para “arraigarse y edificarse” en condiciones, la Iglesia española se dedica a la rapiña de bienes raíces. Como tantos otros preceptos constitucionales convertidos en papel mojado (¿qué me dicen del derecho a la vivienda de todos los españoles?), la separación entre Iglesia y Estado no cuenta para la legislación hipotecaria. Valiéndose de su mayoría parlamentaria y haciendo bueno lo que recomendaba el Conde de Romanones para la tarea de gobierno -«Dejad que ellos (los diputados) hagan las leyes, que yo haré el reglamento»- el Gobierno presidido por José María Aznar, Legionario de Cristo consorte y deudor de la jerarquía católica que había hecho campaña para él desde púlpitos y micrófonos, lejos de acabar con el anacrónico privilegio registral otorgado a los obispos, lo amplió, modificando de tapadillo algunos artículos del Reglamento Hipotecario que, como el que no quiere la cosa, han transformado a los obispos en remedos de registradores o de funcionarios del catastro, autorizándoles a emitir unilateralmente certificaciones de dominio sobre los bienes que la Iglesia considere suyos, lo que incluye los de culto, ermitas, catedrales y otros bienes que forman parte del patrimonio cultural de España, pero también todos los bienes raíces que no estén registrados por las administraciones públicas o por particulares. Una vez que obtienen la titularidad pueden vender, alquilar e hipotecar: tres razones evangélicas, como cualquiera sabe.

Si nadie lo remedia, miles de bienes raíces pasarán a engrosar las cuentas de Rouco y sus colegas, administradores terrenales de una Iglesia cuyo reino, según su padre fundador, «no es de este mundo». El dinero, algo tan prosaico y poco pío como el dinero, la encarnación del materialismo condenado de boquilla desde Roma por quien, olvidando que «el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mateo 8,20), viste sedas y brocados y calza zapatillas de Prada, se ha convertido en la atención preferente de nuestros prelados. Nada nuevo bajo el Sol. «¿Quién hace de piedras pan sin ser el dios verdadero...? El dinero», decía el católico Quevedo: la santa alianza entre la fe y el capital saca dinero a destajo de las piedras del común para hacer caja con la banca vaticana.

En su versión aznariana, la legislación hipotecaria no solo atribuye a los obispos el carácter de funcionarios públicos como en los mejores tiempos del franquismo, sino que permite a la Iglesia proceder a una desamortización inversa de la llevada a cabo por Mendizábal en el siglo XIX. Desde aquella modificación pepera, la Iglesia española ha encontrado por fin su Verbo: la inmatriculación, término legal con el que están esquilmando el dominio público. Dejándose de zarandajas tales como ocuparse de las víctimas de la pobreza que está generando la crisis, los prelados se han puesto manos a la obra en una frenética operación de recuperación de un patrimonio del que dicen ostentar su posesión sin más prueba fehaciente que su real gana, para desesperación de alcaldes y vecinos que cuestionan esa propiedad, costeada en muchos casos con dinero público.

Al Gobierno de este Estado aconfesional, que en sus relaciones con la Iglesia semeja un buen cristiano siempre presto a poner sus mejillas (y las nuestras) cuando le arrean, que cumple sumiso todas las penitencias económicas que le impone la Conferencia Episcopal para hacerse perdonar su laicidad, conviene recordarle ahora que si el artículo 16 de la Constitución no otorga carácter estatal a ninguna confesión, los obispos no pueden equipararse a funcionarios públicos y que no se pueden confundir fines públicos con fines religiosos ni a la Iglesia con una corporación de derecho público. Debemos recordarle también que el uso no determina la propiedad. No reconocerlo sería tan absurdo como decir que el guarda del Palacio Real puede inmatricularlo a su nombre simplemente porque los reyes ya no residen en él. Ni los reyes ni la Iglesia han puesto jamás un solo maravedí, doblón, duro, euro, peseta, céntimo o real para la construcción de su patrimonio. Todos ellos fueron construidos con dineros extraídos de las arcas del Estado, de los gremios, los concejos y las juntas vecinales que representaban al Estado. Así que, por mucho que se usen para fines religiosos, son y deben ser propiedad del Estado. El hecho de que el Estado y el gobierno hayan mudado a lo largo de los siglos su forma de organización no implica que hayan hecho dejación de sus derechos con respecto a terceras partes por influyentes en el otro mundo que estas sean. 



Si Dios te habla, padeces esquizofrenia




Si no se ocuparan de temas de tanta transcendencia, algunas páginas web resultarían hilarantes. La nueva sección Homosexualidad y Esperanza en la web de la diócesis de Alcalá es una colección de inanes lugares comunes y de disparates psicoanalíticos acerca de la homosexualidad y de su supuesta cura que suscribiría el doctor Mengele. Retirado de la actividad sexual por vocación y voto de castidad, monseñor Reig Plá, como antes hacía su predecesor el obispo Catalá con quien me tocó lidiar y a quien también le obsesionaba la sexualidad ajena, sigue la inveterada costumbre de la jerarquía católica de lapidar a todos los que cataloga como pecadores según su propio criterio, tratando de imponer a creyentes y a no creyentes una fe que se les supone y una moralidad desmentida por sus actuaciones terrenales, intentando obligar a todos a cumplir con sus preceptos y dictando leyes a su conveniencia en cuanto tienen ocasión de medrar en dictaduras con las que pactan sin pudor o desafiando a los gobiernos democráticos cuyos presupuestos vampirizan sin el menor recato. 

Autoproclamados representantes de Dios en la Tierra, mercachifles del miedo a la eternidad y entrometidos consejeros de las conciencias del prójimo, los jerarcas de todas las religiones tratan de decidir qué es moralmente aceptable y qué no. Se distraen intentando inocular su obtusa visión del mundo. Se empeñan inútilmente en convencernos de que son como Jesús, cuyo reino no era terrenal, cuando desde la curia vaticana a la Conferencia Episcopal se sientan en tronos, visten de seda, se cubren de oropeles, caminan bajo palio y moran en palacios. Entre el portal de Belén y el Ritz no tienen la menor duda a la hora de elegir. A las pruebas me remito: la Fundación Madrid Vivo, presidida por el cardenal Rouco, que prepara la visita de Benedicto XVI, se reúne en el hotel Villamagna, modesta residencia que también prefieren los Beckham para sus escapadas a Madrid. Como el papel, los impuestos que se destinan a la Iglesia Católica lo aguantan todo.

Estos profesionales de la religión, vividores del cuento del más allá, acaban de llamar a la desobediencia cívica frente al descafeinado proyecto de la llamada «ley de muerte digna», a la que se oponen como antes hicieron con la interrupción del embarazo, con las células madres, con el matrimonio homosexual y con tantas otras cosas, repitiendo la letanía de que la ética y las exigencias de la moral son prerrogativas de las que carecen aquellos que no comulgan con fe religiosa alguna. No es nada nuevo. La Iglesia Católica también se opuso al pararrayos cuando lo inventó Franklin con el peregrino argumento de «¿quién es el hombre para desviar el rayo que Dios le envía para castigarle? », como antes lo hizo contra el parto sin dolor porque Dios impuso a la mujer la penitencia del «parirás con dolor».

Pasan por alto la evidencia de que una parte sustancial de los grandes desastres morales a los que la humanidad ha asistido durante siglos se ha producido en nombre de creencias religiosas supuestamente dictadas por Dios. En lo que se refiere a las manifestaciones divinas, estoy con Thomas Szasz: «Si hablas con Dios estás rezando; si Dios te habla a ti, padeces esquizofrenia.» Resulta sorprendente admirar la facilidad con la que esos credos cohabitan felizmente con prácticas políticas y económicas que son la causa del dolor, la pobreza y el sufrimiento de millones de seres humanos, es decir, de la gran inmoralidad contemporánea que ha provocado la actual crisis. La complicidad de tantos prelados con la apoteosis del libre mercado, las dictaduras más inmundas o los nacionalismos más excluyentes, son ejemplos de lo que digo. Y sin embargo los únicos que parecen responsables, los únicos a quienes se reputa de inmorales, son los que han renunciado a guiar su vida o su conciencia civil por la interpretación de la palabra de Dios hecha por sus representantes terrenales. 

A finales de junio, la web de la Conferencia Episcopal, travestida en este caso en comerciante de la inmortalidad, llamó a la rebelión frente al citado proyecto de Ley al que comparan con «una matanza de ancianos». Pero aunque el texto de la web es el acta de lo aprobado por la purpurada tropilla comandada por Rouco, lo más interesante una vez más ha sido la aparición en rueda de prensa del portavoz episcopal Martínez Camino, a quien le deseo una muerte tan digna e indolora como la que él y sus anillados colegas pretenden hurtarnos a los demás. Confieso mi debilidad por las apariciones de este superferolítico jesuita cuya mejor virtud es su capacidad de actuar como un vermú sobre mi apetito bibliográfico. En cuanto abre la boca sobre cualquier tema, me entran enormes ganas de recuperar lecturas que refutan sus añejos y casposos argumentos. Decía Groucho Marx que la televisión era muy educativa porque cada vez que alguien la encendía se iba a otra habitación a leer un libro. Algo así nos debe ocurrir a muchos con las atipladas apariciones del obispo portavoz.

Monseñor Camino empezó por recordarnos que el proyecto «podría suponer una legalización encubierta de prácticas eutanásicas», para seguir informándonos de que el proyecto olvida que la vida humana pertenece a Dios, su propietario (sic; ¿cabe una inanidad mayor?), y que parte de una viciosa concepción «prácticamente absoluta de la autonomía personal». ¿Podría ser de otra forma si se desea ser libre? La jerarquía eclesiástica pretende seguir imponiéndonos a todos las consecuencias morales que se derivarían de hipótesis tan peregrinas como que semejante Dios, ente creado por la ficción irracional, en cuanto propietario de los humanos, ha tenido a bien prohibirnos decidir sobre nuestros últimos instantes para que podamos encontrar «el sentido oculto del dolor y la muerte». Según el abigarrado pelotón episcopal, no hay que esperar a hipotecarse de mayorcitos para adquirir una vivienda, no. Nacemos ya hipotecados a Dios y, por tanto, vivimos de prestado y deudores de un acreedor que no vacilará en enviarnos al fuego eterno de no comportarnos como Él manda y sus voceros terrenales nos recuerdan. 

Para la jerarquía católica que una persona decida sobre el momento de su muerte resulta sencillamente un crimen nefasto contra un Dios que es señor de la vida y de la muerte. El «no matarás» del catolicismo ha coincidido con el cinismo histórico de los ensotanados. Millones de personas han sido asesinadas cuando la muerte era buena para la defensa de la fe católica. Auténticas eutanasias la acompañan desde sus comienzos: las Cruzadas, la Inquisición, las guerras de religión, las persecuciones contra infieles y herejes, la quema de descreídos, las víctimas de las guerras justas o de la pena de muerte, los argentinos arrojados desde aviones al mar previa bendición de curas castrenses (cura y castrense: ¿qué me dicen de semejante oxímoron?). 

El Jesús surgido de los Evangelios proclamó la conciencia como el ámbito de la única decisión válida frente a normas impuestas desde fuera y alguien que nunca aparece como un juez que deja sufriendo a quien implora su auxilio. Justo lo contrario de lo que defienden nuestros ensoberbecidos prelados. ¿Por qué no se limitan a aconsejar a sus fieles que renuncien a acogerse a la ley en ejercicio de esa autonomía que los obispos pretenden limitar a todos pero que la ley no niega a nadie? Aunque, puesto a pedir, el legislador podría evitar el persistente error de intentar contentar a los obispos católicos, que no se conformarán nunca al menos que comulguemos con la estricta imposición universal de sus intolerantes doctrinas o que, como se hace ahora, se les compense económicamente para que sigan gastándoselo en hoteles de lujo, en guardarropía de seda y en abalorios de oro y pedrería.


Me gusta Jesús y no me gustan los obispos. Pero no me hagan caso, en realidad prefiero la ciencia a la religión. Como decía Woody Allen, si me dan a escoger entre Dios y el aire acondicionado, me quedo con el fresquito.