domingo, 16 de diciembre de 2012

Fukuyama, Aguirre y el fin de las mamandurrias


Todo sigue el plan establecido; un plan que nuestro Gobierno niega todos los días aunque se cumpla punto por punto desde hace décadas. Se ejecuta por etapas y se ejecuta cuando toca, cuando la ocasión es, como ahora, propicia; se hace así porque si se dijera la verdad, que la lucha frente al desempleo se da por perdida para una parte de la población juvenil que sólo aprendió a poner ladrillos, que no hay ni habrá crédito, que el ajuste del déficit es una quimera, que la deuda es impagable, que los presupuestos son una sinrazón y que el Estado del Bienestar tal y como lo conocemos va a morir, tendrían un problema. Ahora, el titular del “neo Consenso de Washington” dice así: “Europa tiene un nuevo regulador bancario”. Campanas al vuelo, albricias y felicitaciones. 


"Neolengua", el lenguaje engañoso que se utiliza desde la élites económicas, políticas y mediáticas para neutralizar la oposición a unas medidas que nos están ahogando poco a poco y que cualquiera puede ver a poco que tenga criterio. El lenguaje es utilizado como herramienta ideológica para modificar la percepción de la realidad, para suavizarla y hacernos tragar la purga de la austeridad. Los medios de comunicación, en su afán por llegar los primeros a la noticia, degluten el ricino sin rechistar. Nadie parece acordarse de que el nuevo regulador, el Banco Central Europeo (BCE) es uno de los grandes responsables de que la banca, la gran beneficiada de esta crisis, esté haciendo caja y se esté forrando a costa del endeudamiento de los países mientras otros pasan hambre, pagan por estar enfermos o no pueden ganar el pan con el sudor de sus frentes. 

Hay que repetirlo hasta que cale: el BCE es el lobby de la banca privada y del Bundesbank alemán que ha diseñado un sistema que funciona así: las normas que lo regulan, impuestas por Alemania desde que se acordó la creación del euro, le impiden comprar deuda pública estatal y le imponen prestar dinero a unos intereses muy bajos a la banca privada, dinero que esta emplea inmediatamente en adquirir deuda pública cobrando intereses que quintuplican los que gravan (por decir algo) los préstamos del BCE. Duros a peseta, que diría un castizo.


La consecuencia es que los Estados deben endeudarse más y más para pagar a los bancos privados. Ajuste, primas de riesgo, copagos que son repagos, ambulancias con taxímetros, mercados, deuda, brujos. Es la vieja agenda del Consenso de Washington en una nueva versión parida para cuando ha tocado otra vez: “se hará lo necesario para garantizar la estabilidad”, como repite constantemente ese agente de la banca privada con pinta de guardabosques que es el ministro De Guindos. Siempre se hace lo necesario. Se sopesa, se calcula, se decide adónde se quiere llegar y se van pasando las hojas a su debido tiempo para que el resultado final no pueda ser otro que el previsto. Porque si admitimos las reglas del juego, el resultado no puede ser otro que en Las Vegas: la banca siempre gana. Cuando la ruleta pare y el espectador deje de mirar la bola que rodaba entre rojos y negros, descubrirá dos cosas: que el casino está donde estaba al principio y que a él le han robado la casa, el trabajo, la cartera, la chaqueta, los pantalones, los calcetines, los zapatos, la camisa y, si se descuida, todo lo que tiene. 

Ahora bien, el espectador puede apartar la mirada de la ruleta. Puede dejar de cegarse con un guión de catástrofes futuras que sucederán o no sucederán; puede dejar de seguir a los que le piden que miren el dedo que señala y se olviden de la Luna; puede dejar de creer a los que, tras robarle hasta el aire porque cobrarán hasta por respirar, le exigen más esfuerzos y más angustias; puede dejar de pasar a ser partícipe de un plan nuevo y dejar de ser víctima de un plan trazado hace más de veinte años. Puede, en fin, cargar el arma de su propio criterio y abandonar el rebaño de ovejas asustadas en el que quieren convertirnos. 


La crisis actual tiene una agenda, un plan trazado por los organismos financieros internacionales, los centros de poder político y económico y los institutos de “pensamiento” liberal con sede en Washington en la década de los ochenta, que un economista británico John Williamson, plasmó en 1989 en un documento, Lo que en Washington se entiende como reforma de las orientaciones políticas, más conocido como el “Consenso de Washington”. El inolvidable panfleto, destinado en principio al adoctrinamiento en la ortodoxia neoliberal de los políticos que dirigían los países latinoamericanos en vías de desarrollo, terminó invadiendo ideológicamente todo el planeta cuando encontró un campo abonado tras la caída del bloque soviético que dejó al mundo a merced del “pensamiento único” que se habría impuesto en lo que Fukuyama (El fin de la Historia y el último hombre) consideró el fin de la lucha entre ideologías y el comienzo de un mundo basado en la política y la economía neoliberal: las ideologías ya no eran necesarias y debían ser sustituidas por la “economía neocon”. Estados Unidos sería así la única realización posible del sueño marxista de una sociedad sin clases. 

Para comprender la esencia de este recetario del fundamentalismo de mercado hay que reseñar brevemente los cinco aspectos esenciales que constituyen el dogma de los “expertos independientes”, las cuestiones sobre las que no es posible discrepar cuando de asuntos económicos se trata. Es la letanía que nos repiten desde que comenzó la crisis. 


Primero, hay que mantener contenida la inflación a través del control de los precios y de los salarios de las clases trabajadoras. Segundo, disciplina presupuestaria: los presupuestos públicos no pueden tener déficit y para acabar con él hay que recortar los gastos pero nunca elevar los impuestos de los ricos. Ello implica que hay que reducir los gastos encaminados a políticas sociales -subsidios para sectores desfavorecidos, educación sanidad, investigación y desarrollo- y dirigirlos a sectores empresariales cuyos beneficios acabarán –sostienen- por darnos de comer a todos. Tercero, reforma tributaria, incrementando los impuestos indirectos, buscando bases impositivas amplias y tipos marginales moderados, de manera que se contengan los tributos a las rentas más altas y al capital para no desincentivar el ahorro, la inversión y el beneficio en el banquete de Epulón, de cuyas migajas comerían todos los Lázaros del planeta. 

Cuarto, liberalización del comercio internacional y desregularización del mercado financiero, eliminando el control de las transacciones de dinero y de las obligaciones de los bancos en lo que se refiere a sus reservas de activos. Y, por fin, en el frontispicio del nuevo edificio de la “desideologizada” economía neoliberal, debería ondear un lema: la actividad privada es más eficiente que la pública, así que es necesario privatizar los sectores y empresas públicas, eliminar todo tipo de trabas a la iniciativa privada y al funcionamiento de los mercados, abandonando esas ñoñerías caducadas de la solidaridad, la justicia y la equidad social. “Mamandurrias”, las llamó Esperanza Aguirre añadiendo una estupidez más a su inacabable estupidiario personal.

Si uno asume esa agenda sin discusión, se entiende que ese inane auxiliar administrativo del Gobierno alemán que es Rajoy se quede tan pancho declarando que “no hay alternativas a los recortes”. Sí que las hay, pero para eso hay que tener otra ideología que no pase por ayudar a unos pocos con los recortes de una mayoría que empieza a dejar de ser silenciosa. 

Mientras tanto, que el último apague la luz, que en enero la factura viene inflada. Ilumínense pero con cuidado: “no hay otra alternativa”. Disfruten lo votado.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Los amos del mundo o el extraño caso de la calcopirita


«En un bar de Washington, una inhóspita noche de nevada, un exinvestigador del Senado se ríe mientras acaba su cerveza. "Todo está jodido, y nadie va a la cárcel", dice. "Ese es tu artículo. Demonios, no tienes que escribir nada más. Sólo eso". "¿Sólo eso?". "Exacto", dice, pidiendo la cuenta a la camarera. "Todo está jodido, y nadie va a la cárcel. Así puedes acabar tu artículo"». 

Ese era el comienzo del artículo A la cárcel con los de Wall Street firmado por el polémico periodista de la revista Rolling Stone Matt Taibbi cuya tesis era que nadie ha pagado por sus desmanes con la cárcel, mientras que con el dinero de los ciudadanos se han salvado bancos y banqueros. Para Taibbi, los fraudes cometidos son crímenes que implican una elección calculada, cometidos por personas que actúan codiciosamente siguiendo un cálculo muy cínico: vamos a robar lo que podamos y luego a ver si las víctimas son capaces de reclamar su dinero a través de una política cautiva. «Si quieres ganar elecciones, encarcela a los que roban DVD o venden bolsitas de marihuana. Pero ¿por robar mil millones de dólares? No pasa nada. No es un crimen».

Una investigación del Senado norteamericano ha demostrado que durante seis años el banco británico HSBC, una de las mayores entidades financieras del mundo, se dedicó a blanquear el dinero de terroristas islámicos y narcotraficantes mexicanos. El informe del Senado criticaba a la Oficina de Control de Capitales de EEUU, que recibió múltiples advertencias y permitió que el lavado “creciera hasta ser un problema gigantesco”. De entrada, la noticia merece dos comentarios. Uno, la sana envidia que uno siente por actuaciones de esta naturaleza que tanto bien harían a nuestros parlamentarios si se ocuparan de ellas. Y dos, que Estados Unidos también tiene problemas para aplicar la justicia a los bancos.

En 2007, cuando sus negocios de lavado de capitales alcanzaban su punto álgido, HSBC declaró unos beneficios de 18.500 millones de euros. Mientras la comunidad internacional bloqueaba los movimientos de capitales iraníes, el banco camufló 25.000 transacciones ocultas de Irán por valor de 17.000 millones de euros. En Arabia Saudí y en Siria también aplicaron las mismas técnicas. En México el banco permitió el lavado de al menos 7.000 millones de dólares vinculados al narcotráfico. Fue, según ha admitido el propio banco, una actividad deliberada, una trama orquestada para financiar el terrorismo islamista y para lucrarse con dinero manchado de la sangre del brutal narcotráfico mexicano.

Con tales antecedentes, uno esperaba ingenuamente que alguien iría a la cárcel. No ha sido así. El banco ha llegado a un acuerdo mediante el cual pagará en cómodos plazos 1.500 millones de euros para cerrar la investigación. ¿Qué significa cerrar? Que no se irá a juicio, ningún responsable será encausado, nadie irá a la cárcel, nadie pagará personalmente salvo con tibias depuraciones internas del banco. El asunto recuerda sospechosamente a las prácticas que hemos visto en España respecto a las preferentes, por ejemplo: desde la cúpula se presiona a toda la cadena ejecutiva para que arriesgue en busca del beneficio prometiendo no prestar atención a las prácticas necesarias para lograrlo. Cuando todo se derrumba, los directivos se han embolsado el dinero de los bonus y sólo es necesario silbar y culpar al empedrado. Es lo que ha hecho Miguel Blesa, el banquero que casi funde Cajamadrid cuando declaró que “él hacía lo que todo el mundo hacía”.

Llueve sobre mojado. En lo que llevamos de milenio, el Bank of America mintió sobre miles de millones en dividendos. Goldman Sachs no avisó a sus clientes de cómo había elaborado los paquetes de hipotecas tóxicas que estaba repartiendo por todo el mundo. El mismo Goldman Sachs asesoró a Grecia para ocultar su deuda para que lograra entrar en la Eurozona; después, con esta información privilegiada, apostó junto con Deutsche Bank que Grecia se hundiría. Precisamente, Deutsche Bank fue uno de los mayores implicados en la estafa de titulizar y revender hipotecas tóxicas en el mercado, la principal causa que desencadenó la actual crisis iniciada en 2008, cuando Wall Street explotó en una bola de fuego de fraude y criminalidad. El banco colocó productos a sus clientes a sabiendas de que perderían dinero, tanto en Norteamérica como en Alemania, donde el Tribunal Supremo le condenó en 2011. Nadie fue a la cárcel. A Citigroup, se le pilló ocultando unos 40.000 millones. En julio de 2010, la Comisión de Valores, el organismo regulador estadounidense acordó con Citi el pago de 75 millones de dólares. Nadie fue a la cárcel. 

Recuérdese cómo actuaron los ejecutivos de Lehman Brothers, que vendieron todos sus productos basura apresuradamente, engañando a la gente a sabiendas, para así poder salvar sus bonus multimillonarios. En marzo de 2010 un informe emitido por los peritos judiciales señaló que los directivos actuaron dolosamente para extraer cerca de 50.000 millones de dólares de activos indeseables de sus balances en vez de anotar esos activos como pérdidas. Su actuación ocasionó la bancarrota del banco y el pistoletazo de salida de la crisis que nos atormenta. Nadie fue a la cárcel. 

Hace más de cuarenta años José Luis Sampedro decía que los bachilleres terminaban sus estudios sabiendo la fórmula de la calcopirita, un conocimiento que nunca utilizarían, mientras que ignoraban todo sobre Economía, algo que seguro necesitarían posteriormente. Seguimos en las mismas porque interesa que nos mantengamos en la inopia sin que encontremos respuesta a algunas preguntas que están en la mente de todos: ¿Quién gobierna el mundo? ¿Cuál es el poder real de los políticos? ¿Hasta qué punto nuestra vida está condicionada por las organizaciones internacionales y las instituciones privadas? ¿Cuál es el papel de los paraísos fiscales que dan abrigo al dinero del crimen y la corrupción? ¿Quién ganará con la brutal crisis económica que estamos viviendo?

Las respuestas puede leerlas en Los amos del mundo. Las armas del terrorismo financiero (Espasa, 2012), un libro de los catedráticos Vicenç Navarro y Juan Torres, dos economistas que llevan años clamando contra el mantra del “recorto aquí y allá porque no hay otro remedio”. Navarro y Torres cuentan cómo la concentración de poder económico ha dado a la banca internacional la posibilidad de controlar los mecanismos económicos en beneficio propio, convirtiéndola en un casino especulativo dotado de sofisticados instrumentos financieros con los que practican un auténtico terrorismo de cuello duro que doblega a los gobiernos y a las democracias cuando los políticos, olvidando sus responsabilidades, dejan desprotegida a la población frente a los especuladores que se adueñan de los mercados. El resultado de abandonarnos en manos de la oligarquía financiera es el alto endeudamiento, un empleo bajo mínimos y un debilitamiento del Estado del bienestar y de la calidad de vida, el aumento de la pobreza y la desigualdad, y un mundo en donde disminuye la representatividad de las instituciones democráticas y la voz de la ciudadanía pierde fuerza. 

Tras leer el libro, uno se da cuenta de que todo está a la vista: la conocida Troika – el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio-, junto con las agencias de rating, están actuando como verdaderos ladrones de la democracia para arrimar el ascua a la sardina de quienes, como David Rockefeller, piensan que «cualquier cosa debe reemplazar a los gobiernos y el poder privado me parece la entidad adecuada para hacerlo, porque la soberanía internacional de una élite intelectual y de banqueros es preferible al principio de autogobierno de los pueblos». 

Más claro, agua.

Y el muro cayó sobre nosotros


Cada vez resulta más claro que el pánico financiero y la austeridad que impone Alemania le reportan grandes beneficios y favorecen la apuesta de los grandes especuladores contra las deudas soberanas de los países del sur de Europa. El castigo implacable a que nos somete el Gobierno de España con un paquete de medidas económicas que ha dejado a buena parte de la ciudadanía sumida en la incertidumbre cuando no en la miseria, viene acompañado de un paralelo enriquecimiento del pueblo alemán que, día a día, ve cómo su Gobierno aplica regalos fiscales, subvenciones y ayudas públicas a sus compatriotas, que son el fruto de un ahorro cada vez mayor en la factura de su deuda soberana. Y es que mientras que Rajoy, convertido en el «Eduardo Manostijeras» de la señora Merkel, recorta 65.000 millones, Alemania ahorra 60.000 en intereses de su propia deuda.

La caída del muro de Berlín se contempla hoy como uno de los momentos triunfales de la posguerra porque, además de significar la incruenta rebelión que inició el hundimiento del comunismo, permitió cicatrizar heridas que llevaban abiertas más de medio siglo en el corazón de Europa. A la caída le siguió uno de los procesos más transcendentales de nuestro siglo: la unificación alemana, 45 años después del colapso del III Reich. Esos acontecimientos, que sacudieron al mundo entre 1989 y 1990 se habían sucedido a una velocidad vertiginosa. Gran Bretaña y Francia, que habían sufrido el expansionismo imperialista alemán que condujo las dos guerras mundiales, se mostraron muy cautas. Margaret Thatcher, la primera ministra británica, se limitó a hacer declaraciones públicas de preocupación mientras que el presidente francés, François Mitterrand, que había sentenciado “amo tanto a Alemania que prefiero ver dos en lugar de una”, aprovechó la ocasión para acelerar la reunificación europea, un proceso que estaba siendo frenado por británicos y alemanes. 

La única alternativa para los gobiernos democráticos europeos era asegurarse de que la Alemania reunificada no se convirtiera en un país aislado enfrentado a todos los demás. Alemania tenía que ser europeizada. Para vencer las reticencias británicas, el viejo zorro galo hizo un doble juego muy sutil, azuzando los miedos de Thatcher y advirtiéndole que la Alemania unificada se expandiría y llegaría a tener el poderío con que soñó Hitler, cuando en realidad su objetivo último era empujar al vecino teutón hacia el proyecto de la unidad política y monetaria europea.

Mitterrand pensaba que una manera de favorecer la unificación europea era reemplazar la moneda alemana, el marco, por una nueva moneda europea, el euro. Francia, dijo Mitterrand, no aceptaría una reunificación alemana si no iba acompañada de una integración europea, lo que para él implicaba la unidad monetaria. Por tanto, condicionó el apoyo francés a la unificación a que el Gobierno del canciller Helmut Kohl facilitara el camino para la creación de una moneda única europea. Así es cómo se planeó integrar la Alemania unificada del post-nazismo en la Europa democrática. Así nació el euro.

Los alemanes pusieron dos condiciones para aceptar la sustitución del marco por el euro. La primera fue establecer una autoridad financiera, el Banco Central Europeo (BCE), para que gestionara el euro con el único objetivo de mantener la inflación baja. El BCE debía estar bajo el control del Banco Central alemán, el Bundesbank. Los alemanes tenían una auténtica obsesión con el control de los precios desde el periodo de hiperinflación en la República de Weimar (1921-1923), cuya crisis condujo al advenimiento del nazismo una década después. La otra condición fue establecer el Pacto de Estabilidad que impone la disciplina financiera a los Estados miembros de la eurozona. Sus déficits públicos tendrían que mantenerse por debajo del 3% de su PIB, incluso en momentos de recesión. Aquellos polvos trajeron los actuales lodos de la austeridad imperante.

Demos ahora un salto y situémonos en marzo de 2005, cuando el canciller alemán Gerhard Schröder propuso la Agenda 2010, una serie de medidas que, además de dinamitar el Estado de Bienestar, estaban diseñadas para estimular el crecimiento económico alemán haciendo del sector exportador el principal motor de la economía. Su objetivo era disminuir la demanda doméstica (disminuyendo los salarios y reduciendo los derechos sociales y laborales) y promover las exportaciones. Como consecuencia de que la actividad económica se centró en el aumento de las exportaciones, los bancos alemanes acumularon una enorme cantidad de euros. Ahogados literalmente por el flujo de dinero, optaron por exportarlo invirtiendo su excedente monetario en la periferia de la eurozona. Esa inversión fue la causa de la burbuja inmobiliaria en España. Sin el dinero alemán, los bancos españoles no podrían haber financiado la colosal especulación que infló la burbuja inmobiliaria a partir de la Ley del Suelo aprobada por el Gobierno Aznar.

Llegado diciembre, nuestro sector bancario lleva absorbidos más de 125.000 millones de euros en ayudas públicas -un 5% del PIB español- que pesan sobre nuestra deuda como una losa. La retórica oficial afirma que las autoridades financieras de la eurozona han puesto a disposición de España ese dinero para ayudar a sus bancos. La realidad, sin embargo, es bien distinta. Los bancos españoles le deben mucho dinero a los bancos extranjeros, incluidos los bancos alemanes, que han prestado casi 200.000 millones de euros a nuestra banca y que exigen recuperar su dinero. Si las autoridades europeas hubieran querido ayudar a España y no garantizar el cobro a los bancos alemanes, deberían haber prestado ese dinero a las agencias de crédito públicas españolas (como el ICO), a fin de resolver el enorme problema de la falta de crédito en España. Esta alternativa, por supuesto, nunca fue puesta sobre la mesa.

Ahora bien, si nuestra condena viene de Alemania, es más que posible que la salvación venga de los propios alemanes. Las políticas de austeridad impuestas por Merkel están creando un serio problema a las exportaciones alemanas, buena parte de las cuales van a los países del sur de Europa. Cuando escribo este artículo todas las previsiones económicas alemanas se están revisando a la baja. El paro crece, la demanda industrial se resiente y las exportaciones renquean desde hace meses porque la debilitada demanda en la eurozona no ha sido suficientemente reemplazada por la de economías emergentes como China. La perspectiva de una recesión en Alemania inquieta a algunos economistas y nos da alas a los que estamos persuadidos desde hace tiempo de que la amenaza de una recesión industrial obligará a Merkel a impulsar nuevas medidas de crecimiento para toda la eurozona.

Al sector industrial alemán ha comenzado a preocuparle que las políticas de austeridad promovidas por sus compatriotas financieros hayan ido demasiado lejos. De ahí arranca su desacuerdo con las políticas del Bundesbank. Las tensiones alemanas que surgieron en septiembre de 2012 sobre la decisión del BCE de comprar o no deuda pública de España e Italia reflejaron el conflicto entre la burguesía industrial, que quería que Draghi decidiera a favor de la compra de la deuda pública, y la oligarquía financiera, que se oponía. Por primera vez, el BCE hacía algo que no estaba aprobado por el Bundesbank, del que hasta entonces había sido una simple marioneta. Pero el riesgo de que toda la eurozona entrara en recesión hizo que las voces de alarma se dispararan y forzaran al BCE a comprar deuda soberana. 

Como resultado del conflicto dentro del establishment alemán, la mano que mece la cuna del gobierno Merkel, vendrán los vientos que nos ayudarán a salir de la crisis. Mientras tanto, recordemos a Thomas Mann que ya había alertado de que en lugar de una europeización de Alemania, la caída del muro traería una alemanización económica de Europa. 

domingo, 2 de diciembre de 2012

El fin del mundo y la trola neomaya


No lea todavía esta entrada. Déjela para el día 22. Podrá comprobar que una legión de pirados, agoreros defensores del cumplimiento de la profecía maya según la cual pasaríamos a mejor vida el 21 de diciembre, ha hecho el ridículo. Superado el “efecto 2000”, sectas neomayas de todo tipo habían ganado protagonismo en lo que llevamos de década con la disparatada idea de que un meteorito iba a impactar contra la Tierra llevándose por delante todo bicho viviente. Otros, de mentes más sofisticadas aunque no menos insensatas, apostaban por la inversión de los polos geomagnéticos o por una emisión energética en la corona solar tan poderosa que afectaría a todo el planeta. Otros pirados, a los que podíamos llamar místicos, desvariaban con el advenimiento de un Anticristo incitador de una guerra nuclear. 

Para hacer caja, la trola neomaya, que no maya, se convirtió en una fenomenal bola que dio pie a innumerables películas, series televisivas, documentales, artículos y libros, entre los destacó un sensacional camelo, El cataclismo mundial del 2012, un libro de Patrick Geryl, uno de los avispados que se forraron a costa del desequilibrio mental de miles de incautos lectores, y la película 2012. Orates de todo el mundo se unieron al despropósito. En España adquirió alguna notoriedad el Grupo de Supervivencia de España 2012 (GSE 2012), un ramillete de visionarios que trabajaban en la construcción de una comunidad refugio para “sobrevivir a los posible efectos de tormentas solares, terremotos, tsunamis y ataque nucleares" según se contaba en el libro 2012, las profecías del fin del mundo, de Laura Castellanos, aventajada émula de Geryl, aunque limitada al modesto mercado en lengua hispana.

El gurú del GSE 2012, un tal Jonathan Bosque, declaraba a la prensa en 2010 que “di casualmente con la fecha del 2012 por Internet, empecé a investigar y me puse en contacto con Patrick Geryl. Trabajé con un grupo de supervivencia que está preparando su búnker en Sierra Nevada y yo me monté mi propio grupo”, relataba. “Somos ya 165 personas, 50 de las cuales formamos parte del proyecto del búnker, que dispone de 50 plazas. Queríamos construir uno para 400 personas, pero el tiempo apremia y decidimos hacer un primer refugio, que estará listo en seis meses. Alrededor del búnker construiremos una ecoaldea para orientar el proyecto hacia el medioambiente, de esta manera la gente no pensará que somos unos frikis que se preparan para el fin del mundo”, explicaba prejuzgando la malintencionada intención del siempre incrédulo personal.

Menos mal que antropólogos e historiadores, alertados de estos y otros dislates, habían insistido en que hace 5.000 años los mayas, de acuerdo a su concepción cíclica del tiempo, anunciaron que terminaba un ciclo, sí, pero para que comenzara otro nuevo, porque la cosmovisión maya de la vida es un círculo, de modo que el pasado está delante y el futuro ya sucedió. Según el calendario maya, el 21 de diciembre de 2012 la cuenta larga se pondría a cero y comenzaría un nuevo ciclo de trece baktunes (5.125 años), que comenzó el 11 de agosto del año 3.114 a.C. Después del decimotercer baktún (el que termina este año) seguirá el decimocuarto y así sucesivamente, hasta el vigésimo. Entonces se completará un piktún (otra unidad de medida) e iniciará otra serie de veinte baktunes.

Las teorías apocalípticas ligadas a ciclos de destrucción-construcción no paran de sucederse desde tiempos inmemorables, aunque quizá sea en Mesoamérica donde adquiere mayor relieve el mito de la catástrofe planetaria. Según las tradiciones aztecas, el prolongado enfrentamiento entre las deidades asociadas con cada uno de los cuatro cuartos del universo conlleva una serie de cataclismos. La primera era concluyó cuando los jaguares devoraron el mundo, la segunda con un terrible huracán, la tercera con un incendio y la cuarta con un diluvio. En la actualidad nos encontramos en el quinto mundo, que será devastado por terremotos. 

En las tradiciones de Oriente Medio la catástrofe universal se considera un castigo que infligen los dioses por la estupidez o la maldad de la humanidad. El relato bíblico del arca de Noé es una versión muy conocida de esta idea: Noé y su mujer, junto con los animales que salvan, son los únicos supervivientes del gran diluvio que provoca Dios en castigo por los pecados del mundo. La historia deriva de un relato asirio-babilónico sobre un desastre cósmico en el que Utnapishtim ocupa el papel de Noé y tras superar el desastre se hace inmortal. El relato babilónico parece vinculado a la posición de Babilonia entre dos poderosos ríos, el Tigris y el Éufrates, ambos sometidos a inundaciones catastróficas que anegaban la región. En la mitología griega, Zeus envía una gran inundación para castigar a la humanidad por las fechorías del titán Prometeo, cuyo hijo Deucalión construyó un arca y sobrevivió junto a su mujer, Pirra, para restablecer la paz entre los hombres.

En la mitología india hay una versión del arca. Manu, el primer hombre, se gana la gratitud de un pez pequeño al que salva de que lo devoren otros peces mayores. Cuando el animal alcanza un tamaño gigantesco, previene a Manu del advenimiento de una catástrofe cósmica y le da instrucciones para construir un barco y llenarlo con “la semilla de todas las cosas”. Por último, el colosal pez –trasunto también de la ballena que se tragó a Jonás- remolca la embarcación, que no sufre ningún daño.

En los relatos sobre el diluvio el mundo que resurge es mejor que el anterior. En la cultura andina, por ejemplo, el dios Sol, tras provocar una inundación que devasta la tierra, envía a su hijo Manco Cápac y a su hija, Mama Ocllo, a enseñar las artes de la civilización a los supervivientes. La versión sobre el mismo tema que cuentan los yao, del sur de China, se centra en un hombre que atrapa al dios Trueno, responsable de una inundación de la tierra. El prisionero escapa con la ayuda de los hijos de aquel hombre, un varón y una hembra, a quienes recompensa con un diente que al crecer se convierte en una enorme calabaza. Cuando el dios Trueno recobra la libertad, se produce de nuevo una inundación que anega por completo la tierra. 

Los chewong de las selvas tropicales malayas, que como otros pueblos del sureste asiático suscriben la idea de un universo de múltiples niveles, creen que cada cierto tiempo su propio mundo, que ellos denominan la Tierra Siete, se vuelve del revés, de modo que todo lo que habita sobre él queda destruido o se ahoga, pero gracias a la mediación del dios creador Tohan, la nueva superficie llana de lo que anteriormente constituía la cara inferior de la Tierra Siete se transforma en montañas, valles y llanuras. Se plantan árboles y cobran vida otros seres humanos, nuevos y regenerados.

En el norte de Australia existe un mito aborigen en el que se describe el diluvio, que sobreviene a consecuencia del error de dos jóvenes hermanas que, en una metáfora del prohibido incesto, mantienen relaciones sexuales con dos hombres pertenecientes al mismo clan que ellas. Yulunggul, un ser mitad serpiente y mitad hombre, se traga a las dos muchachas y provoca un diluvio que cubre la tierra. Cuando desciende el nivel de las aguas, vomita a las hermanas y a los dos hijos nacidos de su unión ilícita. El sitio en el que se detiene se convierte en la zona de iniciación masculina, en la que los varones jóvenes aprenden a distinguir entre las mujeres con las que pueden aparearse y las que les están vedadas.

Pero bueno. Para qué les molesto si están vivos: ¡Enhorabuena y felices fiestas!

Primero Shylock, luego el jubilado


Este hombre, que una vez fue niño, sólo sabe hacer dos cosas: las que le mandan y las que prometió que nunca haría. La misma semana en la que, con la que está cayendo, el ministro de Hacienda tuvo el cuajo de anunciar que el Gobierno blindaría a los mercados para evitar que las autonomías les impongan impuestos especiales como hizo Ibarra en Extremadura, Rajoy traspasó la última línea roja que le quedaba: los pensionistas perderán poder adquisitivo. El PP está comprobando ahora que con el apoyo que otorgó a la reforma constitucional en 2011 estaba escupiendo hacia el cielo.
¿No les parece sorprendente que cada quince días los responsables del Tesoro saquen pecho diciendo que han “colocado” en el mercado varios miles de millones de euros de deuda pública? ¿No les extraña que los mismos mercados que desconfían de nuestra solvencia acudan luego a adquirir un puñado de títulos cuyo cobro depende de un futuro que ellos mismos profetizan que será catastrófico? De verdad, ¿no les parece raro? La explicación es sencilla: se trata de comprar duros a peseta. Desde diciembre de 2011, el Banco Central Europeo (BCE), que es un banco público, ha prestado más de un billón de nuestros euros a la banca privada, la mitad de los cuales ha ido a bancos españoles e italianos. Aplicándoles intereses multiplicados por seis, lo que cogen del BCE a un interés inferior al uno por ciento, los bancos lo prestan a los estados que ellos mismos han endeudado.
Ahora bien, atiborrarse de deuda pública resulta arriesgado si el acreedor decide no asumir sus compromisos. Los banqueros deben garantizarse el cobro de la deuda pública y lo han conseguido sobradamente. Además, como son también acreedores de enormes deudas privadas, han logrado que sea un negocio redondo transmutando las deudas de empresas y particulares en deuda pública. A conseguir ambas cosas se pusieron con ahínco en cuanto estalló la burbuja financiera. Veamos primero cómo la banca se aseguró el cobro de la deuda pública.
Para hacerlo, amenazaron con estrangular económicamente al país para que PP y PSOE reformaran la Constitución para que incluyera una cláusula leonina: [...] Los créditos para satisfacer los intereses y el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de prioridad absoluta. Estos créditos no podrán ser objeto de enmienda o modificación, [...].
Priorizar absolutamente el pago trajo consigo renunciar a la doctrina de la “inmunidad soberana”, según la cual ningún acreedor puede forzar a un Estado a pagar su deuda pública.  Mediante aquel cambio constitucional España renunció a ese derecho y se autoimpuso la pena de satisfacerla cueste lo que cueste, caiga quien caiga. La reforma constitucional nos apretó aún más las tuercas cuando transformó la deuda pública en lo que en jerga financiera se denomina “deuda sénior”, lo que significa que su devolución es prioritaria sobre cualquier otra obligación del Estado, o lo que es lo mismo, que deberemos atender a la satisfacción de la deuda antes que al pago de prestaciones de desempleo, devoluciones de IRPF, pago de sueldos a funcionarios, mantenimiento de la cobertura sanitaria y todos los etcéteras que usted quiera añadir... incluyendo la actualización de las pensiones.
Para culminar la faena con una vuelta al ruedo, la meritada prestidigitación constitucional no sólo nos obliga con prioridad máxima, sino que establece que los “créditos no podrán ser objeto de enmienda o modificación”, lo que quiere decir que no tendremos ni la posibilidad, en caso de necesidad extrema, de poder renegociar ni una quita ni de hacer una reestructuración por pequeña que sea. El atraco perfecto. Consuelo: las constituciones se cambian. Tarde o temprano el estallido social llegará, porque la ciudadanía es cada vez más consciente de que quienes deberían gobernar para ellos reman a favor del viento de una crisis que no cesa de aumentar la injusticia social.
Si el cobro de la deuda pública está garantizado, imagínese ahora que usted posee un buen puñado de deuda privada de dudoso cobro. ¿Cómo deshacerse del muerto? ¡Acertó! Lo mejor es convertirla en deuda soberana. Pues eso es lo que está pasando: la troika comunitaria -Comisión Europea, BCE y FMI, los dos primeros bajo la batuta de Merkel y el último guiado por la bronceada mano de la francesa Lagarde- lleva tiempo en la faena. Los grandes tenedores de deuda española son bancos alemanes y franceses. ¿Va entendiendo? Ambas señoras, bailando al son de sus respectivas bancas, pretenden reducir al mínimo los gastos del Estado con recortes de todo tipo para que nunca nos falte lo que desde agosto de 2011 es constitucionalmente prioritario: que los modernos Shylocks cobren sus deudas, aunque tengamos que pagarlas destrozando el presente e hipotecando el futuro.
Cuando estalló la burbuja inmobiliaria la deuda pública de España era moderada. Sin déficit y con el 40% del PIB de deuda pública, cuando los criterios de Maastricht permitían tener hasta el 60% y la media de la UE era del 80%: ¡Estábamos perfectos, mejor que Alemania, con su 83%! Pero entonces, presionados por los banqueros, el Estado empezó a cargar con la deuda de los bancos: comenzó a gastar muchísimo dinero para avalar, capitalizar y salvar a los mismos bancos que, con sus movimientos especulativos y desregulados, habían causado el problema. Desde ese momento, la deuda pública se disparó hasta la insostenibilidad.
A partir de 2008, gobiernos y bancos iniciaron la mágica e imparable transmutación de deuda privada en pública mediante trucos financieros tan sutiles y difíciles de entender para el común de los mortales como la compra de activos tóxicos, avales, garantías, ayudas públicas, bancos malos y otras indescifrables trapisondas que han llevado nuestra deuda hasta el actual 76%, porcentaje que, a pesar de todo, sigue siendo ligeramente más bajo que el de nuestros socios. En total, en lo que va de reestructuración, y a la espera de la ejecución del último macropréstamo europeo de 37.000 millones, nuestro sector bancario lleva absorbidos más de 125.000 millones en ayudas públicas que pesan sobre nuestra deuda como una losa.

Hasta el comienzo de la crisis la situación no era preocupante porque podíamos presumir de balance: en 2007 nuestro superávit (1,9% del PIB) sextuplicaba al alemán (0,3%). Teníamos ingresos suficientes para satisfacer nuestros compromisos financieros. Pero la crisis lo trastocó todo. En 2008, cuando los bancos alemanes y franceses, al enterarse de que sus activos estaban podridos de basura hipotecaria procedente de sus colegas estadounidenses, dejaron de prestar dinero a España como resultado de su propio pánico, la burbuja inmobiliaria se derrumbó y creó un agujero en la economía española equivalente al 10% del PIB en tan solo unos meses. Fue un auténtico desastre. De repente, como consecuencia de la caída de los ingresos estatales, autonómicos y locales, se pasó del modesto superávit al déficit enorme.
Con la presión que ejerce sobre los gobiernos, la banca privada, que es en realidad el sector más endeudado, está consiguiendo convertir sus deudas privadas en nuestras deudas públicas. Es una terrible y triste paradoja que los mismos actores que causaron la crisis sean los que ahora exijan que sea la población quien pague la fiesta de los años del crédito fácil con el que llenaron sus bolsillos. Nada nuevo bajo el Sol: privatizar ganancias y socializar pérdidas.
Pero así son las cosas. Peter Bofinger, asesor económico del gobierno alemán, lo expresó muy claramente: “La ayuda no es para los países en problemas, sino para nuestros propios bancos que poseen una gran cantidad de deuda privada en esos países”. Lo podría haber dicho aún más claro: “Antes cobrará el prestamista germano que el pensionista hispano”.