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jueves, 31 de diciembre de 2009

Chita, Tarzán y el primus interpares



Pese a las grandes diferencias externas y culturales que podamos observar entre un aborigen australiano y un noruego, por citar un solo ejemplo, la concordancia de sus características físicas y genéticas es tan acusada que se les clasifica como una sola especie en el sentido de una división taxonómica de los organismos. Con arrogancia, los hombres nos hemos otorgado el nombre científico de Homo sapiens, «hombre sabio», sin tener en cuenta que con ello nos hemos obligado también a la sabiduría, algo que, si miramos lo que hacemos a nuestro alrededor, a la descuidada forma con que degradamos tierras, mares y espacio, estamos muy lejos de alcanzar.


Cien años antes de que Charles Darwin publicara El origen de las especies, y casi doscientos antes de que Watson y Crick descifraran la estructura interna del ADN abriendo así camino a la clasificación molecular filogenética, un brillante naturalista sueco, Linneo, revolucionó el mundo científico al publicar en 1758 su Systema Naturae. Además de adscribir al género humano en la especie Homo sapiens, en esa obra fundacional de la Taxonomía moderna Linneo reconoció una segunda especie dentro del género Homo, Homo troglodytes, para designar a los chimpancés. Además, sin haberla visto, y anticipándose a las ideas evolucionistas de Wallace, Darwin y Lamarck, aventuró que debía existir una tercera especie, el hombre con cola (Homo caudatus), sobre la que no podía determinar «si pertenece al género humano o al de los simios». ¿Por qué hizo eso Linneo? ¿Por qué un científico convencido de que el hombre era el Rey de la Creación incluyó a su “hombre sabio” junto a tan simiesca compañía?

La Taxonomía o ciencia de la clasificación de los organismos es una herramienta fundamental para los estudios biológicos dado que, sin contar los fósiles, se estima en al menos cinco millones el número de seres vivos distintos que conviven actualmente en la biosfera, una buena parte de los cuales están todavía por descubrir. Hasta finales del siglo pasado, las clasificaciones de los seres vivos estaban basadas en observaciones poco sofisticadas tales como el aspecto externo, la estructura anatómica y el funcionamiento fisiológico. En un tiempo tan lejano como el siglo segundo, el médico griego Galeno había concluido acertadamente cuál era la posición taxonómica que los seres humanos ocupamos en la naturaleza. Al diseccionar varios animales y comparar sus anatomías encontró que el mono era «muy semejante al hombre en vísceras, músculos, arterias, venas, nervios, y en la forma de los huesos.»

Desde entonces, y para quien, como Linneo, haya querido verlo, ha estado bien claro en qué lugar del reino animal encajamos. Puesto que poseemos columna vertebral, somos compañeros taxonómicos de otras casi cuarenta mil especies de vertebrados actuales, compartiendo categoría con gorriones y ballenas, por poner dos ejemplos extremos de animales con espina dorsal. Dentro de los vertebrados, nadie dudará de que seamos mamíferos, un grupo de cuatro mil animales que se distingue por tener pelo y glándulas mamarias, entre otras características. Sin ser experto en Zoología, y sin otro bagaje que haber visto las películas de Tarzán, también es fácil ubicarnos entre los primates, un grupo taxonómico de algo menos de dos centenares de especies que incluye, además de a lémures, loris y tarseros, a los monos en general y a los simios antropoides en particular, dentro de los cuales los seres humanos constituimos un familia: los homínidos. Poseemos en común con otros primates un conjunto de características que no poseen otros mamíferos entre las que se cuentan: pies y manos pentadáctilos y plantígrados, con pulgar oponible por lo menos en las últimas que resultan así susceptibles de usar herramientas; uñas planas en lugar de garras; visión binocular que distingue perfectamente los colores; articulaciones en codos y hombros bien desarrolladas; hemisferios cerebrales notables; y un pene que cuelga libre en lugar de estar adherido al abdomen.

Y puestos a ser primates, está claro que somos más parecidos a los grandes simios o monos antropoides (gibones, orangutanes, gorilas y chimpancés) que a los monos de tamaño inferior como platirrinos, catirrinos y cinomorfos. Dentro de los grandes simios nos diferenciamos más de los gibones de cuerpo pequeño y brazos desmesurados que del resto, a los que nos parecemos especialmente, pero de los que diferimos en el mayor tamaño de nuestro cerebro, la postura bípeda y erecta, el menor vello corporal y otros aspectos más sutiles.

A partir del último tercio del pasado siglo la Taxonomía se ha ido apoyando cada vez más en los análisis del ADN primero y del genoma después. Hoy día, el parentesco ya no se establece por las coincidencias en la estructura física o en las funciones orgánicas, sino por el material genético de las distintas especies. Los resultados de la moderna Taxonomía genética vienen a apoyar lo que ya sabíamos: que cuanto más se parecen morfológicamente y anatómicamente dos seres vivos, mayor es su grado de parentesco y más semejante su genoma, y viceversa.

Además del ser humano, la taxonomía zoológica reconoce seis especies de homínidos vivos: dos de chimpancés (Pan troglodytes y P. paniscus, esta última especie también conocida como bonobo), dos de gorilas (Gorilla gorilla y G. beringei), y dos de orangutanes (Pongo pygmaeus y P. abelii). Orangutanes, chimpancés y humanos comparten un ancestro común que vivió hace entre 12 y 16 millones de años. Los chimpancés y los humanos descienden de una especie ancestral común que vivió hace unos 6 millones de años.


Johnny Weissmuller, el primer Tarzán cinematográfico

Aunque el estudio de las duplicaciones segmentales (fragmentos de ADN repetidos a lo largo del genoma) comienzan a arrojar nueva luz sobre el asunto (véase el número del pasado mes de febrero de la revista Nature: 877-881), los datos comparativos de ADN son por el momento concluyentes al confirmar lo que había vislumbrado Galeno y postulado la clasificación linneana: la similitud genética entre humanos y chimpancés es mayor que la que existe entre caballo y asno o entre marsopa y delfín. Charles Sibley y John Ahlquist, dos ornitólogos pioneros en Taxonomía molecular, encontraron que la diferencia genética (2,6%) entre dos especies de pájaros mosquiteros pertenecientes al mismo género es mayor que la existente entre las siete especies vivas de homínidos. Los grandes simios y los humanos guardan entre sí una relación de parentesco más cercana que la que liga a los grandes simios con los demás monos. Duplicaciones segmentales al margen, mientras que el genoma de los gorilas difiere en un 2,3% del genoma de los chimpancés y de los humanos, el nuestro sólo difiere en un 1,6% del de los chimpancés; el restante 98,4 de nuestros genes son puros genes de chimpancé. Si lo prefieren de otra forma: el pariente más cercano de Chita no era King-Kong, sino Tarzán.




Si abandonáramos nuestros prejuicios antropocéntricos deberíamos hacer lo que aventuró Linneo: incluir a chimpancés y bonobos no sólo en nuestra misma familia (algo que ya hacemos), sino incluso en nuestro mismo género: deberíamos llamarlos Homo troglodytes y Homo paniscus, respectivamente. Y es que la distinción tradicional que se establece entre los simios antropoides y la especie humana es una visión sociocultural y distorsionada de la realidad biológica. El ser humano no es la esencia del designio universal. Somos primates, o sea, monos. No es que descendamos del chimpancé, es que somos tan simios como los dos centenares de especies que componen el grupo taxonómico de los primates, nuestros parientes más cercanos, por más que gracias a nuestro arrogante cerebro consideremos a la estirpe humana como primus inter pares.


miércoles, 30 de diciembre de 2009

Nuestro padre Adán

La Paleoantropología, ciencia que se ocupa de los orígenes del hombre, comparte algo esencial con la Teología y con la Ufología: las tres tienen más estudiosos que materiales para estudiar. A pesar de que los fósiles de homínidos hallados en todo el mundo cabrían holgadamente en una furgoneta, la situación ha cambiado sustancialmente en los últimos años, porque además de que los huesos no están tan secos como pudiera parecer a simple vista y permiten extraer proteínas y ADN de sus deshidratadas estructuras, la arquitectura de un hueso, interpretada por los ojos expertos de un paleoantropólogo que se apoye en los modernos métodos de datación, sigue siendo un libro abierto repleto de una maravillosa información.



Portada del número de 2 de octubre de 2009 de la revista Science.

La revista Science ha dedicado el primer número de octubre a un exhaustivo estudio monográfico del más antiguo de los antepasados humanos, Ardipithecus ramidus, que se ha basado en los estudios multidisciplinares realizados por 11 equipos internacionales sobre 110 fósiles, el primero de los cuales fue encontrado en 1992 por el antropólogo norteamericano Tim White. Su datación, 4,4 millones de años (MA), se consideró como una antigüedad extraordinaria y aunque no se descartó que se pudieran encontrar homínidos de edad anterior, la posibilidad de hallarlos es un perturbador sueño para la mayoría de los antropólogos que trabajaban en África, el continente en el cual Darwin sugirió que había comenzado la evolución del hombre. El hallazgo de White hizo parecer un recién llegado al más popular de los fósiles de homínidos, una hembra de 3,2 MA de antigüedad a la que su descubridor en 1974, Donald Johanson, un paleontólogo al que le encantaban los Beatles y su canción Lucy in the sky with diamonds, bautizó como Lucy, sin olvidar asignarle su obligado nombre científico: Australopithecus afarensis.

Lucy fue el ser humano más antiguo durante un tiempo, hasta el hallazgo en 1995 de otro de sus congéneres, Australopithecus anamensis, que tiene una antigüedad de 4,2 MA y que ya era un ser bípedo. A partir de esos dos descubrimientos iniciales de simios que caminaban como usted y como yo, pero cuyo tamaño cerebral era un tercio del nuestro, sobrevino una verdadera cascada de descubrimientos de australopitecinos. Se ignoran las relaciones filogenéticas de estas criaturas, es decir, cuál es su parentesco ascendente y descendente, aunque todas las evidencias sugieren que se parecen más a los paleosimios como Ardipithecus, que a los más evolucionados y modernos neosimios a los que pertenece el género Homo.

Según el reloj molecular, hombres y chimpancés compartimos un antecesor común hace aproximadamente 6,7 MA. Probablemente aquella criatura era cuadrúpeda, aunque podría haberse movido preferentemente sobre sus cuartos traseros y apoyándose en los nudillos, como hacen los grandes simios y muchos monos actuales. A partir de ella surgieron dos linajes diferentes, el que ha conducido hasta los chimpancés y el que, gracias a los dos grandes puntos de inflexión en la evolución humana, la adquisición de la postura erguida y el mayor desarrollo cerebral, han conducido hasta el Homo sapiens.

Hay práctica unanimidad al considerar las características esenciales que hacen que un determinado fósil sea considerado como perteneciente al linaje humano: no es el cerebro, como nuestra vanidad de “hombres sabios” preferiría, ni siquiera el empleo hábil de las manos para manejar herramientas, lo que marca la diferencia entre humanos y monos. Es la bipedestación, el caminar erguido sobre las extremidades inferiores, el principal rasgo distintivo que los paleontólogos actuales buscan en los fósiles para incluir a un primate en la familia de los homínidos o para dejarlo fuera, en el grupo de los monos antropomorfos.

Los antropólogos rechazan la vieja idea del eslabón perdido al hablar de evolución humana, porque saben que no fue una sola especie la que concentró la transición entre un organismo arcaico (el mono) y uno moderno (el hombre), sino que a lo largo de MA fueron acumulándose y perdiéndose mutaciones en diferentes especies, cambios que desembocaron en los humanos actuales hace unos 0,2 MA. Por tanto, lo adecuado es hablar de antepasados comunes, y el último compartido por la línea del hombre y la del chimpancé viviría hace entre seis y siete MA. En ese antepasado común, en esa importante encrucijada de la historia evolutiva en la que un organismo se escindió, por un lado, hacia el Homo sapiens y, por otro, hacia homínidos diferentes ya extintos, las luces son todavía candilejas.

Aunque por la coincidencia de la datación de estos restos fósiles con las calculadas con datos moleculares parece fuera de toda duda razonable que la línea evolutiva del hombre y del mono se bifurcó hace por los menos unos siete MA, aún no está nada claro cuál fue el primer homínido auténtico. Es más, algunos paleontólogos dudan de que, por definición, pueda descubrirse algún día, ya que, de acuerdo con una opinión muy razonable, sería imposible distinguirlo del último antepasado común de homínidos y chimpancés, o del primer antepasado común de todos los chimpancés. Por el momento, los candidatos más cualificados para erigirse como los prehomínidos más antiguos son Orrorin tugenensis (6,2 MA) que, al ser desenterrado en diciembre de 2000, fue inmediatamente bautizado como "Millenium man", y Sahelanthropus tchadensis, apenas un cráneo deforme popularmente conocido como "Toumai", encontrado el verano de 2002 en El Chad por Michel Brunet, que, además de mostrar una mezcla de caracteres humanos y de primates, resultó tener una antigüedad que rozaba los siete MA.

El estudio publicado ahora en Science permite concluir que Ardipithecus ramidus era una “criatura mosaico” que no era ni chimpancé ni humana, a la que puede considerarse como el antecesor más inmediato de los verdaderos precursores del linaje humano, los australopitecinos, que se diversificaron durante los últimos cuatro MA en muchas especies distintas. Una de ellas continuó su camino en dirección al hombre. El crecimiento del cerebro humano comenzó probablemente hace dos MA, con el Homo habilis, considerado por ello el primer representante del nuevo género Homo. Desde entonces se fue desarrollando un cerebro cada vez más grande, lo que llevó a nuestros antecesores a ser capaces de utilizar herramientas y a desarrollar el lenguaje. Como hitos de ese camino dos mil veces milenario hay toda una pléyade de seres extintos, de ensayos fallidos de la evolución humana, que han recibido la categoría de especie dentro del género Homo: antecessor, erectus, ergaster, georgicus, heidelbergensis, neanderthalensis, rudolfensis y sapiens.

Hace unos cien mil años el H. sapiens comenzó a desarrollar cultura propia, primero en piedra y luego en metales, para llegar, después de pasar por el Siglo de la Luces, hace unos trescientos, a la ciencia moderna. Gracias a ello, el hombre pudo escudriñar el pasado para encontrar allí piedras y huesos que podían ser analizados y a partir de los cuales podían urdirse varias teorías que dieran respuesta a la gran pregunta: ¿Fue nuestro padre Adán?



Reconstrucción de Ardipithecus anamensis

La respuesta la tenía ya Darwin que sabía que existían más diferencias entre una cebra y un caballo, o entre una ballena y un delfín, que las que existen entre nosotros y las criaturas peludas que nos precedieron. En el último párrafo del Origen del hombre, escribe Darwin: «Debemos reconocer que el hombre, según me parece, con todas sus nobles cualidades [...], con su inteligencia semejante a la de Dios, [...], con todas esas exaltadas facultades- lleva en su hechura corpórea el sello indeleble de su ínfimo origen».

martes, 29 de diciembre de 2009

Hacia los confines del mundo

Estos días de fiesta son un buen momento para recuperar el sosiego que requiere la lectura. Para muchos aficionados a la literatura de ficción, que somos más bien devoradores de historias, la novela realista del XIX es el ámbito natural de las primeras lecturas, aquellas escritas por constructores de mundos de palabras que creían que el universo cabía en las páginas de un libro imaginado como una minuciosa acta de su época. Esas novelas que nos introducen en la interioridad hospitalaria de la literatura, para conseguir atraparnos en una compleja red argumental de situaciones y personajes ficticios que se desenvuelven en el escenario históricamente verosímil de la sociedad de su tiempo, y para mostrar que la gran literatura dice mucho más sobre el hombre y sobre la naturaleza que cualquier otra creación de la mente humana.



Vice-almirante Robert Fitz Roy (1805–1865), capitán del HMS Beagle.


Siempre he creído que si se escribieran más novelas como esas –que además reúnen todos los ingredientes para gustar a los jóvenes- los viejos lectores recuperarían esa pasión por la lectura que han ido perdiendo con los años y que se añora tanto. Yo la he recuperado con una novela –Hacia los confines del mundo- la única publicada por el fallecido escritor inglés Harry Thompson. Yo no me canso de leer ese libro, tan placentero de devorar de cabo a rabo como de abrirlo al azar y dedicarle unos minutos. El libro es una crónica del viaje Charles Darwin alrededor del mundo, pero también el retrato de una época, la primera mitad del siglo XIX, en la que los viejos dogmas se enfrentaron a una nueva concepción racional del mundo.

Los protagonistas de aquella época vivieron en un tiempo en el que, transformados en fragatas, goletas, bergantines y navíos, las maderas de los mejores bosques europeos surcaban mares ignotos gobernadas por tripulaciones a las que impulsaban los anhelos, las ansias y las ambiciones que siempre han guiado a los viajeros: oro, especias, religión, poder, conquista… y conocimiento. Desvanecida la mayoría de aquellos viajes en la difusa niebla del pasado, el viaje del bergantín inglés HMS Beagle -grabado a golpes de galernas, de tempestades, de maremotos, de picos de pinzón y de huesos de megaterio sobre el venteado amarillo de los llanos patagónicos, sobre el gélido verde de los brumosos bosques fueguinos y en los roquedos salpicados por la maresía de las islas volcánicas ecuatoriales- ocupa un lugar privilegiado en la historia de la humanidad.



El bergantín  Beagle en Tierra de Fuego, Cuadro de Conrad S. Martens.

Aquella prodigiosa travesía que duró cinco años cambió para siempre la personalidad y el pensamiento de Charles Darwin, que por entonces no era ese anciano de mirada adusta, pobladas cejas blancas y barba de patriarca bíblico que nos muestran los daguerrotipos de su célebre ancianidad, sino un petrimetre de frente despejada y largas patillas a la mode que tenía 22 años cuando embarcó en el Beagle como caballero de compañía de un aristocrático capitán escocés de 26 años, Robert FitzRoy, al que las estrictas normas de etiqueta de la Marina le impedían alternar con los oficiales y la marinería.

Darwin subió al buque como un joven burgués aficionado a la Historia Natural que estaba convencido de que existían tantas especies de animales y plantas como Dios había creado, pero también conocedor de las perturbadoras hipótesis transformistas de Lamarck y de su abuelo Erasmus, y como un muchacho sin demasiadas convicciones religiosas pero destinado por imperativo paterno a sentar plaza como párroco en alguna cómoda y rentable rectoría rural. Cuando después de un lustro de una dura travesía en la que estuvo siempre mareado -«odiaba cada ola, una por una», escribió en una carta- y que haría de él un enfermo crónico para el resto de sus días; después de haber atesorado miles de especímenes; después de haber tomado centenares de notas para el que sería uno de los mejores libros de viajes jamás escrito, Diario de viaje de un naturalista alrededor del mundo; después de todo ello, el experimentado Darwin era un científico agnóstico en cuyos cuadernos estaban esbozados, con los trazos gruesos y precisos de un apunte de Durero, los fundamentos de El origen de las especies por selección natural, un libro que habría de ser, junto a los Principia Mathematica de Newton y a la teoría de la relatividad de Einstein, una de las tres obras más influyentes y revolucionarias de la historia de la ciencia.

De los prolegómenos del encuentro entre Darwin y FitzRoy, del prodigioso viaje y de la relación que se estableció entre capitán, naturalista y tripulación, y de los años posteriores transcurridos en tierra hasta que les llegó la muerte, trata este libro magnífico que atrapa al lector desde las primeras líneas, que consigue que se entregue a la novela, queriendo avanzar y queriendo que no termine nunca, pidiendo tiempo para vivir cada palabra, para dejarse arrastrar sin respiro hasta el final. Los hilos que guían a Thompson son los diarios de viaje del capitán y de su célebre acompañante, dos viajeros curiosos por obligación, FitzRoy, y por devoción, Darwin, a los que les interesa todo, lo observan todo, lo anotan todo y lo describen todo. Esos diarios sirven a Thompson para crear un relato que tiene la fuerza narrativa de las grandes novelas históricas que buscan dar un retrato nítido y emotivo de un mundo vivido y narrado por sus personajes a los que el escritor hace hablar con palabras de nuestro tiempo, como si fueran nuestros contemporáneos, como si los viéramos vivir a nuestro lado.

Además de construir una novela bien documentada que es un fresco impresionante de la época victoriana y una crónica apasionante de la pugna entre dos intelectos excepcionales a quienes ciencia y religión convirtieron en adversarios irreconciliables, Thompson recrea las maravillas naturales que hicieron de la travesía del Beagle un viaje épico y único: las tormentas en el cabo de Hornos y en la boca del Maldonado; la belleza esteparia de la Patagonia al sur del Río Negro, con su árbol solitario y sagrado para los indios nómadas; los oscuros bosques australes salpicados de lumbres fueguinas; las incursiones a tierra de Darwin; el misterio de los arrecifes de coral; un baile colonial en Tasmania; el horror y la vergüenza de la esclavitud en las haciendas de Brasil; el exterminio concienzudo y premeditado de los indios por el general Rosas; el descubrimiento de huesos fósiles de grandes mamíferos, y las diversas especies de pinzones y tortugas de las Galápagos.




Charles Darwin en una fotografía tomada por J.M. Cameron en 1869.


Cuando la vela del navío imaginario que atraviesa los mares restalla ahora en la indolencia de un atardecer de invierno, se me ocurre que Hacia los confines del mundo es una novela sobre otra novela: una ficción recreada que narra el antes y el después de la teoría de la evolución, la trama novelesca más fantástica y al mismo tiempo más auténtica que nadie haya inventado nunca.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Universidad e innovación: recordando a Ned Ludd

Hace casi dos siglos, en 1815, un grupo de trabajadores textiles ingleses, capitaneados por un tal Ned Ludd, entraron por la fuerza en una fábrica para destruir los telares mecánicos que acababan de instalarse. El trágico episodio dio lugar a una corriente de pensamiento contraria al desarrollo tecnológico que, en homenaje a su primer héroe, se llamó ludismo. El ludismo adopta formas extrañas en nuestros días.



Se puede afirmar que desde la aparición de la universidad moderna en el siglo XIX, ésta ha desarrollado actividades de comercialización de tecnología innovadora. Sin embargo, en el todavía vigente debate acerca del denominado «proceso de Bolonia» algunos de sus detractores han argumentado una supuesta «neo-mercantilización» de las universidades que conduciría inevitablemente a subordinar los intereses sociales de las universidades a los privados de las empresas. Aunque mi experiencia como investigador y como gestor de la investigación me sitúa en las antípodas de ese discurso, en este artículo trataré de trazar un bosquejo histórico de las relaciones universidad-empresa que sirva para resumir la implicación directa de la universidad en la comercialización de sus resultados de investigación.


Fotograma de la película Tiempos Modernos

Las universidades surgen en el siglo XII en el seno de la Iglesia y con la misión fundamental de preservar y de transmitir conocimientos oralmente. Hasta el siglo XV la universidad experimenta una etapa de expansión promovida por los poderes eclesiásticos y públicos interesados en la formación de sus élites y porque su potencia socioeconómica la convertía en un foco de atracción para la región en que se insertaba. Debido a su extremado conservadurismo, ajeno a las necesidades de una sociedad cada vez más innovadora, durante los siglos XVI y XVII comenzó un prolongado declive universitario que favoreció la aparición de nuevas instituciones, las sociedades científicas y las academias, verdaderas protagonistas de la investigación científica durante casi dos siglos. Los grandes descubrimientos como el heliocentrismo (Copérnico), las órbitas de los planetas (Kepler), la gravitación universal (Newton), el telescopio (Galileo), la genética (Mendel) y la teoría de la evolución (Darwin), fueron realizados fuera de las universidades, en academias, gabinetes reales, laboratorios privados, sociedades científicas, seminarios, etc.

La incapacidad de estas instituciones para abordar la especialización de la ciencia provocó el resurgir de la universidad en el siglo XIX, cuando Humboldt fundó la Universidad de Berlín (1810), que combinaba la función docente tradicional con la investigación y que sirvió de modelo para hacer evolucionar a las universidades medievales y crear nuevas universidades en toda Europa. Desde entonces, la misión fundamental de la universidad fue desarrollar el conocimiento científico puro y transmitirlo mediante la formación, la publicación científica y, en menor grado, la divulgación. El problema de las relaciones entre investigación e industria surgió con el desarrollo paralelo de la Revolución Industrial. Se estableció entonces la tricotomía investigación básica, investigación aplicada y desarrollo; otros agentes se involucraron en las actividades investigadoras y la universidad se centró en mayor medida en la investigación básica, menos en la aplicada y muy poco en el desarrollo.

Durante la primera mitad del siglo XX la universidad europea continuó con el modelo clásico alemán, fuertemente financiado por el Estado, que, además de un apoyo a la economía nacional, consideraba a la universidad un instrumento de refuerzo de la identidad nacional y cultural. Aunque las universidades alemanas de ciencias naturales y sociales habían estado orientadas tradicionalmente hacia la docencia y la investigación básica, desde el inicio de la Revolución Industrial comenzaron a crearse universidades técnicas que realizaban investigación orientada hacia la empresa para impulsar las invenciones y las aplicaciones técnicas de descubrimientos científicos. Tales universidades –embrión de las universidades politécnicas que nacieron en España casi un siglo después- contaban con una mayor proporción de financiación pública, pero su capacidad de innovación en química, farmacia y en ingeniería mecánica fue desde sus inicios un atractivo suficiente como para conseguir incrementar el volumen de financiación empresarial.

El modelo “politécnico” se extendió con adaptaciones genuinas como las de Francia, Reino Unido y Estados Unidos. En Francia, tras la Revolución Burguesa, aparecen las grandes écoles, distinguidas de las universidades tradicionales por un mayor énfasis en la investigación aplicada, especialmente en campos como la ingeniería, la arquitectura y la agricultura. En Gran Bretaña surgen las civic universities que, a diferencia de las universidades de Oxford y Cambridge, se orientaron más a satisfacer las necesidades tecnológicas y científicas del país. Su misión no solo abarcaba la educación clásica, sino también la educación profesional y la investigación e incorporaron materias de carácter utilitarista como ingeniería, arquitectura y agricultura.

La universidad estadounidense creció a partir de una masa considerable de estudiantes norteamericanos que habían estudiado en universidades europeas. Desde que Abraham Lincoln creara las primeras universidades agronómicas, las universidades públicas estadounidenses han tenido una implicación histórica en la investigación agrícola y, desde el principio del siglo XX, en la industrial, ya entonces parcialmente financiada por las empresas, que alcanzó importantes logros en áreas como las ingenierías eléctrica, química y aeronáutica. Precisamente a raíz de la obtención de una serie de patentes de tecnología electrostática en 1907, el profesor de la Universidad de California Frederick Cottrell fue el impulsor de la creación en 1912 de la primera oficina de transferencia de resultados de investigación –la Research Corporation- una institución sin ánimo de lucro que nació con el objeto de explotar comercialmente las patentes universitarias estadounidenses.

Por tanto, no puede afirmarse que la colaboración entre la universidad y la empresa sea un fenómeno nuevo y que la investigación que se realizaba en las universidades careciera de objetivos prácticos. De hecho, muchas de las cuestiones y problemas que esta colaboración planteaba en esa época siguen aún vigentes como describen Mowery y Sampat en su estudio acerca de la evolución de las patentes universitarias publicado en una revista clásica en el campo de las relaciones universidad-empresa: Industrial and Corporate Change (10; 2001). Aunque ya entonces se alzaban voces de corte “neoludista” denunciando conspiraciones del capital privado para controlar la universidad, este tipo de colaboración era una consecuencia espontánea de la especialización de los países líderes en tecnología en ciertos sectores innovadores de alto valor añadido y de la presencia de grandes empresas que podían beneficiarse de los resultados científicos.

En resumen, aunque durante la primera mitad del siglo XX, las universidades no tenían un papel definido en la innovación, sino que la colaboración con las empresas surgía espontáneamente en los países líderes en tecnología y apenas se daba en otros países, en los últimos 35 años ha surgido un nuevo modelo de universidad emprendedora que si bien mantiene características del modelo anterior, como la libertad académica y el compromiso en la búsqueda del conocimiento, presenta algunas diferencias entre las que destacan su mejor preparación para llevar a cabo una investigación aplicable a la solución de todo tipo de problemas, una enseñanza comprometida con la inserción laboral de sus egresados, y una posición más abierta a considerar ciertas actividades formativas que la sociedad demanda de la universidad.

Hoy, el antiguo y el nuevo modelo coexisten incluso dentro de una misma universidad (la de Alcalá es un ejemplo de lo que digo), con sus respectivos defensores y detractores, lo que suele originar algunos conflictos porque algunos continúan viendo a los dos modelos como mutuamente excluyentes. Poco a poco, sin embargo, se está consiguiendo que coexistan de forma armónica, porque uno de los grandes desafíos de las universidades competitivas será equilibrar de forma dinámica las misiones que actualmente tienen encomendadas: enseñanza, I+D+i, y desarrollo económico y sociocultural.


Fotograma final de la película Tiempos Modernos