domingo, 26 de junio de 2011

Con los huesos a otra parte


El descubrimiento fortuito durante las obras de rehabilitación de la alcalaína capilla universitaria de San Ildefonso de una caja de plomo que contenía los venerables huesos del Divino Vallés, además de poner en evidencia que las eminencias médicas también mueren, ha rescatado de mi memoria episodios similares que afectaron a otros dos personajes renacentistas: Galileo y Descartes. Como en el caso de Francisco Vallés, los mondos esqueletos aparecieron incompletos como consecuencia de los trajines de sus viajes postmortem y a la afición por las reliquias que manifiestan algunos por buena fe y otros por afán de lucro.

Francisco Vallés, médico de Felipe II y egregia figura de la medicina del Renacimiento español, fue discípulo del gran Vesalio, aquel médico genial que cayó en las garras de la Inquisición por deshacer en su Fábrica del cuerpo (1543) el mito de que los hombres, desde los tiempos de Adán, tenían una costilla menos que las mujeres, disparate urdido para sostener la machista creación de la mujer en el Génesis, de la que me ocupé en este mismo blog hace justamente un año. Vallés aprendió de tapadillo los secretos del cuerpo humano trabajando con cadáveres diseccionados, una práctica vetada por la Inquisición que no le impidió sentar cátedra en Alcalá de Henares, donde profesó durante 17 años, hasta 1572, año en que fue nombrado por Felipe II Médico de Cámara y Protomédico General de los Reinos y Señoríos de Castilla, máximo cargo al que un médico de su tiempo podía aspirar. 

En Alcalá, Vallés se adelantó casi dos siglos a lo que luego sería práctica normal en las facultades de Medicina: enseñar Anatomía dictando las lecciones sobre cadáveres que diseccionaba in situ su ayudante, el bisector valenciano Pedro Gimeno evitando, eso sí, la trepanación, pues eso hubiera sido considerado un irreparable pecado mortal. El ambiente que rodeó el magisterio de Vallés ha sido recreado por Alberto García Lledó, profesor de Cardiología en el hospital universitario de Guadalajara, en su novela La lección de anatomía (Universidad de Alcalá; 2009), una especie de thriller sólidamente documentado gracias a la experiencia de García Lledó como autor de obras históricas como La Facultad de Medicina de Alcalá en el Siglo de Oro y El Hospital Militar de Alcalá de Henares.

En 1592 falleció Vallés en Burgos de tabardillo, un tifus exantemático. Fue solemnemente enterrado en la iglesia complutense por orden de su principal paciente y mentor, el rey Felipe II, que le estaba agradecido por haberlo rescatado de una muerte segura cuando el monarca agonizaba tras devorar carne de perdiz casi putrefacta, como era costumbre en la época entre quienes se preciaban de ser buenos catadores de la caza. Frente a los venerados Cánones de Avicena, que impedían aplicar un purgante a los enfermos en algunas fases lunares, y después de haber sido desahuciado el rey por los médicos palaciegos, Vallés fue llamado a consulta. Tras observar el agudo cuadro tóxico, Valdés se encerró en la cámara real con el enfermo y con el duque de Alba, no sin antes prometer irónicamente que para que la luna no se enterase cerraría las contraventanas de la alcoba real. Hecho esto, administró al rey una purga radical que lo salvó de una muerte segura. 

Tras las solemnes exequias y las misas de rigor, costeadas por Felipe II, que acompañaron al cuerpo desde Burgos hasta Alcalá, Vallés permaneció sepultado tan ricamente hasta su exhumación en 1862, cuando sus restos fueron depositados en la urna de plomo ahora encontrada. El cráneo, el fémur, la pelvis y un puñado de huesos reposan de momento en los laboratorios del Museo Arqueológico Regional de la villa complutense. Pese a su divino apodo, los huesos combaten hoy en retirada contra la usura del tiempo. 

Reconocido como uno de los padres de la ciencia moderna, Galileo Galilei (1564-1642) será recordado siempre por haber sido protagonista de uno de los primeros desencuentros entre ciencia y religión. Acusado de herejía por atreverse a afirmar que la Tierra giraba alrededor del Sol, Galileo, tras ser enjuiciado por la Santa Inquisición en 1633,  pasó los últimos años de su vida bajo arresto domiciliario, tiempo que aprovechó para registrar por escrito su trabajo de décadas atrás, sentando las bases, entre otras cosas, de la física moderna.

Mucho menos conocido que sus logros y aportaciones al desarrollo científico y tecnológico de la humanidad, o que su famosa frase «y sin embargo se mueve», es el hecho de que una parte de su cuerpo se exhibe en el Museo di Storia della Scienza de Florencia. Se trata del dedo medio de su mano derecha, exhibido dentro de un ovoide cristalino al que acompañan unos versos de Tomasso Perelli compuestos específicamente para la exhibición pública: Este es el dedo perteneciente a la ilustre mano que recorrió los cielos, señalando a la inmensidad del espacio y apuntando a nuevas estrellas, ofreciendo a los sentidos un maravilloso artefacto de cristales trabajados con un sabio atrevimiento para poder llegar más lejos de lo que Encelado o Tifón pudieron jamás llegar.

El dedo, junto con un diente, la quinta vértebra lumbar y otro par de dedos, fue separado de los restos de Galileo en 1737 por un admirador, Francesco Gori, cuando estos fueron trasladados desde la modesta cripta familiar al monumental mausoleo construido por Viviani en la Iglesia de la Santa Cruz. El dedo fue posteriormente adquirido por Bandini, responsable de la Biblioteca Laurentina, donde se exhibió mucho tiempo. En 1841 fue trasladado a la Tribuna di Galileo, recién inaugurada en el Museo di Fisica e Storia Naturale, antes de que pasara a ser propiedad del Museo di Storia della Scienza, donde aún puede verse. Guardado en su relicario, tal si fuera el dedo de un santo, el largo y fino dedo que un día señalara a las estrellas, está colocado apuntando a lo alto, como si quisiera mostrárnoslas de nuevo.

Cuando lo observé por primera vez y me percaté de que el dedo era el corazón, el que se usa para hacer la archiconocida “peineta” (Luis Aragonés dixit), no pude dejar de pensar que la reliquia podría muy bien tomarse como un último y póstumo gesto de desafío a quienes terminaron por aceptar su error y reconocer su genio científico. Eso sí, tuvieron que pasar 359 años, 4 meses y 9 días después de la sentencia de la Inquisición para que Juan Pablo II pidiera perdón por la injusta condena que no pudo remediar la amargura y la soledad de los últimos años de su vida, transcurridos en cárceles y encierros domiciliarios. El 31 de octubre de 1992, Karol Wojtyla proclamó la absolución del científico pisano.

René Descartes, el pensador más influyente y controvertido de su tiempo, el francés que es considerado el padre de la filosofía y de la cultura modernas, fue enterrado lejos de su hogar, en Estocolmo, un crudo día de invierno de 1650. Dieciséis años más tarde, el embajador francés exhumó secretamente sus huesos y los transportó a Francia. ¿Por qué el embajador, un católico muy devoto, se preocupó tanto por los restos de un filósofo acusado de ateísmo? ¿Por qué los huesos de Descartes siguieron un tortuoso viaje durante los siguientes 350 años? La clave de este misterio se esconde en la famosa frase de Descartes: cogito ergo sum («pienso, luego existo»), con la que Descartes iluminó el eterno debate entre fe y razón, destruyendo dos mil años de creencias adquiridas para levantar el acta de nacimiento de la modernidad. 

La historia de las reliquias descartianas, que involucra a quienes usaron los huesos para sus estudios científicos, los robaron, los vendieron y los reverenciaron, pelearon por ellos y fueron pasándolos subrepticiamente de mano en mano, obsesionaron durante varios años a Russell Short, colaborador habitual de la revista de The New York Times, que ha construido con ella un interesantísimo libro, Los huesos de Descartes (Duomo, 2009), relato histórico y detectivesco sobre la creación del pensamiento moderno que nos traslada hasta el presente, al Museo de las Ciencias de París, donde ahora, en un archivador, descansan (¿para siempre?) los restos del gran filósofo.

viernes, 24 de junio de 2011

¡Estos curas, qué cosas tienen!

Todo parece indicar que se está corrigiendo el gran problema de la economía que Ronald Reagan, cuyos conocimientos económicos eran similares a los del hombre de Cromagnon sobre Informática, pero que tenía muy clara su rudimentaria posición política, apuntó en la campaña electoral de 1979 que lo llevaría a la Presidencia: «La economía de Estados Unidos no funciona porque los ricos no son suficientemente ricos y los pobres no son suficientemente pobres». Este crudo epigrama, toda una afirmación que los neoliberales deberían grabar en los frontispicios de sus sedes, era la receta política de unas doctrinas económicas que años antes la Escuela de Chicago había puesto en circulación.
Para no perder la perspectiva nada mejor que tomar algunos datos de plena actualidad. Empecemos por la recién nacida Memoria sobre la situación socioeconómica y laboral de España elaborada por el Consejo Económico y Social (http://www.ces.es/memorias.jsp) y conjuguemos su lectura con La encuesta de estructura salarial, cuya última entrega hizo pública la semana pasada el Instituto Nacional de Estadística (http://www.ine.es/prensa/np658.pdf), que es un retrato completo de los salario de los españoles. Su lectura es muy esclarecedora.
Gracias a ambos documentos nos enteramos que los directivos ganan en bruto al año casi tres veces lo que el trabajador medio y cuatro veces lo que los empleados de la categoría más baja, la formada por los peones de la agricultura, pesca o construcción. La diferencia ha crecido alrededor de 38 puntos desde 1995, cuando comenzaron a recabarse los datos y cuando el sueldo de la categoría de directivos era el 142% de la media y ahora es el 181%. La brecha salarial entre directivos y empleados españoles creció durante 2008 y 2009, en lo peor de la crisis. Mientras el sueldo medio de los directivos creció una media del 4,5% en 2009, hasta los 63.150 euros -el mayor incremento de todas las categorías-, el del empleado medio mejoró menos, un 2,9% (22.511 euros). Y el de los peones, el puesto peor remunerado, prácticamente se estancó en los 15.343 euros (un 0,1% más). La distancia salarial entre los españoles, en definitiva, ha crecido con la crisis.
http://www.elpais.com/est.pl?id=20110621elpepunac_18.Tes&fp=20110623&te=impresion&to=noticia&a=elpepuesp&k=2021395021.gifLos beneficios de los bancos y grandes empresas y de sus directivos crecen y crecen en medio del empobrecimiento general. Los balances que los mismos bancos publican para publicitarse ante sus clientes son una muestra de descrédito social en este momento de crisis sistémica: El BBVA obtuvo el año pasado un beneficio de 4.606 millones de euros (M€), un 9,4% más que en 2009. El Santander ha obtenido unos beneficios medios en los últimos cuatro años de 8.500 M€. Las empresas que forman el Ibex 35 ganaron el año 2010 unos 50.000 M€, un 23% más que durante 2009. Telefónica obtuvo un beneficio neto récord en 2010 de 10.167 M€, con un incremento del 30,8% respecto al año anterior. Esta misma empresa batió el récord de reparto de dividendos en plena crisis. La operadora abonó 7.300 M€ a sus accionistas, el mayor dividendo pagado por una empresa española. No satisfecha por ello, Telefónica ha anunciado un recorte de plantillas del 20%, lo que significa el despido de varios miles de trabajadores. Iberdrola obtuvo un beneficio neto de 2.871 M€ en 2010, la cifra más alta de su historia.
Entre las causas del crecimiento de beneficios está el que las empresas han acometido un duro proceso de ajuste de gastos que afecta a la contención salarial, recortes de plantilla, externalización de funciones y ajuste de gastos externos. Ese ajuste, sin embargo, no ha afectado a los sueldos de sus directivos: El Presidente del BBVA, Francisco González, ganó en 2008, durante el estallido de la crisis, 16 M€ lo que no le impedía hacer declaraciones pidiendo congelación de salarios, reducir impuestos, despido libre, etcétera. En 2009 Ignacio Sánchez Galán, presidente de Iberdrola, recibió 3,5 M€ de "gratificación por consecución de objetivos”. Los altos directivos del Ibex 35, se subieron el salario el año 2010 en casi un 20 por ciento, muy por encima del coste de la vida y del incremento de la productividad de sus respectivas entidades. Los directivos mejor pagados son Alfredo Sáenz, consejero delegado del Santander, con unos 10 M€; Ignacio Sánchez Galán, que cobra 5,34 M€ y Francisco González, presidente del BBVA con 5,31 M€.
El Banco Santander volvió a ser en 2010 la entidad que mejor retribuyó a su consejo de administración. Los consejeros del banco presidido por Emilio Botín ganaron en 2010 39,7 M€. La cifra es un 13,4% mayor a la declarada en 2009. Por su parte, la veintena de miembros de la alta dirección ganaron 78,4 M€, frente a los 74,7 millones del año anterior, aunque esta última cifra no incluía la parte de bonos diferido en acciones que son un pellizco similar. Abengoa pagó en 2010 8,79 M€ a sus 15 consejeros, la mayor parte en variable (5,6) y dietas (2,3), una cantidad similar a la desembolsada en 2009.
En abrupto contraste, la Memoria del Consejo Económico y Social pone de relieve los desequilibrios de la economía española: el desempleo, el descenso de los ingresos, la riqueza y la renta disponible de los hogares siguen marcando el empeoramiento de las condiciones de vida de la población. Seis millones de trabajadores españoles cobran menos de mil euros al mes. Más de cuatro millones de personas en España están muy por debajo de esa cifra y sobrevive como pueden con 570 euros mensuales, el salario mínimo interprofesional. Los casi ocho millones de pensionistas que hay en España perciben mensualmente una media de 747 euros. La media oculta que casi medio millón cobran menos de 350; unos tres millones tienen una pensión entre 350 y 600 euros, y poco más de dos millones perciben entre 600 y mil euros.
La Memoria subraya que el porcentaje de población en riesgo de pobreza en nuestro país es casi la cuarta parte del total, con el aumento anual más importante (un 1,3% en 2010), desde que se elaboran los registros relativos a esta magnitud. El incremento de la pobreza produce en paralelo un aumento de la desigualdad: La renta de la población con mayores ingresos en España fue seis veces superior a la de la población con ingresos más bajos. A la pobreza se une el desamparo social: La protección por desempleo alcanzó a poco más de tres millones de personas, de donde se deduce que más de un millón de desempleados no recibieron ninguna prestación. La tasa de cobertura retrocedió desde el 80% registrado en diciembre de 2009 al 77,4% en 2010. El seguro de desempleo, que ha sido la herramienta de protección social que más ha hecho para amortiguar la pérdida de ingresos que acarrea el paro: «ha comenzado a dar señales de no ser suficiente para alcanzar a todas las situaciones, con un protagonismo cada vez mayor de la vertiente asistencial».
No soy economista, pero intento comprender. No soy católico practicante pero intento saber que queda en esta situación de los principios y valores cristianos que aprendí de niño. Por eso me interesa saber qué está haciendo la Iglesia Católica ante lo que está pasando. Pues lo de siempre: la jerarquía a lo suyo, a cultivar al poder económico de los ricos al tiempo que predica la resignación de los pobres con la promesa de una vida mejor. Por su parte, la Iglesia de base, la que trabaja en los barrios y atiende a los humildes, hace lo que hicieron Jesucristo y su primo El Bautista: predicar en desierto.
El llamado Foro de Curas de Madrid, que forman 120 sacerdotes que trabajan en algunas de las parroquias más pobres de la región como Vallecas, Canillas, El Pozo o la Cañada Real, critica en un documento público titulado Los Mecenas de Rouco la alianza entre el Arzobispado de Madrid y el poder económico y político para financiar la Jornada Mundial de la Juventud, que se celebrará en agosto en la capital.
Estos díscolos sacerdotes, que crearon en 2008 este foro para expresar su voz crítica dentro de la Iglesia, no se oponen a la visita de Benedicto XVI ni a la Jornada de la Juventud, sino a «cómo se hace, cómo se ha organizado y cómo se están financiando los fastos». Así, el documento denuncia el «escándalo social» que supone el alto coste del viaje en plena crisis económica, lamenta que el «pacto con las fuerzas económicas y políticas refuerza la imagen de la Iglesia como institución privilegiada y cercana al poder» y echa en falta que no se haya tenido en cuenta a la Iglesia de base y a las parroquias para una cita basada en el «boato» y «alejada de la humildad y la sencillez del mensaje de Jesús».
Sus críticas se centran en la alianza entre el cardenal de Madrid y las empresas del Ibex 35 como Iberdrola, Banco Santander, BBVA, Sacyr Vallehermoso, Telefónica o Endesa que, a través de la Fundación Madrid Vivo, colaboran en la Jornada Mundial de la Juventud. A su juicio, es un «escándalo» comparar la «facilidad con que los poderes públicos financian este acontecimiento» al tiempo que hacen "tantos recortes en recursos económicos y en derechos sociales como se está exigiendo a la mayoría de los ciudadanos».

Los firmantes de la misiva, unos tocapelotas, claro, que de forma desvergonzada la han enviado al cardenal Antonio María Rouco Varela con el resultado que es de prever, censuran en ella el alto coste de la Jornada, cifrado en 50 M€, y recuerdan que el patrocinio de la cita proviene de un poder económico responsable en buena medida de la crisis y que estas grandes empresas obtienen importantes beneficios fiscales a cambio de esa colaboración. Estas grandes empresas, además, están haciendo «buenos negocios en medio de la crisis a costa de los ciudadanos» y de los desahucios por impago de hipotecas». A su juicio, la cita, planteada así, «se aleja de la humildad y sencillez del mensaje de Jesús».
En su irresponsable ataque de hipercriticismo, esta tropilla de irredentos curas rojos subraya que no se ha tenido en cuenta a la Iglesia de base y a las parroquias madrileñas de cara a esta visita, salvo para cuestiones prácticas de alojamiento y cesión de aseos y duchas. Ante este olvido, reivindican su derecho a ser escuchados porque, según dicen, la opinión de la Jerarquía no es la única en la Iglesia madrileña ni representa el sentir de todos los cristianos.
¡Qué cosas tienen!

domingo, 12 de junio de 2011

¡Silencio, la crisis se rueda!

El epicentro de la actual crisis económica ha estado en Wall Street y en el mercado de futuros y derivados. «En este edificio la cuestión es matar o morir», dice el ensoberbecido Louis Winthorpe (Dan Ackroyd) al mendigo Billy Ray Valentine (Eddie Murphy) en la película de John Landis Entre pillos anda el juego, en el momento en que ambos se dirigen al mercado de futuros de Wall Street. Se disponen a dar el pelotazo del siglo. Vendiendo y comprando futuros en zumo de naranja concentrado, los dos protagonistas ganarán millones y llevarán a la bancarrota a sus pérfidos ex jefes. En una de las mejores secuencias de Capitalismo: una historia de amor (2010), el siempre brillante e irreverente Michael Moore planta sus cámaras donde las puso Landis, para interrogar inútilmente acerca de qué son los derivados que nos han llevado al pozo en el que nos encontramos y qué precio paga el país más poderoso del mundo por su amor al capitalismo.
Moore es un narrador de lujo; su película es puro ritmo, pura adrenalina plagada de ignominias que todos intuimos pero que pocos tenemos documentadas. Maestro en bucear en los archivos de imágenes para tejer después tramas documentales inmejorables apoyadas en bandas sonoras siempre evocadoras, Moore ha rodado una comedia negra, un espectáculo de humor y horror que, conjugando diversión y rebelión, deja al espectador absolutamente boquiabierto, un poco aturdido por el certero puñetazo a nuestro modo de vida, teatro de guiñoles controlado por unas fuerzas económicas y políticas que nunca pueden ni van a perder.
Moore narra cómo el sueño americano se desvanece peligrosamente mientras muchas familias pierden empleos, ahorros y viviendas. Nada retrata mejor la desgracia que asistir al embargo de una familia modesta hipotecada hasta las cejas tras haber sido manipulada y timada por bancos, tasadoras e inmobiliarias que acaban por embargarles hasta su esperanza. En California, uno de los estados más ricos de la Unión, cien mil familias recibieron la notificación de desahucio en el último trimestre del pasado año. En España, casi quince mil en el primer trimestre de 2011.
The Company Men, el debut en la gran pantalla de John Wells, autor de celebradas series de televisión como El ala oeste de la Casa Blanca o Urgencias, es una excelente película que consigue dar una lección magistral de narración gracias a su guión y a un gran elenco de actores (Ben Affleck, Kevin Costner y Tommy Lee Jones excelentes; insuperable como en American Beauty, como en Lone Star, y como casi siempre, Chris Cooper) que uno no se explica cómo no se ha doblado al castellano y cómo está pasando desapercibida en unas pocas salas de culto. No se la pierdan. Tanto el documental de Moore como la película de Wells relatan la crónica del desmantelamiento de la otrora poderosa industria norteamericana, la caída en picado de los sectores automovilístico, naval y aeronáutico, el despido de miles de trabajadores que habían confiado en ser protagonistas de su propio "sueño americano". Si Moore se centró en el cierre de las fábricas automovilísticas de su estado natal, Illinois, en The Company Men, el fracaso laboral tratado con toda su crudeza en una suerte de Los lunes al sol, aplicada a directivos enviados al paro, Wells pone la lente en el desmantelamiento de los astilleros de Nueva Inglaterra. Como hizo Soderbergh en The Girlfriend Experience, Wells, levanta acta de una cruda realidad para los altos ejecutivos de las grandes empresas: que a ellos la crisis económica también les salpica.
Los ingenieros que hasta las desregulaciones del sistema financiero creaban bienes y equipos, las cosas útiles y tangibles que añora Tommy Lee Jones, encarnando a Gene McClary, el despedido vicepresidente de GTX, delante de los desmantelados astilleros de Gloucester, han sido sustituidos por ingenieros financieros que no necesitan mano de obra para crear sueños de riqueza después trocados en pesadillas. Estas películas, que nacieron con la voluntad de mostrar asépticamente los mecanismos interiores que han provocado la crisis, se presentan realmente como películas de terror que te dejan anonadado cuando los títulos de crédito señalan el fin del metraje. Muchos de los cinco millones de parados españoles se reconocerán en esa sensación de indefensión que sobreviene cuando se va al paro, en la deshumanización del proceso y en el hecho de que los principales ejecutivos de las empresas ganen 400 veces más dinero que la gente a la que despiden en hombre del mercado.
Si a la hora de hacer la autopsia de la crisis usted prefiere bisturís fríos, eficaces y penetrantes, corra a ver Inside Job, una película de Charles Ferguson que ganó el Óscar al mejor documental de 2010. Durante la ceremonia de recogida, Ferguson comenzó su discurso diciendo «discúlpenme, pero debo arrancar señalando que tres años después de que estallara nuestra horrible crisis causada por el fraude financiero masivo, ni un solo ejecutivo ha sido encarcelado, y eso está mal». Como tantas veces ocurre, Inside Job hubiese pasado desapercibido si el boca a boca de los espectadores no se estuviera ocupando de mantenerlo en la cartelera multiplicando el número de salas donde se proyecta.
Siguiendo el esquema de Los últimos días de la quiebra de Lehman Brothers, un excelente reportaje de la BBC estrenado el año pasado, Inside Job sigue el rastro de las oligarquías que se eternizan en el poder y que controlan el mundo político y, a través de él, nuestras vidas, apoyados en los economistas de la universidades más selectas. El paradigma del cinismo de las elites académicas es Frederic S. Miskhin, profesor de la prestigiosa Columbia Business School, que antes del desplome económico de Islandia redactó un informe titulado Estabilidad financiera en Islandia, en el que alababa el sistema financiero de aquel país. Después del crack que ha sumido a los islandeses en las sentinas de la crisis, Miskhin cambió el título de su informe y pasó a llamarlo Inestabilidad financiera en Islandia. Y, como sucede con Miskhin, que por lo menos da la cara en el documental, Inside Job, nos revela casos extraordinarios de ese papel legitimador de los economistas que hacen buenas las tesis acerca de la “corporatocracia” que sostiene John Perkins en Manipulados (Tendencias, 2010).
Las preguntas que Perkins se plantea en su libro: ¿Queremos vivir en un mundo gobernado por unos cuantos millonarios que agotan los recursos del planeta para satisfacer sus insaciables apetitos? ¿Vamos a soportar más deudas, privatización y mercados al servicio de ladrones de guante blanco que actúan al margen de cualquier regulación? ¿Educaremos a nuestros hijos en un mundo donde menos del 5% de la población consume más del 25% de los recursos?
Las respuestas no las tiene Barak Obama, que sigue manteniendo como máximos responsables económicos de su Administración a los mismos que se perpetúan desde los tiempos de Reagan, a los ejecutivos de Goldman Sachs, Merrill Lynch y AIG, auténticos yonquis de poder, artífices de las manipulaciones que sostienen al capitalismo, pájaros de cuenta que se forran en cada desplome bancario. La respuesta no la tiene tampoco ningún otro político. La respuesta tampoco está en el viento. Nosotros tenemos la última palabra para reclamar un cambio de sistema que sirva para adueñarnos de nuestro propio destino y dignidad.