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lunes, 28 de enero de 2019

Margaritas de fuego y peces eléctricos

Acmella oleracea

Mientras me siento a escribir este artículo en el Palacio de Congresos de la capital de España está comenzando Madrid Fusión 2019, una de las citas más relevantes del mercado gastronómico español e internacional. En la conferencia inaugural, el chef catalán Ferran Adriá ha anunciado la vuelta de su innovador restaurante El Bulli.
La noticia ha reavivado mi olvidado interés por una receta que hace años se situó entre las preferidas por los afortunados clientes del restaurante de Cala Montjoi. En 2004, en El Bulli causó furor un aperitivo llamado Electric Milk: una oblea de encaje hecha de leche deshidratada cubierta con pedacitos de la inflorescencia del paracress o margarita eléctrica (Acmella oleracea). Aunque, además de la factura, el menú de El Bulli de ese año también incluía otras creaciones etéreas como el aire de parmesano congelado con muesli y las hojas de diente de león en aerosol de canela y azafrán, la leche eléctrica destacó por su extraordinario efecto en el paladar. Quienes tuvieron la fortuna de catarlo cuentan que probar los fragmentos florales producía en la boca un efecto electrizante, el mismo que se siente al lamer una pila voltaica.
Sin necesidad de gastarme un dineral, yo conocía esa sensación desde que una vez, en un bosque colombiano, un amigo me invitó a masticar un amasijo de flores amarillas del tamaño de una gominola. Lo que sentí al principio fue un estallido en mi lengua de un sabor fresco y herbáceo, parecido a una pizca de cilantro o de diente de león, seguido de una sensación ácida, agria, cítrica. Y luego, ¡cataplúm!, unas oleadas gaseosas como el champán inundaron mi paladar, la superficie de mi lengua brilló como si acabara de masticar un puñado de redoxones o de Peta Zetas, mis glándulas salivales se activaron a todo meter y algunas partes de mi boca se entumecieron. Nada agradable: tal y como si hubiera lamido el perno de una batería.
Pero algo después, superado el calentón, las flores resultaron ser unas fenomenales limpiadoras del paladar. Después de comerlas, a medida que la sensación de normalidad regresaba y la emisión de saliva volvía a su ser, mi boca se sentía como si la hubieran limpiado a fondo y mi lengua se había vuelto muy sensible y estaba muy afinada para los sabores, como si hubiera sido engañada.
El pez eléctrico Electrophorus electricus. Foto
Inmediatamente me acordé de los peces eléctricos. Los peces eléctricos han maravillado a los humanos desde que se tiene conocimiento de ellos. Los antiguos egipcios utilizaban ejemplares de una especie de raya a modo de electroterapia primitiva para el tratamiento de la epilepsia. Mucho de lo que Benjamin Franklin y otros científicos pioneros aprendieron acerca de la electricidad provino del estudio de estos animales de capacidades extraordinarias. En la época victoriana, se organizaban fiestas donde una de las diversiones era experimentar la sacudida de un pez eléctrico. Pero, ¿cómo puede un animal convertirse en una batería viviente?
No es sencillo. Hace algún tiempo, en el verano de 2014, un equipo de investigadores estadounidenses publicaron en la revista Science un artículo en el que identificaban las moléculas reguladoras por las que los peces eléctricos podían convertir un sencillo músculo en un órgano capaz de generar un potente campo eléctrico. Según explicaban, esta rara característica anatómica que solo se encuentra en los peces se desarrolló de forma independiente una media docena de veces en ambientes que van desde los bosques inundados de la Amazonía hasta los turbios ambientes marinos.
El fundamento fisiológico de esta biolectricidad reside en que todas las células musculares tienen potencial eléctrico. La simple contracción de un músculo produce una pequeña cantidad de tensión. Pero hace por lo menos 100 millones de años, algunos peces comenzaron a ampliar ese potencial evolutivo de las células musculares hacia otro tipo de células llamadas electrocitos, más grandes, organizadas en secuencias y capaces de generar voltajes mucho más altos que los que se utilizan para hacer que los músculos trabajen. El órgano eléctrico es utilizado por los peces en ambientes oscuros para comunicarse con sus compañeros, orientarse, aturdir a sus presas y como una terrible defensa.
Inflorescencia de Acmella oleracea
Dado que las flores carecen de músculos y nada tienen que ver con los peces, la pregunta es qué causa la sensación de descarga eléctrica que produce masticar las flores del paracrés. Su finalidad parece clara: disuadir a los herbívoros. Que la flor sea empleada en medicina popular amazónica como aliviadora del dolor de muelas ofrece una interesante pista. Toda la planta está saturada con espilanthol, un alcaloide analgésico que adormece la boca y estimula el flujo de saliva (de ahí su uso como aperitivo en las cocinas de El Bulli), pero es en la sumidad florida donde se presenta en mayor concentración y, por tanto, masticarla produce el mayor golpe sensorial. Masticar un botón floral entero adormece lengua y encías, y el sabor de unos pocos capullos someterá las fauces de un inexperto herbívoro al escalofrío peculiarmente eléctrico y desagradable del espilanthol. Nunca volverá a triscar en esa hierba.
Al margen de la excentricidad culinaria de Ferran Adriá y colegas, la margarita eléctrica se consume como aderezo de ensaladas, salteados y salsas en los países tropicales de América del Sur. En La Guajira colombiana, donde la probé como condimento de un delicioso plato de pez león, le llaman muy apropiadamente quemadera. En Yucatán, los mayas denominan a esta hierba picante, la “xux” (avispa). Pero el paracrés tiene su mayor expresión culinaria en la región de Para del norte de Brasil. Conocido localmente como “jambu”, se mezcla con jugo de mandioca, chiles picantes y ajo para dar sabor a una sopa picante llamada “tacaca” y se usa para batir la carne. Y, partida en trocitos, la flor se usa como sustituto para adormecer y provocar un hormigueo en el paladar semejante a especias como la pimienta de Sichuan (Zanthoxylum piperitum), especialmente en platos donde no se desea la textura arenosa de los granos de pimienta.
Hasta aquí todo lo que sé sobre la margarita de fuego. ¡Que aproveche! © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

Arañas predadoras y plantas carnívoras: unas parejas de aúpa

Una araña merodea en la boca de una jarra trampa de Nepenthes madagascariensis. Foto.

En la naturaleza, uno espera que dos depredadores compitan entre sí por la comida, pero una vez más la investigación ha demostrado que una araña cazadora y una planta carnívora que le sirve de residencia han hecho un pacto de mutualismo. Ecólogos de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional de Singapur (NUS) han realizado investigaciones sobre una especie de araña poco estudiada y de cómo utiliza el mecanismo de captura de una planta para capturar presas, mientras que también proporciona nutrientes a la planta.
Como bien saben quienes se toman la molestia de leer mis artículos, las plantas carnívoras son uno de los temas sobre biodiversidad que más llaman mi atención. Entre las plantas carnívoras destacan las especies del género Nepenthes, cuyas maravillosas relaciones con los murciélagos fueron objeto de un artículo que se cuenta entre los más visitados en mi blog (¡gracias lectores!).
La mayoría de las plantas jarra del género Nepenthes parecen bastante aficionadas a la captura de presas. Estas plantas viven en suelos pobres en nutrientes y su hábito carnívoro evolucionó como un medio para complementar sus necesidades nutricionales, especialmente de nitrógeno, que obtienen gracias a las proteínas de origen animal.
Nepenthes ventricosa x alata. Foto.
Normalmente, las Nepenthes tienen un sistema radicular superficial y un tallo trepador o postrado de varios metros de longitud (15 o más) con un grosor que varía entre unos milímetros hasta 1 cm. De este tallo surgen hojas alternas, en forma de espada de color verde de unos 30 cm de longitud y con márgenes enteros . Una extensión en la punta de la hoja forma el zarcillo, que ayuda a que la planta trepe, y en cuyo extremo, coronada por una tapa, se forma la trampa jarra que contiene un fluido acuoso almibarado producido por la propia planta donde los insectos, atraídos por el olor que producen las glándulas de néctar de la boca y la tapa del odre, caen y son digeridos.
A pesar de la naturaleza altamente evolucionada de sus sofisticadas trampas, las Nepenthes no son máquinas de matar perfectas. En la literatura científica y en los manuales de jardinería de los aficionados a estas plantas, pueden encontrarse innumerables descripciones de artrópodos colgando alrededor de temibles trampas. Algunos de ellos se convierten inevitablemente en presas, pero hay otros que reciben ayuda de sus socias carnívoras que parecen trabajar para ellas pagando un peaje a las plantas que les ofrecen residencia.
Al contrario que otras muchas carnívoras como las atrapamoscas de la familia Droseraceae, las Nepenthes son pasivas, es decir no realizan movimiento alguno para atrapar a sus presas, sino que los atraen con colores brillantes y recompensas para golosos como el dulce néctar. Las arañas no liban néctar, así que desde hace tiempo los botánicos especializados en las plantas jarra se preguntaban a qué se debe la abundancia de algunas especies de arácnidos predadores en los márgenes de las trampas foliares de las Nepenthes.
Una hembra de la araña cangrejo europea Misumena vatia, emboscada en la inflorescencia de una margarita. Foto.
Entre los especialistas más notables de Nepenthes se encuentran algunas arañas de la familia de las tomísidas (Thomisidae) conocidas popularmente como arañas cangrejo, debido al largo tamaño de su par de patas delanteras y a su capacidad para desplazarse lateralmente. Poseen un veneno poderoso contra insectos, lo que les hace unas cazadoras muy eficaces. Abundantísimas en los trópicos, en Europa la especie más frecuente es Misumena vatia.
Las tomísidas se asientan en la boca de la jarra y esperan pacientemente emboscadas a que cualquier insecto goloso acuda a visitar a la planta. Muchas veces, tanto el depredador como su presa caen en la jarra, pero, gracias a su hilo de seda, las arañas escapan fácilmente con su presa bien sujeta. Aunque este comportamiento podría parecer una mala noticia para la planta jarra, a la que se le escaparían cazador y pieza, investigaciones recientes de biólogos de la UNS han demostrado que esta relación no es totalmente unilateral.
Al estudiar las interacciones entre las arañas y las plantas de jarra, tanto en el laboratorio como en el campo, los biólogos descubrieron que al menos una especie de planta jarra (N. gracilis) parece beneficiarse enormemente de la presencia de arañas cangrejo. La clave para entender esta relación radica en los tipos de presa que N .gracilis es capaz de capturar con la ayuda o sin la ayuda de las arañas cangrejo.
Lo que comprobaron las minuciosas observaciones de los biólogos singapurenses es que la presencia de una araña cangrejo en la vecindad de las jarras no solo aumentaba la cantidad de presas caídas en las trampas de N. gracilis, sino que también cambiaba los tipos de insectos capturados. Las arañas cangrejo son depredadores que atacan con frecuencia a presas mucho más grandes que ellas, tan grandes que en muchos casos las arañas no pueden digerirlas por completo. Cuando se han zampado las partes más jugosas, las arañas desechan el cadáver en la jarra donde la planta puede hacer un trabajo rápido para digerirlo en su propio beneficio.
Thomisus nepenthiphilus, una especie de araña cangrejo, vive exclusivamente sobre Nepenthes gracilisFoto.
Con el tiempo, las observaciones demostraron el simple hecho de que tener arañas cazadoras en la boca de la trampa trajo consigo un notable aumento en el número de insectos en cada jarra en comparación con las jarras desprovistas de arañas, de resultas de lo cual la planta ganaba nutrientes. Además, los tipos de presas capturadas por jarras con y sin arañas cangrejo cambiaron. Las arañas fueron capaces de capturar insectos como las moscas de la carne, que normalmente no son capturadas por las Nepenthes. Así las cosas, las arañas cangrejo “residentes” ponen a disposición de las plantas un conjunto más grande de presas de las que estarían disponibles si no las estuvieran utilizando como cotos de caza.
Las arañas cangrejo también pueden beneficiar a la jarra de otras maneras. Algunas investigaciones realizadas en el Instituto de Zoología de la Universidad de Vienasobre las arañas cangrejo han demostrado que sus cuerpos están cubiertos de pigmentos que caen en el espectro ultravioleta (UV). Como es sabido, los insectos pueden ver la luz UV y, con frecuencia, la utilizan como medio para encontrar flores en las que libar, ya que las plantas a menudo producen pigmentos específicos para la radiación UV en sus tejidos florales. La amplia gama de patrones UV en las flores sirve para guiar a sus polinizadores hacia ellas. Los investigadores han documentado que es más probable que los insectos visiten las flores con arañas cangrejo que las que no lo hacen, lo que ha llevado a la idea de que los pigmentos UV en las arañas cangrejo actúan como atrayentes de insectos. Según parece, los insectos visitantes no pueden resistir el estímulo UV y son víctimas propicias para la araña cangrejo residente.
¿Podría ser que al establecerse en una jarra de Nepenthes, las arañas cangrejo aumentan la probabilidad de que los insectos visiten las trampas? Eso está por verse, ya que tal cuestión no estaba entre los objetivos de la investigación de los biólogos de la Universidad de Singapur. Pero todo se andará.  Se necesitan más trabajos para comprobarlo con seguridad, pero cuanto más se analicen esas interacciones, ¡más espectaculares serán! ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 27 de enero de 2019

Postcarcities: Oslo avanza en la dirección adecuada


Los que protestan por la limitación del vehículo privado en las ciudades deberían darse una vuelta por Oslo. La eliminación del tráfico automovilístico en la capital noruega ha sido todo un éxito. Los aparcamientos son ahora carriles para bicicletas, el tráfico es rápido y fácil, y las calles y los comercios están llenos de gente.
Si llega en coche a Oslo, mejor déjelo en las afueras: no podrá aparcar en la calle. A principios de este año, la ciudad acaba de culminar su plan de eliminación de aparcamientos en superficie sustituyendo 700 estacionamientos por carriles para bicicletas, franjas ajardinadas, pequeños parques y bancos para peatones. Es un paso más hacia el planteamiento final de un centro urbano sin automóviles.
Sin esos lugares de aparcamiento y con los coches prohibidos por completo en muchas calles, son pocos los automovilistas que se atreven a entrar en la trama urbana central. Aunque pueda ver alguno, la impresión que uno se lleva es la de una ciudad libre de coches, en la que poco a poco gana terreno Urban Sharing, la empresa que maneja Oslo City Bike, el sistema local de bicicletas compartidas. Los cambios de la ciudad están diseñados, en parte, para ayudar a mejorar la calidad del aire y combatir el cambio climático, pero la diferencia en la calidad de vida es más inmediata. La ciudad se siente diferente antes de que uno pueda notar que el aire es más limpio. Como visitante, uno siente que se está recuperando espacio para peatones y que ese espacio puede utilizarse para para otros fines que no sean los acostumbrados en las ciudades: aparcar coches.
Oslo comenzó por peatonalizar algunas calles en el centro de la ciudad en la década de 1970 y apostó fuertemente por el transporte público en la década de 1980. En 2015, cuando una coalición política progresista llegó al poder en el ayuntamiento, comenzaron a planificar una transformación más significativa. Al principio, pidieron una prohibición total de los automóviles porque la mayoría de los residentes en el centro de la ciudad no conducían. Pero cuando los comerciantes, preocupados por perder clientes y tener problemas con la carga y descarga, se opusieron, el gobierno municipal, sin perder de vista el objetivo final, cambió el enfoque hacia la eliminación los estacionamientos, un avance un poco más gradual. Hoy los conductores pertinaces todavía pueden encontrar aparcamientos disuasorios en la periferia del centro. Pero eso también va a cambiar.
Fuera del centro de la ciudad, el ayuntamiento está planeando nuevas «zonas de bajas emisiones» donde solo será posible conducir con un automóvil eléctrico o con otros automóviles que no contaminen. Un impuesto de congestión y nuevos peajes para automóviles no eléctricos también están reduciendo el tráfico. FutureBuilt, un programa administrado por el municipio, está desarrollando proyectos piloto, como un nuevo edificio de oficinas que tiene espacio para 500 bicicletas y diez estaciones de carga eléctrica, pero sin espacio para automóviles convencionales. En cuatro años, solo se permitirán taxis de cero emisiones y no será posible comprar un automóvil que funcione con diesel o gasolina en ningún lugar de Noruega.
Oslo ya es líder mundial en coches eléctricos. El año pasado, más de la mitad de todos los coches vendidos en la ciudad fueron eléctricos. Eso se produjo después de años de trabajo para cambiar el mercado con medidas tales como reducir los impuestos para esos coches u ofrecer cargas eléctricas y aparcamientos gratuitos, y otros beneficios. Una red de cargadores, situada en un enorme aparcamiento exclusivo para coches eléctricos, facilita el uso de los mismos. La ciudad está triplicando su red de puntos de carga y trabajando con las compañías eléctricas para construir cargadores tanto dentro como fuera de la ciudad.
En la almendra urbana central quedan algunos estacionamientos para conductores discapacitados o para carga de vehículos eléctricos y algunas calles están abiertas para camiones y furgonetas de reparto durante un par de horas por la mañana. Los vehículos de emergencia tienen acceso libre. El resto de vehículos tienen que estacionarse en garajes y las restricciones de tráfico invitan a que los conductores que no necesiten pasar por el centro tomen la circunvalación. En su nuevo plan de zonificación, el municipio está priorizando a los peatones, a los ciclistas y al transporte público, y está abriendo progresivamente una red de zonas peatonales que están totalmente libres de automóviles.
Para apoyar el cambio, Oslo hizo grandes mejoras en el transporte público y considerables esfuerzos en hacer que el ciclismo sea seguro y cómodo. La ciudad está añadiendo nuevas líneas de tranvías y de metro y está reduciendo el coste de los billetes. Durante los últimos años, el municipio también ha estado construyendo una red de bicicletas mejor conectada y convirtiendo muchos estacionamientos callejeros en carriles para bicicletas marcados de un color rojo brillante. Además, subvencionó a los ciudadanos para que compraran bicicletas eléctricas. El sistema de bicicletas compartidas de la ciudad ha crecido rápidamente, triplicándose entre 2015 y 2018 hasta alcanzar tres millones de desplazamientos al año. El sistema generalmente se cierra durante el invierno, pero este invierno está funcionando una experiencia piloto con bicicletas con neumáticos de clavos.
Pero la bicicleta no se está planteando solo como un medio de transporte individual. En los carriles para bicicletas del centro de Oslo, una empresa de logística está haciendo entregas en un vehículo que se parece un poco a un tren de carga en miniatura: una bicicleta de carga eléctrica con dos cajas en la parte posterior que puede transportar trescientos kilos de paquetes y que es lo suficientemente estrecha como para caber en los carriles bici. La empresa de reparto, DB Schenker, ha anunciado que las bicicletas aumentaron su productividad en un 40%.
Los cambios también están llegando a dos de las grandes fuentes de contaminación urbana: las calefacciones y la construcción. En este momento, la calefacción urbana, un sistema que envía calor desde una estación central a casas y edificios, cubre alrededor del 20% de la ciudad y ya funciona con energía renovable. Las constructoras, incentivadas por nuevas ordenanzas municipales, están empezando a utilizar nuevos equipos, desde mezcladoras de cemento hasta grúas y excavadoras gigantes que pueden funcionar con electricidad, por lo que todas las futuras obras de construcción de la ciudad llegarán a ser libres de ruidos y emisiones. Actualmente, se están construyendo cuatro jardines de infancia y dos polideportivos bajo las nuevas ordenanzas de cero emisiones para la construcción.
Los cambios, como era de esperar, se han encontrado con cierta resistencia, tanto de los propietarios de automóviles como de los comerciantes. Pero mientras estos se preocupaban al principio de que se creara una ciudad fantasma que nadie visitaría, la experiencia ha demostrado lo contrario; como ha sucedido siempre en otras ciudades que han convertido algunas calles en áreas peatonales, las zonas de Oslo transformadas en peatonales se han convertido en algunas de las zonas más populares de la ciudad. El otoño pasado, después de que se eliminaran cientos de aparcamientos, la ciudad descubrió que tenía un 10% más de peatones en el centro que el año anterior.
Aunque cambiar hábitos siempre será un desafío, desde la masificación del automóvil privado, durante décadas las ciudades se han diseñado para los coches, que se consideraban un símbolo de estatus y todavía lo sigue siendo para algunos. Ya es hora de que la tendencia cambie. Es importante que todos pensemos en qué tipo de ciudades queremos vivir. Estoy seguro de que cuando la gente imagina su ciudad ideal, no será un sueño de aire contaminado, coches atascados en un tráfico interminable o calles llenas de coches aparcados.
Como señalaba en un reciente artículo Manel Ferri, experto en movilidad urbana, a partir de ahora el coche pasa de su condición de anfitrión a ser un invitado en nuestras ciudades, abriéndose paso a la ciudad habitable, la postcarcity. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 20 de enero de 2019

Loros pedestres y coníferas ancestrales de Nueva Zelanda

Kakapo adulto. Foto de Shane Mcinnes.

Hace unos 300 millones de años, la sección de la corteza terrestre que millones de años después se convertiría en Nueva Zelanda comprendía una gran depresión submarina que se hundía rápidamente. Esta depresión, conocida como el geosinclinal de Nueva Zelanda, estaba situada en latitudes antárticas frente a las costas orientales de lo que se convertiría en Australia y la Antártida, que en ese momento formaban parte de un supercontinente mucho más grande, Gondwana.
Durante unos 200 millones de años, los materiales procedentes de la erosión de la masa terrestre de Gondwana se depositaron en el geosinclinal neozelandés formando acumulaciones inmensamente gruesas. Hace unos 150 millones de años, comenzó la orogenia de Rangitata que continuó durante aproximadamente 50 millones de años. Lo que antes tendía a hundirse, comenzó a levantarse. La corteza terrestre comenzó a plegarse hacia arriba hasta que surgió una nueva masa de tierra, una Nueva Zelanda ancestral. El clima era similar al que prevalecía hoy.
Esa Nueva Zelanda primigenia, más grande que la actual, fue colonizada por plantas y animales que ya existían en la vecina Gondwana y en las islas volcánicas que rodeaban el antiguo geosinclinal. Entre los animales migrantes se encontraban los antepasados ​​de algunos de los elementos más distintivos de Nueva Zelanda; las ranas de la familia Leiopelmidae (las únicas que no pasan por etapa de renacuajo de vida libre) y algunas aves no voladoras como el extinto moa, el kiwi y el único loro no volador del mundo, el kakapo (Strigops habroptilus). Los bosques estaban dominados por helechos arborescentes y por los antepasados ​​de las coníferas modernas, incluidos los podocarpos (Podocarpaceae) y los kauris (Araucariaceae). En esos lejanos tiempos debió comenzar a fraguarse una estrecha relación entre los kakapos y unas podocarpáceas endémicas que explica que los loros caminantes de Nueva Zelanda estén en peligro de extinción.
La difícil situación del kakapo es una tragedia. La que una vez fue la tercera ave más común de Nueva Zelanda ha visto reducido su número a menos de 150 ejemplares. De hecho, durante algún tiempo se pensó que se había extinguido. Actualmente se está haciendo un gran esfuerzo para intentar recuperar esta especie al borde de la extinción. Los kakapos son los únicos loros del mundo que, como los urogallos por citar un ejemplo, tienen una reproducción poligámica del tipo lek. Los machos se apiñan suavemente en un terreno y combaten para atraer a las hembras y emparejarse. Las hembras observan la exhibición de los machos y eligen una pareja según la calidad de la exhibición; no son perseguidas abiertamente por los machos. Las parejas se forman únicamente para la reproducción, y después se separan. Estos pájaros sólo tienen cría una vez cada 10 años.
Desde hace algún tiempo, los investigadores de la biología del loro se habían dado cuenta de que su reproducción estaba ligada a la fenología de ciertos árboles, pero recientes investigaciones (1, 2) sugieren que un árbol en particular puede ser la clave para la supervivencia de la especie. El kakapo comparte sus lugares de nidificación con un puñado de coníferas tropicales de las familias Podocarpaceae y Araucariaceae. De estas coníferas tropicales, una especie es de particular interés para aquellos que se ocupan de la conservación in situ del loro: el rimu (Dacrydium cupressinum), un árbol de hoja perenne que puede representar una de las fuentes de alimentos más importantes para la cría del kakapo. Antes de ocuparnos de ello, vale la pena conocer un poco mejor al rimu.
Los rimus son árboles de crecimiento lento. Son endémicos de Nueva Zelanda, donde constituyen una parte considerable del dosel del bosque. Al igual que muchas especies de crecimiento lento, los rimus pueden ser mu longevos. Antes de que se promoviera la tala comercial que diezmó los mejores ejemplares, no eran raros los individuos de 800 a 900 años de edad. Además, pueden alcanzar tamaños inmensos. Los relatos históricos hablan de árboles que alcanzaron más de sesenta metros de altura. Hoy en día, los más grandes miden entre 20 y 35 m.
Conos femeninos maduros del rimu.
El rimu es dioico, lo que significa que los individuos son machos o hembras. El rimu se poliniza gracias al viento (es anemófilo) y los conos femeninos pueden tardar más de 15 meses en madurar completamente después de ser polinizados. El rimu es una de las coníferas raras en el hemisferio norte (como el tejo, Taxus baccata), pero abundantes en el sur, que evolutivamente ha convergido para formar conos semejantes a frutos que los hacen apetecibles para los animales, quienes se encargan de la dispersión de sus semillas (son especies zoócoras). A medida que los conos femeninos maduran, las escamas (que se vuelven leñosas en cipreses o pinos, por citar unos ejemplos) comienzan a hincharse gradualmente y se vuelven rojas. Una vez que está completamente maduro, la "pseudofruta" roja y carnosa muestra una o dos semillas negras en la punta. Son estas "pseudofrutas" las que captaron la atención de los conservacionistas del kakapo.
Como decía más arriba, se había observado un hecho que en, biología reproductiva, se conoce como vecería, que, en el caso que nos ocupa, se refleja en que los kakapos solo tienden a reproducirse cuando árboles como el rimu experimentan un auge reproductivo, lo que ocurre de cuando en cuando o “de vez en vez”, de donde procede el término “vecería”. Los “pseudofrutos” y las semillas que producen son un componente importante de las dietas no solo de las hembras de loro, sino también sus polluelos. El problema con la cría del kakapo en cautiverio con fines conservacionistas era que los alimentos que les daban no los inducía a reproducirse. Aquí es donde entran en juego los "pseudofrutos" del rimu.
Un kakapo devora conos de rimu. Foto
Las aves reproductoras necesitan dosis extraordinarias de calcio y vitamina D para la producción adecuada de huevos. Por eso en la naturaleza buscan dietas ricas en esos nutrientes. Cuando los investigadores observaron más detenidamente los "pseudofrutos" del rimu, la atracción del kakapo por estos árboles adquirió todo su sentido. Resulta que las escamas carnosas que rodean las semillas del rimu son excepcionalmente altas, no solo en calcio, sino en varias formas de vitamina D que se creía que solo producían los animales. La calidad nutricional de estas "pseudofrutas" proporciona una maravillosa explicación de por qué la reproducción del kakapo parece estar vinculada a la reproducción del rimu. Las hembras pueden atiborrarse de ellas, lo que las induce a condiciones fisiológicas de reproducción. Luego, como buenas madres preocupadas por la alimentación de su progenie, continúan alimentando con ellas a sus polluelos en desarrollo. Para un loro que no vuela, de crecimiento lento, la cosecha de semillas en el suelo es una bendición.
Un kakapo en el programa de cría en cautividad del zoo de Auckland. 
Los investigadores creen que el rimu es la pieza que faltaba en el rompecabezas de la cría del kakapo en cautividad, una técnica que es clave para la supervivencia a largo plazo de estos extraños loros pedestres. Al garantizar la producción y la supervivencia de las futuras generaciones de kakapo, los conservacionistas pueden convertir la tragedia de su anunciada extinción en una verdadera historia de éxito. Además, estas investigaciones subrayan la importancia de comprender la ecología de los organismos que intentamos salvar desesperadamente. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

miércoles, 16 de enero de 2019

Enero 17, 1944: Comienza la batalla de Monte Cassino


Salvo que uno quiera hacer una estancia en Purdue University, una universidad norteamericana especializada en agronomía y veterinaria, nada se le ha perdido en Lafayette, Tippecanoe County, Indiana.
El instituto público de Lafayette, la William Henry Harrison High School, lleva el nombre del presidente más efímero de Estados Unidos, uno más de de los que se sucedieron en la que podemos llamar la “era de los presidentes breves”, un período de veinticuatro años en el que, de haberse seguido el doble mandato que había sido la norma más común en los Estados Unidos desde los tiempos de George Washington, hubiera correspondido ejercer la jefatura del Estado a tres presidentes. Por diversas circunstancias de las que me ocuparé en otra ocasión, en esos años se sucedieron las presidencias de ocho, una de las cuales, que duró exactamente un mes, fue la de William Henry Harrison.
Si usted pasa algún tiempo en Lafayette tarde o temprano alguien le contará la historia del que una vez fue el primer gobernador del Territorio de Indiana y después el inquilino más efímero del 1600 de Pennsylvania Avenue. Ese es el primer hito de la ciudad. El segundo tampoco terminó bien. Lafayette fue el lugar de donde partió el primer correo aéreo de los Estados Unidos, el 17 de agosto de 1859, cuando John Wise pilotó un globo desde esta ciudad rumbo a Nueva York, pero debido a unas desgraciadas circunstancias que no vienen al caso, se vio obligado a aterrizar de mala manera y el correo tuvo que entregarse, entre la rechifla general, por tren.
En el folleto turístico que recojo en la Cámara de Comercio compruebo que la ciudad es la orgullosa cuna de tres ciudadanos ilustres: Axl Rose, vocalista de Guns N' Roses y de AC DC; Izzy Stradlin, guitarrista original de Guns N' Roses; y Sydney Pollack, actor y oscarizado director cinematográfico. No es de la misma opinión un abuelo vestido con una camiseta que reza “America First”, con el que coincido en la máquina de café del Holiday Inn, quien, entre donuts y muffins de cinamón, me recomienda que visite la tumba de un tal Thomas E. McCall, todo un héroe en la Segunda Guerra Mundial en la que, según me cuenta, también combatió mi trumpista interlocutor. A juzgar por su edad y por el chapiri de veterano que lleva embutido entre el cinturón y unas generosas lorzas, no lo pongo en duda.
Sin ser necrófilo, me pasa lo que al escritor Fernando Gómez (La vuelta al mundo en 80 cementerios. Editorial Luciérnaga), y me gusta visitar los cementerios porque un paseo entre las tumbas y los mausoleos de cada lugar revela pequeñas curiosidades y grandes historias escondidas en los camposantos. Así que sin nada mejor que hacer en una aburridísima mañana de domingo (¿habrá alguna mañana divertida en Lafayette?), me doy un paseo hasta el pequeño Spring Vale Cemetery y allí, entre parterres de azaleas y céspedes mimosamente segados y cubiertos en otoño por las hojas marchitas de robles y tulíperos, doy con la tumba, anoto la leyenda de la lápida y la guardo para mejor ocasión, que nunca se sabe.
La ocasión ha llegado. Hace 75 años, el 17 de enero de 1944, comenzó en Monte Cassino una de las batallas más largas y sangrientas de la campaña italiana de la Segunda Guerra Mundial. Monte Cassino era una antigua abadía benedictina que dominaba la ciudad de Cassino. La batalla de Monte Cassino, a veces llamada la batalla de Roma, consistió en una serie de cuatro asaltos de las fuerzas aliadas contra la línea defensiva alemana, la Gustav. Antes de que las tropas alemanas se retiraran, la sangrienta lucha fue una auténtica masacre que se cobró la vida de 55.000 soldados aliados y 20.000 alemanes, y dejó la monumental abadía hecha unos zorros.
Fuente
Las fuerzas aliadas, de las que era parte esencial el Quinto Ejército estadounidense del general Mark Wayne Clark, habían desembarcado en la península italiana en septiembre de 1943. Las montañas de los Apeninos dividían la península como una espina dorsal que las tropas aliadas acometieron dividiéndose en dos flancos avanzando a ambos lados de la cordillera. Después de tomar el control de Nápoles (Le Quattro Giornate di Napoli; 27-30 de septiembre de 1943), continuaron el avance hacia Roma. Monte Cassino era la puerta de entrada a Roma. Se alzaba por encima de la ciudad y proporcionaba unas panorámicas despejadas de capital italiana. Las tropas alemanas ocuparon los puestos de observación en las faldas de la montaña, pero decidieron mantenerse fuera de la abadía debido a su importancia histórica. Los preciosos manuscritos y antigüedades depositados en la abadía fueron trasladados a la Ciudad del Vaticano para su custodia, aunque algunas obras de arte fueron robadas por las SS y transportadas hasta Berlín.
La primera fase de la operación comenzó el 17 de enero con un ataque aliado a las posiciones alemanas. En ese ataque se distinguió Thomas E. McCall, un granjero de Indiana, testigo excepcional de la batalla. McCall era sargento en la Compañía F, del 143º Regimiento de Infantería, de la 36ª División americana. El 22 de enero, cerca de San Angelo, dirigió su sección hasta cruzar de río Gari a pesar del intenso fuego alemán. Todos sus hombres murieron o resultaron heridos, pero McCall por sí solo destruyó dos posiciones de ametralladoras enemigas y cargó contra una tercera antes de resultar herido por fuego amigo y ser capturado por los alemanes. Se convirtió en un prisionero de guerra y pasó los siguientes 18 meses en hospitales improvisados. «Ni siquiera tenían una aspirina para administrarte. No había anestésicos ni para los alemanes ni para nosotros. El cirujano tenía un puñado de herramientas y dos o tres hombres te sujetaban mientras te operaba». McCall finalmente fue liberado y se convirtió en uno de los pocos receptores de la Medalla de Honor del Congreso que vivieron para contarlo.
Sargento Thomas E. McCall. Fuente.
A principios de febrero, los aliados llegaron a una colina justo debajo de la abadía. Algunos informes de inteligencia sugirieron que Alemania podría estar usando la abadía como un punto de observación de artillería, lo que trajo como inevitable efecto colateral que se decidiera arrasarla. El 15 de febrero fue machacada por aviones estadounidenses B-17, B-25, y B-26, que dejaron caer 2.500 toneladas de bombas sobre el edificio, reduciéndolo a escombros. Rápidamente, los paracaidistas alemanes tomaron posiciones en las ruinas, utilizando su privilegiado punto de vista para evitar el avance aliado.
En marzo comenzó una tercera ofensiva con fuertes ataques aliados, pero las fuerzas alemanas mantuvieron tenazmente su posición. El cuarto y último asalto, conocido como Operación Diadema, comenzó el 11 de mayo e incluyó ataques de tropas estadounidenses con la ayuda de aliados británicos, indios, franceses, marroquíes y polacos. El 18 de mayo, las fuerzas polacas capturaron la abadía. Poco después, el 4 de junio de 1944, las fuerzas aliadas liberaron Roma. Meses después, los cuerpos fusilados de Benito Mussolini y Claretta Petacci colgaban de los pies en una gasolinera de Milán. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

lunes, 14 de enero de 2019

El lunes, eclipse

Han pasado más de dos años desde que pudimos ver el último gran eclipse lunar total. El espectáculo de la Luna completamente oscurecida por la sombra de la Tierra será visible en toda España en un intervalo de algo más de una hora de la madrugada del lunes 21 en Alcalá de Henares. La duración del eclipse será más larga de lo normal: 1 hora y 2 minutos.
Técnicamente, un eclipse lunar sucede cuando la Tierra se interpone entre el Sol y la Luna, generando un cono de sombra que oscurece a la última. Para que tenga lugar, los tres cuerpos celestes deben estar exactamente alineados o muy cerca de estarlo, de tal modo que la Tierra bloquee los rayos solares que llegan al satélite; por eso, los eclipses lunares solo pueden ocurrir en la fase de luna llena.
Para describir un eclipse lunar, podemos usar una analogía cinematográfica. La sala es la noche en la Tierra. La "pantalla" es la Luna llena, y la "película" es la progresión de la sombra de la Tierra sobre la cara visible de nuestro satélite. Todos los espectadores de la sala ven lo mismo y, de manera similar, todos los que estén observando desde el lado nocturno de la Tierra verán la misma secuencia y en el mismo momento, aunque en diferentes husos horarios. La fase total del eclipse será visible desde el hemisferio occidental, Europa y la parte occidental de África, así como en las partes más septentrionales de Rusia. En total, asumiendo buenas condiciones climáticas, esta sombría proyección tendrá una audiencia potencial de unos 2.800 millones de personas.
Como sucede en un gran auditorio, algunos espectadores tendrán mejor vista que otros. Los mejores asientos del patio de butacas estarán en América del Norte, que verán la actuación celestial en lo más alto del cielo en pleno invierno. Entre esos privilegiados espectadores, los más selectos, los del centro de las primeras filas, son los que viven a lo largo de la costa este de Estados Unidos, en donde la Luna totalmente eclipsada se verá a unas alturas extraordinarias.
En Nueva York, cuando el eclipse llegue a la mitad, la Luna ensombrecida se levantará unos 70 grados sobre el horizonte meridional; como un puño cerrado de tamaño normal sostenido a la distancia del brazo mide aproximadamente 10 grados, los neoyorquinos dicen que lo verán a unos "siete puños" por encima del horizonte. La última vez que los vecinos de la Gran Manzana pudieron mirar tan alto a una Luna totalmente eclipsada fue en 1797, cuando John Adams era presidente; la próxima oportunidad no llegará hasta 2113. Más al sur, la luna aparecerá aún más arriba. En Cabo Hatteras alcanzará los 75 grados; en Orlando, 80 grados, y en Miami, 83 grados. Los cubanos tendrán que mirar directamente sobre sus cabezas.
Por el contrario, para quienes estemos en Europa, el eclipse tendrá lugar cuando la Luna se acerque a su puesta al amanecer del lunes 21 de enero. De hecho, en Europa Central y Oriental, la Luna se pondrá antes de que esté completamente libre de la sombra terrestre. En este enlace hay una tabla que detalla los momentos de las fases del eclipse total en diferentes lugares de España. El horario es el local incluyendo el cambio de horario de invierno.
En cuanto a la altura, cuánto más sur se esté en España, más alta se observará la Luna. En Madrid, por ejemplo, la altura será de 54 grados, mientras que el máximo español estará en Canarias (68). En Alcalá asistiremos a todas las fases del ciclo. El inicio de la fase penumbral será a las 3:37 de la madrugada del lunes; el de la fase umbral a las 5:41; el máximo umbral sucederá entre las 6:12 y las 6:43. Luego comenzará la fase penumbral de declive que culminará a las 8:48, cuando desaparecerá todo vestigio del eclipse.
Tradicionalmente, la luna llena de enero se conoce como la "luna lobo", aunque últimamente han dado en llamarla "luna de sangre" que es, como mínimo, un nombre inapropiado. De hecho, el color (o colores) que tomará la Luna durante la totalidad del eclipse dependerá en gran medida del estado de nuestra atmósfera y puede abarcar desde el negro, pasando por el gris y el marrón, hasta el rojo brillante. El término “luna de sangre” procede de un libro, Four Blood Moons, publicado en 2013 por dos alucinados cristianos de los que pronostican el fin del mundo, que sugirieron que una serie de eclipses lunares totales en 2014 y 2015 eran la señal de acontecimientos desastrosos profetizados en la Biblia. ¿Y qué mejor manera de sugerir posibles catástrofes que invocar a la sangre? Los eclipses vinieron y se fueron, mientras las supuestas calamidades nunca llegaron, pero lamentablemente la marca “luna de sangre” permanece.
A veces, una luna llena coincide con el perigeo, el punto en la órbita lunar en el que doña Catalina está más cerca de la Tierra, por lo que parece algo más grande de lo normal. Tradicionalmente, una luna llena que ocurre dentro del 90 por ciento del perigeo gana el título de "superluna". Como esa es precisamente la posición de la próxima luna llena, el hecho de que coincida con un eclipse total convierte el eclipse en un acontecimiento extraordinario.
Pero no echemos las campanas al vuelo. La verdad es que una "superluna" no es realmente tan buena cuando coincide con un eclipse lunar total. La duración de la totalidad de un eclipse se basa principalmente en la distancia de la Luna a la Tierra. Cuando la Luna está cerca del perigeo, se está moviendo más rápidamente en su órbita en comparación de cómo lo hace cuando está cerca del apogeo, su punto más alejado de la Tierra, por lo que se mueve tras las sombras a más velocidad. De hecho, si la Luna estuviera cerca de un apogeo, veríamos unos ocho minutos más de eclipse total. 
Pero, sea como sea, la madrugada del 21 de enero seremos los invitados privilegiados de uno de los grandes espectáculos celestiales con los que nos obsequia la naturaleza. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

martes, 8 de enero de 2019

Las almortas asesinas de Alaska y la muerte de Supertramp (2)

Flor de la almorta, Lathyrus sativus. Foto.

Recapitulemos. En 1992, un grupo de cazadores descubrió en la taiga de Alaska los restos de Christopher J. McCandless, alias Alexander Supertramp. Las primeras indagaciones, presentadas por el periodista Jon Krakauer en un artículo titulado Death of an Innocent (Muerte de un inocente) atribuyeron el extremado grado de debilidad de McCandless al error de haber confundido la supuestamente tóxica Hedysarum mackenzii con la supuestamente inocua H. alpinum. Krakauer, que había hecho algunas indagaciones, creía que las semillas de H. mackenzii eran venenosas y que el joven virginiano había cometido un trágico error en la identificación de la planta.
En 1996, Jon Krakauer publicó Into the Wild, un libro en el que se retractaba de su idea inicial y creía que era poco probable que McCandless, que llevaba consigo una reputada guía de plantas silvestres comestibles de Alaska, hubiera confundido las dos especies, y que, contrariamente a lo que decían los nativos y el saber popular, las semillas del inocuo H. alpinum podrían contener un alcaloide tóxico. Envió muestras a la Universidad de Alaska para su análisis. En 2008, el análisis bioquímico demostró que ninguna de ambas especies contenía alcaloides tóxicos, lo que parecía descartarlas como causa de muerte de McCandless.
Así estaban las cosas en el verano de 2013, cuando en un artículo titulado The Silent Fire (El fuego silencioso), publicado en una web dedicada a McCandless, Ronald Hamilton abrió una nueva pista sobre su muerte. Hamilton recordó que, durante la Segunda Guerra Mundial, en la ciudad de Vapniarca (Ucrania) hubo un campo de concentración. En 1942, como un experimento macabro, un oficial nazi de Vapniarca comenzó a alimentar a los prisioneros judíos con pan hecho de semillas de almorta, Lathyrus sativus, una leguminosa común que se conoce desde la época de Hipócrates como tóxica, especialmente entre los jóvenes.
«Rápidamente, escribió Hamilton en El fuego silencioso, el doctor Arthur Kessler, un médico judío recluso en el campamento se dio cuenta de lo que esto implicaba, especialmente cuando, al cabo de unos meses, cientos de jóvenes prisioneros comenzaron a cojear y a usar los bastones como muletas para impulsarse. En algunos casos, los presos solo podían gatear para abrirse camino a través del complejo [...] Una vez que los internos habían ingerido suficiente cantidad de la planta culpable, era como si se hubiera encendido un fuego silencioso dentro de sus cuerpos. No había vuelta atrás en ese fuego; una vez prendido, quemaría hasta que la persona que había comido la arveja quedaba finalmente paralizada [...]  Cuanto más habían comido, peores eran las consecuencias, pero en cualquier caso, una vez que los efectos habían comenzado, simplemente no había manera de revertirlos [...]  La enfermedad se llama, simplemente, neurolatirismo, o más comúnmente, latirismo».
La almorta, almorta, chícharo, guija, pito o tito, una legumbre con aspecto de garbanzo aplastado, es bien conocida en España porque con sus semillas se elabora la harina para las gachas manchegas, que, durante la Guerra de la Independencia, fueron uno de los alimentos básicos de la población. De hecho, existe un grabado de Goya en su serie Desastres de la Guerra con el nombre de Gracias a la Almorta
En España, la historia del descubrimiento de la toxicidad de la almorta comenzó gracias a la publicación en junio de 1941 de un artículo en la Revista Clínica Española en el que los doctores Emilio Ley y Carlos Olivera de la Riva relataron la existencia de una epidemia de latirismo en Cataluña. Su aportación duplicó la estadística mundial, ya que en aquéllas fechas sólo existía en la literatura médica un caso con estudio anatómico documentado en Rusia. En el estudio epidemiológico realizado por ambos en un grupo de pacientes afectados, entre otros síntomas, de parálisis en el tren inferior, lo que hizo que fueran diagnosticados en primera instancia como afectados de esclerosis múltiple, los doctores comprobaron que lo que unía todos ellos era una dieta prácticamente carente de proteínas y basada en la ingesta de almortas [1].  
Semillas de almorta. Foto.
La neurotoxina responsable del latirismo es un aminoácido, el ODAP (acido s-N-oxalyl-diamino-propionico). Según el texto de Spencer & Schaumburg, Neurotoxicología Experimental y Clínica los factores asociados con la enfermedad del latirismo son el agotamiento, los escalofríos, la desnutrición y, a veces, la fiebre; todos esos síntomas aparecen con mayor frecuencia en hombres jóvenes y se ajustan exactamente a la situación de McCandless. Sendos análisis de las semillas de H. alpinum y H. mackenzii realizados en la Universidad de Indiana y en unos laboratorios de Ann Arbor, demostró que el aminoácido causante del latirismo estaba presente en ambos y, de hecho, en concentraciones más altas que las encontradas en las almortas.
Teniendo en cuenta que los niveles de ODAP potencialmente dañinos se encuentran en las semillas de H. alpinum, y dados los síntomas que McCandless describió y atribuyó a las mismas que ingirió, hay razones más que suficientes para creer que McCandless contrajo el latirismo al comerla en exceso. La ingesta de semillas no lo mató, pero lo debilitó tanto como para que al final se sintiera «extremadamente débil», «demasiado débil para salir», y tuviera «muchos problemas solo para mantenerme en pie». No estaba realmente hambriento, sino que se iba paralizando lentamente.
La última foto que se tomó Alexander Supertramp. Foto.
No fue su arrogancia lo que acabó con él, sino la ignorancia. Si la guía de plantas comestibles que McCandless llevó con él hubiera avisado de que que las semillas de Hedysarum alpinum contienen una neurotoxina que puede causar parálisis, probablemente McCandless habría salido de Alaska a finales de agosto sin mayores dificultades de las que había tenido cuando llegó en abril, y aún estaría vivo. Si hubiera sido así, Alexander Supertramp tendría ahora cincuenta años.




[1] Durante la Guerra Civil y el franquismo las gachas de almorta constituyeron un plato básico en la alimentación de las familias causado por la escasez y por el aislamiento internacional del Régimen. De hecho su producción y comercialización fue promovida por el franquismo. En 1944, tras ocultar los efectos tóxicos por la falta de alternativas alimenticias, se prohibió su consumo y se  retiraron las existencias de harina de almorta ante la extensión de la enfermedad. La prohibición quedó plasmada en 1967, cuando se aprobó el primer código alimentario español. Hasta la fecha, a pesar que numerosos artículos de ese código han sido derogados a lo largo de los años, la prohibición para consumo humano de las semillas de almortas y sus derivados no ha sido levantada. Es decir, está prohibido venderlas para consumo humano aunque todavía continúen vendiéndose etiquetadas como “pienso”. En 2010, un comité científico español que estudió la toxicidad de Lathyrus sativus consideró que el consumo de almortas solo puede ser esporádico. De hecho, aún pueden comerse gachas de almorta en algunos restaurantes del ámbito rural español.

lunes, 7 de enero de 2019

Las almortas asesinas de Alaska y la muerte de Supertramp (1)

Hedysarum mackenzie. Ejemplar fotografiado en Idaho

Entre los muchos exploradores que navegaron por el Ártico a la infructuosa búsqueda del mítico paso del Noroeste estaba el desdichado John Franklin, líder de dos expediciones por el interior y a lo largo de la costa ártica canadiense en 1819-1822 y 1825-1827. La primera fue un desastre: Franklin perdió a once de los veinte miembros de la partida. La mayoría murió de hambre, pero hubo al menos un asesinato y se sospechó de algún caso de canibalismo.
Solo un puñado de los miembros originales de aquella primera expedición regresó. John Richardson, médico, meteorólogo, cartógrafo y el primer gran naturalista en estudiar el Ártico norteamericano, fue uno de ellos. Su diario hizo una contribución tan destacada a la ornitología, la ictiología, la botánica y la geología que gran parte de la investigación moderna del Ártico se basa en sus observaciones. Una anotación de ese diario está en el origen de la mala fama de una planta, Hedysarum mackenziei, que conocía de mis viajes botánicos por Alaska, con la que me tropecé días atrás mientras veía en Netflix la película dirigida por Sean Penn Into the Wild, puesta en escena de un libro homónimo del novelista Jon Krakauer, un superventas de 1996, publicado en España con el título de Hacia rutas salvajes (Ediciones B, S. A., 2008).
Autorretrato de McCandless junto al autobús que lo cobijó. Foto
En 1992, un grupo de cazadores de alces descubrió los restos de un hombre de 24 años en la taiga de Alaska. Su nombre, según se sabría después, era Christopher J. McCandless, aunque en su libreta de apuntes él hubiera anotado el alias que había elegido, Alexander Supertramp. En abril de 1992, McCandless se adentró en las tierras salvajes de Alaska sin mapa, sin brújula ni medios para comunicarse con el mundo exterior. Era un joven virginiano que se había graduado con honores con una doble licenciatura (Historia y Antropología). Cuando terminó sus estudios, abandonó su familia, lo dejó todo atrás y comenzó una odisea de autodescubrimiento que lo llevó hasta Alaska. Cuatro meses después, su cuerpo fue descubierto en el autobús abandonado que le servía de refugio no muy lejos de Fairbanks. Había muerto 19 días antes, el 18 de agosto de 1992. Había perdido alrededor del 50% de su peso corporal: sus restos pesaban poco más de treinta kilos.
En la puerta del autobús, bien visible, había dejado una nota manuscrita (véase la figura adjunta) en una página arrancada de una novela de Nikolai Gogol:
Atención a posibles visitantes. S.O.S. Necesito ayuda. Estoy herido, cerca de la muerte y demasiado débil para salir de aquí. Estoy solo, esto no es una broma. En nombre de Dios, por favor quédate para salvarme. Estoy recogiendo bayas cerca y volveré esta noche. Gracias, Chris McCandless. ¿Agosto?
Nota manuscrita dejada por Chris McCandless
Durante las semanas que vivió en las inhóspitas tierras boreales, Chris sobrevivió cazando un pato, un puercoespín y otros animales, y recolectando plantas. En julio, las entradas de su diario, que parecían textos telegráficos, se volvieron lóbregas: «Extremadamente débil […]. Culpa de la vaina de papa. Muchos problemas solo para levantarme. Muriendo de hambre […]. Gran peligro». Llegados esos días, estaba demasiado débil para caminar hacia un lugar seguro, especialmente porque, con el deshielo primaveral, el río que había cruzado fácilmente se había convertido en un torrente furioso imposible de vadear.
Como rezan sus notas, McCandless atribuyó su debilidad a la ingesta de la «vaina de papa». Pero, ¿qué era eso? La papa esquimal es Hedysarum alpinum, una leguminosa y, por tanto, un pariente de almortas, habas, lentejas y guisantes, cuyas raíces saben a zanahoria y son una fuente importante de alimento para los animales y también para los nativos de Alaska. Cuando McCandless se internó allí, se pensaba que H. alpinum no era tóxica.
En enero de 1993, Jon Krakauer escribió para la revista Outside un artículo titulado Death of an Innocent (Muerte de un inocente) en el que atribuía el mal estado de McCandless al error de haber confundido la supuestamente tóxica Hedysarum mackenzii con la inocua H. alpinum. Krakauer, que había hecho algunas indagaciones, creía que las vainas de H. mackenzii eran venenosas y que el joven virginiano había cometido un trágico error en la identificación de la planta. ¿Por qué pensaba que las semillas de H. mackenzii eran tóxicas? Aquí entra en juego el diario de John Richardson.
Los únicos indicios de la toxicidad de esa planta se remontan a una anotación en el diario de Richardson durante los días en que exploraba el interior de Alaska. Según escribió, los tubérculos de H. mackenziei se incluyeron en un estofado que cenaron una noche; a la mañana siguiente los miembros de la partida expedicionaria estaban tan enfermos que no pudieron avanzar. Richardson, consumado naturalista y médico, debía estar muy seguro de lo que decía, porque en otros episodios de su diario puede leerse que él y sus compañeros no solo habían ingerido plantas como el té de Labrador (Ledum groenlandicum) y el arándano rojo (Vaccinium oxycoccus), ambos conocidos por ser tóxicos si se consumen en grandes cantidades, sino, lo que es aún más inquietante, también habían consumido líquenes, cuero, carne podrida, larvas de moscas y restos de pescado que se habían zampado varios días después de haberlos pescado. Con semejante dieta, uno tiene que estar muy seguro para culpar a unos simples tubérculos del malestar de los expedicionarios. Pero bueno, Richarson era una autoridad científica y la fama como planta tóxica de H. mackenziei quedó consolidada.
Hedysarum alpinum. 
Sin embargo, en 1996 cuando finalmente publicó su libro, Krakauer se lo había pensado y creía que era poco probable que McCandless, que llevaba consigo una guía de plantas silvestres comestibles [1], hubiera confundido las dos especies, y que, contrariamente a lo que decían los nativos y el saber popular, las semillas del inocuo H. alpinum podrían contener un alcaloide tóxico. Envió muestras a la Universidad de Alaska para su análisis. En un artículo publicado en 2008, Thomas P. Clausen, investigador de la Universidad de Alaska, y Edward M. Treadwell, de la Universidad Illinois, informaron que, tras un minucioso análisis químico, no habían encontrado alcaloides tóxicos en ninguna de las dos controvertidas especies de Hedysarum.
Legumbres de Hedysarum alpinum.
Así que la causa de la debilidad de McCandless que le llevó hasta la muerte era un misterio. Pero, como bien se sabe en algunas regiones españolas, no solo los alcaloides pueden resultar tóxicos. También pueden serlo algunos aminoácidos presentes en algunas leguminosas como las almortas (Lathyrus sativus). Volveré sobre ello recordando un cuadro de Francisco Goya “Gracias a la almorta”, que el artista aragonés incluyó en su serie “Los desastres de la guerra”. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

[1Tanaina Plantlore / Dena’ina K’et’una: An Ethnobotany of the Dena’ina Indians of Southcentral Alaska, de Priscilla Russell Kari. En el libro, Kari advierte explícitamente que debido a que el guisante silvestre (H. alpinum) se parece mucho a la papa silvestre (H. mackenzie), el cual «se sabe que es venenoso, se debe tener cuidado para identificarlos con precisión antes de intentar usar la papa silvestre como alimento». A continuación explica cómo distinguir una planta de otra.