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domingo, 21 de febrero de 2010

La Tortuga de Mafalda



Mafalda, el personaje de historieta creado por Quino, le puso el nombre de Burocracia a su tortuga.


Burocracia: lo teórico

Desde que la atomización del poder feudal fuera cediendo a favor de los estados centralizados, la excesiva burocratización, que va siempre acompañada de desinformación, ha sido repetidamente señalada como un peligro amenazante para la participación democrática y el buen gobierno de las sociedades modernas. Conforme la complejidad de nuestros aparatos institucionales y organizativos va en aumento, surge la necesidad administrativa de crear procedimientos capaces de mantener los asuntos más o menos uniformes, de aportar cierto orden. La burocracia aparece como el remedio frente al caos que enfrentamos cuando las operaciones adquieren una escala difícil de manejar: los burócratas se vuelven los agentes del orden porque brindan organización y coherencia a un aparato que, de otra manera, sería caótico y vulnerable.



El sociólogo Max Weber introdujo el concepto de burocracia al vocabulario académico moderno. Para Weber la burocracia tiene una connotación positiva, porque es un sistema más racional que los sistemas de administración anteriores, basados en la autoridad de las tradiciones o en el carisma. De acuerdo con Weber, la burocracia es un sistema de gobierno o control legal (en el sentido de estar sometido a reglas explícitas y generales). Es impersonal (la autoridad descansa en quien tiene la capacidad de ejecutar ciertas funciones y no por personas determinadas ya sea por tradición o carisma); eficiente, eficaz y perdurable (porque distribuye funciones y poderes a los niveles adecuados de manera racional), y tiende a disminuir las desigualdades sociales en la medida que por un lado distribuye autoridad y por el otro el acceso a esa autoridad no se transmite de generación a generación.


Pero el principio organizativo de la burocracia esconde dos amenazas. La primera es la que advirtió Adorno frente al ascenso y la consolidación del Tercer Reich: la burocratización esconde la semilla del totalitarismo, porque en la burocratización del poder político, o del poder en general, se esconde la capacidad para eliminar la responsabilidad por las acciones. Como señaló Arendt, en la burocracia absoluta impera el Gobierno de nadie, porque nadie es propiamente responsable por ninguna acción: lo único que se tiene son burócratas que mantienen el status quo, que perpetúan las cosas como son cumpliendo los procedimientos sin detenerse nunca para cuestionarse si lo que hacen está bien o está mal. La burocratización fragmenta acciones en partes tan minúsculas que ser responsable por cualquiera de ellas no lo hace a uno responsable de ninguna parte significativa de la cadena. Y cuando algo falla, el responsable siempre puede echarle la culpa al procedimiento, a la norma, y escudarse en el conocido argumento de que uno sólo seguía la regla establecida, cumplía el rol de la burocracia, y nadie es, entonces, realmente culpable.



Los filósofos alemanes Max Horkheimer, Theodor Adorno (en primer plano), y Jürgen Habermas (en segundo plano, con la mano en el pelo), Heidelberg (1965).

La segunda amenaza me parece que se puede encontrar en las ideas del informático, escritor y experto en organización empresarial Seth Godin. Se desprende, además, de la idea anterior: la burocracia no sólo diluye la responsabilidad y sirve sólo como aparato reproductor del status quo, sino que elimina todos los incentivos para la innovación, para la creación de nuevas ideas. En un mundo burocratizado, las ideas nuevas son peligrosas, porque amenazan a la propia burocracia. La burocracia no es creativa, y no puede serlo, porque sería atentar contra sí misma. En la medida en que aquellos sujetos a sus procedimientos se limiten a reproducirlos una y otra vez, nunca dedicarán tiempo a cuestionar si el procedimiento es correcto, si el orden establecido no podría ser mejor, si no podría facilitar las iniciativas y las demandas individuales o institucionales en lugar de sólo servir a su propia estabilidad y reproducción.



Este delirio kafkiano puede sonar primordialmente limitado al ámbito de lo político, pero no es así. Lo hemos burocratizado todo. La educación, el comercio, la economía, la universidad. Incluso aquellos sectores que deberían de ser más innovadores han quedado atrapados en tantas capas de burocracia que terminan por eliminar todos aquellos incentivos que son, precisamente, lo que los hace relevantes para el conjunto de la sociedad.


Burocracia: lo práctico en la UAH


Los siguientes párrafos están literalmente extractados a partir de las páginas 26 a 29 del libro Medidas para un cambio estratégico en la Universidad de Alcalá. Resumen Ejecutivo. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alcalá (2006):


Ausencia de un planteamiento estratégico. A pesar de la relativa experiencia en la implantación de mejoras en la gestión, existen aún carencias de fondo evidentes que impiden que cualquier cambio o reforma pueda generar un efecto de sinergia en toda la Universidad. Por un lado, los objetivos institucionales […] no están claramente definidos, son desconocidos por la comunidad universitaria o […] no son compartidos. Además, no se percibe por parte de la comunidad universitaria que exista un seguimiento efectivo de los objetivos. Por otro lado, a pesar de que en algunas unidades estructurales hay objetivos propios […] en otras unidades, como las de gestión […], los objetivos son más difusos y, en ocasiones, inexistentes. En esta labor se observa una presencia importante de voluntarismo por parte del personal. En consecuencia, la falta de claridad en los objetivos genera la ausencia de líneas estratégicas y planes para la consecución de los mismos, o bien, son ampliamente desconocidos por parte de la comunidad universitaria.


Indefinición de competencias y responsabilidades. […] la Universidad muestra claras contradicciones e incongruencias, sobre todo, entre las funciones de gestión y dirección. Por un lado, las competencias propias de las diferentes estructuras - Gobierno, Dirección y Gestión- no están bien delimitadas y definidas; por tanto, se presenta una asunción informal de competencias que genera poderes informales en la organización de la Universidad. Por otro lado, las responsabilidades, a pesar de que son asumidas, están diluidas por la incapacidad de tomar decisiones por la falta de autoridad. Existen interferencias entre gestión y dirección, y ésta última tiene una falta de capacidad ejecutiva autónoma.


Rigidez de la estructura. La estructura organizativa de la Universidad de Alcalá es rígida, poco flexible y poco permeable, ralentizando la toma de decisiones. Además, se carece de instrumentos de gestión, útiles en toda organización, tales como los manuales de procedimientos, sistemas de indicadores, etcétera.


Escasa coordinación y comunicación, falta de acceso a la información. Existen carencias y deficiencias en los canales de comunicación vertical y horizontal, y en la información que debe ser compartida para la realización de las funciones propias de cada estamento de la comunidad universitaria.


Precariedad de los recursos humanos y exceso de voluntarismo. Las condiciones en las que se encuentra el personal de gestión no son las más adecuadas en algunas unidades de servicio (existe una relativa precariedad del capital humano, hay un componente importante de la plantilla que tiene un carácter temporal en puestos estructurales […] y el deseo de mejora está muy personalizado y condicionado por el entorno […]


Asociada a la falta la definición de objetivos, se aprecia una ausencia de procedimientos de evaluación que permitan tomar decisiones para mejorar, tanto en los aspectos de gestión como docentes. No existen procedimientos rutinarios de evaluación del desempeño de las actividades propias de la organización y cuando se han producido se considera que no han servido para la toma de decisiones, es decir, sus consecuencias posteriores no han sido suficientes. […]


No existen sistemas de información adecuados para la toma de decisiones, por tanto se percibe como poco documentada o basada en información poco fiable que impide la elaboración de indicadores ya no sólo de procesos, sino también de resultados.


Las actividades universitarias no están plenamente reconocidas y los sistemas de incentivos son insuficientes. A pesar de los esfuerzos realizados por la Universidad, se percibe una clara insuficiencia en este campo, [sobre todo en la] gestión. […] la institución podría reforzar este apartado con más medidas propias dirigidas a otros aspectos estratégicos del desarrollo de la institución, tales como la mejora de procesos, la renovación de metodologías, la internacionalización, etcétera.


Las unidades estructurales carecen de autonomía para tomar decisiones. Se demanda una mayor flexibilidad, agilidad y autonomía en la toma de decisiones. En el análisis de las deficiencias para mejorar el uso eficiente de los recursos uno de los asuntos que más se remarca es la necesidad de profesionalizar la gestión.

El personaje más pequeño de la tira de Mafalda se llama Libertad. 




domingo, 7 de febrero de 2010

Desde donde habita el olvido



El próximo día 18, en el Conservatorio Provincial de Música, se presenta el libro Leyendas y relatos de Guadalajara, un volumen más de Aache Ediciones, esa editorial que con tanto mimo atiende uno de los últimos médicos que, como don Gregorio Marañón o don Pedro Laín Entralgo, tienen una innata vocación renacentista por abarcar cualquier proceso creativo de la mente humana, por escapar de las ataduras culturales a las que nos somete cualquier especialidad artística, científica o tecnológica.


Su autor, don Luis Monje Ciruelo, me ha pedido que actúe como testigo del bautismo de esta nueva criatura de papel que, con toda probabilidad, no será la última. Gracias a su hijo Luis, mi amigo y compañero en la Universidad de Alcalá, sé que su padre es un narrador nato de historias, un hombre que, capaz de obtener varios títulos universitarios, encontró en el oficio de periodista un buen modo de ganarse el pan. Un modo decoroso, esforzado y muy laborioso. El periodismo generalmente no está bien pagado, pero uno intuye que, sea cual fuese el salario, don Luis procuró dar lo mejor de sí, sabiendo que lo que estaba en juego era su persona, su ser, su naturaleza humana, y no lo que percibiese a cambio. Esa actitud vital, unida al conocimiento de la condición humana, es lo que le dio el viejo oficio de informar.

Además de una pujante actividad profesional, llevada a cabo en buena parte cuando corrían tiempos peores que los actuales, don Luis, que fue un hombre activo en el mundo, un viajero que salía de España cuando nadie lo hacía, lejos de llevar una jubilación retirada y ensimismada en el recuerdo de lo ya hecho que ha sido mucho, ahora mismo, a los ochenta y seis años, sigue atento a todo, a la vida pública y al devenir de la gente, sin resignarse a nada, a ninguna inanidad por habitual y aceptada que sea, preservando intacta la capacidad de indignación moderada, de sorna y de sarcasmo, incluso de nostalgia, de desaliento hacia algunas de las vacuas rutinas de la posmodernidad.


Cuenta don Luis que está un poco sorprendido de su tardía irrupción como literato, porque si bien su rúbrica periodística está íntimamente unida al siglo pasado, la estampada en su obra literaria está exclusivamente circunscrita al siglo XXI. Pero a mi juicio no hay tal. Cuando uno ha leído su penúltimo libro –Memorias de un niño de la Guerra- se percata de que la literatura ha latido siempre en el corazón de este eterno periodista. Ocurre, sin embargo, algo que sabemos bien quienes habitualmente colaboramos en la prensa: la crueldad de la limitación de espacio en los periódicos, ineludible obligación que convierte los artículos periodísticos en telegráficas amputaciones de textos nacidos con vocación de ser ensayos literarios. Leyendo algunas columnas de opinión, uno se da cuenta de que los periódicos se han convertido en una colección de muñones, en una fallida galería de prometedora literatura.

El buen periodista necesita dar rienda suelta a su apetito por narrar, por satisfacer su larvado enfrentamiento hacia los periódicos, cuya obligada cortedad expresiva los convierte en cirujanos cercenadores de la creación literaria. El buen periodista es alguien a quien le gusta narrar historias y sabe que no hay una sola verdad y que si dos testigos relatan lo que están viendo en un momento, posiblemente lo narrarían de forma muy diferente. Por eso, por instinto profesional, por pura necesidad de narrar, por el vicio de leer poemas y novelas, y por estar disconformes con el modo que se tiene de contar la realidad, los buenos periodistas acaban por desembocar antes o después en el intrincado laberinto de la ficción literaria.


Como ocurre ahora con este libro, y como ocurrió con Memorias de un niño de la Guerra, uno intuye que don Luis sabe que el periodismo debe ser ante todo un acto de servicio, un servicio al lector, al que hay que presentar la realidad con la mayor honestidad posible, con los mejores recursos narrativos y verbales disponibles. Pero en todo momento tiene que quedar muy clara la realidad de lo que se ha visto, en cuya veracidad confías, separándolo de lo que es ficción, dejando evidencia de que esos datos no son confiables. Eso es lo que precisamente hace don Luis: enmarcar la ficción, la leyenda, en unos ámbitos –el bar de carretera, el cuartelillo de la Guardia Civil, la alcoba de unos ganaderos viejos- en los que uno reconoce lo periodístico, lo verdaderamente auténtico, dentro de una ficción recreada por el autor.


Ventaja añadida de don Luis es que como narrador tiene un hermoso territorio en el que situar hechos y personajes. Algunos escritores han necesitado crear territorios imaginarios como escenarios de sus ficciones. Otros han preferido situar a sus personajes en un mundo real, existente y tangible, que limita la capacidad imaginativa del lector en lo que se refiere al paisaje, pero que sitúa a los personajes en un escenario familiar. Con ello repiten el magistral modelo de Cervantes, quien se apoderó de toda una región, La Mancha, para ubicar las correrías de sus disparatados y ficticios personajes de cuya existencia verdadera uno llega a dudar al situarlos en unos escenarios que sabemos reales porque nos resultan familiares.


Don Luis ha hecho de Guadalajara el territorio perfecto para sus incursiones literarias. Algunos novelistas trabajan con un mapa y otros con una brújula. En el segundo caso el mapa se iría haciendo mientras progresa el viaje; es el viaje mismo el que va creando el territorio, porque a la manera machadiana se hace camino al andar. No es el caso de don Luis, que conoce el mapa de sus narraciones con una preciosa minuciosidad, con la precisión del topógrafo, con la seguridad del explorador que ha recorrido milimétricamente el territorio escudriñándolo con los ojos abiertos del periodista de raza. Léanse, por poner un solo ejemplo, los primeros párrafos del capítulo dedicado a Viana, y sabrán de lo que les estoy hablando.


Reconforta mucho la lectura de otro hábito de don Luis: su afición por la palabra precisa, por la más adecuada para ofrecer una imagen de este o aquel acontecimiento, lo que obliga a tener un diccionario a mano para conocer el significado de las palabras que el autor rescata de donde habita el olvido. De su centón literario emergen palabras de otro tiempo, propias de un habla concienzuda y precisa, de sílabas rotundas, de una distinción popular que es el reverso exacto de la chabacanería que uno escucha en la calle, en el tren y en muchos medios de comunicación social. Palabras como “recuero”, “atalaje”, “collera”, “adarve”, “majano”, “cellisca” o “avilantez”, emergen de la memoria evocando nostálgicamente una España rural que se fue.

El pasado que nos trae don Luis es el de un país silencioso en blanco y negro, en el cual las noticias y los personajes agigantados por los libros de Historia se disuelven en lo cotidiano, en una trivialidad familiar en la que cuenta lo mismo el soldado real que deserta en Brihuega que el fantasma femenino y ninfal que vaga algunas noches de luna por las vecindades de Somolinos; personajes de realidad y ficción que sólo existen porque don Luis los recuerda. En su memoria los minutos del presente que se fue están cuidadosamente preservados igual que un mechón de cabello amorosamente custodiado en un viejo relicario, lo mismo que una mota de polvo sideral atrapada en una burbuja de hielo, igual que un insecto cautivo dentro de un fragmento de ámbar.

Sin ningún ánimo de convertirme en crítico, con esta reseña cumplo la obligación que me había marcado: glosar un libro que es el recuerdo del ayer como lección para el mañana, por más que me doy cuenta de que el verdadero aprecio de la literatura no es una cuestión académica sino de temperamento, y que como decía Fernando Pessoa -otro periodista devenido en literato- que aconsejar es, en cierta forma, hacer el mal de entrometerse en la vida ajena.