martes, 13 de junio de 2017

Hongos asesinos y zapateros zombis

Si uno piensa en el desnudo de Mena Suvari tumbada sobre un lecho de pétalos de rosas en American Beauty, morir en una cama florida puede parecer una buena manera de viajar el valle Josafat. Si se lo preguntan a ciertos coleópteros que yacen sobre las flores después de sufrir una horrible infección por hongos, los animalitos discreparían.
En el número del pasado mayo de la revista Journal of Invertebrate Pathology tres entomólogos de las universidades de Arkansas en Fayetteville y de Cornell en Ithaca, Nueva York, han publicado los resultados de un trabajo de investigación que consistió estudiar una muestra de 446 ejemplares, unos vivos y otros muertos, de los zapateros dorados (Chauliognathus pensylvanicus) que viven sobre tres especies de asteráceas, Solidago canadensis, Eupatorium perfoliatum y Symphyotrichum pilosum.
Un zapatero muerto aferrado a una inflorescencia de
Eupatorium perfoliatum. Fuente.
Los zapateros dorados son unos pequeños escarabajos que se alimentan y se aparean en las flores y estas son también la mortaja de algunos de ellos. Cuando resultan infestados por el hongo Eryniopsis lampyridarum (Entomophthoromycotina), los escarabajos se aferran con sus mandíbulas a una flor y mueren poco después. Horas más tarde y todavía sujetos a las flores, por mecanismos desconocidos, las alas de los escarabajos muertos se abren como si estuvieran preparadas para volar. Con sus alas levantadas, estos escarabajos actúan como señuelos que atraen a otros individuos, porque se ha observado a machos copulando con hembras zombis.

Varios coleópteros zombis. Fuente.
Los escarabajos se comportan como una persona que, infestada de Sida, se dedicara a propagarlo por ahí. Imagínense también si, después de llevar varias horas siendo velado en la capilla ardiente, un cadáver levantara de repente los brazos y se quedara sentado en el ataúd. Eso es lo que consiguen los hongos cuando forman sus conjuntos de esporas en conidióforos que se expanden bajo las alas de los zapateros provocando el levantamiento de los élitros, y dejando expuestas las esporas listas para contagiar a los desdichados machos que se acercan a copular con las hembras zombis. 

Banco Popular: al final pagarán los del club de los pringaos

Recientemente, el Fondo de Regulación y Ordenación Bancaria (FROB), dando cumplimiento a la orden dada por la Junta Única de Resolución de la Unión Europea (JUR), procedió a amortizar A VALOR CERO, las acciones del Banco Popular. Al mismo tiempo se acordaba transformar los bonos y la deuda subordinada de la entidad en acciones y transmitirlas al Banco de Santander por la cantidad simbólica de un euro. Bonistas y titulares de deuda subordinada corrían pues, con la misma “nocturnidad”, la misma suerte que los accionistas de la entidad. Estas decisiones se adoptaron inmediatamente después de que el Banco Central Europeo (BCE) declarase al Popular como “entidad inviable”. Esta decisión de las autoridades, sin precedente en Europa, ya ha sido tachada como de “confiscación de acciones”.

Con independencia de la calificación o el nombre de la cosa, el efecto es claro: Accionistas, bonistas y titulares de deuda subordinada del banco, en definitiva, los propietarios del Banco hasta ese momento, pierden la titularidad del banco, en la proporción que cada uno ostentara, en favor del Santander, sin compensación alguna…..al menos de momento.

En definitiva, que el Popular, una institución saneadísima según nos explicó Luis de Guindos hace menos de un año, un banco que había superado los famosísimos tests de estress del Banco Central Europeo, se ha desplomado de la noche a la mañana. Intentaré explicar lo que ha pasado, lo que está pasando y lo que está por venir. Procuraré ser claro y conciso. Para algunos tecnicismos que no puedo eludir, les remito a otros de mis artículos divulgativos sobre la crisis financiera (1, 2, 3, 4, 5, 6, 7).
Al margen del dinero de sus impositores y de los negocios normales de la banca tradicional a los que me referiré con el sintagma «operativa bancaria tradicional», los bancos, como el resto de las empresas, se capitalizan principalmente con el capital que aportan sus accionistas y la emisión de deuda (bonos subordinados). En un escenario de apetito por el riesgo es más conveniente emitir acciones, mientras que periodos en los que el clima es más pesimista es más atractivo emitir deuda.
La deuda subordinada la componen títulos de renta fija en los que el cobro de los intereses puede estar condicionado a la existencia de un determinado nivel de beneficios. Al establecerse el orden de pago a los acreedores, en caso de liquidación o quiebra de la entidad emisora, esta deuda se coloca por detrás de los acreedores ordinarios y, por tanto, el reembolso de estos bonos subordinados se paga únicamente cuando ya se han satisfecho las deudas ordinarias. A cambio de este mayor riesgo que asumen los compradores de bonos subordinados, estos ofrecen una rentabilidad mayor a la del mercado de renta fija estricto, con el objetivo de atraer y captar los inversores y compensar el menor rango y peor orden de prelación de cobro.
Tanto si usted pone su dinero comprando acciones o comprando bonos subordinados, debe saber que sus ahorros juegan en Bolsa y, como ocurre con todos los juegos, unas veces se gana y otras se pierde y como ha ocurrido con el Popular, a veces se pierde todo. En el ámbito de la crisis financiera española, y antes del derrumbe del Popular, los tenedores de deuda subordinada de los bancos y cajas de ahorro que han tenido que ser rescatadas por el Estado y la Unión Europea, han contribuido a la reestructuración de las mismas asumiendo unas pérdidas totales de 12.000 millones de euros.
Posición diferente es la de los impositores u otro tipo de clientes que participan en la operativa bancaria tradicional que no está sujeta directamente al casino bursátil. Obviamente, quienes ponen su dinero ahí obtienen muy poco rendimiento o ninguno. Seguro que duermen más tranquilos, aunque sus ahorros merman poco a poco de acuerdo con la inflación. A uno de enero de cada año, con un euro se pueden comprar algo que, el uno de enero del año siguiente, valdrá un euro más el porcentaje de la inflación anual.
Que el dinero en cuentas corrientes u otros instrumentos de la operativa bancaria está más seguro es un decir. Si se produce la quiebra del banco, también se pierden los depósitos superiores a 100.000 euros. Por debajo de esa cifra, el Fondo de Garantía de Depósitos garantiza la recuperación de lo ahorrado. Lo que ha ocurrido ahora con el Banco Popular es que se ha evitado la quiebra, pero a costa de que las acciones y los bonos subordinados hayan perdido todo su valor.
¿Quién ha decidido esa desvalorización absoluta? El BCE, la institución encargada de velar por la estabilidad financiera en el seno de la UE. Para desinfectar al Popular, el BCE ha empleado tres niveles operativos:  el Mecanismo Único de Supervisión (MUS) y la JUR, ambos con jurisdicción en la UE, y el FROB, de ámbito exclusivamente español. Según la estructura de la Unión Bancaria creada durante la crisis del euro, el MUS se encarga de vigilar la solvencia de las entidades, mientras que la JUR, el brazo armado del MUS, es la que las interviene y resuelve cuando su situación se vuelve insostenible.
El tercer escalón, el FROB español, recibió el encargo de sus mayores de que buscara un comprador para ese barco a la deriva que era el Popular. No tuvo que trabajar mucho: únicamente el Santander estaba dispuesto a cargar con el muerto por un euro y con condiciones. El Santander se quedó con toda la responsabilidad de la operativa bancaria (los impositores respiraron aliviados), incluyendo la red de sucursales y el personal; además asumía los casi 37.000 millones de activos enladrillados que habían sido la ruina del Popular, pero no quería saber nada de accionistas y asimilados. El banco de los Botín compró el banco descapitalizado, es decir con el valor de los bonos y las acciones a cero.
En un caso típico de entre todos lo mataron y uno solo se murió. Las reclamaciones al maestro armero. Como pasó con el rescate de las cajas de ahorros, la resolución y venta del Banco Popular al Santander tiene muchos culpables, lo cual, como dice la sabiduría popular y aprendimos de Fuenteovejuna, es como no tener ninguno. En las últimas horas, hemos asistido a declaraciones de todos los implicados —Economía, el FROB, el BCE y el Santander— que descargan la responsabilidad en los demás de cara a una posible compensación a los accionistas y a las seguras demandas.
Mientras tanto, los despachos de abogados están afilando los cuchillos y las asociaciones y plataformas habituales en estos casos se han lanzado a captar clientes entre los restos del naufragio con el reclamo de que solo cobran si ganan. Entre los grandes accionistas y bonistas damnificados hay grandes fondos de inversión y tiburones de las finanzas que saben muy bien lo que tienen que hacer: demandar. Los pequeños accionistas y tenedores de deuda, no saben a qué carta quedarse ni contra quién ir.

Se abren varias vías a explorar, si bien, una de las más prácticas y eficaces, para los pequeños inversores particulares, -sobre todo para los titulares de acciones adquiridas en la última ampliación de capital-, será, sin duda, la demanda civil-mercantil de carácter individual en reclamación de los daños y perjuicios sufridos, bien por actuación dolosa o gravemente negligente de la entidad y/o sus administradores, bien en reclamación de la nulidad de aquellas compraventas por error en el consentimiento prestado para la adquisición de las acciones.

Al final, alguien pagará. Diga Guindos lo que diga, al final pagaremos los de siempre, los del club de los pringaos. © Manuel Peinado Lorca, 2017. @mpeinadolorca.

domingo, 11 de junio de 2017

Las tres tumbas de Billy the Kid

Hágame caso: si no se le ha perdido nada por allí, no se tome la molestia de llegar hasta Fort Sumner, Nuevo México, salvo que, como me ocurría a mí cuando viajaba desde California hacia Oklahoma, disponga de tiempo para ir a visitar la tumba de uno de esos mitos de infancia y adolescencia que fue Billy the Kid. De pequeños, armados con aquellos enormes revólveres de baquelita, todos quisimos el hombre que disparaba más rápido que su sombra. La ley del más rápido se convirtió en una forma de la verdad, en una manera de medir a los hombres.
Pernocté en un falso tipi de concreto de esa apoteosis vintage que es el Wigwam Motel de Holbrook, la capital en Arizona de la renacida Ruta 66, una especie de Camino de Santiago para colgados, nostálgicos, friquis y turistas que, como en Crónicas de Motel, el libro de Sam Shepard, te permite vagar sin ningún destino. Desayuné en el Dennys, otro de los iconos de las carreteras estadounidenses cuyo logo tiene el inequívoco aire de un disco de los Beach Boys. Los bancos corridos de los restaurantes de carretera de Estados Unidos, inmortalizados por Tim Roth en las primeras escenas de Pulp Fiction, son un reflejo de la América profunda que ha votado a Donald Trump. Derrotado en Nueva York, en Chicago y en California, en la América de la modernidad, Trump ha ganado entre esta gente, en estos cruces de caminos de la América profunda, en medio de océanos de hierba sin mar, en este espacio inmenso de praderas, vacas y campos de soja y maíz.
Con los pies puestos sobre moquetas que vivieron tiempos mejores, la mirada perdida en no se sabe dónde, los clientes, negros y anglosajones desbordados de lorzas como flotadores que apenas logran sujetar las camisetas del Wallmart, comen huevos revueltos con salchichas y gachas de avena. Zambullen trozos de salchichas en las gachas, las rocían con sirope y forman un engrudo indescriptible que engullen empujándolos con cuñas de pan tostado. Infatigables y almibaradamente amables, camareras que un día fueron muchachas hermosas se afanan por rellenar las tazas de esa aguachirle hirviente que los americanos llaman café.
Monto en mi Ford, pongo la banda sonora que Bob Dylan compuso para Pat Garrett y Billy the Kid, la película de Sam Peckinpah, y enfilo hacia el este, hacia Santa Rosa. Cruzo el Pecos y, siguiendo su orilla derecha por la carretera 84, recorro los noventa kilómetros que me separan de Fort Sumner. Ni un pueblo, ni un restaurante, ni una patrulla de carreteras. Salvo la Nada, nada hasta Fort Sumner. En la entrada, una placa histórica (¿habrá algún lugar de Estados Unidos que no tenga una?) me pone al día de lo único que este pueblo desolado de apenas mil habitantes puede ofrecer: las tumbas de Billy the Kid, que murió allí (dicen) el 14 de julio de 1881. La historia de la corta vida y la violenta muerte de Billy a manos del sheriff Pat Garrett es bien conocida, así que me abstengo de aburrirles.
Aparco y me dispongo a caminar por las polvorientas calles de este Comala gringo. Lo primero que se me pone a tiro es un contrachapado de madera en el que, con letras amarillas, pone: SEE BILLY THE KID'S REAL GRAVE (VEA LA AUTÉNTICA TUMBA DE BILLY EL NIÑO). Justo enfrente, otro letrero reza: BILLY THE KID MUSEUM (encima, con letras más pequeñas, los propietarios aseguran: «Salimos en ABC Prime Time Live»). El turista, alertado por Internet, sabe que los dos letreros son como Garrett y Billy: luchan por sobrevivir. Un tercer cartel, puesto por la cámara de comercio local (¿habrá algún pueblo de Estados Unidos que no tenga una?), intenta poner paz: «Tenemos al Niño ... y mucho más». Lo pongo en duda.
Con sus maniquíes deteriorados de Billy y el sheriff Garrett metidos en cajas de vidrio de invernadero, el Billy The Kid Museum, que presume de tener unos aseos limpios, ha estado en el centro desde la década de 1950 así que ha dispuesto de más de medio siglo para acumular estratos de mugre y polvo. Una ternera con 8 patas, otra con dos cabezas que parecen cosidas por un taxidermista ebrio, piezas de artillería de la Primera Guerra Mundial, arados, sillas de barbero, máquinas de escribir, planchas de imprenta, billetes extranjeros, una Barbie de 1962, un Ken de 1965, un termo de 1908 y otra colección de artefactos vetustos y polvorientos constituyen la panoplia expositora del abigarrado museo. Del techo, como ahorcados, cuelgan varios retratos de Billy The Kid.
Preparado para lo peor, el visitante, a esas alturas cubierto ya de ácaros y zigzagueando entre decenas de pececillos de plata mientras es observado por cucarachas ocultas entre los desportillados anaqueles, está listo para entrar en la catedral de la fama del museo: la Billy The Kid Room. Suponiendo, que ya es suponer, que no sean un camelo, allí exponen el rifle del Kid con su funda y todo, un mechón de su cabello (sí, como en la canción de Adamo) y un pedrusco de su guarida de Stinking Springs. El nombre de Billy está tallado en la roca junto con las iniciales de otros, como si fuera una vieja mesa de un picnic público. Una cortina yace comprimida detrás de un vidrio grande. En el vidrio reza: «¡Esta cortina colgó en la puerta donde mataron al Niño!».
Afuera, a la intemperie, están las tumbas (putativas, con perdón) de Billy y dos de sus amigos rodeados por una cerca de mallazo gallinero. En la parte trasera, una gran lápida proclama PALS (colegas). Encima de ella, dice "Réplica". La señora de la tienda de regalos del museo, pelo blanco, algo de chepa y amabilidad a raudales, me dice que el dueño original del museo, Mr. Sweet, tuvo que construir la réplica porque la auténtica, la del cementerio local, estaba muy deteriorada. Para no hurgar en la herida, simulo que me trago el anzuelo. Luego, la sosias de la Jessica Tandy de Tomates verdes fritos, se asegura de que sepa que, aunque me insistan en ello, el museo que dice tener la verdadera tumba no es un monumento oficial.
La tumba “auténtica” está en un viejo y minúsculo cementerio detrás del Museo Old Fort Sumner. En el museo, custodiado por un tipo calvo y gordo con todo el aspecto de ser un “Ángel del Infierno” jubilado, estaban las cartas que dirigió el Niño al gobernador Lew Wallace solicitándole la amnistía, fotos de prensa de varios pistoleros, carteles de recompensa, el informe de la autopsia de Billy en inglés y en español (el español, macarrónico; el inglés algo mejor), y la historia del Niño contada en 14 estampas pintadas por el “artista” Howard Suttle. Indescriptible.
Como el primer museo había agotado mi deseo de ver artefactos mugrientos, rápidamente salí de aquel templo de la cochambre para ver la auténtica tumba. Antes de entrar al patio, una nube de moscas mordedoras intentó cebarse en mi persona. Superado el obstáculo a gorrazos y con no pocos aspavientos, apareció uno nuevo: una jaula de forja maciza.
¿A qué se debe que la tumba esté enjaulada como lo estaban los animales de la vieja Casa de Fieras del Retiro? Resulta que la verdadera lápida había sido robada un par de veces, la primera en 1950. Permaneció desaparecida durante 26 años, antes de ser encontrada en Granbury, Tejas (una ciudad que se hizo famosa por las tumbas de forajidos, todas ellas robadas o falsificadas). De allí se esfumó no se sabe cómo en 1981, para, después de recorrer dos mil kilómetros, reaparecer como por ensalmo en Huntington Beach, California, desde donde fue traída por las autoridades estatales.
Un tropel de monedas, (casi todos de 25 centavos) salpican las tumbas. A pesar de tratarse de un camposanto liliputiense, de un Sleepy Hollow de bolsillo, no se sabe cuál era el lugar exacto del sepulcro de Billy. Poco después de su muerte, una tromba de agua se llevó por delante el cementerio y sus cruces de madera. La tumba actual es sólo una suposición. La lápida otra que tal baila: fue esculpida en 1940 y donada a la ciudad.
Repuesto de tantas y tan prodigiosas maravillas, me siento en un restaurante (el único, debería decir) a reponer fuerzas. El encargado, un tejano de libro que parece haberse untado el pelo con un galón de betún, es un iconoclasta resentido. Me informa de que la auténtica tumba de Billy no está allí, sino en el cementerio de su pueblo, Hamilton, Texas, donde reposan los restos de un tal William "Brushy Bill" Roberts, que tuvo la humorada de esperar hasta el momento de su muerte en 1950 para decir que él era el verdadero Billy the Kid y que, no hace falta decirlo, Pat Garrett se había llevado la recompensa por la cara.
Hamilton está a 800 kilómetros de aquí y, como ya he tenido demasiadas emociones por hoy, retomo la I-40 y entre camiones gigantes como los del Infierno sobre ruedas, enfilo para dormir en Oklahoma. En el Best Western de Oklahoma City, en animado soliloquio con Jack Daniels, el viajero se da cuenta de que, como la tumba de Billy, la América esencial, esa entelequia que parecía dormir una siesta tranquila y satisfecha, en realidad no existe. © Manuel Peinado Lorca, 2017. @mpeinadolorca.

jueves, 8 de junio de 2017

Hormigas que cazan con velcro

Detalle de los frutos de Xanthium spinosum
El ingeniero suizo George de Mestral era un buen observador. Mientras paseaba con su perro por los Alpes una mañana fresquita de otoño, observó que después de zascandilear por un erial, el chucho reapareció con el pelaje cubierto de una especie de pelotillas. Observándolas con atención, se dio cuenta de que eran los frutos de la bardana espinosa o arrancamoños (Xanthium spinosum), una planta herbácea cuyos frutos y semillas, como los de otras muchas plantas que utilizan a los animales como medio de transporte, están revestidos de unas espinas ganchudas, que, después de una plácida excursión campestre, muchos de ustedes habrán llevado a casa enganchadas en los calcetines.
Hombre observador, curioso y práctico, el ingeniero de Mestral, que a estas alturas se estaba ya preguntando cómo demonios lograban sujetarse tan fuerte al pelo de su mascota, se puso manos a la obra y examinó el fruto con una lupa que siempre llevaba encima. Si le servía a la planta, pensó, quizás pudiera tener también alguna utilidad para el hombre. ¡Eureka! Con un poco de maña aquel mecanismo natural podría servir a modo de cierre para sustituir ventajosamente a cremalleras y botones.
Supermacrofotografía de un velcro
Un par de vueltas más y ¡voilá! de Mestral parió el mecanismo de apertura y cierre rápido que patentó como Velcro (del francés velours -terciopelo- y crochet –gancho), artificio compuesto de dos cintas una de las cuales posee unas pequeñas púas flexibles y ganchudas (émulas del fruto de la bardana) que por simple presión se enganchan a la otra cinta cubierta de fibras enmarañadas que forman bucles y que, como el pelo de los mamíferos (o de nuestros calcetines),  permiten un agarre tan firme que en las modernas versiones industriales en cola de pez son capaces de sujetar varios kilos de peso. Menos, kilos, claro está, que los millones de francos que nuestro amigo ganó con un invento tan práctico como sencillo.
Pero a lo que vamos. No solamente las plantas inventaron el velcro. También lo usan algunas hormigas de la Guayana francesa, cuyo comportamiento cazador describió un equipo de investigadores franceses. Como otras hormigas, las de esta especie, Azteca andreae, conviven en asociación mutualista con plantas hospedantes que, a cambio de utilizarlas como feroces defensores frente a los herbívoros, les proporcionan anidamiento y les recompensan con néctar extra-floral y con otros edulcorados alimentos producidos en corpúsculos especiales. El problema está en que con el energético néctar se ingieren muchos azúcares, pero pocas proteínas, así que las hormigas tienen que buscarse la vida para completar su dieta de nitrógeno. ¿Cómo lo consiguen?: usando sofisticadas técnicas de caza algunas de las cuales me ocupé en una entrada anterior.
(A) Parte inferior de una hoja joven de Cecropia obtusa con numerosas hormigas A. andreae emboscadas una al lado de la otra a lo largo del borde de la hoja. El círculo rojo muestra a un himenóptero que está siendo despiezado cerca del nervio medio de la hoja. (B) Nido colgante en una C. obtusa. (C) Detalle de la posición de emboscada de las hormigas soldado. (D) Una mariposa esfíngida capturada durante la noche y todavía estaba luchando cuando fue fotografiada por la mañana. Fuente.
Para evaluar la fuerza de las hormigas soldado, los investigadores utilizaron diferentes objetos pegados a trozos de hilo cuyo extremo libre se situaba cerca de una hormiga. En la imagen, tres ejemplares de A. andreae están mordiendo el extremo de un pedazo de hilo pegado a una moneda de 10 céntimos de euro (4,11 gramos de peso). Sólo uno de ellos (flecha amarilla) está aferrado a la moneda. Fuente.
Los investigadores franceses investigaron el comportamiento depredador de A. andreae que se asocia con el árbol Cecropia obtusa. Como podrán ver en las imágenes, millares de hormigas-soldado, con las mandíbulas abiertas esperando a que los insectos se acerquen, se esconden alineadas bajo los márgenes de las hojas. En cuanto un insecto imprudente se posa en la hoja, es inmediatamente agarrado por las extremidades, y luego despedazado. Las hormigas acuden en masa para ayudar al despiece y transporte de la presa hasta el nido comunal, un bolsón colgante construido con restos vegetales y materias fecales, en el que sus compañeras custodian y miman a la hormiga reina.
(A) Microfotografía electrónica de barrido de las garras en forma de gancho de las hormigas soldado de A. andreae. (B-C) Fotomicrografías de secciones de 50 μm de Cecropia obtusa (B) y C. palmata (C); el haz foliar está en la parte superior. D-G- Microfotografía electrónicas de barrido del haz (D-E) y del envés (F-G) de la hoja de C. obtusa (D-F) y C. palmata (E-G). Tricomas largos y delgados caracterizan la parte inferior de las hojas de ambas especies, pero con diferencias importantes en las densidades; la superficie superior de las hojas tiene tricomas cortos y anchos también con densidades diferentes. Barras graduadas, 100 μm. Fuente.
Esta técnica de caza por emboscada grupal es particularmente eficaz cuando la parte inferior de las hojas es aterciopelada, como es el caso de C. obtusa. En este caso, las garras en forma de gancho de las hormigas y el suave terciopelo del envés foliar se combinan para actuar como un velcro natural que refuerza la estrategia del grupo de cazadores, lo que les permite capturar presas que pesan hasta ¡13.350 veces! el peso medio de una hormiga. © Manuel Peinado Lorca, 2017.

domingo, 4 de junio de 2017

Viejos e inmutables helechos

Osmundastrum cinnamomeum
Los helechos son viejos. Aparecidos durante el Devónico tardío, hace unos 360 millones de años, dominaron la vegetación de la Tierra durante millones de años. Aquellos helechos ancestrales eran un poco diferentes de los que conocemos hoy. Hace unos 145 millones de años, durante el Cretácico tardío, aparecieron muchas de las familias de helechos actuales. No hay regla sin excepción: un hallazgo de helechos fósiles demuestra que al menos un helecho actual vivía con los dinosaurios hace 180 millones de años.
Repasando esa fuente inagotable de novedades científicas que es la revista Science, recupero un artículo de 2014 en el que un equipo de científicos suecos describió un helecho fósil excelentemente conservado en unos depósitos sedimentarios del Jurásico temprano en la localidad de Korsaröd. Por lo general, el proceso de fosilización no conserva detalles muy finos, especialmente a nivel celular, pero no es el caso de este fósil. Cuando fue sepultado por una colada hidrotermal volcánica, se mineralizó rápidamente. La rapidez con que los tejidos de ese helecho fueron reemplazados por minerales es lo que permitió preservar los detalles anatómicos con la delicadeza y la previsión con las que sueñan los paleobotánicos. En el tallo fosilizado son claramente visibles algunas estructuras subcelulares tales como el citoplasma, algunos orgánulos celulares, los núcleos e incluso ¡algunos cromosomas en varias etapas de la división celular!
Osmunda regalis
Utilizando sofisticadas técnicas de microscopía electrónica, el equipo científico pudo analizar las propiedades de los núcleos sometidos a división. Lo que descubrieron es simplemente increíble. El número de cromosomas, así como otras propiedades del ADN, coinciden con un helecho que es bastante común actualmente en América del Norte y Asia: el helecho de canela (Osmundastrum cinnamomeum)[1], de la misma familia (Osmundaceae) que el helecho real –Osmunda regalis- relativamente común en los bosques caducifolios españoles. Los helechos de canela no sólo vivían el Jurásico temprano, sino que se han mantenido virtualmente sin cambios durante 180 millones de años. Estamos, como en otros raros casos, ante un fósil viviente que hubiera hecho las delicias de Alfred Wallace y de Charles Darwin. ©Manuel Peinado Lorca, 2017.

Características citológicas conservadas en la región apical del fósil de helecho de Korsaröd. [A] sección transversal del rizoma; (B) detalle de la sección longitudinal radial que muestra células típicamente parenquimáticas con membranas celulares conservadas (flecha), citoplasma y partículas de citosol, y núcleos en interfase con nucléolos prominentes; (C) núcleo interfásico con nucléolo y membrana nuclear intacta; (D) núcleo en profase temprana con cromatina de condensación con nucléolo desintegrado y membrana nuclear; (E y F) células en profase tardía con cromosomas en espiral y con nucléolo y membrana nuclear completamente desintegrados; (G y H) células prometafásicas que muestran cromosomas alineándose en el ecuador del núcleo; (I y J) células probablemente en anafase mostrando cromosomas en polos opuestos. Barras de escala: (A) 500 μm; (B) 20 μm; (C a J) 5 μm. Fuente





[1] El nombre de helecho canela se debe a que, a diferencia de la mayoría de los helechos, en los que los esporangios se distribuyen uniformemente en las frondes, en la familia Osmundaceae se concentran en unas frondes especiales (esporófilos), de los que se desprenden por millones las esporas de color canela.

sábado, 3 de junio de 2017

Bioconstrucciones: tejiendo nidos con hifas de hongos y telas de araña

Nido de arcilla de una avispa americana. Fuente
La Biosociología se encarga del estudio de las relaciones entre insectos sociales. Entre la gran variedad de actividades colectivas realizadas por los insectos sociales (hormigas, termitas y algunas especies de abejas y avispas), la capacidad de construir viviendas es la más espectacular. Algunos insectos son arquitectos magistrales y diseñan con precisión y creatividad guaridas basadas en su utilidad como almacenes, trampas de caza, protección frente factores climáticos adversos o defensa frente a los enemigos. Los naturalistas, los científicos e incluso los arquitectos podrían aprender de los insectos algunos trucos sobre el arte de construir viviendas funcionales, protectoras, autosuficientes y, lo que es también muy importante, sostenidas con elementos naturales obtenidos en el entorno natural.

En un libro maravilloso [1], Mike Hansell, profesor emérito de la Universidad de Glasgow, cuenta cómo, desde las amebas unicelulares a los seres humanos, la construcción de estructuras protectoras constituye un fenómeno extraordinariamente extendido que nunca deja de sorprender tanto por los materiales empleados como por la complejidad de la bioarquitectura. Los ejemplos más sofisticados de arquitectura animal se encuentran principalmente entre los arácnidos, las aves y los insectos. Entre estos últimos, unos consumados bioconstructores son las avispas, una denominación amplia que se aplica a distintas especies de insectos del orden Hymenoptera que, como nos enseñaron Johnson & Triplehorn [2], incluye a todo himenóptero no clasificado como hormiga o abeja. 

Avispa del género Vespula. Fuente
Las avispas elaboran nidos de varios tipos, desde cavidades a nidos hechos de arcilla o madera masticada que cuelgan o adhieren a los muros. Las avispas del género Nitela (familia Crabronidae) anidan en cavidades preexistentes, tales como las agallas producidas por las avispas gallaritas de la familia Cynípidae, las madrigueras excavadas por escarabajos de la madera o en agujeros de rocas [3]. Pero hay una especie de las selvas de la Guayana francesa, Nitela constructor, que construye su nido usando materiales completamente diferentes a los que utilizan no ya las avispas, sino cualquier otro artrópodo [4].

Esta avispa solitaria neotropical anida exclusivamente en una planta, Hirtella physophora (Chrysobalanaceae), que vive en simbiosis con Allomerus decemarticulatus, una especie de hormiga amazónica, cuyas obreras son unos predadores consumados que, además de la planta usan a algunos hongos para cazar a sus presas [5]. Las hormigas, que forman colonias de unos mil individuos, viven en bolsas que construyen con las hojas de H. physophora. Cada colonia vive únicamente en un árbol, pero en diferentes bolsas cada una de ellas ocupada por unos cuarenta individuos. Su dieta consiste principalmente en grandes insectos a los que capturan en la planta, pero también comen el néctar y algunas excrecencias alimenticias producidas por la planta. Capturan las presas, cuyo tamaño supera ampliamente el de las hormigas, mediante la construcción de una plataforma que actúa como una trampa para la desprevenida presa. Las hormigas están emboscadas en la trampa y atacan cuando cualquier insecto cae en ella. La estrategia de estas hormigas es tan elaborada que merecen una próxima entrada.

A) Una hembra de Nitela constructor en la embocadura de su nido de hifas entrelazadas; (B) nido de N. constructor en la parte inferior de una hoja de Hirtella physophora cerca de las bolsas ocupadas por las hormigas Allomerus decemarticulatus; (C) Ejemplar de N. constructor (barra = 1 mm); (D) Ramichloridium strelitziae creciendo en los nectarios extraflorales (flechas) de una hoja de H. physophora (barra = 1 cm); (E) detalle de un nectario extrafloral colonizado por R. strelitziae (barra = 5 mm). Fuente
Las avispas siempre construyen sus nidos en forma de botella sobre el nervio central de la hoja a corta distancia (uno o dos centímetros) de las bolsas de hojas ocupadas por las hormigas. La entrada del nido está siempre en el lado opuesto a su anclaje en la hoja. Tales asociaciones con las hormigas no son raras en las avispas y son consideradas como un medio de protección contra los depredadores que evitan acercarse a las peligrosas hormigas. Las avispas construyen sus nidos, que forman un entramado muy parecido a un capullo de gusano de seda, utilizando hifas de un hongo, el ascomycete endofítico Ramichloridium strelitziae, que ensamblan junto a hilos de seda de las arañas que viven en los alrededores. El hongo, a su vez, se alimenta de los nectarios extraflorales de H. physophora (Fig. 1).

Nitela constructor, como las aves que utilizan los rizomorfos del basidiomycete Marasmius androsaceus [6], ha desarrollado así el uso de un nuevo tipo de material para construir su nido. Las hifas fúngicas son abundantes y cuando se entrelazan firmemente componen una estructura fuerte y repelente al agua comparable en complejidad al nido de los pájaros tejedores de la familia Ploceidae.

En cualquier caso, esta especie de avispa es el único ejemplo conocido de una especie de artrópodo que cosecha hongos con fines estructurales y no nutricionales. ©Manuel Peinado Lorca.



[1] Animal architecture. Oxford University Press, Oxford.
[2] Johnson, N. F. & Triplehorn, C.A. 2004. Borror's Introduction to the Study of Insects. Brooks/Cole.
[3] Bohart, R. M. & Menke, A.S. 1976. Sphecid wasps of the world. A generic revision. University of California Press, Berkeley.
[4] Ruiz-González, M. X., Corbar, B., Leroy, C. Dejean, A. & Orivel, J. 2010. The Weaver Wasp: Spinning Fungus into a Nest. Biotropica 42(4): 402-404.
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