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miércoles, 27 de febrero de 2019

Calle Libreros: un paso más en la buena dirección

Calle Libreros. Febrero de 2018. Foto: Ayuntamiento de Alcalá.
Cada madrugada, cuando las calles de Alcalá están vacías, desde la ventana de mi alcoba bajo la vista y veo la embocadura de la calle Libreros, un adarve que, con el antiguo Colegio Menor de Santa Catalina a modo de jamba izquierda, se dirige hacia el casco histórico dejando a retaguardia la fuente de los Cuatro Caños.
Desde hace unos días, cuando casi terminaron las obras de remodelación, la vista al atardecer de la Libreros ha cambiado por completo. Liberada de coches, los peatones se han adueñado de un espacio que no es de nadie y es de todos. El sábado pasado disfruté del espectáculo de la gente paseando, hablando, conviviendo en un espacio que siempre ha estado allí, pero que parecía recién descubierto. Unos vecinos me pararon para pedirme que pidiera al alcalde que peatonalizara la calle. Abrí el teléfono y “guasapeé” un corto mensaje: «Voy de paseo por Libreros. Un gentío disfrutando de la calle».
El Alcalde estaba, supongo, preparando el viaje que al día siguiente iba a hacer con el Presidente del Gobierno a las sepulturas de Antonio Machado y Manuel Azaña. Me parece que ese día Javier acabó por tomar la decisión que, me consta, venía madurando desde hace algún tiempo. El lunes recibí su mensaje: «Calle Libreros y plaza de Cervantes peatonalizadas, ya lo hemos dicho hoy». Me alegró saberlo, y mucho. Al hilo de esta decisión, que pone punto y seguido a quince años perdidos, me gustaría hacer algunas reflexiones sobre lo que me movió hace ya tres lustros a promover el plan de peatonalización más ambicioso de todas las ciudades españolas.
Empezaré por subrayar una obviedad que algunos no han acabado de entender. Con la obtención del título de Patrimonio de la Humanidad en diciembre de 1998, Alcalá, que nunca había sido de nadie, ni de los comerciantes gárrulos que pensaban que era suya, había ha pasado a ser, más que nunca, de toda la humanidad. La declaración de la UNESCO significaba un honor, pero también un deber: proteger el Casco Histórico adoptando algunas medidas de calado, entre otras la limitación cuando no el destierro de prácticas que dañaban unos edificios y unos entornos que no estaban diseñados para el tráfico de vehículos a motor.
Calle Libreros. 1960. Fotografía de Baldomero Perdigón Puebla. Extraída del libro “Alcalá de Henares en Blanco y Negro (1960 – 1970)
Los años 50 y 60 del siglo pasado fueron testigos del lanzamiento del coche como producto de masas. Las calles de las grandes ciudades europeas reflejaban hasta entonces sus particulares características arquitectónicas, con trazados estrechos o amplios bulevares peatonales, calles adoquinadas, canales navegables (como en Ámsterdam) o vías semiasfaltadas que recorrían los tranvías. Con la llegada del que se consideró como el medio de transporte del futuro, la fisionomía de las ciudades cambió por completo. Las calles fueron ampliadas y asfaltadas, se levantaron esos efímeros héroes contra el tráfico que fueron los “scalextrics” y se abrieron túneles, todo en aras de que los flamantes vehículos pudieran adueñarse de la ciudad.
Cuando en la década de 1990 me documentaba preparando la edición del Tratado de Ecología Urbana, el debate sobre las ciudades, aunque prácticamente desconocido en España, había comenzado en Europa. Una de las primeras propuestas elaboradas al respecto fue el informe de 1991 Proposition de recherche pour une ville sans voitures (Propuesta de investigación para una ciudad sin coches) coordinado por el italiano Fabio M. Ciufini a petición de la entonces Comunidad Económica Europea. Su distribución fue limitada, casi confidencial. Ningún libro o documento publicado se refiere a ese informe. Pero sus conclusiones superaron las mejores esperanzas del movimiento contra el abuso del automóvil. Tres años después, se desarrolló la primera conferencia sobre ciudades libres de coches en Ámsterdam.
Aunque por entonces las propuestas eran tomadas como poco más que una quimera por la mayoría de urbanistas (empeñados en la política centrífuga de los centros comerciales y las ciudades dispersas), hoy en día casi todas las grandes ciudades europeas tienen planes para reducir el tráfico. Algunas de ellas ya han anunciado su intención de lograr un centro urbano completamente libre de tráfico de vehículos particulares. Otras han apostado por combinar formas alternativas de transporte al coche, con una circulación reducida de automóviles.
Algunos de los veranos de aquella década los dediqué a viajar por algunas ciudades que habían apostado por la peatonalización o la reducción del tráfico a motor por sus centros urbanos. Algunos de ellos me llamaron particularmente la atención. De una de ellas, Oslo, me he ocupado en un artículo anterior. Lo haré ahora sobre Friburgo.
Situada en el suroeste de Alemania y con una población de unos 220.000 habitantes, Friburgo supuso una excepción a las normas favorecedoras del tráfico a motor que imperaba en las ciudades de todo el mundo. Cuando el tráfico empezó a convertirse en un problema, la mayoría de las urbes alemanas optaron por reducir la infraestructura del transporte público para dar más espacio a los coches. Friburgo apostó, sin embargo, por mantener y ampliar su red de tranvía. La ciudad comenzó a desarrollarse urbanísticamente desde los 70 con la idea de dar prioridad al transporte público, a las bicicletas y a los viandantes. El barrio de Vauban, construido en los 90, fue un modelo experimental de zona urbana diseñada desde un principio para estar cien por cien libre de coches.
Un tranvía circula por las calles de Friburgo.
El resultado de esas políticas a medio y largo es que en Friburgo solo un 32% de los desplazamientos se realizan en vehículo particular y más de un tercio de la población ni siquiera tiene coche. Más de 200.000 personas de su zona metropolitana, con una población de 615.000 habitantes, utilizan a diario el transporte público y la ciudad es, a día de hoy, uno de los referentes mundiales en cuanto a movilidad sostenible.
El mismo año en que tomé posesión como alcalde (1999), dediqué quince días del verano a visitar los modelos peatonales de dos ciudades universitarias: Oxford y Cambridge. Allí aprendí el sistema de bolardos que restringían el paso de los vehículos no autorizados al entorno de los cascos históricos de ambas ciudades. Fuimos trabajando en el proceso durante todo el mandato. Buscamos financiación europea y en 2003 el proyecto entró en funcionamiento. Lo que pasó después lo he lamentado en estas mismas páginas. Pero conviene comparar.
Calle cerrada al tráfico con bolardos en Cambridge. Verano de 199
El mismo año en que yo asumí el gobierno municipal, lo hizo también por primera vez en Pontevedra el médico Miguel Ánxo Fernández. Desde su llegada a la alcaldía, la ciudad inició un cambio de rumbo en cuanto a sus políticas de movilidad. Se ampliaron aceras y se redujeron los carriles para coches y buena parte del centro fue completamente peatonalizado. Aunque el cierre del tráfico fue tomado como una maldición por los comerciantes, pronto comenzaron a reclamar nuevas peatonalizaciones. Más allá de un incremento del espacio para los peatones y una reducción de las emisiones de hasta un 65% y de lograr que en 2018 el 70% de los desplazamientos internos se realicen a pie o en bicicleta, la estrategia de movilidad de Pontevedra ha traído como consecuencia que sea un caso reconocido internacionalmente (en 2015 recibió el premio ONU Habitat por su modelo urbano peatonal) y un modelo a imitar por ciudades como Nueva Orleans, que estudia la estrategia de Pontevedra para la revitalización del barrio francés. 
Pontevedra: Una referencia internacional dentro de España. Nosotros pudimos haberlo sido. El equipo de gobierno que encabeza Javier Rodríguez Palacios ha dado ahora un paso que, parafraseando a Neil Amstrong es «un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para [el patrimonio] de la Humanidad». © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

El cambio que no cesa


A finales del pasado mes de septiembre, la Agencia de la Atmósfera y los Océanos de Estados Unidos (NOAA) publicó los datos que confirmaban que durante más de 400 meses consecutivos el planeta ha superado la media de temperatura desde que hay registros (1). En contraposición a 1816, el año del verano que nunca llegó, estamos viviendo veranos eternos en los que continua la tendencia denunciada en 2016 y 2017, los años más calurosos desde que comenzaron los registros en 1880 (2). El último informe presentado por el IPCC el pasado 8 de octubre (3) y el de la NASA (4) reiteran que hay más del 95% de probabilidad de que las actividades humanas, traducidas en la emisión de gases de efecto invernadero (GEI), especialmente reflejadas en el aumento del CO2 (Figura 1), sean la causa del aumento del calentamiento global del planeta.
Figura 1. El gráfico de arriba muestra los niveles de CO2 durante los últimos tres ciclos glaciares, obtenidos analizando núcleos de hielo. El gráfico de abajo muestra los niveles atmosféricos de CO2 medidos en el Observatorio Mauna Loa, Hawái, en los últimos doce años. Los gráficos, basados en la comparación de muestras atmosféricas contenidas en núcleos de hielo y mediciones directas más recientes, proporcionan la evidencia de que el CO2 atmosférico ha aumentado desde la Revolución Industrial. Las medidas actuales (409 ppm) son de octubre de 2018. Fuente (6).

Desde el comienzo de la Revolución Industrial cada vez hay más evidencias de un calentamiento global, esto es, de una tendencia ascendente de la temperatura en toda la Tierra, motivada por las actividades humanas, que está provocando un efecto inducido en el cambio climático natural (5). Algunas consecuencias de cambiar el efecto invernadero natural son difíciles de predecir, pero sabemos a ciencia cierta que acusarán ciertos efectos de que ya son perceptibles por varias pruebas y evidencias que resumo en los siguientes apartados.


martes, 26 de febrero de 2019

Un noticia esperanzadora: la Tierra reverdece

En las últimas dos décadas, la Tierra ha visto un aumento del verdor medido por el área foliar medio por año. Los datos de los satélites de la NASA demuestran que China e India están liderando el reverdecer de la Tierra. El efecto proviene principalmente de ambiciosos programas de reforestación en China y de la agricultura intensiva en ambos países. Fuente: Observatorio de la Tierra de la NASA.


Un artículo publicado el pasado 11 de febrero en la revista Nature Sustenaibility ha puesto de manifiesto que el mundo es más verde de lo que era hace 20 años, mientras que los datos de dos satélites de la NASA han demostrado que el origen del cambio hay que situarlo en buena medida en unos países un tanto inesperados: China e India.
Este sorprendente análisis muestra que los dos países emergentes con las poblaciones más grandes del mundo están liderando la mejora en el cambio hacia el verde de la Tierra. Fundamentalmente, el efecto procede de los ambiciosos programas de reforestación en China y de la agricultura intensiva en ambos países. En 2017 India rompió su propio récord mundial de árboles plantados después de que miles de voluntarios se conjuraron para plantar 66 millones en sólo 12 horas.
El fenómeno del aumento de la superficie forestal global fue detectado por primera vez por investigadores al servicio de la NASA que utilizaron datos que han ido tomando los satélites desde mediados de los años noventa, pero no sabían si la actividad humana era una de las principales causas directas de la recuperación de los bosques. La respuesta la han dado los MODIS.
Dos satélites de la NASA que han orbitado la Tierra durante veinte años equipados con un instrumento llamado espectrorradiómetro de imagen de media resolución (MODIS, por sus siglas en inglés) han enviado datos de alta resolución que proporcionan información muy precisa sobre cómo evoluciona la vegetación con imágenes a unos  500 metros sobre el suelo. Los MODIS han suministrado una cobertura espacio-temporal intensiva tomando cuatro disparos de cada sitio terrestre todos los días durante los últimos 20 años.
Acoplando esos datos, el reverdecer del planeta en las últimas dos décadas representa un aumento en el área foliar de herbáceas, arbustos y árboles equivalente a la superficie cubierta por todas las selvas tropicales amazónicas. Desde los inicios de 2000 se han ido incorporando más de 5 millones de kilómetros cuadrados de zonas verdes al año, lo que equivale a un aumento del 5%.
Aunque contienen sólo el 9% de la superficie terrestre del planeta cubierta de vegetación, China e India son responsables de un tercio del viraje al verde, un hallazgo sorprendente teniendo en cuenta la idea general de la degradación del suelo en los países superpoblados sometidos a sobreexplotación. Cuando se observó por primera vez el cambio, los investigadores pensaron que era debido a un clima más cálido y húmedo y a la fertilización producida por el dióxido de carbono añadido en la atmósfera, lo que habría llevado a un mayor crecimiento foliar en los bosques del hemisferio Norte, por ejemplo. Con los datos MODIS, que permiten entender el fenómeno a escalas muy pequeñas, se ha comprobado que los humanos también contribuyen a la mejora,
La enorme contribución de China a la tendencia mundial procede en gran parte (42%) de los programas gubernamentales para conservar y expandir los bosques, que se desarrollaron para reducir los efectos de la erosión del suelo, la contaminación atmosférica y el cambio climático. Otro 32% de la contribución china y el 82% de la observada en la India proviene del cultivo intensivo de cultivos agrícolas.
El área de tierra utilizada para cultivos agrícolas –más de 1,9 millones de kilómetros cuadrados– es similar en China y la India y no ha cambiado mucho desde principios de la década de 2000; sin embargo, estas regiones han aumentado considerablemente su área verde total anual y su producción de alimentos. Eso se consiguió gracias a las prácticas de cultivo múltiple, en las que un mismo campo produce varias cosechas al año. La producción de granos, hortalizas, frutas, etcétera ha aumentado aproximadamente un 35-40% desde 2000 para alimentar a las enormes poblaciones de ambos países.
La evolución de la tendencia al verde puede cambiar en el futuro dependiendo de numerosos factores a escala mundial y local. Por ejemplo, el aumento de la producción de alimentos en la India se ve facilitado por el riego con aguas subterráneas. Si el agua subterránea se agota, la tendencia puede cambiar. Pero ahora que se sabe que la influencia humana directa es un impulsor clave del cambio hacia el verde de la Tierra, los datos deben incorporarse a la elaboración de los modelos climáticos, lo que ayudará a los científicos a hacer mejores predicciones sobre el comportamiento de los diferentes sistemas terrestres y a que los países tomen mejores decisiones sobre cómo y cuándo adoptar medidas.
Y ahora un jarro de agua fría: los investigadores señalan que la ganancia verde en todo el mundo, liderada por India y China, no compensa los daños causados por la pérdida de vegetación natural en regiones tropicales, como Brasil e Indonesia. Las consecuencias para la sostenibilidad y la biodiversidad en esos ecosistemas siguen existiendo, pero, en general, hay un mensaje positivo en los nuevos hallazgos.
Una vez que la gente se da cuenta de que hay un problema, tiende a arreglarlo, parece ser el corolario. En los años 70 y 80 los datos sobre la pérdida de vegetación en India y China eran malos; en los años 90, la gente se dio cuenta y hoy las cosas han mejorado.
Los humanos somos increíblemente resilientes. Eso es lo que cabe extraer de los datos esperanzadores que acabamos de conocer. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

lunes, 25 de febrero de 2019

Green Book y los pueblos del atardecer


La idea de una América postracial, que se acarició por primera vez cuando un afroamericano llegó a la Casa Blanca, la de una era en la que la cuestión de la raza pasaría a un plano secundario, se antojó fantasiosa rápidamente. Todo el mandato de Obama estuvo salpicado de incidentes racistas, a veces tragedias, que recuerdan lo viva que sigue la fractura social del país, la mala salud de hierro del viejo racismo. El virulento racismo de los años sesenta es el telón de fondo de Green Book (Libro Verde), una road movie y una comedia amable sobre el supremacismo, la amistad y la reconciliación, que ha conquistado este año el Óscar a la mejor película.

La película de Peter Farrelly lleva el nombre de una guía que, en los Estados Unidos de 1962, en pleno auge de la segregación, proporcionaba a los viajeros negros lugares "seguros" en los que les estaba permitido detenerse, comer o dormir. Tony, el personaje que interpreta Viggo Mortensen, la lleva en el viaje y la hojea varias veces. Tendrá que consultarla para hacer su trabajo: conseguir que el doctor Don Shirley (Mahershala Ali) vaya de concierto en concierto de forma segura durante su gira de ocho semanas por el Deep South.

Green Book no fue el único libro de viajes dirigido a los automovilistas negros estadounidenses, pero fue el más popular. Lo ideó Victor Hugo Green, un cartero afroamericano que vivía en Harlem. Trabajó en el proyecto durante tres décadas, desde 1936 hasta 1966, poco después de que se promulgara la Ley de Derechos Civiles. Entre 1937 y 1966 se publicaron veintidós ediciones (y un suplemento), todas ellas recopiladas y digitalizadas por el Centro Schomburg para la Investigación de la Cultura Negra de la Biblioteca Pública de Nueva York.

Leyendo uno de esos ejemplares, encuentro que la guía incluía información sobre los “pueblos del atardecer” que descubrí en un libro -Sundown Towns; Touchstone 2006- que compré hace dos años en la bien surtida librería del entonces recién nacido edificio del Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana de Washington DC, inaugurado por Obama en 2016. En el libro el profesor emérito de Sociología de la Universidad de Vermont, James W. Loewen, relata una más de las dimensiones ocultas del racismo americano.

El libro descansa en un análisis minucioso de los censos municipales que permitió que Loewen sacara a la luz los patrones residenciales estadounidenses y descubrir los centenares de “sundown towns" (“pueblos del atardecer") que surgieron a lo largo del siglo XX reservados exclusivamente para blancos mediante la aplicación de una regla no escrita: los negros no solo no podían vivir allí, ni siquiera podían caminar cuando se ponía el sol. Para conseguir el propósito de crear comunidades caucásicas homogéneas, los WASP locales usaron de todo, desde formalidades legales hasta la violencia. Loewen examina con detenimiento la historia, la sociología y la prolongada existencia de esas poblaciones que, aunque pueda sorprender, están en su mayoría situadas fuera del Sur, feudo tradicional de los racistas norteamericanos y paisaje de fondo de la película de Farrelly.

En octubre de 2001, Loewen se detuvo en Anna, Illinois, en uno de esos comercios de carretera en la que uno puede encontrar casi de todo. Aunque la página web municipal dice que el nombre de este pueblo de poco más de 7.000 habitantes -buena parte de los cuales están censados en el enorme frenopático estatal- se debe al de la hija de su fundador allá por la segunda mitad del XIX, el dependiente de la tienda le confirmó lo que todos los afroamericanos medianamente informados saben: Anna es el acrónimo de «Ain't No Niggers Allowed» («No se permiten negros»).

El 8 de noviembre de 1909, casi un siglo antes de que Loewen entrara en la tienda, una multitud de enfurecidos ciudadanos blancos expulsó a las cuarenta familias negras de Anna después de que en una ciudad cercana la multitud hubiera linchado a un afroamericano acusado de violar a una blanca. Anna se convirtió así en un pueblo solo para blancos de la noche a la mañana. Anna no es una excepción, como puede comprobarse abriendo este mapa elaborado por el propio Loewen en el que figuran, estado por estado, centenares de Sundown Towns repartidos por todo Estados Unidos. En la entrada de uno de ellos, en Hawthorne, California, un cartel decía: «Nigger, Don't Let The Sun Set On YOU In Hawthorne» («Negro, no vea ponerse el Sol en Hawthorne»; de ese cartel amenazador deriva el nombre de “pueblos del atardecer”.

Desde la década de 1890, cuando se da por finalizada la reconstrucción posbélica del país, hasta la legislación sobre viviendas de 1968, los blancos estadounidenses se las apañaron para crear miles de pueblos y comunidades exclusivos para anglosajones. De hecho, Loewen afirma que, si se excluye el profundo Sur, es más que probable que la mayoría de todas las poblaciones fundadas en Estados Unidos durante ese período de 70 años excluyeron a los afroamericanos. Según el censo de Loewen, en ese período existían aproximadamente un millar de pueblos del atardecer.

Como sucedió en Anna, los blancos de unas cincuenta ciudades utilizaron la violencia multitudinaria para expulsar y evitar a los afroamericanos, y a muchos más les bastó con la amenaza de aplicar violencia como habían hechos esas precursoras. A principios de los años 50, un profesor de la Universidad de Pensilvania que creció en Wyandotte, Michigan, le dijo a Loewen que todos los miembros de una familia negra que se mudó a la ciudad terminaron asesinados mediantes crímenes que nunca se investigaron.

Algunas ciudades aprobaron ordenanzas "legales" que prohibían la contratación de negros o alquilarles o venderles casas; en otros se enviaban matones para que hicieran visitas informales a los afroamericanos para advertirles que no debían afincarse en la localidad. En 1960, la prensa informó que las inmobiliarias de Grosse Pointe, Michigan, habían concebido una manera mucho más sutil de asegurar la exclusividad racial: usaban un sistema de puntuación para evaluar la elegibilidad de un comprador potencial que incluía una calificación de “blancura”.

Si la primera prioridad de Loewen es revelar lo que él llama la "historia oculta" de los pueblos del atardecer, la segunda es debilitar la idea ampliamente extendida de que, cuando se trata de racismo, el Sur es siempre «el escenario del crimen», como sentenció el activista y escritor James Baldwin. En lo que a supremacismo se refiere, la línea Mason-Dixon era solo virtual. La incidencia de los pueblos del atardecer en el Sur, según Loewen, era en realidad mucho menor que en un estado del Midwest, como Illinois, en el que alrededor del 70% de las localidades estaban dentro de la categoría en 1970.
Se ha escrito sobre la historia de la segregación dentro de las ciudades americanas, pero Sundown Towns sigue siendo el primer estudio completo de lugares que trataron de excluir totalmente a los afroamericanos. La meticulosa investigación y la apasionada crónica de la compleja y a menudo impactante historia de las comunidades solo para blancos, hacen merecedor a Sundown Towns de convertirse en un clásico de las relaciones raciales estadounidenses, los estudios urbanos y la geografía cultural.

Después de leerlo, la película de Farrelly adquiere una nueva dimensión y los viajes por Estados Unidos merecerán, con toda razón, una nueva y sospechosa atención. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

sábado, 23 de febrero de 2019

Pasen y vean: así cambiará el nivel del mar en unos cuantos años


Desde el comienzo de la Revolución Industrial cada vez hay más evidencias de un calentamiento global, esto es, de una tendencia ascendente de la temperatura en toda la Tierra, motivada por las actividades humanas, que está provocando un efecto inducido en el cambio climático natural. Algunas consecuencias de cambiar el efecto invernadero natural son difíciles de predecir, pero sabemos a ciencia cierta que acusarán ciertos efectos de que ya son perceptibles por varias pruebas y evidencias entre las que destaca el aumento del nivel del mar, que ya está provocando problemas en algunos lugares del mundo que parecían ajenos a ellos.
Ese aumento está causado principalmente por dos factores relacionados con el calentamiento global: el agua agregada por la fusión de las capas de hielo y los glaciares, y la expansión del agua a medida que se calienta. El nivel global del mar aumentó aproximadamente 120 metros desde el final de la última Edad de Hielo (hace aproximadamente 21.000 años), y se estabilizó entre hace 3.000 y 2.000 años. 
Los análisis sugieren que el nivel global del mar no cambió significativamente desde entonces hasta finales del siglo XIX, cuando los registros muestran evidencias de un aumento de nivel. A mediados del siglo XIX, la tasa de aumento del nivel del mar probablemente comenzó a exceder la tasa media de los 2.000 años anteriores. Mientras que la subida del nivel medio del mar desde 1900 ha sido de unos 20 centímetros, las observaciones de altimetría satelital, disponibles desde principios de la década de 1990, indican que la tasa de subida casi se ha duplicado en las dos últimas décadas (Figura 1). Las distintas previsiones anuncian que para 2050 los valores proyectados están entre 24 y 29 centímetros más, y que en 2100 habrá aumentado entre 30 y 120 cm.
Figura 1. Variación en el nivel del mar desde 1870 elaborada con datos de mareógrafos costeros. Desde 1995, la tasa media de subida anual es de 3,4 mm.Elaboración propia.
El aumento del nivel del mar continuará más allá de 2100 porque los océanos tardan mucho tiempo en responder a las condiciones más cálidas en la superficie de la Tierra. Por lo tanto, las aguas oceánicas continuarán calentándose y el nivel del mar continuará aumentando durante muchos siglos a tasas iguales o superiores a las del siglo actual. Muchos países no tendrán capacidad económica para poner en marcha medidas de adaptación que eviten los impactos más adversos. En algunas provincias españolas, por ejemplo, solo la subida del nivel del mar hacia 2050, puede suponer un coste equivalente a entre el 0,5% y el 3% de su PIB, que llegaría al 10% a finales de siglo. En España, el aumento del nivel del mar será notable en el delta del Ebro o en zonas bajas como la desembocadura del Guadalquivir o Huelva y se perderá gran parte de las playas encajadas en las costas del Cantábrico y de la Costa Brava; el impacto será destacable también en puertos e infraestructuras costeras, incluso con pérdida operativa en muchos casos.
A estas alturas, todo el que quiera darse por enterado sabe que el clima está cambiando, que los niveles del mar están aumentando y que es probable que las crisis se produzcan antes de lo esperado. Sin embargo, una cosa es saber y otra cosa es observar realmente los posibles desastres. No faltan herramientas para ayudar a los escépticos a comprender lo que está por venir. Veamos algunas de ellas que he tomado de este enlace.
Usando datos de la NASA, del Sea Level Explorer y del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) Information Is Beautiful ha elaborado una imagen que muestra cuántos años faltan para que las principales ciudades del mundo queden sumergidas.

La Agencia Nacional Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos (NOAA) ofrece una herramienta que ayuda a ver los impactos de las inundaciones costeras o el aumento del nivel del mar hasta 10 pies (3,3 metros) por encima la media de las mareas altas. Puede hacer zoom en una zona en particular, elaborar diferentes escenarios y comprobar qué sucede cuando el agua sube un pie (0,33 metros), dos pies (0,66) o 10 pies más arriba de lo normal.
La herramienta de Opciones Cartográficas (Mapping Choices) de Climate Central hace esencialmente lo mismo, pero con un nivel más ajustado porque muestra dos escenarios y pregunta qué nivel del mar queremos observar.
Imagen: Mapping Choices.
La herramienta de aumento del nivel del mar de EarthTime va un paso más allá y muestra no solo las principales ciudades del mundo, sino también los escenarios contemplados en el Acuerdo de París que permiten observar directamente los cambios que ocurrirán.
Imagen: EarthTime.
En Fitz Labs han elaborado un mapa que permite contemplar el futuro dentro de 60 años de las ciudades de América del Norte. San José se convierte en una ciudad del condado de Los Ángeles y Carolina del Norte se parecerá más a Florida.
Imagen: Fitz Labs.
Para terminar, The New York Times ha creado un interactivo que muestra lo que los diferentes países están haciendo para reducir las emisiones de carbono y cómo la adopción de cada una de esas políticas podría beneficiar a los Estados Unidos. Es una visión mucho más tranquilizadora.
© Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Las colmenillas no matan

Grupo de colmenillas (Morchella esculenta). Foto: Fernando Rey.

La prensa ha sacado a la luz un caso de intoxicación de un grupo de comensales de un reconocido restaurante valenciano que tenían en común haber ingerido un plato de arroz con setas. La intoxicación ha resultado en la desgraciada muerte de una mujer de 46 años.
La seta acusada es una colmenilla, nombre común de una docena de especies agrupadas en el género Morchella, muy apreciado por gourmets españoles, franceses y norteamericanos.  ¿Comestibles o venenosas? Parece conveniente hacer algunas consideraciones taxonómicas, toxicológicas y gastronómicas sobre sobre unas setas primaverales de sombrero alveolado (recuerda a una colmena) y pie hueco, de cuya popularidad ofrecen buena prueba los variados nombres comunes que se le dan en diferentes lugares españoles: murgules, murgues, rabassoles, morels, morilles, colmenillas, karraspinas, cagarrias, pantorras, crispas, crespillas, gallardas y xirupatos.
Bajo el nombre común y genérico de “setas” se reúne un conjunto relativamente homogéneo de hongos que tienen en común la producción (en épocas concretas en el caso de las setas silvestres; continuamente en el caso de las cultivadas) de unas vistosas estructuras reproductoras algunas de las cuales se usan para consumo humano con fines alimenticios la mayoría de las veces, o con fines más espurios las menos.
La Taxonomía es la ciencia de la clasificación de los seres vivos. En el sistema taxonómico, la mayoría de las setas pertenecen a un grupo de hongos conocidos como basidiomicetes, entre las que se cuentan champiñones y amanitas, por citar dos de los más comunes. Poco tienen que ver con ellos las colmenillas, que pertenecen a otro grupo, los ascomicetes. El dato no es irrelevante, puesto que entre uno y otro grupo existen las mismas relaciones de parentesco que, pongamos por caso, entre un pollo y un murciélago o entre una víbora y un boquerón.
Los champiñones (Agaricus campestris) son basidiomicetes
Para hacernos una idea cabal de lo desequilibrado que está el consumo de basidiomicetes y ascomicetes, acudamos al Real Decreto 30/2009, que regula la comercialización de las setas para uso alimentario. En el texto se citan 85 especies de los primeros y tan sólo nueve de los segundos, dos de ellos a nivel de género (Morchella y Helvella). Conviene también que ambos son los únicos que aparecen bajo un epígrafe que reza: «Especies que sólo pueden ser objeto de comercialización tras un tratamiento». Por tanto, de entrada, prudencia.
Ese desequilibrio en el uso comercial de las setas de uno y otro grupo se refleja también en su conocimiento toxicológico: a mayor consumo, mayor conocimiento. Mientas que existe una copiosa literatura científica sobre los basidiomicetes, lo que se sabe sobre las toxinas de los ascomicetes es comparativamente muy poco. Dicho de otro modo, de la mayoría de los basidiomicetes se conocen las causas, los efectos y los compuestos químicos responsables de su toxicidad. En el caso de los ascomicetes se saben las causas y los efectos, pero casi nada de las toxinas específicas que produce o puede producir su ingestión.
Que no se conozca el fundamento bioquímico de la intoxicación no quiere decir que no haya una amplia literatura clínica sobre los efectos que causa la ingestión sin tratamiento adecuado de las colmenillas, una literatura que es más prolija en algunos países donde más se consumen.  En Estados Unidos, donde se organizan festivales gastronómicos conocidos como “morel parties”, el registro de intoxicaciones elaborado por los expertos de la asociación norteamericana de micólogos (NAMA, por sus siglas en inglés) cita 1641 casos, de los cuales tan solo 129 corresponden a “morels”.
En Francia, las bases de datos de los centros antivenenos y de tóxicovigilancia (CAPTV, por sus siglas en francés) ofrecen registros de 129 personas que habían sufrido síndromes neurológicos causados por “morilles” en un periodo de tiempo de 30 años. En España, la revisión más completa es la publicada por el doctor Josep Piqueras, del Hospital Universitario Vall d’Hebron de Barcelona, en la que aparece una exhaustiva relación de casos españoles de intoxicaciones por colmenillas.
De todos los casos registrados se deduce que la ingestión de colmenillas crudas o poco cocinadas produce trastornos gastrointestinales y neurológicos de poca entidad, que la mayoría de los intoxicados superan en un máximo de 48 horas (en los casos de mayor sensibilidad) a unas cuantas horas (en los pacientes más robustos y resistentes). Todos presentaron trastornos digestivos, con náuseas vómitos y diarreas intensas que, en los casos más extremos, necesitan reposición de líquidos, electrolitos y medicación vasoactiva.
Morchella esculenta, una de las colmenillas más apreciadas en gastronomía. Foto.
En cuanto a la toxicidad neurológica, los efectos de las colmenillas se manifiestan en episodios de descoordinación motriz. Inestabilidad postural, mareos, pérdidas del equilibrio, temblores y hormigueos en manos y pies. Todos esos síntomas se han reunido en el llamado “síndrome cerebeloso” , que se agudiza, como parece ser en el caso del restaurante valenciano, cuando la comida se acompaña de dosis moderadas de alcohol.
En cualquier caso, de todos los casos registrados en el mundo no hay ni uno solo con resultado mortal. En el caso de la mujer fallecida en Valencia, los forenses dirán, pero todo hace pensar que hay otras razones médicas asociadas a la ingesta de colmenillas que han complicado el cuadro clínico habitual.
¿Son inocuas las colmenillas? La respuesta es que, adoptando unas precauciones elementales, sí. Recuerden los que decía el Real Decreto 30/2009: las colmenillas son especies que sólo pueden ser objeto de comercialización tras un tratamiento. Para ingerirlas hay que adoptar dos precauciones. Primera ingerirlas con moderación, es decir, mediante una ingesta de unos 100 gramos como acompañantes de un plato más sólido. Segunda, y más importante: no deben consumirse nunca crudas y no basta con la cocción. Las toxinas de las colmenillas son volátiles, no termolábiles (por eso no desaparecen con la cocción). La experiencia de los micólogos ofrece una sola práctica segura: la desecación previa para volatilizar las toxinas, y la ingesta pasadas varias semanas después de la deshidratación.
Haciéndolo puede afirmarse que las colmenillas pueden seguir ocupando la categoría de plato de cuatro tenedores, de delicatessen, bocatto di cardinale o manjar de gourmet.  que le otorgan la mayoría de los gastromicólogos, que en España son legión. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

viernes, 15 de febrero de 2019

El Día de los Presidentes: un embrollo de cuidado


De acuerdo con el calendario festivo estadounidense, el lunes 18 de febrero se conoce como el «Día de los Presidentes». Veamos cómo se escribe en inglés. Unos escriben el «Día del Presidente» (President’ Day); otros que es el «Día de los Presidentes» (Presidents’ Day), mientras que otros, para rizar el rizo, prefieren Presidents Day, que en español significa lo mismo que el anterior. En inglés un simple apóstrofo que cambia de posición o desaparece cambia el significado lo que denota cierta incertidumbre (valga el oxímoron).
Si se trata del President’ Day eso sugiere que solo se conmemora a un titular de la magistratura suprema de la nación, presumiblemente al primero. En cambio, Presidents’ Day insinúa más de uno, lo más probable es que al morador de Mount Vernon y a Abraham Lincoln, a los que generalmente se les considera los mejores de todos. Presidents Day, sin apóstrofo, implica el promiscuo aniversario de los cuarenta y cinco presidentes, lo que, de atender a la clasificación de la BBC, conmemoraría a los «buenos» presidentes como Jefferson, Lincoln o los dos Roosevelt, pero también a los «malos» como Buchanan, Nixon, Tyler o Harding, por no decir nada del actual, de quien, quizás, cuanto menos se diga, mejor.
Entonces, ¿qué demonios se celebra ese lunes que los estadounidenses aprovecharán para tomarse un buen puente? Pregunta tramposa. La respuesta, estrictamente hablando, no es ninguna de las tres anteriores. Una cosa es cierta: antes de 1971, el cumpleaños de George Washington era uno de los días festivos federales celebrados en fechas específicas, que año tras año caían en diferentes días de la semana (la excepción era el Día del Trabajo (Labor Day), que siempre caía en lunes). Los puentes de tres días estaban, pues, sujetos al albur del calendario.
En su sentido original, el «Día del Presidente» surgió a finales de la década de 1870, cuando el senador Steven Wallace Dorsey propuso agregar la fecha de nacimiento del "ciudadano" George Washington, el 22 de febrero (lo que, como veremos, era de por sí un error), a los cuatro días festivos federales aprobados previamente en 1870, cuyo establecimiento se fijó cuando el absentismo de los funcionarios federales, que declaraban festivos cualquier día que les venía en gana, obligó al Congreso a seguir el ejemplo de otros estados y a declarar formalmente el Día de Año Nuevo, el Día de la Independencia, el Día de Acción de Gracias y el Día de Navidad como días festivos federales en el Distrito de Columbia.
La idea de agregar el cumpleaños de Washington a la lista federal de días festivos simplemente hizo oficial una celebración no oficial que existía mucho antes de la muerte del general. Como se trataba de una propuesta muy popular (lo hubiera sido más eliminar los impuestos, pero eso salía caro), el proyecto de ley requirió poco debate; el presidente Rutherford B. Hayes la firmó en 1879 y la ley entró en vigor el año siguiente y se aplicó solo a los trabajadores federales que trabajaban (es un decir) en Washington DC. Ampliar su campo de acción exigió poco esfuerzo: en 1885, el festivo se extendió a los trabajadores federales en los (por entonces) treinta y ocho estados, que gracias al senador Dorsey pasaron a disfrutar de cinco festivos.
Así las cosas, el cumpleaños de Washington se convirtió en el primer día festivo federal en señalar el natalicio de una persona. El honor duró menos de un siglo. Todo cambió a partir de 1968, cuando, en uno de los últimos coletazos del reformismo social impulsado por Lyndon B. Johnson a través de su “Great Society”, se modificaron los festivos para crear más fines de semana de tres días con objeto de animar la economía del sector servicios. Una ley federal de 1968, la Uniform Monday Holiday Act, que entró en vigor en 1971, elevó el tercer lunes de febrero, el putativo cumpleaños de Washington, a la categoría festivo nacional.
Por lo tanto, el cumpleaños del vencedor en Trenton, Saratoga y Yorktown cambió de su fecha fija del 22 de febrero y se trasplantó al tercer lunes de febrero, acompañado del Día de los Caídos (Memorial Day) que se trasladó al último lunes de mayo. Un día festivo de nueva creación, el Día de Colón (Columbus Day), se colocó el segundo lunes de octubre, mientras que el Memorial Day, expulsado de su trinchera del 11 de noviembre, se reasignó al cuarto lunes de octubre, aunque las protestas de organizaciones de veteranos y de gobiernos estatales forzó su regreso en 1980 al día en que se conmemoraba el histórico armisticio que mandó la Primera Guerra Mundial al desván de la historia.
Para agregar entropía al aniversario presidencial, el cumpleaños de Washington no es el cumpleaños de Washington. El que para la mayoría fue el primer presidente (algunos tiquismiquis sostienen que fue el noveno) nació el 11 de febrero de 1731 (según el antiguo calendario juliano, todavía en vigor en ese momento) y no el 22 de febrero de 1732 (según el calendario gregoriano, adoptado en 1752 en todo el Imperio Británico). Por lo tanto, estrictamente hablando, bajo ninguna circunstancia puede coincidir el cumpleaños de Washington con el Presidents Day (se llame como se llame), que, al ser el tercer lunes del mes, solo puede caer entre el 15 y el 21 de febrero. El cumpleaños de Lincoln, el 12 de febrero, tampoco cuadra en el Presidents Day. Por si a alguno se le ocurre, quedan también excluidos los días del nacimiento de los otros dos presidentes paridos en febrero, William Henry Harrison el “Breve” (nacido el 6) y Ronald Reagan (el 9). ¡Un buen embrollo!
Pero, ¿a qué viene el Día de los Presidentes se escriba cómo se escriba? Según Prologue, la revista de los Archivos Nacionales, se originó por una promoción local de los comerciantes del DC que se extendió por toda la nación cuando minoristas y hosteleros descubrieron que, misteriosamente, los presidentes genéricos rendían más que los individuales, más incluso que el Padre de su país o que el admiradísimo Lincoln (al menos al norte de la línea Mason-Dixon, que todo hay que decirlo y, si no se lo creen, dense una vuelta por Arkansas).
Para los comerciantes en general (y para los hoteleros en particular), el cambio de los festivos al lunes fue la gallina de los huevos de oro. Ya habían comprobado que el tradicional lunes en que se había celebrado desde siempre el Labor Day aumentaba las ventas y llenaba los moteles. Pero ¿por qué no convertir un fin de semana de tres días en toda una semana? Dicho y hecho. Los publicistas de Washington se inventaron el reclamo del Presidents Day para animar las ventas tradicionales de los tres días de febrero que pivotaban alrededor del aniversario de Washington, haciéndolas comenzar antes de la fecha de nacimiento de Lincoln el 12 y finalizaran después del nacimiento de Washington el 22. Como ocurre hoy con el Black Friday, lo que comenzó como un día pasó a ser una semana.
Después de una década de uso local a nivel del DC, el Día del Presidente saltó a nivel nacional. Si uno se toma la molestia de mirar la hemeroteca del Washington Post, comprobará que a mediados de la década de 1980 el festivo había aparecido en unos cuantos anuncios y ocasionalmente en algún editorial de periódico. Aparece con tres "grafías": una sin apóstrofo y dos con un apóstrofo “flotante”. El libro de estilo de Associated Press colocó el apóstrofo entre la "t" y la "s" ("President's Day"), mientras que los puristas gramaticales colocaron el apóstrofo después de la "s" creyendo que “Presidents'” (de los Presidentes) se refería a "muchos" en lugar de al singular "President".
La publicidad cuajó en varios fabricantes de calendarios que, usando su propia ortografía como les vino en gana, comenzaron a sustituir el aniversario del nacimiento de Washington (el putativo, que no el real) por el Día de los Presidentes que, aunque se le llame así así, no es la denominación oficial que sigue siendo la del cumpleaños de Washington sancionada por el Congreso hace ahora 140 años. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Green Book


La idea de una América post racial, que se acarició por primera vez cuando un afroamericano llegó a la Casa Blanca, la de una era en la que la cuestión de la raza pasaría a un plano secundario, se antojó fantasiosa rápidamente. Todo el mandato de Obama estuvo salpicado de incidentes racistas, a veces tragedias, que recuerdan lo viva que sigue la fractura social del país, la mala salud de hierro del viejo racismo. El virulento racismo de los años sesenta es el telón de fondo de Green Book (Libro Verde), candidata este año al Óscar a la mejor película.

La película de Peter Farrelly lleva el nombre de una guía que, en los Estados Unidos de 1962, en pleno auge de la segregación, proporcionaba a los viajeros negros lugares "seguros" en los que les estaba permitido detenerse, comer o dormir. Tony, el personaje que representa Vigo Mortensen, la lleva en el viaje y la hojea varias veces. Tendrá que consultarla para hacer su trabajo: conseguir que el doctor Don Shirley (Mahershala Ali) vaya de concierto en concierto de forma segura durante la gira de ocho semanas del músico.

Green Book no fue el único libro de viajes dirigido a los automovilistas negros estadounidenses, pero fue el más popular. Lo ideó Victor Hugo Green, un cartero afroamericano que vivía en Harlem. Trabajó en el proyecto durante tres décadas, desde 1936 hasta 1966, poco después de que se promulgara la Ley de Derechos Civiles. Entre 1937 y 1966 se publicaron veintidós ediciones (y un suplemento), todas ellas recopiladas y digitalizadas por el Centro Schomburg para la Investigación de la Cultura Negra de la Biblioteca Pública de Nueva York.
Puedes consultar las guías en este enlace. La de 1962 es la correspondiente a la del año de la película.

domingo, 10 de febrero de 2019

Crónicas de la América profunda: De Nowheretown a Unknown City


Entre Nowheretown y Unknown City, en el cinturón maicero del Midwest, hay tres horas conduciendo por una carretera en la que los topógrafos olvidaron sembrar algunas curvas. No hay pueblos con esos nombres, pero no importa, me los invento. A 55 millas por hora, circulando por rectas infinitas entre campos de soja y maíz, es inevitable que la mente eche a volar.
En el Midwest no existen ciudades, solo aparcamientos en las afueras. El Midwest, como tantos otros lugares americanos a los que destrozó el pensamiento urbanístico de Le Corbusier, es la aniquilación del concepto de ciudad. El protagonista del urbanismo norteamericano no es el hombre, es el coche. En un país conquistado a golpe de silla y espuela, el coche ejerce hoy la vieja función del caballo. Vivir consiste en conducir por las autopistas que, como cilicios de asfalto, ciñen y atraviesan pueblos y ciudades. Comercios y restaurantes están siempre en las afueras, toda una ventaja porque siempre que sales a comer encuentras aparcamiento, aunque viajes en una de esas autocaravanas colosales que tanto gustan por aquí.
Tampoco existen las calles a la europea, las calles para pasear. Paseas por una calle de cualquier ciudad del Midwest y automáticamente te conviertes en un merodeador sospechoso. No Loitering; Neighborhood Watch; Keep Out; Private Property No Trespassing, proclaman los amenazantes carteles por todas partes. Aquí, entre el Misuri y el Misisipi repito mentalmente una frase del On the road de Jack Kerouac que me aprendí de memoria cuando correspondía:
«Quería sentirme en la orilla pantanosa y observar el río Misisipi; en vez de eso, tuve que hacerlo con la nariz pegada a una alambrada. Cuando se separa a la gente de sus ríos, ¿adónde se puede llegar?»
No se sabe bien adónde va la gente ni adónde va a llegar. Lo que es seguro es que llegará sobre ruedas: trabajan, viven, ven películas, hacen el amor y envejecen sin salir del coche.
Mientras conduzco me acuerdo del hogar ficticio de Superboy en Smallville, el pueblo en el que creció el niño alienígena antes de mudarse a Metrópolis y convertirse en Superman. Jerry Siegel y Joe Shuster, los creadores del héroe de cómic, situaron Smallville en Kansas. No me sorprende; como Clark Kent, las ciudades del Midwest parecen haber flotado por el Universo procedentes de una lejana galaxia antes de despanzurrarse contra la Tierra. Por todas partes encuentras pedazos de la ciudad galáctica que ahora no son ciudades, son casas fantasmas conectadas por carreteras muertas. Viéndolas, uno entiende el porqué del auge de las películas de zombis, de secuestradores de niños y de asesinos en serie. Escenarios no faltan en estas casas que van por libre, que son como retales de un centón suturados por caminos solitarios; casas que no quieren formar una ciudad, quieren estar solas, porque les gusta la libertad de estar en medio de ninguna parte.
Llego a Unknown City, Kansas, Ohio, Illinois o Misuri, qué más da, y me voy al hotel, el que parece ser el único de esta localidad, el Unknown Budget Inn. En la puerta, a modo de frontispicio, metido en una funda de plástico, un cartel casero anuncia el que debe de ser el lema del motel: «Footwear required to enter» (Hay que entrar calzado). Compruebo que cumplo y, después de preguntarme si se necesitará ir calzado para salir, atravieso el lobby en un suspiro y, pasaporte y tarjeta de crédito en mano, me dirijo a recepción.
El mostrador, una enorme estructura de madera colocada sobre una tarima desmesurada, parece un muestrario de rombos de formica. Sobre él, una cabeza de alce disecada y tocada con una gorrita de béisbol de los Cardinals preside la escena y parece vigilar la desangelada entrada de este Palace de las praderas. Hay una pequeña cola. Detrás de mí, vestida con lo que parece ser el mono de un repartidor de butano, una mujer oronda intenta sin éxito que no se desmanden dos lolitas vestidas de Peggy Sue. Delante tengo un hombre obeso, de unos setenta años, que parece haberse gastado su último salario en K-Max y gomina; lleva una camiseta de baloncesto con el nombre de Michael Jordan y su número, el 23, en tamaño gigantesco. Entre esa prenda y unos bermudas de flores aflora una contundente barriga centrada alrededor de un arrugado cráter umbilical.
Cuando termina el trasnochado seguidor de los Bulls y logro despegar con algún esfuerzo los pies de la mugrienta moqueta, me aproximo al mostrador-escenario. Me saluda la recepcionista, una pecosa simpática y diligente, tan rolliza que apoya los codos en la lorza que le rodea una cintura de la que emergen unos antebrazos tatuados que se me antojan alitas. De puntillas para alcanzar el formidable escritorio, relleno el escueto formulario, pago por adelantado 64 dólares, tasas incluidas, tomo primero la llave y luego el coche, y me voy a aparcar delante de la puerta de la habitación 153.
La habitación es como la de todos los moteles americanos: grande, espaciosa y espantosamente enmoquetada. La afición de los americanos a las moquetas, herencia de los ingleses, no tiene rival. Una cama enorme, una mesita de noche con un teléfono de la época de los Beach Boys y la Biblia de los Gedeones guardadita en el cajón; una mesa redonda con tres sillas; un minibar vacío y un mueble cajonero sobre el que descansa la inevitable televisión. A juzgar por su aspecto vintage, cabe esperar que hoy estrenen Bonanza. Luego están las indescriptibles colchas-edredón, los cuadros de serie atornillados a las paredes de concreto, la cafetera eléctrica y el cuarto de baño: una carcasa de plástico construida en un molde y embutida en un costado de la habitación. Dos pastillas de jabón. Las toallas, cinco toallas, cinco, de diferentes tamaños y mañosamente enrolladas, están muy limpias.
Dejo el equipaje y salgo a una calle que, como de costumbre, no es calle. Seis de la tarde; o ceno ahora o no ceno nunca. Me meto en un restaurante cuya fachada es una apoteosis kitsch, vaca incluida. Desde el momento en el que, aturdido por la música de Garth Brooks a toda pastilla, traspaso las jambas de ese emporio gastronómico, una abigarrada panoplia de colores vivos y chillones reclama mi atención desde todos los ángulos. Son las fotografías a todo color de las especialidades de la casa cuyo detallismo resulta alarmante a cualquiera que cuide sus niveles de colesterol: guisos de carne de bisonte de todos los tipos, una legión de platos de gruesas tajadas de carne roja, ladrillos de panceta y adoquines de tocino que refulgen y rezuman jugo, pollos fritos que parecen barnizados, lonchas de queso fundido, pirámides de anillos de cebolla que de haber estado en un chiringuito habría tomado por calamares a la romana, torrentes de salsa para barbacoa y centenares, quizás miles, de french fries. En el centro, presidiendo aquel epítome fotográfico que hubiera suscrito Apicius, luce una colosal empanada de carne de bisonte picada y frita, enterrada bajo un denso manto de gachas de leche, mantequilla y gravy en volcánico borboteo.
Ya es tarde para recular. Una chica faldicorta que cotorrea como Mira Sorvino en Poderosa Afrodita, me lleva hasta una mesa situada cerca del tabique de cristal desde la que puedo ver a pinches y cocineros, todos hispanos, afanados en pleno trajín entre el vapor de las fritangas. En la mesa, más de lo mismo: entre un archipiélago de saleros, pimenteros, botes de salsas y un sinfín de artefactos, emergen las cartas plastificadas, de dos palmos de alto, repletas de fotografías en color como las de tamaño gigante que, entre camisetas de béisbol, ruedas de bicicleta, fotos de famosos, media docena de televisores y un sinfín de artefactos, cuelgan de las paredes. Tras estudiarla a fondo, me decido por una hamburguesa, lo más ligero que se puede conseguir. Le pido a la camarera que haga el favor de no incluir ni las patatas con gachas «estilo de la casa» ni los aros de cebolla «fritos en una pradera de aceite». Así solo me tendré que tomar un Almax.
Ahora resuena Johny Cash. Se me ocurre que Unknown City es el lugar idóneo para desaparecer. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.