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sábado, 13 de julio de 2013

Seguimos igual

Cuando apenas despuntaba el siglo XIX, Alexander Wilson, un excelente poeta y un notable ornitólogo estadounidense, observó como una bandada de palomas silvestres norteamericanas (Ectopistes migratorius) oscurecía el cielo durante más de cuatro horas. Estimó que esa bandada se componía de más de dos mil millones de aves y tendría casi cuatrocientos kilómetros de longitud por uno y medio de ancho. 

Unos años después, otro ornitólogo estadounidense, el gran naturalista John James Audubon, comprobó la veracidad de los que había observado Wilson. Abrumado por lo que había visto, escribió: «Desmonté, me senté en una colina y empecé a marcar con el lápiz, haciendo un punto por cada bandada que pasaba. En poco tiempo comprobé que la tarea que había emprendido era inútil ya que las aves pasaban en gigantescas multitudes. Comprobé que había anotado 163 bandadas en veintiún minutos. Me fui de allí cuando el cielo estaba literalmente cubierto de palomas, la luz del medio día se oscureció como en un eclipse, las heces de las aves caían como copos de nieve y el zumbido constante de las alas me abrumaba. Antes del atardecer llegué a Louisville (…). Las palomas seguían pasando en números inimaginables y continuaron haciéndolo durante tres días seguidos».

En un continente aún por colonizar, los inmensos espacios abiertos y vírgenes con alimentos siempre disponibles y un vuelo rápido para ir en su búsqueda, eran el secreto de una especie cuyas poblaciones representaban el 40% de todas las aves de Norteamérica. Durante el invierno, las palomas se distribuían por toda la parte oriental de Norteamérica, dispersas por cualquier lugar al este de las Montañas Rocosas. Pero durante la temporada de anidación todas las palomas distribuidas por esa vastísima región de unos ocho millones de kilómetros cuadrados se desplazaban de forma coordinada a la zona de anidación, situada exclusivamente en los alrededores de los estados actuales de Nueva York, Pensilvania y Ohio. Allí era donde los estupefactos habitantes veían como cada otoño las palomas oscurecían el cielo y formaban colonias de cría de hasta 150 millones de individuos. Las estimaciones de la población total (cinco mil millones) superaban con creces a la de la humanidad en todo el mundo, lo que hacía de ellas el vertebrado más abundante de la superficie terrestre.

El 24 de marzo de 1900, un muchacho de 14 años, Press Clay Southworth, armado con una carabina de aire comprimido vagabundeaba cerca de su pueblo natal, Sargents, Ohio, cuando vio una paloma posada sobre las ramas de un roble centenario. Apuntó, disparó y la mató. Ese fue el último registro conocido de una paloma que las sociedades ornitológicas americanas consideraban ya extinguida. La paloma silvestre norteamericana había desaparecido para siempre. ¿Cómo pudo una especie que alguna vez fue tan abundante en Norteamérica extinguirse en tan sólo unas pocas décadas? La respuesta es el ser humano. Las razones principales de la extinción de esta especie, como la de tantas otras, fueron la cacería comercial sin control y la pérdida de hábitats y reservas alimenticias a medida que los bosques se talaban para dar paso a granjas y poblados. 

Las palomas silvestres tenía una carne muy sabrosa y a lo largo del siglo XIX se desarrolló toda una industria alrededor de la explotación de su carne; con sus plumas se hacían buenos almohadones y se utilizaban mucho como fertilizante. Las mataban con facilidad porque viajaban en bandadas gigantescas y anidaban en colonias largas y estrechas. Las abundantísimas bandadas atravesando las llanuras de Estados Unidos en su migración anual hacia el sur permitían a los cazadores disparar casi a ciegas asegurándose cobrar piezas. A principios de 1858, la cacería en masa de palomas silvestres se volvió un gran negocio. Se utilizaron escopetas, fuego, trampas, artillería e incluso dinamita. También se les asfixiaba quemando paja o azufre debajo de sus reposaderos. Con la llegada del ferrocarril y del telégrafo, se daba la voz de alarma cuando se avistaban grandes masas de palomas y llegaban cazadores de muchos kilómetros a la redonda. En 1878, un cazador profesional de palomas silvestres norteamericanas ganó 60.000 dólares matando a tres millones de aves en sus territorios de anidamiento cerca de Petoskey, Michigan.

En 1878 sólo quedaban cincuenta millones de individuos y en 1890 apenas quedaban poblaciones. En 1896, la última gran colonia reproductiva, unas 250.000 aves, fue localizada cerca de Bowling Green, Ohio, no lejos de Mammoth Cave. Los cazadores fueron notificados por telégrafo y todas, excepto unas cinco mil aves que lograron escapar, fueron abatidas. A principios de la década de 1900 la cacería comercial cesó ya que sólo quedaban unos cuantos  miles de aves. La recuperación de la especie era imposible debido a que ponían un huevo por nido. Poco a poco, la paloma se extinguió. La última paloma silvestre conocida, una hembra llamada Martha en honor a Martha Washington, murió en el zoológico de Cincinnati en 1914. Su cuerpo disecado se encuentra en el Museo Smithsonian de Washington DC.

Parecen cosas del pasado que hoy no podrían ocurrir, pero no es así. El despiadado castigo a la naturaleza sigue siendo una constante del comportamiento humano. De acuerdo con el informe de Evaluación de los Ecosistemas del Milenio de 2012, «en los últimos cincuenta años los seres humanos han transformado los ecosistemas más rápidamente, más extensamente y más profundamente que en ningún otro período de la historia de la humanidad [...]. Esto ha resultado en una pérdida sustancial y, en gran medida, irreversible de la diversidad de la vida en la Tierra».

El ritmo de extinción de especies no tiene parangón. Cada extinción tiene su propia historia y sus propias causas. La extinción de especies no es una novedad, la novedad es la nueva “sexta extinción” a la que estamos asistiendo. En los últimos 500 millones de años ha habido cinco extinciones masivas que barrieron de la faz de la Tierra una parte sustancial de los seres vivos que la habitaban. La más grave ocurrió hace 245 millones de años cuando perecieron casi el 95% de los animales y plantas. La última gran extinción tuvo lugar hace 65 millones de años, cuando desaparecieron los dinosaurios y con ellos tres cuartas partes del resto de especies de seres vivos.

Pero hay una característica que diferencia el momento actual de las anteriores extinciones. Antes podíamos buscar las causas en factores climáticos o geológicos o en forma de meteorito. Sin embargo, la sexta extinción a la que asistimos tiene un único promotor: el hombre y sus actividades destructivas. De hecho, se estima que en los últimos cincuenta años hemos provocado la desaparición de unas 300.000 especies. Y si seguimos como hasta ahora, a finales del siglo XXI habremos terminado con la mitad de las especies que pueblan el planeta. Según la FAO, el 60% de los ecosistemas mundiales están degradados o se utilizan de manera insostenible; el 75% de las poblaciones de peces están sobreexplotadas o significativamente agotadas, y desde 1990 se ha perdido el 75% de la diversidad genética de los cultivos mundiales. Aproximadamente trece millones de hectáreas de selva tropical se talan cada año y el 20% del arrecife de coral mundial ha desaparecido ya, mientras que el 95% correrá peligro de desaparición o daño extremo en 2050 si no se consigue frenar el cambio climático. 

Muchos biólogos consideran que la acelerada y extinción planetaria que estamos causando es más grave que la disminución del ozono en la estratosfera y el calentamiento del globo ya que está ocurriendo con mayor rapidez y es irreversible. Reducir esta enorme pérdida de diversidad biológica de la Tierra, proteger los hábitats silvestres en todo el mundo, y restablecer las especies a cuya grave disminución hemos contribuido, son emergencias planetarias que debemos atender cuanto antes.

Ciencia y cultura para ovejas

Parafraseo la cabecera de este artículo a partir del título de un libro desternillante y preclaro, El catolicismo explicado a las ovejas, del también profesor Juan Eslava Galán, que sabrá perdonarme el pequeño hurto literario. Para compensar modestamente a mi colega, les recomiendo que se gasten unos euros en la compra del libro, porque por el mismo precio el doctor Eslava Galán desvela, tras dos mil años de controversias matemáticas y lógicas, el misterio de la Santísima Trinidad.

Formo parte de un grupo de docentes que, como hijos que somos (algo descarriados, pero hijos) de la tradición católica, apostólica y romana, observamos con creciente desasosiego como los católicos, faltos como están de los instrumentos oportunos, desconocen la interpretación de los más profundos misterios de su religión y eso los lleva a practicar un catolicismo tibio que, de no ponerle remedio, acabará por apartarlos para siempre jamás de la recta doctrina de nuestra Santa Madre Iglesia, conduciéndolos, de propina, a las calderas de Pedro Botero, si es que el infierno sigue donde ha estado siempre que ya ni de eso se está seguro. 

Para salir de esa desdichada situación en la que toda ignorancia tiene su asiento, queremos traspasar los muros de las escuelas, los institutos y las universidades para llevar la cultura y la educación a ámbitos en los que hasta ahora hemos estado ausentes y en los que nuestra dejadez de funcionarios vagos por definición ha privado a muchos ciudadanos del derecho universal a la cultura. Estamos seguros que monseñor Rouco Varela y su peña, tan acostumbrados como están a alejarse del poder terrenal, a rehuir la pompa y la púrpura y a palpar el mundo real, se adherirán como un solo hombre a lo que nos traemos entre manos.

Como primer paso, queremos llegar a un acuerdo con las autoridades eclesiásticas (los pastores) para que nos cedan un diez por ciento del tiempo de las misas con el fin de que profesores especialistas en las distintas disciplinas puedan llegar más fácilmente a las ovejas (los creyentes) mediante breves disertaciones académicas en las que nunca faltarían los "powerpointes" y otras innovaciones didácticas. Estamos estudiando cuál sería el momento idóneo para insertar en las misas contenidos científicos y culturales y, aunque poco duchos en cuestiones litúrgicas, se nos ocurre que tal vez podríamos colocar nuestro producto científico y cultural inmediatamente después de la consagración o justo antes del Padre Nuestro. 

Está claro que algunos feligreses podrían, con razón, objetar que ellos no tienen por qué aumentar sus conocimientos ni su cultura, habida cuenta que acuden a misa con el único fin de orar y escuchar la palabra de Dios para que ello, además y como quien no quiere la cosa, les perdone otras faltas terrenales y los lleve directamente al cielo. Para solucionar el problema de quienes deseen permanecer en la inopia, y aunque pudiera parecer inconstitucional, a la entrada a la iglesia les haríamos rellenar un formulario para que manifestaran su preferencia por la religión o la cultura. Una vez identificados unos y otros, los que no estuvieran interesados en la campaña de extensión cultural abandonarían en el momento adecuado la nave principal de la iglesia para reunirse en las capillas laterales, la cripta o el salón parroquial. Con el fin de evitar agravios, esas ovejas recibirían durante ese rato charlas ad hoc. Por ejemplo, los feligreses que no quieran repasar la tabla periódica estudiarán los efectos perniciosos de los colorantes alimentarios; los que no quieran hacer gimnasia podrán ver un documental sobre la obesidad, y los que no quieran repasar los verbos irregulares ingleses podrían estudiar estadísticas sobre la importancia de hablar idiomas en el mundo moderno. 

Algunos negociadores enviados por la Conferencia Episcopal nos han adelantado que no habría problema en computar el tiempo de cualquiera de estas actividades como tiempo equiparable al dedicado a escuchar la palabra de Dios, a la oración, a la contemplación o a la penitencia y que en ningún caso podrá discriminarse el acceso a la salvación eterna a los fieles en razón de sus preferencias religiosas o educativas. 

Tampoco han puesto la más mínima objeción a la aparente contradicción derivada de que el contenido de las misas esté basado en la fe del carbonero, el dogma y creencias tan disparatadas que dejan en mantillas la historia de Superman, en contraste con la naturaleza científica y académica de los contenidos que habitualmente impartimos en las aulas. Pero las ganancias para las ovejas interesadas no serían pocas porque la asistencia a las clases les permitiría responder a muchas cuestiones que atormentan hoy el alma del creyente.

¿De dónde saldría el dinero para pagar al profesorado que trabaje los domingos? Sin duda alguna de los donativos que los fieles depositan en los cepillos, del porcentaje de impuestos destinados al sostenimiento de la Iglesia Católica o, en general, de los presupuestos de la Iglesia. Claro, que también podríamos acudir a la publicidad. La religión católica, con sus templos y sus procesiones, es uno de nuestros grandes atractivos turísticos que permitiría obtener jugosos ingresos a costa de los turistas, tan crédulos y de tan buen conformar. Como según la Conferencia Episcopal con la pasta que obtienen del Estado no tiene ni para empezar, podrían ayudarse con publicidad. Un compañero de profesión, Rafael Reig, ha dado algunas interesantes ideas al respecto: «Vodafone debería patrocinar los confesionarios, eso salta a la vista: 800-GOD, tu línea directa con el Altísimo. O la Gran Vigilia de la Inmaculada-Woman Secret, que proporcionaría un atractivo imprevisto a una de las actividades nocturnas más peregrinas y aburridas que puedan concebirse; seguro que entusiasmaba a las feministas norteamericanas. Las custodias, es decir, las piezas de metal en las que se expone la hostia consagrada a la adoración de los fieles, ¿no ganarían mucho bajo la advocación de Samsonite? ¿Y qué decir de las propias hostias? Deberían distribuirse hostias consagradas y envasadas al vacío, en pequeños tetrabriks o en packs familiares. ¿Cuánto dinero podríamos recaudar dejando la promoción eucarística en manos de Kellogs? El problema de la fecha de caducidad (puesto que, según pretenden, Dios es eterno), se resolvería con un sencillo “consumir preferentemente antes de”. Seamos imaginativos: ¿no podría Zara actualizar la rancia imagen del manto de la Virgen del Pilar? ¿Qué no haría Benetton con el Cristo de Medinaceli? ¿Cuánto nos daría la editorial de Las sombras de Grey por poder patrocinar las procesiones de Semana Santa, con sus penitentes azotándose?»

Solucionado el engorroso problema de las nóminas, para garantizar la calidad de las enseñanzas impartidas nuestra asociación gestionaría directamente el dinero aportado por la Iglesia y con él contrataría a profesores de sólida formación pedagógica y científica que se encargarían de impartir las clases durante las misas. Naturalmente, dado el carácter eminentemente laico de las clases, no dudaríamos en despedir fulminantemente a aquellos profesores que no mantuvieran una coherencia laica entre su vida profesional y personal haciendo cosas como casarse por la iglesia, llevar medallitas y escapularios, acudir a misa semanalmente o participar en cualquier tipo de actos religiosos. 

Finalmente, llevaremos nuestras negociaciones hasta el mismísimo Vaticano, con cuyas humildes y desprendidas autoridades firmaríamos un concordato que garantizara la continuidad de nuestra noble tarea docente en las iglesias durante los años venideros. 

Entre tanto cuaja la idea, amable lector, puedes hacer llegar nuestra propuesta educativa a docentes, padres, alumnos, políticos, sindicalistas, medios de comunicación e incluso a las autoridades eclesiásticas, incluido nuestro muy amado pastor complutense, el obseso monseñor Reig Pla. Tal vez así contribuyamos a que se entienda mejor lo que está ocurriendo en relación con la enseñanza de la religión en los centros sostenidos con dinero público.

jueves, 6 de junio de 2013

La basura, al sumidero

En la entrada anterior, que era la primera parte de este artículo, escribí que una de las manifestaciones más evidentes del cambio global son las alteraciones climáticas producidas por el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero desde la era industrial. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU calcula que, si se duplica la concentración de COen la atmósfera del planeta en este siglo, es probable que la superficie de la Tierra se caliente entre 2 y 4,5 ºC. Sin embargo, los expertos advierten que la temperatura del planeta podría aumentar significativamente más de 4,5 ºC, según algunos de los pronósticos. 

Incluso un aumento de la temperatura de “tan sólo” 3 ºC, previsión que algunos científicos califican de bastante conservadora, supondría volver a la temperatura que teníamos en la Tierra hace tres millones de años, en el Plioceno. El mundo de entonces era muy distinto al que conocemos hoy, como podría testimoniar el primer homínido reconocible, el Australopithecus, que apareció en ese período en el que abundaban mastodontes, gonfoterios, gliptodontes y tigres de dientes de sable.

Previsiones, dirá usted. Realidades también. Los efectos del cambio climático en tiempo real están erosionando con gran virulencia a la economía en distintas regiones del planeta. Sólo el coste en daños a la economía estadounidense de los huracanes Katrina, Rita, Ike y Gustav se estima en más de 100.000 millones de dólares. Inundaciones, sequías, incendios voraces, tornados y otros fenómenos meteorológicos extremos han diezmado ecosistemas en todo el mundo, han destruido la producción agrícola y las infraestructuras, han ralentizado la economía global y han ocasionado hambrunas y migraciones de millones de seres humanos.

Las tres grandes alternativas para buscar una verdadera sostenibilidad de la especie humana en el planeta son bien conocidas: 1) reducir la demanda de recursos; 2) desarrollar soluciones tecnológicas que puedan mitigar nuestros impactos; 3) adoptar medidas que, inicialmente, ralenticen el crecimiento demográfico y, eventualmente, lo reviertan. Todo indica que tales medidas correctoras están fallando estrepitosamente, de manera que hay que tomar buena nota de lo que la naturaleza sigue haciendo gratuitamente por el Homo sapiens, tan ocupado en castigarla. Una de esas medidas correctoras naturales son los sumideros, el ejemplo más claro de los servicios que nos prestan los ecosistemas.

Se conoce como sumidero todo sistema o proceso por el que se extrae de la atmósfera un gas o gases y se almacena. Todo el mundo sabe que las plantas emiten CO2 cuando respiran por la noche y lo absorben cuando, a la luz del sol, realizan la fotosíntesis. Las plantas emplean el proceso fotosintético para convertir el CO2 en azúcares, empleando éstos en su metabolismo básico y en la formación de tejidos. Las plantas no sólo ciclan el CO2 sino que, ocultas a la vista, sus raíces son capaces de almacenarlo y retenerlo, disminuyendo así la tasa de acumulación de gas carbónico en la atmósfera. 

En 1992, la preocupación de la comunidad internacional por el cambio climático impulsó la creación de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. El objetivo fundamental de la Convención era la “estabilización de las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera a un nivel que impida una interferencia antropógena peligrosa en el sistema climático”. Desde esa perspectiva, lo deseable sería el de un mundo con emisiones de CO2 limitadas, de conformidad con la meta internacional de estabilizar las concentraciones atmosféricas de gases de efecto invernadero.

Una vez más, el deseo no se corresponde con la realidad. Al actuar con nuestro irracional comportamiento, al mismo tiempo que emitimos gases contaminantes destruimos los ecosistemas naturales, los pulmones que deberían oxigenar el aire y almacenar el CO2, de modo que el desequilibrio se acentúa. Además, casi todos los escenarios del uso de energía mundial prevén un aumento sustancial de las emisiones de CO2 a lo largo de este siglo si no se adoptan medidas específicas para mitigar el cambio climático. También pronostican que el suministro de energía primaria seguirá dominado por los combustibles fósiles hasta, al menos, mediados de siglo. La magnitud de la reducción de emisiones necesaria para estabilizar la concentración atmosférica de CO2 dependerá tanto la línea de base, es decir, del nivel de las emisiones futuras, como del objetivo perseguido para la concentración de CO2 a largo plazo: cuanto más bajo sea el objetivo de estabilización y más altas sean las emisiones de la línea de base, mayor será la reducción de emisiones necesaria. 

El Tercer Informe de Evaluación (TIE) del IPCC establece que, según el escenario que se considere, a lo largo de este siglo habría que evitar las emisiones acumulativas de cientos, o incluso miles, de gigatoneladas (GT) para estabilizar la concentración de CO2 a un nivel de entre 450 y 750 partes por millón (ppm). El TIE también constata que “ninguna opción tecnológica podrá lograr por sí sola las reducciones de emisiones necesarias”. Más bien, se necesitará una combinación de medidas de mitigación para lograr la estabilización. Es aquí donde entra en juego la búsqueda de nuevos sumideros, un conjunto de actuaciones conocidas genéricamente como Captación y Almacenamiento del Carbono (CAC), que propugna el IPCC. Entre ellas destaca el almacenamiento geológico.

El almacenamiento de CO2  en formaciones geológicas profundas en el mar o en la tierra utiliza muchas de las tecnologías desarrolladas por la industria petrolera y del gas y ha demostrado ser económicamente viable en condiciones específicas para los yacimientos de petróleo y gas y las formaciones salinas, pero todavía no para el almacenamiento en capas de carbón inexplotables por hallarse a gran profundidad. Si se inyecta CO2 en formaciones geológicas apropiadas a una profundidad mayor de 800 m, diversos mecanismos de retención físicos y geoquímicos evitan que se desplace hacia la superficie.

Se trata de aprovechar al máximo las propiedades físicas del CO2 y de los cambios que experimenta a presiones extremas bajo tierra, que hacen que se densifique y se comporte más como un líquido que como un gas. Esto significa que se pueden almacenar enormes cantidades de CO2 en un espacio relativamente pequeño, de la misma forma que en un camión cisterna de una capacidad de 40 m3 se pueden almacenar 600 veces más de gas licuado por compresión. La mayor parte de lo almacenado de este modo ocuparía los espacios intersticiales de rocas porosas que quedan atrapadas por una roca superior de muy baja permeabilidad que actúa como una tapadera.

Estos días se dio por finalizado el proyecto CO2SINK financiado por la UE con 8,7 millones de euros, que está a la vanguardia del desarrollo de las tecnologías adecuadas para posibilitar el almacenaje. En un acuífero salino cerca de la ciudad de Ketzin, al oeste de Berlín, se han almacenado 62.000 toneladas de CO2 a una profundidad de más de 600 metros en el período 2008-2012. La tecnología no es novedosa, puesto que la industria del gas y la petrolífera vienen recurriendo al almacenaje subterráneo desde hace años, concretamente desde que descubrieron que inyectar CO2 en los campos petrolíferos mejoraba la extracción de petróleo. Hay más planes de almacenaje geológico en desarrollo y otros para comprobar su evolución que han avanzado considerablemente. 

Parece bueno ¿no? Lo dudo. Seguimos produciendo basura y, como un mal barrendero, no se nos ocurre nada mejor que esconderla debajo de la alfombra, aunque sea la del Mar del Norte. Exactamente lo mismo que se hacía hace cincuenta años, cuando tirar bidones repletos de residuos nucleares en el mar parecía algo tan natural como inocuo. 

¿Qué país se atrevería a hacerlo hoy?

domingo, 12 de mayo de 2013

Malos aires


En el siglo XVII, el químico flamenco Jan Baptist van Helmont observó que cuando se quema carbón en un recipiente cerrado, la masa resultante de la ceniza era mucho menor que la del carbón original. Su interpretación fue que el carbón se había transformado en una sustancia invisible a la que llamó "espíritu salvaje". Van Helmont descubrió así un gas que ha tenido varios nombres (óxido de carbono, gas carbónico y anhídrido carbónico) hasta que finalmente se impuso dióxido de carbono (C02).

En 1996, un grupo de investigadores liderados por el geofísico australiano D. M. Etheridge publicó un artículo en la revista Journal of Geophysical Research que, por primera vez, confirmó lo que ya se intuía: que las actividades humanas incrementaban la concentración de C02 en la atmósfera, un incremento que está contribuyendo a la aceleración del cambio global que experimentamos los dos últimos siglos. 

Los investigadores australianos habían analizado el aire encerrado en tres núcleos de hielo extraídos de Law Dome, en la Antártida. El registro analizado comprendía el aire almacenado entre los años 1006 a. C. y el año 1978 d. C. Por resumirlo brevemente, lo que encontraron fue que las concentraciones más bajas (entre 275-284 partes por millón o ppm) de C02 se registraron en la era preindustrial, es decir, antes de 1800, y que desde entonces las concentraciones atmosféricas del gas que más contribuye al calentamiento global no han cesado de aumentar. 

Gráfico de la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera terrestre (azul) y la temperatura media global (rojo), en los últimos 1000 años.

Las mediciones más fiables e internacionalmente reconocidas de la concentración de gases en la atmósfera se llevan a cabo mediante sensores situados en la cima del Mauna Loa, el volcán de la isla más grande de Hawai, cuyo observatorio ha sido durante años el punto de referencia en el estudio de la evolución de estas emisiones. Los dispositivos de Hawai llevan medio siglo tomando muestras de aire limpio y fresco que ha circulado en el océano Pacífico a miles de kilómetros de la costa y de las grandes ciudades. La primera vez que se detectaron más de 400 ppm de C02 fue el año pasado, en el Ártico, cuando también se superó el nivel en lecturas realizadas cada hora en Mauna Loa, pero la lectura media todavía no había superado dicho nivel a lo largo de un día entero. Eso es justamente lo que ocurrió en la primera semana de mayo, cuando llegó a una media diaria superior a 400 y alcanzó niveles nunca vistos en la Tierra en millones de años, toda una demostración de que los esfuerzos para controlar las emisiones provocadas por la actividad humana han fallado estrepitosamente.

Sin el carbono (C) y sin su derivado químico el C02 no podríamos vivir. El carbono es un elemento notable por varias razones. Más allá de algunos datos paradójicos, como que se presenta en la naturaleza en forma de una de las sustancias más blandas (el grafito) y a la vez más duras (diamante), y como uno de los materiales más baratos (carbón) y a la vez más caros (diamante), lo más interesante del carbono es su capacidad de enlazarse químicamente con otros átomos pequeños, incluyendo otros átomos de carbono con los que puede formar largas cadenas. Así, con el oxígeno forma el dióxido de carbono, vital para el crecimiento de las plantas; combinado con oxígeno e hidrógeno forma gran variedad de compuestos orgánicos esenciales para la vida. La química de la vida, la bioquímica, es esencialmente la química del carbono.

Afortunadamente, carbono no nos falta. Antes de marearlos con las cifras, les diré que como unidad de medida utilizaré la gigatonelada (GT), que equivale a mil millones de toneladas. Los océanos contienen 37.400 GT de carbono en suspensión y la biomasa terrestre, lo que nos incluye a usted, lector, y a mí, entre 2.000-3.000 GT. En la atmósfera hay 750 GT de carbono, principalmente en forma C02  Por tanto, la atmósfera es el almacén de carbono más pequeño y, precisamente por eso, reacciona de forma más sensible a los cambios. Por el contrario, la atmósfera tiene el mayor porcentaje de intercambio de carbono a causa de procesos bioquímicos. El consumo de vegetación por animales y microbios libera a la atmósfera unas 220 GT de C02 al año. La respiración de las plantas terrestres emite unas 220 GT. Los océanos liberan unas 332 GT. En total, las actividades biológicas (entre otras las nuestras) suponen la liberación a la atmósfera de unas 800 GT de C02/año en números redondos.

Cuando les diga la aportación de las actividades humanas (excluidas las estrictamente naturales, como respirar) al contenido de C02 en la atmósfera, les parecerá ridícula. Nuestras emisiones “artificiales” de C02 proceden, principalmente, de la quema de combustibles fósiles, tanto en grandes unidades de combustión –por ejemplo, las utilizadas para la generación de energía eléctrica– como en fuentes menores, por ejemplo, los motores de los automóviles y las calefacciones. Las emisiones de C02 también se originan en ciertos procesos industriales, con la producción de cemento a la cabeza, y de extracción de recursos como petróleo, minería o refinerías, así como en la quema de bosques que todavía se lleva a cabo para el desmonte en algunos países en vías de desarrollo. Sumándolas todas a escala mundial, ascendieron a un total aproximado de 29 GT/año. La cifra, habitualmente (y maniqueamente) utilizada por los que dudan del cambio climático, que la consideran “despreciable” dado que las emisiones de origen humano son mucho menores que las emisiones naturales, es engañosa. 

Y es que los océanos, la tierra y la atmósfera intercambian C02 continuamente y, por eso, las emisiones naturales se compensan con los sumideros naturales (de nuevo por los océanos y la vegetación). Las plantas terrestres absorben al año unas 450 GT y el océano unas 338. El balance mantiene los niveles atmosféricos de C02 en un equilibro natural que descompensan por completo las emisiones artificiales humanas, aunque puedan parecernos increíblemente pequeñas. 

Alrededor del cuarenta por ciento de las emisiones humanas son absorbidas fundamentalmente por la vegetación y los océanos. El resto permanece en la atmósfera. Como consecuencia de ello, el C02 atmosférico está en su nivel más alto en los últimos quince a veinte millones de años. Las concentraciones atmosféricas de C02 oscilan de forma natural, pero mientras que un cambio natural de 100 ppm en las concentraciones atmosféricas normalmente requiere un período de entre 5.000 y 20.000 años, el reciente aumento de 100 ppm ha tenido lugar en tan sólo 120 años, porque un pequeño cambio en el balance entre océanos y aire provoca un aumento mucho más fuerte del que podríamos producir nosotros solos.

Una confirmación adicional de que el incremento se debe a la actividad humana procede del estudio de la relación entre los isótopos del carbono, que tienen un diferente número de neutrones. El C-12 posee seis neutrones y el C-13 siete. La proporción C13/C12 es menor en las plantas que en la atmósfera, de modo que si el aumento de C02 atmosférico procediera de los combustibles fósiles, el ratio C-13/C-12 debería estar disminuyendo. Cuando tenga este artículo entre sus manos, habrán pasado justamente diez años desde que el 20 de mayo 2003 los editores de la revista International Journal of Mass Spectrometry dieron luz verde a un artículo firmado por Prosenjit Ghosh y Willi A. Brand, investigadores alemanes del instituto Max-Planck de Biogeoquímica, que demostraba precisamente eso: que la relación C-13/C-12 estaba disminuyendo, una prueba más de nuestra desastrosa contribución al cambio global que nos amenaza.

Las dos palabras claves con respecto al C02 son fuente (emisiones) y sumidero (captación). Me ocuparé de ellas en otra entrada.

domingo, 28 de abril de 2013

A hombros de gigantes: de Hasenöhrl a Einstein


Hemos sabido estos días que la famosa ecuación E=mc², en la que E representa la energía, m la masa y el cuadrado de la velocidad de la luz, no se le ocurrió a Einstein en solitario. Decía Bernardo de Chartres que «somos como enanos a los hombros de gigantes. Podemos ver más, y más lejos que ellos, no por alguna distinción física nuestra, sino porque somos levantados por su gran altura». La frase fue retomada por Luis Vives y llegó a los científicos del siglo XVII, quienes, como Isaac Newton, que la reprodujo casi literalmente en una carta enviada a Robert Hooke, no tuvieron empacho en reconocer que sus logros se levantaban sobre la obra de sus predecesores. 

Según el filósofo de la ciencia Thomas Kuhn, el progreso científico se produce cuando un paradigma cambia, lo que a su vez depende de las circunstancias culturales e históricas en que se encuentran los grupos de científicos. Dicho de otra forma, tal y como sucede con la evolución de las especies, la ciencia avanza a pasos, no a saltos. A pesar del empeño en construir una épica en la que las ideas, las teorías o los descubrimientos científicos son como un relámpago que ilumina súbitamente las tinieblas de la ignorancia, la cosa no funciona así. Una buena hipótesis, una teoría consolidada o un gran hallazgo de la ciencia no son chispas que prenden súbitamente una hoguera; son, con absoluta seguridad, un ascua desprendida de una lumbre que ya habían alimentado otros. Ni siquiera el gran Einstein escapa a la norma. 

Hagamos un poco de historia. En 1875, a un inteligente joven alemán llamado Max Planck -quizás el científico que haya tenido una vida personal más desgraciada- que dudaba acerca de si debía dedicarse a las matemáticas o a la física, le aconsejaron que no eligiera la física porque en ella ya estaba todo descubierto. No hizo caso: años después revolucionó la física con su teoría cuántica que le valió el premio Nobel en 1918. El trabajo de Planck fue uno más de los que marcaron el camino del cambio conceptual que experimentó esa disciplina en los albores del siglo XX cuando la macrofísica, que estaba basada en contar y medir objetos -y cuando hablo de objetos me refiero a una simple esfera o a la Tierra-, empezaba a ser parte de la historia, mientras que la nanofísica de las partículas comenzaba a despuntar y exigía una nueva concepción de la ciencia que fuera capaz de escudriñar en una escala en la que los objetos, que ya no eran aprensibles, se reducían a ecuaciones incomprensibles para los físicos que se aferraban al pasado, y en la que los acontecimientos se sucedían a velocidad de vértigo. 

En realidad, cuando Planck hizo oídos sordos a sus mentores, el mundo estaba a punto de entrar en un siglo en el que nadie entendería todo y muchos no entenderían nada. Del metro de platino iridiado, del principio de Arquímedes y del péndulo de Foucault, que los maestros enseñaban sin mayor dificultad en las escuelas de primaria, se pasó a un universo inaprensible dominado por quantos, espines, protones, neutrones, quarzs, neutrinos, bosones y fermiones, que nadie podía ver pese a que cabían en una cuartilla y que parecían surgidos de la calenturienta mente de un escritor de ciencia ficción. Mientras que en España se fraguaba la crisis del 98, se estaban abriendo las puertas de la moderna física de partículas, la física cuántica, con descubrimientos tales como los rayos X (Roentgen, 1895), la radiactividad (Becquerel, 1896), los electrones (Thomson, 1897), el radio (Curie, 1898), los cuantos (Planck, 1900) y la ley de desintegración radiactiva (Rutherford y Soddy, 1902). Y entonces llegó Albert Einstein, aparentemente surgido de la nada, porque nada era, al menos para los físicos, lo que quedaba fuera de sus propios círculos.

Corría el año 1905 cuando la revista alemana Annalen del Physik publicó una serie de cinco artículos de un desconocido llamado Albert Einstein, que no tenía ningún vínculo con el mundo académico ni con el circuito de los grandes laboratorios de investigación y, si en algo se acercaba a la innovación, era desde su modesto puesto de administrativo de tercera clase en la Oficina de Patentes de Berna, un trabajo poco envidiable de burócrata que, en palabras de José Manuel Sánchez Ron (El poder de la ciencia), le ocupaba «seis días a la semana, ocho horas cada día». Eso no impidió que de esos cinco artículos tres figuren entre los más importantes de la historia de la física. 

El más famoso de todos ellos es uno en el que esbozaba la teoría de la relatividad, aunque el que le valió el premio Nobel no fuera ese sino el primero de la serie (Sobre un punto de vista heurístico relativo a la producción y transformación de la luz), en el que analizaba el efecto fotoeléctrico por medio de la recién aparecida teoría cuántica de Planck, lo que le permitía explicar la naturaleza de la luz. Sin embargo, el tercero (Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento) cambiaría el mundo cuando el propio Einstein, al que le habían pasado inadvertidas las implicaciones de ese artículo, las refrendó en otro (¿Depende la inercia de un cuerpo de su contenido energético?), que apenas servía para llenar tres páginas del número 18 de Annalen del Physik, en el que, entre un jeroglífico de ecuaciones diferenciales cuyo descifre parecía reclamar una nueva e imposible piedra de Rosetta, dejaba asentada la teoría de la relatividad especial en un sólo párrafo: «La masa de un cuerpo es una medida de su contenido energético; si la energía cambia un valor L, entonces la masa varía en el mismo sentido un valor L/9.1020». 

Había que ser algo más que un común mortal para entender aquello, pero el asombrado mundo de la física avanzada tomó buena nota de las implicaciones de aquel párrafo, porque la ya famosa equivalencia entre la masa y la energía resultaba fundamental para comprender las emisiones que tienen lugar en los procesos radioactivos y serviría de apoyo para investigaciones posteriores que conducirían, por ejemplo, a la moderna tecnología nuclear. Después de Planck e Einstein, la física no volvería a ser nunca igual.

En un artículo publicado el pasado mes de marzo en The European Physical Journal (38: 261-278), los investigadores norteamericanos Stephen Boughn, del Haverford College de Pensilvania, y Tony Rothman, de la Universidad de Princeton en Nueva Jersey, han reivindicado el papel del físico austriaco Friedrich Hasenöhrl en el establecimiento de la equivalencia entre la energía de una cantidad de materia y su masa. De acuerdo con lo que decía Kuhn, ambos investigadores sostienen que la noción de que masa y energía están relacionadas ni se originó sólo con Hasenöhrl ni apareció repentinamente en 1905, cuando Einstein publicó su famoso artículo sobre la cuestión. Ambos caminaban a hombros de otros dos gigantes, el matemático francés Henry Poincaré y el físico alemán Max Abraham, que ya habían mostrado la existencia de una masa inercial asociada a la energía electromagnética. 

De otros gigantes sobre cuyos hombros ha ido avanzando la humanidad, desde Herodoto a Schmith, se ocupa un libro, Los descubridores, del historiador de la ciencia y director de la Biblioteca del Congreso de Washington, Daniel J. Boorstin, en el que uno aprende que no hay generación espontánea y que la soledad en la ciencia es un esfuerzo inútil que acaba por conducir a la melancolía.

miércoles, 24 de abril de 2013

El hombre de la pajarita y las preferentes de Guindos


A Antonio Hurtado, economista y diputado del PSOE por Córdoba, le gusta usar pajarita. El tercer jueves de abril, cuando el hombre de la pajarita subió a la tribuna de oradores, el ministro de Economía y Competitividad, Luis de Guindos, mantenía el dominio de la situación y parecía tranquilo. No esperaba que el hombre de la pajarita, portavoz adjunto en la Comisión de Economía, fuese tan peligroso. Pero lo era. Hurtado desveló que cuando el ahora ministro De Guindos era presidente-ejecutivo de Lehman Brothers, es decir, cuando mandaba en el banco que desató la actual crisis tras envenenar al mundo con hipotecas basura, vendió una gran cantidad de participaciones preferentes a muchos ahorradores estafados, algunos de los cuales seguían el debate desde el palco de invitados. El ministro frunció el entrecejo y elevó el tono en la réplica, pero no pudo desmentir a Hurtado. La estafa de las preferentes afecta a más de 100.000 personas en toda España.

Dijo el economista Hurtado: “He estado revisando unas veinte sentencias judiciales favorables a estas personas (los ahorradores engañados). Nunca con la intención de encontrarme con lo que me he encontrado y que creo que debe conocer la Cámara, porque para mí ha sido una sorpresa, desde la más absoluta sinceridad. De las veinte que he visto, me he encontrado que un tercio de ellas corresponde a la comercialización de preferentes de Lehman Brothers. Participaciones comercializadas a través de otras entidades, emitidas por Lehman Brothers, y comercializadas durante los años 2006 a 2008, siendo usted presidente ejecutivo de esa entidad (quebrada) en España y Portugal. ¿Qué le quiero decir con esto? Que usted no está legitimado para hablar de herencia, porque usted ha sido parte del sistema financiero, parte de los causantes”.

No terminó ahí la acusación, porque Hurtado recordó que De Guindos amplió en 2003, cuando ejercía de secretario de Economía del último gobierno de Aznar, las desgravaciones fiscales para que se emitiesen muchísimas más preferentes, en contra de las advertencias del Banco de España. “¿Ha leído usted el último informe del Defensor del Pueblo? El Informe dice que en 2002, siendo usted secretario de Estado de Economía, el Banco de España advirtió que las participaciones preferentes tenían un peso muy elevado en los recursos bancarios y señaló que la comercialización estaba siendo inadecuada. Ese informe le llegó a usted, pero en 2003 adoptó una medida, no para evitar lo que le estaba informando el Banco de España, sino, justamente, lo contrario: ampliar las desgravaciones fiscales para que se emitiesen muchísimas más preferentes”.

Al ministro se le atragantó el sapo. En la réplica, Hurtado se interesó por las buenas prácticas de De Guindos y le preguntó si siendo presidente ejecutivo de Lehman Brothers había avisado a las entidades que comercializaban sus preferentes de que la entidad iba a quebrar, y si él había perdido dinero en ese producto bancario. Unas preguntas molestas que tampoco merecieron la respuesta del ministro, cuyo objetivo fue presentar el decreto gubernamental para que una comisión de arbitraje examine, caso por caso, los depósitos de los ahorradores en participaciones preferentes y determine si les devuelven el dinero o solo una parte.

Los afectados que asistían al debate no pudieron contenerse y estallaron en gritos de protesta–“¡Queremos nuestro dinero!”–, lo que obligó al presidente Jesús Posada a ordenar a los ujieres y policías que los desalojaran. Pese a la aparente tranquilidad del ministro, muchos periodistas saben que los “escraches” de los estafados por el sistema financiero rescatado por Bruselas le molestan muchísimo. El martes pasado, un grupo de “preferentistas” le esperó a las 9 de la mañana ante el Hotel Ritz para manifestar su protesta. Después, los escoltas del ministro se emplearon a fondo en revisar los bolsos de las periodistas y en exigir el carné de identidad a los informadores en una sala del interior del hotel desde la que seguían su intervención y la de su colega de Agricultura, Miguel Arias Cañete, en un “desayuno informativo”, no fuera a ser que hubiera escrachadores entre ellos.

domingo, 7 de abril de 2013

A chorro tieso (dedicado al ministro Wert)


Los sucesos ocurrieron en Ohanes de las Alpuxarras, partido de Uxixar, Almería, el año de Gracia de 1734, trigésimo cuarto del reinado de Felipe V de Borbón, rey de España, Nápoles, Sicilia y Cerdeña, duque de Milán y soberano de los Países Bajos. Tal y como lo he leído, ortografía incluida, transcribo un añejo expediente municipal. Recoge un trágico suceso que podría ocurrir perfectamente en nuestros días si se continúa con las políticas de atentar contra lo público que fomentan políticos a los que la educación se la trae al pairo. 

15 de marzo, don Zenón, maestro de primeras letras, escribe al señor alcalde: “Tengo el honor de poner en su conocimiento la inquietud que me produce ver la viga que media la clase que regento, pues está partida por medio, por lo cual el tejado ha cedido y ha formado una especie de embudo que recoge las aguas de las lluvias y las deja caer a chorro tieso sobre mi mesa de trabajo, mojándome los papeles y haciéndome coger unos dolores reumáticos que no me dejan mantenerme derecho. En fin, señor Alcalde, espero de su amabilidad ponga coto a esto si no quiere que ocurra alguna desgracia con los niños y con su maestro, éste su muy seguro servidor. Dios guarde a Vd muchos años”. 

Ocho meses después, el 28 de noviembre, el señor alcalde, don Bartolomé Zancajo y Zancajo, se digna contestar al oficio del maestro: "Recibo con gran extrañeza el oficio que ha tenido a bien dirigirme y me apresuro a contestarle. Es cosa rara que los agentes de mi autoridad no me hayan dado cuenta de nada referente a la viga, y es más, pongo en duda que se encuentre en esas condiciones, pues según me informa el Tio Sarmiento no hará sesenta años que se puso, y no creo una vez dadas esas explicaciones, que no tengo por qué, paso a decirle que eso no son más que excusas y pretextos para no dar golpe. En cuanto a lo de los papeles que se le mojan y el reúma que se le avecina, pueda muy bien guardárselos, aquéllos en el cajón o en casa, y éste yendo a la escuela con una manta. No obstante lo que antecede, enviaré uno de estos días alguno de mis subordinados que mire lo que hay de eso. Y ojo, que su engaño le estaría estar otros seis años sin cobrar los 500 reales de su sueldo. Dios guarde a Vd muchos años.

Al día siguiente, responde don Zenón: "Tengo el honor de acusar recibo a su atento oficio de ayer donde tiene a bien poner en duda el estado de la viga. Desde mi oficio anterior, Sr. Alcalde, hace unos ocho meses, pasaron las lluvias del invierno; y yo siempre mirando la viga, con la inquietud consiguiente: ¿caerá?, ¿no caerá? Y así un día y otro, como el en vez de una viga fuera una margarita. Si Vd. no cree lo que le estoy diciendo, puede mandar dos personas peritas, o venir Vd. mismo dando un paseito, si no le cuesta mucha molestia, que yo no le engaño, mas para darle una idea del estado de mi clase me permito acompañarle un dibujo, tomado del natural, que le dará una estampa real de ella. Y de lo del sueldo, no creo que se atreva a tocar los quinientos reales, porque ya sabe Vd. lo que dice el refrán "Al cajón ni..."En fin, Sr. Alcalde, Dios le guarde muchos años de los efectos de la viga.

El alcalde Zancajo se toma casi un año para responder. El 15 de octubre de 1735 manda oficio a don Zenón: “Acuso recibo de su oficío del 29 de noviembre del pasado año y me parece excesiva tanta machaconería, en el asunto de la viga. Sepa el Sr. Maestro, que si no le conviene la escuela puede píllar el camino e irse a otro sitio, que aquí para lo que enseña, falta no hace. ¿Qué le importa a estas gentes, ni a nadie, dónde está Marte, ni las vueltas que da la luna, ni que cuatro por seis son veintisiete ni que Miguel de Cervantes descubrió las Américas? Para coger un mancaje basta y sobra con tener fuerzas para ello. No obstante, como soy amante de la curtura y no que digan que he echao al Maestro y que no lo trato, como se debe, nombraré una comisión que informe sobre el asunto de la viga, y si resulta que Vd. me ha engañao, sa caido. Dios guarde a V. muchos años.

El alcalde recaba informe técnico a los peritos y asesoría jurídica al escribano municipal. Transcribo ambos firmados el 15 de mayo de 1736. Informe de los doctos peritos: "Antonio Fuentes Barranco y Juan González, maestros Albañiles graduados de la villa de Ohanes de la Alpuxarra, INFORMAN: Que personados en el sitio denominado u llamado, sea con perdón, la Escuela de este lugar, a las doce de mañana del día 15 de mayo de 1736, acompañados por el Escribano de este Ayuntamiento, y mandados por el Sr Alcalde, opinamos, pensamos, que la viga que ocupa el centro de la clase, aula o sala, que por estos tres nombres se le denomina o circunscribe, que la dicha viga no se haya movido, sólo que ha bajao cosa de diez o doce deos, sólo caer, pero nunca juntarse con el suelo aplastando a los que coja dentro. Pero como quiera que la madera es un cuerpo astilloso, tiene que crujir antes de pegar el golpazo dando tiempo a que se salven por lo menos siete u ocho, todo lo cual, y puesta la mano en el corazón y en conciencia, decimos, que el peligro que ofrece la aludida viga es un peligro leve, o sea de poca trascendencia. Todo lo cual firmamos y no sellamos, por no tener sello en Ohanes a la fecha arriba indicada”.

El asesor jurídico, Don Celedonío González-García, lo tiene claro: "DIGO, declaro y doy fe, de cuanto en esta información del Maestro de primeras letras de esta localidad, sobre una viga que dice el primero al Sr Alcalde, o sea al segundo, está partida en el techo de su clase. Mi informe imparcial, desapasionado y verídico, como corresponde a mi profesión, es el siguiente: Si la viga cae y amenaza peligro, puede ocurrir: a) que mate al maestro, en cuyo caso esta corporación se ahorraría los quinientos reales que se le pagan; b) que matase a los niños y no al maestro, en cuyo caso sobraría el maestro; c) que matase a los niños y al maestro, ocurriendo en este caso como suele decirse, que se mataban dos pájaros de un tiro; d) que no matase a nadie, en cuyo caso supuesto no hay porque alarmarse. Examinados en derecho las causas y efectos que anteceden, emito este informe, honrado y leal, cumpliendo con ello un deber de conciencia”.

El expediente se cierra en 1740: "Yo, don Joseph Sancho Mengíbar, Cronista ofícial de la villa de Ohanes de las Alpuxarras, declaro por mi honor ser ciertos los hechos que a continuación describo, para que de ellos quede constancia en el Histórico Archivo de esta villa, lamentando que la índole de los mismos ponga un hito trágico en los bucólicos anales de este pueblo. El día catorce de octubre, del año de Nuestro Señor Jesucristo de míl setecientos cuarenta, siendo Alcalde de esta villa don Bartolomé Zancajo y Zancajo, y siendo las doce de su mañana, se hundió el techo del salón de la Escuela de esta localidad, pereciendo en el siniestro, el señor Maestro de primeras letras, don Zenón [ilegible]  Marín y los catorce niños que en aquellos momentos daban su clase. Después de laboriosos trabajos, fueron extraídos de entre los escombros, los restos de las víctimas y trasladados al Depósito del Cementerio Municipal, acompañados del pueblo en masa, que era partícipe por entero del dolor que significaba tal catástrofe, ya que todos, más o menos directamente, les alcanzaba, dado el número tan elevado de inmolados en aras de la cultura.

Abierto el oportuno expediente, se ha podido comprobar que por parte de la Autoridad competente se tomaban periódicamente todas las medidas encaminadas a velar por el buen funcionamiento del sagrado recinto; y como prueba concluyente, se presentó un Expediente, incoado al efecto, en que dos peritos albañiles y el Ilustre Escribano de esta villa, informaban sobre el buen estado del local, en fecha muy próxima al suceso, ya que los informes datan del día 15 de mayo de 1736; quedando plenamente demostrado que únicamente un accidente fortuito fue el responsable del hundimiento a que hemos hecho referencia. Y para que quede constancia, lo redacto y lo firmo en Ohanes de las Alpuxarras a quince de diciembre de mil setecientos cuarenta".

España. País que pereció por incapacidad de su clase política y por apatía de su población. Descanse en paz.

A nuestro establishment no le gusta el escrache


FIRMA INVITADA
Mi buen amigo Agustín Baeza, economista y consultor, ha tenido la amabilidad de autorizarme a publicar esta entrada que apareció el pasado tres de abril en "nuevatribuna.es".

Los españoles siempre hemos sido un poco exagerados, tanto para lo bueno como para lo malo. Reconozcámoslo. Dicen que pasamos en apenas un lustro de no tener cajeros automáticos en las calles a tener más cajeros per cápita que cualquier país europeo. A pesar de la crisis y la reducción drástica del consumo somos uno de los países del mundo con mayor penetración de los Smart Phones. Y recién acabada la Semana Santa uno comprueba que el personal patrio es capaz de gastarse lo que no tiene en túnicas, capirotes y demás abalorios propios de estas celebraciones. Hasta el New York Times “critica el lujo de la Semana Santa” y sus reporteros se llevan las manos a la cabeza por semejante contradicción sólo comprensible por estas latitudes.

También somos expertos en conjugar nuevas palabras a la velocidad de un rayo. Es el caso del escrache. Hace dos meses no creo que hubiera más de veinte personas en España que conociera su significado (y todas ellas, claro está, habrían vivido al menos una temporada en Argentina). Sin embargo, hoy el escrache forma parte de tertulias televisivas, conversaciones informales, análisis de politólogos y sesudos artículos de opinión. Este artículo es una demostración de ello. De repente nos hemos convertido en expertos mundiales en escrache, y nos lanzamos a debatir sobre ello sin complejos. ¿Es esto una nueva demostración de nuestra demostrada capacidad para la exageración de la que hablaba anteriormente? Me temo que no, dejando atrás la ironía creo que estamos ante la enésima prueba del enorme poder del establishment para imponer los debates que más le convienen.

Vayamos por partes. Todo surge a raíz de una denuncia del Sr. González Pons en la que argumenta que la PAH “ha violentado su domicilio”. A partir de ahí portavoces, voceros, medios de comunicación y todas las “personas de bien” se lanzan a degüello contra la PAH y su portavoz Ada Colau. Les han llamado de todo, desde filoetarras hasta fascistas. Aunque en mi humilde opinión si te topas por la calle con un grupo de la PAH camino de una acción de denuncia más parecen un grupo lúdico que van a jugar al parchís con sus carteles de colorines que un comando con fines violentos. Pero en fin, dicen que la vista es un sentido que a veces engaña.

A continuación el Ministerio del Interior da orden de que se identifique y en caso de resistencia detenga a quienes protagonicen un escrache. Una orden criticada por asociaciones de policías y de jueces que tienen más claro que el Gobierno la diferencia entre una protesta ciudadana pacífica (aunque duela y escueza a quien la sufre) y un delito.  ¿Por qué el gobierno, los principales medios de comunicación y amplios sectores de la sociedad y la política demonizan el escrache?

En primer lugar porque así consiguen desviar la atención sobre el asunto de fondo que es la lucha desde hace cuatro años de una plataforma ciudadana plural para hacer frente al drama social de los desahucios. Una lucha desigual porque se enfrentan no ya al gobierno de turno, sino al poder financiero y económico que no está dispuesto a que se modifique un ápice la legislación hipotecaria a pesar de que recientemente el Tribunal de Luxemburgo la ha declarado ilegal y abusiva.

En segundo lugar porque en ausencia de una oposición real, se han dado cuenta de que la verdadera oposición al gobierno está en la calle. Desnortado el PSOE, sin la fortaleza necesaria para hacerles daño en los partidos minoritarios y desaparecidos los agentes sociales tradicionales de la esfera pública, la oposición al gobierno está en las calles y la protagonizan miles de personas con acciones reales, coordinadas por plataformas como la PAH. Y por ello es necesario sacar toda la artillería contra ella. No basta solo con tumbar la ILP en el Parlamento, que lo harán. Deben acabar con toda resistencia utilizando de manera coercitiva todos los poderes del Estado.

En esta labor de destrucción de la reputación de la PAH les favorece y mucho que, a diferencia de otros movimientos como el 15-M, haya una persona visible contra la que descargar toda la furia del poder que se ve amenazado e interpelado. Aunque, Ada Colau una y otra vez reitera su condición de mera portavoz de la PAH y en ningún caso se presenta como líder, está sirviendo como pararrayos de las embestidas mediáticas y políticas de muchos a los que les viene muy mal que a estas alturas los ciudadanos se organicen, se autoconvoquen y consigan reunir un millón y medio de firmas para presentar una ILP. Y además que lo hagan ellos por su cuenta.  Pero ¿cómo osan hacer eso? ¿Es que acaso no votan ya a sus partidos? ¡Pues déjennos a nosotros resolver estas cosas como siempre se ha hecho!

Pese al escándalo que produce en el establishment y en las “personas de bien”, el escrache argentino no es un fichaje de la PAH para sus nuevas acciones reivindicativas. La denuncia directa, cara a cara, del ciudadano que se siente infrarrepresentado, engañado o estafado por parte de sus representantes es una constante en nuestro país. Que se lo digan si no a las decenas de miles de concejales o a los miles de Alcaldes que son interpelados en el bar, a la puerta de su casa o en el hipermercado cuando hacen la compra el fin de semana. Por tanto, no es verdad que estén preocupados por lo que ellos denominan “acoso a los políticos”, están preocupados, y mucho, por el liderazgo y el enorme apoyo social de la PAH.

A pesar de que nos la quieran vender como una turba enfurecida armada con pegatinas verdes que está dispuesta a ejercitar la violencia contra los políticos en sus espacios privados, lo que está pasando es lisa y llanamente que la gente se ha hartado. Se ha hartado de que los poderosos siempre se salgan con la suya. De que los poderes financieros sean los que realmente impongan leyes y legislaciones. De que sus representantes les engañen. De que les prometan una cosa y hagan lo contrario.

Y sobre todo, han decidido arremangarse y ponerse manos a la obra. Deberíamos verlo como algo positivo. Una ola de indignación canalizada en energía positiva. La rabia convertida en pegatinas verdes. La desilusión transformada en activismo social, impulsado desde la base, horizontal, donde no existen jerarquías. Con participación activa y protagonismo de las personas afectadas. Y con las redes sociales y las nuevas tecnologías como grandes aliadas que amplifican en el tiempo y en el espacio sus reivindicaciones. Una nueva sociedad que emerge frente a un viejo sistema institucional que no da respuestas.

Frente al ejercicio de ciudadanía crítica y reivindicativa, pero pacífica y propositiva, tenemos un establishment bien pensante surgido del régimen de la Transición sumido en una institucionalidad esclerótica y paralizante. Incluso sorprende ver a líderes y periodistas que defienden el fondo pero critican la forma, incapaces de librarse de los efluvios narcotizantes de un régimen en decadencia. Un poder que sabe que el éxito de la PAH y de otras plataformas ciudadanas puede significar su defunción definitiva. Por ello no dudarán en utilizar todas las armas a su alcance para frenar a la nueva ciudadanía que no quiere ser convidada de piedra en esta “democracia zombie”, tal y como la ha llamado el politólogo Simon Tormey.

sábado, 16 de marzo de 2013

Anastasia y Olga: la imaginación nunca descansa


¡Ah, señores, qué breve es nuestra vida! [...] 
Si vivimos, vivimos para pisotear cabezas de reyes. 
Si morimos, ¿habrá mejor muerte que en compañía de príncipes? 
William Shakespeare: Enrique IV.


Ekaterimburgo (Rusia), madrugada del 17 de julio de 1918. El zar Nicolás II, su familia y sus criados son conducidos al sótano de la casa Ipátiev, donde permanecen como prisioneros de la policía secreta bolchevique. Yákov Yurovski, un fotógrafo siniestro reciclado en comisario político, les convence de que va a tomarles un retrato de familia. Una vez en el lóbrego sótano, les lee una improvisada sentencia de muerte y ordena su fusilamiento. El zar y la zarina Alejandra mueren en la primera ráfaga de disparos. El zarevich Alexéi es apuñalado y rematado. Los asesinos comprueban que las cuatro hijas del zar están en el suelo, aún vivas en un mar de sangre. Las joyas y piedras preciosas zurcidas a sus corsés les han servido de chaleco antibalas. Mientras reza de rodillas, Anastasia es ensartada con una bayoneta. María agoniza. Tatiana recibe un tiro en la nuca. Olga intenta levantarse, pero le plantan una bota en la cara para sujetarla y le disparan en la mandíbula. La bala le entra por la boca y le atraviesa el cerebro. Fin de la historia oficial. Comienza la leyenda.

Febrero de 1919. Tras un intento frustrado de homicidio, una muchacha fue rescatada de un canal berlinés e internada en un hospital psiquiátrico. Como no traía papeles y rehusó identificarse, la inscribieron con el nombre “fraulien unbekannt” (señora desconocida). Presentaba cicatrices en su cabeza y abdomen. Cuando la interrogaron habló en alemán, con un acento descrito por el personal médico como ruso. Influida por la lectura de una nota periodística sobre el incierto destino de algunos miembros de la familia imperial rusa, de la que se desconocía dónde había sido sepultada, Clara Peuthert, una de las internas del frenopático se empecinó en que la mujer rescatada de las aguas era la gran duquesa Tatiana Romanov. Un careo con la baronesa Sophie Buxhoeveden, antigua dama de compañía de la zarina Alejandra, bastó para descartar esa posibilidad. Apenas la tuvo delante, la baronesa declaró que Tatiana era mucho más alta que esa impostora. Para sorpresa de todos, la desconocida respondió que ella no había dicho que fuera Tatiana. Ella era Anastasia. 

En marzo de 1922, las declaraciones de que había aparecido una Gran Duquesa rusa atrajeron por primera vez la atención pública. La mayor parte de los miembros de la familia de Anastasia y los que la conocían, incluyendo al mozo de cámara de la zarina, Alexei Volkov, al tutor de la corte Pierre Gilliard y a su esposa, Shura, que había sido niñera de Anastasia, y a la hermana del zar, la gran duquesa Olga Aleksándrovna Románova, dijeron que era una impostora, pero otros muchos exiliados rusos estaban convencidos que era Anastasia. Entre ellos pesaba mucho el testimonio de Tatiana Melnik, hija del doctor Eugene Botkin, médico personal de la familia imperial, que había sido asesinado por los comunistas junto a la familia del zar en la matanza de Ekaterimburgo. Tatiana, que había conocido a la gran duquesa Anastasia cuando era niña y había hablado con ella por última vez en febrero de 1917, aseguró que la mujer era Anastasia y consideró que cualquier incapacidad de su parte para recordar los acontecimientos y su rechazo a hablar en ruso, eran causados por su deteriorado estado físico y psicológico.

En las décadas siguientes, la mujer, que había adoptado el nombre de Anna Anderson tras usar el apellido Tschaikovsky, se enfrentó a numerosas acusaciones de impostura. Pero aunque ella no podía ofrecer ninguna prueba acerca de su identidad, hasta su muerte en 1984 nadie pudo demostrar tampoco que Anderson no era quien decía ser, a pesar de que en 1927 una agencia de detectives contratada por Ernesto Luis de Hesse-Darmstadt, gran duque de Hesse, hermano de la zarina asesinada, la identificó como Franziska Schanzkowska, una obrera polaca con un historial de enfermedades mentales que desapareció misteriosamente en la misma época en que Anna Anderson fue internada en el hospital psiquiátrico. Después de un pleito legal que se prolongó durante décadas, los tribunales alemanes resolvieron que Anderson no había logrado demostrar que era Anastasia. 

Entre 1922 y 1968, Anna Anderson vivió en los Estados Unidos y Alemania con varios de sus partidarios, además de permanecer ocasionalmente en sanatorios y asilos de ancianos. En 1979 fue sometida a una intervención quirúrgica en la que le extrajeron un fragmento de intestino que los patólogos conservaron en parafina. Años más tarde, ese fragmento proporcionaría el ADN que puso fin a la discusión acerca de su identidad. Tras su muerte en 1984, el cuerpo de Anderson fue incinerado y sus cenizas fueron enterradas en el cementerio del castillo de Seeon, en Alemania. 

Después de la caída del comunismo se descubrieron los restos del zar, de la zarina y sus cinco hijos. A mediados de la década de 1990 se analizaron las huellas genéticas del zar Nicolás, de su esposa, del duque de Edimburgo y de Anna Anderson. No quedó ninguna duda: eran la misma persona y no existía ninguna relación entre Anna y la familia imperial. En cambio, el ADN mitocondrial de Anna coincidió con el de Karl Maucher, un sobrino nieto de Schanzkowska: Anderson y Schanzkowska eran la misma persona. El tema parecía zanjado.

«Disparos, un alarido de mamá, blasfemias, lamentos... Un torrente de fuego me cubrió los ojos... Así, en el suelo, boca abajo, yací herida, con el cráneo destrozado y un silbido lacerante en los oídos. Varias balas me habían rozado. Una me había dado de lleno. Sentía la sangre caliente, que me empapaba el vestido. Oh, terrible: estaba muerta y estaba viva. No, no estaba viva: era Dios que me permitía ver desde el más allá. En el suelo, un mar de sangre. Alguien aún gemía. Intentaba levantarme, pero caía sobre mí misma. Mis manos estaban como lejos de mí. Me esforzaba por abrir los ojos para disponerme a morir. Pero antes quería mirar por última vez el rostro de mis seres queridos. De pronto, me pareció disolverme en un largo sopor. Ya no vi nada, solo una sombra rojiza, una turbia luz que se apagaba... ¿Por qué, Dios mío, has querido que yo, sola, sobreviviera a mi familia?».

Así narra la ejecución la presunta gran duquesa Olga Nicolaievna en su autobiografía Estoy viva, recientemente publicada en España por la editorial Martínez-Roca. Cuando escribió su autobiografía a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, Olga ya no era Olga Nicolaievna ni era rusa. Se hacía llamar Marga Boodts, con pasaporte alemán, una de las varias identidades que habría adoptado para eludir a los espías soviéticos. Después de la caída del régimen soviético, los restos de la otra Olga, la que habría muerto asesinada, fueron exhumados en Ekaterimburgo por un equipo de arqueólogos y trasladados a la catedral de San Pedro y San Pablo de San Petersburgo, donde fueron sepultados con los de sus padres y dos de sus hermanas. En 2007 se encontraron los restos del zarevich y de otra de las duquesas. Tres equipos forenses certificaron con pruebas de ADN que los Romanov descansaban en paz. 

Volvemos a las andadas: la aparición con medio siglo de retraso de las memorias de Marga Boodts prueba que una vez que un hecho traspasa el umbral de lo legendario, la imaginación nunca descansa.