sábado, 13 de julio de 2013

Seguimos igual

Cuando apenas despuntaba el siglo XIX, Alexander Wilson, un excelente poeta y un notable ornitólogo estadounidense, observó como una bandada de palomas silvestres norteamericanas (Ectopistes migratorius) oscurecía el cielo durante más de cuatro horas. Estimó que esa bandada se componía de más de dos mil millones de aves y tendría casi cuatrocientos kilómetros de longitud por uno y medio de ancho. 

Unos años después, otro ornitólogo estadounidense, el gran naturalista John James Audubon, comprobó la veracidad de los que había observado Wilson. Abrumado por lo que había visto, escribió: «Desmonté, me senté en una colina y empecé a marcar con el lápiz, haciendo un punto por cada bandada que pasaba. En poco tiempo comprobé que la tarea que había emprendido era inútil ya que las aves pasaban en gigantescas multitudes. Comprobé que había anotado 163 bandadas en veintiún minutos. Me fui de allí cuando el cielo estaba literalmente cubierto de palomas, la luz del medio día se oscureció como en un eclipse, las heces de las aves caían como copos de nieve y el zumbido constante de las alas me abrumaba. Antes del atardecer llegué a Louisville (…). Las palomas seguían pasando en números inimaginables y continuaron haciéndolo durante tres días seguidos».

En un continente aún por colonizar, los inmensos espacios abiertos y vírgenes con alimentos siempre disponibles y un vuelo rápido para ir en su búsqueda, eran el secreto de una especie cuyas poblaciones representaban el 40% de todas las aves de Norteamérica. Durante el invierno, las palomas se distribuían por toda la parte oriental de Norteamérica, dispersas por cualquier lugar al este de las Montañas Rocosas. Pero durante la temporada de anidación todas las palomas distribuidas por esa vastísima región de unos ocho millones de kilómetros cuadrados se desplazaban de forma coordinada a la zona de anidación, situada exclusivamente en los alrededores de los estados actuales de Nueva York, Pensilvania y Ohio. Allí era donde los estupefactos habitantes veían como cada otoño las palomas oscurecían el cielo y formaban colonias de cría de hasta 150 millones de individuos. Las estimaciones de la población total (cinco mil millones) superaban con creces a la de la humanidad en todo el mundo, lo que hacía de ellas el vertebrado más abundante de la superficie terrestre.

El 24 de marzo de 1900, un muchacho de 14 años, Press Clay Southworth, armado con una carabina de aire comprimido vagabundeaba cerca de su pueblo natal, Sargents, Ohio, cuando vio una paloma posada sobre las ramas de un roble centenario. Apuntó, disparó y la mató. Ese fue el último registro conocido de una paloma que las sociedades ornitológicas americanas consideraban ya extinguida. La paloma silvestre norteamericana había desaparecido para siempre. ¿Cómo pudo una especie que alguna vez fue tan abundante en Norteamérica extinguirse en tan sólo unas pocas décadas? La respuesta es el ser humano. Las razones principales de la extinción de esta especie, como la de tantas otras, fueron la cacería comercial sin control y la pérdida de hábitats y reservas alimenticias a medida que los bosques se talaban para dar paso a granjas y poblados. 

Las palomas silvestres tenía una carne muy sabrosa y a lo largo del siglo XIX se desarrolló toda una industria alrededor de la explotación de su carne; con sus plumas se hacían buenos almohadones y se utilizaban mucho como fertilizante. Las mataban con facilidad porque viajaban en bandadas gigantescas y anidaban en colonias largas y estrechas. Las abundantísimas bandadas atravesando las llanuras de Estados Unidos en su migración anual hacia el sur permitían a los cazadores disparar casi a ciegas asegurándose cobrar piezas. A principios de 1858, la cacería en masa de palomas silvestres se volvió un gran negocio. Se utilizaron escopetas, fuego, trampas, artillería e incluso dinamita. También se les asfixiaba quemando paja o azufre debajo de sus reposaderos. Con la llegada del ferrocarril y del telégrafo, se daba la voz de alarma cuando se avistaban grandes masas de palomas y llegaban cazadores de muchos kilómetros a la redonda. En 1878, un cazador profesional de palomas silvestres norteamericanas ganó 60.000 dólares matando a tres millones de aves en sus territorios de anidamiento cerca de Petoskey, Michigan.

En 1878 sólo quedaban cincuenta millones de individuos y en 1890 apenas quedaban poblaciones. En 1896, la última gran colonia reproductiva, unas 250.000 aves, fue localizada cerca de Bowling Green, Ohio, no lejos de Mammoth Cave. Los cazadores fueron notificados por telégrafo y todas, excepto unas cinco mil aves que lograron escapar, fueron abatidas. A principios de la década de 1900 la cacería comercial cesó ya que sólo quedaban unos cuantos  miles de aves. La recuperación de la especie era imposible debido a que ponían un huevo por nido. Poco a poco, la paloma se extinguió. La última paloma silvestre conocida, una hembra llamada Martha en honor a Martha Washington, murió en el zoológico de Cincinnati en 1914. Su cuerpo disecado se encuentra en el Museo Smithsonian de Washington DC.

Parecen cosas del pasado que hoy no podrían ocurrir, pero no es así. El despiadado castigo a la naturaleza sigue siendo una constante del comportamiento humano. De acuerdo con el informe de Evaluación de los Ecosistemas del Milenio de 2012, «en los últimos cincuenta años los seres humanos han transformado los ecosistemas más rápidamente, más extensamente y más profundamente que en ningún otro período de la historia de la humanidad [...]. Esto ha resultado en una pérdida sustancial y, en gran medida, irreversible de la diversidad de la vida en la Tierra».

El ritmo de extinción de especies no tiene parangón. Cada extinción tiene su propia historia y sus propias causas. La extinción de especies no es una novedad, la novedad es la nueva “sexta extinción” a la que estamos asistiendo. En los últimos 500 millones de años ha habido cinco extinciones masivas que barrieron de la faz de la Tierra una parte sustancial de los seres vivos que la habitaban. La más grave ocurrió hace 245 millones de años cuando perecieron casi el 95% de los animales y plantas. La última gran extinción tuvo lugar hace 65 millones de años, cuando desaparecieron los dinosaurios y con ellos tres cuartas partes del resto de especies de seres vivos.

Pero hay una característica que diferencia el momento actual de las anteriores extinciones. Antes podíamos buscar las causas en factores climáticos o geológicos o en forma de meteorito. Sin embargo, la sexta extinción a la que asistimos tiene un único promotor: el hombre y sus actividades destructivas. De hecho, se estima que en los últimos cincuenta años hemos provocado la desaparición de unas 300.000 especies. Y si seguimos como hasta ahora, a finales del siglo XXI habremos terminado con la mitad de las especies que pueblan el planeta. Según la FAO, el 60% de los ecosistemas mundiales están degradados o se utilizan de manera insostenible; el 75% de las poblaciones de peces están sobreexplotadas o significativamente agotadas, y desde 1990 se ha perdido el 75% de la diversidad genética de los cultivos mundiales. Aproximadamente trece millones de hectáreas de selva tropical se talan cada año y el 20% del arrecife de coral mundial ha desaparecido ya, mientras que el 95% correrá peligro de desaparición o daño extremo en 2050 si no se consigue frenar el cambio climático. 

Muchos biólogos consideran que la acelerada y extinción planetaria que estamos causando es más grave que la disminución del ozono en la estratosfera y el calentamiento del globo ya que está ocurriendo con mayor rapidez y es irreversible. Reducir esta enorme pérdida de diversidad biológica de la Tierra, proteger los hábitats silvestres en todo el mundo, y restablecer las especies a cuya grave disminución hemos contribuido, son emergencias planetarias que debemos atender cuanto antes.

Ciencia y cultura para ovejas

Parafraseo la cabecera de este artículo a partir del título de un libro desternillante y preclaro, El catolicismo explicado a las ovejas, del también profesor Juan Eslava Galán, que sabrá perdonarme el pequeño hurto literario. Para compensar modestamente a mi colega, les recomiendo que se gasten unos euros en la compra del libro, porque por el mismo precio el doctor Eslava Galán desvela, tras dos mil años de controversias matemáticas y lógicas, el misterio de la Santísima Trinidad.

Formo parte de un grupo de docentes que, como hijos que somos (algo descarriados, pero hijos) de la tradición católica, apostólica y romana, observamos con creciente desasosiego como los católicos, faltos como están de los instrumentos oportunos, desconocen la interpretación de los más profundos misterios de su religión y eso los lleva a practicar un catolicismo tibio que, de no ponerle remedio, acabará por apartarlos para siempre jamás de la recta doctrina de nuestra Santa Madre Iglesia, conduciéndolos, de propina, a las calderas de Pedro Botero, si es que el infierno sigue donde ha estado siempre que ya ni de eso se está seguro. 

Para salir de esa desdichada situación en la que toda ignorancia tiene su asiento, queremos traspasar los muros de las escuelas, los institutos y las universidades para llevar la cultura y la educación a ámbitos en los que hasta ahora hemos estado ausentes y en los que nuestra dejadez de funcionarios vagos por definición ha privado a muchos ciudadanos del derecho universal a la cultura. Estamos seguros que monseñor Rouco Varela y su peña, tan acostumbrados como están a alejarse del poder terrenal, a rehuir la pompa y la púrpura y a palpar el mundo real, se adherirán como un solo hombre a lo que nos traemos entre manos.

Como primer paso, queremos llegar a un acuerdo con las autoridades eclesiásticas (los pastores) para que nos cedan un diez por ciento del tiempo de las misas con el fin de que profesores especialistas en las distintas disciplinas puedan llegar más fácilmente a las ovejas (los creyentes) mediante breves disertaciones académicas en las que nunca faltarían los "powerpointes" y otras innovaciones didácticas. Estamos estudiando cuál sería el momento idóneo para insertar en las misas contenidos científicos y culturales y, aunque poco duchos en cuestiones litúrgicas, se nos ocurre que tal vez podríamos colocar nuestro producto científico y cultural inmediatamente después de la consagración o justo antes del Padre Nuestro. 

Está claro que algunos feligreses podrían, con razón, objetar que ellos no tienen por qué aumentar sus conocimientos ni su cultura, habida cuenta que acuden a misa con el único fin de orar y escuchar la palabra de Dios para que ello, además y como quien no quiere la cosa, les perdone otras faltas terrenales y los lleve directamente al cielo. Para solucionar el problema de quienes deseen permanecer en la inopia, y aunque pudiera parecer inconstitucional, a la entrada a la iglesia les haríamos rellenar un formulario para que manifestaran su preferencia por la religión o la cultura. Una vez identificados unos y otros, los que no estuvieran interesados en la campaña de extensión cultural abandonarían en el momento adecuado la nave principal de la iglesia para reunirse en las capillas laterales, la cripta o el salón parroquial. Con el fin de evitar agravios, esas ovejas recibirían durante ese rato charlas ad hoc. Por ejemplo, los feligreses que no quieran repasar la tabla periódica estudiarán los efectos perniciosos de los colorantes alimentarios; los que no quieran hacer gimnasia podrán ver un documental sobre la obesidad, y los que no quieran repasar los verbos irregulares ingleses podrían estudiar estadísticas sobre la importancia de hablar idiomas en el mundo moderno. 

Algunos negociadores enviados por la Conferencia Episcopal nos han adelantado que no habría problema en computar el tiempo de cualquiera de estas actividades como tiempo equiparable al dedicado a escuchar la palabra de Dios, a la oración, a la contemplación o a la penitencia y que en ningún caso podrá discriminarse el acceso a la salvación eterna a los fieles en razón de sus preferencias religiosas o educativas. 

Tampoco han puesto la más mínima objeción a la aparente contradicción derivada de que el contenido de las misas esté basado en la fe del carbonero, el dogma y creencias tan disparatadas que dejan en mantillas la historia de Superman, en contraste con la naturaleza científica y académica de los contenidos que habitualmente impartimos en las aulas. Pero las ganancias para las ovejas interesadas no serían pocas porque la asistencia a las clases les permitiría responder a muchas cuestiones que atormentan hoy el alma del creyente.

¿De dónde saldría el dinero para pagar al profesorado que trabaje los domingos? Sin duda alguna de los donativos que los fieles depositan en los cepillos, del porcentaje de impuestos destinados al sostenimiento de la Iglesia Católica o, en general, de los presupuestos de la Iglesia. Claro, que también podríamos acudir a la publicidad. La religión católica, con sus templos y sus procesiones, es uno de nuestros grandes atractivos turísticos que permitiría obtener jugosos ingresos a costa de los turistas, tan crédulos y de tan buen conformar. Como según la Conferencia Episcopal con la pasta que obtienen del Estado no tiene ni para empezar, podrían ayudarse con publicidad. Un compañero de profesión, Rafael Reig, ha dado algunas interesantes ideas al respecto: «Vodafone debería patrocinar los confesionarios, eso salta a la vista: 800-GOD, tu línea directa con el Altísimo. O la Gran Vigilia de la Inmaculada-Woman Secret, que proporcionaría un atractivo imprevisto a una de las actividades nocturnas más peregrinas y aburridas que puedan concebirse; seguro que entusiasmaba a las feministas norteamericanas. Las custodias, es decir, las piezas de metal en las que se expone la hostia consagrada a la adoración de los fieles, ¿no ganarían mucho bajo la advocación de Samsonite? ¿Y qué decir de las propias hostias? Deberían distribuirse hostias consagradas y envasadas al vacío, en pequeños tetrabriks o en packs familiares. ¿Cuánto dinero podríamos recaudar dejando la promoción eucarística en manos de Kellogs? El problema de la fecha de caducidad (puesto que, según pretenden, Dios es eterno), se resolvería con un sencillo “consumir preferentemente antes de”. Seamos imaginativos: ¿no podría Zara actualizar la rancia imagen del manto de la Virgen del Pilar? ¿Qué no haría Benetton con el Cristo de Medinaceli? ¿Cuánto nos daría la editorial de Las sombras de Grey por poder patrocinar las procesiones de Semana Santa, con sus penitentes azotándose?»

Solucionado el engorroso problema de las nóminas, para garantizar la calidad de las enseñanzas impartidas nuestra asociación gestionaría directamente el dinero aportado por la Iglesia y con él contrataría a profesores de sólida formación pedagógica y científica que se encargarían de impartir las clases durante las misas. Naturalmente, dado el carácter eminentemente laico de las clases, no dudaríamos en despedir fulminantemente a aquellos profesores que no mantuvieran una coherencia laica entre su vida profesional y personal haciendo cosas como casarse por la iglesia, llevar medallitas y escapularios, acudir a misa semanalmente o participar en cualquier tipo de actos religiosos. 

Finalmente, llevaremos nuestras negociaciones hasta el mismísimo Vaticano, con cuyas humildes y desprendidas autoridades firmaríamos un concordato que garantizara la continuidad de nuestra noble tarea docente en las iglesias durante los años venideros. 

Entre tanto cuaja la idea, amable lector, puedes hacer llegar nuestra propuesta educativa a docentes, padres, alumnos, políticos, sindicalistas, medios de comunicación e incluso a las autoridades eclesiásticas, incluido nuestro muy amado pastor complutense, el obseso monseñor Reig Pla. Tal vez así contribuyamos a que se entienda mejor lo que está ocurriendo en relación con la enseñanza de la religión en los centros sostenidos con dinero público.

domingo, 16 de junio de 2013

¡Menuda comisión y menudos resultados!

El Gobierno de Carpetovetonia estaba muy preocupado. Las agencias internacionales de rating habían calificado los alimentos que se servían en los comedores escolares con una MM. Aunque oposición y canallesca se apresuraron a decir que aquello significaba “muy mala”, lo que quería decir era “manifiestamente mejorable”. Algo había que hacer. El ministro de Educación, un reputado experto en no se sabía muy bien qué cosa, propuso que se creara una comisión a su imagen y semejanza, es decir, una comisión de expertos a medida, como los trajes que, presuntamente, Bárcenas pagaba a don Mariano. Dicho y hecho. 

Pocos días después se constituyó con la solemnidad propia del caso la Comisión Ministerial de Expertos Dietéticos para la Ordenación Racional de las Escuelas Saludables (COMEDORES), cuya mayoría estaba formada por dos expertos de cinco asociaciones del sector alimentario: PACOBA, la patronal de la comida basura; ASOFACAO, la asociación de fabricantes adulteradores del cacao; FEDEFCOLA, la federación de envasadores de bebidas flatulentas de cola; ASEBOLLIN, la asociación española de bollería industrial, y la poderosa FEDICHUCHE, la federación independiente de fabricantes de golosinas, piruletas y chucherías. Para salpimentar el puchero, el señor ministro nombró tres representantes, uno por el principal partido de la oposición y dos en representación de los dos sindicatos mayoritarios.

Los expertos redactaron sus conclusiones en un periquete y las aprobaron por goleada. El señor ministro mostró su satisfacción en rueda de prensa: el dictamen de los beneméritos expertos se ejecutaría en el próximo curso escolar. El curso siguiente el menú de guarderías, escuelas infantiles y colegios era un abigarrado muestrario de hamburguesas, perritos calientes, alitas de pollo emborrizadas, patatas fritas (en vaya usted a saber qué fritanga), bebidas de cola, gaseosas, sifones (que un avispado industrial catalán había rescatado del túnel del tiempo), bollería industrial rebosante de falso chocolate y, de postre, piruletas, algodones de azúcar, polos de hielo y helados a gogó. Los chavales estaban encantados. Los padres no tanto. Dos años después los alumnos de Carpetovetonia habían alcanzado por primera vez el primer puesto en una estadística internacional de aprovechamiento escolar: eran los estudiantes más gordos del mundo.

Grotesco ¿no? Pues eso, ni más ni menos, es lo que ha hecho el Gobierno con la comisión de expertos que ha nombrado para la reforma de las pensiones, ocho de cuyos doce miembros cuentan con fuertes intereses y vinculaciones económicas o han estado y están a sueldo de aseguradoras y bancos, principales interesados en la privatización por vía de hecho de las pensiones de los españoles. Para que no hubiera duda, Rafael Domenech, economista jefe del Servicio de Estudios del BBVA, ha ejercido como portavoz de la comisión, presidida por Víctor Pérez-Díaz, asiduo colaborador de FAES, el brazo ideológico del PP, y asesor de UNESPA, la patronal del seguro.

El interés de las aseguradoras está claro: quienes puedan permitírselo deben complementar su retiro con una pensión privada. Se trata de desincentivar a los ancianos humildes  para que se mueran de una vez y dejen de ser una carga para el contribuyente honrado. Pero, qué demonios pintan los bancos en todo esto, se preguntarán ustedes. Dejando al margen que muchos de ellos son socios importantes en las propias aseguradoras, el dinero que mueven cada año en España las pensiones públicas, que no es otra cosa que el ahorro de los trabajadores, es más del 11% del PIB, unos 120.000 millones de euros, un panal de rica miel que los bancos quieren disfrutar en exclusiva y para conseguirlo gastan esfuerzos y dinero para que sus expertos intenten convencernos de que lo mejor es que la banca se haga cargo del botín.

Con tales mimbres, el cesto tejido por el grupo de expertos cuidadosamente seleccionados por el PP no podía ser otro que la confirmación de las tesis gubernamentales... de Alemania, empeñada en recortar nuestros derechos sociales usando la tijera de su autómata, Mariano Rajoy. Si el Gobierno nombra un grupo de expertos para que estudie la reforma de las pensiones, ¿a qué conclusión creen ustedes que llegará? Exacto, a que hay que recortarlas. Rajoy necesitaba una trinchera y la ha encontrado parapetándose tras un grupo de gatomusos que ha confirmado la última gran logomaquia urdida por la autoridad: el factor de sostenibilidad.

Para que nadie se llame a engaño, tal factor es pura logomaquia, porque intenta centrar la discusión en las palabras y no en el fondo del asunto, que es en realidad “bajar las pensiones”. Básicamente, es la munición técnica para poder recortar las pensiones actuales; siempre, claro está, con la vista puesta en “salvaguardar el futuro del sistema público de pensiones” aunque sea a costa de destruirlo: se trata de cambiar una sostenibilidad buena por otra mala, tal y como se ha hecho en Sanidad y Educación. 

Para lograrlo, se acude al trile de presentar una complicada fórmula matemática cuyos factores operan desde supuestos que invalidan sus resultados. La fórmula se sostiene en un camelo: como la esperanza de vida de los españoles ha crecido seis años en los últimos treinta, deduzco que los ancianos españoles viven seis años más. Como es mucho suponer que los expertos sean orates, cabe pensar que ignoran intencionadamente que la esperanza de vida no se calcula así. Imagine un país habitado solo por dos personas: doña Paquita, que vive hasta que tiene 80 años, y Paquito, que fallece nada más nacer. La esperanza media de vida del país sería (80+0)/2=40 años. Imagine ahora que han pasado treinta años y el país sigue teniendo solo dos habitantes. Uno, don Emilio, que muere a los 80 años, y otro, Braulio, que vive hasta los cuarenta. La esperanza de vida sería de (80+40)/2=60, es decir, veinte años más que hace 30. Pero eso no significa, por mucho que se empeñen, que don Emilio viva veinte años más. En realidad, sigue falleciendo a los 80. Eso es lo que ha ocurrido en España, que la mortalidad infantil ha descendido mucho y con ello la esperanza de vida ha aumentado. Pero el aumento de la esperanza de vida no repercute automáticamente en que los ancianos vivan más años, porque de lo contrario el mundo estaría repleto de matusalenes.

De esa primera falacia emana la primera consecuencia: el personal de a pie vive más años, así que tiene que trabajar más años. Si vive diez años más, debería trabajar diez más. Tal planteamiento ignora la enorme variabilidad en las tasas de mortalidad que existe en España entre las personas pertenecientes a diferentes estamentos. Un catedrático, por citar un ejemplo que me toca de cerca, es probable que viva siete años más que la empleada de la limpieza de la universidad en la que trabaja. Es profundamente injusto exigir a la mujer de la limpieza que trabaje más años para pagar la pensión del catedrático. Este disparatado e injusto retraso indiscriminado de la edad de jubilación es el criterio que promueve la comisión con gran contento de la ministra alférez y del manotijeras pontevedrés. En la España de hoy, el 10% de la población que tiene rentas más altas vive diez años más que alguien del decil inferior. Promover “el café para todos” sin tener en cuenta la enorme desigualdad de condiciones de vida y muerte es inmoral y antidemocrático.

Les dejo ese par de píldoras. Si quieren profundizar más en el tema hagan ustedes lo que un servidor: lean Lo que debes saber para que no te roben la pensión (Espasa, 2013), de los catedráticos de Economía Aplicada Vicenç Navarro y Juan Torres, una sencilla y práctica lección acerca de lo que están tramando el Gobierno y sus expertos, que es, una vez más, llevarnos al huerto. 

Achinémonos todos hasta la lucha final

El pasado 12 de junio hubo sesión de control en el Congreso de los Diputados. El inefable Carlos Floriano, el vicesecretario del PP que compite habitualmente con González-Pons para ver quien desbarra más sin que le crezca la nariz, había preparado una pregunta a pachas con el Gobierno para mayor lucimiento del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, que la semana anterior había presentado en Bruselas, entre platos de jamón, trajes de torero y baile flamenco (¡modernidad, a tope!), el proyecto “Marca España", que impulsa el señor ministro con no poco esfuerzo y no menos prodigalidad de puestos de confianza, canonjías y mamandurrias repartidas entre correligionarios y amigos. Para ver quiénes son, cómo actúan y a qué se dedican, basta visitar la página web de la cosa (marcaespana.es).

Como el que no quiere la cosa, García-Margallo contestó a la improvisada pregunta del Gran, Gran Floriano, con gran prosopopeya y no poca enjundia: «En la globalización la confianza es la piedra angular para traer ahorro, crear empleo, exportar y favorecer la internacionalización de las empresas». Para conseguir confienza él y sus muchachos, encabezados por Carlos Espinosa de los Monteros, uno de esos amigos íntimos del Rey que lo ha presidido todo en este país y que ahora aparece transmutado en Alto Comisionado de la Marca España, se plantaron en Bruselas para presentar un plan para evitar que a España sólo la consideren un «país bueno para vivir, pasar vacaciones o jubilarse» y que, por el contrario, sea considerado «para trabajar, instalarse y hacer negocios». 

Estupendo, oye, y como prueba para las ventajas de instalarse en España podrían acudir a los miles de licenciados españoles que cada mes abandonan el país animados por el afán de “movilidad internacional” de los que son sendas demostraciones Diego Martínez Santos, elegido mejor físico joven del continente por la Sociedad Europea de Física casi al mismo tiempo que la Secretaría de Estado de Investigación le denegaba aquí una beca Ramón y Cajal o Nuria Martí, cuarta firmante del hito mundial del año en investigación biológica (la obtención de células madre humanas), huida a Oregón tras haber sido despedida del Centro Príncipe Felipe de Valencia por un ERE en 2011. 

Viene al caso recordar que la Generalitat de Valencia la presidía entonces quien la preside ahora, Alberto Fabra, que no tenía presupuesto para mantener el humilde contrato de una investigadora, pero al que no le ha faltado para conceder un espléndido contrato de alta dirección como asesora particular a su amiga íntima (ahora se llaman así a quienes antes se les llamaba de otra forma más rotunda y se les ponía piso y mercería), Esther Pastor, una señora madurita de muy buen ver, con la que mantiene -según fuentes del PP de la comunidad- una relación muy estrecha, similar a la que tiene su padrino político el ex presidente de la Diputación de Castellón, Carlos Fabra, quien mantiene una relación de pareja con la actual vicepresidenta de esta cámara, Esther Pallardó, que disfrutó de un ascenso fulgurante en la estructura de poder vinculada al PP desde que, a principios de la pasada década, accediera a llevar la comunicación de Carlos Fabra en la diputación (http://www.publico.es/457247/alberto-fabra-crea-una-secretaria-a-medida-de-su-amiga-mas-cercana). Y ya son dos derechos de pernada, dos Estheres mantenidas por las arruinadas arcas públicas, es decir por ustedes y por mí.

Pero volvamos a la Marca España y a su página web, en la que sin el menor empacho se afirma que otro de los tres grandes pilares en los que se asienta el proyecto es en su “tarea académica”, que ahora viene al pelo cuando se acaba de presentar la Carta Abierta por la Ciencia en España que pretende evitar (pronostico que inútilmente) que se lleve a cabo una nueva reducción de la inversión en I+D+i. En los últimos años los organismos públicos de investigación habrán sufrido una reducción acumulada del 30% de la dotación procedente de los Presupuestos Generales del Estado. La situación se ve considerablemente agravada por las dificultades financieras de las universidades, que contribuyen con más del 60% de la investigación del país y cuyos presupuestos están sufriendo severas restricciones en los últimos dos años, afectando seriamente a su potencial investigador tanto de medios como de recursos humanos.

La desfachatez de la respuesta ministerial en la Carrera de San Jerónimo alcanzó su punto culminante cuando García-Margallo destacó el potencial español en energías renovables. Como no me lo podía creer, me fui a la web de la cosa y sí, allí estaba: La web insiste en varias secciones  en lo punteros que somos en generación de energías limpias. Esas mismas a las que se hartaron de vilipendiar y menospreciar en la oposición y a las que una vez en el Gobierno han retirado todo respaldo, hasta el punto de que la empresa líder mundial en el sector de aerogeneradores, Gamesa, está despidiendo a centenares de trabajadores antes de echar el cierre. España debía volver a ser nuclear, decía Rajoy cuando estaba en la oposición. A la hora de sacar pecho sí se acuerdan de las renovables. 

De las renovables...  y de las desaladoras. La Marca España destaca lo avanzados que somos en centrales de desalación de agua marina. Como lo oyen. Esa misma estrategia de “producción” de agua que el PP machacó durante años para defender su descabellada política de trasvases se convierte ahora en motivo de orgullo. Las mentiras y la demagogia del PP llegaron al paroxismo con la declaración del entonces consejero de Presidencia de la Generalitat Valenciana, Esteban González Pons, que llegó a asegurar que las plantas desaladoras eran “las nucleares del mar”, declaración cuyo único objetivo era asustar a la gente. Ahora, con Rajoy en La Moncloa las desaladoras ya son buenas. Ver para creer. 

Para seguir mareando con datos positivos, el panfleto propagandístico que es la meritada web destaca también como brote verde el ITC (Índice de Tendencia de la Competitividad): «Un dato muy positivo de cara a la recuperación de la economía española y es un signo de que las reformas emprendidas van por el buen camino». Pues mire usted por dónde, resulta que el ITC también disminuyó en 2011, cuando dos millones menos de parados, España iba directa al infierno según el Gobierno actual, entonces oposición. 

Voy terminando con otro de los tres pilares de la Marca España, la afirmación sinvergüenza y sin vergüenza de que el renacimiento de la economía española se sustenta en «la caída de los costes laborales». El párrafo dice textualmente: «Pese a las dificultades del momento actual, España es una economía competitiva que, apoyada en su sector exportador, la caída de los costes laborales y la consolidación fiscal, retomará la senda de rápido crecimiento y convergencia con las economías de mayor renta per cápita». Más claro agua: la devaluación interna se ha convertido en la solución que se oculta tras reformas y recortes. La orientación de todas las medidas del gobierno para reducir el poder adquisitivo, la protección del trabajador y la “flexibilidad” del mercado laboral confluyen en la inevitable consecuencia de que para ser más competitivos debemos ser más baratos. Y ese abaratamiento es vía salarios más bajos.

El propio ministro de Industria se vanagloriaba hace bien poco de que el resurgimiento de la industria automovilística en España se debe «…fundamentalmente a la disminución que se está produciendo en los costes laborales unitarios en nuestro mercado…». Ya lo saben. Para seguir avanzando debemos cobrar la mitad que los países fuertes del euro. Asombrados por la capacidad productiva de China, el lema “Achinémonos todos hasta la lucha final”, se ha convertido en el pensamiento único del PP y de la Marca España. Aviados vamos.

Las amigas de los Fabra

Firma invitada: Juan E. Tur (http://www.publico.es/457247/alberto-fabra-crea-una-secretaria-a-medida-de-su-amiga-mas-cercana)

Alberto Fabra crea una secretaría a medida de su amiga más cercana. 

El presidente autonómico valenciano, tras fichar como personal de confianza a su cocinero, ha creado una nueva secretaría autonómica en el organigrama de la Generalitat valenciana, para dejarla en manos de Esther Pastor, con la que mantiene -según fuentes del PP de la comunidad— una relación muy estrecha. 

¿Qué aptitudes ha valorado Alberto Fabra para proponer a Esther Pastor a este nuevo cargo? "Es una perfecta conocedora del funcionamiento del área de presidencia". Con esta explicación el vicepresidente de la Generalitat y portavoz del Consell que preside Alberto Fabra, despejaba la incómoda pregunta del periodista Javier Cavanilles, de Economía Digital, acerca de la creación de un nuevo alto cargo en la Administración Fabra, la hasta ahora inédita secretaría autonómica de Organización, Coordinación y Relaciones Institucionales, adscrita a Presidencia, y su delegación en la persona de Esther Pastor.

¿Pero qué hay de incómodo en todo esto al margen de la incoherencia de crear un nuevo alto cargo cuando se presume de adelgazar la administración? La incomodidad vendría de la elección de Pastor, aterrizada en Valencia para ocupar la dirección general de Organización y Coordinación de la mano de Fabra, al que empezó a acompañar en su etapa al frente del Ayuntamiento de Castelló, y que, según llevan difundiendo desde hace semanas fuentes del propio PP, mantiene con el presidente una relación muy cercana.

Pastor ya recibía la retribución máxima de un asesor del presidente por llevarle la agenda Pastor fue, en agosto de 2011, la única novedad del grupo de asesores del recién incorporado presidente, que al margen de ésta, heredó sin cambiar ninguna pieza el Gabinete dejado por Francisco Camps. La función conocida de Pastor, al igual que en la alcaldía, era llevarle la agenda, para lo que se le otorgó la retribución máxima correspondiente a un asesor de presidencia.

El ascenso de Pastor y la creación de su cargo no han servido para suprimir la dirección general ésta antes ocupaba, y que, con un ligero cambio de denominación (ahora pasa a ser de Coordinación Institucional) queda ahora en manos de María Jesús García Grigols. La creación del nuevo cargo se ha compensado con la supresión de la secretaría autonómica de Territorio, Medio Ambiente y Paisaje, y se ha anunciado junto a las destituciones de los tres delegados provinciales del Consell, cuya utilidad era más que cuestionada.

Este nuevo paso emprendido por Fabra, polémico por las insinuaciones lanzadas desde las filas de su propio partido, se produce tan sólo unas semanas después de que saltara a la palestra la contratación por parte del presidente valenciano -y a cargo del erario público- de un entrenador personal para potenciar sus dotes de liderazgo. Un fichaje que finalmente se frustraría al trascender en los medios.

El que finalmente no se ha torcido es el de su cocinero en el Palau de la Generalitat, contratado a principios de abril como personal eventual, después de haber sido víctima, junto a otros 32 compañeros, de uno de los múltiples ERE ejecutados por el gobierno valenciano en sus empresas publicas. Gracias a ello, como informó esta semana el diario Levante-EMV, Eugenio Ramón L. M. es merecedor de un sueldo anual de 29.915 euros brutos, por dar de comer a Alberto Fabra y sus invitados. [Eso es justo la mitad de los que cobrarán otros porque Fabra ha colocado al líder valenciano de Nuevas Generaciones con un sueldo de 45.000 euros].

Todas estas revelaciones se producen en un momento de extrema debilidad de la figura de Alberto Fabra que, ignorado desde el Gobierno central por el equipo de Mariano Rajoy --hace unos días el ministro Montoro negó la discriminación endémica en la financiación valenciana que los popularistas, junto con buena parte de la oposición, llevan denunciando desde hace años--, ve como diversas facciones en el seno del partido (desde los campsistas apartados por Fabra, a los seguidores del barón provincial Alfonso Rus) están minando su posición en el partido con numerosas filtraciones.

De ser cierta esta última, Alberto Fabra, que se afincó hace unas semanas en Valencia -según fuentes de presidencia, por problemas en el ámbito familiar-, podría estar siguiendo un camino similar al recorrido años atrás por su padrino político, Carlos Fabra. El ex presidente de la Diputación de Castellón, mantiene una relación de pareja desde hace cerca de una década , con la actual vicepresidenta de esta cámara, Esther Pallardó, que disfrutó de un ascenso fulgurante en la estructura de poder vinculada al PP desde que, a principios de la pasada década, accediera a llevar la comunicación de Carlos Fabra en la diputación.

Fue en esas circunstancias cómo el político y la entonces periodista, tras romper con sus respectivas parejas, forjaron una unión sentimental que aún pervive.




jueves, 6 de junio de 2013

La basura, al sumidero

En la entrada anterior, que era la primera parte de este artículo, escribí que una de las manifestaciones más evidentes del cambio global son las alteraciones climáticas producidas por el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero desde la era industrial. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU calcula que, si se duplica la concentración de COen la atmósfera del planeta en este siglo, es probable que la superficie de la Tierra se caliente entre 2 y 4,5 ºC. Sin embargo, los expertos advierten que la temperatura del planeta podría aumentar significativamente más de 4,5 ºC, según algunos de los pronósticos. 

Incluso un aumento de la temperatura de “tan sólo” 3 ºC, previsión que algunos científicos califican de bastante conservadora, supondría volver a la temperatura que teníamos en la Tierra hace tres millones de años, en el Plioceno. El mundo de entonces era muy distinto al que conocemos hoy, como podría testimoniar el primer homínido reconocible, el Australopithecus, que apareció en ese período en el que abundaban mastodontes, gonfoterios, gliptodontes y tigres de dientes de sable.

Previsiones, dirá usted. Realidades también. Los efectos del cambio climático en tiempo real están erosionando con gran virulencia a la economía en distintas regiones del planeta. Sólo el coste en daños a la economía estadounidense de los huracanes Katrina, Rita, Ike y Gustav se estima en más de 100.000 millones de dólares. Inundaciones, sequías, incendios voraces, tornados y otros fenómenos meteorológicos extremos han diezmado ecosistemas en todo el mundo, han destruido la producción agrícola y las infraestructuras, han ralentizado la economía global y han ocasionado hambrunas y migraciones de millones de seres humanos.

Las tres grandes alternativas para buscar una verdadera sostenibilidad de la especie humana en el planeta son bien conocidas: 1) reducir la demanda de recursos; 2) desarrollar soluciones tecnológicas que puedan mitigar nuestros impactos; 3) adoptar medidas que, inicialmente, ralenticen el crecimiento demográfico y, eventualmente, lo reviertan. Todo indica que tales medidas correctoras están fallando estrepitosamente, de manera que hay que tomar buena nota de lo que la naturaleza sigue haciendo gratuitamente por el Homo sapiens, tan ocupado en castigarla. Una de esas medidas correctoras naturales son los sumideros, el ejemplo más claro de los servicios que nos prestan los ecosistemas.

Se conoce como sumidero todo sistema o proceso por el que se extrae de la atmósfera un gas o gases y se almacena. Todo el mundo sabe que las plantas emiten CO2 cuando respiran por la noche y lo absorben cuando, a la luz del sol, realizan la fotosíntesis. Las plantas emplean el proceso fotosintético para convertir el CO2 en azúcares, empleando éstos en su metabolismo básico y en la formación de tejidos. Las plantas no sólo ciclan el CO2 sino que, ocultas a la vista, sus raíces son capaces de almacenarlo y retenerlo, disminuyendo así la tasa de acumulación de gas carbónico en la atmósfera. 

En 1992, la preocupación de la comunidad internacional por el cambio climático impulsó la creación de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. El objetivo fundamental de la Convención era la “estabilización de las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera a un nivel que impida una interferencia antropógena peligrosa en el sistema climático”. Desde esa perspectiva, lo deseable sería el de un mundo con emisiones de CO2 limitadas, de conformidad con la meta internacional de estabilizar las concentraciones atmosféricas de gases de efecto invernadero.

Una vez más, el deseo no se corresponde con la realidad. Al actuar con nuestro irracional comportamiento, al mismo tiempo que emitimos gases contaminantes destruimos los ecosistemas naturales, los pulmones que deberían oxigenar el aire y almacenar el CO2, de modo que el desequilibrio se acentúa. Además, casi todos los escenarios del uso de energía mundial prevén un aumento sustancial de las emisiones de CO2 a lo largo de este siglo si no se adoptan medidas específicas para mitigar el cambio climático. También pronostican que el suministro de energía primaria seguirá dominado por los combustibles fósiles hasta, al menos, mediados de siglo. La magnitud de la reducción de emisiones necesaria para estabilizar la concentración atmosférica de CO2 dependerá tanto la línea de base, es decir, del nivel de las emisiones futuras, como del objetivo perseguido para la concentración de CO2 a largo plazo: cuanto más bajo sea el objetivo de estabilización y más altas sean las emisiones de la línea de base, mayor será la reducción de emisiones necesaria. 

El Tercer Informe de Evaluación (TIE) del IPCC establece que, según el escenario que se considere, a lo largo de este siglo habría que evitar las emisiones acumulativas de cientos, o incluso miles, de gigatoneladas (GT) para estabilizar la concentración de CO2 a un nivel de entre 450 y 750 partes por millón (ppm). El TIE también constata que “ninguna opción tecnológica podrá lograr por sí sola las reducciones de emisiones necesarias”. Más bien, se necesitará una combinación de medidas de mitigación para lograr la estabilización. Es aquí donde entra en juego la búsqueda de nuevos sumideros, un conjunto de actuaciones conocidas genéricamente como Captación y Almacenamiento del Carbono (CAC), que propugna el IPCC. Entre ellas destaca el almacenamiento geológico.

El almacenamiento de CO2  en formaciones geológicas profundas en el mar o en la tierra utiliza muchas de las tecnologías desarrolladas por la industria petrolera y del gas y ha demostrado ser económicamente viable en condiciones específicas para los yacimientos de petróleo y gas y las formaciones salinas, pero todavía no para el almacenamiento en capas de carbón inexplotables por hallarse a gran profundidad. Si se inyecta CO2 en formaciones geológicas apropiadas a una profundidad mayor de 800 m, diversos mecanismos de retención físicos y geoquímicos evitan que se desplace hacia la superficie.

Se trata de aprovechar al máximo las propiedades físicas del CO2 y de los cambios que experimenta a presiones extremas bajo tierra, que hacen que se densifique y se comporte más como un líquido que como un gas. Esto significa que se pueden almacenar enormes cantidades de CO2 en un espacio relativamente pequeño, de la misma forma que en un camión cisterna de una capacidad de 40 m3 se pueden almacenar 600 veces más de gas licuado por compresión. La mayor parte de lo almacenado de este modo ocuparía los espacios intersticiales de rocas porosas que quedan atrapadas por una roca superior de muy baja permeabilidad que actúa como una tapadera.

Estos días se dio por finalizado el proyecto CO2SINK financiado por la UE con 8,7 millones de euros, que está a la vanguardia del desarrollo de las tecnologías adecuadas para posibilitar el almacenaje. En un acuífero salino cerca de la ciudad de Ketzin, al oeste de Berlín, se han almacenado 62.000 toneladas de CO2 a una profundidad de más de 600 metros en el período 2008-2012. La tecnología no es novedosa, puesto que la industria del gas y la petrolífera vienen recurriendo al almacenaje subterráneo desde hace años, concretamente desde que descubrieron que inyectar CO2 en los campos petrolíferos mejoraba la extracción de petróleo. Hay más planes de almacenaje geológico en desarrollo y otros para comprobar su evolución que han avanzado considerablemente. 

Parece bueno ¿no? Lo dudo. Seguimos produciendo basura y, como un mal barrendero, no se nos ocurre nada mejor que esconderla debajo de la alfombra, aunque sea la del Mar del Norte. Exactamente lo mismo que se hacía hace cincuenta años, cuando tirar bidones repletos de residuos nucleares en el mar parecía algo tan natural como inocuo. 

¿Qué país se atrevería a hacerlo hoy?

domingo, 12 de mayo de 2013

Malos aires


En el siglo XVII, el químico flamenco Jan Baptist van Helmont observó que cuando se quema carbón en un recipiente cerrado, la masa resultante de la ceniza era mucho menor que la del carbón original. Su interpretación fue que el carbón se había transformado en una sustancia invisible a la que llamó "espíritu salvaje". Van Helmont descubrió así un gas que ha tenido varios nombres (óxido de carbono, gas carbónico y anhídrido carbónico) hasta que finalmente se impuso dióxido de carbono (C02).

En 1996, un grupo de investigadores liderados por el geofísico australiano D. M. Etheridge publicó un artículo en la revista Journal of Geophysical Research que, por primera vez, confirmó lo que ya se intuía: que las actividades humanas incrementaban la concentración de C02 en la atmósfera, un incremento que está contribuyendo a la aceleración del cambio global que experimentamos los dos últimos siglos. 

Los investigadores australianos habían analizado el aire encerrado en tres núcleos de hielo extraídos de Law Dome, en la Antártida. El registro analizado comprendía el aire almacenado entre los años 1006 a. C. y el año 1978 d. C. Por resumirlo brevemente, lo que encontraron fue que las concentraciones más bajas (entre 275-284 partes por millón o ppm) de C02 se registraron en la era preindustrial, es decir, antes de 1800, y que desde entonces las concentraciones atmosféricas del gas que más contribuye al calentamiento global no han cesado de aumentar. 

Gráfico de la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera terrestre (azul) y la temperatura media global (rojo), en los últimos 1000 años.

Las mediciones más fiables e internacionalmente reconocidas de la concentración de gases en la atmósfera se llevan a cabo mediante sensores situados en la cima del Mauna Loa, el volcán de la isla más grande de Hawai, cuyo observatorio ha sido durante años el punto de referencia en el estudio de la evolución de estas emisiones. Los dispositivos de Hawai llevan medio siglo tomando muestras de aire limpio y fresco que ha circulado en el océano Pacífico a miles de kilómetros de la costa y de las grandes ciudades. La primera vez que se detectaron más de 400 ppm de C02 fue el año pasado, en el Ártico, cuando también se superó el nivel en lecturas realizadas cada hora en Mauna Loa, pero la lectura media todavía no había superado dicho nivel a lo largo de un día entero. Eso es justamente lo que ocurrió en la primera semana de mayo, cuando llegó a una media diaria superior a 400 y alcanzó niveles nunca vistos en la Tierra en millones de años, toda una demostración de que los esfuerzos para controlar las emisiones provocadas por la actividad humana han fallado estrepitosamente.

Sin el carbono (C) y sin su derivado químico el C02 no podríamos vivir. El carbono es un elemento notable por varias razones. Más allá de algunos datos paradójicos, como que se presenta en la naturaleza en forma de una de las sustancias más blandas (el grafito) y a la vez más duras (diamante), y como uno de los materiales más baratos (carbón) y a la vez más caros (diamante), lo más interesante del carbono es su capacidad de enlazarse químicamente con otros átomos pequeños, incluyendo otros átomos de carbono con los que puede formar largas cadenas. Así, con el oxígeno forma el dióxido de carbono, vital para el crecimiento de las plantas; combinado con oxígeno e hidrógeno forma gran variedad de compuestos orgánicos esenciales para la vida. La química de la vida, la bioquímica, es esencialmente la química del carbono.

Afortunadamente, carbono no nos falta. Antes de marearlos con las cifras, les diré que como unidad de medida utilizaré la gigatonelada (GT), que equivale a mil millones de toneladas. Los océanos contienen 37.400 GT de carbono en suspensión y la biomasa terrestre, lo que nos incluye a usted, lector, y a mí, entre 2.000-3.000 GT. En la atmósfera hay 750 GT de carbono, principalmente en forma C02  Por tanto, la atmósfera es el almacén de carbono más pequeño y, precisamente por eso, reacciona de forma más sensible a los cambios. Por el contrario, la atmósfera tiene el mayor porcentaje de intercambio de carbono a causa de procesos bioquímicos. El consumo de vegetación por animales y microbios libera a la atmósfera unas 220 GT de C02 al año. La respiración de las plantas terrestres emite unas 220 GT. Los océanos liberan unas 332 GT. En total, las actividades biológicas (entre otras las nuestras) suponen la liberación a la atmósfera de unas 800 GT de C02/año en números redondos.

Cuando les diga la aportación de las actividades humanas (excluidas las estrictamente naturales, como respirar) al contenido de C02 en la atmósfera, les parecerá ridícula. Nuestras emisiones “artificiales” de C02 proceden, principalmente, de la quema de combustibles fósiles, tanto en grandes unidades de combustión –por ejemplo, las utilizadas para la generación de energía eléctrica– como en fuentes menores, por ejemplo, los motores de los automóviles y las calefacciones. Las emisiones de C02 también se originan en ciertos procesos industriales, con la producción de cemento a la cabeza, y de extracción de recursos como petróleo, minería o refinerías, así como en la quema de bosques que todavía se lleva a cabo para el desmonte en algunos países en vías de desarrollo. Sumándolas todas a escala mundial, ascendieron a un total aproximado de 29 GT/año. La cifra, habitualmente (y maniqueamente) utilizada por los que dudan del cambio climático, que la consideran “despreciable” dado que las emisiones de origen humano son mucho menores que las emisiones naturales, es engañosa. 

Y es que los océanos, la tierra y la atmósfera intercambian C02 continuamente y, por eso, las emisiones naturales se compensan con los sumideros naturales (de nuevo por los océanos y la vegetación). Las plantas terrestres absorben al año unas 450 GT y el océano unas 338. El balance mantiene los niveles atmosféricos de C02 en un equilibro natural que descompensan por completo las emisiones artificiales humanas, aunque puedan parecernos increíblemente pequeñas. 

Alrededor del cuarenta por ciento de las emisiones humanas son absorbidas fundamentalmente por la vegetación y los océanos. El resto permanece en la atmósfera. Como consecuencia de ello, el C02 atmosférico está en su nivel más alto en los últimos quince a veinte millones de años. Las concentraciones atmosféricas de C02 oscilan de forma natural, pero mientras que un cambio natural de 100 ppm en las concentraciones atmosféricas normalmente requiere un período de entre 5.000 y 20.000 años, el reciente aumento de 100 ppm ha tenido lugar en tan sólo 120 años, porque un pequeño cambio en el balance entre océanos y aire provoca un aumento mucho más fuerte del que podríamos producir nosotros solos.

Una confirmación adicional de que el incremento se debe a la actividad humana procede del estudio de la relación entre los isótopos del carbono, que tienen un diferente número de neutrones. El C-12 posee seis neutrones y el C-13 siete. La proporción C13/C12 es menor en las plantas que en la atmósfera, de modo que si el aumento de C02 atmosférico procediera de los combustibles fósiles, el ratio C-13/C-12 debería estar disminuyendo. Cuando tenga este artículo entre sus manos, habrán pasado justamente diez años desde que el 20 de mayo 2003 los editores de la revista International Journal of Mass Spectrometry dieron luz verde a un artículo firmado por Prosenjit Ghosh y Willi A. Brand, investigadores alemanes del instituto Max-Planck de Biogeoquímica, que demostraba precisamente eso: que la relación C-13/C-12 estaba disminuyendo, una prueba más de nuestra desastrosa contribución al cambio global que nos amenaza.

Las dos palabras claves con respecto al C02 son fuente (emisiones) y sumidero (captación). Me ocuparé de ellas en otra entrada.

domingo, 28 de abril de 2013

A hombros de gigantes: de Hasenöhrl a Einstein


Hemos sabido estos días que la famosa ecuación E=mc², en la que E representa la energía, m la masa y el cuadrado de la velocidad de la luz, no se le ocurrió a Einstein en solitario. Decía Bernardo de Chartres que «somos como enanos a los hombros de gigantes. Podemos ver más, y más lejos que ellos, no por alguna distinción física nuestra, sino porque somos levantados por su gran altura». La frase fue retomada por Luis Vives y llegó a los científicos del siglo XVII, quienes, como Isaac Newton, que la reprodujo casi literalmente en una carta enviada a Robert Hooke, no tuvieron empacho en reconocer que sus logros se levantaban sobre la obra de sus predecesores. 

Según el filósofo de la ciencia Thomas Kuhn, el progreso científico se produce cuando un paradigma cambia, lo que a su vez depende de las circunstancias culturales e históricas en que se encuentran los grupos de científicos. Dicho de otra forma, tal y como sucede con la evolución de las especies, la ciencia avanza a pasos, no a saltos. A pesar del empeño en construir una épica en la que las ideas, las teorías o los descubrimientos científicos son como un relámpago que ilumina súbitamente las tinieblas de la ignorancia, la cosa no funciona así. Una buena hipótesis, una teoría consolidada o un gran hallazgo de la ciencia no son chispas que prenden súbitamente una hoguera; son, con absoluta seguridad, un ascua desprendida de una lumbre que ya habían alimentado otros. Ni siquiera el gran Einstein escapa a la norma. 

Hagamos un poco de historia. En 1875, a un inteligente joven alemán llamado Max Planck -quizás el científico que haya tenido una vida personal más desgraciada- que dudaba acerca de si debía dedicarse a las matemáticas o a la física, le aconsejaron que no eligiera la física porque en ella ya estaba todo descubierto. No hizo caso: años después revolucionó la física con su teoría cuántica que le valió el premio Nobel en 1918. El trabajo de Planck fue uno más de los que marcaron el camino del cambio conceptual que experimentó esa disciplina en los albores del siglo XX cuando la macrofísica, que estaba basada en contar y medir objetos -y cuando hablo de objetos me refiero a una simple esfera o a la Tierra-, empezaba a ser parte de la historia, mientras que la nanofísica de las partículas comenzaba a despuntar y exigía una nueva concepción de la ciencia que fuera capaz de escudriñar en una escala en la que los objetos, que ya no eran aprensibles, se reducían a ecuaciones incomprensibles para los físicos que se aferraban al pasado, y en la que los acontecimientos se sucedían a velocidad de vértigo. 

En realidad, cuando Planck hizo oídos sordos a sus mentores, el mundo estaba a punto de entrar en un siglo en el que nadie entendería todo y muchos no entenderían nada. Del metro de platino iridiado, del principio de Arquímedes y del péndulo de Foucault, que los maestros enseñaban sin mayor dificultad en las escuelas de primaria, se pasó a un universo inaprensible dominado por quantos, espines, protones, neutrones, quarzs, neutrinos, bosones y fermiones, que nadie podía ver pese a que cabían en una cuartilla y que parecían surgidos de la calenturienta mente de un escritor de ciencia ficción. Mientras que en España se fraguaba la crisis del 98, se estaban abriendo las puertas de la moderna física de partículas, la física cuántica, con descubrimientos tales como los rayos X (Roentgen, 1895), la radiactividad (Becquerel, 1896), los electrones (Thomson, 1897), el radio (Curie, 1898), los cuantos (Planck, 1900) y la ley de desintegración radiactiva (Rutherford y Soddy, 1902). Y entonces llegó Albert Einstein, aparentemente surgido de la nada, porque nada era, al menos para los físicos, lo que quedaba fuera de sus propios círculos.

Corría el año 1905 cuando la revista alemana Annalen del Physik publicó una serie de cinco artículos de un desconocido llamado Albert Einstein, que no tenía ningún vínculo con el mundo académico ni con el circuito de los grandes laboratorios de investigación y, si en algo se acercaba a la innovación, era desde su modesto puesto de administrativo de tercera clase en la Oficina de Patentes de Berna, un trabajo poco envidiable de burócrata que, en palabras de José Manuel Sánchez Ron (El poder de la ciencia), le ocupaba «seis días a la semana, ocho horas cada día». Eso no impidió que de esos cinco artículos tres figuren entre los más importantes de la historia de la física. 

El más famoso de todos ellos es uno en el que esbozaba la teoría de la relatividad, aunque el que le valió el premio Nobel no fuera ese sino el primero de la serie (Sobre un punto de vista heurístico relativo a la producción y transformación de la luz), en el que analizaba el efecto fotoeléctrico por medio de la recién aparecida teoría cuántica de Planck, lo que le permitía explicar la naturaleza de la luz. Sin embargo, el tercero (Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento) cambiaría el mundo cuando el propio Einstein, al que le habían pasado inadvertidas las implicaciones de ese artículo, las refrendó en otro (¿Depende la inercia de un cuerpo de su contenido energético?), que apenas servía para llenar tres páginas del número 18 de Annalen del Physik, en el que, entre un jeroglífico de ecuaciones diferenciales cuyo descifre parecía reclamar una nueva e imposible piedra de Rosetta, dejaba asentada la teoría de la relatividad especial en un sólo párrafo: «La masa de un cuerpo es una medida de su contenido energético; si la energía cambia un valor L, entonces la masa varía en el mismo sentido un valor L/9.1020». 

Había que ser algo más que un común mortal para entender aquello, pero el asombrado mundo de la física avanzada tomó buena nota de las implicaciones de aquel párrafo, porque la ya famosa equivalencia entre la masa y la energía resultaba fundamental para comprender las emisiones que tienen lugar en los procesos radioactivos y serviría de apoyo para investigaciones posteriores que conducirían, por ejemplo, a la moderna tecnología nuclear. Después de Planck e Einstein, la física no volvería a ser nunca igual.

En un artículo publicado el pasado mes de marzo en The European Physical Journal (38: 261-278), los investigadores norteamericanos Stephen Boughn, del Haverford College de Pensilvania, y Tony Rothman, de la Universidad de Princeton en Nueva Jersey, han reivindicado el papel del físico austriaco Friedrich Hasenöhrl en el establecimiento de la equivalencia entre la energía de una cantidad de materia y su masa. De acuerdo con lo que decía Kuhn, ambos investigadores sostienen que la noción de que masa y energía están relacionadas ni se originó sólo con Hasenöhrl ni apareció repentinamente en 1905, cuando Einstein publicó su famoso artículo sobre la cuestión. Ambos caminaban a hombros de otros dos gigantes, el matemático francés Henry Poincaré y el físico alemán Max Abraham, que ya habían mostrado la existencia de una masa inercial asociada a la energía electromagnética. 

De otros gigantes sobre cuyos hombros ha ido avanzando la humanidad, desde Herodoto a Schmith, se ocupa un libro, Los descubridores, del historiador de la ciencia y director de la Biblioteca del Congreso de Washington, Daniel J. Boorstin, en el que uno aprende que no hay generación espontánea y que la soledad en la ciencia es un esfuerzo inútil que acaba por conducir a la melancolía.