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miércoles, 31 de agosto de 2016

Ruidos urbanos: el eterno retorno de lo mismo

A nadie perjudicó el haber guardado silencio.
Catón el Viejo

Años atrás, en sus memorias, se desesperaba Rudolph Steiner por la desaparición del silencio: «El ruido es la peste bubónica de nuestro tiempo». Y en un ensayo Hans Magnus Enzensberger remachó el clavo afirmando que el silencio y el espacio son los lujos más caros de nuestra época. Dos lujos no igualmente apetecibles. Mientras a casi todo el mundo le encantaría una mansión con jardín, el silencio pondría de los nervios a muchos. En el pasado, sólo la gente rara lo buscó. Profetas y eremitas lo practicaron con fervor. Lo reclamaron sabios, monjas y académicos. Lo elogia el poeta. Lo necesita el científico. Lo desean los aristócratas del espíritu, una nobleza para cuya práctica no se necesita ni dinero ni poder. El ruido, sin embargo, ha ganado la batalla. Es invencible.

¿Es usted un “ruidófobo” o, por decirlo de otra manera, un “silenciófilo”? ¿Forma parte de esa minoría que disfruta de un buen silencio y una buena lectura? Pues sepa usted que si lo que quiere reivindicar es su derecho a un entorno silencioso, explore cuidadosamente su sitio de veraneo. Que no le ocurra lo que le ha ocurrido a mi amigo FRL.

Llegó el 31 de agosto y, de vuelta a casa, mi amigo respira, por fin, tranquilo. Su verano ha sido movidito. En febrero fue precavido: alquiló un chalecito en la playa. Hizo la reserva por Internet asegurándose de que estuviera en una calle tranquila. Usando varias herramientas informáticas, ya saben Google Maps y Google Earth, se aseguró de que la vivienda que iba a alquilar cumpliera los que decía el anuncio: «Chalet amplio y luminoso con vistas al mar en zona muy tranquila». Lo era, al menos en el ordenador porque la calle era una monería, silenciosa y recoleta, con dos filas de hermosas jaracandás y muy limpita. Las imágenes de Google Street le mostraron que en las calles de alrededor no había moros en la costa: no aparecían discotecas, chiringuitos, centros comerciales, botellódromos o bares de copas. Perfecto. Pagó con Paypal y se quedó tranquilo. 

Pero, ¡ay!, lo que al arrendador se le había olvidado anunciar es que debajo del apartamento de mi amigo el Excelentísimo Ayuntamiento, tras una remodelación urbana dispuesta para agradar a los veraneantes (a todos, menos a FRL, como el tiempo se encargaría de demostrar), había decidido situar justo delante de su chalecito los recién estrenados contenedores de recogida de residuos sólidos. Seis, contenedores, seis. Dos grises con boina verde oliva, uno amarillo, otro azul y el sexto de un verde luminoso muy lucido. Nuevecitos y preciosos. Un perfecto complemento ecológico y polícromo para aquella linda callecita. 

Madrugada del 2 de agosto. Seis y media de la madrugada. Un horroroso estruendo de vidrios rotos aterroriza a FRL y espanta a su familia. Como un solo hombre, los siete se asoman a la terraza. Allí observan atónitos el fenómeno que les iba dar el verano. Era la primera vez, pero estaban cautivos del un aparatoso evento que habría de repetirse tres veces por semana: afortunadamente, el camión de recogida de vidrios solamente iba a pasar lunes, miércoles y viernes. El método ya lo habrán visto. Un precioso camión provisto de una grúa levanta el contenedor en el aire; el vehículo, como un postmoderno Gargantúa, abre su hidráulica bocaza cenital; una cadena ingeniosamente situada abre el fondo del contenedor y el vidrio cae como una cascada por el trasero bivalvo del otrora hermético recipiente. Un prodigio mecánico. Un espanto auditivo. 

Les ahorro más detalles. A la misma hora, pero siete días a la semana, siete, pasaba el camión de orgánicos; otras tres veces, el de plásticos y, afortunadamente, el de papel y cartón se recogía solo los jueves de madrugada. Recapitulemos: los camiones, provistos de unos potentes motores diésel de doscientos tronantes caballos, realizaban sus aparatosas operaciones matutinas catorce veces por semana, 56 veces al mes, 56, debajo de la ventana de mi amigo. Y eso no era todo: a las 8 de la mañana, como un reloj empezaba el concierto de motosierras y cortacéspedes en los alrededores. Un sinvivir, oiga.

FRL no es precisamente un progre, así que despotricaba y despotricaba achacando aquel infierno a la democracia, al ayuntamiento socialista de la localidad levantina, a Pedro Sánchez y ¡cómo no! a Rodríguez Zapatero. ¡Ay, si Franco viviera! Harto de que me diera la data, prometí darle razones de que los ruidos nocturnos son tan viejos como el hombre urbano. No pudieron evitarlos ni Augusto, ni Calígula ni Nerón, así que de Franco ni hablamos. Le dedico a FRL esta entrada.

Con respecto a la ordenación urbana de Roma, escribe Giuseppe Lugli (Il Monumenti antichi de Roma e Suburbio, Editori Bardi, 1940):
«Hasta el siglo II a.C. Roma debía parecer una ciudad muy modesta e irregular. La propia configuración de la ciudad se prestaba poco a un desarrollo sistemático: valles estrechos y profundos y colinas impracticables en algunas de sus vertientes; aguas estancadas o mal canalizadas en abundancia; vías situadas en el fondo de los valles o a espaldas de las colinas, con caminos interrumpidos por accidentes naturales y por edificios levantados sin ton ni son; grandes desniveles; extensión demasiado amplia con barrios separados entre sí; dificultades de comunicación rápida y directa, principalmente por la estrechez de las vías, por los cruces obligados y por las fuertes pendientes.Después del incendio gálico (sobre el 390) las viviendas habían surgido aquí y allá, a lo largo de las viejas calles donde había terreno disponible, sin preocuparse primero de regularizarlas y construir el sistema de alcantarillado. Ningún plano regulador, ningún proyecto para nivelar los valles pantanosos y demasiado bajos; ninguna obra de saneamiento aparte de la única cloaca central, en buena parte a cielo abierto; ninguna visión amplia de una ciudad que estaba destinada a convertirse en la capital del mayor imperio del mundo».
De acuerdo con numerosos historiadores de la época romana, Roma no se sometió jamás a ninguna planificación. Todas las proposiciones y tentativas para hacerlo -por parte de Julio César, de Nerón, de los Antoninos- acabaron en el fracaso. La ciudad de Roma formaba una maraña tan desordenada, que el tránsito de carruajes por sus calles debía prohibirse durante el día. Corrigiendo el tipo de vehículos, y adaptando el lenguaje a nuestros días, el siguiente decreto de Julio César podría ser un bando dictado por un alcalde de cualquier ciudad congestionada de nuestros días (Lex Iualia Municipalis, 45 aC): 

«El reglamento que se transcribe a continuación se aplica a las calles, presentes o futuras, dentro del área edificada en forma continua de la ciudad de Roma. Desde el próximo 1º de enero en adelante ningún carro ha de ser conducido o llevado dentro de esta área durante las horas del día, es decir, después de la salida del sol o antes de la décima hora del día [...] Esta ley no debe ser interpretada como prohibitiva de la presencia en la ciudad, o dentro del radio de 2 kilómetros desde ella, durante las diez horas luego de la salida del sol, de carros tirados por bueyes o caballos traídos durante la noche precedente, si estos carros vuelven vacíos o llevando desechos que sirven de abono». 

Más de un vecino de nuestras ruidosas ciudades, suscribiría el siguiente párrafo que escribiera el satírico Juvenal en el siglo I dC (Sátira III): 

«Aquí, en Roma, muchos enfermos se mueren porque permanecen despiertos toda la noche. ¿Dónde encontrar alojamientos que le den a uno la oportunidad de dormir? En la ciudad dormir es un lujo que cuesta una fortuna. Esta es la principal causa de enfermedad en este lugar. El estrépito del tráfico rodado en las estrechas y tortuosas calles de la ciudad y los gritos injuriosos cuando el hato de ovejas se atasca son suficientes para arrancar a Druso de su sueño o a las focas del suyo». 
En la misma línea se pronuncia Séneca (De clementia, I, 6, 54 dC)

«En esta ciudad, hasta en sus calles más anchas, el flujo del tránsito de peatones es continuo y, consecuentemente, cuando ocurre alguna obstrucción que detiene el curso de este precipitado torrente humano, hay una formidable aglomeración. La población de la ciudad es de tal magnitud que requiere el uso simultáneo de tres teatros y la importación de alimentos de todo el mundo».
Los urbanistas de entonces, como los modernos, huimos del silencio, no sabemos vivir en él ni con él. Nos genera incomodidad. El silencio puede ser un lujo para unos pocos, pero para el común de los mortales es un espejo íntimo. Reproduce el vacío interior con perfección espantosa. 

Los silenciófobos tienen razón: ¿qué es la vida sino ruido? ¿qué es la muerte sino silencio?

Homenaje a Pávlov: Los perros, al loro

Es la eterna pregunta que se hacen los dueños de los perros: ¿Entiende lo que le estoy diciendo? Aunque “Kira” no logre entender del todo sus palabras, seguro que entiende perfectamente el tono de sus exclamaciones cuando ha dejado un “regalito” sólido o líquido sobre la alfombra. Esa es la opinión más lógica y común entre los dueños de mascotas. Pero un nuevo estudio demuestra que los cerebros de los perros responden a las palabras y no sólo a la entonación. La cosa no ha hecho más que empezar, pero es más que probable que este estudio, además de lograr que los dueños de cánidos tiren cohetes, remueva la investigación sobre los orígenes del lenguaje, porque muestra que los aspectos básicos de la percepción humana del habla se pueden compartir con parientes evolutivamente muy alejados.

Las palabras, que son los elementos básicos con los que se construye el lenguaje humano, son muy raras en otras especies. Los delfines del género Tursiops, conocidos como delfines nariz de botella, y los periquitos verdes (Forpus passerinus) utilizan sonidos que funcionan como nombres, y otros animales, como las gallinas domésticas, los perros de las praderas y algunos primates lanzan llamadas de alarma que pronuncian de forma diferente para identificar a depredadores específicos. Además, la entonación es otra forma de obtener información que se transmite a través del habla; por ejemplo, alabanzas y halagos tienden a ser transmitidas con tonos más altos y variados. Los seres humanos entendemos el habla tanto a través de la entonación como del vocabulario.

Los perros no articulan palabras, pero se sabe de algunos que son capaces de reconocer más de mil palabras, un comportamiento que sugiere que pueden dar significado a los sonidos humanos. Un nuevo estudio titulado Do dogs process speech in the same ways that humans do? (¿Procesan el habla los perros de la misma forma que los humanos?) que publicará en su número del próximo 2 de septiembre la revista Science, adelantado por la revista en este vídeo y que los autores del estudio han difundido en este otro, muestra que son las palabras mismas, y no el tono en que se pronuncian ni el contexto en el que se usan, las que producen la comprensión en los canes.

Para averiguar cómo los perros procesan el habla humana y para saber si los perros dependen de ambos mecanismos (entonación y vocabulario), los autores del artículo encabezados por Attila Andics, neurocientífico de la Universidad Eötvös Loránd de Budapest, desarrollaron una investigación en la que utilizaron escáneres cerebrales y trece perros domésticos de cuatro razas: collies de frontera, golden retrievers, crestados chinos y pastores alemanes. Los perros habían sido amaestrados para que permanecieran inmóviles en el escáner mientras escuchaban grabaciones de la voz de su entrenador. Los perros escucharon palabras con claro significado ("¡bien hecho!") en un tono agradable  y en un tono neutro. También escucharon palabras carentes de sentido con las mismas entonaciones.

Cuando los científicos analizaron las imágenes cerebrales, vieron que, independientemente de la entonación que le diera el entrenador, los perros procesaban las palabras con significado real en el hemisferio izquierdo del cerebro, tal y como hacemos los humanos. Pero no lo hacen con las palabras carentes de sentido. Como no hay justificación acústica alguna para que hagan esa diferenciación cerebral, se demuestra que las palabras tienen significado para los perros.

Como hacemos también los humanos, los perros procesan la entonación en el hemisferio derecho de su cerebro. Sin embargo, cuando escuchaban palabras de elogio pronunciadas en un tono zalamero, se iluminaba otra parte de su cerebro: la zona de recompensa. El significado y la entonación se acoplaban  entre sí.  Al integrar esos dos tipos de información para interpretar lo que escuchan, los perros hacen exactamente lo que nosotros, se afirma en el estudio.

Los nuevos resultados se suman al conocimiento científico de cómo el cerebro canino procesa el habla humana. Los perros tienen áreas del cerebro dedicadas a la interpretar voces, distinguir sonidos (en el hemisferio izquierdo), y al análisis de los sonidos que transmiten emociones (en el hemisferio derecho).

El hallazgo no significa que los perros entiendan todo lo que decimos, pero esta investigación demuestra que nuestras palabras y entonaciones tienen sentido para los perros. Ahora habría que aplicar investigaciones similares en otros animales domésticos o a lobos criados entre humanos para comprobar cuánta de esa capacidad interpretativa es innata en los perros y cuánta se debe a haberse criado entre seres humanos parlantes.


Sexo salvaje

Todos los miembros del reino animal lo practican, desde las minúsculas moscas de la fruta a las gigantescas ballenas azules. Pero si usted piensa que los humanos gastamos demasiado tiempo buscando una cita con el sexo opuesto, pruebe a ligar mientras que le persigue un grupo de depredadores asesinos o pruebe a copular en un medio extremadamente inhóspito para la vida como un tórrido desierto, un acantilado extraplomado  o el cráter de un volcán. El reino animal es un mundo salvaje que encierra modos de apareamiento singulares. La vida sexual de nuestros parientes animales es terriblemente difícil, infinitamente variada, a menudo muy violenta  y absolutamente fascinante.

La bióloga Carin Bondar, una escritora y divulgadora científica que se ha hecho popular en Estados Unidos gracias a su web "Wild Sex", que ha recibido más de 14 millones de visitas, acaba de publicar en aquel país un libro, Wild Sex: The Science Behind Mating in the Animal Kingdom (Sexo salvaje: la ciencia detrás del apareamiento en el reino Animal), que es un brillante compendio sobre la vida sexual de los animales.

En Sexo salvaje, la doctora Carin Bondar transporta a los lectores en un viaje apasionante por el reino animal mientras explora el diverso e inabarcable universo de la vida sexual en la naturaleza. Bondar analiza la evolución de los órganos sexuales (y cómo han servido para conformar las jerarquías sociales), las tácticas de seducción, y la mecánica del sexo. Describe una amplia gama de temas tales como si los animales experimentan placer al practicar sexo a lo que sucede cuando las hembras tienen el poder del acto de la reproducción. En el camino, uno se encuentra con penes afilados como cuchillas, caníbales asesinos y un arsenal químico que se emplea en la batalla épica entre los sexos.

Puede que los animales no estén tan obsesionados como nosotros con el sexo, pero eso no significa que sus hábitos de apareamiento no sean tan interesantes. Veamos, por ejemplo, a las abejas. Las abejas no gozan de los mismos estímulos visuales que nosotros; de hecho, prácticamente no ven a los miembros del sexo opuesto, así que, inmersos en una especie de discoteca oscura, en vez de ligar con la vista dependen en gran medida de los olores para atraer a sus parejas. Un zángano puede mostrar a una hembra que es más fuerte y que está más en forma que otros volando hasta flores muy alejadas de la colmena para luego alardear de su aroma en el cortejo. Pero además de amantes primorosos, las abejas también pueden llegar a ser unas feroces criaturas celosas: los zánganos peor dotados para atraer a las hembras son capaces de matar a sus congéneres mejor dotados para arrancarles las patas y robarles los aromas. Ese es sólo uno de muchos ejemplos contenidos en el libro de Carin Bondar, que profundiza en el complejo y fascinante mundo de la reproducción animal.

Como los humanos, algunos animales emplean parte de su tiempo y de sus esfuerzos en desarrollar complicados cortejos diseñados para identificar y atraer a la pareja adecuada. Por ejemplo, las orangutanas han encontrado una manera de probar el comportamiento de sus parejas potenciales. Las hembras roban a propósito comida a los machos con objeto de comprobar cómo reaccionan y para medir la agresividad con la que responden. Es es una manera muy eficaz para poner a prueba el temperamento potencial de un compañero.

Bondar también aborda un tema tabú, el del sexo entre individuos de diferentes especies.  El fenómeno se presenta con mayor frecuencia en el mundo de los invertebrados y aunque existen muchas teorías acerca de por qué sucede, parece que es más común entre algunos pequeños insectos de aspecto muy similar, que son tan parecidos que incluso la perfecta visión del ojo humano es incapaz de distinguirlos por su aspecto externo. 

Más difíciles de explicar, y desde luego no como errores, son los casos de tríos heterosexuales, la práctica sexual entre individuos del mismo sexo o la cópula entre especies de grupos taxonómicos tan diferentes como mamíferos y aves, como puede verse en la fotografía adjunta y en este vídeo en el que un lobo marino intenta copular con un pingüino. Al verlo, a uno se le ocurre pensar que los seres humanos no son los únicos animales que utilizan juguetes sexuales o que utilizan diferentes tipos de estímulos que no nos parecen…. políticamente correctos.


El libro es excitante, estimulante, divertido, sorprendente y fascinante, y garantiza que después de leerlo se tendrá una visión absolutamente diferente sobre el sexo. Si usted quiere borrar de su cabeza los hábitos que se consideran sexualmente correctos, lea el libro y se sentirá más libre.

La metamorfosis del tonto útil


Cada día que ha amanecido, el número de tontos ha crecido.
Del refranero español

Históricamente, la derecha estadounidense insultaba llamando "tontos útiles" a todos los que se oponían al militarismo estadounidense; poco ha cambiado desde los tiempos de Ronald Reagan, cuando el actor metido a presidente buscó sellar en los 80 el tratado de control de armamento nuclear con la URSS. En aquella ocasión no solo mereció el despreciativo apodo de tonto útil, sino que, además, fue acusado de abandonar del campo de batalla. Acusar a Reagan de connivencia con los rusos es lo que quedaba por ver, pero uno puede leerlo negro sobre blanco en la impresionante lista de "tontos útiles", que cita la columnista Mona Charen en su libro Useful idiots (2004), que incluye desde políticos hasta estrellas de Hollywood: Al Gore, Ted Kennedy, Jimmy Carter, Jesse Jackson, Madeleine Albright, Katie Couric, Jane Fonda, Martin Sheen, y «otros liberales siempre dispuestos a culpar a Estados Unidos y a defender a sus enemigos».

Nada nuevo por estos lares. Era un clásico de la propaganda anticomunista de los tiempos del franquismo calificar de "tontos útiles" y "compañeros de viaje" a aquellos que, no siendo del PCE, caían en manos de la estrategia carrillista de ampliar el bloque antifranquista. Se trataba, en las postrimerías del franquismo, de juntar churras y merinas, de buscar aliados de variado pelaje pero unidos todos por el ansia de recuperar la libertad y de posponer las diferencias ideológicas para cuando, demostrada la inmovilidad del Movimiento (por menos de eso se ha concedido más de un premio Nobel, oiga), volvieran las añoradas urnas. Pero como la de la fregona o la del el submarino, la del tonto útil no es una invención carpetovetónica.

Aunque la figura del tonto a secas, tonto inútil o tonto lava existe desde el origen de los tiempos, su relevancia ganó enteros desde que los humanos trocaron su condición de individualistas por la de gregarios, que debió ser el instante mismo en el que nació la vida en sociedad. En esas sociedades prehistóricas de tribus y clanes en las que empezó a configurarse el poder y con él el orden establecido (la cachiporra, la trena, la pasma y el tentetieso arribaron poco después como inevitable consecuencia), fue cuando se empezó a vislumbrar el potencial latente de los tontos inútiles, previa mutación a tontos útiles.

Usando un término presuntamente acuñado por Vladimir Ilich Uliánov, (de mote Lenin), en la jerga política el término “idiota útil” o “tonto útil” era usado para describir a los simpatizantes de la URSS y compañeros mártires en los países occidentales y a la ladina actitud del régimen de la URSS y sus satélites hacia ellos: aunque tales simpatizantes se veían (ingenuamente) a sí mismos como aliados de la URSS, en realidad eran tratados con disimulado desprecio por los soviéticos quienes, sin importarles una higa, los utilizaban cínicamente en su propio beneficio.

En realidad, Lenin copiaba, porque en algunos de sus innúmeros (y muchos de ellos plúmbeos, qué le vamos a hacer: quien tiene boca se equivoca) escritos don Carlos Marx ya había definido perfectamente a ese tipo de individuos poco esclarecidos que, en defensa de un ideal que no tienen claro o sobre el que no han profundizado, se pueden transformar en títeres de otros grupos políticos y colaborar de forma involuntaria con intereses creados que escapan a su mente. Así, el término ‘tonto útil’ se emplea para designar a quienes curiosamente apoyan cambios, reformas o revoluciones lideradas por otras personas y organizaciones que mantienen un sistema político que no les beneficia. Eso sí, de momento salen en la foto.

Autorías y patentes de originalidad al margen, de la misma forma que otros crían gusanos de seda, el camarada Lenin, una vez aupado al machito del Kremlin (allí sigue el tío momificado, como cualquiera puede comprobar sin más que hacer la cola),  se debió percatar de lo beneficioso que resultaría para el triunfo de sus políticas igualitarias contar con el favor y el respaldo de los tontos a secas, eso sí, una vez transmutados en útiles, pues intuía –y no le faltaba razón- que su menguada mollera acarreaba consigo no poca facilidad para manipularlos, adoctrinarlos y llevárselos al huerto de sus sueños totalitarios.

Con Marx en la trastienda y con Lenin al timón, en algún indeterminado pero histórico momento del Edén soviético comenzó forjarse la metamorfosis del tonto a secas. Partiendo del estadio inicial al que podemos llamar estado de tonto inútil, tonto de capirote, chorra bobo o fase de inanidad manifiesta, primero vino la diferenciación a tonto aplicado o tonto sabelotodo, fase juvenil cuyo rasgo distintivo es esforzarse para ser cada vez más tonto, cualidad que se adquiere engullendo y mal digiriendo panfletos, libelos, folletos, proclamas, textos ininteligibles, monsergas sin cuento y cuantos libros de caballerías se pongan a tiro.  

Culminada con éxito esa ínclita fase, que podíamos denominar larvaria, de la que algunos afortunados logran venturosamente escapar por los pelos y con no poca fatiga, viene un segundo estadio, que algunos teóricos de la tontuna llaman de tonto crédulo (sinónimos: candoroso, inocente, ingenuo, cándido, sencillo, incauto, bonachón) o tonto a ciegas, denominación que se me antoja acertada habida cuenta de que quienes transitan por dicha etapa se creen todo lo que les dicen, piensan que llueve cuando les mean, comulgan con ruedas de molino, desayunan sapos y culebras, tragan carros y carretas y pican todo tipo de anzuelos. Concluye ahí la metamorfosis con la triunfante eclosión del adulto finalmente mutado en tonto útil.  Pero de la misma forma que la mariposa deviene en capullo, el tonto útil, si presta bien sus servicios, pasa a ser, si no capullo, sí tonto rentable, al que algunos zoólogos tocapelotas prefieren llamar tonto palanganero y los de la remonta tonto mamporrero.

Actuando a modo de escoba, los vientos que soplaron en España a partir de 1978 acarrearon la dicha de barrer, hasta ponerla en peligro de extinción, a una cumplida, inane y variopinta caterva de mentecatos que se vio de golpe y porrazo (democráticos) en la indefensión de carecer ideología que los movilizase, de trileros que los embaucasen y de pastores que los condujeran, como a los bueyes, uncidos al arado.

Pero hete aquí que, apeado ya el expuesto don Landelino de su fanal, en la legislatura 89-93 y sobre todo en la 93-96 la necesidad de componendas contra natura vino a prestar al país el inestimable servicio de recuperar a ese tipo de semovientes que estaban ya en peligro de extinción. De la capacidad del PCE para sumar en la Transición, se pasó a la inane estulticia de Julio Anguita para ser engullido por la estrategia de Aznar. Aznar, sí, el del bigote, el de la guerra de Irak. 

La derecha política, con Aznar a la cabeza, y la derecha mediática, comandada por Pedro Jota, Anson, Campmany (q.D.g.) Jiménez los Santos y varios camaradas del autodenominado sindicato del crimen, pusieron a punto una estrategia de garrotazo y tentetieso contra Felipe González. Embestir con cualquier cosa era buena para hacer desaparecer a los sociatas del Gobierno. Como dijo el propio Anson, por aquellos entonces preclaro director del ABC, o se conspiraba a tope contra el líder socialista o no habría forma humana de desalojarlo a base de votos. Como cada quien regala lo que le sobra, aquella tropa regalaba cornadas.

¡Qué portadas del Mundo y del ABC en aquellos tiempos, señores, qué portadas! Lo mismo se culpaba a Alfonso Guerra de la muerte de Manolete, se decía que la sequía era culpa de González que se ensalzaban los valores de Julio Anguita, comunista de hoz y martillo, un incauto cordero propiciatorio recuperado del otro lado. Dicho sea con total respeto a su persona y sin menoscabo alguno de su inteligencia que, como en la Legión al valor, se le supone, con su narcisismo atolondrado el califa cordobés cayó como tonto útil en manos de la estrategia del frente antisociata promovido por Aznar.

Conseguido el propósito, y una vez sometido a la muleta popular, aquel tonto útil sirvió por un tiempo como tonto rentable, embistió a diestro y siniestro, propinó navajazos, hundió al PCE, se acunó en tablas y terminó como el valentón de los versos de Cervantes: «requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada».

Y hete aquí que en mayo de 2016, cuando medio adormecidos veíamos venir unas nuevas elecciones, va y reaparece Anguita para despertarnos proclamando  que estamos en 1977; entre sollozos, lágrimas y abrazos se presta al carnaval de imagen y propaganda de Podemos: cuando nadie le espera, aparece en un mitin recién comenzado para captar la atención y robar la foto, y después de haber repetido la cansina letanía del «programa, programa, programa», va el tío y reconoce que ha votado la fusión (más bien la digestión) IU-Podemos… ¡sin haberse leído el programa!

Todo era bueno para la izquierda rancia de Anguita, tonto útil de Aznar, el de la guerra de Irak.