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lunes, 30 de abril de 2018

Descubierta “casualmente” una enzima que degrada el plástico



Un grupo de científicos de la Universidad de Portsmouth (UoP) de Reino Unido, y del Laboratorio Nacional de Energía Renovable (NREL) de Estados Unidos, han creado accidentalmente una enzima capaz de descomponer botellas de plástico hechas de tereftalato de polietileno o PET.
Casualidad, llaman los necios al destino. No creo en la serendipia, en la casualidad, en el hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta. En la historia de la ciencia se afirma que son frecuentes las serendipias. Un clásico: en 1922, Alexander Fleming estaba analizando un cultivo de bacterias cuando se le contaminó con un hongo. Ese episodio dio origen al descubrimiento de la penicilina. Otro clásico: Isaac Newton descansaba bajo un árbol cuando le cayó cierta manzana. Pero, ¿cuántos hombres habían visto antes caer manzanas sin reflexionar sobre ello? En la investigación científica, como en tantas otras cosas, impera la perseverancia y lo que dijo Newton, aquello de “cabalgar a hombros de gigantes”. Eso es lo que deben pensar los integrantes de un equipo de investigación que acaba de publicar sus resultados el pasado 16 de abril en la prestigiosa revista científica PLosOne.
Quienes tienen la amabilidad y la paciencia de seguir mis artículos, saben de mi preocupación por la contaminación que provocan los plásticos, especialmente en los mares (1, 2, 3, 4, 5). El plástico es barato y fácil de producir, pero no se degrada con facilidad. Entre 1950, cuando comenzaron a fabricarse, y 2015, los seres humanos hemos puesto en circulación unos 8.300 millones de toneladas métricas (tn) de plásticos, la mitad de las cuales se han producido desde 2004. Desde 2015 se han generado alrededor de 6.300 millones de tn de desechos plásticos, de las cuales solo un 9% han sido recicladas, un 12% incineradas y un 79% arrojadas a a los vertederos. Si no se modifica esa tendencia, en 2050 habrán llegado a los vertederos unos 13.200 millones de tn de residuos plásticos.
A día de hoy no existe un mecanismo lo suficientemente eficaz para deshacernos de él al ritmo que lo usamos, sobre todo cuando se estima que puede pasar un mínimo de 450 años para que los polímeros que componen el plástico empiecen a desintegrarse a nivel molecular.
En 2016, unos científicos japoneses descubrieron en una planta de reciclaje de residuos plásticos una bacteria, Idonella sakaiensis, poseedora de una enzima, la PETasa, capaz de descomponer la molécula del tereftalato de polietileno (PET), un tipo de plástico muy usado en la fabricación de envases. La curiosidad de los científicos se centró, entre otras cuestiones, en cómo la enzima pudo evolucionado desde la digestión de material vegetal hasta el plástico. Ahora, basándose en este descubrimiento, investigadores de la UP y del NREL han modificado la enzima producida por la bacteria y como resultado se ha obtenido una nueva molécula capaz de descomponer el plástico incluso mejor de lo que hacía la bacteria degradadora.

Imagen al microscopio electrónico de una enzima digiriendo PET. Foto
Los científicos descubrieron que la molécula que investigaban era muy similar a la cutinasa, una enzima presente en algunas bacterias que es capaz de degradar la cutina, un polímero céreo producido por los vegetales para impermeabilizar su epidermis. Cuando manipularon la enzima para investigarla, se dieron cuenta de la sorprendente capacidad de la molécula para descomponer el plástico.
El profesor John McGeehan en la UoP y el Dr. Gregg Beckham en el NREL determinaron la estructura cristalina de la PETasa -una enzima recientemente descubierta que digiere PET- y utilizaron esta información en 3D para comprender cómo funciona. Durante este estudio, cuyo objetivo era determinar la estructura de la enzima natural, diseñaron inadvertidamente una enzima “mutante” que es aún más eficiente para degradar el plástico. La enzima mutante tarda solo unos días en realizar esa función degradativa, un tiempo que podría ser incluso menor si se llega a producir a escala industrial.
El descubrimiento podría dar como resultado una solución al reciclaje de millones de tn de botellas de plástico hechas con PET y, aunque la mejora aportada por la enzima es todavía modesta, su descubrimiento sugiere que hay oportunidades para mejorar las enzimas aún más, lo que nos acercaría a una solución de reciclaje para la inmensa y desbordante montaña de plásticos desechados que nos acosa. © Manuel Peinado Lorca. @peinadolorca.

Crónicas de América: Louisville, KY, el Derby del orbe



Como cada primer sábado de mayo, la edición número 144 de “los dos minutos más grandes del deporte”, según el coronel Matt Winn (principal impulsor de la carrera en los inicios del siglo XX), se celebrará el próximo fin de semana.
Una vez al año, el hipódromo Churchill Downs, en Louisville, despega y viaja en el tiempo hasta los tiempos que inspiraron Peggy Sue. La jet set de varios estados acude con sombreros de fieltro y chaquetas de raso fucsia para apostar en las carreras y dejarse millones de dólares alrededor del óvalo de tierra machacada por las herraduras. Es el Derby de Kentucky, la fiesta mayor de un estado en el que el negocio del caballo significa más de 55 mil empleos y tres mil millones de dólares.
Después de casi un siglo y medio de vida, el Derby sigue atrayendo y encantando a los asistentes. Por tradición, las mujeres usarán colores pastel y un sombrero con arreglos florales, los hombres vestirán trajes acordes a la elegancia de la situación: dress to impress, dicta el código. Nada que ver con lo que me topé dos días antes, cuando llegué a Louisville.

En lo profundo de Estados Unidos, la sociología se delata de un vistazo y puede estudiarse con una romana. La gente que ocupa los asientos del Derby es delgada y guapa, parece haber nacido entre plumas. Se pavonea con una elegancia un tanto hortera propia de gente como Howard Hughes, con chaquetas claras y sombreros en cuyas cintas negras colocan los recibos de las apuestas. Aquí y allá pasean las barbies, unas réplicas de Paris Hilton que compiten posando ante las cámaras bajo sus pamelas de galaxia.


El día anterior había aparcado en un Wall-Mart, un supermercado claustrofóbico del tamaño de un hangar. Dentro, además de armas y municiones, hay cien tipos de mortadelas y jamones dulces alineados en estantes. Los clientes van en sillas de ruedas motorizadas y se llevan bolsas de patatas fritas de un metro de alto, enormes tarrinas de helados fabricadas con grasas industriales, galones de falsos zumos de naranja y paquetes de carne picada family size, que pesan ocho libras. No pueden con su alma.
Salgo y me doy un paseo entre obesos que ruedan por las calles como modernos ironsides. Por el centro pulula una flota de carritos de golf conducidos por negros para hacer trayectos de cien metros cargando con víctimas de la comida basura, hombres y mujeres cargados de lorzas como flotadores, que levantan brazos que pesan cuarenta kilos, paran un carrito, se encajan dentro y resoplan. A cambio de un puñado de dólares, los conductores los llevarán hasta donde hayan aparcado sus furgonetas para minusválidos. Pienso en esa lucha de clases estrambótica, en la paradoja de un país de gordos y flacos, de negros y blancos, de yuppies de gimnasio de lujo alimentados con comida orgánica, y de consumidores de basura empaquetada.
En los accesos al hipódromo vociferan predicadores fanáticos que intentan salvar unas cuantas almas del infierno y critican megáfono en mano a las mujeres que acuden al Derby vestidas –gritan- como la puta de Babilonia. Nadie les escucha, porque todos han venido a divertirse y llevan en la mano grandes vasos de mint julep, el julepe de menta, un cóctel hecho con bourbon, menta y azúcar, que es la bebida tradicional de la carrera. Apoyados en cualquier parte, con una mano llenan la hoja de apuestas, con la otra sujetan un vaso con julepe. El aire huele a burgoo, un plato muy popular en el derby, un guisote de vacuno, pollo y cerdo con verduras, que los vendedores preparan en los aledaños del hipódromo.
Mientras dos viejos barcos de vapor estilo Mark Twain navegan por el río, al otro lado del Ohio el lumpen blanco de Indiana se mece en el porche de sus casas desvencijadas. Alrededor de Churchill Downs, cientos de familias humildes ceden pedazos de hierba de sus casas para montar aparcamientos improvisados o levantan barbacoas para vender platos de humeante burgoo, costillas con melaza o unas cuantas salchichas a los privilegiados que van a la zona de las apuestas. Al otro lado de las casas blancas y de los graneros rojos hay una nube de humo que sale borracha por las chimeneas de la destilería Jim Beam.
Charles Bukowski era un aficionado de las carreras de caballos y llegó a escribirle poemas al óvalo de Louisville en A day at the Oak Tree Meet. Si Bukowski perdía, bebía. Y, si ganaba, también. No era mal visto en una festividad en la que el bourbon es norma. «Si conoces ese hipódromo, sabes que puede hacer verdadero frío cuando estás perdiendo. El viento llega de las montañas y tus bolsillos están vacíos, tiemblas y piensas en la muerte y en los tiempos duros del alquiler y todo lo demás», escribió en Se busca una mujer.
En El Derby de Kentucky es decadente y depravado, crónica pionera del periodismo gonzo que Tom Wolfe rescató en El nuevo periodismo, Hunter S. Thompson retrató y criticó las actitudes de los asistentes a la primera carrera de la conocida Triple Corona (le siguen el Preakness Stakes, en Baltimore, y el Belmont Stakes, en Nueva York). Thompson nació en Louisville y aprovechó su crónica para exponer lo que él consideraba el “rostro sureño” de Estados Unidos. En su crónica novelada, Thompson también se quejaba del racismo que imperó en el Derby durante sus primeras ediciones. Se corrió por primera vez en 1875. En quince de las primeras veintiocho carreras se coronaron jockeys de raza negra. Racionaron las razas. Desde 1902, cuando Jimmy Winkfield montó a Alan-a-Dale y cruzó la meta en el primer lugar, sólo dos afroamericanos han vuelto a competir hasta la fecha. The last black King of the Kentucky Derby, de Crystal Hubbard, cuenta la historia de aquella épica.
Cuando los caballos aparecen en escena para cumplir con la vuelta de honor del Churchill Downs, los asistentes cantan My Old Kentucky Home, pieza compuesta por Stephen Foster (autor de Oh Susana), siempre interpretada por la banda de la Universidad de Louisville. Las gradas y las salas del hipódromo están repletas con alrededor de 150 mil personas de todo el mundo. De repente, toda la multitud se queda en silencio y se levanta llevándose la mano al pecho. Un hombre con voz de soprano canta el himno nacional americano. Las diferencias sociales desaparecen durante el tiempo que dura el canto. ¡Arranca el Derby!


Tras la última carrera abandono Churchill Downs con los bolsillos vacíos y el estómago ahíto de julepe. Doy un paseo hasta el cementerio cercano y me doy cuenta de la similitud entre casas y tumbas. En América, hay casas bajas con fachadas blancas alineadas en avenidas anchas para los vivos; para los muertos, tumbas blancas sembradas en campos de hierba, en greens como de campos de golf. Pienso en España y en nuestros bloques de pisos y en nuestros columbarios de nichos apiñados. Pienso que morimos como vivimos y que hay cierta identidad nacional en todas las cosas, incluso más allá de la muerte. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 29 de abril de 2018

Población, cambio climático y huella ambiental


Ayer se publicó el número de primavera de la revista científica Ecozona. Contiene mi artículo Población, cambio climático y huella ambiental.


Resumen
En 1679 Anthony van Leeuwenhoek fue el primero en especular acerca del número de seres humanos que podría albergar la Tierra. Desde entonces y, sobre todo, desde que Thomas Malthus publicó en 1798 su célebre ensayo, el debate demográfico –particularmente exacerbado en la segunda mitad del siglo pasado, cuando la tasa de crecimiento poblacional duplicaba a la actual- se estableció en dos frentes, el de los boomsters, que sostienen que no hay límites para la explotación de los recursos terrestres, y el de los doomters, para los que los recursos del planeta tienen unos límites que estamos a punto de desbordar. La detección en la década de 1990 de los primeros síntomas del calentamiento global ha marginado a unos y otros. Hoy, el debate no se centra en los límites de los recursos, sino en los excesos de emisiones de gases de efecto invernadero con los que nuestro sistema económico consumista está alterando el equilibrio global de la Tierra. La superpoblación sigue siendo el problema, pero la unidad de medida de hoy es nuestra huella ambiental evaluada en términos de producción de gases de efecto invernadero, los responsables de la aceleración del cambio climático global.
Podéis cargar el artículo completo en este enlace.

La frontera salvaje


El pasado 26 de abril se presentó el libro La frontera salvaje, de Washington Irving, que he traducido para la editorial Errata Naturae.
Publicado en 1834, e inédito hasta la fecha en castellano, este libro vendió 80.000 ejemplares en su primera edición y se convirtió de inmediato en un clásico de la literatura norteamericana.
Tras casi dos décadas viviendo fuera de Estados Unidos, en 1832 Irving decidió regresar a casa, convertido ya en una auténtica celebridad literaria. Pero su carácter no era precisamente sedentario: de inmediato volvió a embarcarse en un gran viaje, esta vez por los territorios más remotos de su país. En pleno recrudecimiento de las guerras indias, se incorporó a una expedición de los rangers más allá de la frontera jamás pisada por el hombre blanco, en los territorios de caza de los temidos guerreros pawnis. A medio camino entre la novela de aventuras, la crónica de viaje y el dietario del naturalista, Irving relata con un tempo narrativo ágil y vivo las peripecias y riesgos de su periplo, al tiempo que da cuenta de la belleza primigenia y aún intacta de los grandes paisajes norteamericanos. Muy pocos escritores habían descrito aquellas sublimes inmensidades salvajes, pobladas todavía por auténticas miríadas de osos, lobos, coyotes, bisontes o pumas, y por los pocos hombres que habitaban la frontera: pioneros y colonos, cazadores y cazarrecompensas, tramperos y rangers, que Irving retrata con maestría excepcional. Pero esa frontera no sería tal sin los nativos norteamericanos, sus verdaderos moradores, a los que el hombre blanco afrenta con su política de conquista. Irving, sin embargo, denuncia la actitud injusta, despótica y prepotente de los suyos, los recién llegados, y defiende el modelo de «vida salvaje» de los nativos, en perfecta armonía con una naturaleza igualmente indómita y en clara oposición al empuje imperialista que llegaba del gobierno. Igualmente, el viaje se convierte para el escritor en una progresiva toma de conciencia del modo en que los hombres devastan a su paso la naturaleza: finalmente Irving no puede sino hundirse en la tristeza al dar caza y desposeer de la vida a su primer y único bisonte.
En este enlace podéis leer las primeras páginas del libro.

miércoles, 25 de abril de 2018

En casa de Washington Irving y un cameo por Nueva York



Paterson, la película de Jim Jarmusch, es la poética de la vida ordinaria, una oda al arte como forma de relación con la cotidianidad. Cuando se viaja en autobús por Nueva York, uno se siente como un cameo, un personaje sin nombre que puede no tener importancia para la trama pero que es imprescindible para la misma, como los viajeros que transporta Alan Driver en su autobús urbano.

En la agitada Manhattan los únicos que parecen no tener jamás prisa son los conductores y los usuarios del bus. Los autobuses tienen parada cada dos o tres manzanas, pero prácticamente paran en todos los semáforos. Viajar en autobús es divertido porque todo el mundo está relajado. Parece que solo lo utilizaran jubilados, ociosos y turistas, que pueden recorrer la ciudad desde una plataforma privilegiada y por un precio módico, la décima parte de lo que se paga en los autobuses turísticos.

Cuando hay un minusválido en una parada, el conductor para, se baja, acciona una rampa, ayuda a subir la silla de ruedas, ordena que despejen una zona, estiba la silla de ruedas y, por fin, vuelve a su asiento para seguir conduciendo. A veces, el destino del usuario de la silla de ruedas está una o dos paradas más allá; no importa, ante la mirada sonriente y tranquila de todos los usuarios, el conductor volverá a realizar la misma operación. Pienso que los viajeros que le acompañan a uno en cualquiera de estos viajes, a ras de pavimento bajo la enorme verticalidad de la ciudad, guardan dentro de sí los argumentos de muchas historias.


A veces se presentan situaciones curiosas. Puede que cuando vayas a introducir el bonobús o las monedas en la máquina encuentres un letrero que diga: «out of order» (no funciona). Sube sin problema, porque es probable que el sonriente conductor te diga: «disfrute del viaje, hoy es gratis». Los que vayan entrando lo leerán tranquilamente y sonreirán pensando que se están ahorrando un par de pavos por cruzar la ciudad con tiempo suficiente para admirar el paisaje urbano.

Para llegar hasta Sleepy Hollow desde Columbia University el autobús sube por Broadway hacia el norte, por la carretera 9, que corre paralela al río que marca la fisionomía de Nueva York, el Hudson. “Muhheakantuck”, llamaban los iroqueses a lo que hoy conocemos como el Hudson, un río que se «emborracha con aceite» en el corazón de Manhattan, como escribió Federico en Poeta en Nueva York. Un río que rodea la ciudad dándole la vuelta, como el reverso de cualquier metáfora.

Pero es también es un río rural a unos pocos kilómetros al norte de la gran ciudad, en las boscosas montañas Catskill, en cuyas faldas se asienta Tarrytown, un pueblecito recogido y coqueto de aires victorianos, en el que Washington Irving reconstruyó una vieja granja, Sunnyside, y en el que muchos años antes había situado algunos de sus cuentos, entre ellos Rip Van Winkle y Leyendas de Sleepy Hollow. Este es precisamente el nombre del pequeño cementerio de aire gótico donde reposan Irving y otros notables personajes americanos, entre otros Andrew Carnegie, Samuel Gompers, Walter Chrysler, William Rockefeller, Elizabeth Arden y Brooke Astor.


Cuando Irving regresó en 1832 de su estancia de 17 años en Europa, donde adquirió fama mundial como escritor y donde escribió Los cuentos de la Alhambra, se internó en lo que hoy es Oklahoma, entonces Territorio Indio. De ese viaje, que convirtió a Irving en el único escritor en haber recorrido los cazaderos indios de las praderas que por entonces constituían los confines de la civilización anglosajona, surgió en 1835 la primera de sus obras sobre el Far West: A Tour on the Prairies, primer volumen de una trilogía del,  que se completaría con Astoria (1836) y The Adventures of Captain Bonneville, U.S.A, in the Rocky Mountains and the Far West, basado en las aventuras del militar y explorador Benjamin de Bonneville, que se publicó en 1837.
Con los derechos de autor de A Tour on the Prairies, del que se vendieron en su primer año 80.000 ejemplares, en junio de 1835 Irving compró al escribiente Benson Ferris una pequeña casa de campo de estilo holandés del siglo XVII y unas cinco hectáreas de tierra circundante, antigua propiedad de los van Tassel –la familia de la hermosa Katrina que él inmortalizó en La leyenda de Sleepy Hollow-, situada a menos de cuatro kilómetros al sur de Tarrytown, en el valle del río Hudson. Dadas sus pequeñas dimensiones, pues solo contaba con dos habitaciones, decidió agrandarla y en colaboración con el paisajista y arquitecto escocés George Harvey la transformó en una bonita mansión de estilo romántico.
Irving la bautizó en principio con el nombre de Wolfert's Roost (Reposo de Wolfert) -un personaje de la Historia de Nueva York contada por Dietrich Knickerbocker, el libro con el que ganó fama y dinero en Estados Unidos-, aunque finalmente la llamó Sunnyside (ladera soleada). Su intención era convertirla en un refugio placentero donde vivir y continuar con sus trabajos literarios. La embelleció, la decoró, y la dotó con todos los adelantos técnicos de la época. Diseñó los senderos y dio forma a un jardín donde aún florecen las winsterias y las hiedras trepadoras que le regaló Sir Walter Scott. También hizo construir una pequeña laguna a la que, en recuerdo de Europa, llamó el «Pequeño Mediterráneo». Algunos años más tarde, en 1847, la amplió con una torre de estilo español a la que sus amigos bautizaron como «La Pagoda».
En la década de 1840 las cosas ya no eran como antes. La escritura de Irving había perdido frescura y ya no era el único escritor norteamericano de éxito. Había surgido una fuerte competencia entre los escritores profesionales que conformaron la época dorada de las letras estadounidenses antes de la Guerra de Secesión: James Fenimore Cooper (sus novelas populares se vendían por millares en América y Europa), Mark Twain, Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne, Ralph Waldo Emerson, Henry Wadsworth Longfellow, Herman Melville, Walt Whitman y Henry David Thoreau. Los gastos de compra y ampliación de Sunnyside, unidos a unas malas inversiones en tierras y ferrocarriles, habían dejado su cuenta exhausta.
En febrero de 1842, el presidente John Tyler, a instancias del secretario de Estado Daniel Webster, amigo del escritor, lo sacó de sus apuros económicos nombrándolo embajador en España. Abandonó por un tiempo su querida casa y representó a su país ante la corte de Isabel II hasta el verano de 1846, cuando renunció voluntariamente al cargo.

El resto de su vida lo pasó refugiado en Sunnyside entregado a la redacción de libros históricos, entre ellos la biografía de George Washington, un auténtico superventas de la época. Hizo un gran esfuerzo intelectual para escribir esa monumental biografía. «He de tejer este último lienzo, y luego, morir», decía. Debilitado por continuos ataques de tos, murió finalmente de un ataque al corazón rodeado de su familia el 28 de noviembre de 1859, a las 22:30. Justo antes de retirarse para dormir la noche de su fallecimiento, comentó: «Tendré que disponer mis almohadas para otra noche agotadora. ¡Ojalá esto llegue pronto a su fin!».
Tras un multitudinario sepelio, fue enterrado el 1 de diciembre de 1859 junto a su madre en el cementerio de la antigua iglesia holandesa de Sleepy Hollow, muy cerca de donde pasa el camino donde su personaje lchabod Crane huyó del jinete sin cabeza. Desde allí se puede ver el valle del río Hudson a su paso por Tarrytown. A su muerte, Sunnyside permaneció en manos de la familia y la siguió habitando su hermano Ebenezer y sus tres hijas solteras, que fueron las amas de llaves de lrving. Los Irving están enterrados en una pequeña parcela cercada de Sleepy Hollow.
En 1945, la casa fue comprada por John D. Rockefeller Jr., que se propuso conservarla en su estado original. La restauró y decoró con todos los muebles y pertenencias del escritor. En 1947 se abrió al público como Casa Histórica Nacional y Museo de Washington Irving. En el despacho, el tiempo parece haberse detenido: allí están el diván, la biblioteca y el escritorio de roble que le regaló su editor George P. Putnam, sobre el que descansan dos puñales morunos recuerdo de su estancia en su querida Granada.
Mientras cae la tarde, vuelvo a mi cameo y regreso plácidamente a Nueva York. No ha habido suerte. La máquina expendedora funciona. La sonrisa del conductor, también. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 22 de abril de 2018

La inmensa valla a prueba de conejos de Australia


Carteles como este se colocan a modo de hitos a lo largo de la valla a prueba de conejos. Este está situado en la milla 40 de la valla 2.
El pasado viernes 6 de abril, mientras me entretenía escribiendo sobre Cervantes y la libertad de las mujeres, escuché en la radio que un grupo de enfurecidos agricultores castellano-manchegos intentaron asaltar las Cortes regionales en airada protesta contra una plaga de conejos que, según dicen y no pongo en duda, es extremadamente dañina para las cosechas. Cosas del comportamiento humano. Durante décadas, agricultores, ganaderos y cazadores se han esforzado por exterminar con pólvora, cepos, venenos, artimañas innúmeras y no pocos artefactos a las denominadas “alimañas” de pelo y pluma que controlaban las poblaciones de conejos. Aquellos polvos exterminadores han traído estos lodos lagomórficos.

Como nos enseñaron en la escuela, es probable que Hispania, la raíz latina de la que ha derivado España, proceda a su vez de la denominación que los fenicios dieron a una tierra rica en conejos. En el más que improbable caso de que los fenicios arribaran hoy a las costas australianas, la isla continente sería hoy otra Hispania.

Hasta 1788, los conejos no se conocían en Australia porque, como es sabido, si algo falta en las Antípodas son los mamíferos, carencia que suplen con la abundancia de sus parientes marsupiales. Ese año se introdujeron por primera vez en Australia para aprovechar carne y piel, pero convenientemente enjaulados en conejeras. No había ningún problema (salvo para los conejos, claro). Pero hete aquí que un colono inglés, Thomas Austin, tuvo una ocurrencia. ¿Por qué no soltar aquellos animalitos corredores y saltarines para solaz y entretenimiento propio y de sus invitados?, se dijo el ocioso hijo de la Gran Bretaña. Dicho y hecho.

La valla se pierde en la inmensidad del árido bushland australiano
Una mañana de octubre de 1859, Austin, que pretendía hacer caja con su recién inventado coto de caza, liberó veinticuatro conejos salvajes en su finca. Cuando sus alarmados vecinos denunciaron una nueva plaga que estaba arruinando sus cosechas, Austin declaró que él había pensado que la introducción de unos pocos conejos causaría poco daño y daría cierto toque británico en recuerdo de su madre patria (los conejos abundan en la pérfida Albión), además de sacar un dinerillo con su conejil cazadero.

No calculó bien, aunque –todo hay que decirlo- si Austin quería conejos tuvo conejos, demasiados conejos. Los recién llegados, sin apenas depredadores y con toda la hierba del mundo para comer, se sintieron como un grupo de hooligans ingleses en Manacor: se convirtieron en una peste. Austin no calculó bien la capacidad reproductiva de sus inquilinos. Gracias al crecimiento exponencial, los veinticuatro conejos de Austin se habían convertido entre 1859 y 1887 en unos veinte millones, sin tener en cuenta los cazados. Un hábitat favorable, la abundancia de alimentos, la falta de un enemigo natural y la gran velocidad con la que se reproducen, causaron la difusión más rápida de un mamífero jamás observada en el mundo. Por si eso fuera poco, y para mayor fortuna de los conejos, Australia resultó ser el lugar ideal para procrear.

Mapa con las tres fases de la valla. 
Los conejos generalmente dejan de reproducirse en invierno porque los gazapos, además de ciegos, nacen sin pelo y, por lo tanto, son susceptibles al frío. Pero los inviernos en Australia son suaves, por lo que podrían seguir dándole que te pego durante todo el año. Y por pura suerte (para los conejos), el mestizaje entre las dos variedades de conejos introducidas por Austin acabó por crear una raza particularmente resistente, vigorosa y rijosa. En diez años, sus poblaciones alcanzaron cifras tan altas que incluso después de atrapar, envenenar y disparar hasta dos millones de conejos al año, no se observó ningún efecto notable en su población.

En 1887, las pérdidas por el daño causado a los conejos fueron tan grandes que la Comisión Intercolonial del Conejo ofreció un premio de 25.000 libras “a cualquiera que pudiera demostrar una forma nueva y efectiva de exterminar a los conejos". A principios del siglo XX la plaga era de tal magnitud que en amplias zonas del país la vegetación herbácea había sido arrasada y numerosas especies de herbívoros nativos estaban en grave peligro de extinción por falta de alimento. Había que hacer algo. Las autoridades se pusieron a cavilar.

Carromato habilitado para el mantenimiento de la valla.
Hacia 1926. Cortesía de la State Library of Western Australia.
En la década de 1920, la población de conejos alcanzó un pico de 10.000 millones de individuos, una verdadera peste que empujó a las autoridades australianas a organizar iniciativas de todo tipo para luchar contra la plaga bíblica. Empezaron con importar a sus enemigos naturales: los zorros. Estos, sin embargo, descubrieron que cazar a los lentos marsupiales nativos, como los ualabíes, era mucho más cómodo y dejaron en paz a los rápidos conejos. Los zorros también se reprodujeron de forma espectacular y, entre otras cosas, empezaron a cazar muchas especies de confiadas aves nativas. La disminución progresiva de las aves hizo aumentar el número de insectos dañinos para los árboles y los eucaliptos. Los australianos entonces decidieron salvar a los eucaliptos disparando a los koalas, responsables, en su opinión, de la desaparición gradual de los bosques. Se arrepintieron a tiempo, justo antes de exterminarlos a todos.

La desesperación llegó a adoptar soluciones drásticas, como la invención de la mixomatosis, que causó y sigue causando problemas. Pero esa moderna técnica biotecnológica empezó a fraguarse en la década de 1950. Antes se intentaron soluciones más campestres. ¿Qué tal una malla conejera?, se le ocurrió a un abnegado funcionario. Las agobiadas autoridades se pusieron manos a la obra. Los fabricantes de alambre se frotaron las manos.

Las fábricas de mallas conejeras hicieron su agosto. Nave de fabricación de la Lysaght Bros Wire Works, de Sydney, que recibió en 1902 el encargo de fabricar 700 km para la valla nº 1. Cortesía de State Library of New South Wales.
En 1896, el Subsecretario de Tierras de Australia Occidental envió al inspector Arthur Mason al sudeste, hacia la frontera con Australia del Sur, para que informara sobre la población de conejos. Mason sugirió que se construyeran una serie de vallas, una a lo largo de la frontera con Australia del Sur y otra al oeste. La Comisión Intercolonial del Conejo decidió en 1901 que se construyera una gigantesca cerca. La construcción comenzó ese mismo año, y durante los siguientes seis años, se erigió una barrera de 1.824 kilómetros que se extendía desde la costa sur hasta la costa noroeste, a lo largo de una línea al norte de Burracoppon, a 230 kilómetros al este de Perth. Cuando se completó en 1907, era la cerca más larga del mundo.

Este hito señala el punto donde se inició en 1901 el tendido de la valla conejera 1. Desde ese punto, el tendido se dirigió por el sur hasta Esperance y por el norte hasta Port Hedland.
Hoy en día, la Rabbit Proof Fence (Valla a Prueba de Conejos), una endeble cerca de alambre de 3.256 km se extiende de norte a sur a través de Australia Occidental, dividiendo todo el continente en dos partes desiguales. Para que se hagan una idea cabal: si usted se desplaza de Madrid a Moscú en avión recorrerá 3.427 km. Desgraciadamente, mientras se levantaba la primera valla, los conejos seguían a lo suyo: migraban hacia el oeste reproduciéndose como lo que eran. Para contener a los nuevos sin papeles, se erigió una segunda valla (astutamente llamada valla nº 2) un poco más al oeste de la nº 1. La segunda valla tampoco es moco de pavo: se extiende 1.166 km desde Point Ann en la costa sur, más o menos paralela a su hermana mayor. Finalmente, se construyó una tercera valla, la valla nº 3 (ya ven que para poner nombres no eran muy originales), más modesta, que se extiende a una corta distancia de 257 km de su unión con la segunda hasta alcanzar la costa. Los conejos, ni caso.

Sobre la tumba de Austin no crecen hoy las flores porque se las comen los descendientes de sus orejudos invitados, aunque la población conejera se haya mantenido relativamente bajo control mediante la liberación deliberada de ciertos virus en la naturaleza. A pesar de la adopción de nuevas tecnologías, la valla sigue desempeñando un papel importante en la protección de los medios de vida de los agricultores, en especial frente a dingos, zorros y emúes. Pero esa es otra historia de la que me ocuparé otro día. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.