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martes, 19 de marzo de 2019

Ochenta años de La diligencia


El 3 de marzo de 1939, tres días después de la dimisión de Manuel Azaña como presidente de la II República, mientras que el coronel Segismundo Casado ultimaba su golpe de Estado, en Estados Unidos Walter Wanger Productions estrenaba Stagecoach, que en octubre de 1944 sería proyectada en España con el título de La diligencia.
Han transcurrido ochenta años desde el estreno de la película de John Ford, una de las obras cumbres del western, pero La diligencia no muere nunca: seguirá atravesando los desiertos e inhóspitos parajes de Monumental Valley toda la eternidad. Para el público norteamericano, cuya historia carece de cantares de gesta, épica medieval, sagas reales o guerras religiosas, los westerns equivalen a las fábulas mitológicas que en otras culturas cuentan el nacimiento de un pueblo, de una saga o de una nación y su asentamiento en un lugar de la tierra: Hollywood iba a sublimar todas aquellas gestas en un género cinematográfico sin parangón.
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sábado, 16 de marzo de 2019

Los cerezos de Libreros

Calle Libreros, el pasado 10 de marzo.

Cuenta una leyenda que alrededor de 1150, finalizada la segunda cruzada, que terminó como el rosario de la aurora, los cruzados franceses trajeron desde Damasco unos pies de ciruelos con cuya fruta se habían deleitado en el fallido asedio a la ciudad. Cuando informaron al rey Luis VII, el monarca, fuera de sí, exclamó: «Ne me dites pas que vous êtes allés là-bas uniquement pour des prunes!» (¡No me digáis que sólo habéis ido por ciruelas!), o sea, "para nada". En francés, ir a por ciruelas significa los que en España “salir por uvas”, es decir, hacer algo sin mayor provecho.
Entra dentro de lo posible que, como hicieron con las especias, los cruzados introdujeran en Europa frutales de Oriente Medio o de Asia menor, entre otros los ciruelos comestibles más comunes (Prunus domestica), pero lo que sí es seguro, porque está perfectamente documentado, que hubo que esperar siete siglos para que un jardinero francés apellidado Pisard introdujera en Europa unos arbolitos rojizos de origen persa que llevan en su honor el nombre de pisardi, una variedad del cerezo (Prunus cerasifera), que hoy adorna y da sombra en las ciudades de todo el mundo, entre otras la calle Libreros de nuestra ciudad.
Empezaré por ofrecer algunas nociones botánicas y luego les contaré la historia de cómo el ciruelo rojo o pisardi viajó desde Persia para acabar formando parte del paisaje urbano occidental.
Flores de Prunus cerasifera variedad pisardi.
El género Prunus, de la familia Rosáceas, la misma a la que pertenecen las rosas, las zarzamoras, las manzanas, las fresas y un sinfín de frutales, está integrado por unas doscientas especies de árboles y arbustos originarios, en su mayoría, de las zonas templadas del hemisferio Norte. Entre sus muchas especies de interés comercial, además del mencionado cerezo, se cuentan P. domestica (ciruelo común), P. mahaleb (cerezo de Santa Lucía), P. lauroceresus (laurel cerezo), P. spinosa (endrino), P. persica (melocotonero), P. dulcis (almendro), P. armeniaca (albaricoquero), P. cerasus (guindo) y, P.avium (cerezo silvestre).
Los pisardi, además de su resistencia a la contaminación, lo que los convierte en idóneos para ambientes urbanos, son muy apreciados como ornamentales por el original color rojizo de sus hojas, flores y frutos. Son pequeños árboles o arbustos caducifolios de hasta ocho metros de altura, muy ramificados y de copa compacta. Las hojas, de color rojizo-granate, tienen forma ovado-aguda con el borde dentado y caen del árbol con los primeros fríos invernales. Las flores son de color rosa y aparecen desde finales de invierno a inicios de primavera, antes de que surjan las hojas, lo que favorece la polinización sin la interferencia del denso follaje.
Frutos de Prunus cerasifera variedad pisardi.
Las flores son pentámeras: tienen cinco sépalos, cinco pétalos, entre diez y veinte estambres y un solo carpelo central que contiene un único óvulo. Fecundada la flor gracias a los insectos polinizadores, el óvulo se transforma en semilla y el carpelo en un fruto del tamaño de una cereza, comestible, aunque algo ácido, con el que en Francia elaboran jaleas dulces. Técnicamente es una drupa, un nombre que alude a todas las frutas que tienen “hueso” como las que aparecen en la figura adjunta: cerezas (1), ciruelas (2), aceitunas (3), platerinas (4), albaricoques (5), mangos (6), dátiles (7) y nectarinas (8). No es el momento de extenderme más con las originales características de las drupas. A los lectores interesados les remito a unos posts en las que me ocupé de ellas (1, 2).
Y ahora vamos con la historia del viaje de los pisardis a los jardines europeos.
Entre 1785 y 1925 reinó en Persia la dinastía Kayar, de origen turco. En 1925 la sustituyó la dinastía Pahlaví que reinó poco más de medio siglo antes de que en 1979 los ayatolás de Jomeini derrocaran al corrupto shah Mohammad Reza Pahlaví, un títere de británicos y americanos. Nasser-al-Din Shah Qajar (1831/1896) fue el penúltimo shah de la dinastía Kayar desde 1848 hasta su muerte, que debió ser muy llorada porque dejó ochenta y cuatro viudas. Su estilo de gobierno era dictatorial, aunque de ciertas tendencias reformistas de corte europeizante. Fue el primer monarca persa en visitar Europa en 1871, luego en 1873 (donde revistó una flota de la Royal Navy, así como una maniobra militar a gran escala en Rusia, lo que le llevó a fundar una brigada cosaca), y más tarde en 1878 y 1889.
. El shah Nasser-al-Din. Foto.
Durante sus viajes quedó impresionado por la tecnología que había visto en Europa. Fue mecenas de la fotografía y, además de ser el primer iraní en ser fotografiado, el invento le entusiasmó y se fotografió miles de veces. Introdujo muchas innovaciones occidentales en Irán, incluyendo un moderno sistema de correos, el transporte ferroviario, un sistema bancario y permitió e impulsó los primeros periódicos.
Cuando llegó a París en 1878 para visitar la Exposición Universal, además de quedarse estupefacto con la torre Eiffel, se sorprendió por la belleza de los jardines de París y Versalles. Quiso tener un jardinero francés. Le recomendaron a monsieur Pissard. Lo contrató por una fortuna y lo llevó con él a Teherán, donde le encargó transformar los jardines de su palacio.
Ernest François Pissard, Oficial del Mérito Agrícola, Caballero de Cristo de Portugal y de la Real Orden de Villaviciosa, nació en 1850 en Sallanches. Era hijo de un famoso jardinero y horticultor, Claude-Marin Pissard, del que heredó su primorosa afición a las plantas. El 1866 se graduó en la Escuela de Agricultura de Igny, desde donde pasó a trabajar en el prestigioso Jardin des Plantes de Paris hasta 1878, cuando lo contrató el shah. En 1887 fue contratado como jardinero jefe del lisboeta Jardim da Estrela, donde se mantuvo hasta 1907. Luego regresó a Francia y se instaló en Arcachón en un chalet situado en el bulevar de la playa, que pronto se hizo famoso por sus cuidados jardines.
La familia Pissard el 6 de septiembre de 1926 durante una visita a Lourdes. Foto cortesía de Chaminade.
Desde Persia, Pissard trajo semillas y esquejes de muchas plantas nativas, entre otras las de una nueva planta, enesguida llamada el "cerezo de Pissard". En los Anales del año 1881 de la revista de la Sociedad de Horticultura de Nantes, Élie-Abel Carrière, el gran botánico y horticultor francés, jefe de los jardineros del Museo Nacional de Historia Natural de Francia, escribió un encendido elogio del arbolito recién incorporado a la flora ornamental francesa: «La planta más notable que se ha introducido durante mucho tiempo es, sin duda, Prunus pissardi. Además de su novedad y de sus muchos méritos desde dos puntos de vista muy interesantes -como árbol frutal y como ornamental- constituye una sección particular del género Prunus. De hecho, no sólo es notable por la coloración de sus hojas que son de un rojo intenso, con reflejos matizados; sus frutos, desde su formación, también son de un color rojo muy oscuro, absolutamente nuevo. Prunus pissardi crece poco y se ramifica considerablemente; resulta siempre es muy agradable a la vista por sus hojas, sus flores, sus frutos y por el color de su corteza que, siempre roja, negra y lustrosa, constituye una decoración vegetal perpetua».
Pissard murió en 1934. Su amigo Albert Chaudhari, miembro del Parlamento de Burdeos, escribió en su obituario: «Con toda razón, Brillt-Sàvarin escribió que el descubrimiento de un nuevo manjar hace más por la felicidad de la humanidad que el descubrimiento de una estrella. Se puede añadir que el hallazgo de una nueva planta es más útil que el descubrimiento de un cometa. Por tanto, es necesario agradecer a aquellos que, como el botánico Pissard, han enriquecido la flora francesa y contribuido al embellecimiento de nuestros paisajes».
Ernest François Pissard descansa en el camposanto de Tallence, la ciudad hermana de Alcalá de Henares. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

miércoles, 13 de marzo de 2019

El fracking se ahoga mientras los ciegos guían a los tuertos


El teatro necesita de clá; fútbol de gradas de animación; la remonta de mamporreros y las pirámides Ponzi de voceros que animen a los inversores incautos para que sean desplumados por trileros convertidos en genios financieros como Bernard Madoff.
Capitán Swing acaba de publicar en España El sentido del estilo. La guía de escritura del pensador de siglo XXI, de Steven Spinker. «El problema del mundo -dice Spinker- no es que la gente sepa poco, sino que sabe muchas cosas que no son ciertas». 
Como en la barca del cuento, los ciegos guían a los tuertos. Esta semana, un “experto” en inversiones energéticas anunciaba la “segunda revolución del fracking” de Estados Unidos, que según esta lumbrera iba a acabar con la oferta de la OPEP. «Nunca atribuyas a la malicia lo que puede explicarse por la pura estupidez», escribe tambén Spinker.
En varias ocasiones, la última la primera semana de marzo, me he ocupado de subrayar que la industria del fracking en Estados Unidos perdía dinero antes del último desplome de los precios del petróleo, cuando el barril estaba a más de 60 dólares, y continúa perdiéndolo a manos llenas con los precios actuales de 35 dólares el barril. En Argentina, el fracking gasístico, que se anunció como el milagro energético del país, solo sobrevive gracias a las mil millonarias subvenciones gubernamentales que han sido denunciadas por el FMI, el organismo que sostiene las finanzas del país suramericano.
Hoy no voy a volver a machacarles con las finanzas de los operadores de la fractura del fracking; voy a hablarles del agua que los ahoga aún más. Los datos y los gráficos que utilizaré han sido tomados del blog de SRSrocco Report.
La insensatez continúa en el segundo campo petrolero de fracking más grande de los Estados Unidos cuyo rendimiento –pese a la ola que agitan los hooligans energéticos- va de mal en peor. Aunque es cierto que la industria de la fractura hidráulica no parece tan tocada como en 2016, cuando los precios del petróleo se derrumbaron como un castillo de naipes, lo peor está por llegar. Desgraciadamente, el mercado permanece ciego al esquema Ponzi más grande de la historia, porque la sensatez y la razón parecen haber desaparecido de la industria energética hace años.
Bakken, el gigantesco campo de Dakota del Sur, alcanzó un nuevo récord en 2018 y eso, paradójicamente, no es una buena señal para los operadores, porque en ese negocio de Abundio, cuanto más producen más pierden. Aunque es cierto que el Bakken alcanzó el año pasado un nuevo récord en la producción de petróleo de lutitas, también produjo la mayor cantidad de agua residual y contaminada jamás registrada. Esta tremenda cantidad de aguas residuales es otra faceta más del creciente problema al que se enfrentan las compañías para producir petróleo vía fractura hidráulica.
En 2018  Bakken produjo 95.000 millones de litros de aguas residuales. Es difícil calibrar mentalmente lo que significan tantos millones de litros de agua , pero es una barbaridad. De ser limpias, esos miles de millones de litros agua servirían para cubrir aproximadamente las necesidades de dos millones de españoles durante todo el año.  En cualquier caso, el problema no es solo la enorme cantidad de aguas residuales generadas, sino que también es más preocupante la creciente proporción de agua con respecto a la producción de petróleo que necesita la fractura hidráulica.
El Departamento de Recursos Minerales de Dakota del Norte publica una actualización mensual de la cantidad de petróleo, gas natural y agua producida en el Bakken. Aunque tienen datos en PDF que se remontan a 2003, las hojas de cálculo Excel que se pueden analizar solo recogen la cantidad de aguas residuales generadas hasta mayo de 2015. Aunque así sea, los datos que se remontan hasta 2015 son lo suficientemente fiables cómo para mostrar que cada vez se necesita más agua para producir la misma cantidad de crudo. 

Antes de hacer la comparación, debemos recordar que la producción de petróleo del Bakken alcanzó su punto máximo en 2015 y luego se redujo debido a la caída de los precios del petróleo. Bakken ha tardado tres años el volver a esa cima.
En mayo de 2015, un mes antes del primer pico, el Bakken produjo un total de 35 millones de barriles de petróleo y 40 millones de barriles de aguas residuales. Hubo, pues, cinco millones de barriles más de aguas residuales generadas que de petróleo. Según los datos del Departamento de Recursos Minerales, en junio de 2018 se produjo aproximadamente la misma cantidad de petróleo: 35,4 millones de barriles. Pero esos millones de barriles de petróleo produjeron 49 millones de barriles de aguas residuales, o sea, un 22% más.
Producción de crudo y aguas residuales en Bakken entre mayo de 2015 y junio de 2018, en millones de barriles. Los puntos son comas y las comas puntos.
En definitiva, en 2018 se necesitaron nueve millones de barriles más de aguas residuales para producir aproximadamente la misma cantidad de petróleo que en 2015. Y la tendencia sigue empeorando. Según los datos más recientes, los de diciembre de 2018, el Bakken produjo 55,1 millones de barriles de aguas residuales y 39,7 millones de barriles de petróleo:
Producción de crudo y aguas residuales en Bakken entre enero de 2016 y diciembre de 2018, en millones de barriles. Los puntos son comas y las comas puntos.
En resumen:
Mayo 2015, agua = 40 millones de barriles. Mayo de 2015, petróleo = 35 millones de barriles. Diferencia = 5 millones de barriles más de aguas residuales. Dic 2018, agua = 55 millones de barriles. Dic 2018, petróleo = 39,7 millones de barriles. Diferencia = 15 millones más de barriles de aguas residuales
También es notable la rapidez con la que aumentaron las aguas residuales para la producción de petróleo el año pasado. En enero de 2018, el Bakken produjo 10 millones de barriles de agua más que petróleo; en diciembre se disparó a 15 millones de barriles.
El campo Bakken de Dakota del Norte produjo 67 millones de barriles más de agua que de petróleo en el primer semestre de 2018. El coste medio de recoger, transportar y deshacerse de las aguas residuales es de unos 4 dólares por barril. Eso significa que la eliminación de aguas residuales en 2018 supuso un gasto de 2.200 millones de dólares.
Debemos recordar que los operadores no solamente están produciendo mucha más agua residual, sino que también están usando mucha más arena y productos químicos. Por lo tanto, a más residuos más dinero invertido. Las compañías que producen petróleo de lutitas de Bakken están obligadas a usar mucha más agua, arena, recursos y dinero para producir de lo que gastaban hace unos pocos años.
El campo Bakken de Dakopta del Norte produjo 85 millones de barriles más de agua que de petróleo en el segundo semestre de 2018. El coste medio de recoger, transportar y deshacerse de las aguas residuales es de unos 4 dólares por barril. Eso significa que la eliminación de aguas residuales en 2018 supuso un gasto de 2.300 millones de dólares.
En algún momento, la caída de la tasa de retorno energético (Energía Devuelta por la Inversión) destruirá la capacidad de la industria del petróleo de fracking para compensar los descensos de la nueva producción. Por supuesto, el precio del petróleo es un factor importante para determinar el destino de la industria del petróleo de lutitas de Estados Unidos. Si el precio cae junto con los mercados este año, podríamos ver problemas muy graves.
Aquí hay dos cuadros que muestran la producción total de petróleo y aguas residuales de Bakken para la primera y la segunda mitad del año:
Para el año, el Bakken produjo 578 millones de barriles de aguas residuales, aproximadamente 25.000 millones de galones (42 galones por barril). Podemos ver que la proporción de aguas residuales con respecto al a petróleo continúa ampliándose en la segunda mitad del año, ya que se produjeron 85 millones de barriles más de agua que de petróleo en comparación frente a solo 67 millones de barriles en la primera mitad.
Además, el coste estimado para eliminar el agua es de aproximadamente 2.300 millones de dólares a razón de 4 dólares por barril. Para terminar, las empresas que producen petróleo por fractura en Bakken y en todos los campos explotan primero los "puntos dulces" (los de mayor producción) y pronto se verán obligadas a pinchar en las áreas menos económicas.
¿Si los operadores no ganan dinero perforando las áreas más productivas, qué pasará cuando empiecen a perforar fuera de los puntos dulces? © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

martes, 12 de marzo de 2019

Mieles locas: cuando el manjar se vuelve tóxico


Desde 2015, la Comisión Europea anda tras la pista de la adulteración de mieles. Ahora, Europa estudia prohibir un edulcorante elaborado con mieles de origen chino por su contenido en grayanotoxina, el componente tóxico de las llamadas “mieles locas”, que en dosis altas afecta al sistema nervioso central y produce confusión, agitación, delirio, amnesia, y puede llegar a provocar un síndrome colinérgico, cuyos efectos, muy parecidos a los que produce la ingesta de la seta matamoscas Amanita muscaria, son bien conocidos desde hace miles de años.


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domingo, 10 de marzo de 2019

España se calienta


Los últimos veranos han traído algunos de los meses más calurosos en el registro histórico de las estaciones meteorológicas de todo el mundo, lo que subraya una tendencia imparable de ascenso de las temperaturas medias mundiales. Los impactos globales de las crecientes temperaturas —que incluyen reducción de los glaciares y disminución de los casquetes polares, más huracanes, aumento del nivel del mar (1, 2) y sequías, entre otras cosas— ya nos suenan tan familiares que casi las hemos normalizado.

Pero un cambio de temperatura de sólo un par de grados también puede tener efectos dramáticos localmente. Los estudios han demostrado que un aumento de la temperatura de un solo grado puede aumentar los niveles locales de contaminación atmosférica, permitir que las especies portadoras de enfermedades se expandan en áreas determinadas, causar la extinción local de las especies autóctonas y la proliferación de especies invasoras, e incluso provocar suficiente estrés térmico como para aumentar las tasas de algunas enfermedades mentales. Por su parte, las olas de calor aumentan la mortalidad y la morbilidad entre las personas con enfermedades crónicas y, en especial, entre los mayores.

Naturalmente, a todos nos preocupa qué va a pasar en el lugar donde vivimos. El pasado mes de septiembre, The Revelator, la web de noticias e ideas del Center for Biological Diversity, publicó un mapa interactivo en el que puede verse cómo serán las temperaturas en 2050 de cientos de estaciones meteorológicas de todo el mundo. Puede verlo en este enlace y conocer qué va a pasar en el lugar en que vive (en España aparecen solamente capitales de provincia). En este enlace de EL PAÍS puede buscar una ciudad para ver cuánto ha subido la temperatura media desde que hay registros.

Utilizando el mapa de The Revelator, el Observatorio de la Sostenibildad de España (OSE) ha publicado un informe en el que aparecen los datos más relevantes referidos a España, que confirman que la percepción de la población española de que estamos en un entorno cada vez más cálido y afectado por el cambio climático es real: la temperatura en las ciudades españolas ha subido el doble que la media mundial en 50 años.

Aumento de las temperaturas. Variación entre el lustro 1988-1992 y el último (2014-2018). Si se observa el mapa se puede ver que el calentamiento urbano es mayor en la porción mediterránea del país. Dejando a un lado Ourense, situada en el fondo de la depresión del río Miño lo que le confiere una acusada mediterraneidad, la decena de ciudades donde más ha subido la temperatura está en la parte este y sur del país. Fuente: Informe OSE.
Las ciudades españolas han experimentado un aumento significativo de la temperatura media en los últimos 30 años cifrado en un grado centígrado. En 53 años, es decir, desde 1965, España ha experimentado una subida de 1,57 ºC y en los últimos 30 años (1988-2018) un aumento de 0,87 ºC. Las ciudades que han experimentado un mayor aumento de temperatura en estos 30 años han sido: Barcelona (+ 1,89 ºC), Ávila (+1,84), Murcia (+1,82), Cuenca (+ 1,77), Granada-Aeropuerto (+1,52), Castellón-Almassora (+1,45), Málaga-Aeropuerto (+1,31), Albacete-Los Llanos (+1,26) y Lleida (+1,22). El hecho de que algunas de estas temperaturas hayan sido tomadas en los aeropuertos, situados en espacios abiertos, indica que en los centros urbanos el incremento térmico habrá sido aún mayor.

Utilizando los datos de las series temporales totales de la Agencia Española de Meteorología, se observa que, por ejemplo, Madrid ha subido su temperatura 2,5 ºC en 125 años, Málaga 1,4 en 75, Valencia 1,49 grados en 52 años, y así en la práctica totalidad de las ciudades españolas que aparecen en los anexos del informe de la OSE. Utilizando los datos del mapa de The Revelator, el OSE presenta las estimaciones disponibles de incremento de las temperaturas para las mismas ciudades españolas en 2050. Las ciudades que más aumentarán sus temperaturas son Guadalajara, Huesca, Álava, San Sebastián, Ávila, Las Palmas, Salamanca, Pontevedra, Cáceres, y Bilbao.


En definitiva, todo indica que los fabricantes de ropa de abrigo van a tener problemas. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.


Los “pinos” más raros del mundo (2): el pino fresa de Tasmania


Conos femeninos inmaduros y maduros (rojos) y ramitas tetragonas de Microcachrys tetragona. Foto.
Con su pequeño hábito rastrero y sus conos femeninos de color rojo brillante y carnoso, es fácil entender el nombre común, “pino-fresa rastrero”, con el que los tasmanos conocen a una rara conífera, Microcachrys tetragona. Esta conífera miniatura es tan hermosa como interesante. En su cuerpo hay 66 millones de años de historia fósil que puede enseñarnos mucho sobre la biogeografía austral de la que ya me ocupé en esta otra entrada.
Ramas con conos masculinos. Foto.
Empecemos por describirla. En primer lugar, el nombre científico. Microcachrys proviene del griego, mikros, pequeño, y cachrys también del griego cachrus, cono o amento, en alusión a los minúsculos (2 mm) conos masculinos. Tetragona se refiere a las ramillas cuadrangulares. Este microendemismo tasmano es una conífera de hojas perennes escamosas (2-3 mm) y opuestas que envuelven completamente a los tallos de forma imbricada como lo hacen las de cipreses y sabinas. Es unisexual monoico, lo que significa que los conos masculinos y femeninos nacen en ramas separadas de la misma planta. Los conos masculinos miden aproximadamente 2 mm de largo y tienen 20 o más sacos polínicos. Los conos femeninos son redondeados u ovales, de 6-8 mm de largo, carnosos y de color rojo brillante cuando están maduros. La polinización es anemófila y la distribución de la semilla ornitócora.
Hoy en día, el pino-fresa rastrero sólo se puede encontrar silvestre en el oeste de Tasmania. Es una especie de alta montaña, que crece en lo que comúnmente se denomina matorral enano alpino, una comunidad que ocupa altitudes por encima los mil metros, que pueden parecer pocos para nuestras latitudes, pero que, en Tasmania, con un clima extraordinariamente oceánico y sometido a la influencia de los gélidos vientos antárticos, equivale a unos tres mil metros de los Alpes, por ejemplo. Para resguardarse de los vientos y de las lacerantes celliscas, y para quedar protegido por el manto de nieve de las fuertes heladas invernales, elige la misma estrategia que muchas otras plantas de ambientes alpinos: crece como una alfombra pegada al suelo con sus ramas postradas que apenas sobresalen más de 30 cm por encima de la superficie.
Aspecto de la planta creciendo sobre bloques de dolerita en Mt. Field, Tasmania. Foto
El pino fresa rastrero no es un miembro de la familia del pino (Pinaceae), sino de la familia de los podocarpos (Podocarpaceae). Esta familia es interesante por muchas razones, entre otras porque son representantes de la llamada flora Antártica, un conjunto de plantas vasculares que evolucionó hace millones de años en el supercontinente Gondwana, que comenzó a separarse a principios del Cretácico (hace 135-65 millones de años) y que, con la deriva tectónica, ahora se distribuye por varias áreas separadas del hemisferio Austral, incluyendo el Cono Sur, la región del Cabo, Nueva Zelanda, Australia, Tasmania y Nueva Caledonia. Comparando las distribuciones actuales de las plantas y los animales con los testimonios fósiles, los biogeógrafos pueden usar a familias como las podocarpáceas para construir un relato coherente de la historia de la vida en la Tierra.

Granos de polen con tres vesículas (V). Foto.
Lo que resulta sorprendente es que, entre las diversas podocarpáceas, el género Microcachrys produce granos de polen con una morfología única. Cuando los investigadores ponen el polen actual o fósil en el microscopio óptico, pueden decir sin temor a equivocarse si pertenece o no a Microcachrys. El grano de polen con tres vesículas (trisacato) es característico de Microcachrys, mientras que todas las demás podocarpáceas producen polen bisacato.
El polen fosilizado de Microcachrys se ha encontrado en todo el hemisferio Austral en Suramérica, India, Suráfrica, Nueva Zelanda e incluso en la Antártida, unas zonas donde no se encuentra hoy. Eso quiere decir que es un paleoendemismo, es decir, una planta cuya restringida área actual es el resto de una mucho más extensa. Eso parece indicar que a medida que los continentes iban separándose y las condiciones ambientales cambiaban, las montañas de Tasmania ofrecieron un refugio definitivo para la única especie sobreviviente de este género.
Maduración de los conos femeninos. Foto.
Otro motivo por el que esta pequeña conífera resulta tan original son sus conos femeninos, que se asemejan a frutas, algo que, con respecto a otras podocarpáecas neozelandesas, ya comenté en este post. A medida que maduran, las escamas del cono se hinchan y se vuelven carnosas. Con el tiempo, empiezan a parecerse a una fresa más que a cualquier otra estructura reproductora de las gimnospermas. Éste es otro caso de evolución convergente cuyo fundamento está en la dispersión de las semillas por parte de las aves. Parece que le funciona, porque a pesar de su pequeña área de distribución actual, el pino fresa rastrero es muy abundante localmente y no afronta los mismos problemas de conservación que amenazan actualmente a muchos otros miembros de su familia. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

sábado, 9 de marzo de 2019

Dos magnolias de Alcalá


En la alcalaína plaza del Padre Lecanda tiene lugar estos días un bonito espectáculo floral: dos magnolios están abriendo sus hermosas flores justo antes de que lo hagan las hojas. Hace 15 años que pedí que las plantaran junto al oratorio de San Felipe Neri. Como cada semana por estas fechas, me paso por allí para contemplar cómo poco a poco los pequeños botones florales verdosos se transforman en una espectacular floración.
Magnolia x soulangeana
La magnífica flor tiene un diámetro de casi 10 centímetros y unos colores rosáceos muy atractivos. Es una flor de Magnolia x soulangeana, un híbrido obtenido en 1820 por cruce entre dos magnolias silvestres que lleva el nombre del caballero francés que, con mucha paciencia y no poca habilidad, logró la hibridación: Étienne Soulange. 

También era francés un famoso botánico de Montpellier, Pierre Magnol, al que el gran naturalista sueco Linneo dedicó el nombre científico de un género, Magnolia, que llevan más de un centenar de especies de árboles y arbustos por lo general tropicales, aunque no deja de ser curioso que las dos primeras especies identificadas fueran norteamericanas. La primera fue M. virginiana, encontrada en las faldas cálidas de los Apalaches por unos misioneros enviados a Norteamérica en la década de 1680. También allí se encontró M. grandiflora, pero ya en el siglo XVIII.
Magnolia grandiflora, plantada en la mediana de la avenida de Madrid.
Al menos desde que yo fui alcalde, en las calles y plazas de Alcalá me consta la presencia de dos magnolios: M. grandiflora y M. x soulangeana, que yo mismo ordené plantar. Como las pueden reconocer en las fotografías, permítanme que descuide su descripción y ofrezca alguna información sobre estas maravillosas plantas. Las magnolias, unos árboles que prácticamente todo el mundo reconoce, son uno de los grupos de plantas ornamentales más populares y su simbolismo a lo largo de la historia de la humanidad es muy interesante. Pero me gustaría contarles algo acerca de lo especiales que son las magnolias.
Capullos de Magnolia grandiflora. Antes de abrir, la flor está encerrada en unas brácteas velludas.
Veamos con algo más de detalle esas flores y nos daremos cuenta de que son diferentes de la mayoría de las flores. Para empezar, el capullo florido está encerrado en brácteas (hojas modificadas) en lugar de en un cáliz constituido por sépalos bien diferenciados, como sucede en la mayoría de las flores. Los "pétalos" no son en realidad pétalos sino tépalos, todos iguales y , al contrario de lo que ocurre en la mayoría de las flores, no están dispuestos naciendo todos en el mismo punto (en un verticilo), sino que se disponen helicoidalmente a lo largo de un eje. 
El aspecto más llamativo de la morfología de la flor de las magnolias está en las estructuras reproductivas propiamente dichas. Fíjense en la foto adjunta y verán cómo los estambres y los carpelos (si lo prefieren los ovarios, para entendernos), como el resto de las piezas florales, están ordenados helicoidalmente, tal y como lo están las piezas de una piña de pino.
Una flor tan vistosa sirve para llamar la atención de los polinizadores. Las magnolias se polinizan por insectos, es decir, son entomófilas. Todo polinizador exige una recompensa por hacer su trabajo, y esa recompensa es normalmente néctar. Pero, por grandes que sean, las flores de las magnolias carecen de nectarios, así que muy raramente verá a las abejas de la miel revoloteando cerca de esas enormes flores. Sencillamente no les interesan. Lo que sí verá son coleópteros, es decir, escarabajos, porque estos insectos acorazados no liban néctar, y no pueden hacerlo porque carecen de trompa chupadora y en su lugar poseen unas mandíbulas poderosas. Los escarabajos son palinófagos, es decir, comen polen, y para ellos una flor de magnolia es un auténtico festín.
Detalle de una flor agostada de Magnolia grandiflora.
Las magnolias, como el resto de los representantes de la familia magnoliáceas, son uno de los linajes más antiguos de las plantas con flores, esto es, de las angiospermas. Dado su tamaño y el hecho de que todas las especies son leñosas, las magnolias fosilizan bien, así que tenemos evidencias más que suficientes de su existencia hace 95 millones de años. Aunque no sepamos con absoluta certeza si se parecían mucho a las primeras plantas con flores (nadie sabe cómo eran realmente), las magnolias ofrecen algunas ideas interesantes sobre la evolución de las angiospermas.
Una vez fecundadas, las partes femeninas de las magnolias, los carpelos, se disponen en un conjunto cerrado que recuerda a las piñas de los pinos (izquierda). Una vez maduros (derecha), los carpelos se abren y emergen las semillas carnosa, que atraen poderosamente a los pájaros. Las imágenes son de Magnolia grandiflora.
Las dos principales familias de abejas de la miel, Melittidae y Apidae, aparecieron sobre la faz de la Tierra hace 50 y 87 millones de años respectivamente, es decir, millones de años después de que lo hicieran las magnolias y los escarabajos. La aparición de las angiospermas más antiguas, entre las que se cuentan las magnolias, fue en el Cretácico, un período durante el cual las abejas melíferas no revoloteaban por allí, sencillamente porque no existían. En cambio, los coleópteros, grupo al que pertenecen los escarabajos, entre ellos los comedores de polen, ya estaban representados por un nutrido grupo de familias altamente especializadas en el aprovechamiento de distintos medios, entre otras las flores.
En conclusión, las magnolias evolucionaron antes de que hubiera abejas. Por eso, su estructura floral tan característica obedece a que estas plantas ancestrales no han coevolucionado con otros grupos de insectos polinizadores como las mariposas o las abejas. Las magnolias tenían ya quienes les transportaran eficazmente el polen y no necesitaron a las abejas para reproducirse.
Que los escarabajos palinófagos sean los carteros de las magnolias explica algunas cosas más. En primer lugar, la abundancia de estambres y la gran producción de polen es una estrategia cara (a las plantas les cuesta mucho fabricar granos de polen a base de proteínas y grasas) pero que les compensa porque, por voraces que sean los escarabajos, siempre se llevarán polen sobrante sobre sus armaduras. En segundo lugar, los carpelos están endurecidos para evitar los daños provocados por las mandíbulas de los coleópteros que, poco discriminatorios a la hora de zampar, no dudarían en devorar los nutritivos óvulos que encierran y con ello impedirían que se formaran las semillas.
Otro representante de la familia magnoliáceas, Liriodendron tulipifera.
Como los escarabajos se sienten atraídos por el polen y solamente por el polen, las flores maduran de una manera que asegure la polinización cruzada. Las magnolias son proterándricas, es decir, las partes masculinas –los estambres- maduran primero y ofrecen generosamente el polen. Las partes femeninas de la flor –los carpelos- maduran después. No producen ninguna recompensa para los escarabajos, pero se aprovechan del insaciable apetito de los insectos haciendo que sus carpelos imiten a las partes masculinas, asegurándose de que los escarabajos se despisten algún tiempo explorando las flores y dejando sobre los carpelos los granos adheridos en sus exoesqueletos.
Ya saben, las magnolias son viejas, hermosas y astutas, tan astutas como para haber sobrevivido a la extinción masiva del Cretácico que acabó con el 95% de las estirpes vivientes. Con ellas lo hicieron los coleópteros. La llegada de las abejas no cambió los hábitos de unas parejas mutualistas a las que les había ido muy bien. 

Si quieren conocer más sobre los árboles de la calle o plaza de Alcalá en la que viven, visiten esta web que ha desarrollado David Sánchez López, un aventajado alumnos de Ciencias Ambientales de la Universidad de Alcalá. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.


jueves, 7 de marzo de 2019

Cambio climático: la rana en la olla


En las vísperas de la conferencia internacional sobre cambio climático que tiene lugar estos días en San Sebastián, el Secretario de Estado de Medio Ambiente, Hugo Morán, ha venido a recordarnos la metáfora de la rana en la olla: una rana que salta a una olla hirviendo, tratará de salir a toda velocidad. Una rana que salta en una olla que se va calentando poco a poco, acabará cocida. Morán recordaba también que los jóvenes que este año alcanzan la mayoría de edad, los nacidos en 2001, no han conocido otra normalidad que la del cambio climático.

Entre 1833 y 1836, un joven neoyorquino pintó su visión de la evolución de la sociedad humana en la que quizás fue la primera obra pictórica sobre la distopía que anunciaba la Revolución Industrial. En los cinco grandes lienzos de su Eden to Empire, Thomas Cole describió un arco trazado desde la naturaleza virgen, a través del pastoralismo y el imperio, hasta la desolación. Era el arquetipo del ascenso y la caída de la civilización. Nadie se acuerda hoy de esa premonición.


Thomas Cole. The Course of Empire: Destruction. 1836. Colección de la Sociedad Histórica de Nueva York

Hace treinta años, el 11 de noviembre de 1989, The New Yorker publicó El fin de la naturaleza, un largo artículo sobre lo que luego se llamaría el efecto invernadero. Cuando lo leí, la ciencia del clima todavía estaba en pañales o, quizás, aún le faltaba un hervor. Pero los datos eran convincentes y estaban cargados de tristeza. Estábamos arrojando tanto carbono a la atmósfera que la naturaleza ya no era algo situado más allá de nuestra influencia, y la humanidad, con su negligente capacidad para contaminar, había llegado a afectar a cada metro cúbico del aire que respiramos, a cada metro cuadrado de su superficie, a cada gota de agua. Una década después, cuando comenzaron a referirse a nuestra era como el Antropoceno, el mundo creado por el hombre, los científicos subrayaron esa noción.

Aquel artículo, que ya nadie recuerda, adquiere hoy plena actualidad. El mundo ya sabía de qué se estaba hablando. En ese momento parecía probable que la sociedad evitara lo peor. En 1988, George H. W. Bush, candidato a la presidencia, prometió que combatiría "el efecto invernadero con el efecto Casa Blanca". Y aquí estamos, tomando plena conciencia de la imparable tendencia hacia el aumento de las temperaturas globales que nos ponen en el camino a la perdición.

En un estudio publicado en la revista PNAS, investigadores de la Universidad de California Davis concluyen que los seres humanos tenemos poca memoria climática. En promedio, basamos nuestra idea de “un clima normal” en los sucesos climáticos que han ocurrido en los últimos años (de dos a ocho años, según indica la investigación). Las conclusiones han alarmado a los autores, que alertan sobre el riesgo de que normalicemos cuestiones que no podemos permitirnos normalizar. Los datos refrendan el miedo: 2018 ha sido el quinto año más cálido desde que hay registros; los cinco años más cálidos de la historia registrada han sido los últimos cinco, y 18 de los 19 años más cálidos se han producido desde 2001.

Los jóvenes nacidos en 2001, que este año alcanzan la mayoría de edad, no han tenido otra normalidad que la del cambio climático, aunque han vivido en los albores de una distopía que amenaza con transformarse en el último cuadro de la serie de Cole o en el planeta que retrata David Wallace-Wells en The Uninhabitable Earth: A Story of the Future (La Tierra inhabitable: una historia del futuro), que sigue la estela del pintor neoyorquino, actualizándola en el siglo XXI. Estamos en la cima del arco de la historia, pasando desde el triunfo a la ruina. Wallace-Wells habla de las catástrofes climáticas que vienen provocadas por nuestra insaciable avaricia. Nuestros devastadores hábitos probablemente terminarán con la historia, con la cultura y con la ética tal y como las conocemos. La capacidad de enmienda nos rodea, pero nuestra generación y las que nos preceden se han alejado de ella.

Miles de estudiantes belgas en la manifestación contra el cambio climático. EFE/Javier Monteagudo
Pero las cosas comienzan a cambiar. Formamos parte de la generación que tiene toda la información en nuestras manos: el último informe del Panel Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático (IPCC, en su acrónimo inglés), el mayor ejercicio de investigación sobre las consecuencias del calentamiento global, ha explicado que el escenario más optimista –que la temperatura del planeta aumente 1,5 grados centígrados– tiene consecuencias fatales para la calidad de vida de millones de personas. Y que sobrepasar ese límite y llegar a un calentamiento de dos grados tendrá efectos más graves: el doble de sequías, el doble de olas de calor y dos veces más extinciones de especies, entre otros. El pasado miércoles supimos que ya habíamos sobrepasado la mitad del límite más optimista y seguimos en la misma senda.

Protesta de jóvenes frente al Congreso de los Diputados este viernes. Andrea Comas
Los últimos movimientos protagonizados por jóvenes estudiantes belgas y sus incipientes repercusiones en la juventud española, que se ha sumado en Madrid a la protesta convocada dentro del movimiento internacional ecologista Fridays For Future, parecen indicar que las nuevas generaciones no están dispuestas a aceptar las dramáticas consecuencias del cambio climático porque comprometen su porvenir. Por eso se han rebelado contra nuestra desmemoria y contra esta creciente normalidad que les hemos impuesto quienes tenemos la capacidad de cambiar las cosas. Conviene que les escuchemos y que actuemos antes de que la historia sea implacable con nuestra generación, la última que tuvo toda la información y la capacidad de corregir la distopía climática.

En los últimos meses, en España –por fin– se ha abierto el debate climático, silencioso y silenciado por años. La ciudadanía tiene ahora los datos que evidencian el problema, cuenta con herramientas para poder afrontarlo y con cálculos robustos que avalan que estamos ante una oportunidad de país. 

No caigamos en el error de cocernos a fuego lento aceptando la catástrofe como la normalidad que dejaremos en herencia a quienes vienen detrás. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

La Tierra sigue calentándose


Científicos de la NASA y de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) anunciaron ayer miércoles que la temperatura media de la superficie de la Tierra en 2018 fue la cuarta más alta en casi 140 años de registro y la continuación de una tendencia innegable de calentamiento global. Como puede verse en la siguiente gráfica, hay una correlación estrecha entre las estimaciones realizadas por las principales agencias evaluadoras del clima.

Esta gráfica de líneas muestra los cambios de temperatura anuales desde 1880 hasta 2018 con respecto a la media de 1951-1980, según lo registrado por la NASA, NOAA, la Agencia Meteorológica de Japón, el grupo de investigación de Berkeley Earth y el Met Office Hadley Center (Reino Unido). Aunque hay variaciones menores de un año a otro, los cinco registros de temperatura muestran picos y valles sincronizados entre sí. Todos muestran un calentamiento rápido en las últimas décadas, y todos muestran que la última década ha sido la más cálida.

La tendencia de calentamiento a largo plazo de la Tierra se puede ver en este vídeo del registro de temperatura global de la NASA, que muestra cómo las temperaturas del planeta están cambiando con el tiempo en comparación con el promedio de referencia de 1951 a 1980. El registro se muestra como un intervalo de cinco años.

Los datos significan que los cinco años más cálidos registrados en la historia han sido los últimos cinco, y que 18 de los 19 años más cálidos han ocurrido desde 2001. El rápido aumento de las temperaturas en las últimas dos décadas confirma una tendencia documentada de calentamiento mucho más larga que apoya el consenso científico de que el cambio climático es causado por la actividad humana a través del Antropoceno.

Si bien la Tierra ha visto días más calurosos en tiempos prehistóricos y más fríos en la era moderna, lo que diferencia al calentamiento global desde la Revolución es el aumento relativamente repentino de las temperaturas y su clara correlación con los niveles crecientes de gases de efecto invernadero como el dióxido de carbono y el metano producidos por las actividades humanas.

Los resultados de este rápido calentamiento se pueden ver en las olas de calor en Australia, y en las sequías prolongadas a las inundaciones costeras en los Estados Unidos, en la desaparición del hielo ártico y en la reducción de los glaciares. Los científicos vincularon el cambio climático con los destructivos huracanes Michael y Florence de 2018 y encontraron vínculos con fenómenos como el vórtice polar, que la semana pasada olas de frío en el Medio Oeste y el Noreste de Estados Unidos, la Chiberia estadounidense.


Cambios de la temperatura tomando como referencia la media de temperaturas de la década 1880-1889. Fuente.
La temperatura de la Tierra en 2018 estuvo cerca de un grado Celsius (0,83 ºC) por encima de la temperatura media de finales del siglo XIX, cuando los humanos comenzamos a emitir grandes cantidades de dióxido de carbono a la atmósfera. Los científicos dicen que las temperaturas globales no deben aumentar en más de dos grados centígrados en comparación con los niveles preindustriales si se quieren evitar las peores consecuencias del cambio climático.

Viendo lo que está pasando, hoy por hoy parece muy probable que esa línea roja se cruce a pesar del hecho de que más de 190 países hayan firmado el Acuerdo de París, que establece objetivos para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Incluso un aumento de 1,5 grados tendrá graves consecuencias, según el panel científico de las Naciones Unidas sobre el cambio climático (IPCC). © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.


domingo, 3 de marzo de 2019

Los “pinos” más raros del mundo

Phyllocladus aspleniifolius. Foto.

Celery pines” (“pinos apio”, no me pregunten el porqué del nombre, aunque supongo que se debe al penetrante olor de su resina) es el nombre genérico con el que se conocen en Australia y Nueva Zelanda a estas curiosas coníferas, que poco tienen que ver con los pinos, salvo su relación de parentesco que podríamos comparar con la que guardan entre sí los manatíes y los elefantes, que es más de lo que la mayoría de la gente supone.

Hasta que no viajé por Australia y Nueva Zelanda la primavera pasada no fui plenamente consciente (más allá de lo que conocía por los libros) de la diversidad en forma, hábito y estrategia reproductiva exhibidos por los viejos linajes de las gimnospermas actuales. Lo que para un naturalista del hemisferio Norte aparece como un grupo poco diversificado de plantas, en las Antípodas es un grupo maravillosamente diverso, a pesar de que sea eclipsado, en lo que a diversidad de refiere, por las angiospermas.
Por ejemplo, cuando merodeaba por uno de los pocos bosques de los gigantescos kauris (Agathis australis) que el hacha y el fuego han respetado, y me encontré por primera vez con un ejemplar de Phyllocladus, el género que voy a comentar, tardé mucho en encontrarlo en mi guía de campo porque (como supongo que les sucede a muchos) su aspecto externo y el hecho de que no estuviera en fase reproductora, me arrastraban irresistiblemente a indagar entre las familias de las angiospermas.
Harto ya de estar harto, recordé la frase de Einstein: «Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo». Con más displicencia que confianza, abrí el capítulo de gimnospermas y allí estaban, primorosamente iconografiadas, unas extrañas coníferas: ¡los celery pines!
Antes de entrar en materia, déjenme que les cuente un par de cosas sobre la flora de Nueva Zelanda. En la actualidad, Nueva Zelanda tiene una pequeña pero diversa y muy original flora de aproximadamente 2.000 plantas vasculares autóctonas, a las que se suman más de 1.000 especies exóticas naturalizadas. Los bosques nativos son todos de hoja perenne, aunque localmente pueden contener elementos notables de especies caducifolias. Están dominados por varias combinaciones de gimnospermas y angiospermas, entre las que destacan las podocarpáceas entre las primeras y las hayas australes del género Nothofagus entre las segundas.
Phyllocladus trichomaniodes. Foto.
En el Pérmico (hace más de 250 millones de años) todas las masas continentales estaban reunidas en un único supercontinente, al que llamamos ahora Pangea. Hace unos 200 millones de años Pangea se había partido en dos supercontinentes: Laurasia, al norte y Gondwana, al sur. Los separaba entonces el océano Tethys, que se extendía desde el sur de Asia, por la actual cuenca del Mediterráneo, hasta la actual América, a su vez separada en dos por las de Tethys, porque Norteamérica estaba unida a Europa y Sudamérica a África.
Durante el Jurásico y el Cretácico Gondwana fue escindiéndose y dio lugar a las masas continentales de las actuales Sudamérica, África, Australia, Zealandia (el continente sumergido del que emergen Nueva Zelanda y Nueva Caledonia), el Indostán, la isla de Madagascar y la Antártida, un proceso de fragmentación y alejamiento que continuó durante el Cenozoico y permanece aún activo.
El clima de la Nueva Zelanda ancestral el clima era similar al que prevalece hoy en día. Nueva Zelanda fue colonizada por las plantas y los animales que ya existían en Gondwana. Entre los animales migrantes se encontraban los antepasados de algunos de los elementos más distintivos de Nueva Zelandia; las ranas endémicas de la familia Leiopelmatidae (notables por no tener una etapa de renacuajo libre y criarse a lomos de los machos), los tuataras del género Sphenodon (unos reptiles parecidos a las iguanas, pero provistas de tres ojos) y las aves no voladoras como el Moa y el kiwi. El mundo vegetal era también muy original, y comprendía antepasados de las coníferas modernas, incluyendo las podocárpaceas y los kauris.
Manglares de Avicennia marina en Avicennia marina en  el lago Malai, Timor
En esa Nueva Zelanda ancestral, ya geográficamente aislada, la flora continuó adaptándose y evolucionando independientemente de sus congéneres que vivían en lo que se convertiría en Sudamérica, Australia, Nueva Guinea y la Antártida. Los grandes podocarpos continuaron dominando gran parte de los bosques, pero asociados con una proporción creciente de especies de hojas anchas. Resumiendo, la flora de Nueva Zelanda tiene tres afinidades geográficas: australiana, la Paleoaustral (por ejemplo, las hayas y los podocarpos que también viven en el Cono Sur) y Malayo-Pacifica, que incluye muchos helechos arbóreos, los mangles de Avicennia marina var resinífera y el género Phyllocladus, que se distribuye fundamentalmente por Nueva Zelanda, Tasmania y Malasia, aunque hay una especie filipina que es la única que vive al norte del ecuador.
En cuanto estructura y tamaño, todas las especies son leñosas y su tamaño oscila entre un arbusto de buen tamaño (por ejemplo, de nuestra coscoja) y un árbol de tamaño mediano, como nuestro madroño. A primera vista, estas extrañas coníferas se parecen más a una angiosperma de hoja ancha. Esta similitud es superficial, por supuesto, pero ha sido el origen de no pocas controversias, que han tratado de encajar a este bicho raro entre las coníferas en donde le corresponda taxonómicamente y filogenéticamente.
Phyllocladus fue descrito en 1826 por dos naturalistas franceses, Louis Claude Marie Richard y su hijo Achille. Durante muchos años después de su descripción inicial, Phyllocladus fue colocado en una familia propia-Phyllocladaceae, donde estaba ubicado en mi curso universitario de Fanerogamia. Los modernos análisis moleculares han añadido alguna confusión. A pesar de sus características morfológicas únicas, sus características genéticas le hacen encajar muy bien en la familia Podocarpaceae (recuérdese al respecto lo que decía antes de los manatíes y los elefantes). Pero dejémonos de afinidades familiares y vayamos al grano de las originales características de los pinos apio.
Los filóclados del rusco parecen hojas, pero la posición de las flores y los frutos denuncia que son tallos modificados.
Para empezar, tenemos las "hojas". Pongo la palabra “hojas” entre comillas porque no son verdaderas hojas. El término correcto para estas estructuras es filóclado (de ahí el nombre del género). Un filóclado es una proyección aplanada de una rama que adquiere la forma y función de una hoja. Mientras que redactaba este artículo me devanaba los sesos pensando en algún ejemplo de la flora ibérica que me sirviera como ejemplo. Se me ha ocurrido uno: el rusco (Ruscus aculeatus), que les describo en la foto adjunta.
En los Phyllocladus lo que conocemos como hojas se ha reducido. Si quiere verlas, tiene que mirar atentamente las puntas de los filóclados. Al principio de su desarrollo, las hojas existen como diminutas escamas marrones. Estas escamas se pierden gradualmente con el tiempo, ya que no tienen ninguna función en la planta.
Aunque nadie ha probado esto directamente (que yo sepa), y a riesgo de que algún especialista me corrija, la evolución de los filóclados probablemente tiene que ver de una forma u otra con el ahorro de energía. ¿Por qué producir tallos y hojas cuando se puede optar por estructuras similares a los tallos para que hagan el trabajo? Para enredar un poco más, algunos botánicos sugieren que considerarlos tallos en el sentido más verdadero de la palabra es erróneo, porque morfológicamente hablando comparten rasgos que son intermedios entre ramas y tallos. Voy a tener que estudiar más antes de que me sienta cómodo elucubrando sobre este punto. Quienes estén interesados, que consulten las referencias bibliográficas que dejo más abajo.
Agrupación de conos masculinos en los extremos de las ramas de P. trichomanioides. Foto
Phillocladus enseña su personalidad de conífera (recuerden que se llaman así porque sus estructuras reproductoras masculinas y femeninas se disponen en conos) cuando llega el momento de la reproducción. Todos los miembros del género Phyllocladus producen conos. Los conos masculinos son estructuras diminutas y cilíndricas ubicadas en los extremos de sus ramas laterales, que recuerdan a los conos masculinos de los cipreses, por citar un ejemplo.
Los conos femeninos se agrupan en grupos a lo largo de las axilas o márgenes de los filóclados. Una vez fertilizados, estas plantas ofrecen otro poquito de confusión para el observador ocasional. Si uno ha visto alguna vez la semilla rodeada de una carnosidad roja (el arilo, diría un botánico) de los tejos europeos (Taxus baccata), podrá imaginarse mejor lo que voy a contarles.
Conos femeninos con brácteas rojas de P. aspleniifolius. Foto
Como los tejos, Phyllocladus es otro género de coníferas que ha convergido en una estrategia de dispersión de semillas que, sin serlo, parecen frutas. A medida que los conos femeninos maduran, las escamas que las protegen (las brácteas seminíferas, diría nuestro amigo el botánico tiquismisquis) se hinchan gradualmente y se vuelven rojas y atractivas como si fueran bayas. El arilo rojo brillante contiene una sola semilla cubierta por una epidermis blanca. Estos arilos carnosos funcionan de manera similar a las frutas: atraen a las aves, que consumen el arilo, se tragan la semilla y luego la dispersan con sus heces. Cuando caen al suelo, las semillas van rodeadas de un fértil estiércol. Ingenioso ¿verdad?
Otro aspecto curioso de la morfología de Phyllocladus se produce por debajo del suelo. Las raíces forman nódulos, que proporcionan un hogar para bacterias especializadas en la fijación de nitrógeno atmosférico. A cambio de un hogar y algunos carbohidratos procedentes de la fotosíntesis, las bacterias pagan a los árboles con el imprescindible nitrógeno que de otro modo no estaría disponible en el suelo.
Eso lo hacen algunas plantas, entre otras muchas leguminosas, pero es una cosa bastante curiosa un grupo tan esotérico de coníferas. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

Bibliografía recomendada: [1] [2] [3] [4] [5]