sábado, 30 de enero de 2010

Carlos II El Hechizado: Impotentia est maleficium





Mientras leo el recientemente publicado libro del historiador francés Joseph Pérez La légende noire de l’Espagne (Fayard, 2009), una obra continuista de quienes -como Julián Juderías y Loyot- se propusieron combatir nuestra “leyenda negra” por la expeditiva vía de desmentir su contenido, el azar de la navegación por Internet en busca de una información sobre genética de plantas me lleva al número cuatro de la revista Plos One (www.plosone.org). Por lo insólito del tema en una publicación biomédica, me llama la atención un artículo de tres genetistas de la Universidad de Santiago que se ocupa de la endogamia que acabó con la rama española de los Habsburgo, los Austrias, la dinastía que reinó en nuestro país entre 1516 y 1700.

Esta historia, como la Historia, es contagiosa. Interrumpo sin remordimiento el asunto que tenía en mente y me zambullo en la lectura de un tema que me parece apasionante y que me remite a sendos libros escritos por dos compañeros de la Universidad de Alcalá que leí hace algún tiempo: Carlos II el Hechizado. Poder y melancolía en la corte del último Austria (Temas de Hoy, 2003), de Jaime Contreras, catedrático de Historia Moderna, y Carlos II el Hechizado (colección Aqueronte de Ediciones Irreverentes, 2003), de Antonio López Alonso, un catedrático que se sitúa en la línea de los médicos con vocación literaria que, como Gregorio Marañón o Pedro Laín Entralgo, han dejado algunas de las mejores páginas de la literatura historiográfica española.



«De los cinco Austrias –escribió Gregorio Marañón en un ensayo sobre el Conde-Duque de Olivares- Carlos V inspira entusiasmo; Felipe II, respeto; Felipe III, indiferencia; Felipe IV, simpatía, y Carlos II, lástima». Durante los pocos más de cien años que transcurren entre la muerte de Felipe II (1598) y la de Carlos II (1700) -un rey que creía estar poseído por el demonio y que sólo era un tristísimo, se produce la lenta agonía de una familia que comenzó a reinar con deslumbrante brillo, alzó a la corona española hasta aquel «Imperio en el que nunca se ponía el Sol», comenzó a decaer agónicamente durante el Setecientos y sucumbió en medio de una farsa grotesca de validos corruptos, frailes milagrosos, conjuros de brujas, iluminados protomédicos, bastardos ennoblecidos, bufones contrahechos, meninas y pícaros, cuyos prototipos retrató Velázquez en el último grito de gloria de las armas españolas, La rendición de Breda, y en la miseria social de los borrachos y mendigos, símbolos de una sociedad finisecular arruinada por el vellón, desangrada en guerras que no eran suyas y diezmada por las pestes, un escenario histórico convertido en el fúnebre túmulo de una dinastía abandonada por la Providencia.



El Hechizado fue la última de las víctimas de los repetidos cruces entre parientes próximos que se dieron en sus antepasados, tanto recientes como remotos. Su coeficiente de endogamia era altísimo, similar al del fruto incestuoso de una relación entre padre e hija o entre hermano y hermana, según han demostrado los científicos gallegos basándose en el estudio de 16 generaciones antecesoras de Carlos II, lo que representa calcular el coeficiente de endogamia de 3.000 personajes regios.

El coeficiente de endogamia (F) indica la probabilidad de que alguien reciba, en una determinada localización (locus cromosómico), dos genes idénticos debido a un ancestro común de sus padres. Así, a medida que F es mayor aumentan las probabilidades de que se formen homocigotos que transportan enfermedades autosómicas recesivas. Los coeficientes normales individuales son del orden de F = 1/64 a 1/128, alrededor de 1% de riesgo de homozigosis. El análisis de la endogamia en las tres generaciones que precedieron a Carlos II es impresionante: nueve de 11 matrimonios fueron consanguíneos, de modo que El Hechizado fue descendiente de tres generaciones de abuelos y abuelas con siete matrimonios consanguíneos fácticamente incestuosos, con coeficientes de endogamia de F = 1/8 y F = 1/16, es decir con 12,5% y 6,25% de genes idénticos por descendencia. Varios miembros de la familia tenían coeficientes de endogamia superiores al 0,20, lo que significa que más del 20 por ciento del genoma se esperaba que fuera homocigótico para estos individuos. De este modo, a medida que tendían a casarse con familiares para preservar su dinastía, F iba aumentando generación tras generación: desde 0,025 en Felipe El Hermoso -fundador de la dinastía- a 0,254 en Carlos II, cuyo código genético era una verdadera bomba autodestructiva.



Impotentia est maleficium. La impotencia era una maldición diabólica. Según su contemporáneo el Duque de Maura, «Satanás se había apropiado del Rey», quien estaba «doblemente ligado por obra maléfica, para engendrar y para gobernar. Se le hechizó cuando tenía catorce años con un chocolate en el que se disolvieron los sesos de un hombre muerto para quitarle la salud y los riñones, para corromperle el semen e impedirle la generación». La realidad -nos recuerda López Alonso- era más prosaica, no había hechizo sino degeneración patológica, como puso de relieve el acta de su autopsia en la que el cirujano describe con crudeza: «No tenía el cadáver ni una gota de sangre, el corazón aparece del tamaño de un grano de pimienta; los pulmones corroídos; los intestinos putrefactos y gangrenados; un solo testículo, negro como el carbón, y la cabeza llena de agua».

Una descripción postmortem que confirmaba otras hechas en vida, como la del embajador francés cuando escribe a Luis XIV: «El príncipe parece ser extremadamente débil. Tiene en las dos mejillas una erupción de carácter herpético. La cabeza está completamente cubierta de costras. Desde hace dos o tres semanas se le ha formado debajo del oído derecho una especie de canal o desagüe que supura [...]. Asusta de feo». La descripción que el Nuncio papal remite a Roma presenta el patético retrato de un rey de 25 años: «El rey es más bien bajo que alto, [...] feo de rostro; tiene el cuello largo, la cara larga y como encorvada hacia arriba; el labio inferior típico de los Austria; [...]. No puede enderezar su cuerpo sino cuando camina, a menos de arrimarse a una pared, a una mesa u a otra cosa. Su cuerpo es tan débil como su mente. De vez en cuando da señales de inteligencia, de memoria y de cierta vivacidad, pero raramente; por lo común tiene un aspecto lento e indiferente, torpe e indolente, pareciendo estupefacto. Se puede hacer con él lo que se desee, pues carece de voluntad propia».

La genética había impuesto sus reglas: Cuando el 1 de noviembre de 1700 Carlos II, pronuncia sus últimas palabras –«Me duele todo»- y expira, han transcurrido exactamente dos siglos desde el nacimiento de Carlos V, cerrándose con su último estertor el negro telón del ocaso imperial tras el cual los Habsburgo no sólo perdían España sino también los Países Bajos y el Nuevo Mundo. Los Austria fueron la mejor prueba de que las grandes dinastías están inexorablemente destinadas a la extinción cuando la mezcla endogámica de las sangres reinantes trata de corregir los designios de la historia y de enfrentarse vanamente a los imperativos de la naturaleza.



Bolonia: ni lanzamiento de cohetes ni quema de contenedores



Respiro con tranquilidad. Acabo de finalizar la corrección de los exámenes finales de la asignatura que he impartido por primera vez en el recién implantado Grado de Ciencias Ambientales. Tras explicar las materias de mi especialidad con los métodos tradicionales durante casi 30 años, la aplicación práctica del método “Bolonia”, que entre otras cosas significa más trabajo para estudiantes y profesores, era para mí una nueva experiencia que aunque estaba ofreciendo unos excelentes resultados en términos de participación activa de los estudiantes en las clases teóricas y prácticas, todavía no había demostrado su eficacia en la pruebas finales. Tras corregir, compruebo con satisfacción que el trabajo continuado durante el cuatrimestre ha dado sus frutos: la mayoría de los estudiantes han superado sobradamente las pruebas.

Compruebo así que cuando hace un año estaban en su apogeo los movimientos “anti Bolonia”, ni las cosas estaban para quemar contenedores, como tampoco lo están ahora para tirar cohetes. Queda aún mucho trabajo por hacer para generalizar un modelo que implica profundos cambios metodológicos, pero sobre todo de actitud y mentalidad en estudiantes y profesores. Conviene recordar a Unamuno cuando hace un siglo escribía: «¿Reforma, revolución de la enseñanza? Donde habría que hacerla es en las cabezas de los que enseñan, o por lo menos en las de los que han de enseñar». Y es que lo primero que hay que asumir es un cambio en la actitud con que nos enfrentamos al proceso docente en plena “sociedad del conocimiento”, sintagma usado hasta la saciedad pero no por ello vacío de contenido.
 
Cuando hasta ahora había pronunciado a favor de la reforma había recibido miradas de escepticismo, sonrisas burlonas y frases del tipo «pues deber ser el único», a veces acompañadas de afirmaciones, algunas más apocalípticas que otras, pero casi todas negativas para Bolonia, lo que hacía pensar que la universidad española vivía en el mejor de los mundos, como si nuestros jóvenes licenciados tuvieran una formación completa gracias a los actuales planes de estudio; como si no tardaran en obtener su título una media de años escandalosamente superior a la prevista; como si la «degradación de los estudios» que perciben algunos hubiera comenzado con la aplicación de Bolonia y no la percibieran ellos mismos en las últimas décadas; como si nuestros antiguos alumnos no estuvieran abocados a encontrar un trabajo ajeno a su titulación; como si no supiéramos que en la lista de las mejores universidades del mundo no hay ninguna española.



La transmisión del conocimiento dejó de ser un poder en manos de unos pocos para volar libremente cuando a mediados del siglo XV Gutenberg inventó la imprenta abriendo con ello el principio del fin del viejo sistema dogmático de transmisión oral del conocimiento que había imperado en la Universidad medieval desde su fundación tres siglos antes. En los libros cabía más conocimiento del que podía contener el cerebro del más sabio de los maestros. Estos, en su mayoría eclesiásticos, captaron rápidamente el problema: los libros transmitían más información que ellos. Si la autoridad docente se basaba en la información y un libro acumulaba más información, se perdía el respeto al catedrático en beneficio del libro. Así que los libros, ¡al fuego! Las plazas se llenaron de hogueras que trataron de impedir la difusión de aquellos objetos que estaban cambiando el mundo. Sin embargo, el camino emprendido era entonces, como ocurre ahora con Internet, imparable e irreversible.

Aún estamos lejos de asimilar el impacto que va a suponer la prodigiosa biblioteca virtual y gratuita que es Internet, pero sin duda será mucho mayor que la que tuvo la imprenta. La nueva realidad es que la aldea global en la que se combinan lo material y lo virtual está generando una nueva forma de asimilar, de comprender, de aprender, de aprehender y de enfrentarse al mundo nuestros estudiantes que hace imprescindible que los docentes de todos los niveles la descubramos y la explotemos lo máximo posible.



Conforme he ido avanzando en mi actividad universitaria he ido aprendiendo que cuanto más conozco, más ignoro. Ahora me doy cuenta, además, de que cualquier alumno podría preguntarme: «¿Por qué cree, profesor, que usted sabe más que Internet? Todo lo que nos ha contado a lo largo de la clase lo he encontrado en mi navegador; eso, y mucho más que usted ha olvidado». Y tendría toda la razón. El acceso a la información es hoy astronómicamente mayor que el que existía no ya cuando yo estudiaba la licenciatura, sino cuando accedí a la cátedra universitaria hace veinte años. Hoy, cuando entro en el aula, reconozco el escenario y podría impartir la clase como hice siempre, porque hay estudiantes, una pizarra y tizas, una pantalla y un par de proyectores. Podría hacer lo que he hecho durante muchos años: transmitir conocimientos de forma oral. Pero el ojo ciclópeo del ordenador me abre las puertas a un mundo de infinita información. Ahora no tengo que remar; me basta con dirigir la navegación.

Como me pasó a mí y como le pasa a todos los jóvenes licenciados en el momento de su graduación, cuando se termina el último curso uno apenas retiene una fracción ínfima de los conocimientos que creyó ilusamente adquirir a lo largo de la carrera. ¿Qué sentido tiene devorar toneladas de conocimientos que se olvidan apenas superados los exámenes? ¿No es mejor enseñar a encontrarlos, recopilarlos, analizarlos y criticarlos para separar lo importante de lo superfluo y lo cierto de lo falso? ¿Acaso no es eso –abrir camino, avanzar, retroceder, indagar, escudriñar, errar y acertar- lo que hacemos los investigadores todos los días? Ya no basta con contar lo que hay que estudiar: hay que enseñar a estudiar.

Estamos en una nueva era en la que los viejos métodos ya no sirven para ir al sitio habitual por la senda habitual, porque en la nueva sociedad las distancias están desapareciendo vertiginosamente. El camino habitual es el que recorrimos nosotros y no podemos pretender que nuestros estudiantes se preparen sólo para hacer lo que hicimos nosotros. De aquí para atrás ya sabemos lo que hay. De aquí para allá está el futuro de la educación superior basado en la nueva sociedad del conocimiento, en el inmenso océano de información en el que nos corresponde enseñar a estudiar y a razonar. Hay que hacerlo para que no nos ocurra lo que decía García Márquez: «desde muy pequeño tuve que abandonar mi educación, para empezar a ir a la escuela».



domingo, 24 de enero de 2010

¿Gaudeamus Igitur o Dies Irae?





No descubro ningún misterio si digo que el estado actual de las universidades españolas no es bueno, pero también debo decir sin caer en la jactancia que tenemos la mejor universidad de la historia de España. En los últimos 30 años la universidad española ha dado un salto de gigante. Se ha multiplicado el número de universidades hasta alcanzar las 77 y un crecimiento tan acelerado sólo podía hacerse en detrimento de la calidad. Pero es mucho mejor tener universidades mediocres que no tenerlas, de la misma forma que la profusión de escuelas primarias, sean cuales sean las carencias que algunas presenten, significa un notable avance con respecto a los índices de escolarización que tuvimos hasta la pasada década de los 70. Por tanto, antes de fustigar al sistema educativo español en general, y a la universidad en particular, conviene tomar ciertas referencias.

En 1900, en España había una tasa de analfabetismo del 64%, que había descendido en 2001 al 2´4%. Hasta 1845 no se crean los primeros institutos de enseñanza media; con la Ley Moyano de 1857 se consigue que haya uno en cada capital de provincia y dos en Madrid. Hasta la Constitución de 1931 no se instaura la enseñanza primaria obligatoria (y gratuita), una conquista social que en Europa tenía entonces siglo y medio de antigüedad. Al comenzar el siglo XX, solamente el 2% de los jóvenes españoles cursaban estudios secundarios; en vísperas de la guerra civil llegaron al 5%; en 1959, al 14% y en 1990, al 40%. En 1900, sólo 16 jóvenes mayores de 24 años de cada 100.000 tenían un título universitario; en los años 70, ya eran cien, y al finalizar el siglo pasado, mil. La Ley Moyano, que siguió el modelo napoleónico exclusivamente orientado a la creación de escuelas especiales para formar a los cuadros funcionariales y dirigentes requeridos por el Estado, creó diez distritos universitarios, satélites todos ellos de la Universidad Central de Madrid, adonde en 1836 se había trasladado la de Alcalá, la única que otorgaba el título de doctor. La ley gravitacional que unía a todas las universidades españolas era el Concordato de 1851, que imponía el derecho de la Iglesia a controlar que no se enseñase en ellas nada que fuese contrario «al dogma y a las buenas costumbres».




Mientras tanto, las universidades europeas y norteamericanas habían experimentado una profunda y positiva transformación que había seguido el modelo instituido en la universidad de Berlín en 1810. Para adoptar eficazmente ese modelo con garantías de éxito, era necesario cumplir varios requisitos, entre los que cabe destacar la configuración de la universidad como un espacio de libertad dentro de una sociedad de las libertades; el abandono de las viejas prácticas de transmisión magistral y dogmática de la información, que debían ser reemplazadas por el razonamiento y la crítica de todo conocimiento; la adecuada preparación de los estudiantes en sus dos etapas previas al ingreso en la universidad y, finalmente, la consideración de la educación y de la investigación no como un gasto, sino como la mejor inversión para el desarrollo del país.



Coincidirán conmigo en que ninguna de esas circunstancias se han dado conjuntamente en los dos últimos siglos de historia de España, por lo que a finales de la década de los 70 del siglo pasado el sistema universitario español había alcanzado tales cotas de esclerosis e inmovilismo que era imprescindible diseñar una nueva estrategia de gobierno y gestión que, sin menoscabo de las funciones docentes, les permitiera seguir el modelo poshumboldtiano característico de las universidades modernas intensivas en investigación y en transferencia de tecnología. La profunda transformación organizativa que experimentó la Universidad española a raíz de la Transición ha representado, con sus luces y sus sombras, una mejora indiscutible en los ámbitos docente e investigador.


En los años que han transcurrido desde la promulgación de la Ley de Reforma Universitaria (1983), las universidades españolas han evolucionado positivamente. Además, esa transformación hizo de las universidades puntos de centralidad educativa, cultural y de generación de riqueza y bienestar, lo que obligó al sistema universitario español a dar respuesta al acceso universal a la formación superior y a los requerimientos y a las prioridades territoriales ligadas a las políticas autonómicas, al mismo tiempo que tuvo que enfrentarse a una creciente competitividad a nivel internacional en la captación de recursos, talento y oportunidades, que son los factores clave de la excelencia universitaria.


Pero los retos y los desafíos cambian, y los nuevos escenarios exigen nuevas actitudes y nuevos compromisos. A la vez que reconocemos nuestros avances, hemos de reconocer que nuestras universidades no ocupan puestos relevantes en las clasificaciones internacionales de calidad. Los resultados globales de las universidades españolas ni siquiera están a la altura que les correspondería atendiendo a nuestra potencialidad socioeconómica. Ha llegado el momento de sustituir expansión por calidad y para ello es imprescindible considerar algunos principios básicos.





El primero de ellos es que, frente al modelo uniforme que domina ahora, es imprescindible que todas las universidades tengan en el futuro su propio perfil, que asuman que es imposible que en todas las ramas del conocimiento se alcance el mismo nivel de excelencia. El Estado autonómico favorece la diferenciación entre universidades: en unas se hará ciencia y habrá que enseñar a hacerla, mientras que otras se centrarán en preparar profesionales con muy distintas exigencias de conocimiento. Unas y otras seguirán siendo universidades. El segundo principio es favorecer que las universidades compitan entre sí, lo que únicamente se logra si a su vez se compite en el interior de cada una. La potenciación de la Universidad requiere arriesgarse a apostar por ciertas líneas y actividades, especializarse en campos en los que pueda tenerse una cierta presencia internacional y abandonar las políticas que conducen a la mediocridad general. La tendencia hacia la uniformidad y el “café para todos” pueden comprometer un proyecto positivo e imprescindible si se pretende cambiar en profundidad, mejorándolo, el modelo universitario.

La responsabilidad es de todos, pero sobre todo de los que estamos dentro. «Si quieres cambiar un cementerio, no puedes esperar mucha ayuda de los que están dentro», dijo una ex rectora de la Universidad de Oslo. Demostremos que estamos vivos. De lo contrario, es muy posible que en los paraninfos universitarios, en lugar del Gaudeamus Igitur haya que entonar el Dies Irae.


La buena salud de las ciencias biomédicas en la Universidad de Alcalá





La colocación simbólica de la primera piedra del Instituto Cajal la pasada semana en el Campus de Experimentales es una prueba más de que las ciencias biomédicas gozan de buena salud en la Universidad de Alcalá (UAH).

La investigación y la docencia en biomedicina son dos de los pilares que deben sustentar la UAH en la competencia por la calidad que se va a establecer en los próximos años dentro del sistema universitario español. Los rankings que clasifican a las universidades de todo el mundo están cambiando su punto de vista a la hora de valorar los indicadores de calidad. Mientras que hasta ahora se venía utilizando como criterio generalista el valor medio de la productividad investigadora por profesor, cada vez se va imponiendo más la clasificación por “islas de excelencia”, un sistema que reduce el análisis a disciplinas puntuales. La última entrega del más difundido de esos escalafones, presentado por la Universidad de Shangai Jiao Tong en diciembre de 2009, ha introducido un enfoque más matizado y certero en su clasificación. Esta vez han diagnosticado también cuáles son las universidades que mejor hacen las cosas en seis áreas clave: Matemáticas, Física, Química, Ciencias Computacionales y Economía/Empresa. Mientras que utilizando el criterio generalista las universidades españolas apenas aparecen entre las 500 primeras, baremando en esas seis áreas aparecen cinco entre las cien primeras.

La identificación de las “islas de excelencia” va a ser, sin duda, el criterio que se imponga en el futuro; cualquier universidad competitiva que aspire a jugar en las grandes ligas internacionales de las universidades “completas” debe identificar esas áreas, potenciarlas y cuidarlas porque esas, y no otras, se convertirán en el motor impulsor de toda la institución.



Por eso, la llegada al Campus externo de dos nuevos institutos, el de Medicina Molecular Príncipe de Asturias (IMMPA) y el Cajal (IC), es una excelente oportunidad que debemos alentar en el futuro inmediato. Ambos institutos pertenecen al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), aunque tendrán una personalidad jurídica diferente: mientras que el primero se configura como un centro mixto cuya titularidad es compartida con la Universidad de Alcalá, el IC es un centro exclusivo del CSIC. Ambos se ubicarán muy próximos a la Facultad de Medicina, a la Escuela de Enfermería-Fisioterapia y al Hospital Príncipe de Asturias, lo que, junto a su proximidad al edificio de Farmacia y al de Biología Celular y Genética, generará un verdadero “biocorredor” dentro del campus que supondrá un importante núcleo de actividad en diversos aspectos relacionados con la salud humana.

La incorporación de estos dos centros reforzará sin duda la capacidad investigadora de nuestra Universidad y es, en ambos casos, una operación de gran importancia. Partiendo de esta incuestionable premisa, quizá sea interesante analizar con algo más de profundidad los beneficios tangibles que cabe esperar de su implantación en nuestro Campus. El primero de ellos podríamos centrarlo en las nuevas oportunidades que abre a nuestros estudiantes de los diversos grados en Ciencias de la Salud, que tendrán muy cercanos unos excelentes centros de referencia en los que conocer de primera mano la actividad investigadora en biomedicina, donde se desarrollarán seminarios científicos de profundo interés y especialización y donde, en caso de optar por una carrera científica, podrán realizar sus estudios de postgrado con niveles académicos de excelencia que amplían la oferta generada por diversos departamentos universitarios.

A priori podría pensarse que su importancia en la mejora de la investigación en nuestra Universidad es igual de inmediata. Pero, a este respecto, es necesario plantear algunas reflexiones más. En primer lugar, no debe asumirse directamente que el hecho de contar con importantes recursos y grupos de investigación externos en nuestro campus sea equiparable a una mejora inmediata en la calidad investigadora de la Universidad. En este sentido quisiera hacer notar que en todo momento he hablado de la incorporación de estos institutos a nuestro Campus y, de forma consciente, he evitado hablar de su plena integración en la Universidad. En el caso del Instituto Cajal porque, de hecho, no se incorpora a la Universidad: se trata de un centro del CSIC que migrará desde su ubicación actual en el centro de Madrid a nuestro campus. Al tratarse de un centro de titularidad exclusiva del CSIC, todos sus investigadores pertenecen y pertenecerán al mismo. Ello no ha impedido que en los acuerdos tomados para su implantación en Alcalá se haya avanzado en prever colaboraciones entre ambas instituciones tanto desde el punto de vista de investigación como en el de docencia.



En el caso del IMMPA, al tratarse de un instituto mixto CSIC-Universidad, la situación debería ser todavía más favorecedora para la UAH. En este caso sí que está contemplada la incorporación al nuevo centro de grupos de investigación formados por profesores de la UAH que tendrán acceso a los importantes recursos con que se dotará el centro. De esta manera, la mejora en los indicadores que juzgan la investigación en nuestra Universidad debería ser palpable. Es necesario recordar que, a la hora de la verdad, la calidad de las publicaciones de nuestros profesores, junto con algunos otros resultados cuantificables como las patentes, constituye la base de los criterios que se utilizan para evaluar la calidad de las Universidades.

Es tarea de todos conseguir que la implantación de estos dos nuevos centros contribuya a escalar posiciones en los indicadores de productividad científica, que es lo que realmente redundará en la mejora de la calidad investigadora de la UAH. Pensando en mínimos, es obvio que simplemente la existencia de una importante masa crítica investigadora de excelencia en un entorno próximo repercutirá directamente en mejoras sobre la situación actual. Sin embargo, es una excelente oportunidad para pensar en alcanzar la máxima sinergia posible con estas dos importantísimas incorporaciones, las cuales, por otra parte, refuerzan las oportunidades que supone esa auténtica “biorregión” que es el Corredor del Henares.

martes, 19 de enero de 2010

Lo que no se evalúa, se devalúa





En el Consejo de Gobierno de la Universidad de Alcalá celebrado el día de hoy hemos aprobado por unanimidad el Manual de Evaluación de la Actividad Docente que a partir del próximo curso será la herramienta a utilizar en sustitución de las encuestas practicadas hasta ahora para valorar las actividades de los profesores. Se trata de una excelente noticia que merece alguna reflexión.

Se puede concebir al profesor universitario actual como un profesional del sistema educativo que, en colaboración con otros docentes de distintos niveles, tiene como cometido que los estudiantes aprendan y se interesen por el conocimiento. Además, a diferencia de lo que ocurre en otros niveles educativos, del profesor universitario se espera que haya adquirido las competencias y capacidades para desarrollar una investigación de calidad en el campo de su especialidad. Aunque asumamos la doble faceta docente e investigadora/innovadora del profesor universitario, no existe un único perfil de profesor-investigador, aunque por simplificar podemos situarlo entre dos modelos extremos: el del investigador que enseña y el del docente que investiga.


Desde la promulgación de la Ley de Reforma Universitaria (LRU) de 1983 el sistema universitario español apostó por el modelo de profesor-investigador (PDI), un modelo que ha sido asumido en las sucesivas modificaciones legales, aunque desde los primeros procesos de selección de profesorado se apreció un claro desequilibrio en la evaluación de la actividad docente e investigadora. El Real Decreto 1086/1989, pretendió incentivar la labor docente e investigadora individualizada mediante la concesión de retribuciones quinquenales por actividades docentes evaluadas positivamente y por tramos de seis años de investigación de producción científica de calidad. No cabe la menor duda de que los conocidos como sexenios han sido uno de los factores que más han contribuido a que la investigación española haya subido muchos enteros en el contexto internacional. Por el contrario, la docencia no ha sido nunca adecuadamente evaluada y los quinquenios se conceden automáticamente, con independencia de la calidad del trabajo realizado.




Debido a la excelencia investigadora exigida a los profesores para la obtención de sexenios, desde la implantación de la LRU la selección de profesorado se rigió de forma casi exclusiva o muy predominante por los méritos de investigación y nada o casi nada por la docencia, lo que ha conducido a percibir la actividad docente como el “peaje” inevitable para poder ejercer la investigación dentro del sistema universitario, una percepción que conduce al modelo del investigador que enseña, pero al que la enseñanza le “distrae” de la principal actividad por la que es valorado. Consecuencia de ello es la aparición del sintagma “carga docente” como expresión peyorativa de la actividad educativa en los departamentos universitarios, en los cuales la investigación no es considerada como carga, sino como símbolo de excelencia.

La sobrevaloración de la actividad investigadora ha ido instalando la percepción de que la actividad docente ni se ha evaluado convenientemente en los procedimientos de selección del profesorado o en la concesión de quinquenios, ni se ha estimulado institucionalmente a nivel de universidades, autoridades autonómicas y estatales. El extinto sistema de Habilitación para acceder a los cuerpos de funcionarios, su heredero procedimental (la Acreditación) y el EEES han puesto nuevamente a la actividad docente el punto de mira, aunque por el momento la metodología de su evaluación parece ser mucho más compleja y difícil de aplicar que la utilizada en investigación, sea por la ausencia de una cultura de evaluación, sea por la propia dificultad intrínseca de la misma o por la falta de voluntad política de aplicarla.

Sea como fuere, la universidad española tiene una asignatura pendiente que puede suponer una devaluación de la enseñanza, dado que lo que no se evalúa, se devalúa. Pero la buena noticia es que ya estamos en condiciones de superar este desajuste. La implantación en nuestras universidades del programa Docentia, promovido por la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y ahora adaptado a la UAH a través del Manual, permite contar con un instrumento clave para abordar la evaluación de la actividad docente y supone una oportunidad única para revitalizarla.


La cultura de la evaluación es una forma de reconocer el esfuerzo de muchos profesores en su quehacer cotidiano, de unos docentes que necesitan que su labor sea valorada, incentivada y premiada. Como miembro del Consejo de Gobierno me congratulo de haber colaborado en la implantación de este procedimiento de evaluación que aumentará la calidad de la labor docente del profesorado y la de la UAH, cumpliendo así con la responsabilidad de ofrecer un mejor servicio a la sociedad a la que nos debemos.


Nos hemos adelantado a aprobar un modelo de evaluación cuya implantación a corto o medio plazo será ineludible debido a la declarada y decidida voluntad de las administraciones competentes de considerar a las evaluaciones docentes –en paridad con la investigación/innovación- como uno de los requisitos fundamentales para acreditar a quienes aspiren a la contratación o a la promoción dentro del sistema universitario español.





domingo, 17 de enero de 2010

La vida en minúscula


«El arte consiste precisamente en no escribir lo que se tiene que decir, sino algo completamente imprevisto.» Witold Gombrowicz.



Alfred Polgar hacia 1940

 «Como una aparición, emergió en la Viena en decadencia un mundo de imágenes escondido, y en los muros de sus casas, en el estuco mellado, se pudo apreciar, como si fuera una mancha blanca, el sello premonitorio que Polgar ya había sabido leer.» Así se refería Walter Benjamin a los textos del escritor Alfred Polgar (Viena, 1873-Zurich, 1955), a quien consideraba el cronista de la decadencia vienesa.

Polgar es un escritor casi desconocido en España (el mejor testimonio: no aparece en la versión española de Wikipedia, mientras que la versión inglesa remite a la alemana) al que he llegado las pasadas navidades gracias a la casual caída en mis manos del único de sus libros publicado en español, La vida en minúscula, rescatado en España por Acantilado, una editorial joven que está obteniendo éxito tras éxito recuperando obras olvidadas de escritores extraordinarios. Un consejo de lector; si buscas un libro al azar y te tropiezas con cualquiera de los publicados por Acantilado, cógelo: no te defraudará.

Y en el caso del libro de Polgar aún menos. No te fíes de mi, fíate de Kafka, para quien Polgar era uno de sus escritores favoritos y acerca de cuya prosa escribió: «Las frases de Alfred Polgar son tan fluidas y agradables que acogemos sus textos como una especie de entretenimiento social inofensivo, y no nos percatamos de cómo nos influyen y educan. Bajo el guante frío de la forma se esconde una voluntad esencial fuerte e intrépida.»




Alfred Polgar cultivó el formato breve. La vida en minúscula, una colección de treinta relatos que eluden la retórica o lo superfluo, es una pequeña joya, uno de esos libros que a uno, sin darse cuenta, le atrapan hasta absorberlo por su sencillez, su inteligencia y su prosa breve, nítida y aguda. Hay cuentos que apenas ocupan una página, narraciones que recrean lo real con una brevedad casi mágica, sin que la fugacidad del texto produzca la sensación de lo inacabado. En poco más de cien páginas, el escritor vienés muestra las carencias de la condición humana, la extraordinaria superficialidad de los afectos y su falta de fe en el progreso. Para Polgar, la humanidad no avanza hacia lo mejor, sino hacia el desorden, hacia la discordia universal. Su mirada es la mirada de un moralista, que contempla la historia afligido por la prosperidad del sufrimiento. Han transcurrido más de cincuenta años desde su muerte y el pesimismo sólo ha renovado sus argumentos. Sólo nos queda la lucidez de reconocerlo.

Todo un descubrimiento. Os dejo una pequeña perla que refuerza lo que decía de él Musil, que la ironía de Polgar «desvelaba las imposturas de la sociedad burguesa, tan perversa como autocomplaciente».  Se comprende también que Polgar fuera uno de los muchos escritores perseguidos por el nazismo.


 

Diálogo entre caballos

-Dime, Bayo, ¿por qué dejas que un mono encorvado vestido de colorines se siente en tu pescuezo, te taladre los ijares con un hierro puntiagudo y te azote con la fusta?
-No preguntes tonterías, Alazán. Tiene que ser así.
-¿Por qué?
-Porque sí. Nosotros tenemos que dar hasta donde alcancen los pulmones, el corazón, los músculos y los nervios. Luchar y vencer, ése es el lema caballeril.
-¿Por qué debemos luchar y vencer?
-En primer lugar, por el premio; y en segundo por el honor.
-Pero no nos los llevamos nosotros, sino nuestros propietarios.
-Por eso, si somos buenos, los propietarios nos palmean la grupa. ¡Qué bien sienta esto a las ancas de un caballo fiel!
-¿Y qué se te ocurre cuando en medio de la carrera te quedas sin resuello y sientes que no das más de sí, desfalleces y estiras las cuatro patas?
-Entonces me digo: ¡aguanta! Y para aguantar recibo el acicate de las espuelas y la fusta.
-¿No has pensado nunca en tirar a tu jinete?
-¡Jamás! ¿Cómo puedes preguntar tal cosa? ¡Pongo el corazón y los cascos para el propietario y el jockey!
-¡Qué asco de cuadrúpedo! ¡Ni que tuvieras alma humana!
Bayo se aparta un poco de Alazán, alza el cuello, vuelve ligeramente la cabeza y le espeta con displicente indignación: ¡BOLCHEVIQUE!

ALFRED POLGAR, 1920

sábado, 16 de enero de 2010

Una pizca de Antonio Machado



Sin saber por qué, esta mañana me he levantado con ganas de releer a Machado. En el enlace adjunto al título os he escrito una selección de poemas que a mi me gustan especialmente. Están copiados de la selección de sus Poesías Completas, publicada en la vieja colección de Austral, de Espasa Calpe. Se publicó por primera vez en 1940, aunque yo he usado la duodécima edición de 1968, que era la que leía de joven.

A los veteranos les gustará seguro; los más jóvenes quizás lo descubran. Esa es mi intención.



La locomotora politécnica









La sociedad se enfrenta hoy a los nuevos retos de crecimiento económico, competitividad, sostenibilidad ambiental y generación de bienestar social que exige la globalización de la economía. Ante esos desafíos es necesario reconocer la importancia que tiene la transferencia de conocimiento desde las universidades al sector productivo. Cada vez resulta más necesario acercar la investigación al conjunto de la sociedad para lograr una verdadera economía basada en la transferencia del conocimiento, para fomentar nuestra competitividad y para impulsar la generación de empleo y la cohesión social. En ese contexto, resultan decisivas las aportaciones que las universidades puedan hacer desde el enorme potencial que encierran sus grupos de I+D+i.

En la cumbre de Lisboa de 2000, los Jefes de Gobierno acordaron un nuevo objetivo estratégico: hacer de Europa «la economía basada en el conocimiento más competitiva y dinámica del mundo, capaz de crecer económicamente de manera sostenible con más y mejores empleos y con mayor cohesión social». Desde entonces, han ido aprobándose toda una serie de medidas entre las cuales destaca el desarrollo de políticas de educación, investigación e innovación dentro de la «sociedad del conocimiento».


La economía y la sociedad del conocimiento son el resultado de la interacción de cuatro elementos: la producción del conocimiento, esencialmente mediante la investigación científica; su transmisión, mediante la educación y la formación; su difusión, a través de las tecnologías de la información y la comunicación; y su explotación, a través de la innovación tecnológica. Las universidades son únicas en este sentido, ya que participan en todos estos procesos a través del papel que desempeñan en tres ámbitos clave: la investigación y la explotación de sus resultados gracias a la cooperación industrial y el aprovechamiento de las ventajas tecnológicas, la educación y la formación, en particular la formación de los investigadores, y el desarrollo local y regional al que pueden y deben contribuir de forma significativa.



Patio central del edificio de la Escuela Politécnica Superior. Universidad de Alcalá.
 
La actividad investigadora, como búsqueda sistemática de respuestas a los interrogantes que se nos plantean, está ligada a la universidad desde sus orígenes. En los últimos años, la universidad española ha cumplido sobradamente con la tarea de convertirse en el principal centro de generación de conocimiento, en especial del conocimiento que por su carácter básico no forma parte de las actividades inmediatas de otros agentes productores de ciencia, como ocurre por ejemplo con los centros tecnológicos o con las empresas. La investigación básica, tradicional en la práctica totalidad de las universidades españolas, ha generado ingresos moderados en los presupuestos de las universidades públicas.

En los últimos tiempos se define cada vez con más claridad una tercera actividad que en el futuro va a tener un elevado peso específico en los presupuestos de las universidades. Me refiero a la denominada actividad emprendedora, cuyos ingresos se derivan de la transferencia tecnológica de los recursos universitarios, esto es, de la capacidad que tenga cada universidad para generar acciones de desarrollo tecnológico, asistencia técnica y contratos de investigación con empresas y administraciones públicas. En suma, desde la concepción de la universidad como espacio y agente de innovación, como una institución básica para la transferencia de I+D o del conocimiento tecnocientífico.


En sucesivas recomendaciones de la Comisión formuladas a partir de 2008, la UE viene insistiendo reiteradamente en que la transferencia de conocimiento es una herramienta esencial en el desarrollo de la estrategia de Lisboa porque se relaciona directamente con una mejora de la innovación y la productividad de las empresas. Por su parte, el Gobierno español ha elaborado un programa estratégico (Estrategia Universidad 2015), uno de cuyos ejes vertebradores se dedica a la transformación de los resultados de la investigación en valor de mercado, en la mejora de la competitividad empresarial y en la aportación de conocimiento para el cambio de modelo económico en España. Por tanto, la necesidad de incrementar la innovación del sistema productivo y los servicios, y para ello de acelerar la transferencia de conocimiento generado por el sistema público de investigación y las universidades, no es una moda o una tendencia de la dinámica endógena de la «cadena del conocimiento», ni tampoco una forma de alcanzar mayores beneficios por parte del sistema productivo, sino una consecuencia de las reflexiones y diagnósticos realizados a nivel europeo y nacional que irán perfilándose cada vez más como políticas diferenciadas y selectivas de la calidad tecnocientífica, como ha ocurrido con la reciente convocatoria de los Campus de Excelencia Internacional (CEI).


Tras ser presentada en 2008, la Estrategia Universidad 2015 debutó con el Programa CEI, cuyas bases valoraban de manera especial «la política de valorización, transferencia e innovación que el conjunto del sistema diseñe [...] de forma que se aproveche al máximo y se rentabilicen las unidades, o entidades dedicadas a la gestión y desarrollo de la función de transferencia». Pues bien, el proyecto presentado por la Universidad de Alcalá (UAH) a esta convocatoria, que en su evaluación global ha obtenido un discreto aprobado (lo que no es poco, tal y como vienen las cosas), ha suspendido lamentablemente en dos de los seis puntos evaluados, precisamente los más decisivos: mejora científica y transferencia del conocimiento y tecnología derivada de la investigación al sector empresarial.

Los resultados finales de la convocatoria han traído como consecuencia que ocho universidades ostentarán la medalla CEI y recibirán el grueso de la financiación. De esas universidades, cinco han sabido captar y rentabilizar la enorme potencialidad derivada de la sinergia entre universidades generalistas y universidades politécnicas, bien mediante alianzas estratégicas (Universidad de Barcelona-Universidad Politécnica de Catalunya y Universidad Complutense-Universidad Politécnica de Madrid), o bien universidades que incluyen de facto escuelas técnicas como la Carlos III de Madrid. Como muestra un botón: la Universidad Carlos III, estructuralmente comparable a la UAH, captó en 2008, y en concepto de transferencia de conocimiento, 35 millones de euros, lo que representa el 20,2% de su presupuesto, uno de los porcentajes más altos entre las universidades españolas. En los últimos cinco años, el esfuerzo de los grupos de I+D de la UAH ha sido también notable, y aunque el porcentaje de ingresos por transferencia represente aproximadamente la mitad de los generados por la Carlos III, hay una tendencia que conviene incrementar en el futuro.


Cubierta de cierre del claustro del convento del Carmen Calzado, actual sede de la Escuela Superior de Arquitectura de la Universidad de Alcalá.

El proyecto presentado por la Carlos III a la convocatoria CEI, fundamentalmente basado en tecnologías industriales, aeroespaciales, de la información y de la comunicación, y que incluye nuevas políticas para facilitar y movilizar los procesos de creación de empresas de base tecnológica universitarias, en la adecuada gestión de las patentes, modelos de utilidad y licencias, debe servirnos de modelo para aprovechar en el futuro las enormes potencialidades que encierran nuestras escuelas técnicas.

Una buena parte del desafío de la UAH en los próximos años, si de verdad queremos participar en las grandes ligas de las universidades excelentes, será que seamos capaces de transformar la gran energía potencial de nuestros innovadores tecnológicos en la energía cinética que impulse la locomotora universitaria a través de la nueva sociedad del conocimiento.

sábado, 9 de enero de 2010

El prisionero de Borehamwood





Caricatura de Stanley Kubrick (http://rivaherrera.files.wordpress.com/2009/03/kubrick1.jpg).

Han pasado diez años desde la desaparición del director neoyorkino Stanley Kubrick (1928-1999), uno de los cineastas geniales que huyeron de Hollywood como lo habían hecho antes Chaplin, Orson Welles o John Huston, artistas inasimilables y rebeldes frente a una industria demasiado convencional, que acabaron sus días en el exilio británico. La University of the Arts de Londres custodia celosamente los archivos personales de Kubrick, un tesoro de la técnica cinematográfica que el director estadounidense había almacenado durante años en su mansión de Borehamwood, en la campiña inglesa de Hertforshire, al norte de Londres, donde vivía prácticamente recluido y en la que, llevado por su obsesión por la seguridad, había hecho construir su propio refugio nuclear e instalar sofisticados sistemas de seguridad. Su voluntario y casi lunático encierro explica, por ejemplo, por qué La chaqueta metálica, su película sobre la guerra de Vietnam, se rodara en Inglaterra, y que la póstuma Eyes wide shut, una historia que se desarrolla en Nueva York, también se hiciera en Londres.

En esos archivos los estudiosos del cine pueden acceder a miles de documentos, guiones, fotografías, dibujos y maquetas que Kubrick utilizó en la preparación de sus filmes, todo un arsenal que pone de relieve la meticulosidad y el rigor con que el director preparaba no sólo su obra, sino todo lo que podía afectarla. Nada podía escapar a su control: desde el guión a la distribución, cualquiera de sus películas estaba cuidadosamente planificada. Se sabe que llegó a investigar la comodidad del asiento y la acústica de las salas donde se iban a estrenar; escuché una vez a Juan Zavala contar que en una ocasión se enteró de que en un cine de Nueva York, en el que se iba a proyectar La naranja mecánica, estaba pintado con un blanco brillante que producía reflejos en la pantalla: Kubrick se encargó personalmente de enviar un equipo de pintores para acondicionar la sala en veinticuatro horas. Su perfeccionismo llegaba hasta el control personal de los doblajes: Kubrick exigía que sus películas se estrenasen en versiones dobladas que él supervisaba hasta límites inconcebibles, desde la traducción (el escritor Vicente Molina Foix era su traductor habitual al castellano) hasta el director de doblaje (varias de las versiones españolas fueron dirigidas por Carlos Saura, Jaime de Armiñán y Mario Camus, designados expresamente por él) y la voz de cada actor principal del doblaje de sus versiones, aunque no conociera bien el idioma al que se doblaban.



Kubrick, a la izquierda, durante el rodaje en el laberinto de El resplandor (http://www.cisi.unito.it/progetti/shining/film/sk-brown03.jpg).

Escribió Borges que para alcanzar la obra maestra «quizás convenga distraerse un poco», un axioma que no parece encajar con la personalidad de Kubrick, un perfeccionista siempre a la búsqueda de una quimera, la película perfecta; un director que se entregaba durante años a cada proyecto, lo que explica lo reducido de su filmografía: sólo 13 películas, algunas de la cuales: Atraco perfecto, Senderos de gloria (sus dos primeras películas que convirtieron a un niño prodigio en un cineasta de renombre mundial cuando tenía 25 años), Espartaco, Lolita, ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, La naranja mecánica o 2001: una odisea del espacio forman parte de las obras maestras de la historia del cine. 

Descrito a menudo como un esmeradísimo orfebre y como un ermitaño con un ritmo de trabajo perfectamente adaptado a una rutina exasperante, Kubrick contaba con una técnica fotográfica apabullante, de un perfeccionismo compulsivo y maniático que, como un prodigioso mecanismo de relojería visual capaz de resolver los complejos problemas de construcción y captura del tiempo, convertía a cada filme en algo exclusivamente suyo, en auténtico cine de autor, cuyo resultado final deslumbraba en películas como 2001, el primer filme de la historia en el que los protagonistas no eran los actores, sino los efectos especiales; El resplandor, un mito del cine de suspense, que ha pasado a la historia por su utilización virtuosa de la steadycam en los sinuosos pasillos de un gigantesco hotel alpino de Colorado y en los cartesianos senderos de un laberinto vegetal; o Barry Lyndon –algunos de cuyos planos y secuencias acompañan en el enlace adjunto- que se rodó enteramente con luz natural, de velas, de aceite o de sol, para reproducir con precisión el ambiente de la época dieciochesca descrita por el novelista Thackeray creador del preciosista retrato de un trepador atrapado entre oropeles barrocos.


Fotograma de Senderos de Gloria (http://www.apt613.ca/wordpress/wp-content/uploads/2009/05/paths_of_glory.jpg).


Su preocupación por el mensaje, en el que ponía casi tanto énfasis como en la técnica, se centró en expresar que el mundo puede convertirse en un infierno y en plasmar a los fantasmas que acosan al hombre moderno: la soledad en un ambiente hostil, el peligro atómico, la violencia urbana, la autodestrucción que produce la amarga pasión (la de Humbert-Humbert por Lolita) o la estúpida guerra, a la que condena en el mejor filme antibelicista de todos los tiempos, Senderos de gloria, una denuncia de la carnicería que fue la Primera Guerra Mundial, en cuyas trincheras perdieron su vida la mayor parte de los hombres de Europa, conducidos al infierno con engaños y reclamos patrióticos.

Comparado frecuentemente con los grandes artesanos del barroco, ese autor recluso, que, como un alquimista de la imagen buscaba en solitario la piedra filosofal de la Gran Obra, ese casi neurótico director que odiaba volar y soñaba con hacer una película sobre la guerra civil española, se preocupó de que el cine tuviera, pese al ruido de los millones de dólares que acompañan a un arte convertido en industria, los rasgos delicados y artesanales de las grandes obras de arte del pasado. 


La actriz Sue Lyon en el papel de Lolita (http://schabrieres.files.wordpress.com

Cuando John Baxter publicó su biografía más conocida (la edición inglesa es de 1997, mientras que la española que yo conozco, de ediciones T & B, es de 2008) Jonathan Romney, un crítico de The Guardian, señaló que el libro contribuía poco a descifrar el acertijo que fue Kubrick. «Por virtud de su invisibilidad, Kubrick es el personaje que cinematográficamente se aproxima más a un Gran Mago de Oz. En una biografía de Kubrick uno espera descubrir si el gran mago es en realidad sólo un hombrecito que se oculta detrás de la cortina para aterrorizar al mundo con explosiones de azufre y una voluntad exorbitante», decía Romney. 

Y es que Kubrick era el Gran Mago, un niño prodigioso y temerario que nunca pudo dejar de ser a pesar de haberse convertido en un viejo perturbador, un tanto lunático pero lúcido y fascinante encerrado, como William Randolph Hearst, en una obsesiva mansión. 




jueves, 7 de enero de 2010

PRESENTACIÓN DE UN LIBRO





El próximo miércoles, 13 de enero, se presenta el libro El paisaje vegetal de Castilla-La Mancha. Manual de Geobotánica, del que somos autores Luis Monje Arenas, director del Gabinete de Dibujo y Fotografía Científicas de la Universidad de Alcalá, José María Martínez-Parras, catedrático de Instituto y yo mismo. Adjunto una invitación para que los lectores de este blog podáis asistir. Además, en el enlace adjunto puede obtenerse un PDF de muestra del libro.



Las páginas de este libro, a través de textos, figuras y fotografías, ayudan a comprender mejor lo que ya sabemos: que Castilla-La Mancha se presenta ante los ojos del naturalista como el poliédrico rostro de la vegetación ibérica, como una región biológicamente privilegiada, un territorio que es un caleidoscopio de toda la geografía interior de la península Ibérica, una Comunidad paisajísticamente múltiple, donde cualquiera puede, sin salirse de sus límites, integrarse en ambientes naturales representativos del conjunto de la vegetación de España.



La extraordinaria diversidad de Castilla-La Mancha se manifiesta también cuando nos aproximamos a ella desde el punto de vista biogeográfico. El mosaico de la vegetación de España puede imaginarse como un puzle formado por 71 piezas (las clases de vegetación de los geobotánicos), de las cuales 48 están representadas dentro de los límites de Castilla-La Mancha. Si del conjunto general descontamos las clases de vegetación insular y las ligadas a ecosistemas costeros, no hay que esforzarse mucho para valorar la riqueza en tipos de vegetación que encierran los límites castellano-manchegos.

El libro es abundante en fotografías (370) e ilustraciones (137), que completan las descripciones de un texto de casi ochocientas páginas y la información resumida en las 152 tablas sinópticas que apoyan a aquel. En conjunto, se trata de una cuidada edición que destaca por la excelente maquetación y la calidad de reproducción de imágenes y fotografías, una calidad que desgraciadamente no es común en otros libros de estas características, pero a la que nos tiene acostumbrados Francisco del Valle, responsable de la editorial Cuarto Centenario, que ha sido el editor de El paisaje vegetal de Castilla-La Mancha.



El libro nace también con la intención de servir de ayuda como manual de Geobotánica y por eso, junto a contenidos divulgativos, encierra otros muchos más técnicos que son de gran interés para los profesionales de la enseñanza y del medio ambiente, y como texto de apoyo en el aula universitaria. Quienes deseen profundizar en estos aspectos técnicos encontrarán en el capítulo séptimo (accesible desde un enlace Web que el interesado podrá obtener en el prólogo del volumen, accesible en el enlace adjunto) un glosario con más de 2.000 términos tanto científico-técnicos como populares en el ámbito rural, que recogen las definiciones de la inmensa mayoría de los términos especializados que figuran a lo largo del libro. Por esa vocación generalista del libro y por las expediciones botánicas que los autores realizan en otras latitudes, el lector no podrá sorprenderse de encontrar imágenes de algunos paisajes –los desiertos sonorenses, la tundra ártica, los gigantescos bosques de coníferas de California o los espectaculares sistemas de dunas costeras del Pacífico- que completan las dedicadas a la flora endémica y a los ecosistemas castellanos-manchegos.




La estructura del libro se ha hecho dedicando los dos primeros capítulos a los tres grandes condicionantes abióticos de la vegetación: fisiografía, suelo y clima. El tercer capítulo se dedica a la Biogeografía haciendo un acercamiento desde el todo –la síntesis biogeográfica de la Tierra- a la parte, a la caracterización biogeográfica de Castilla-La Mancha, que queda así situada en el contexto de la vegetación del mundo en general y de España en particular. Los capítulos quinto y sexto están centrados exclusivamente en el ámbito territorial de la Comunidad. En el quinto se presenta ampliado y actualizado el catálogo de comunidades vegetales que sirvió para que uno de los autores –Luis Monje- obtuviera en 1987 el primer Premio Regional de Investigación. Finalmente, en el capítulo sexto se describe el paisaje de Castilla-La Mancha a través de sus series y geoseries de vegetación. Si en 1987 eran 20 las series de vegetación reconocidas en Castilla-La Mancha, la Red Natura 2000 de la Unión Europea incluye ahora 49, todas ellas presentadas en este libro mediante unos sencillos esquemas que, apoyados, en las fotografías y sustentados en un texto divulgativo fácilmente comprensible por todos los lectores, permiten interpretar la variabilidad del paisaje vegetal de Castilla-La Mancha.



miércoles, 6 de enero de 2010

El Cuarto Rey Mago (Homenaje a un hombre bueno)




Cuando yo era niño, allá por los años 50 del siglo pasado (¡qué raro eso de poner el siglo pasado para hablar de uno!) los colegios de toda España se dividían en dos facciones: los de la Iglesia, en los que se iniciaba el día rezando o asistiendo a misa, y los nacionales, en los que antes de entrar al aula se cantaba el Cara al Sol y se daban vivas a Franco y a España.

Lo mío fue una afortunada excepción, porque mis primeras letras las aprendí asistiendo a una escuela laica situada en un hotelito de la calle Belén en Granada, a la que se conocía popularmente como la “escuela de doña Paquita”, que dirigía doña Francisca Vera, una maestra casada con un abogado, don Antonio Pérez Funes, que –según supimos después de su muerte- era un represaliado por el franquismo debido a su significación política durante la Segunda República. Aquella escuela, regentada por una mujer progresista a la que asistían como maestras varias de sus cinco hijas, era totalmente distinta en sus entorno y en sus planteamientos pedagógicos a los que imperaban en las escuelas españolas de los años cincuenta. Nunca recé en la escuela ni jamás canté el Cara al Sol.




Ahora, casi cincuenta años después, he logrado reconstruir algo de la biografía de don Antonio, que resumo en estas páginas como homenaje a él, a su esposa y a sus hijas (Carmen, Elisa, Mercedes, Olvido y Nani) las muchachas que, además de estudiar, me enseñaron las primeras letras en una época de horas difíciles para don Antonio y para su familia. Horas, días, meses y años de mucho sufrimiento, superados con modestia, sin rencores ni amarguras.

Tuve unas buenas maestras. En las tardes del verano de 1962 una de mis profesoras fue Elisa, una de las hijas de don Antonio y doña Paquita, por entonces estudiante en la Universidad de Granada, donde posteriormente se doctoró en Derecho, y donde inició su carrera docente como profesora de Derecho Internacional Público y Privado, que continuó en la Universidad Autónoma de Madrid. Es catedrática de Derecho Internacional Privado de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, de la que fue Rectora. Desde 2001 es magistrada del Tribunal Constitucional, cargo que ejerce después de haber presidido durante siete años el Consejo Consultivo de Andalucía. En 1987, cuando Elisa Pérez Vera era Rectora de la UNED y yo Secretario General de la Universidad de Alcalá, coincidimos en algunas reuniones de preparación de la Conferencia de Rectores Europeos. No nos habíamos visto en 25 años, así que ese reencuentro fue una enorme satisfacción para mí y una gran sorpresa para ella.

En esta página quiero rendir un homenaje a don Antonio Pérez Funes a quien conocí en la casa familiar de la Huerta de los Ángeles cuando yo tenía apenas 10 años y acudía allí recibir algunas clases particulares en el verano de 1962, porque mi padre se había empeñado –y lo consiguió- en que con nueve años cursara el Ingreso y el Primero de Bachillerato en el mismo año, de manera que me examiné del Ingreso en la convocatoria de junio y aprobé Primero completo en septiembre del mismo curso. Cuando yo acudía a esas clases veraniegas en la fresca semioscuridad que se procuraba mantener en las casas cuando el aire acondicionado era cosa de ficción, podía ver a don Antonio trabajando en su despacho, a través de cuya ventana, con la luz tamizada por un centón alpujarreño, se podía ver el arco de acceso a la calle Molinos. Por aquel entonces, todo el mundo sabía quién era, pero nadie hablaba de él y de sus circunstancias, porque la Granada de entonces, como la España franquista, era una sociedad cerrada, temerosa, sumisa y callada.

Don Antonio Pérez Funes (1902-1969) nació en Soportújar, pueblo de la Alpujarra granadina, donde transcurrió su infancia hasta que a los 12 años se trasladó a Granada para realizar sus estudios en el Colegio San Bartolomé y Santiago, en el que vivió hasta finalizar su licenciatura en Derecho por la Universidad granadina en la promoción de 1923. Desde muy joven pintaba y escribía poesía, lo que le hizo frecuentar los ambientes literarios de la ciudad en los que conoció a los dos grandes poetas granadinos de la época: Federico García Lorca y Luis Rosales. En su casa había un libro de poesía de García Lorca que llevaba un autógrafo del poeta de Fuente Vaqueros y un poema del propio Pérez Funes escrito a lápiz, que los expertos habían atribuido erróneamente a Federico, pero en el que se reconocía fácilmente la caligrafía de don Antonio. Terminado sus estudios, marchó a Madrid donde simultaneó su trabajo como pasante con una actividad literaria manifestada en artículos para el diario El Sol. Como corresponsal del mismo cubrió la guerra de Marruecos.

Tras su regreso a Granada, fue Secretario en los ayuntamientos de Pórtugos y Santa Fe, donde una calle lleva su nombre. Militante de Izquierda Republicana, el partido de Azaña, durante la Segunda República ejerció como abogado de UGT en Granada y como secretario particular del Gobernador Civil, al tiempo que colaboraba asiduamente en el periódico diario El Defensor de Granada y en El Socialista. Luego vino el alzamiento, la brutal represión fascista en Granada, la guerra civil, las historias terribles contadas entre dientes, intuidas o sospechadas: el juicio, la condena en la cárcel de Burgos con sus helados campos de trabajo. Indultado en 1943, volvió a Granada con una condena de inhabilitación para el ejercicio profesional de la abogacía. Por eso, su mujer y sus hijas tenían que trabajar en la escuela de la calle Belén, único ingreso fijo de una familia marginada por los vencedores.

Hombre de apariencia débil pero de ideas firmes y carácter indestructible según quienes lo conocieron, se ganó la vida realizando trabajos de "colaboración" con otros abogados, que compaginaba con una intensa vida literaria y artística. Añoraba su desparramada biblioteca, deshecha en la guerra civil y con sus libros incautados repartidos por ahí. Las tertulias del Café Suizo con Carlos Villarreal, Antonio Carvajal, Elena Martín Vivaldi, Pepe Martín Recuerda, Pepe Ladrón de Guevara, el maestro Faus, Ian Gibson (quien siempre lo ha reconocido como uno de los hombres que más le ayudó a reconstruir los últimos días de García Lorca) y tantos otros fueron una isla de inquietud y cultura en un período especialmente gris de la historia granadina. Fue en esa etapa de su vida cuando escribió todas sus obras dramáticas. En una de ellas, Artabán, Poema de Siglos, se muestra la sensibilidad literaria y el sentimiento profundamente cristiano de ese buen poeta, de ese buen hombre, aunque otros creyeran que era una mala yerba, un "espino" como dice uno de los personajes –Cheradja- de esa obra teatral. Don Antonio murió en Granada, en 1969.

Me ha parecido que el mejor homenaje que podía hacerle era publicar su poema escenificado Artabán, Poema de Siglos (al que puso música el compositor granadino José Faus), un precioso cuento sobre Artabán, el Cuarto Rey Mago, que, según una vetusta leyenda rusa de autor desconocido (posteriormente reescrita  por un presbiteriano estadounidense del XIX), llegó tarde al portal de Belén. Por eso no hablan de él los evangelios canónicos. Y era lógico que no dijeran nada, porque alejado de la pompa y el boato de los otros tres Reyes, Artabán -acusado siempre de haber llegado tarde a la cueva del nacimiento y condenado a pasar su vida buscando incesantemente a Jesús, a quien sólo encontraría a la hora de su muerte- había encontrado realmente al Hijo de Dios a lo largo de todo su camino hacia Belén, porque Jesús –cuenta Pérez Funes- le había estado saliendo al paso en los seres necesitados que encontraba y que le hacían demorarse en su viaje a Palestina y a los que socorría con los regalos que llevaba preparados para ofrecerlos al Niño.

Hoy, festividad de los Reyes Magos, me parece que el mejor regalo que puedo hacer a todos los lectores es la transcripción de este bello cuento escenificado de un buen hombre, don Antonio Pérez Funes, que dejó una huella imborrable en todos los que le conocieron y amaron, y cuya desgracia me permitió tener las mejores maestras que nunca pude soñar.


Artabán, Poema de Siglos
Autor: Antonio Pérez Funes


ACTO ÚNICO

Se apaga la mitad de las luces de la sala y comienza a oírse una lejana melodía, inspirada en motivos medievales, a ser posible de vihuela u otro instrumento semejante. Música primitiva más cerca de la naturaleza que del hombre que inventó el contrapunto y el concierto polifónico. El tema de esta melodía se repetirá en todos los oscuros de mutación.
Pasados dos o tres minutos cesa la música y a telón corrido sale un narrador que cortésmente se dirige al público.
NARRADOR.- Un autor anónimo de leyendas germánicas, un alma joven, injerta de la más profunda religiosidad cristiano-gótica, se lanzó, a caballo sobre su fantasía, en busca del clima cálido en donde crecen las palmeras y los cedros.
Los espesos bosques de abetos y el cielo gris-perla de la patria en que nació recortaban demasiado sus ansias de infinito.
Y por eso galopó sin descanso, noche y día, hacia Oriente, hacia el paisaje luminoso que había sido, en otro tiempo, el escenario de su fe.
Apenas llegado a los Santos Lugares descubrió, como buen investigador germánico, la existencia de Artabán.
¿Quién era este personaje tan extraordinario como desconocido?
Artabán fue el cuarto Rey Mago. Un mago que llegó tarde a Belén y por eso no lo menciona el Evangelio.
Porque Artabán llegaba siempre tarde a todas las citas. No por falta de deseo, ni por olvido, ni por lentitud.
¿Es que desconocía el valor del tiempo? ¿O es que su gran sabiduría le había inducido a negar la existencia del mismo?
Artabán es un ser tan extraordinario en nuestro siglo, víctima de la velocidad y de la angustia por superarla; un ser tan interesante, tan absurdo para los hombres de la era atómica, que tal vez se alegren de conocerle...
(El narrador, tras una leva inclinación de cabeza, se retira. Inmediatamente se apagan todas las luces y se descorre el telón.
El suelo del escenario está dividido en tres planos de distinto nivel que forma amplia escalinata. A mitad del segundo tramo un telón, con gran ventana apaisada al foro, que figura la habitación u observatorio del astrólogo caldeo Artabán, o bien unos bastidores portátiles que representan lo mismo. De una manera o de otra debe disponerse el decorado de forma que se vea otro telón de fondo con la noche estrellada.
Las estrellas han de figurarse como en los Nacimientos: con luces situadas detrás del dibujo perforado.
No hay más muebles que un asiento y una tosca mesa, babilónicos, sobre la que se ven varios rollos de papiro, un astrolabio y un disco zodiacal en piedra. Los demás detalles de ambientación deben figurar pintados en el decorado.
Transcurren los primeros años de la era cristiana. Es de noche. En toda la obra se prescinde de la batería. Con focos y filtros de color se dará el tono de luz que convenga. En escena un artístico candil de época, sobre la mesa, aparece encendido.
Artabán sentado y Kárder en pie, junto a la mesa, están profundamente abstraídos en el estudio de unos papiros.
Artabán es un hombre de treinta a treinta y cinco años, de barba negra y mirada inteligente. Viste con túnica, ceñidor, sandalias y lleva pendiente del cuello una cadena con un gran medallón que representa un sol.
Kárder es un chico de dieciséis o diecisiete años, discípulo de Artabán e hijo de su esclava Cheradja. Viste el traje de los esclavos de la época: Túnica corta hasta la rodilla, cinturón y brazos al aire. Lleva al cuello un grueso cordón de pelo de camello)
KÁRDER.- (Con la cabeza inclinada y señalando con el dedo la hoja de papiro) No lo entiendo, Rabí.
ARTABÁN.- (Dejando de contemplar el astrolabio) Algún día tendrás ojos para ver y oídos para oir.
KÁRDER.- ¿Cuándo?
ARTABÁN.- Cuando el Espíritu descienda sobre ti. En esa fuente oculta hay que beber, pero el agua no se da a todos. Hay que merecerla por el sacrificio y la fe. Si sigues mi consejo no debes esperar ese día, sino ir a su encuentro con el corazón abierto como un odre vacío.
KÁRDER.- Pero alguien tiene que indicarme el camino. ¡Los caminos son tantos y mis años tan pocos!
ARTABÁN.- Aprende a conocerlos estudiando el Gran Libro (Señala con la mano al cielo estrellado de la noche)
KÁRDER.- No te contradigas, Rabí. ¿Cómo puedo leer en ese Gran Libro si tú mismo me has dicho que no tengo ojos para ver?
ARTABÁN.- (Sonriendo indulgente) Puedes. Puedes. Una cosa es leer y otra, ¡muy distinta!, entender lo leído, para lo primero ya tienes los ojos, para lo segundo aún no te nacieron.
CHERADJA.- (Es una vieja esclava de carácter aparentemente agrio, pero muy sincera. Entra con dos cuencos llenos de caldo humeante, que deposita sobre la mesa) ¡Dejaos de vagar por el séptimo cielo y confortad vuestros vientres, que más vale pisar firmes sobre la tierra que volar a oscuras como el murciélago!
ARTABÁN.- Mi buena Cheradja. Nunca te verás libre si te empeñas en echar raíces como los árboles.
CHERADJA.- Si te refieres al hecho de que soy tu esclava, en verdad te digo que no tengo deseos de cambiar mi condición. Fui de tu padre, ahora soy tuya. Ni me quejé, ni me quejo. ¿Qué más da una condición u otra si pronto ha de llegar quien nos libere del todo para llevarnos al seno de donde salimos?
ARTABÁN.- No, mujer. El nudo que ata a unos humanos con otros con ser, a veces, denigrante es menos insufrible que el que nos mantiene sometidos a ese gran señor que se llama ¡MIEDO!, ¡TERROR A LO DESCONOCIDO! ¡Este sí que es un amo despótico y cruel! ¡El rey, el rey del mundo, con tantos esclavos como hombres!
CHERADJA.- Yo no reconozco más amo que tú.
KÁRDER.- Ni yo otro maestro.
ARTABÁN.- Gracias. Gracias por haber suavizado el nudo que nos une con el agua viva de vuestro afecto. Pero el otro amo existe. Y si no dime (A Cheradja) ¿Qué pasó en pleno día apenas comenzada la segunda luna del tiempo de las lluvias? El Sol, esa lumbrera que hace crecer el trigo y granar la espiga, que algunas tardes tiñe de rosa los linderos del desierto, que hace cantar a los pájaros cuando amanece ¿no se apagó durante una hora?
CHERADJA.- (Con gesto de supremo terror y temblando) ¡Calla! ¡Calla! por el Dios de nuestros padres! ¡Sólo recordarlo atraerá el cumplimiento del presagio!
ARTABÁN.- (Sonriente) ¿Tú crees?
CHERADJA.- Tan cierto como que existe la gehenna eterna. No se envejecerán mucho más mis huesos antes de que el asirio baje de las montañas del norte, riegue nuestros campos con sangre, queme los hogares, mutile guerreros y acabe por llevarse a sus tierras a los ganados y a las vírgenes (dudosa) o tal vez no. Tal vez la tierra agonice con estertores de muerte, hasta que no quede una casa en pié. O peor si cabe. Una nube de langostas, negra y ondulante como la serpiente maldita, arrase la llanura dejando tras de sí el hambre de las gentes.
ARTABÁN.- No tiembles, Cheradja, no tiembles. Nada de eso sucederá.
CHERADJA.- ¿Por qué?
ARTABÁN.- Porque lo que viste no es un presagio.
CHERADJA.- ¿Qué es, entonces?
ARTABÁN.- Un eclipse.
CHERADJA.- ¡Válgame nuestro padre común! Si no fuera por el sol que llevas sobre el pecho, símbolo de la sabiduría que te inspira, (señala al medallón de Artabán) yo diría que el Enemigo se te ha metido en el cuerpo. ¡Un poseso! Un poseso como los que espantan, con sus alaridos, a los cuervos que devoran la carroña en las afueras de la ciudad vieja. ¿Qué quieres decir con esa endemoniada palabra?
ARTABÁN.- Algo tan natural como la lluvia que alimenta al Gran Río, como el viejo que canta entre los cañaverales de la ribera.
CHERADJA.- ¡Que mi alma se pudra si te comprendo!
ARTABÁN.- (Cogiéndola del brazo y acercándola a la mesa en donde arde el candil) Ven, mujer. Acércate y atiende. ¿Ves esta luz?
CHERADJA.- ¡No pensarás que estoy ciega!
ARTABÁN.- (Interponiendo el disco zodiacal entre los ojos de Cheradka y la luz) ¿Y ahora?
CHERADJA.- Ya no, si no te apartas.
ARTABÁN. (Soltando el objeto en el suelo) pues algo así ocurre cuando la Luna se pone delante del Sol.
KÁRDER.- (Con admiración) ¡Es asombroso, Rabí! ¡Con qué facilidad borras las nubes de mis ojos! Hasta las piedras lo entenderían.
CHERADJA.- ¡Pues yo debo ser más dura que ellas! ¿Cómo voy a creer que la Luna o el Sol se porten como dos críos atolondrados y dejen de alumbrar a los hombres, cuando han sido creados para eso? El que todo lo puede les ha trazado muy bien su camino. Y... basta ya de lecciones que al árbol añoso es imposible cambiarle la forma (Alargándole los cuencos) ¿No os tomáis el caldo?
KÁRDER.- (Bebiendo un sorbo) Se enfrió, madre. Tendrás que calentarlo de nuevo.
CHERADJA.- No me extraña, hijo mío. Sería la primera vez que tu maestro hiciera algo a tiempo. Se entretiene con el vuelo de una mosca, con la mota de polvo que flota en un rayo de luz, con esa interminable charla que solo él comprende. ¡Nunca tiene prisa!... Y luego, la pobre Cheradja tiene que sufrirlo. (Coge malhumorada los dos cuencos y se dispone a salir) (Suspirando) ¡Ay! Voy a calentarlo.
ARTABÁN.- (Sonriente) Bien me conoce. Es cierto, pequeño. ¡Nunca tuve prisa! ¿Para qué? Si tú pretendes algo búscalo tranquilamente, pausadamente, sin que te agobie el temor. Y no hay ninguno más pesado que el que nos produce la idea de que va pasando el tiempo... los que viven como tu madre cruzan por el lado de lo más interesante sin conocerlo. Y se cansan, se cansan para llegar sin aliento al seno de Abraham. No los imites.
KÁRDER.- ¿Quieres explicarme, mientras regresa, la conjunción de Sirio con su doble?
ARTABÁN.- (Abrazando cariñosamente a su discípulo se dirige pausadamente a la ventana) Noche tan espléndida bien merece aprovecharla (Señala al cielo) ¿Ves aquella estrella que parpadea a la izquierda del Gran Carro? La de mayor magnitud...
KÁRDER.- Sí.
ARTABÁN.- Es la hermosa Sirio, la antorcha roja que para gala del gran oído hizo Yahvé brillar sobre el haz de la tierra. Junto a ella... (Se interrumpe y exclama con un gesto de admiración y espanto) ¡pero...! ¿qué es eso?, ¡Dios mío! ¿No me engañan mis ojos?
KÁRDER.- (Extrañado) ¿Qué te pasa?
ARTABÁN.- (Apremiándole con angustia y señalando con el dedo hacia un punto del espacio) ¡Mira! ¡¡Mira!!.
KÁRDER.- ¿Dónde?
ARTABÁN.- ¡¡Allí!¡ ¡¡Allí, junto a las alas del Cisne, en el camino del Ocaso!!... Una gran luminaria más bella que todas, más intensamente bella...
KÁRDER.- No veo nada, Rabí.
ARTABÁN.- ¡Ah, pobre ciego! (Corre excitado hacia la mesa, en donde revuelve con manos nerviosas los rollos de papiro hasta que encuentra uno, que despliega tornando enseguida a la ventana. Mira alternativamente al cielo y al papiro que representa un mapa celeste) ¡Sí!... ¡Sí!!... ¡Es nueva! No está anotada. ¡Es la señal! ¡La señal tanto tiempo esperada!
KÁRDER.- Pero ¿qué dices?
ARTABÁN.- (Con voz entrecortada por la emoción) ¡Qué... ha... nacido! (Gritando) ¡¡Ha nacido!!
CHERADJA.- (Entrando con gesto alarmado) ¿Qué ocurre? ¿Quién ha nacido?
ARTABÁN.- (En voz baja y con gesto sentencioso) ¡El que había de nacer! (Se deja caer sobre el asiento y queda como ensimismado mirando al suelo)
CHERADJA.- Cada vez te entiendo menos. Aunque para servirte tampoco es preciso. (Anunciando) En la puerta hay un mensajero que quiere verte con urgencia. ¿Le digo que pase?
ARTABÁN.- (Hablando consigo y como hundido en un mar de recuerdos) El mismo Señor os dará una señal... Y saldrá una vara de la raíz de José y de su raíz subirá una flor... ¡Oh, Isafas! ¡Cuánta verdad en tu boca! ¡Cuánta esperanza en tus palabras!
CHERADJA.- (Incomprensiva) ¡Ya cuanta paciencia he de poner en las mías! ¿Qué mandas? ¿Le digo que pase o que se vaya?
ARTABÁN.- (Maquinalmente y sin mirarla) Que pase, que pase. (Cheradja sale para cumplir la orden)
KÁRDER.- (Se acerca a su maestro) Debes perdonarla, Rabí. ¡Es tan buena!
ARTABÁN.- (Que monologa como antes) Aguardando, aguardé al Señor... y al ruido de sus pisadas mi corazón galopó como corcel de Nubia. Tú serás espuela en mis ijares y miel en mis labios.
EL MENSAJERO.- (Entra y hace una profunda inclinación ante Artabán) Señor, mi amo, a quien tanto conoces, me encarga que te entregue este urgente mensaje. (Le alarga un papiro enrollado y amarrado con una cinta)
ARTABÁN.- (Lo coge y se lo entrega enseguida a Kárder) Lee tú, hijo mío. Que la palabra escrita no borre de mis ojos la alegría que el cielo dejó en ellos.
KÁRDER.- (Desenvuelve el papiro y lee) "Al sabio Artabán, nuestro hermano en el secreto de los signos. Salud. Que Yahvé te proteja y mantenga tu espíritu despierto a la luz. Por si el quehacer terreno de hoy te ha impedido estudiar en la bóveda de zafiro, sabe, que, cada uno de nosotros por sí y los tres juntos, hemos visto y comprobado la aparición de la señal que durante tantos siglos y con tanto anhelo esperamos. ¡El que había de nacer ha nacido en la patria del Gran Rey!. Nos disponemos a partir en su busca para rendirle el homenaje que todos los que le presentíamos le debemos. Pondremos a sus pies, apenas liberados, el oro, el incienso y la mirra. Poco es, pero menos da la tierra en que nacimos. ¿Quieres acompañarnos? Hasta que Sagitario curve su arco sobre los Dos Gemelos te esperaremos junto a los muros derruidos de Borsippa. Nabú, el falso dios de la escritura, pálido de envidia, nos verá partir desde el enorme zigurat del templo de "Zezida". Volveremos al espalda a la mentira para ir al encuentro de la verdad. Te esperamos. Fraternalmente tuyos. Melchor, Gaspar y Baltasar".
ARTABÁN.- (Al mensajero) Di a tu amo que no faltaré. Antes se helaría la sangre en mis venas que dejar de acompañarles.
EL MENSAJERO.- ¡Bien, señor! (Hace otra exagerada inclinación y se retira)
ARTABÁN.- (En brusca transición y con las más exageradas demostraciones de júbilo) ¡Alégrate, Kárder, hijo mío! Iremos a verle... ¡A verle! ¡Aún no lo sospechas? ¡Es la luz del mundo, el agua viva, el Sembrador!
KÁRDER.- ¿El Sembrador?
ARTABÁN.- Sí. Su palabra será la semilla del hombre nuevo, ¡Pobre Humanidad si ni le escucha! ¡El pondrá el pañuelo en los ojos de los que sufren, el pan en la boca de los hambrientos, el látigo en las manos de los humildes para espanto de los soberbios y de los déspotas!. Iremos a verle... Hoy mismo, ahora mismo...! ¡Cuántos nacidos de mujer nos envidiarán en el proceso de los siglos! (Llamando a gritos) ¡Cheradja! ¡¡Cheradja!!
CHERADJA.- (Entrando precipitadamente) ¿Por qué gritas de ese modo?. No soy sorda. ¿Qué quieres ahora?
ARTABÁN.- ¡Pronto! ¡Saca pronto lo que tú llamas los tesoros!
CHERADJA.- (Con extrañeza) ¿Los te... so... ros...?
ARTABÁN.- Sí, sí. Eso que guardas en la cajita de marfil que heredaste de mi padre.
CHERADJA.- Y ¿desde cuándo te interesas por ellos? ¡Siempre los habías despreciado! Es extraño. ¿Puedo saber para qué los quieres?
ARTABÁN.- Para regalarlos.
CHERADJA.- ¿Has perdido del todo el juicio? Lo único de valor que hay en la casa y piensas regalarlo. ¿A quién?
ARTABÁN.- A quien sin necesitarlo lo merece. Será una mísera ofrenda del que no tiene nada menor que poner bajo sus pies. ¡Engaños, engaños deslumbrantes! ¡Ojalá los pise!
CHERADJA.- Pues para eso no te los daré. Puedes mandar que me azoten pero ¡no te los daré!
ARTABÁN.- (Con energía) calla y obedece. (En tono amable) Si los traes te diré a quién van destinados y te alegrarás.
CHERADJA.- (Dudosa) Mucho me temo que no. Pero en fin... tú mandas. (Encogiéndose de hombros al hacer el mutis) ¡Qué remedio me queda!
KÁRDER.- (Disculpando a Cheradja) ¡Te quiere tanto!
ARTABÁN.- Como yo a ella. Y debe agradecerlo. Eso me impide castigar su lengua. Y es que no quiere admitir que hace muchos años dejé de ser el pequeño a quien ella amamantó y sirvió de madre, cuando murió la mía. A veces pienso que quizás lleva razón al no distinguir entre sierva y madre. ¿No es lo mismo?
CHERADJA.- (Vuelve con una caja de marfil en la mano, que pone malhumorada sobre la mesa) ¡Aquí está todo!
ARTABÁN.- (Mientras abre la caja) Veamos, veamos qué comprende ese todo, cuya posible pérdida provoca tu cólera. (Sacando lo que nombra y poniéndolo sobre la mesa) Un diamante... Un rubí y... un jaspe. ¡Poca cosa!
CHERADJA.-
(Indignada) ¿Poca cosa le llamas? ¿Qué diría el príncipe de Ammón que te donó ese magnífico diamante en donde está prisionera toda la luz de las estrellas?. Tú le vaticinaste su triunfo sobre Moab. Es cierto. Pero eso no te autoriza para menospreciar su obsequio. ¿Y el rubí que te trajo la hija del Gran Sacerdote cuando hiciste el horóscopo de su recién nacido? ¡Una gota de sangre encendida del Arcángel no sería más bella! ¿Y el jaspe? ¿Qué tienes que decir del jaspe que te trajo de tan lejanas tierras aquél mercader fenicio a quien previniste contra los peligros del mar? (Con desprecio) ¡Poca cosa le llamas! Quisiera saber si hay alguien que pueda merecer tanta hermosura.
ARTABÁN. o hay, Cheradja. Y para que te convenzas, tú misma lo vas a nombrar. ¿Por quién te desprenderías tú de esas riquezas?
CHERADJA.- Tan sólo por uno.

KÁRDER.- ¿Por quién, madre?
CHERADJA.- ¡Por el que anunciaron los profetas de nuestro pueblo!
ARTABÁN.- Pues ¡alégrate! Para Ese son.
CHERADJA.- (Con alegría) ¿Es posible? ¿Quién me asegura que se han cumplido los tiempos?
ARTABÁN.- (Muy convencido) Yo.
KÁRDER.- (Con entusiasmo) ¡Y vamos a verle! Partimos enseguida ¿verdad, Rabí?
ARTABÁN.- Tan pronto como prepares las caballerías. Anda. Corre al establo y avisa cuanto estén. Nos esperan. (Kárder sale precipitadamente)
CHERADJA.- (Un poco cohibida y como avergonzada de su anterior aptitud) ¿Irás solo?
ARTABÁN.- Había pensado que me acompañara tu hijo. ¿Tienes algo que oponer?
CHERADJA.- (Muy humilde) No. Tan sólo que yo... quedaré muy triste... pero, no os preocupéis. Es el destino de los viejos.
ARTABÁN.- (Apoyando una mano en su hombro) ¿Te gustaría venir?
CHERADJA.- (Con entusiasmo) ¿Lo dices en serio? ¿No se avergonzará nuestro Gran Señor de una esclava tan repulsiva? ¿No se asustará de mi fealdad, de mi pobreza?
ARTABÁN.- Al que buscamos le espanta más la riqueza. Su doctrina será espina para los que atesoran, bálsamo para los que trabajan, clarín de guerra para los oprimidos que ansiando la justicia conquistarán la paz y seguirán tras ella para siempre. Ve a preparar tus cosas.
CHERADJA.- (Emocionada y besándole las manos) ¡Gracias! ¡Gracias! También el dolor y los años son una ofrenda. Y si esta no le agrada le diré cosas tan bonitas que... tal vez me mire. La mujer que ha sido madre siempre tiene en su boca la palabra justa para arrancar la sonrisa a un recién nacido.
ARTABÁN.- Sobre todo si sabe improvisar esos extraños cantos con que más de una noche llevaste el sueño a mis ojos.

(Oscuro de mutación durante el cual se alza el telón que representa la casa de Artabán y queda figurada en el suelo la bifurcación de dos caminos, uno de los cuales se pierde en las montañas del telón de fondo, que es el mismo de la noche estrellada. Al apagarse la luz comienza a oírse el tema musical que va creciendo en intensidad y termina cuando vuelve a encenderse, totalmente, la iluminación escénica. Esta se inicia poco a poco y en tonos de color cambiante quedando en una discreta semioscuridad violeta. Contrasta con ella un rayo de luna blanca que al asomar tras las montañas cae sobre el cuerpo del viajero que aparece tendido en el suelo, al margen del camino)
Tras una breve pausa.
EL VIAJERO.- (Quejándose) ¡Ay! ¡Ay! Nadie me oye. (En tono implorante y alzando un brazo hacia el cielo) ¡Oh dios de los caminos, no dejes que me desangre en esta soledad! (Se oyen los pasos de una persona que se acerca. El viajero concibe esperanzas) ¡Aquí!
ARTABÁN.- (Entra por el camino de la derecha apoyándose en un bordón de peregrino. Lleva bolsa y calabaza para el agua pendiente de cuerdas cruzadas sobre el pecho. Al oir la llamada se para en seco) ¿Quién llama?
EL VIAJERO.- (Con voz entrecortada por la fatiga) Acércate... Quien quiera que seas... ¡ayúdame! o... moriré..
ARTABÁN.- (Corre a su encuentro, hinca la rodilla y levanta su cabeza que queda iluminada por la Luna) ¿Qué te sucede?
EL VIAJERO.- Unos salteadores... después de robármelo todo... ¡todo!... me han dejado por muerto. (Agarrándose desesperadamente a los brazos de Artabán) ¡No me abandones!
ARTABÁN.- ¿Cómo puedes pensarlo? Tranquilízate y déjame ver. (Examina cuidadosamente sus lesiones) Tus heridas no son tan graves como crees. ¡Ten fe! (Busca en su bolsa de la que extrae lo necesario) El aceite y el vino y un buen vendaje bastarán.
EL VIAJERO.- (Mientras se deja curar, va recobrando el ánimo y se siente locuaz) Sí... Sí creo. Creo que tienes poder para sanarme. El medallón que llevas al cuello me dice quien eres ¡Oh, Rabí! pero más valiera que me dejaras morir ¿para qué quiero la vida si me han despojado de todo cuanto tenía? Pobre y viejo, arrastraré mi cuerpo, de puerta en puerta, implorando limosna ¡Triste porvenir!
ARTABÁN.- No te hace ningún bien tanta palabra. Ni al cuerpo... ni al espíritu.
EL VIAJERO.- Más daño me hará la miseria.
ARTABÁN. a miseria no daña al que la sabe despreciar. Como a las mujeres le gusta abusar de los que se le rinden ¿Por qué te afanas tanto por el día de mañana?
EL VIAJERO.- ¿Acaso no debemos hacer como las hormigas?
ARTABÁN.- ¿Por qué? No todos los animales son como ellas y también viven. Cada día tras su afán y El que te creó cuidará de ti, si no equivocas el camino.
EL VIAJERO.- ¡Que extraña es tu doctrina, Rabí! Y ¿qué es preciso para no equivocarlo?
ARTABÁN.- Obedecer. Escrito está que ganarás el pan con tu sudor. Pero el trabajo no es una maldición. Es un mandato que cuando se cumple le hace a cualquiera sentir la alegría de ser hombre. Con él reuniste lo que esos malhechores te robaron ¿No es así?
EL VIAJERO.- No. ¡Eso aumenta mi dolor! Parte era prestado y si no lo devuelvo me someterán a tormento... ¡ay! ¡Ay! No lo resistiré.
ARTABÁN.- (Rebusca en su bolsa, extrae la cajita de marfil y de ella el diamante que entrega al viajero) ¿Podrás pagar con esto?
EL VIAJERO.- (Exclama con los ojos desorbitados por la admiración) ¿Un diamante?
ARTABÁN.- (Con ingenuidad) No es bastante ¿verdad?
EL VIAJERO.- ¡Sobra muchísimo, señor, muchísimo! ¡Es lo más hermoso que he visto en mi vida!
ARTABÁN.- Mejor. Así no tendrás que mendigar puesto que tanto te horroriza.
EL VIAJERO.- (Sorprendido) Pero... ¿es que tal vez no eres un hombre?
KÁRDER.- (Entra corriendo por el camino contrario al que trajo Artabán. Llamando) ¡Rabí!... ¡Rabí!
ARTABÁN.- Aquí estoy ¿Por qué vuelves y no sigues adelante?
KÁRDER.- Madre dice que es muy tarde y que si no aligeras llegaremos a destiempo al lugar de la cita.
ARTABÁN.- ¿En dónde está ella?
KÁRDER.- Ya estará llegando con la caravana a las ruinas. A juzgar por sus protestas creo que se le acaba la paciencia.
ARTABÁN.- Pues tendrá que administrar con más talento el resto que le quede, porque nosotros, antes de seguir, hemos de llevar a este hombre hasta la casa más próxima. Anda. Ayúdame.
KÁRDER.- Como mandéis. (Se acerca a ellos y cogiendo de un brazo al herido ayuda a su maestro a ponerlo en pié, lo que consiguen con no poco trabajo)
EL VIAJERO.- (Dando unos pasos vacilantes) Mis huesos se resisten a sostenerme, pero tus brazos, Rabí, mandan en ellos.
(Oscuro de mutación como el anterior. Durante él se baja el telón que representa las ruinas de Borsippa. Cheradja aparece sentada sobre una piedra, dando aparentes muestras de impaciencia. A poco se levanta y pasea de un lado para otro. La luz cambiante se fija en un tono rosado, precursor del amanecer. Se oye ruido de conversación y por el mismo lateral entran con paso ligero Artabán y Kárder)
CHERADJA.- (Increpando a Artabán) ¡Ya estarás contento! ¡Ya estarás contento!
ARTABÁN.- ¿De qué?
CHERADJA.- De no encontrar a los que buscas. Me hubiera extrañado que sucediera lo contrario ¿Cómo se puede llegar a tiempo a sitio alguno entreteniéndose con cualquier cosa?
ARTABÁN.- (Comprensivo y resignado) ¿A qué llamas tú cualquier cosa?
CHERADJA.- (Desafiante) A lo que nos desvía de los que queremos, sea lo que sea.
KÁRDER.- No disputéis. Os lo ruego. Tú me has enseñado, Rabí, que las disputas son inútiles.
ARTABÁN.- Y es cierto casi siempre. (A Cheradja) Pero escucha ¿Cómo sabes que no encontraremos a mis amigos? ¿Quién te ha dicho que no vendrán después.
CHERADJA.
Nadie. Pero como es tarde y no están aquí sobran las referencias.
ARTABÁN.- ¿Y las caballerías?
CHERADJA.- A la vuelta de esa esquina cuidan de ellas los mercaderes de la caravana, a quien has retrasado su marcha más de lo debido.
ARTABÁN.- ¿Pero al llegar a las ruinas no viste a nadie?
CHERADJA.- No. Nos has obligado a parar tantas veces para esperarte que hace poco que llegué.
(Mientras Cheradja y Artabán sostienen el anterior diálogo, Kárder, que va de un lado para otro, descubre una hoja de papiro sujeta con una piedra entre las ruinas)
KÁRDER.- Aquí hay un papiro (lo coge y se lo ofrece a Artabán)
ARTABÁN.- (Rechazándolo) Lee. Lee pronto si es que esta débil luz del amanecer te lo permite.
KÁRDER.- (Leyendo) "Te hemos aguardado en vano hasta la media noche. Nuestra impaciencia por conocer al que ha nacido espolea de tal modo a los camellos que nos impide esperar más. Nos dirigimos hacia Occidente por la senda que al norte del desierto lleva a Bosra y Hosbón. De allí partiremos para cruzar el Jordán y entrar en la tierra de la Promesa. La luminaria que se ha encendido sobre Judea es guía tan segura que no puedes extraviarte. Oh, Artabán, primero entre los sabios, norte seguro de los que navega, que el ansia de ver clarear al Nuevo Día ponga alas en tus pies"
CHERADJA.- (Acercándose a Artabán) ¿Y qué dices ahora?
ARTABÁN.- Que a veces pienso si no eres más sabia que yo ¡Sabes vivir es aprender viviendo y amar es... morir. Los que se preocupan demasiado por el corazón prestan poca atención a la cabeza.
CHARADJA.- No sé lo que quieres decir.
ARTABÁN.- Nada. Nada importante. Sencillamente que... (Inclina la cabeza) he llegado tarde.
KÁRDER.- (Con pena) Entonces ¿volvemos a casa?
ARTABÁN.- ¿Por qué? ¿Acaso hemos salido de ella para regresar sin verle? ¡Vamos! Antes de que llegue el calor del día un gran trecho del desierto quedará atrás. Después acamparemos para seguir durante la noche y así sin tregua, con la mirada en esa luz que yo veo y a vosotros se os oculta iremos adelante hasta el sitio que le vio nacer.
CHERADJA.- ¡Que se cumplan tan buenos propósitos y no te tiente más el Enemigo!
KÁRDER.- ¿Otra vez madre vuelves a los reproches? El sabe más que tú.
CHERADJA.- Sí. El sabe más de las ciencias ocultas pero yo sé mejor lo que nos conviene. Son dos cosas muy distintas.
ARTABÁN.- (Sonriendo) ¿Y qué crees tú que nos conviene más ahora?
CHERADJA.- Callar y andar. Sobre todo andar que el camino es rémora para los que vuelven la cabeza y pluma para los que miran hacia delante.
(Oscuro de mutación como los anteriores que permite quitar el decorado de las ruinas y deja otra vez a la vista el camino. La noche sin Luna lo envuelve todo en semioscuridad. En primer término Cheradja y Kárder que se han detenido para esperar a Artabán. Este sentado en el suelo del fondo tiene una paloma entre las manos, a la que se esfuerza por entablillar un ala rota)
KÁRDER.- (Señalando al camino por el lado opuesto al que está Artabán) Han desaparecido tras aquél recodo. A este paso no llegaremos nunca.
CHERADJA.- Sí, hijo mío, sí. Pero es peligroso para mí insistir. No me atrevo. Ayer se enfadó tanto que tuve miedo de que me mandara volver. (En voz baja y con gran emoción) Y eso no. ¡No! Tan vieja y cansada ¿cómo podría sobrevivir a la pena de no besar las manos del Rey que ha nacido?
KÁRDER.- Pero ¿qué hace?
CHERADJA.- Di más bien, que deshace. (Ante el gesto de incomprensión de Kárder) Sí. No pongas esa cara. Deshace lo que hizo la flecha del arquero. (Señalando con el brazo hacia Artabán) ¿Es que no lo ves? Cura a una paloma que cayó con el ala rota. (Explicativa) Iba el último de la caravana ¡Como siempre! ¡Nunca tiene prisa! Y al pasar junto a la paloma se apeó del camello y corrió a recogerla en sus manos, con tanta ternura que más parecía acariciarla. Dijo no sé que del Espíritu de Dios y después nos mandó seguir. Los mercaderes y tú con ellos obedecisteis, pero yo... Yo no estoy dispuesta a que se quede rezagado en el desierto, en donde la muerte se agazapa tras de cada sombra de la noche.
KÁRDER.- Le quieres mucho... ¿verdad, madre?
CHERADJA.- Tanto como a ti que fuiste huésped de mis entrañas (Mirando hacia donde está Artabán que hace lo que indica) pero ¿es posible que derrame en el suelo el agua de su calabaza cuando apenas tenemos para dos jornadas y faltan tres para llegar al oasis? (Llamando) ¡Eh, Rabí! ¿Te olvidas de que en las arenas no nacen manantiales o es que quieres que los cuervos se ceben en nuestros cuerpos?
ARTABÁN.- (Desde lejos y en tono festivo) Ni olvido lo uno ni quiero lo otro. Es que no sólo nosotros tenemos sed.
CHERADJA.- ¿Quién entonces?
ARTABÁN.- (Levantándose y dirigiéndose hacia los otros llevando en sus manos la paloma) Espera y lo sabrás. No es muy agradable hablar a voces. (Al llegar a ellos) También los espinos necesitan agua.
CHERADJA.- (Extrañada) ¿Los espinos?
ARTABÁN.- Sí. No por ser tan insignificantes merecen la muerte. (Señalando) Ahí he visto uno que agonizaba calcinado por el sol. Una terrible agonía que el rocío de la noche sólo consigue prolongar.
CHERADJA.- (Con desprecio) ¡Es una mala yerba!
ARTABÁN.- (Dudoso) Según para quién. (Dando con cariñoso cuidado la paloma a Kárder) Toma y no la presiones demasiado. Sufre mucho. Ese jadeo tembloroso de su corazón asustado me hace daño en la mano.
CHERADJA.- En verdad no debieras salir nunca de tu casa. Allí, al menos, mientras piensas no ves el mundo. Hay en él demasiadas cosas y tus ojos acostumbrados a mirar siempre hacia arriba, se espantan si los diriges hacia abajo.
ARTABÁN.- Te equivocas. No me puede espantar nada de lo que existe porque lo comprendo. Es el hombre, el hombre y sus instintos lo que me preocupan. Es su fondo de ciénaga, su refinada crueldad, ese estúpido y soberbio afán de dominio que con tal fuerza le inculcó el Enemigo. Pero ¡tranquilízate! Ahora estoy alegre, ¡muy alegre!, porque mi infierno se ha abierto a la esperanza. El que buscamos arrancará de cuajo esa raíz. Más pronto o más tarde. Pasarán los siglos pero no su palabra y ésta hará el milagro ¿Qué son mil o dos mil años? El tiempo es otro invento de los hombres: El más despreciable y de menos valor. (En brusca transición y zarandeando por los hombros a Cheradja con jubilosa alegría) ¡Alégrate, mujer! El que buscamos arrancará de cuajo esa raíz. Por eso ardo en las brasas de mis deseos por conocerle.
KÁRDER.- ¿Seguimos? Los demás estarán muy distantes.
ARTABÁN.- Calma, muchacho y si quieres leer en las estrellas libérate de la angustia del tiempo ¡Déjalos ir! Antes se cansarán que nosotros y cuando se detengan para reponer fuerzas les alcanzaremos. En marcha. Ya para que esta no se haga pesada (A Cheradja) ¿Por qué no nos refieres, mi buena Cheradja, una de esas hermosas leyendas, dignas de ser cantadas con acompañamiento de salterio de diez cuerdas que tan bien sabes repentizar?
CHERADJA.- Las leyendas son para los niños. Sólo ellos las viven.
ARTABÁN.- Pues olvidémonos de que somos hombres y empieza...
CHERADJA.- (Recitando al mismo tiempo que los tres inician lentamente el mutis)
Por la llanura de Asur-ElHaj
van tres camellos
camino del mar...
¡Corre si los quieres alcanzar!
En el primero oro de Ofir.
-¡Alto!
De la maleza
¿por qué los cervatillos
quieren huir?
(Mientras que las luces se apagan, poco a poco, hasta llegar al Oscuro de mutación los tres se alejan y la voz de Cheradja cada vez más débil se liga con la música en crescendo. Al establo ruinoso en donde nació Jesús de Belén. Entra Artabán polvoriento y algo cansado, mira a un lado y a otro y después se vuelve hacia el sitio por donde ha venido)
ARTABÁN.- ¡Nadie! Y sin embargo no puede haber error... Es aquí... ¡Aquí! La luz que encendió en mí esta certidumbre brilló también en la frente de los otros tres...
(Entran Cheradja y Kárder. Aquella muy cansada y enferma se sostiene pasando un brazo por los hombros de su hijo)
CHERADJA.- (Quejándose y arrastrando los pies se detiene a la entrada del Portal) ¡Ay! ¡Ay! (A su hijo) No me dejes caer porque si caigo no me levantaré... (A Artabán) ¿Qué piensas encontrar en este miserable establo?
ARTABÁN.- (Acercándose a ella) ¡No le llames así al lugar en que nació!
KÁRDER.- ¿Quién?
ARTABÁN.- (Inclinado la cabeza) El que buscamos ¡Oleo derramado es su nombre!.
CHERADJA.- (La indignación le hace recobrar las fuerzas. Se desprende con rapidez de su hijo e increpa a Artabán) ¿Es que quieres que te lapiden por blasfemo? (En voz baja) ¡Calla y que nadie te oiga! Me temo que el sol del desierto te ha reblandecido la cabeza.
ARTABÁN.- No. Es tan cierto como la existencia del Iris que selló el pacto con Yahvé.
CHERADJA.- (Enfurecida) ¿Cómo puedo creer que el Rey del pueblo, el que dominará a las naciones, el Prometido pueda nacer en un muladar? ¿Acaso los reyes no vienen al mundo en lechos de plumas, entre las más costosas telas perfumadas de Persia, bordadas de oro y piedras preciosas? (Agresiva) ¡Di que es falso antes de que me olvide que soy tu esclava!
ARTABÁN.- (Con humildad) Aunque no lo creas es así...
CHERADJA.- Pues ¿dónde está? ¿Dónde están los Magos que nos precedieron? Si para regresar a nuestra tierra partieron de aquí nos hubiéramos encontrado con ellos en el camino. Hemos traído el mismo.
ARTABÁN.- (Encogiéndose de hombros) Eso no lo sé.
(Kárder que mientras hablan los otros dos ha estado curioseando por todos los rincones del Portal, se acerca al pesebre que hay pintado en el telón y recoge del suelo un pequeño pebetero que estaba semioculto entre pajas)
KÁRDER.- (Mostrando el pebetero) ¿Qué es esto?
ARTABÁN.- (Corre a su encuentro, examina el objeto, aspira el aire y da muestra de la más ruidosa alegría) ¡La prueba! He aquí la prueba de lo que te he dicho ¡En este braserillo se ha quemado perfumes! ¿Cómo no lo habíamos notado antes? (A Cheradja) Anda. Acércate y aspira el aire.
CHERADJA.- (Haciendo lo que ha indicado y con gesto de asombro) ¡Huele a incienso y a mirra!
ARTABÁN.- Y a otro aroma tan sutil, tan raro que tus sentidos no pueden percibir y a mí me llena de alegría.
CHERADJA.- (Con desesperación) Pero si es así yo quiero besar sus pies, esos pies amasados con nieve y rosas que cuando pisen harán nacer la vida en su camino ¿Por qué no está aquí? ¿Por qué no lo veo?
ARTABÁN.- (Con profundo abatimiento) ¡Porque ahora también... he llegado tarde!
(Tras breve pausa irrumpe en la escena una mujer terriblemente asustada, con el traje y el pelo en desorden, que aprieta contra su pecho a un niño pequeño)
LA MUJER.- (Mirando hacia atrás con gesto de espanto como dirigiéndose a alguien que la persigue) ¡No! ¡¡No!!... ¡Por piedad! ¡Es mi hijo! ¡¡Mi hijo!!... ¿Qué mal hizo a nadie?
(Antes de pronunciar las últimas frases entra un soldado con una espada en la mano que se dirige corriendo a la mujer y forcejea con ella para arrebatarle al pequeño. La mujer se resiste y protege a su hijo cubriéndolo con el cuerpo)
EL SOLDADO.- ¡Vamos, gacela! No chilles ¡Dámelo y acabemos! (En un descuido del soldado la mujer le muerde en una mano) ¡Ay, maldita perra! ¡Te arrancaré esos dientes de loba! (Alza la espada con intención de descargar un golpe sobre la cabeza de la mujer. Artabán se adelanta rápido y sujeta el brazo del soldado)
ARTABÁN.- ¿Qué vas a hacer?
EL SOLDADO.- (Rechazándolo violentamente) Y ¿a ti que te importa?
ARTABÁN. a vida de un ser siempre es importante para todos ¿Por qué la persigues?
EL SOLDADO.- Cumplo órdenes.
ARTABÁN.- ¿Órdenes?
EL SOLDADO.- Sí. El Gran Herodes, mi señor, ¡Yahvé le proteja!, nos mandó acabar don todos los varones de dos años nacidos en Belén y tres miliares a la redonda.
ARTABÁN.- Y ¿desde cuándo el Rey de Jerusalén siente esa sed de sangre inocente?
EL SOLDADO.- Desde que unos Magos de Oriente le anunciaron el nacimiento de un nuevo Rey de Israel (Ríe groseramente) ¡Es muy celoso!
ARTABÁN.- Pues yo te juro por este sol que cuelga de mi cuello que este niño (Señala al de la mujer) no es el que buscáis.
EL SOLDADO.- (Impresionado por el juramente y reconociendo la categoría de Artabán) Te creo, Rabí, pero yo... Tengo que obedecer.
ARTABÁN.- No hay obligación de hacerlo si lo que te mandan es el crimen.
EL SOLDADO.- (Impaciente) ¡Soy soldado! Perdonad su vida puede costarme la mía.
ARTABÁN.- (Con indiferencia pero muy persuasivo) ¿Para qué la quieres si la vas a manchar haciendo la voluntad de un tirano?
EL SOLDADO.- (Mirando a un lado y a otro con desconfianza) ¡Calla!
CHERADJA.- Cierra tus ojos, soldado. Nadie te obliga a tenerlos abiertos. Si lo haces no has visto a nadie.
ARTABÁN.- Al contrario. Ábrelos, ábrelos y mira lo que vas a hacer. Matar a un ser indefenso no permite dormir tranquilo después.
EL SOLDADO.- (Como si la luz se hiciera en su mente) ¿Cuál es tu poder, Rabí, que así desarma el brazo del guerrero?
ARTABÁN.- No es mío. Es la verdad que el que todo lo puede presta a mi boca. Y para que no olvides este día en que la conociste... (Saca la cajita de marfil, coge el rubí y se lo ofrece) ¡Toma!
EL SOLDADO.- (Admirando la belleza de la piedra) ¡Qué maravilla! (Dudoso) No sé si debo...
ARTABÁN.- Sí, hombre, sí. No lo dudes. Este rubí que te doy vale bastante menos que las blandas gemas que tenías dispuesto a llevarte en la punta de tu espada.
EL SOLDADO.- (Lo toma e inicia el mutis) ¡Que el Dios de nuestros padres bendiga tu mano generosa! (Sale)
LA MUJER.- (Corre presurosa hasta Artabán, hinca una rodilla y besa su vestido) Cuando mi hijo sea hombre no podrá pagarte la deuda de su vida, pero te buscará para ser tu esclavo.
ARTABÁN.- ¿Qué hizo él para merecer tal suerte, ni yo para que hables así? No, mujer. Sólo quiero de ti un favor.
LA MUJER.- Mándame.
ARTABÁN.- ¿Tú sabes algo de ese Rey de Israel de que habló el soldado? ¿Le has visto?
LA MUJER.- No. Pero cuando este hijo (Señala a su pequeño) comenzó a agitarse pidiendo libertad, ocurrieron en Belén cosas bien extrañas.
CHERADJA.- Cuenta, cuenta...
LA MUJER.- Vinieron muchas gentes de los más lejanos confines para cumplir la orden de empadronamiento que entonces dio el César. No había casa sin dobles moradores, ni cuarto vacío... Y una noche...
KÁRDER.- ¿Pero fue de noche?
LA MUJER.- No sé. Yo estaba postrada. Dicen que era una noche clara, quieta como el remanso de un río caudaloso, una noche cargada de presagios... Los pastores que dormían en las majadas se despertaron asustados, sus perros ladraron con esos ladridos jubilosos con que saludan la llegada del dueño... Una música lejana y nunca oída, unas voces que parecían venir de lo alto anunciaron la gloria de Dios y la promesa de la paz entre los hombres...
CHERADJA.- Sigue, sigue por lo que más quieras...
LA MUJER.- Y los pastores, toscos, e ignorantes, corrieron, corrieron guiados por una voz íntima hacia este lugar y aquí vieron a un niño, recién nacido, hijo de unos galileos, ante el cual se le doblaron las rodillas... ¡Nadie se explica el por qué!
ARTABÁN.- Yo si me lo explico, mujer. Me lo explico... ¿Sabes algo más? ¿Sabes qué ha sido de ese Niño?
LA MUJER.- ¡Ojalá pudiera decirte su paradero! Si quieres puedo preguntar. Mándame ¿Qué quieres que haga?
ARTABÁN.- Nada. Pon el cordero a buen recaudo que aún andan los lobos por el monte.
CHERADJA.- Sí, sí. Vete que otros soldados pueden llegar.
LA MUJER.- No temas. En estas ruinas hay huecos tan profundos que ocultándose en uno no nos encontrarán. (Se dispone a salir con su hijo)
KÁRDER.- ¡Espera! (Se acerca a un lateral y hace como que mira hacia el exterior) Puedes salir. No se ve a nadie. (La mujer sale)
ARTABÁN.- (Mirando al cielo) ¡Gracias, gracias por haberme ayudado! Manchar de sangre este lugar sería un insulto, el insulto más soez lanzado a la cara del que nos lo envía. Antes era un establo, un sucio establo en el que el vaho animal hacía el aire irrespirable y pesado...
CHERADJA.- Y ¿ahora?
ARTABÁN.- ¡Un santuario!
CHERADJA.- Pero vacío... ¡Ya no le veremos!
ARTABÁN.- Sí. Seguiremos buscándole sin descanso hasta las cuatro columnas de la tierra, por todas partes... En alguna estará. (Cheradja baja la cabeza muy entristecida y Artabán la mira) ¿Qué te pasa?
CHERADJA.- Te olvidas de mis años, de esta angustia que me ahoga... pronto su débil soplo apagaría la llama... y entonces me tendrías que sepultar bajo un montón de piedras... lejos de la morada en donde los nuestros esperan la hora del Gran Juicio.
ARTABÁN.- ¿Qué más da un sitio que otro? Ahora tampoco estás muy cerca de casa y si te quedaras aquí nunca me perdonaría el haberte dejado sola.
KÁRDER.- Si quieres yo puedo llevarla a Borsippa. Después te buscaría...
ARTABÁN.- (Apoyando una mano en su hombro) ¡Eres un excelente muchacho! Sí, ve con ella, pero no intentes seguirme ¿Cómo sabrías encontrar mis huellas en la ancha tierra? Porque yo no descansaré harta encontrarle. No habrá montaña que sirva de valla, ni río que corte mi camino, ni bosque oscuro que me asuste, ni fieras, ni hombres que me detengan. Yo no descansaré hasta encontrarle porque ¡tengo que pedirle perdón!
CHERADJA.- El justo no lo necesita y tú lo sabes.
ARTABÁN.- (Con insistencia y emoción) ¡Tengo que pedirle perdón!
CHERADJA.- ¿Por qué?
ARTABÁN.- (En voz baja) Por... ¡haber llegado tarde!
CHERADJA.- Pero eso significa que ahora, en este instante nos hemos de separar ¿Te das cuenta?
ARTABÁN.- Sí. Pero algo mío os llevareis para vuestro consuelo (Los dos mira interrogantes) (A Charadja) No. No pienses en el oro ni en nada de valor. No es posible dar lo que no se tiene. Lo que te ofrezco no se da en mano.
CHERADJA.- No quiero otra cosa que no sea tu imagen y esa sólo la muerte borrará de mis ojos. Que tú no olvides a la que te vio llegar al mundo para ser una de sus antorchas.
ARTABÁN.- (Abrazándola) Algún día nos volveremos a encontrar y será para siempre. (Abrazando a Kárder) Mi casa será la vuestra. Sé para ello hijo y señor, padre y esclavo y que cuando nos veamos lleves sobre el pecho el sol de la Sabiduría.
KÁRDER.- Que el que buscas aumente la tuya.
(Sale Artabán sin volver la cara para mirarlos, temeroso de no poder contener su emoción. Cheradja y Kárder le ven partir con profundo gesto de dolor en los rostros)
KÁRDER.- Si ya has descansado, también nosotros debemos partir.
CHERADJA.- Déjame un poco más ¡Te lo suplico! Vine tan cargada de cosas que decirle que con ellas a cuestas no podría regresar nunca... Y estoy enferma, deshecha... Antes de salir de este sitio me troncharía como un tallo reseco. Déjame junto a Él.
KÁRDER.- Pero ¡si no está!
CHERADJA.- (Como trastornada por la emoción) ¿Qué dices? Yo lo veo aquí, entre nosotros. Lo ha dejado todo lleno de Él. Se respira en el aire... ¡Se le oye llorar! ¡¡Escucha!! (Medio llorosa) Su voz me llega y la mía responderá... (A su hijo) ¿Cómo podría permitir que una pobre vieja se fuera tan triste? (Andando lentamente hacia el pesebre)
Lejos, lejos de mí
te sentí llorar...
Por los arenales,
serpiente y chacal...
Por el río,
¡Ay agua salada del Jordán!
mis pies, llaga viva
de tanto buscar.
El eco es un ansia
registrando el valle
y la azul montaña...
El eco: ¿dónde estás?
Y el viento lo lleva por el olivar.
(Accionando junto al pesebre y como si hablara con Jesús)
¡Te siento tan cerca!
(En voz baja)
El eco se calla
y la mano tiembla
(Con pena)
¡Qué tibio perfume y no veo el rosal!
(Llorando)
Dime: "¿Dónde estás?"...
(Kárder sugestionado por la voz de su madre se ha ido acercado al pesebre y la última frase la yo con una rodilla hincada en el suelo y la cabeza inclinada)
(Oscuro de mutación como los anteriores para mostrar medio telón que figura la esquina de una calle de Jerusalén. Al extremo una miserable casa que continúa por el lado opuesto un muro semiderruido coronado por varias piedras en difícil equilibrio. La escena sola una segundos)
(Por el lado opuesto al medio telón entra un sicario de la justicia herodiana que mira a todos lados para reconocer el lugar y después hacia el practicable por donde ha entrado)
EL SICARIO.- (A otra persona que se supone le sigue) ¡Eh, tú! ¡Es aquí?
(Entra el siervo de un rico saduceo que trae en la mano una tablilla de cera en la cual mira lo que hay escrito. Es un poco cargado de espaldas y en sus gestos y modales hipócritas recuerda siempre al judío de la más baja condición social de aquella época)
EL SIERVO.- Debe ser la primera casa a la vuelta de esa esquina. Mi señor espera que hagas las cosas bien. No quiere escándalos.
EL SICARIO.- (Irónico) Tu señor, a más de ser un rebelde al César, atesora mucha prudencia, pero esta de nada le servirá si no la reforzara con lo mucho que guarda en sus arcas bien repletas.
EL SIERVO.- Más te conviene callar y obrar, que las cerraduras de esos cofres no se abren con palabras ¿Voy contigo?
EL SICARIO.- Mejor es que esperes aquí porque (Irónico) como vea tu cara de rata será muy difícil que abra la puerta.
EL SIERVO.- Pues date prisa y... (En tono de amenaza) no olvides que las ratas también mueren.
EL SICARIO.- (Con risa sarcástica) ¡Muy fina tienes la piel para los tiempos que corremos! ¡Cómo se conoce que no has servido en las legiones! Los romanos tienen buenos remedios para los que son como tú y tu amo. Aguarda un momento. (Sale rápido doblando la esquina)
EL SIERVO.- (Amenazando con los puños hacia el sitio por donde el otro desaparece) ¡Yahvé os maldiga a ellos y a ti! ¡A ti a ese Rey extranjero a quién sirves, porque sois como perros que lamen la mano que les paga! (Con odio) pero no tardará el día de la venganza: Ojo por ojo, diente por diente! Así vuestros hijos aprenderán a no humillar al verdadero pueblo. (Amenazando otra vez con los puños y en voz baja pero llena de rabia) ¡Raza de hienas!
(Salen por detrás de la esquina el sicario que arrastra de los brazos a una joven de dieciocho años, descalza, despeinada y con el traje derrotado como consecuencia de la dura lucha que ha librado y libra con su apresor).
EL SICARIO.- (Al siervo) ¡Deja de rumiar maldiciones y ayúdame!
LA JOVEN.- (Debatiéndose con furia para escapar) ¡Suelta! ¡Suelta; miserable sayón!
EL SIERVO.- (Corre a ellos y sujeta también a la joven) ¡Quieres o no vendrás! Y ¡basta ya! No me obligues a que ponga mis manos sobre tu linda carne porque va a quedar señalada para toda la vida... y mi señor se enfadaría.
LA JOVEN.- ¡Antes me mataré que ser su esclava!
EL SICARIO.- ¡Anda! No digas tonterías. La muerte para ti no llegará ahora, aunque la llames (Ríe a carcajada) ¡Nosotros te defendemos de ella! (Empujándola) ¡De prisa!
LA JOVEN.- (Resistiéndose) ¡No iré! ¡Socorro!
ARTABÁN.- (Que entra por el lateral frente a la casa. Viene con el pelo y la barba totalmente encanecidos. El paso del tiempo ha curvado su espalda obligándole a sostenerse el cuerpo en su bordón de caminante) ¿Quién pide ayuda?
LA JOVEN.- (Gritando) Yo, señor ¡Libradme de estos sicarios de Baal!
ARTABÁN.- (A los otros) ¿Por qué la lleváis contra su voluntad?
EL SICARIO,- (Malhumorado) ¡Ha de pagar por su padre!
ARTABÁN.- Y ¿Qué hizo su padre?
EL SIERVO.- Debe a mi señor trescientos denarios y dice que no tiene ni uno. La ley manda que se venda todo lo suyo para que cobre el acreedor. Y como no tiene otra cosa que esta hija, ella quiera o no, será vendida como esclava. (Con gesto rufianesco) Mi señor en este caso, pujará con gusto en la subasta...
LA JOVEN.- (Suplicante) ¡No lo permitáis, señor! Antes me mataré; que ser del hombre más depravado de Jerusalén ¡Es un repugnante saduceo!
ARTABÁN.- (Registrando en su bolsa saca la cajita de marfil, la abre y le muestra el jaspe al sicario) ¿Trescientos denarios dices? Este jaspe vale más del doble (Le da la cajita con su contenido al sicario) ¡Soltadla!
EL SICARIO.- ¿Pero...?
EL SIERVO.- (Casi a la vez) ¡Mi señor tiene derecho a...!
ARTABÁN.- (Interrumpiéndoles) ¿No pretendéis cobrar? Pues ya lo habéis hecho ¡Ya, marchaos! o por quien soy (Enseña el medallón) te aseguro que iré a quejarme personalmente ante el Rey de vuestras podridas intenciones.
EL SICARIO.- No es preciso, Rabí, no es preciso... (Entre exageradas zalemas se retira por donde había entrado seguido del siervo que hace gestos de protesta)
LA JOVEN.- (Corre hacia Artabán y le besa con efusión las manos) ¡Gracias, señor! La Providencia te envió en el momento justo de evitar una infamia.
ARTABÁN. a Providencia es más sabia que los hombres... ¿Dónde vives?
LA JOVEN.- (Señalando la esquina) En la casa de la vuelta que es la tuya, pasa y descansa pues el polvo de tus sandalias me dice que traen un largo camino.
ARTABÁN.- Cierto, hija mía. Durante más de treinta años he ido persiguiendo los pasos de quien me robó el sueño para convertirlo en una ilusión única. Mis pies saben de las fértiles márgenes del Nilo, de las duras piedras del Sinaí, de las ardientes arenas de Arabia, de las escarpadas laderas del Líbano y del bullicio de los mercados en la Decápolis. En algunas partes le han visto... pero antes, antes de mi llegada. Parecía huir de mí como un espejismo inalcanzable en el desierto... Y ahora... No, no descansaré hasta encontrarle.
LA JOVEN.- ¿A quién buscas?
ARTABÁN.- A quien me han dicho que está en Jerusalén ¿Conoces a Jesús el Galileo?
LA JOVEN.- Sólo su fama de justo. Pero ya no le podrás ver.
ARTABÁN.- ¿Por qué?
LA JOVEN.- Porque hace poco pasó por aquí entre una turba de soldados y fariseos que lo llevan al Monte de la Calavera donde recibirá muerte de Cruz. El Sanedrín le ha condenado por blasfemo.
ARTABÁN.- (Con desesperación) ¡Cielos! ¡Cielos! ¡Ay, pobres de ellos y de mí!
LA JOVEN.- ¿De ti?
ARTABÁN.- No. Vete tú y no te preocupes por el abandono. El remordimiento por mi torpeza en encontrarle no me dejará solo...
(La joven se aleja hacia su casa. Artabán queda en primer término, al pié del muro derruido, con la cabeza baja y sumido en la más angustiosa meditación)
ARTABÁN.- (Como hablando consigo y en tono monótono de salmodia) ¡Te busqué y no te hallé! ¡Te llamé y no me respondiste! ¿Dónde te escondes que los que debieran verte no te han visto?
(En este momento se apagan las luces por completo y simultáneamente suena el redoble de un timbal que imita el ruido de un terremoto. Durante breves segundos se oyen golpes como si del muro de la decoración cayeran al suelo varios bloques de piedra. También se percibe el desplome del cuerpo de Artabán, que ha sido alcanzado en la cabeza por una de ellas. Enseguida se enciende un potente foco de luz que se proyecta sobre Artabán tendido en el suelo. Está emocionado y en su frente se ve la ancha herida ensangrentada que le produjo el golpe. Varias piedras, grandes y pequeñas, figuradas en cartón, rodean el cuero, que queda recortado por el caño de luz, mientras el resto de la escena permanece en la oscuridad. Del fondo de esta surge una sobra blanca, una figura vestida con larga túnica de anchas mangas que lleva caída sobre la mitad de la cara una larga melena que casi le oculta el rostro. Avanza lenta y solemnemente hacia el cuerpo de Artabán. Cuando está junto a él, hinca una rodilla en el suelo y sus manos llagadas y las bocamangas entran en el cono de luz en un gesto amoroso para levantar la cabeza del herido)
ARTABÁN.- (Abre los ojos y mira hacia la cara de Jesús difuminada por las sombras) ¿Quién eres? ¡No te conozco!
JESÚS.- (Con voz cálida y sin afectación) Cuando tuve sed me diste de beber, cuando padecía hambre tu pan la calmó, cuando andaba desnudo me vestiste. Tú curaste mis heridas y en la cárcel recibí tu visita.
ARTABÁN.- ¡Nunca hice eso contigo!
JESÚS.- ¡Lo que has hecho por el más pequeño de mis semejantes por Mí lo hiciste!
ARTABÁN.- (A punto de llorar) Pero, Señor ¿cómo es posible, si yo siempre... ¡¡he llegado tarde!!...
JESÚS.- (Acariciando su cabeza) No. Tú siempre has llegado el primero.
(Comienza a sonar el tema musical de la obra, a toda potencia, mientras se corre el

T E L Ó N