Páginas vistas en total

jueves, 31 de diciembre de 2009

Chita, Tarzán y el primus interpares



Pese a las grandes diferencias externas y culturales que podamos observar entre un aborigen australiano y un noruego, por citar un solo ejemplo, la concordancia de sus características físicas y genéticas es tan acusada que se les clasifica como una sola especie en el sentido de una división taxonómica de los organismos. Con arrogancia, los hombres nos hemos otorgado el nombre científico de Homo sapiens, «hombre sabio», sin tener en cuenta que con ello nos hemos obligado también a la sabiduría, algo que, si miramos lo que hacemos a nuestro alrededor, a la descuidada forma con que degradamos tierras, mares y espacio, estamos muy lejos de alcanzar.


Cien años antes de que Charles Darwin publicara El origen de las especies, y casi doscientos antes de que Watson y Crick descifraran la estructura interna del ADN abriendo así camino a la clasificación molecular filogenética, un brillante naturalista sueco, Linneo, revolucionó el mundo científico al publicar en 1758 su Systema Naturae. Además de adscribir al género humano en la especie Homo sapiens, en esa obra fundacional de la Taxonomía moderna Linneo reconoció una segunda especie dentro del género Homo, Homo troglodytes, para designar a los chimpancés. Además, sin haberla visto, y anticipándose a las ideas evolucionistas de Wallace, Darwin y Lamarck, aventuró que debía existir una tercera especie, el hombre con cola (Homo caudatus), sobre la que no podía determinar «si pertenece al género humano o al de los simios». ¿Por qué hizo eso Linneo? ¿Por qué un científico convencido de que el hombre era el Rey de la Creación incluyó a su “hombre sabio” junto a tan simiesca compañía?

La Taxonomía o ciencia de la clasificación de los organismos es una herramienta fundamental para los estudios biológicos dado que, sin contar los fósiles, se estima en al menos cinco millones el número de seres vivos distintos que conviven actualmente en la biosfera, una buena parte de los cuales están todavía por descubrir. Hasta finales del siglo pasado, las clasificaciones de los seres vivos estaban basadas en observaciones poco sofisticadas tales como el aspecto externo, la estructura anatómica y el funcionamiento fisiológico. En un tiempo tan lejano como el siglo segundo, el médico griego Galeno había concluido acertadamente cuál era la posición taxonómica que los seres humanos ocupamos en la naturaleza. Al diseccionar varios animales y comparar sus anatomías encontró que el mono era «muy semejante al hombre en vísceras, músculos, arterias, venas, nervios, y en la forma de los huesos.»

Desde entonces, y para quien, como Linneo, haya querido verlo, ha estado bien claro en qué lugar del reino animal encajamos. Puesto que poseemos columna vertebral, somos compañeros taxonómicos de otras casi cuarenta mil especies de vertebrados actuales, compartiendo categoría con gorriones y ballenas, por poner dos ejemplos extremos de animales con espina dorsal. Dentro de los vertebrados, nadie dudará de que seamos mamíferos, un grupo de cuatro mil animales que se distingue por tener pelo y glándulas mamarias, entre otras características. Sin ser experto en Zoología, y sin otro bagaje que haber visto las películas de Tarzán, también es fácil ubicarnos entre los primates, un grupo taxonómico de algo menos de dos centenares de especies que incluye, además de a lémures, loris y tarseros, a los monos en general y a los simios antropoides en particular, dentro de los cuales los seres humanos constituimos un familia: los homínidos. Poseemos en común con otros primates un conjunto de características que no poseen otros mamíferos entre las que se cuentan: pies y manos pentadáctilos y plantígrados, con pulgar oponible por lo menos en las últimas que resultan así susceptibles de usar herramientas; uñas planas en lugar de garras; visión binocular que distingue perfectamente los colores; articulaciones en codos y hombros bien desarrolladas; hemisferios cerebrales notables; y un pene que cuelga libre en lugar de estar adherido al abdomen.

Y puestos a ser primates, está claro que somos más parecidos a los grandes simios o monos antropoides (gibones, orangutanes, gorilas y chimpancés) que a los monos de tamaño inferior como platirrinos, catirrinos y cinomorfos. Dentro de los grandes simios nos diferenciamos más de los gibones de cuerpo pequeño y brazos desmesurados que del resto, a los que nos parecemos especialmente, pero de los que diferimos en el mayor tamaño de nuestro cerebro, la postura bípeda y erecta, el menor vello corporal y otros aspectos más sutiles.

A partir del último tercio del pasado siglo la Taxonomía se ha ido apoyando cada vez más en los análisis del ADN primero y del genoma después. Hoy día, el parentesco ya no se establece por las coincidencias en la estructura física o en las funciones orgánicas, sino por el material genético de las distintas especies. Los resultados de la moderna Taxonomía genética vienen a apoyar lo que ya sabíamos: que cuanto más se parecen morfológicamente y anatómicamente dos seres vivos, mayor es su grado de parentesco y más semejante su genoma, y viceversa.

Además del ser humano, la taxonomía zoológica reconoce seis especies de homínidos vivos: dos de chimpancés (Pan troglodytes y P. paniscus, esta última especie también conocida como bonobo), dos de gorilas (Gorilla gorilla y G. beringei), y dos de orangutanes (Pongo pygmaeus y P. abelii). Orangutanes, chimpancés y humanos comparten un ancestro común que vivió hace entre 12 y 16 millones de años. Los chimpancés y los humanos descienden de una especie ancestral común que vivió hace unos 6 millones de años.


Johnny Weissmuller, el primer Tarzán cinematográfico

Aunque el estudio de las duplicaciones segmentales (fragmentos de ADN repetidos a lo largo del genoma) comienzan a arrojar nueva luz sobre el asunto (véase el número del pasado mes de febrero de la revista Nature: 877-881), los datos comparativos de ADN son por el momento concluyentes al confirmar lo que había vislumbrado Galeno y postulado la clasificación linneana: la similitud genética entre humanos y chimpancés es mayor que la que existe entre caballo y asno o entre marsopa y delfín. Charles Sibley y John Ahlquist, dos ornitólogos pioneros en Taxonomía molecular, encontraron que la diferencia genética (2,6%) entre dos especies de pájaros mosquiteros pertenecientes al mismo género es mayor que la existente entre las siete especies vivas de homínidos. Los grandes simios y los humanos guardan entre sí una relación de parentesco más cercana que la que liga a los grandes simios con los demás monos. Duplicaciones segmentales al margen, mientras que el genoma de los gorilas difiere en un 2,3% del genoma de los chimpancés y de los humanos, el nuestro sólo difiere en un 1,6% del de los chimpancés; el restante 98,4 de nuestros genes son puros genes de chimpancé. Si lo prefieren de otra forma: el pariente más cercano de Chita no era King-Kong, sino Tarzán.




Si abandonáramos nuestros prejuicios antropocéntricos deberíamos hacer lo que aventuró Linneo: incluir a chimpancés y bonobos no sólo en nuestra misma familia (algo que ya hacemos), sino incluso en nuestro mismo género: deberíamos llamarlos Homo troglodytes y Homo paniscus, respectivamente. Y es que la distinción tradicional que se establece entre los simios antropoides y la especie humana es una visión sociocultural y distorsionada de la realidad biológica. El ser humano no es la esencia del designio universal. Somos primates, o sea, monos. No es que descendamos del chimpancé, es que somos tan simios como los dos centenares de especies que componen el grupo taxonómico de los primates, nuestros parientes más cercanos, por más que gracias a nuestro arrogante cerebro consideremos a la estirpe humana como primus inter pares.