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sábado, 23 de octubre de 2010

Temporeros: vagabundos de la cosecha




Cuando nos necesitan nos llaman emigrantes,
y cuando ya les hemos recogido la cosecha,
somos vagabundos y tenemos que largarnos.
John Steinbeck (Las uvas de la ira).


«Los poblados de chabolas se extienden por toda California. Examinemos un poblado tipo. […] De lejos parece el vertedero de una ciudad, y bien podría serlo, pues de ahí es de donde vienen los materiales con los que están hechas las chabolas. Se ve un montón de andrajos y chatarra, casas hechas de matojos, de chapa de bidón o de cartón. Se tienen que mirar de cerca para descubrir que son hogares.
 
Ésta es la casa que se ha construido una familia empeñada en mantener cierta pulcritud. La casa, de tres por tres metros de planta, está toda hecha de cartón corrugado. […] La barren para que el suelo de tierra esté limpio. […] Todavía no han perdido el ánimo: los tres niños van vestidos y la familia tiene tres colchas viejas y un colchón empapado y lleno de bultos. Pero el dinero que tanta falta les hace para comer no se lo pueden gastar en jabón ni en ropa. […] en unos meses, los niños no irán cubiertos más que con ropas deshilachadas y, cuando lleguen los primeros fríos, la falta de alimentos nutritivos les condenará a todos a la neumonía. Si el marido llega a tiempo a todas las cosechas y no deja de trabajar, quizá llegue a ganar unos cuatrocientos dólares este año. Pero si pasa algo, si se le estropea el viejo coche, si se retrasa y pierde una o dos cosechas, no tendrá más que ciento cincuenta dólares para alimentar a toda la familia. Pero a esta familia todavía le queda orgullo. Allí donde se instalan, intentan llevar a los niños al colegio, aunque puede que no se queden más de un mes en ese colegio antes de marcharse a otro lugar.

En el rostro del marido y en el de su mujer empieza a percibirse una expresión que se aprecia en todos los rostros. No se trata de preocupación: es el terror absoluto al hambre que acecha en los márgenes del poblado y que intenta colarse dentro. Este hombre […] es un recién llegado y todavía no le han arrebatado la dignidad ni el amor propio. El año que viene será como el vecino de al lado.

Esta otra familia la componen seis personas: el hombre, la mujer y cuatro hijos. Viven en una tienda del mismo color que el suelo. […] Aquí hay más suciedad. La tienda está llena de moscas que se pegan a la caja de manzanas que sirve de mesa de comedor y vuelan alrededor de las ropas hediondas de los niños, sobre todo alrededor de las del bebé, al que hace días que nadie baña. Esta familia lleva dando tumbos de aquí para allá más tiempo que la del constructor de la casa de cartón. […] Dos semanas atrás allí vivía otro niño, un chiquillo de cuatro años. Hacía varias semanas que se le veía apático y con los ojos afiebrados. […] una noche tuvo convulsiones y se murió. […] El padre y la madre sienten ahora el embotamiento paralizante con el que la mente suele protegerse cuando el dolor y la pena son demasiado fuertes. Y este padre no podrá volver a ganar cuatrocientos dólares al año porque ya no puede mantenerse alerta: ya no es rápido trabajando a destajo ni es capaz de vencer la apatía que le invade. Su descenso es imparable. […] Son la clase media de los poblados de chabolas. Ya no les queda dignidad, y los ánimos que antes tenían y que terminarán por perder no son más que una rabia sombría.

Para construirse la casa, sus vecinos -un hombre, una mujer y tres niños de tres a nueve años- han arrastrado al suelo ramas de sauce […] No tienen cama. Han encontrado por ahí un trozo grande de moqueta. Está en el suelo. Cuando se van a dormir, se tumban en el suelo sobre la moqueta y la doblan para que les cubra. […] El niño de tres años lleva por todo vestido un saco de arpillera atado a la cintura. Tiene la barriga hinchada, señal inequívoca de malnutrición. […] Se morirá en muy poco tiempo, aunque puede que los otros niños, los mayores, sobrevivan. Hace cuatro noches la madre dio a luz a un bebé en la tienda, sobre la moqueta sucia. Nació muerto. Y tanto mejor, porque no podría haberlo amamantado: con lo que come no da leche. […] Su marido era aparcero, pero no consiguió salir adelante. […] No te mirará a la cara, porque para eso hacen falta ganas, y para tener ganas hace falta tener fuerzas. Y por eso también es un mal temporero. Decidirse le lleva tiempo: siempre se pone en marcha tarde y llega tarde a los campos. Cuando encuentra trabajo -lo que no sucede a menudo-, no consigue ganar más que un dólar al día.

[…] Esta familia ocupa el último escalón del poblado. En esto se convertirá el hombre de la tienda de al lado en seis meses; en esto se convertirá el hombre de la casa de cartón, con su tejado inclinado, en un año, cuando el agua haya echado la casa a perder y sus hijos hayan enfermado o hayan muerto, cuando sin ánimos ni dignidad se vea reducido a algo parecido a la infrahumanidad. Éste es un poblado de chabolas. He descrito a tres familias tipo. […]»


Fotograma de la película Las uvas de la ira, de John Ford, basada en la novela homónima de Steinbeck
 Cuando Estados Unidos atravesaba la Gran Depresión cerca de ciento cincuenta mil norteamericanos vagaban por las carreteras de California ofreciéndose como temporeros para la cosecha. A pesar de ser imprescindibles para llevar a cabo la recolección, eran recibidos con odio y menosprecio por los habitantes de las localidades por donde pasaban, tachados de ignorantes, sucios y portadores de enfermedades. John Steinbeck los retrató en una serie de reportajes aparecidos en The San Francisco News. El trabajo realizado para preparar estos artículos, del que he extractado los párrafos anteriores, le permitiría publicar, poco más tarde, su novela más lograda: Las uvas de la ira (Premio Pulitzer en 1940), que resultaría fundamental para que le fuese concedido el Premio Nobel de Literatura en 1962. Las uvas de la ira es un llanto colérico, un lamento quejumbroso de resonancias bíblicas, que se dirige contra el sistema social que había hecho posible las penalidades de aquellos emigrantes que lo habían perdido todo. Muchos americanos de aquella época, como ocurre ahora entre nosotros, se encogían de hombros ante las injusticias terribles que sufrían los inmigrantes.

En los tiempos que corren, cuando algunos han caído en la cuenta de que las empresas se han beneficiado, y mucho, de la inmigración, mientras que el Estado, es decir, el conjunto de los contribuyentes, es al final es el que se encarga de los altos costos de mantener cientos de miles de trabajadores sin una perspectiva de poder emplearlos, adquiere especial valor la relectura de la obra de Steinbeck, en especial de la colección de artículos que ha publicado en castellano la editorial Libros del Asteroide, con el título Los vagabundos de la cosecha. Todo un antídoto frente a los movimientos xenofóbicos que los políticos de derechas agitan estos días en Cataluña mientras la caverna aplaude.

Allá por los años sesenta del siglo pasado, con la ciudad inundada de inmigrantes andaluces, extremeños y castellanos, una pintada que campaba por las calles de Barcelona rezaba La delinqüència parla castellà. Como ocurre ahora, cierta parte de la sociedad –todavía minoritaria, pero susceptible de aumentar si se la domestica con mensajes adecuados- ha considerado que llegar a un país te convierte automáticamente en sospechoso, sobre todo cuando se llegaba sin riqueza que dar y con algo que pedir, aunque solo sea el castigo bíblico de ganar el pan con el sudor de la frente.



Las fotografías que ilustran esta entrada, se deben a Dorothea Lange, que plasmó las mejores imágenes de la Gran Depresión. Están accesibles en: