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sábado, 18 de diciembre de 2010

¡Arresten a los de siempre!


Este año se han cumplido 25 años del descubrimiento de una técnica fascinante que hace a cada individuo un ejemplar único y que ha permitido aclarar problemas de inmigración y paternidad, identificar restos humanos, estudiar la compatibilidad en donaciones de órganos, absolver a personas inocentes de condenas de muerte y resolver todo tipo de crímenes que de no existir la técnica hubiesen quedado impunes.

En julio de 1985 el número 316 de la revista Nature publicaba un artículo, Individual-specific “fingerprints” of human DNA (“Huellas dactilares” específicas del ADN humano) redactado un equipo de investigación encabezado por el doctor Albert Jeffreys del departamento de Genética de la Universidad de Leicester. En el artículo se proponía una manera original de identificar personas y establecer relaciones de parentesco. El resultado final del procedimiento era obtener una especie de placa radiográfica donde se observa una serie de bandas que recuerdan a los códigos de barras usados para marcar las etiquetas comerciales. Tal y como sucede con las huellas dactilares, cada persona presenta un patrón específico de bandas de ADN que hace prácticamente imposible encontrar a otra persona en todo el planeta que presente exactamente el mismo patrón. Por esa razón, este método es comúnmente llamado la huella dactilar del ADN.

Las muestras corporales de una misma persona dan exactamente los mismos patrones de bandas. Además, como el ADN se hereda de padres a hijos, todas las bandas que aparecen en la huella genética de una persona tienen que estar presentes en las huellas de alguno de sus padres, lo que resulta ideal para establecer relaciones de parentesco. La sencillez y eficacia del método de Jeffreys fueron la causa de que su descubrimiento tuviera una rápida aplicación práctica. El primer uso que se le dio a la huella digital del ADN fue para demostrar una relación de parentesco en un caso de inmigración. Fue la primera vez en el mundo que un Gobierno aceptó una prueba de ADN como evidencia.

Pero cuando la técnica de Jeffreys se hizo verdaderamente famosa fue cuando el ADN se utilizó por primera vez para resolver un crimen. Esta es la pequeña gran historia del crimen de Narborough, porque el cuerpo de una bonita joven de 15 años, Lynda Mann, fue encontrado una fría mañana de noviembre de 1983 en un sendero cercano al hospital psiquiátrico Carlton Hayes, en las afueras de Narborough, un pueblecito inglés del condado de Leicestershire.

Asfixia por estrangulación, intento de violación, eyaculación precoz, decía el informe forense. El único dato que se pudo obtener a partir del semen era que el asesino tenía sangre tipo A. Cuatro meses de intensa búsqueda y 150 policías no pudieron esclarecer el crimen. En los meses siguientes, el esfuerzo policial se fue debilitando y el caso quedó sin resolver. Tres años después, volvió a suceder: el cuerpo de Dawn Asworth, una niña de 15 años, fue encontrado cerca del mismo hospital. Estrangulación manual y un brutal ataque sexual, determinó el médico forense. Dawn tenía quince años. El semen encontrado en su cuerpo pertenecía a un individuo cuya sangre era otra vez de tipo A.

Esta vez, la policía resolvió el caso en cuestión de días. Richard Buckland, un adolescente que padecía un ligero retraso mental y trabajaba como mozo de cocina en el hospital psiquiátrico, fue arrestado y “hábilmente” interrogado durante 15 horas, hasta que dijo lo que la policía quería escuchar: él había atacado a Dawn Ashworth. Sin embargo, negó terminantemente haber participado en el crimen de Lynda.

Unos meses después, el padre de Richard Buckland estaba leyendo un artículo publicado en la conocida revista de divulgación Selecciones del Reader's Digest que trataba de las posibles aplicaciones del descubrimiento de Albert Jeffreys. Acudió a la policía para solicitar una prueba genética. Convencida de haber capturado al asesino, el juez accedió a solicitar a Jeffreys la realización de una prueba con muestras del semen encontrado en los cuerpos de las jóvenes y una muestra de sangre de Buckland. Jeffreys obtuvo las respectivas huellas digitales del ADN, las comparó y dijo a la policía que tenía una noticia buena y una mala. La mala (para la policía): la huella genética de Buckland no coincidía con la del asesino. El acusado era inocente. La buena noticia era que las huellas de las dos muestras de semen eran idénticas. Había que buscar a una sola persona.

La policía y la prensa no estaban convencidos. ¿Cuál era el umbral de confianza de este nuevo método? ¿No podían presentar dos personas las mismas huellas genéticas? «Habría que buscar entre un billón de personas antes de encontrar dos con la misma huella digital genética, explicó Jeffreys. Y con una población mundial de solamente cinco mil millones, se puede decir categóricamente que una huella digital genética es individual y específica, y no pertenece a ninguna otra persona que exista o haya existido jamás, a menos que se trate de gemelos idénticos».

Buckland fue liberado (se había confesado culpable –dijo- porque ya no soportaba la presión policial) y la búsqueda se reinició. La policía sospechaba que el asesino vivía en las inmediaciones del lugar donde se habían cometido los crímenes. A partir de esta hipótesis, las autoridades tomaron una medida desesperada y sin precedentes. Todos los varones de 17 a 34 años que vivían en Narborough y sus alrededores y que tenían sangre tipo A fueron citados por carta. Se les pedía la donación voluntaria de células bucales para someterlos a la prueba de la huella genética.

En las semanas siguientes, más de cinco mil varones acudieron a los puestos donde se tomaban las muestras. Un vecino del lugar, Colin Pitchfork, leyó con inquietud la carta de la policía. Nada sabía de huellas digitales genéticas, pero enseguida comprendió que si no se presentaba estaba perdido, porque él y sólo él, era el asesino.Pitchfork convenció a un colega para que se presentara en su lugar a cambio de cierta suma de dinero. Luego le pidió el documento de identidad y reemplazó la foto del otro por una propia. Nadie notó el cambio. Unos meses más tarde, el compañero de Pitchfork, algo beodo, se jactó de su hazaña ante los parroquianos de un bar. Alguien llamó a la policía. Fue detenido e interrogado. No tardó en confesar su delito y el nombre de quien lo había empujado a cometerlo. La huella digital genética de Pitchfork coincidió exactamente con las de las muestras de semen. Confesó ambos crímenes. En 1988 se convirtió en la primera persona condenada por la evidencia del ADN.

En los años siguientes, la huella digital del ADN fue presentada en numerosos juicios y permitió identificar culpables, liberar inocentes y establecer relaciones de parentesco algunas tan famosas como la identificación de los restos del asesino nazi Mengele o las pruebas de paternidad del presidente Thomas Jefferson en las que me detendré en otro momento. Con el tiempo, científicos de todo el mundo desarrollaron variantes del método de Jeffrey que permitieron realizar estudios más sutiles. Los avances de la ingeniería genética posibilitaron trabajar con cantidades ínfimas de ADN.

En octubre de 1999, el FBI inauguró en los Estados Unidos un banco de datos genéticos de un millón de criminales, destinado a facilitar la resolución de crímenes pasados y futuros en cualquier parte del mundo. «Un criminal puede cambiar su residencia, pero no puede cambiar su ADN», sentenció Dawn Herkenham, director de la Unidad de Ciencias Forenses del FBI.

Algunos abogados e instituciones de libertades civiles protestaron enseguida, aduciendo que se trataba de la versión cibernética del «arresten a los sospechosos de siempre», la célebre frase del cínico prefecto de policía de la película Casablanca.

Entre 1971 y 2010, 216 condenados a muerte en los Estados Unidos fueron dejados en libertad tras demostrarse a través de la prueba del ADN que eran inocentes de los crímenes por los que habían sido condenados. Si quiere conocer sus perfiles consulte la web de la organización norteamericana que defiende el uso del ADN como prueba judicial (http://www.innocenceproject.org/), lo que ya se ha logrado en 34 de los 52 estados de la Unión y en la inmensa mayoría de los países desarrollados.

El doctor Jeffreys, que acaba de cumplir 60 años, debe sentirse orgulloso.