domingo, 6 de noviembre de 2011

Donde Ford puso el Far West




«Jack, tengo que decirte una cosa: 
el mundo en el que tú y Paul vivís no existe. Es irreal.»
Gerry Bondy a Jack Burns en Los valientes andan solos (David Miller, 1962).

Empieza a amanecer en Monument Valley, Navajo Nation, Arizona. Hacia el oeste, sobre Oljeto Mesa, el cielo está todavía salpicado de estrellas. Hacia el este, con la silueta de las montañas Chuska recortándose en la lejanía, el horizonte se va tiñendo de rojo conforme avanza la alborada. La tenue luz del amanecer desvela el contorno prismático de tres grandes oteros: Left Mitten, Merrick y Right Mistten. Los nombres no resultan familiares, pero las formas sí, porque las hemos contemplado muchas veces dejando que nuestra imaginación quede atrapada por una secuencia de fotogramas. Todo el paisaje es llano como la palma de una mano, una inmensa meseta de la que inesperadamente surgen estos peñones macizos tan altos como torres de cien pisos. Son los adelantados de un ejército de cerros de arenisca rojiza que van columbrándose conforme se alza el oscuro telón de una noche sin luna.

Avanza el alba y el paisaje va descubriendo sus secretos. Es una tierra desértica, yerma y estéril, austera y reseca. Los colores del suelo están desteñidos por el sol que los abrasa desde hace millones de años; es el mismo color desvaído de las cerámicas tradicionales de las tribus Anasazi que habitaban aquí antes de la llegada, hace cinco siglos, de la expedición Coronado después de un viaje alucinante a la búsqueda de las Sietes Ciudades de Cíbola. El terreno está cubierto por una arena rojiza que el viento ha ido depositando durante milenios tras arrancarla pacientemente de las cárdenas sierras hasta transformarlas en alcores, oteros, mesas y solitarios cerros testigo. Como las profundas arrugas curtidas por el sol que surcan los rostros enjutos de los navajos, la tierra está acarcavada por un entramado de barrancas y torrenteras en cuyas márgenes los troncos retorcidos de las sabinas y los pinos piñonero sostienen un minúsculo follaje oliváceo, tinte verde y cetrino que apenas enmascara las cicatrices dejadas por las aguas torrenciales las raras veces que el dios de la lluvia llora por aquí.

Fuera de las barrancas de abruptas paredes empinadas, la llanura está salpicada por una legión de arbustos cenicientos bajo cuyo intrincado ramaje, semienterradas bajo los mantos de arena, apenas asoman las espinas de nopales y peyotes. El aire del amanecer es fresco y trae consigo los aromas que exudan artemisias y absentas. En la cima del cañón del río San Juan, fotógrafos venidos de todo el mundo intentan atrapar el caprichoso instante en el que los roquedos brillan como el cobre bajo un rayo de sol efímero, breve y agudo, como los graznidos de los alimoches que sobrevuelan los escarpes de la colosal sima fluvial.
 
Las primeras luces que iluminan este paisaje desnudo son ajenas a la civilización. Ninguna construcción humana, ningún templo, ningún palacio ni ninguna ciudad ha sido capaz de imitar la luminosidad rojiza de un horizonte que parece marciano. Poco después, la cada vez más tenue oscuridad huye y toda la depresión queda bajo una luz ambarina, dorada y potente en la que, ahora sí, aparece pletórico de luminosidad y color el gigantesco escenario natural que ha servido de telón de fondo de tantas películas hermosas, desde La Diligencia a Thelma y Louise.

Aquí, en las llanuras de Arizona y en los cañones de Utah, es donde John Ford puso el Far West. Aquí, en el camino polvoriento que serpentea bajo la roca que me sirve de asiento, transcurrió el peligroso viaje de La Diligencia (1939), considerada la película fundacional del western clásico y la primera que descubrió al mundo este escenario colosal. Una década más tarde, un año después de que un destacamento del Séptimo de Caballería al mando del coronel Owen Thursday (Henry Fonda) galopara hacia su exterminio en Fort Apache (1948), John Wayne cabalgó por este mismo camino como el capitán Natham Brittles en La legión invencible (1949), dos de las películas que, junto a Río Grande (1950), también rodada aquí usando espuriamente las aguas del San Juan, componen la célebre trilogía sobre la Caballería rodada por Ford.

Detrás de donde estoy, en la carretera que viene de Mexican Hat, en un tramo donde parece que los topógrafos olvidaron dibujar las curvas, Jack Nicholson, Denis Hopper y Peter Fonda, tres solitarios contra el mundo, hacían rugir los motores de sus Harleys en Esay Rider (1969), mientras recorrían los mismos paisajes desolados y sin vida que Stanley Kubrick había elegido ese mismo año para filmar 2001. Una odisea del espacio. Es la misma carretera por la que corría el barbudo Tom Hanks, con las areniscas que ahora contemplo sirviendo de páramo infinito, con los tres gigantescos oteros de fondo, en Forrest Gump (1994).

Es difícil viajar por el suroeste norteamericano sin reconocer un paisaje ya visto en la infancia, cabalgando imaginariamente sobre las desvencijadas butacas de los cines de barrio de la niñez, o desde la cómoda butaca de la sala de estar. Por todos sitios hay paisajes transformados en sueños por el cine. Tanto, que el suroeste parece a veces un país imaginario, una región creada por la mente, un decorado para las cámaras de Hollywood que sirvió de trampantojo a Gary Cooper, a James Stewart, a Kirk Douglas o a Thomas Mitchell, más que una región de Norteamérica. Desde que John Ford plantara quí las viejas cámaras del cinematógrafo para rodar La Diligencia, otros directores como Raoul Walsh, King Vidor, William A. Wellman, Howard Hawks, Henry Hathaway, William Wyler o Anthony Mann fueron creando la liturgia épica del western recurriendo a unos temas como eI amor a la tierra, los infinitos paisajes despoblados, la familia, la amistad, la lucha del hombre contra las adversidades o los esfuerzos cotidianos de personajes sencillos.

Todos los caminos del suroeste conducen hasta aquí, hasta Monument Valley. Esta enorme depresión encaramada en la inmensa meseta del Colorado está en el polvoriento corazón del más hermoso de todos los desiertos americanos, el desierto Pinto, la transición entre los desiertos tropicales de Arizona, Mojave y Sonora, y los desiertos fríos de la Gran Cuenca, en Montana, Nevada, Utah y Wyoming.

Como hacen los caminos, lo hacen también todas las miradas de los espectadores que alguna vez han dejado volar la imaginación contemplando este escenario que los cineastas convierten en artificial sin que logren ocultar la grandiosidad de un paisaje inhóspito y salvaje en el que uno queda anonadado por el esplendor de una naturaleza inmensa.