jueves, 5 de enero de 2012

De Kit Carson a Big Foot

Desanimados, enfermos y despojados de todo, los indios norteamericanos eran en el último cuarto del siglo XIX la sombra de si mismos, un puñado de desharrapados obligados a mendigar la rancia harina de maíz y el agusanado cerdo en salazón distribuidos por las agencias de Asuntos Indios. Muy debilitados por las enfermedades y no menos desorientados por el brutal cambio de su mundo, no se dieron cuenta de que su sistema de vida llegaba a su fin hasta que ya no les quedó nada. Su resistencia armada fue el canto del cisne de un mundo irremediablemente condenado a desaparecer. Comanches y apaches, los pueblos de las Grandes Llanuras, fueron las últimas tribus en plantar cara a los hombres blancos.

Kit Carson, prototipo del «hombre del Oeste», nació en Kentucky en 1809. El 17 de febrero de 1909 murió en Fort Sill, Oklahoma, a los 80 años de edad, Gerónimo, uno de los últimos protagonistas de las guerras indias contra los blancos. En el siglo que separa el nacimiento de uno y la muerte del otro se desarrolla la gran epopeya de la conquista del Oeste americano, la leyenda alimentada por las primeras novelas genuinamente americanas, empeñadas desde su mismo nacimiento en narrar los mundos que encierra un país tan grande como un continente que ha vivido en tiempos recientes las feroces injusticias y los dramas sangrientos que inevitablemente traen consigo los cambios de civilización.

El acta fundacional de la leyenda del Oeste la suscribió Cooper en 1823 con Los pioneros, la primera de las cinco novelas de la serie Cuentos de los Peleteros, protagonizada por un mestizo cultural, Natty Bumppo, a la que seguiría El último de los mohicanos, su única novela memorable. El tipo del hombre del Oeste -un solitario como Bumppo, que respetaba su entorno y sólo cazaba lo necesario para subsistir- ya había sido encarnado por Daniel Boone a finales del siglo anterior; con Boone nació la leyenda del guía de las caravanas de carromatos, a la vez cazador, explorador, trampero y amigo o enemigo de los indios, según conviniera. La fama de Daniel Boone llegó a oídos de lord Byron, que le consideró en su Don Juan la encarnación del hombre de los bosques y de la naturaleza.

Como Lewis y Clark -los primeros estadounidenses que llegaron al océano Pacífico remontando ríos y atravesando las Rocosas- como Daniel Boone, Davy Crockett o el gran Jedediah Smith, Carson fue también cazador, explorador, trampero y guía de caravanas y de destacamentos militares en misiones de exploración. Muy experto en cuestiones indias por su matrimonio con Hierba Cantante, una india arapahoe que le dio dos hijos, y más tarde con una nativa cheyenne, Carson murió en Colorado en 1868, cinco años después de que su historial quedara manchado para siempre durante la guerra contra los navajos que trajo como consecuencia final la muerte de centenares de ellos en su forzada marcha hacia Bosque Redondo.

Retirado, Kit Carson vivió en Taos, el pueblo donde un escribano español levantó acta en 1706 de la primera y amenazante aparición de una tribu hasta entonces desconocida, los comanches, que se harían los dueños durante casi dos siglos de las Grandes Llanuras norteamericanas después de librar feroces y crueles batallas contra otras tribus –utes, paiutes, kiowas y apaches- a los que acabaron por arrojar fuera de sus cazaderos tradicionales.

Los comanches, los jinetes más diestros de su tiempo, fueron los primeros guerreros capaces de mantener a raya y de hacer retroceder en el continente americano a los conquistadores españoles, la mayor potencia militar de la época. En los confines del universo por entonces conocido, en las llanuras que se extendían por la Comanchería -el nombre con el que Vázquez de Coronado designó en 1546 a esa región de desolación extrema-, un inmenso y monótono océano de hierba que servía de pasto a treinta millones de bisontes que ennegrecían el horizonte, un lugar inhóspito en el que los soldados blancos se desorientaban, se extraviaban y morían de sed. 

Cabalgando sobre las inmensas colonias de perrillos de las praderas que eran trampas mortales para las patas de los caballos, sin caminos ni puntos de referencia, los conquistadores del imperio español primero, luego las tropas mexicanas y más tarde la caballería estadounidense habían emprendido confiadas marchas militares a la caza de comanches que inevitablemente terminaban en que eran ellos los cazados y masacrados.

Para vencerlos, el desesperado general en jefe del Ejército, Sherman, nombró al coronel Ranald Mackenzie, quien en tan solo cuatro años se revelaría el combatiente más eficaz de cuantos lucharon contra los indios en toda la historia de Estados Unidos. Mackenzie, un militar exigente con sus soldados e intransigente, feroz y cruel con sus enemigos, un hombre obsesionado que se volvió loco a los 44 años cuando ya no tuvo comanches a los que derrotar, fue el máximo responsable de la derrota de la última de las bandas comanches hostiles, la del jefe Quanah Parker, un joven mestizo, el hijo de un jefe comanche y de una mujer blanca, un hombre nacido de la interculturalidad que imperaba en la última frontera continental. Cuando en 1875 la banda de comanches quahadis de Quanah aceptó su derrota y se entregó en Cache, Oklahoma, las Guerras Indias se dieron por concluidas. 

Quanah Parker,
último jefe de los comanches libres

Quedaban por liquidar algunos focos de resistencia india, el más importante de los cuales era el enclave apache de las montañas Chiricahuas, la prolongación septentrional de la Sierra Madre en los confines de Arizona y Nuevo México.  Gerónimo, jefe de los chiricahuas, es el apache sobre el que se ha construido la gesta agónica del final bélico de su tribu gracias a su biografía, dictada por él mismo a S. M. Barrett, que compuso un libro fascinante Gerónimo, historia de su vida, que sirvió de guión las películas que auparon a Gerónimo a la leyenda de los grandes jefes indios como Toro Sentado, Caballo Loco y Nube Roja, los tres guerreros que derrotaron al Séptimo de Caballería, desastrosamente dirigido por el teniente coronel Custer, un cálido mes de junio de 1876, en Little Big Horn, Montana.


Gerónimo,
último jefe de los apaches libres
Gerónimo se rindió por última vez en el Cañón del Esqueleto en 1886. Fue confinado en Ford Sill (Oklahoma). Acabó sus días como un guerrero domesticado que se prestó a participar como un indio de opereta en el desfile de la toma de posesión del presidente Theodore Roosevelt. A su muerte, antiguos guerreros chiricahuas sacaron su cuerpo de Fort Sill para conducirlo a un lugar secreto, en los espolones septentrionales de Sierra Madre, donde reposa para siempre no muy lejos de una montaña –la Cabeza de Cochise- en cuyas faldas reposan ocultos los restos de su predecesor, el otro gran jefe finisecular de la belicosa Apachería.

Las guerras indias se dieron prácticamente por terminadas a partir de diciembre de 1890, cuando un grupo de pacíficos sioux lakotas al mando del jefe Big Foot fue aniquilado en Wounded Knee, Dakota del Sur, durante la que fue la última gran matanza de amerindios provocada por los blancos. Pero ese fue un drama que merece tratamiento aparte.