Durante casi medio milenio, los botánicos buscaron la “verdadera” identidad del Lignum nephriticum, una misteriosa maravilla que confundió a los científicos pioneros de la ciencia moderna.
Hubo un tiempo —un tiempo largo, testarudo, de casi quinientos años— en que la ciencia europea se vio superada por un vaso de agua. No por el agua en sí, que era corriente y transparente, sino por lo que ocurría cuando alguien introducía en ella un trozo de madera americana de aspecto inofensivo. Entonces el líquido empezaba a brillar en azul, como si alguien hubiese disuelto un pedazo de crepúsculo. No hervía, no olía raro, no hacía espuma. Simplemente emitía luz. Y nadie sabía por qué.
A esa madera se la conocía como Lignum
nephriticum: la madera del riñón. El nombre prometía salud urinaria y
serenidad interior, pero lo que ofrecía, sobre todo, era perplejidad.
Transportada en las bodegas de
los barcos españoles que regresaban de la Nueva España cargados de cacao, grana
cochinilla, plumas, rumores y exageraciones, la misteriosa madera llegó a
Europa en el siglo XVI. Los chamanes indígenas ya lo utilizaban como remedio
para las dolencias renales, y los boticarios europeos —siempre dispuestos a
creer que cualquier cosa exótica era mejor— lo aceptaron con entusiasmo. Se
vendía en astillas, se maceraba en agua y se bebía con fe.
Pero pronto alguien se dio cuenta
de algo inquietante: el agua cambiaba de color. Y no de una manera educada,
predecible, alquímica. No se volvía roja como el vino ni amarilla como el
azafrán. Se volvía azul, a veces verde, a veces casi invisible, dependiendo de
la luz, del fondo, del recipiente y —parecía— del humor del universo.
La historia del Lignum
nephriticum comienza en 1569, cuando el médico sevillano Nicolás Monardes,
encargado de supervisar las muestras botánicas llegadas de la América colonial,
publicó sus observaciones sobre una madera extraordinaria de Nueva España
(México), conocida por tratar afecciones renales y urinarias, a la que llamó
«palo para los males de los riñones y de orina». Monardes, aunque nunca visitó
México, describió la preparación y los efectos de la madera con gran detalle:
Toman la madera y la cortan en muchas
astillas finas, tantas como sea posible y no muy grandes, las ponen en agua
clara de una fuente... Después de media hora empieza a verse un color azul
celeste muy claro, y se vuelve cada vez más azul, aunque la madera es blanca.
La conexión con México se vio
reforzada por relatos directos basados en encuentros con el uso indígena de la
madera en México. El misionero franciscano español Bernardino de Sahagún, el
primero en describir Lignum nephriticum,
lo identificó por su nombre en náhuatl, coatl, y escribió: «Una
medicina que colorea el agua de azul; su jugo es medicinal para la orina».
Ilustración del coatl por Bernardino de Sahagún. Wikimedia Commons
Francisco Hernández de Toledo, médico de la corte que dirigió la primera expedición científica a las Américas en 1570, también describió una madera de México que se creía que poseía poderes místicos:
Su agua, con la que se han infusionado trozos del tronco de la planta, adquiere un color azul celeste y, si se bebe, sus propiedades curativas son numerosas: “refresca y alivia los riñones y la vejiga, alivia la acidez de la orina, apaga la fiebre…”
Estos relatos cimentaron la
asociación entre el Lignum nephriticum y la flora mexicana, y el término
coatl sirvió como puente lingüístico entre los sistemas de conocimiento
indígenas y europeos.
Pero entonces sobrevino la
confusión. En su ambiciosa Historia plantarum universalis, publicada unas
décadas más tarde de la de Monardes, el botánico suizo Johann Bauhin ofreció un
relato paralelo, aunque intrigantemente diferente. Bauhin describió una copa,
«de casi un palmo de diámetro y de una belleza inusual», hecha de madera
rojiza. Al sumergir en agua virutas de la misma madera que la copa, el
espectáculo resultante fue aún más llamativo:
Las virutas remojadas en agua lo
colorearon en poco tiempo de un maravilloso azul y amarillo; en la luz anversa
(reflejada) exhibía de una manera hermosa los colores cambiantes del ópalo, de
modo que variaba como esa gema desde un naranja brillante, amarillo y rojo
hasta un púrpura resplandeciente y verde mar.
Tanto Monardes como Bauhin creían
haber encontrado una especie de madera única, capaz de transformar el agua en
un espectro de colores. Sin embargo, sus descripciones divergían: la madera de
Monardes era blanca y producía un tono azul, mientras que la de Bauhin era
rojiza y producía un caleidoscopio de colores.
Durante siglos, el misterio se
mantuvo gracias a un error botánico de proporciones respetables, que perduró
hasta principios del siglo XX cuando finalmente
el botánico estadounidense William Safford resolvió el misterio. Safford
estableció sin lugar a discusión que los bosques descritos por Monardes y
Bauhin no eran una, sino dos especies distintas: Eysenhardtia polystacha,
endémica de México, y Pterocarpus indicus, un árbol nativo del
archipiélago filipino. Solo esta última brillaba con luz propia.
Flores de Eysenhardtia polystachya. Wikimedia Commons
Pero mucho antes del hallazgo de
Safford, en una época en que la mayoría de los líquidos hacían exactamente lo
que se esperaba de ellos, aquello era intolerable. El enigma de aquel extraño
leño acabó inevitablemente en manos de los sabios. Aquellos caballeros del
siglo XVII que llevaban pelucas imponentes, escribían en latín y se dedicaban a
descubrir las leyes fundamentales del cosmos sin despeinarse (en parte gracias
a los pelucones).
Uno de ellos fue Robert Boyle, químico,
aristócrata y fundador involuntario de la ciencia moderna. Boyle era un hombre
meticuloso, obsesionado con los experimentos repetibles y profundamente
escéptico ante lo maravilloso. Precisamente por eso, después de dejarlo
patidifuso, el Lignum nephriticum lo obsesionó.
Boyle observó que el agua teñida
por la madera cambiaba de color según el ángulo de observación. Que el azul era
más intenso si el recipiente se colocaba sobre un fondo oscuro. Que parecía
apagarse y encenderse según la luz ambiental. Aquello no encajaba con nada
conocido. No era pigmentación. No era reflexión. No era un truco del ojo. Era…
algo. Lo peor era que funcionaba siempre.
El fenómeno también llegó a oídos
de Isaac Newton, un
hombre que no tenía tiempo para tonterías, pero sí una obsesión patológica por
la luz. Newton había demostrado que la
luz blanca podía descomponerse en colores mediante un prisma. Había puesto
orden en el arcoíris. Había domado al espectro. Y entonces apareció este vaso
de agua azul que no obedecía a sus leyes, que juzgaba tan perfectas que debían
justificarlo todo.
El Lignum nephriticum no
se dejaba explicar por refracción ni por dispersión. No producía color al
dividir la luz, sino al transformarla. Newton, prudentemente, pasó de puntillas
e hizo mutis por el foro. A otro perro con ese hueso, debió pensar. A veces el
silencio de los genios es la mejor prueba de su desconcierto.
La confusión permitió que el
fenómeno fuera tan intermitente como desconcertante. Algunos experimentadores
no veían nada. Otros veían demasiado. La ciencia, que ya entonces era bastante
susceptible, empezó a desconfiar del asunto. El Lignum nephriticum fue
relegado poco a poco a la categoría de curiosidad. Algo digno de un gabinete
barroco, pero no de una teoría seria. Y así, sin hacer ruido, desapareció.
Flores del árbol Pterocarpus indicus. Foto
Hubo que esperar hasta el siglo XIX para que alguien pusiera nombre a lo que llevaba siglos ocurriendo en silencio: fluorescencia, un fenómeno físico por el cual una sustancia absorbe luz de alta energía —normalmente ultravioleta o azul— y la reemite casi de inmediato como luz de menor energía, visible para el ojo humano.
A escala molecular, la fluorescencia ocurre cuando un electrón es excitado a un estado energético superior y, al regresar a su estado fundamental, libera el exceso de energía en forma de fotón. El proceso es extremadamente rápido —del orden de nanosegundos— y cesa casi instantáneamente cuando se retira la fuente de excitación, lo que distingue la fluorescencia de otros fenómenos luminosos como la fosforescencia.
El Lignum nephriticum
había estado haciendo exactamente eso desde el primer día. La madera contiene
un flavonoide —la matlalina— que se disuelve en el agua y se comporta como un
traductor óptico: recibe energía que no vemos y nos la devuelve en un azul
delicado, casi tímido. No era magia. No era alquimia. Era física moderna antes
de la física moderna.
Hoy, el Lignum nephriticum
se menciona en los libros como una nota al pie culta, una rareza histórica.
Pero su historia encierra una lección inquietante: la naturaleza no espera a
que tengamos las palabras adecuadas para comportarse como le da la gana. Durante
siglos, la fluorescencia existió sin nombre, sin teoría y sin permiso.
Simplemente sucedía. Y los humanos, tan orgullosos de sus sistemas y
clasificaciones, no sabían qué hacer con ella.
Quizá por eso aquella
desconcertante madera terminó olvidada. No porque fuera falsa, sino porque era
demasiado verdadera. Y todo empezó —como tantas cosas importantes— con alguien
mirando dentro de un vaso y pensando: “Esto no debería estar pasando”.