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viernes, 1 de enero de 2010

El Scalextric terráqueo y la contabilidad celestial



En el avance de toda ciencia ha existido siempre una etapa de ábaco, una fase de pura y simple contabilidad. La Astronomía no es una excepción. Tras el descubrimiento del primer asteroide en la madrugada que alumbró al siglo XIX, comenzó una eterna, inacabada e imposible cuenta: mientras que a finales del siglo XX se habían catalogado algo más de veinticinco mil asteroides, se estima que todavía quedan más de mil millones por identificar, así que esa eterna contabilidad no ha hecho más que empezar.


Hace unos días se habló mucho del acercamiento de un «asteroide potencialmente peligroso», que pasó a unos siete millones de kilómetros de la Tierra, una distancia desdeñable y de una peligrosidad nula porque el asteroide, cuya órbita era perfectamente conocida, pasó a algo menos de 18 distancias lunares (una distancia lunar son 340.400 kilómetros, que es el trecho que nos separa de nuestro satélite), porque pocas semanas antes otro pedrusco sideral había pasado a media distancia lunar sin despertar ninguna alarma, y porque en los 4.500 millones de años transcurridos desde que la Tierra merece tal nombre han sido muchos los asteroides que han pasado mucho más cerca o que la han alcanzado de lleno causando catástrofes de dimensiones planetarias, como la que provocó la extinción de los dinosaurios hace unos 65 millones de años.


Aunque los asteroides, popularmente conocidos como meteoritos o estrellas fugaces, han sido una amenaza que ha estado siempre ahí, sobre nuestras cabezas, no hemos sido conscientes de su peligrosidad hasta que Hollywood se encargó de recordarlo con películas como Meteoro, Armageddon e Impacto profundo, híbridos un tanto fallidos entre el “cine-catástrofe” y el de ciencia ficción. En ellas, los respectivos cabezas de cartel –Sean Connery, Bruce Willis y Robert Duvall- combaten con otras testas, esta vez nucleares, a una roca gigantesca que avanza a toda velocidad amenazando con la destrucción total de la inocente humanidad.

Catástrofes apocalípticas al margen, la realidad es felizmente más prosaica. Cada día entran en la atmósfera terrestre varios cientos de toneladas de materia, la mayoría de ellas en forma de meteoroides muy pequeños que avanzan a velocidad supersónica, pero que, debido a la fricción, alcanzan temperaturas de ebullición y se vaporizan antes de alcanzar el suelo como un polvo imperceptible. Sólo los más grandes conservan la velocidad suficiente para alcanzar la superficie y para dejar educadamente un cráter como tarjeta de visita.

El meteorito más grande conservado es el Hoba West, una roca de casi 60 toneladas que cayó cerca de Grootfontein, en Namibia y allí sigue. Los que le siguen en dimensiones han sido llevados a museos, como los meteoritos Chupaderos y Bacubirito, de unas 20 toneladas de peso, que pueden verse en la Escuela de Minas de la Ciudad de México. En todo caso, estamos hablando de rocas del tamaño de un automóvil mediano que no son nada comparable con el colosal regalo del cielo que aniquiló a los dinosaurios, un asteroide de 10 km de anchura que impactó en Chicxulub, México, dejó un cráter anular de 193 km de anchura y 48 de profundidad en la península de Yucatán, provocó una apocalíptica ola de destrucción y oscuridad que duró 10.000 años y diezmó a la mayor parte de la flora y la fauna terrestres. Pero de esto me ocuparé otro día.


Una de las ventajas de escribir artículos de divulgación sobre asuntos de lo que uno sabe poco es tener que forzar la mente para entender la cuestión y para elaborar un modelo metafórico comprensible para esos lectores que, como Pascal, reconocen que vale más saber alguna cosa de todo que saberlo todo de una sola cosa, y a los que uno supone tan legos en la materia como el que suscribe antes de interesarse por el asunto. Así que para contarles algo sobre la amenaza de los asteroides he buscado un símil lúdico que nos permite recuperar algo de la infancia.

Los primeros Scalextrics, que aparecieron en el mercado allá por los años 60, eran muy simples: dos cochecillos recorrían aburridamente una pista muy elemental: un par de rectas cerradas por sendas curvas en las que la fuerza centrífuga actuaba inevitablemente si se apretaba demasiado el gatillo. Supongamos que esa pista es la órbita terrestre, el circuito celestial que en su movimiento de traslación alrededor del Sol recorre la Tierra cada año a una velocidad escalofriante de la que felizmente no somos conscientes: 107.000 km/h. Por si eso fuera poco, el coche-Tierra se comporta como una peonza que rota sobre sí misma a 1.600 km/h. De manera que imagínese que es usted un piloto dentro de ese coche: circula por un circuito a casi treinta mil metros por segundo y, por si no tuviera bastante, el vehículo no le deja ver a través parabrisas porque el paisaje gira a su alrededor como una turbina de reactor. Peligroso, ¿no? Pues no acaba ahí la cosa. Mientras usted intenta controlar ese auto ingobernable, miles de objetos se cruzan en su camino y lo hacen de forma errática y totalmente impredecible. Son los asteroides, una verdadera manifestación de peatones suicidas que insensatamente atraviesan aquí y allá la autopista por la que usted circula me atrevo a decir que alucinado. Parece un viaje a ninguna parte, un trayecto abocado a la destrucción por un impacto fatal e inevitable. «Eppur si muove». Y sin embargo, así funciona la cosa.

Busto del astrónomo Giuseppe Piazzi (1746-1826). En el lado derecho de la escultura está grabado el círculo graduado de Ramsden que Piazzi utilizaba en sus observaciones.

Giuseppe Piazzi era uno de esos científicos, ahora perdidos como teselas en el inmenso mosaico de la historia de la ciencia, cuyo trabajo constante, silencioso, eficaz y ajeno al mundanal ruido ennoblece discretamente el avance de pensamiento científico. Mientras que en la ilustrada, postbarroca y epicúrea corte del reino de Nápoles se celebraban los fastos de la Nochevieja finisecular, el astrónomo real Piazzi escudriñaba celosamente el cielo. Aquella madrugada del 1 de enero de 1801, Piazzi descubrió el primer asteroide conocido, al que bautizó con el nombre de Ceres, la diosa romana de las plantas y el amor maternal, y de Ferdinandea por el rey Fernando IV, el hijo de Carlos III, un “apellido” real que se eliminó posteriormente por razones políticas. Así que el primer asteroide conocido lleva sólo el nombre de Ceres, y por su tamaño, más que suficiente para alojar ocho veces a España, es más bien un planeta enano, un planetoide.

Círculo graduado construido por el mecánico inglés Jesse Ramsden, que fue utilizado por Piazzi para la observación de Ceres.


Hoy, la inmensa mayoría de los astrónomos busca la gloria explorando el Universo a la caza mayor de agujeros negros, supernovas, nebulosas, galaxias y otras astronómicas gollerías. Sólo unos pocos, algunos más de los que caben en un taxi, han seguido el oscuro camino de Piazzi, la caza menor de los asteroides. Gracias a estos oscuros rastreadores, dos siglos después del bautizo de Ceres-Ferdinandea se han identificado y nombrado otros 26.000, pero se calcula que mil millones más rondan por ahí, sin que los veamos, sin que inquietantemente sepamos nada de ellos, moviéndose erráticamente sobre nosotros como celestiales, incandescentes y pétreas espadas de Damocles.