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domingo, 20 de junio de 2010

De libros y cuentecillos económicos





Como sucedió con el Krakatoa, nadie sabe qué aspecto tendrá la montaña del capitalismo mundial cuando terminen las erupciones que nos sacuden cada semana. Y es que en el mundo de la economía, como en tantos otros de la actividad humana, lo psicología prima muchas veces sobre la aritmética. El miedo al desempleo, a la pérdida del poder adquisitivo, a la reducción del valor de las propiedades, sean viviendas, acciones o simples cartillas de ahorro, retroalimenta la ciclotimia propia del mercado. Es lo que Keynes denominó "animal spirits" en su Teoría general: el factor humano, lo irracional, la variable anímica en la determinación del nivel de actividad económica general.
Generalmente se tiene a la ciencia económica como una disciplina social árida, complicada e ininteligible. Enfrentadas a su comprensión, muchas personas interesadas terminan por hacer un ejercicio económicamente impecable: un análisis coste/beneficio. Sopesan el tiempo y el esfuerzo de aprender economía con el beneficio que ese aprendizaje les reportaría; consideran que el coste es mayor que el beneficio y deciden abandonar el intento. Quienes saben poco de economía –el común de los mortales y la mayoría de los políticos y periodistas- hablan a diario basándose en ideas preconcebidas, en sofismas y en falacias. Pero además, cuando la palabra la toman quienes dicen saber del tema, la gente echa mano a la pistola. 

Convertidos en sacerdotes de la religión mercantilista, la mayoría de los actores del mercado abrazan un dogma marxista (de Groucho, quiero decir): «El secreto de la vida es la honestidad y el juego limpio, si puedes simular eso, lo has conseguido». Por su parte, una legión de economistas, a quienes tampoco les resulta ajeno otro aforismo marxista («Estos son mis principios señora; si no le gustan tengo otros» han llevado hasta el extremo el concepto de una nueva especie humana, el "Homo economicus", un hombre hecho de impulsos y necesidades materiales, reflejo de una naturaleza implacable presidida instintos primarios y desprovista de valores. Prisionero de leyes primitivas, ese hombre, homini lupus en el pesimista Leviatán de Hobbes, cuyo egoísmo es básico en su comportamiento, no vacilaría en despeñar a los desvalidos ni en abandonar a los ancianos a su suerte. El fundamento depredador de la nueve especie humana ha venido acompañado de un aparato teórico alumbrado fundamentalmente en universidades americanas, con Richard Posner y los monetaristas neoclásicos de Milton Friedman a la cabeza, que ha pretendido reducir las instituciones y el derecho a parámetros económicos.
 

Por su parte, los economistas, para quienes el capital es Zeus y el mercado el Olimpo, gozan de una mala fama probablemente sustentada en que el personal tiene algunas intuiciones morales que son implícitamente anticapitalistas. Galbraight escribió una vez que «aunque en principio la Economía no le gustaba a nadie, en la práctica satisfacía a la mayoría». Dicho de otra forma, y parafraseando a Churchill, la economía de mercado «es el peor sistema posible, excluyendo a todos los demás».
 
En estos atribulados días tan inevitable resulta que los fundamentos del capitalismo adquieran renovada actualidad como que queramos huir de las explicaciones sobrevenidas de quienes no supieron intuir el problema. Surge así la necesidad de ir a la raíz de la crisis, de intentar comprender lo que está pasando con sencillez, sin alardes técnicos, sin profecías de gurús ni erudiciones de experto. En estos momentos de inestabilidad sin precedentes en las librerías se encuentran libros de divulgación que son verdaderos cursos de introducción a la Economía.  

Entre los más vendidos se cuentan La economía al desnudo (Charles Wheelan), El economista en pijama (Steven Landsburg), El economista camuflado (Tim Harford) o Lucro Sucio: Economía para los que odian el capitalismo, del canadiense Joseph Heath. Todos estos libros de la postmodernidad son herederos inconfesos de Economía en una lección, de Henry Hazlitt, un librito original que no ha dejado de reeditarse desde que apareciera su primera versión en 1946, que en España acaba de publicar por cuarta vez la editorial Ciudadela. Como reza su portada, les aseguro que este libro es «el camino más rápido y seguro para entender la Economía básica».

Fallecido en 1993 y enriquecido gracias a este catecismo de la doctrina económica ultraliberal (algo que hay que tener en mente cuando se siguen los razonamientos del autor, a cuyo lado Ronald Reagan resultaría ser casi bolchevique), Hazlitt, un periodista económico que trabajó para el Wall Street Journal, el New York Times y Newsweek, escribió un libro de divulgación económica que sesenta años después sigue siendo valioso porque su refutación de las falacias económicas que sustentan el debate político y colmatan los media siguen teniendo plena validez, algo que, por otra parte, dice mucho de nuestra innata capacidad para tropezar una y otra vez en la misma piedra, la del exceso de codicia que caracteriza a la sociedad capitalista.
 
Sobre el exceso de codicia trata, en buena medida, Caída libre, del Nobel Joseph E. Stiglitz, en el que se cuestiona el fundamento mismo de la economía mundial: crecer, aunque sea a costa de la razón, de la verdad y del sentido común. Y como de eso se trata, de aplicar el sentido común, como intuyo que con esto del Mundial que tantas horas nos roba no van a tener ustedes demasiado tiempo para seguir mis consejos bibliográficos, les dejo con dos sencillos cuentos que me han llegado por e-mail y que explican lo que nos ha pasado mejor que cualquier curso de Introducción a la Economía. Como desconozco a los Cide Hamete Benengeli de estos cuentecillos, me limito a transcribirlos con algunas modificaciones y con mi agradecimiento por su involuntaria coautoría, algo que hago saber previsoramente para no tener conflictos con la SGAE.


El extraño caso del comprador de burros

Un caballero de porte distinguido se presentó un buen día en un villorrio y ofreció cien euros por cada burro que le vendieran. “No se extrañen -anunció- una vez que los ponga en América se los rifan.” Siendo los asnos animales de escasa utilidad en un agro mecanizado, buena parte de la población vendió sus animales. Al día siguiente regresó al lugar y mejoró su oferta: 150 euros por equino. Los pocos que no lo habían hecho ya, no lo dudaron: vendieron sus rucios. Después de almorzar, y tras declarar que se sentía generoso, subió la oferta: 200 euros. Huelga decir que al atardecer ni allí ni en los alrededores quedaba jumento alguno ni para muestra. Llegada la noche, y tras comprobar que el parque asnal había quedado bajo cero, el caballero anunció que regresaría un mes después con el loable propósito de abonar 500 euros por pollino. Unos días después, el caballero mandó a un avispado ayudante con una nutrida asnada cuya venta ofreció a 400 euros por cabeza. Ante la ganancia que sabían segura un mes después, todos los aldeanos sin excepción se los quitaron de las manos; la mayoría no tenían dinero, pero lo pidieron prestado hipotecando sus magras haciendas. De hecho, la codicia los llevó a comprar todos los burros de la provincia. Como era de esperar, el ayudante cobró y desapareció, igual que el caballero, del que nunca más se supo. La aldea quedó llena de burros que nadie quería y de codiciosos rústicos endeudados.


El papel lo aguanta todo

Era temporada alta en una aldea costera en la que la crisis estaba haciendo estragos: los turistas no llegaban y los lugareños malvivían gracias al crédito que solidariamente se concedían unos a otros. Un bienaventurado día un caballero de porte distinguido y cargado de billetes (probablemente procedente de algún negocio asnal, digo yo) entró en la única fonda del lugar. Anunció su deseo de pasar allí una temporada; solicitó una habitación; depositó un billete de cien euros en el mostrador de recepción y subió a inspeccionar las habitaciones. Loco de contento, el dueño de la fonda agarró el billete y salió disparado a pagar sus deudas con el carnicero. El charcutero tomó el billete y corrió a borrar su trampa con el porquero, quien a su vez acudió presto a liquidar con su proveedor de piensos. El “piensador”, hombre de instintos primarios y libido acentuada, tomó el billete al vuelo y gratificó a María, la generosa meretriz local, a quien hacía tiempo no abonaba sus venéreos servicios. María, tras guardar el billete en el liguero, salió hecha unas castañuelas hacia el pequeño hotel, donde entregó el ya sobado billete de cien euros al dueño del hotel, a quien debía el alquiler de la habitación donde habitualmente refocilaba. En ese momento bajó el caballero que, finalizada su inspección visual, y después de haber vaciado cómodamente el vientre a hurtadillas, manifestó ladinamente que no le convencía ninguna alcoba, reclamó su billete, se caló el sombrero, fuese y no hubo nada. Nadie había ganado un euro, pero ahora toda la ciudad vivía feliz con la confianza que daba el vivir desentrampado.