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domingo, 13 de junio de 2010

Diabólica y divina nicotina



La esclava blanca, de Jean-Jules Antoine Lecomte

La aventura de la «hoja india, consuelo de meditabundos, deleite de los soñadores arquitectos del aire, seno fragante del ópalo alado…» como la llamó José Martí, ese «pestilencial y nocivo veneno del pueblo» como la calificó Girolamo Benzoni, comenzó su andadura apenas unas semanas después de que las naves de Cristóbal Colón llegaran con regocijo al archipiélago antillano. El Almirante no cesaba de escribir elogio tras elogio en su Diario de Navegación y después en las cartas que enviaba a los Reyes. Cada tierra que veía, con sus playas coralinas y sus ríos, su exuberante vegetación, presidida por elegantes palmeras, la riqueza, el colorido y la fragancia exquisita de las flores, el trino soberbio de las aves, le parecía más hermosa que la anterior. «Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos han visto» es una expresión que Colón repite sin la menor originalidad.-Y siguen las descripciones hiperbólicas: en lo que después llamaría La Española encuentra un puerto de tal calado que podría cobijar a «cuantas naos hay en la Cristiandad», un río en el que cabrían «cuantos navíos hay en España» y unas montañas «que no las hay más altas en el mundo».

Sin saber para qué servía, los españoles habían tenido el primer contacto con las hojas de tabaco en la isla Guanahaní, donde los morenos, desnudos, ingenuos, estupefactos y prudentes indios taínos ofrecieron a Colón, a modo de regalo de bienvenida, «unas hojas secas, que deben ser cosa muy apreciada por ellos», que resultaron ser las mismas que vieron unos días después en la canoa de un indígena que traficaba entre las islas de Santa María y Cuba. Pero si convenimos en que esas «hojas secas muy apreciadas por ellos» eran realmente tabaco, el Almirante entonces lo vio pero no lo descubrió, pues como decía el historiador Fernando Ortiz, «descubrir no es sólo ver sino "echar de ver"». Don Cristóbal no supo lo que era el tabaco, ni conoció sus cualidades y su uso principal, hasta la noche del lunes 5 de noviembre de 1492, cuando se las narraron Luis de Torres y Rodrigo de Jerez, dos adelantados enviados por Colón tierra adentro con la atolondrada pretensión de encontrar a los emisarios del Gran Kan.

Los exploradores descubrieron el tabaco cuando se espantaron al ver a los taínos, sin distinción de edad y sexo, aspirando el humo de unos cilindros de hojas secas. De regreso relataron a Colón lo que han visto y éste anota en su diario el día siguiente: «Iban siempre los hombres con un tizón en las manos y ciertas hierbas para tomar sus sahumerios, que son unas hierbas secas metidas en una cierta hoja seca también a manera de petardos [...], y encendido por una parte del por la otra chupan o sorben, y reciben con el resuello para adentro aquel humo, con el cual se adormecen las carnes y cuasi emborracha, y así diz que no sienten el cansancio. Estos petardos [...] llaman ellos tabacos». La palabra aparece escrita por vez primera en nuestro idioma.

En la Relación acerca de las antigüedades de los indios del fraile jerónimo Ramón Pané (publicada en Alcalá de Henares en 1518), se habla, por primera vez, del uso del tabaco en las prácticas tribales de los amerindios. Al notar el sentido de lo sobrenatural y el carácter sacro que mediaba en la relación sociológica entre el indio y el tabaco, en su mitología, en su magia, en su medicina y en la liturgia exótica de los ritos religiosos, a veces sanguinarios, en los que se hacía gran consumo de la planta, pensaron que siendo el fumeteo de las cohíbas cosa religiosa pero no ortodoxa todo lo que de sacro se le atribuyera sería con gran certeza obra maligna de Lucifer. Aquello era un invento diabólico que, además excitaba los sentidos. Y es que el diabólico incienso americano causaba un placer sobrevenido a otros, como cuando después de los copiosos banquetes Moctezuma se retiraba a degustar la delicia narcótica y caía en dulce somnolencia, según narra Bernal Díaz del Castillo.


Por si fuera poco, el sahumerio amerindio creaba adicción, y como el aprendizaje de los vicios placenteros lleva poco tiempo, los españoles se entregaron al goce de los humos que distinguían a los caciques del pueblo llano en los reinos azteca y maya. En su Historia General de las Indias el severo padre Las Casas, tras describir los primeros cigarros como había hecho Colón, y de no explicarse «qué sabor o qué provecho le encuentran» escribe: «Españoles cognoscí en esta isla Española que los acostumbraron a tomar, que siendo reprendidos por ello diciéndoseles que aquello era vicio, respondían que no era en su mano dejarlos de tomar».

Precedido por su reputación de potente afrodisíaco y de hierba abortiva (pero ¿qué planta de las Indias no lo era, en vista de la promiscuidad de costumbres, del erotismo comunal y del fornicio practicado a destajo sin mayores consecuencias?) el tabaco se esparció por el mundo como un reguero de pólvora infernal que se inflamaba con el fuego pero que estallaba silenciosamente en los cerebros para agitar a los espíritus. Con la pícara excusa de sus propiedades medicinales, que de ser ciertas lo hubieran convertido en una prodigiosa panacea de toda dolencia, a mediados del siglo XVI el tabaco era objeto de cultivo en diversos jardines botánicos y en los recoletos huertos monacales. Prontamente alertado, el Vaticano amenazó de excomunión a quienes consumieran la hierba abortiva, de cuyos peligros había informado don Gonzalo Fernández de Oviedo, alcaide de Santo Domingo, para quien muchas indias «cuando se empreñan, toman una yerba con que luego mueven y lanzan la preñez, porque dicen que las viejas han de parir mas ellas no, porque no quieren estar ocupadas para dejar sus placeres, ni empreñarse, porque pariendo se les aflojan las tetas, de las cuales mucho se precian y las tienen muy buenas». Obsérvese que a don Gonzalo no le disgustaban ciertas piezas anatómicas de las indígenas, por más que detestara y fuera menos objetivo en otras como cuando escribe: «¿Qué puede esperarse de gente cuyos cráneos son tan gruesos y duros que los españoles tienen que tener cuidado en la lucha de no golpearlos en la cabeza para que sus espadas no se emboten?».

Fumando, de Clovis Trouille


Como la carne es, pese a toda amenaza, débil, un puñado de gentes habían aprendido a disfrutar del placer de fumar siguiendo el ejemplo de los indianos regresados a España. Entre ellos se encontraba Rodrigo de Jerez que, curado de su inicial espanto, se había dado con delectación al vicio. El humo que lo rodeaba asustó a sus vecinos; la Inquisición lo encarceló por sus hábitos paganos acusado de brujería, ya que «sólo el diablo podía dar a un hombre el poder de sacar humo por la boca». Cuando fue liberado siete años después, la costumbre de fumar se había extendido por toda Europa.

Rodrigo de Jerez fue la primera víctima conocida del vicio de fumar, un vicio que si fuera una religión diabólica sería la creencia más extendida del mundo como demuestra el éxito del principal de sus iconos, los cigarrillos, de los cuales se venden cada año en el mundo más de 3.000 millardos, cifra a la que habría que añadir los puros, el tabaco de liar y el de pipa, además del de masticar, tan apreciado en algunos lugares del mundo. Un enorme mercado, basado en los casi siete millones de toneladas de tabaco bruto que se producen en el mundo, que dominan cuatro grupos industriales: Philip Morris, British American Tobacco, Japan Tobacco e Imperial Tobacco.

No sin esfuerzo, hace algunos años me separé definitivamente del amigo que, como decía Pilsudski, me hizo pasar algunos de los momentos más agradables de mi vida. Dejarlo fue una de mis mayores victorias, como sólo son las que libras contra ti mismo. Soy tolerante, y aunque no he emprendido el apasionado discurso que caracteriza a algunos conversos del tabaquismo, me molesta como al que más tener que tragarme a la fuerza el humo de desconocidos en lugares públicos, sobre todo si, como hacen las cabareteras, me lo echan en la cara. Para que eso no me ocurra, procuro evitar los espacios para fumadores de la misma forma que evito leer cierta prensa, escuchar o ver determinadas cadenas o asistir a algunos actos donde se ensalzan creencias o ideologías que no comparto.

Mientras tanto, procuro también cuidar el discurso y no caer en falacias dialécticas sin fundamento alguno, como la que esgrimen los aguerridos militantes antitabaco cuando hablan de los costes que soporta la Seguridad Social para tratar las enfermedades tabáquicas como el enfisema, el cáncer de pulmón, las enfermedades del corazón y otras afecciones vasculares. Todos esos argumentos ignoran un principio fundamental: todo el mundo tiene que morir por algo. Las consecuencias son obvias: quien no muere de una cosa tiene que morir de otra. Permítaseme ser un poco duro: los fumadores que no mueran de cáncer de pulmón o de un ataque al corazón, morirán por otras causas. Cualquiera que sea esa causa, es probable que sea más costosa, dado que el cáncer de pulmón es normalmente intratable y el ataque al corazón una de las maneras más baratas y rápidas de morir, seguramente la que, si se nos permitiera elegir, muchos escogeríamos para pasar a mejor vida.

Además, desconfíe por norma de las estadísticas. Lo más probable es que el mismo muerto sirva para varias estadísticas, a saber, la del tabaco, la del estrés, las herencias genéticas, la de la contaminación y la de las alergias, por citar las primeras que me vienen a la cabeza; y que sea incluido y "aprovechado" en beneficio de todas ellas.
Fumando, de Greg Hildebrandt