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lunes, 1 de noviembre de 2010

Hyman Minsky, el economista del momento

La inestabilidad es una imperfección inherente al capitalismo
de la que éste no puede escapar.
Hyman Minsky



Vuelve un nadador contracorriente. Vuelve Minsky. Desde que las costuras del sistema financiero mundial comenzaron a saltar hace tres años, distinguidos economistas han emprendido su via crucis particular. Quienes habían saludado al nuevo milenio anunciando a bombo y platillo el amanecer de una nueva era de estabilidad están por explicar cómo la peor crisis financiera desde la Gran Depresión ha convertido en don Tancredo a la profesión entera. Entre el llanto y el crujir de dientes, algunos de ellos han comenzado a hablar de la llegada del “momento Minsky”, y un número cada vez mayor incluso empiezan a advertir de la llegada de un “colapso Minsky”.

Hyman Minsky fue un profesor universitario casi desconocido cuya figura comienza ahora a emerger como la de quien supo predecir la crisis actual y de escribir el guión de la secuencia del cataclismo que habría de sacudir a la economía mundial cuarenta años después. Minsky creía en el capitalismo, pero también pensaba que tenía una debilidad genética: las modernas finanzas estaban muy lejos de ser la fuerza estabilizadora que la economía ortodoxa retrataba. Es más, se trataba de un sistema que creaba la ilusión de estabilidad mientras tejía a escondidas las condiciones para un desplome inevitable y trágico. En otras palabras, la única persona que predijo la crisis también creía que el sistema financiero contenía los gérmenes de su autodestrucción.

Cuando Minsky se doctoró en Harvard, la ortodoxia económica en boga, nacida en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, era la llamada “síntesis neoclásica”. La vieja creencia en un mercado libre que se autorregulaba había absorbido selectivamente algunas de las teorías de Keynes, el gran economista de los treinta que se ocupó de cómo el capitalismo fracasa a la hora de mantener el pleno empleo. La mayoría de economistas aún creía que el capitalismo de mercado libre era, en lo fundamental, una base estable para la economía, aunque gracias a Keynes, algunos reconocían de tapadillo que el gobierno podía jugar un papel central en la economía para mantener la estabilidad del sistema.

Adelantándose a su tiempo, Minsky advirtió en 1974 que los mercados financieros –a los que la economía prestaba por entonces muy poca o ninguna atención- podían significar una bomba de relojería. Para él, una característica fundamental de la economía de mercado es «que el sistema financiero oscila entre la robustez y la fragilidad, y esa oscilación es parte integrante del proceso que genera los ciclos económicos». Seguidor de Keynes, y enemigo de las desregulaciones que por esos años comenzaba a promover la escuela monetarista de Friedman, Minsky lanzó la alarma: la economía podía ser arrastrada al abismo si los gobiernos no regulaban la estabilidad financiera, porque en tiempos de prosperidad se desarrolla una euforia especulativa que hace aumentar el volumen de crédito hasta que los beneficios producidos no pueden pagarlo. Ridiculizado por Friedman y Hayek, quienes a la postre ganaron el premio Nobel y tomaron las riendas del mundo, este keynesiano radical se opuso tenazmente a las desregulaciones que marcaron la política de Ronald Reagan y Margaret Thatcher durante los años 80. Pero el fundamentalismo de libre mercado había echado raíces: el gobierno era el problema, no la solución. Además, el nuevo dogma coincidió con una notable época de estabilidad.

Mientras que la mayoría de economistas se pasaron los años cincuenta y sesenta construyendo modelos matemáticos para los servicios de estudios de los grandes bancos, Minsky, más cerca de la contracultura que de la economía al uso, hizo una investigación sobre la pobreza, algo que difícilmente puede considerarse el sumum para los economistas. Mientras sus colegas de universidad iban ganando premios Nobel y escalando posiciones en la Academia y en los parqués, él aceptaba trabajos en universidades de segunda fila y, lo que era peor, su obra no tenía la menor transcendencia.

Además de en la pobreza, Minsky se interesaba por el estudio de las finanzas y empezó a formular una pregunta simple e inquietante: «Can "it" happen again ?» (¿Eso podría volver a ocurrir?), donde «eso» era lo innombrable: la Gran Depresión. Por entonces, las cosas nunca habían sido tan estables. La posibilidad de que «eso» ocurriese de nuevo parecía una broma. Pero las épocas de estabilidad encajaban perfectamente en su hipótesis. En el despuntar de una depresión –observó- las instituciones financieras son extraordinariamente conservadoras, como lo son los negocios. Con los clientes y los prestamistas alimentando la economía con sus negocios de riesgo moderado, las cosas marchan con suavidad: los préstamos se pagan casi siempre a tiempo, los negocios tienen por lo general éxito y a todo el mundo le va bien. Este éxito inevitablemente anima a los prestatarios y a los prestamistas a arriesgarse más con la razonable esperanza de conseguir más dinero. Como observó Minsky, «el éxito alimenta el rechazo a la posibilidad de un fracaso».

Cuando la gente olvida que el fracaso es una posibilidad, acaba por implantarse una «economía eufórica», alimentada por el crecimiento de agentes especuladores cuyos ingresos cubrirían los intereses pero no las deudas principales, y de «especuladores Ponzi» (el nombre del inventor del timo de la inversión piramidal) que ni siquiera cubrirían los intereses y sólo podrían pagar sus deudas pidiendo nuevos préstamos. La fase de euforia va acompañada de sobrevaloración, apalancamiento irresponsable y operaciones de compraventa rápidas comandadas por agentes cuya supervivencia no depende de planes empresariales sólidos, sino del dinero prestado y de créditos a libre disposición. En un contexto inicial de crisis, las empresas sólidas pueden enfrentar sus pagos, pero las empresas especulativas y Ponzi sufren un colapso por la contracción del crédito que comienza a desestabilizar el sistema.
Una vez implantada una economía así, cualquier pánico podría hacer que se fuera a pique al mercado. El fracaso de una sola empresa (Lehman Brothers in memoriam) o un fraude asombroso (Madoff in memoriam) podrían disparar el miedo y un repentino y generalizado intento de la economía por liberarse de la deuda. Durante la fase de pánico, los precios pueden descender tanto y de forma tan veloz que el valor de los activos (la vivienda in memoriam) se sitúa por debajo de la cantidad de deuda que se había asumido para comprarlos. Los bancos empiezan a exigir el pago de sus créditos, pero ahora es difícil vender los valores especulativos, los inversores tienen que venderlos por debajo de su precio o encontrar alguna otra que vender. En uno u otro caso, el resultado es que los precios caen todavía más. A este círculo vicioso se le denomina «momento Minsky».

Minsky murió en 1996, un año antes que comenzara a cumplirse su pronóstico con la crisis asiática, hoy considerada el prolegómeno de la crisis actual. A finales del siglo XX habíamos olvidado de verdad el significado de la palabra riesgo. Cuando empresas financieras gigantescas empezaron a derrumbarse como castillos de naipes, las predicciones de Minsky surgieron con el deslumbrante brillo de las grandes creaciones del pensamiento.

Vuelve Minsky. Economistas galardonados con el premio Nobel hablan de incorporar sus conocimientos a la disciplina y se reimprimen sus libros que se venden extraordinariamente bien. Ha pasado de ser una figura prácticamente olvidada a otra clave en el debate sobre cómo articular el sistema financiero. Hace un año un influyente columnista del muy conservador Financial Times le confió a sus lectores que la relectura de la «obra maestra» de Minsky de 1986 -Stabilizing and Unstable Economy- le «había ayudado a aclarar mis ideas respecto a la crisis». A principios de este año, dos pesos pesados de la economía –Paul Krugman y Brad DeLond– le homenajearon en foros públicos. Es más, el Nobel Krugman titula una de sus conferencias más celebradas The Night They Re-read Minsky (La noche en que releyeron a Minsky). Hoy la mayoría de economistas “releen por vez primera” a Minsky, intentando encajar sus análisis, tan poco convencionales, en el edificio teórico de una ciencia que ni es exacta ni es perfecta.

Porque si hay que extraer alguna conclusión de la obra de Minsky, es que la perfección, como la estabilidad y el equilibrio, son espejismos. Minsky no compartió la extraña creencia de sus colegas de que todo podía ser reducido a un modelo sencillo o a una fórmula elegante. La suya era una especie de economía existencial: «No hay ninguna respuesta simple a los problemas de nuestro capitalismo», escribió Minsky. «No hay ninguna solución que pueda transformarse en una frase pegadiza e imprimirse en grandes carteles».