Páginas vistas en total

sábado, 13 de noviembre de 2010

¡Por allí resopla!



Desde que era niño me han fascinado dos animales: las ballenas y los murciélagos. Los veo ahora mismo, en los torpes dibujos del ejemplar que conservo de la vieja Enciclopedia intuitiva, sintética y práctica de Álvarez que estudiábamos en tercer grado de primaria, modesta predecesora de las cibernéticas enciclopedias que hoy manejan los escolares. Cuando la maestra explicó que, pese a nadar las unas y volar los otros, ni las ballenas eran peces ni los murciélagos aves, quedé atrapado para siempre en la afición por la naturaleza. «Algún día estaríamos preparados –decía la maestra- para comprender que los animales que ahora vemos no fueron siempre así, según las teorías del sabio don Carlos Darwin», un sabio cuyas venerables barbas no aparecen en el viejo ejemplar que conservo de aquella Enciclopedia en cuya estampilla inicial figura el nihil obstat de Su Eminencia Reverendísima José, arzobispo de Valladolid, arropado por las rúbricas de dos canónigos censores. ¡Cómo para hablar de Darwin!

Mi apego a la profesión que me enamora debe mucho a mi fascinación por comprender cómo, por qué y para qué unos animales que caminaban por tierra firme sucumbieron hace millones de años a nuestro inalcanzable sueño de nadar y volar en libertad. Cetáceos y quirópteros habitan en dos universos –el agua y el aire- de los que apenas conocemos una mínima fracción de su abrumadora inmensidad. La vida surgió del mar hace más de tres mil millones de años; desde entonces, el hombre y sus creaciones –el arte, la literatura, las ciencias, las ciudades y las civilizaciones-, que en nuestra miopía antropocéntrica se nos antojan eternas, aparecen y sucumben, mientras que el mar va y viene pero sigue siendo el mar. 
 
La fijación por esas colosales bestias marinas que tragan náufragos para luego devolverlos inverosímilmente ilesos comienza con la Historia verdadera, la novela corta con la que Luciano, imaginando viajes y travesías increíbles, escribió hace casi dos milenios el acta fundacional de los relatos de ciencia ficción: «Una sola verdad diré: que digo mentiras». La huella narrativa de la ballena deja su rastro literario desde Simbad hasta Pinocho y su padre adoptivo Gepetto, cautivos melancólicos en el interior de Monstro, pasando por Jonás, tragado también por un mamífero tan increíble que la Biblia lo confunde torpemente con un pez: «Y mandó Yahvé al pez, y vomitó a Jonás en tierra». Pero también relatos de viajes tan inolvidables como La travesía del Cachalote, de Bullen, novelas como Un capitán de quince años, de Julio Verne, La narración de Arthur Gordon Pym de Nantucket -la única novela de Edgard Allan Poe-, El camino de la ballena, del chileno Francisco Coloane y tantos otros. Pero sobre todo, la ballena literaria es Moby Dick, protagonista de una novela sobre una cacería tan obsesiva y catastrófica que convirtió en drama la vida de Herman Melville haciendo bueno el adagio de Nietzsche: «Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo.»
 
Gracias al libro Leviatán o la ballena del escritor inglés Philip Hoare, que la editorial Ático de los libros acaba de sacar a la venta, un libro que he leído, releído y anotado a lápiz con la avidez con la que aferramos las obras maestras, he vuelto a encontrarme con Melville, con su novela, con la existencia prodigiosa y amenazada de las ballenas, con la cruel historia de sus cacerías y con la literatura y las investigaciones científicas consagradas a ellas. Hoare, un escritor inglés es, como el autor de Moby Dick, un enamorado de las ballenas que el año pasado, cuando su Leviatán acababa de ganar las veinte mil libras del prestigioso premio Samuel Johnson, decía que aquello era como dar dinero a un drogadicto: pensaba invertirlo en más viajes a los antiguos puertos de New Bedford y Nantuckett, y en más travesías e inmersiones junto a las ballenas de las Azores.

Hoare sigue la técnica de lo que hizo el primer narrador de viajes Herodoto, al que después siguieron los más grandes escritores de viajes, sobre todo el inglés Bruce Chatwin, cuya técnica era contar en primera persona un viaje en busca de algo para desviarse de su objetivo divagando acerca de los temas que van apareciendo a su paso, lo que conduce al lector a toparse con hallazgos inesperados, en el mundo real y en el imaginario. Esa es la estrategia literaria que empleó Chatwin en su mejor crónica viajera, En la Patagonia (Península; 2007), una hermosa narración que comienza siguiendo el hilo de una duda infantil surgida de un trozo de piel de brontosaurio y que termina siendo un libro de viajes por un espacio humano, no sólo físico, una exploración por las vidas extraordinarias de personas comunes que, por una razón u otra, han ido a parar a aquellos confines barridos por el viento, donde la historia se distorsiona por la lejanía de las ciudades.

Del carácter parcial y poco fiable de las fuentes en las que beben los cronistas viajeros era consciente el propio Herodoto, que –adelantándose dos milenios a Luciano- escribió: «Si yo me veo en el deber de referir lo que se cuenta, no me veo obligado a creérmelo todo tal cual: que esta afirmación se aplique a la totalidad de mi obra». Dicen también que Chatwin era un mentiroso. Quienes se han dedicado a seguir sus huellas ha desmentido muchas de sus historias más inolvidables, pero nada de esto resta maravilla a su escritura, que incita a liar el petate e irse tras sus huellas, quizás porque en el nomadismo subyace todavía la antigua y verdadera condición humana. 
 
Si Philip Hoare ha aprendido de Chatwin la libertad divagadora de la escritura, no ocurre lo mismo con los precisos y contrastados datos de naturaleza múltiple que contiene su Leviatán, en el que autor utiliza elementos prestados de las crónicas de viajes, de la narrativa, de las memorias, del reportaje y del ensayo científico para combinarlos con sus experiencias, sus reflexiones y sus conocimientos de historia y ciencia para transportarnos al pasado en un párrafo y devolvernos al presente en otro; para mostrarnos toda la crueldad que encerraba y lamentablemente aún encierra la caza y la industria de la ballena, un animal que se ha usado para todo, para fabricar lubricantes (las 100.000 farolas que iluminaban las calles del Londres de Dickens se encendían con su aceite) hasta para construir aderezos para ropa (las ballenas de los corsés o de los cuellos de camisa cuyos nombres se arrastran hasta ahora), y luego humaniza a estos animales hasta hacer que al lector le resulte incomprensible, detestable y criminal su caza. El mundo moderno, dice Hoare, se construyó sobre hecatombes de ballenas, pero también sobre bosques transformados en astillas y cenizas, sobre praderas empapadas con la sangre de los búfalos perseguidos hasta su aniquilación, y sobre civilizaciones exterminadas de las que apenas recordamos los nombres. Y es que el impulso demente de Ahab, como el de los cazadores japoneses y noruegos que disparan arpones explosivos contra los últimos ejemplares de especies de ballenas casi extinguidas, no es sólo la codicia, sino el ansia de autodestrucción que parece latir en el corazón de algunos humanos.

Este libro profundo sobre las profundidades, este ensayo original y magnífico, tiene el contradictorio aroma agridulce de la canela y el clavo, de la admiración por las ballenas y de la vergüenza por la especie que ha intentado destruirlas. Al final, la carta de amor a los cetáceos que es este libro de Hoare, te hace recuperar la esperanza en la naturaleza humana. Si no es así, cuando la última ballena muera, nuestro planeta habrá perdido biodiversidad pero también mucho romanticismo.