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jueves, 6 de enero de 2011

La burbuja que ahogó a Newton



«Dios dijo, ¡Que Newton sea!, y Todo fue Luz...», cantó el poeta Alexander Pope al morir Isaac Newton en 1727. Si fuese posible  establecer una competición acerca del ser humano más inteligente que jamás haya existido quizás no hubiese acuerdo en reconocer al primero, pero una cosa es segura: Newton estaría en el podio. Spiro Agnew decía que «un intelectual es un tipo que no sabe cómo aparcar una bicicleta», expresión coloquial de lo que escribió más elegantemente Henri Bergson: «La inteligencia se caracteriza por una incomprensión natural de la vida». Confirmando ambos epigramas, el descomunal talento del físico divino no le evitó caer en el engaño de una de las primeras burbujas financieras.

Ningún sabio ha tenido más biografías que Isaac Newton. Incluso antes de que hubiese entregado su alma, su amigo William Stukeley recorría la campiña inglesa de Lincolnshire para recoger los testimonios de los ex vecinos y compañeros de clase de aquel niño asombroso nacido en 1642 en la granja familiar de Woolsthorpe, que había gastado sus calzones y abrumado a su maestro en los bancos de la escuela de Grantham. Según la hagiografía clásica de Stukeley (Memoirs of sir Isaac Newton; 1752), venero en el que han libado la mayoría de sus biógrafos, por lo común empeñados en ocultar la personalidad compleja de un personaje solitario, triste y probablemente paranoico, y en demostrar que Newton era un genio muy piadoso que pasó por el filtro del racionalismo científico toda la filosofía natural de su época.

La historia de la Ciencia, como la historia a secas, adora asociar la precocidad al genio. Por eso, el precoz Isaac representó desde niño a las mil maravillas el papel de Mozart en las matemáticas. Apenas supo leer, el pequeño judío comprendió que el anagrama de su nombre hacía de él un elegido de Dios, porque nadie podía negar que Isaacus newtonus, convenientemente trastocado, acaba por ser Ieova sanctus unus. Aprendió a una velocidad prodigiosa todo lo que había que saber de la matemática de su tiempo; más tarde, siendo un joven estudiante, irritado por las limitaciones de las matemáticas clásicas, inventó un procedimiento totalmente nuevo, el cálculo integral y diferencial, que utilizó para formular sus leyes de la física.

Eso sí, una idea de su carácter excéntrico –probablemente muy similar al del hombre considerado como el más inteligente del mundo hoy en día, el matemático ruso Grigory Perelman- es que Newton tardó casi treinta años en hacer público su nuevo procedimiento, el mismo tiempo que se tomó para dar a conocer su revolucionaria interpretación de la luz –su célebre prisma- que demostró que la luz no era pura, como se creía, sino un batido de rayos colores, sentando las bases de la moderna espectroscopía y ganándose con ello la maldición del poeta romántico John Keats lor haber «despojado al arco iris de su misterio». En su poema Lamia, Keats arremetió contra la ciencia por haber convertido a  la luz en un simple fenómeno gobernado por las leyes matemáticas. «Antes había en el cielo un sobrecogedor arco iris, hoy conocemos su urdimbre, su textura; forma parte del aburrido catálogo de las cosas vulgares. La ciencia recorta las alas del ángel, conquista los misterios con reglas y líneas, despoja de embrujo el aire, de gnomos las minas; desteje el arco iris», escribió Keats.


Excepcionalmente, muy pocas veces en la historia, una inteligencia humana concibe una observación tan aguda e inesperada que la comunidad científica no puede decidir del todo qué es lo más asombroso, el hecho en sí o haberlo concebido. La aparición de su obra maestra: Principios matemáticos de filosofía natural, más conocido como los Principia, fue uno de esos momentos. Hizo inmediatamente famoso a Newton. Durante el resto de su vida le cubrirían de honores y de alabanzas, el primero en ser nombrado sir por méritos científicos. «Ningún mortal puede aproximarse más a los dioses», escribió el gran astrónomo Halley, expresando un sentimiento que no se cansaron en proclamar sus contemporáneos y muchos otros después de ellos. En el corazón de los Principia figuraban las tres leyes newtonianas del movimiento y su ley de la gravitación universal. No sólo explicaba matemáticamente las órbitas de los cuerpos celestes, sino que identificaba también la fuerza de atracción que los ponía en movimiento: la gravedad. De pronto cobraron sentido todos los movimientos del universo. En cambio, con un célebre «yo no finjo hipótesis», se negó a buscar las causas de la gravitación: el evidente carácter divino de esta fuerza, como el origen del sabio que la encontró, no requería explicación alguna.
John Maynard Keynes
Algunos sorprendentes descubrimientos biográficos posteriores, y sobre todo la apertura de un famoso baúl adquirido en subasta pública por John Maynard Keynes en la década de 1930 finalmente iluminaron el escenario. Los trabajos matemáticos newtonianos resultaron ser la parte emergida de un iceberg constituido por sus clandestinas investigaciones alquímicas y teosóficas. Sometidos al escrutinioo de los eruditos, los análisis de aquella documentación revelaron que, en el fondo de sus retortas, Isaac buscaba poner de manifiesto a escala microscópica la ley universal que había encontrado a escala cosmogónica, y que sus pacientes trabajos de investigación sobre las Sagradas Escrituras apuntaban a restituirles un sentido traicionado por generaciones de copistas y de exégetas. Newton era claramente un mago, «el último de los magos», escribió Keynes, para quien el universo era «un misterio que era posible descifrar aplicando su puro pensamiento a ciertos indicios místicos dispuestos por Dios en el mundo con el objeto de ofrecer el tesoro filosófico a la cofradía esotérica».
Nicolas Fatio

Sería asombroso que el elegido de Dios no flaqueara ante la descomunal tarea que se había asignado. De hecho, así fue. En mayo de 1693, a los cincuenta y un años, Newton entró en un período de insomnio, de trastornos gástricos, de pérdidas de memoria y de paranoia aguda que duró más de un año, al salir del cual abandonó definitivamente los estudios esotéricos. ¡Hasta acusó a su viejo amigo John Locke (a Locke, que murió virgen) de tratar de meterle mujeres en su cama! Los biógrafos no vieron en esta crisis otra causa que el exceso de trabajo intelectual debido a la redacción de sus famosos Principia, obra fundadora de la física moderna; más tarde los de un envenenamiento con mercurio, metal que Newton utilizaba en cantidades industriales para sus experiencias alquímicas. Hoy se sabe que sus relaciones con un joven filósofo suizo, Nicolas Fatio, no estaban al margen de su peculiar situación personal.
Sir Robert Harley

Mientras que Newton elucubraba sobre la verdad de Dios y elaboraba cuidadosos cálculos sobre el preciso movimiento que regía el orden universal, otros, más pragmáticos, alentaban la ambición humana para llenarse los bolsillos. El presidente del partido Tory y Lord del Tesoro, el Duque de Oxford Robert Harley, urdió la artera maña de crear una de las primeras burbujas financieras: la Compañía de los Mares del Sur, fundada por sobre la base de que iba a tener derechos exclusivos sobre una parte del comercio de bienes y de esclavos con las colonias españolas de América del Sur tras el Tratado de Utrecht, que puso fin a la guerra de sucesión española a la muerte de Carlos II y que trajo como venturosas consecuencias, de las que aún disfrutamos, la pérdida de Gibraltar y la llegada de la dinastía de los Borbones.

El avispado Harley intentó resolver un problema de exceso de deuda de la Corona inglesa creando una compañía cuyas acciones se cambiarían por deuda del Tesoro. La compañía solo tenía derecho a un barco que comerciara con bienes y a una cuota para aportar 4.800 esclavos al año desde África. A pesar de haber conseguido unos derechos tan escasos para operar en las colonias españolas, sus dueños y directivos especularon fraudulentamente con sus acciones, lo que hizo que éstas pasaran de cotizar de 500 a 1500 libras en tan solo cinco meses, para luego desplomarse cuando se descubrió el fraude y las masas de inversores acudieron en tropel al deshacerse de sus devaluadas acciones. En tan torpe burbuja terminó Newton por invertir sus ahorros de toda la vida. Cuando su amigo Abraham DeMoivre le advirtió de que había perdido todo su patrimonio, adelantándose sin saberlo a lo que más tarde escribiría Maurice Maeterlinck en La vie des termites: «la inteligencia es la facultad que nos ayuda a comprender finalmente que todo es incompresible», Newton exclamó: «He logrado predecir el movimiento de los astros pero no la locura del mercado».