miércoles, 12 de octubre de 2011

Dos libros americanos


Dos libros aparecidos en septiembre destacan en los escaparates de las librerías de Estados Unidos, el país que me acoge estas semanas, a cuyos habitantes, además de los huevos revueltos, los cereales y el café aguado, les gusta acompañar sus desayunos con muffins, una variante de nuestra tradicional magdalena trufada con algunos pedacitos de fruta. Es decir, mucha masa industrial y poca chicha natural.

Dick Cheney, el que fuera vicepresidente con George Bush, ha escrito un “libro muffin” trufado con una buena dosis de mala baba. Cheney, al que pude ver en la NBC a finales de agosto en una entrevista promocional de su libro In my time: A personal and political memoir, se vanagloriaba de que le llamaran Darth Vader, el malo de la saga La guerra de las galaxias, porque él –un servidor público y un patriota, proclamaba- había actuado siempre en defensa de los intereses de su país. Sus detractores, menos dados a la loa, sostienen que el “Todo por la Patria” de Cheney más bien debiera proclamar “Todo por Halliburton”, la empresa en la que tiene sus intereses económicos, cuyos beneficios se incrementaron astronómicamente gracias a los contratos civiles en exclusiva y a dedo que obtuvo durante la guerra de Irak.

El libro, que pasa por alto asuntos tan importantes como el despiste de seguridad que motivó el éxito terrorista del 11-S, la trampa de las papeletas de electorales de Florida o la falta de control financiero que provocó la crisis de 2008, no dice cosa de gran interés para el común de los mortales, una consideración que no compartirán sus compañeros de gabinete Condoleeza Rice y Colin Powell, a los que califica de cándidos inocentes por tratar de impedir la invasión de Irak, por evitar que se invadiera también Siria o por intentar negociar un pacto de uso de armas nucleares con Corea del Norte. De la catadura moral de este hombre da idea su falta de arrepentimiento ante las torturas a prisioneros para obtener respuestas a raíz de los ataques terroristas del 11-S. Durante la entrevista con la NBC dijo: “Creo firmemente que admitiría el uso nuevamente si las circunstancias señalan que era la única manera de hacer hablar a un detenido con información valiosa”.

El oscarizado cineasta Michael Moore acaba de presentar su libro Stories of my life. Here comes trouble (Historias de mi vida. Aquí está el problema). Situado en las antípodas políticas de Cheney, Moore se ha ganado una bien justificada fama de activista demócrata y de azote de republicanos a golpe de documentales como Roger & Me, donde narra el ocaso de su pueblo natal después de que General Motors cerrara sus fábricas para llevarlas a México; Bowling for Columbine, ganadora de un Óscar al mejor largometraje documental en 2002, que es una afilada y lúcida crítica a la cultura armamentista estadounidense; Fahrenheit 9/11, Palma de Oro en Cannes, que habla de los vínculos económicos entre la familia del presidente Bush, la familia real saudí y la familia Bin Laden, y de las hipotéticas motivaciones financieras "ocultas" de la invasión de Irak; Sicko, un agudo retrato del sistema de salud estadounidense, una crítica a la industria farmacéutica y un escalofriante retrato de las necesidades que agobian a la mayoría de los pacientes en Estados Unidos continuamente estafados por las aseguradoras privadas; y su última entrega, Capitalismo: Una historia de amor, en la que se ocupa de la actual crisis que está provocando la frustrante desaparición del sueño americano mientras muchas familias pierden empleos, ahorros y viviendas.

El libro contiene 24 historias cortas basadas en episodios de su propia vida que Moore ha organizado como el guión de Forrest Gump, trazando su camino biográfico como una serie de viñetas apoyadas en hitos tales como algunos acontecimientos históricos o sus encuentros con determinados personajes: las revueltas sociales de Detroit en 1967, su encuentro con Bobby Kennedy cuando Moore tenía once años, el asesinato de Martin Luther King, celebrado con aplausos en la iglesia cristiana a la que asistía de niño, la guerra de Vietnam, de la que intentó escapar trazando un rocambolesco plan de huida a Canadá, o sus conflictos juveniles en temas tan delicados como el apaleamiento de un joven vecino homosexual o su asistencia a una amiga adolescente cuando abortó clandestinamente.

Como Moore no da puntada sin hilo, ha aprovechado la presentación de su libro para hacer activismo político. Cuando aún faltan catorce meses para las elecciones presidenciales, el cineasta bautizó su nueva criatura de papel actuando como invitado de honor en una fiesta organizada por los demócratas neoyorquinos para recaudar fondos. Las imágenes emitidas por televisión eran sorprendentes: en la elegante terraza del hotel Empire, repleta de hombres y mujeres elegantemente ataviados para un acontecimiento social vespertino, entre rubias de larga melena que bebían champán francés encaramadas sobre enormes tacones, Moore lanzó un encendido mitin ataviado con su uniforme habitual: una sobada gorra verde de beisbolista, una vulgar camiseta negra mal planchada con pinta de haber sido adquirida en un Wal-Mart y unos vaqueros tan caídos como desgastados. Pese a ese estudiado desaliño indumentario, el mismo que lució dos días después cuando arengó a los “indignados” acampados en Wall Street, el cineasta volvió a demostrar con su discurso que sigue siendo uno de los mejores portavoces del partido de Obama, al que ofreció su receta para que vuelva a ganar las elecciones: "Meta en la cárcel a unos cuantos banqueros, eso le ayudará".

El divertido libro ha recibido elogios unánimes de la crítica. Por su parte, Moore, un hombre inteligente siempre entregado a la polémica, ha aprovechado  sus memorias para entrar en campaña y para demostrar que, al margen de odios republicanos o de simpatías demócratas, tendrá un lugar destacado en la historia de la cultura estadounidense.