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domingo, 12 de febrero de 2012

Un ejército en la reserva

Un magnate norteamericano inauguraba una nueva cadena de montaje allá por los años treinta. Los asistentes estaban maravillados: las máquinas podían sustituir a los hombres. En la vieja fábrica, para montar un modelo de automóvil se necesitaban cien obreros. En la nueva, bastaba con veinticinco. Ufano, el magnate se dirigió al sindicalista: «Paul –le dijo- tienes un problema, estas máquinas no cotizarán la cuota sindical». «Henry –le respondió este- tienes un problema mayor: las máquinas no van a comprar los coches que produces». 


Aquel representante de los trabajadores de hace casi un siglo sabía lo que cualquier estudiante de economía que hubiera leído la Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero, de Keynes, o la Economía, de Paul Samuelson, habría recitado de carrerilla: que la austeridad y la retirada del dinero circulante pagando salarios más bajos y asustando a los asalariados con la amenaza de perder su puesto de trabajo (provocando con ello que se lo piensen dos veces antes de hacer cualquier gasto), es una estrategia muy mala en medio de una depresión. A diferencia del pensamiento neoliberal que se está imponiendo en toda la UE, la creación de empleo depende de que haya suficiente demanda de bienes y servicios y no del nivel de los salarios. 


Haciendo lo contrario de lo que proclamaron, es decir, mintiendo, el gobierno del PP acaba de abaratar el despido y de asestar una puñalada mortal a los derechos laborales de los trabajadores. La medida es una consecuencia lógica de una conclusión absurda e inaceptable: para cualquier nivel de producción se puede crear tanto empleo como se quiera con tal de que los salarios sean suficientemente bajos. Es una falacia que se ha colado entre nosotros como una verdad irrefutable a fuerza de repetirla una y otra vez. No es cierto, flexibilizar el mercado de trabajo no creará más empleo, antes bien impulsará la precariedad, convertirá a los trabajadores en mano de obra desechable y abaratará los salarios ampliando la ya de por sí abrupta brecha social. 


Hace falta ser ingenuo  o estar completamente alienado para no darse cuenta de lo que está pasando, que no es otra cosa que favorecer los intereses de quienes utilizando el eufemismo de la “flexibilidad laboral” están sembrando el pánico para obtener asalariados que trabajen más por menos. Justo antes de la Guerra de Secesión, en Estados Unidos se había culminado el proceso de flexibilización del mercado de trabajo. En un sector de la población se había alcanzado el pleno empleo: eran los cuatro millones de esclavos negros que trabajaban a cambio de la comida y de un alojamiento miserable. En el otro sector de la población, el de los blancos, el desempleo alcanzaba tasas del ochenta por ciento. Quien no fuera latifundista o atendiera servicios básicos para los latifundistas, estaba condenado a vivir en unas condiciones más precarias que las de los esclavos a los que, al fin y al cabo, sus propietarios atendían para que rindieran más y mejor. Ese sí que era un mercado absolutamente flexible.


El paro supone una tragedia humana, pero es muy rentable para una determinada manera de entender la economía. Si no fuese un buen negocio, resultaría imposible entender cómo, en un país tan castigado por el desempleo, se aprueban medidas destinadas a avivar el incendio. En El final de la edad dorada (Taurus, 1996), Carlos Solchaga lo expresaba claramente: «La reducción del desempleo, lejos de ser una estrategia de la que todos saldrían beneficiados, es una decisión que si se llevara a efecto podría acarrear perjuicios a muchos grupos de intereses y a algunos grupos de opinión pública». Nada sospechoso de ser un marxista peligroso, el ex ministro daba la razón a otro Carlos, Marx, que en el capítulo 23 de El Capital había teorizado que el funcionamiento del capitalismo requiere un “ejército industrial de reserva”, que es el sector de la población que queda en el desempleo al que se lleva a la desesperación para que trabaje más por menos.


Un nivel permanente de desempleo presupone una población ampliamente dependiente de un salario para la supervivencia, sin posibilidad de otros medios de vida. Tal reserva de capital humano garantiza el “derecho” de los empresarios a mantener salarios bajos (low jobs, por usar la jerga actual) y a contratar y despedir de acuerdo con unas condiciones laborales que sean tolerantes con sus exigencias. En España hemos podido comprobar en los últimos años que la presencia de gran número de inmigrantes ha sido utilizada para contratar con salarios más bajos y que incluso se ha tolerado, cuando no fomentado, la presencia de “sin papeles” precisamente porque su situación de mayor necesidad permitía a los empleadores contratarlos en condiciones más favorables para ellos. 


Desde que se aprobó en 1980, el Estatuto de los Trabajadores ha experimentado tantas reformas que ya no sabemos ni contarlas. En todas ellas el guión se mueve a través de un argumento básico: dotar de mayor flexibilidad al sistema de relaciones laborales recortando derechos de los trabajadores. Ninguna de ellas solucionó el problema estructural del desempleo. Todas ellas han usado las mismas salmodias: eran reformas “de calado” e “históricas” que iban a “favorecer la contratación”. La misma partitura para la misma música que ahora reescriben otros acentuando los registros hasta desarbolar por completo los derechos de los músicos. La reforma publicada el pasado sábado no ha aprendido de la historia reciente: con el mismo mercado “rígido” España llegó a ser durante la década de 2000 el país que más empleo creaba en Europa para pasar a ser, después de la crisis, el mayor productor de desempleados de toda la UE. 


Como decía Keynes y nos recuerdan algunos Nobel como Krugman o Stiglitz, que la creación de empleo dependa del coste del trabajo es una entelequia porque, como dicta el sentido común, lo que realmente condiciona el nivel de empleo o desempleo no son las condiciones de los mercados laborales, sino las macroeconómicas: la política monetaria, los tipos de interés, el coste del capital, el poder que tengan las empresas en los mercados, el nivel de inversión, las facilidades de financiación y, fundamentalmente, el dinero circulante y la capacidad efectiva de compra que haya en una economía. Si la actividad económica no crece lo suficiente, las tasas de desempleo se mantendrán elevadas, por mucho más eficientemente que funcione el mercado de trabajo.


La nueva reforma laboral sólo servirá para maltratar aún más a los ciudadanos sobrantes en la nueva economía especulativa del miedo, que invita a la supervivencia, no a la defensa de los derechos. Los trabajadores puede que acepten cualquier cosa por precaria que sea, pero por muy bajo que sea el salario, por muy dóciles que sean los sindicatos, por muy barato que sea el despido, por muy pocos derechos que tengan los trabajadores y mucho el poder de los empleadores, ¿de qué servirá todo eso si los empresarios no tienen a quién vender lo que producen?


Cuando avance 2012 y aparezca la terrible cifra de los seis millones de parados, Rajoy será el portador del baldón con el que cruelmente acusó a Zapatero: será el presidente que ostente el récord de tener el mayor número de desempleados en la historia de España. Ya lo es, pero no se le recuerda porque de momento vive de la “herencia recibida”, un legado que se agota con el avance del tiempo.