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martes, 10 de abril de 2012

El libro de Job

Dice un proverbio chino que cuando se desea salir de un agujero lo primero que hay que hacer es dejar de cavar. Aplicándolo a la situación actual habría que decir que la insistencia en el riesgo de intervención –que es el argumento utilizado por el Gobierno para ejecutar su política de recortes (¡perdón, de ajustes!)- es la primera condición para que aquella se produzca.


Con la excusa de evitar el apocalíptico riesgo de la intervención y con el pensamiento anclado en que no existen otras alternativas, el Gobierno está haciendo justo lo contrario de lo que sus miembros prometían cuando estaban en la oposición. No iban a subir los impuestos y los subieron. No iban a tocar la sanidad y la educación, pero cuando me pongo a redactar este artículo anuncian un recorte de diez mil millones de euros que hay que añadir a la puñalada que ya sufrieron en los Presupuestos Generales. Dijeron que antepondrían los intereses de España a cualquier otra posición partidista y retrasaron con ventajismo su presentación, supeditando el interés general al de su candidato Arenas. No iban a abaratar el despido y han dejado a los trabajadores indefensos. 


El atropello de la reforma laboral me parece lo más indignante. Tomemos un ejemplo real que acabo de conocer. Eva es una licenciada universitaria que posee además dos másteres universitarios en lo que ella puso todo su esfuerzo y su familia la mayor parte de sus ahorros. Con veintisiete años parecía tener un futuro esperanzador. Estaba contenta con su primer trabajo y con los 1.400 euros netos que recibía mensualmente. Apenas una semana después de la entrada en vigor de la reforma laboral, Eva fue despedida utilizando como recurso una merma en los beneficios de la empresa. Que se me lea bien: digo merma de los beneficios, no pérdidas. Eva hizo lo que otros muchos jóvenes: enviar decenas de copias de su currículo a las empresas de su sector. El mismo responsable de recursos humanos que la despidió la llamó para ofrecerle el mismo puesto de trabajo pero cobrando seiscientos euros. Eva no aceptó. Ese es el tipo de situación a la que está conduciendo la reforma laboral: trabajadores sin derechos que son despedidos para volverlos a contratar con salarios indignos.


Decía Rajoy en Córdoba que las medidas tendrían efectos positivos a medio y largo plazo. Dejando a un lado lo que decía Keynes, aquello de que “a medio plazo todos muertos”, para entender la estrategia gubernamental de enfrentar a los trabajadores con los desempleados no hace falta haber leído El arte de la guerra; basta con recordar el principio fundamental de Sun Tzu: «Lo supremo en el arte de la guerra consiste en someter al enemigo sin darle batalla». Cuando Rajoy y la despistada Báñez dicen que con la reforma están pensando en los parados, en realidad lo que están pensando es en reducir su número, que día a día sigue aumentando escandalosamente. ¿Cómo se logra reducir la tasa de desempleo? Muy sencillo. Primero se deja transcurrir un tiempo para que la tasa se estabilice alrededor del 25 por ciento (pongamos unos seis millones de parados), permitiendo que se imponga el modelo “Eva” para que se saneen las plantillas con las nuevas y ventajosas condiciones de despido. Entonces, en una segunda etapa, las empresas podrán contratar beneficiándose de las nuevas y ventajosas condiciones. Por el salario de un trabajador despedido podrán contratar dos o tres nuevos, sin derechos laborales y teniéndolos a prueba durante un año. Por si ello fuera poco, también disfrutarán de ventajas fiscales si despiden a los padres para contratar a sus hijos menores de treinta años. 


Eva no aceptó por dignidad personal, la dignidad que le ha faltado al ministro de Economía y Competitividad, Luis de Guindos. Como pollo sin cabeza, el ministro de Guindos corre de un lado a otro con una incontinencia verbal, enmascarada en una insustancial verborrea pseudotécnica, con la que trata de ocultar una profunda inconsistencia argumental trufada de ocurrencias. Lo oigo hablar por la mañana de unas medidas económicas que había que adoptar y al rato es desmentido por el portavoz de su propio partido que lo deja políticamente desautorizado. Por dignidad personal, la misma dignidad que hizo que Eva renunciara a un leonino contrato de trabajo, el ministro debió dimitir ese mismo día. Pero no lo hizo: no puede. El antiguo responsable europeo del mayor causante de actual la crisis financiera, Lehman Brothers, está atado el banco del Gobierno por imperativo del poder financiero que lo ha destinado como su representante en el Gobierno para que, en nombre de la competitividad, proteja los intereses de los poderosos.


En su pueril entrevista con Barak Obama durante la inútil cumbre de Seúl en la que no pintaba nada, el extasiado Rajoy le dijo al presidente estadounidense que estaba estudiando inglés. Debería estudiar otras muchas cosas, porque uno sospecha que Rajoy es un ignorante en asuntos económicos claves que, como no sabe lo que se trae entre manos, está a expensas de las ocurrencias de sus descoordinados ministros. Montoro no sabe lo que piensa de Guindos; este no sabe por dónde va a meter la tijera Montoro; la ministra Mato amenaza con hacer honor a su apellido a base de adelgazar a la sanidad pública; Gallardón y Wert lanzan los fuegos de artificio de su rancia ideología para despistar al personal. Y así con todo. Nadie coordina porque el coordinador presidencial no sabe lo que tiene entre manos.


Rajoy debería leer algo más que la prensa deportiva y convendría que empezara por el Antiguo Testamento, por el Libro de Job. Sin recurrir al señor obispo de Alcalá, tan ocupado como está de la sexualidad ajena que es inevitable pensar que le preocupa la suya, uno recuerda que el bueno de Job, un santo varón de Dios, fue sometido por el poder divino a exigencias cada vez mayores. Cada vez que Job ejecutaba uno de los exigentes mandatos que se le imponían para comprobar su paciencia, el poder divino le ordenaba uno nuevo y más difícil de cumplir. Job comprobó en sus propias carnes que el poder, cualquier poder, aunque provenga de Dios, es siempre caprichoso, voluble y exigente.


Cambien Dios por capitalismo y entendamos que, como el paciente Job, estamos sometidos a los caprichosos vaivenes del poder económico. Frente a ellos, el Gobierno reacciona como puede: con una agónica política de ocurrencias espasmódicas. A cada nuevo gesto del Gobierno, los mercados responden con nuevas exigencias. Pero como Job, que cumplía los imperativos divinos gracias a su fe de carbonero, el Gobierno actúa como actúa movido por una ideología siempre atenta a los deseos del poder financiero. Por eso ha decidido aplicar medidas que convienen a su ideología cuesten lo que cuesten a los españoles. El Estado anoréxico es su objetivo.