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martes, 4 de septiembre de 2012

Parábola del escarabajo pelotero



J.B.S. Haldane

Cuentan que un teólogo victoriano preguntó al gran biólogo Haldane si podía deducir algo sobre Dios a partir de su huella en el Universo. Teniendo en cuenta, que los coleópteros son con gran diferencia los animales con mayor número de especies, la respuesta fue: «no sé, quizás una desmedida afición por los escarabajos». Puede que Dios ame a los escarabajos, pero lo que es seguro es que algunos escarabajos han sido adorados como dioses. El escarabajo pelotero (Scarabaeus sacer) se pasa el día entero recogiendo mierda y amasándola en forma de pelotitas. Tan atareado coprófilo es común en Egipto, de modo que también en la antigüedad resultaba habitual la observación de los esfuerzos del animalito arrastrando y haciendo girar pelotas de estiércol. Los egipcios encontraron en la ardua faena cotidiana del acorazado coleóptero una metáfora sencilla y efectiva que permitía vincular el animal con la sagrada misión de Ra, el gran dios encargado de mover el Sol a través del firmamento y añadieron al bicho a su interminable catálogo de dioses, diosecillos y otros seres espirituales.
Las teorías marxistas tradicionales atribuyen el poder económico a la propiedad de los medios de producción, de los que el capitalista extrae su beneficio. El capitalista lleva a cabo el ciclo capital-dinero: invierte dinero en personal y equipos para crear un bien o servicio que lleva al mercado, donde se vende y se vuelve a convertir en un dinero en el que está comprendida su ganancia: la plusvalía. Era la economía real o productiva sostenida por el dinero real, contante y sonante. Pero esta imagen tradicional del oro respaldando los billetes en circulación, vigente cuando Marx escribía, ya no es válida. En 1971 el dólar dejó de estar anclado al oro y dos años después el resto de monedas mundiales dejaron de estar ligadas al dólar. Desde ese momento, la creación de dinero ha vuelto (como sucedía antes de la II Guerra Mundial, en los tiempos de la Gran Depresión del 29) a no tener ningún límite físico. Ya no hay lingotes de oro en las arcas de los bancos centrales que respalden el dinero en circulación. Tal cosa ha tenido múltiples consecuencias y una de ellas ha sido la creación de dinero de la nada de forma acelerada.
La nueva realidad financiera, la posibilidad de crear dinero de la nada, ha provocado cambios importantes en esta forma de ejercer el poder económico. Las nuevas condiciones del sistema monetario y financiero han creado una fuente de financiación abundante que permite crecer al capital a velocidades supersónicas, acceder a más mercados, obtener economías de escala y conseguir una rentabilidad astronómica. Y la llave de todo esto la tiene el poder financiero. De este modo, si el capitalista propietario de los medios de producción tiene la capacidad de extraer la plusvalía, el capitalista financiero tiene la capacidad de multiplicar esa plusvalía en un nuevo y colosal milagro de los panes y los peces.
En una crisis sistémica como la actual no deja de ser sorprendente que todas las soluciones que se están planteando reclamen el crecimiento económico sin plantearse, siquiera sea teóricamente, que el ciclo bajista de esta crisis responde a la misma lógica que la fase alcista anterior y que la necesidad de crecimiento responde a la deuda insostenible que genera el tipo de interés, elemento clave de los mercados financieros.
¿Cómo se crea el dinero en un momento como el actual caracterizado por ser el período histórico de su mayor existencia y crecimiento? De la nada. El dinero se crea de la nada, algo de lo que ya me ocupé en una entrada anterior. El Banco Central Europeo (BCE), el más grande de los entes creadores de billetes en la UE, crea dinero mediante subastas de euros periódicas en las que pone una cantidad en circulación. Obtenido el dinero en las ubres del BCE, la banca privada produce a su vez dinero cuando lo presta por encima de los depósitos que mantienen, algo de lo que me ocupé en otra ocasión.
Perfecto, ¿no? Todo el mundo dándole a la manivela y el dinero fluyendo sin cesar. ¿Dónde está el problema? Pues en que hasta ahora no he dicho nada de la deuda, que aparece justo después de crear el dinero, al ponerlo en circulación. Cuando el BCE emite euros no se los da a los bancos de balde, sino que fija un tipo de interés. Cuando un banco toma dinero del BCE tendrá que devolverle algo más de lo que pidió, generando inevitablemente una deuda mayor que el préstamo.
Por tanto, es evidente que siempre habrá una deuda mayor que el dinero en circulación. En el sistema hay un déficit irresoluble de dinero: por más dinero que se cree, siempre habrá una deuda superior. Además, para obtener liquidez, los Estados, la banca y las empresas necesitan recurrir, masiva y habitualmente, a la petición de préstamos para su funcionamiento cotidiano. Como esto se realiza con un interés creciente (el BCE pone un tipo de interés del 1% al Santander, por poner un ejemplo, pero este se lo presta al Estado al 6-7%), el trasiego del flujo de préstamos hace que el monto total de deuda se incremente más y más. Una vez que vencen los plazos de devolución de la deuda, es habitual que no se devuelva, sino que las entidades pidan nuevos préstamos con los que devolver capital e intereses de deudas pasadas, incrementando el conjunto de la deuda total aún más.
La creación de dinero de la nada se ha multiplicado de forma acelerada hasta provocar que en la actualidad, el 90% de la masa monetaria sea digital. Pero como esto no es Jauja y la máquina del movimiento continuo está todavía por inventar, nos encontramos en dos situaciones paradójicas: cuanto más dinero se pone en circulación, más crece la deuda y más escaso es el dinero; y cuanto más escaso es el dinero, más tiende a ponerse en circulación.
Así las cosas, ¿cómo demonios se mantiene este sistema que produce deudas crecientes que no pueden ser restituidas? Pues con la estrategia del escarabajo pelotero: caminar incesantemente con la bola de mierda entre las patas. El sistema toma prestado contra el futuro sobre la base del crecimiento continuo de un pelotón que nunca puede pararse porque, como les ocurre a los ciclistas, si se paran se caen. Quienes han recibido los préstamos prometen que devolverán las deudas con el único fundamento de la esperanza en la riqueza generada por el crecimiento futuro. Y así va el mundo, dándole a los pedales sin parar.
Este crecimiento, como muestran todos los indicadores y nos enseña la economista Susana Belmonte en un brillante ensayo (Nada está perdido. Un sistema monetario y financiero alternativo y sano; Icaria Editorial, 2012) -un libro que debiera repartirse en colegios, institutos y universidades-, solo es posible con un consumo creciente de materia y energía, que es imposible en un planeta con unos recursos cada vez más escasos, como sucede con los combustibles fósiles.
En esto se traduce la solución de volver a crecer: en una escalada de deuda que ha llegado a unos volúmenes intolerables que el sistema resuelve con la estrategia de las crisis periódicas como las que ahora estamos sufriendo. Es la lógica del crecimiento infinito del sistema económico, que –apoyado en el interés compuesto- nos empuja a un crecimiento continuo imposible, tan imposible como que un simple escarabajo pueda mover el Sol.