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domingo, 16 de diciembre de 2012

Fukuyama, Aguirre y el fin de las mamandurrias


Todo sigue el plan establecido; un plan que nuestro Gobierno niega todos los días aunque se cumpla punto por punto desde hace décadas. Se ejecuta por etapas y se ejecuta cuando toca, cuando la ocasión es, como ahora, propicia; se hace así porque si se dijera la verdad, que la lucha frente al desempleo se da por perdida para una parte de la población juvenil que sólo aprendió a poner ladrillos, que no hay ni habrá crédito, que el ajuste del déficit es una quimera, que la deuda es impagable, que los presupuestos son una sinrazón y que el Estado del Bienestar tal y como lo conocemos va a morir, tendrían un problema. Ahora, el titular del “neo Consenso de Washington” dice así: “Europa tiene un nuevo regulador bancario”. Campanas al vuelo, albricias y felicitaciones. 


"Neolengua", el lenguaje engañoso que se utiliza desde la élites económicas, políticas y mediáticas para neutralizar la oposición a unas medidas que nos están ahogando poco a poco y que cualquiera puede ver a poco que tenga criterio. El lenguaje es utilizado como herramienta ideológica para modificar la percepción de la realidad, para suavizarla y hacernos tragar la purga de la austeridad. Los medios de comunicación, en su afán por llegar los primeros a la noticia, degluten el ricino sin rechistar. Nadie parece acordarse de que el nuevo regulador, el Banco Central Europeo (BCE) es uno de los grandes responsables de que la banca, la gran beneficiada de esta crisis, esté haciendo caja y se esté forrando a costa del endeudamiento de los países mientras otros pasan hambre, pagan por estar enfermos o no pueden ganar el pan con el sudor de sus frentes. 

Hay que repetirlo hasta que cale: el BCE es el lobby de la banca privada y del Bundesbank alemán que ha diseñado un sistema que funciona así: las normas que lo regulan, impuestas por Alemania desde que se acordó la creación del euro, le impiden comprar deuda pública estatal y le imponen prestar dinero a unos intereses muy bajos a la banca privada, dinero que esta emplea inmediatamente en adquirir deuda pública cobrando intereses que quintuplican los que gravan (por decir algo) los préstamos del BCE. Duros a peseta, que diría un castizo.


La consecuencia es que los Estados deben endeudarse más y más para pagar a los bancos privados. Ajuste, primas de riesgo, copagos que son repagos, ambulancias con taxímetros, mercados, deuda, brujos. Es la vieja agenda del Consenso de Washington en una nueva versión parida para cuando ha tocado otra vez: “se hará lo necesario para garantizar la estabilidad”, como repite constantemente ese agente de la banca privada con pinta de guardabosques que es el ministro De Guindos. Siempre se hace lo necesario. Se sopesa, se calcula, se decide adónde se quiere llegar y se van pasando las hojas a su debido tiempo para que el resultado final no pueda ser otro que el previsto. Porque si admitimos las reglas del juego, el resultado no puede ser otro que en Las Vegas: la banca siempre gana. Cuando la ruleta pare y el espectador deje de mirar la bola que rodaba entre rojos y negros, descubrirá dos cosas: que el casino está donde estaba al principio y que a él le han robado la casa, el trabajo, la cartera, la chaqueta, los pantalones, los calcetines, los zapatos, la camisa y, si se descuida, todo lo que tiene. 

Ahora bien, el espectador puede apartar la mirada de la ruleta. Puede dejar de cegarse con un guión de catástrofes futuras que sucederán o no sucederán; puede dejar de seguir a los que le piden que miren el dedo que señala y se olviden de la Luna; puede dejar de creer a los que, tras robarle hasta el aire porque cobrarán hasta por respirar, le exigen más esfuerzos y más angustias; puede dejar de pasar a ser partícipe de un plan nuevo y dejar de ser víctima de un plan trazado hace más de veinte años. Puede, en fin, cargar el arma de su propio criterio y abandonar el rebaño de ovejas asustadas en el que quieren convertirnos. 


La crisis actual tiene una agenda, un plan trazado por los organismos financieros internacionales, los centros de poder político y económico y los institutos de “pensamiento” liberal con sede en Washington en la década de los ochenta, que un economista británico John Williamson, plasmó en 1989 en un documento, Lo que en Washington se entiende como reforma de las orientaciones políticas, más conocido como el “Consenso de Washington”. El inolvidable panfleto, destinado en principio al adoctrinamiento en la ortodoxia neoliberal de los políticos que dirigían los países latinoamericanos en vías de desarrollo, terminó invadiendo ideológicamente todo el planeta cuando encontró un campo abonado tras la caída del bloque soviético que dejó al mundo a merced del “pensamiento único” que se habría impuesto en lo que Fukuyama (El fin de la Historia y el último hombre) consideró el fin de la lucha entre ideologías y el comienzo de un mundo basado en la política y la economía neoliberal: las ideologías ya no eran necesarias y debían ser sustituidas por la “economía neocon”. Estados Unidos sería así la única realización posible del sueño marxista de una sociedad sin clases. 

Para comprender la esencia de este recetario del fundamentalismo de mercado hay que reseñar brevemente los cinco aspectos esenciales que constituyen el dogma de los “expertos independientes”, las cuestiones sobre las que no es posible discrepar cuando de asuntos económicos se trata. Es la letanía que nos repiten desde que comenzó la crisis. 


Primero, hay que mantener contenida la inflación a través del control de los precios y de los salarios de las clases trabajadoras. Segundo, disciplina presupuestaria: los presupuestos públicos no pueden tener déficit y para acabar con él hay que recortar los gastos pero nunca elevar los impuestos de los ricos. Ello implica que hay que reducir los gastos encaminados a políticas sociales -subsidios para sectores desfavorecidos, educación sanidad, investigación y desarrollo- y dirigirlos a sectores empresariales cuyos beneficios acabarán –sostienen- por darnos de comer a todos. Tercero, reforma tributaria, incrementando los impuestos indirectos, buscando bases impositivas amplias y tipos marginales moderados, de manera que se contengan los tributos a las rentas más altas y al capital para no desincentivar el ahorro, la inversión y el beneficio en el banquete de Epulón, de cuyas migajas comerían todos los Lázaros del planeta. 

Cuarto, liberalización del comercio internacional y desregularización del mercado financiero, eliminando el control de las transacciones de dinero y de las obligaciones de los bancos en lo que se refiere a sus reservas de activos. Y, por fin, en el frontispicio del nuevo edificio de la “desideologizada” economía neoliberal, debería ondear un lema: la actividad privada es más eficiente que la pública, así que es necesario privatizar los sectores y empresas públicas, eliminar todo tipo de trabas a la iniciativa privada y al funcionamiento de los mercados, abandonando esas ñoñerías caducadas de la solidaridad, la justicia y la equidad social. “Mamandurrias”, las llamó Esperanza Aguirre añadiendo una estupidez más a su inacabable estupidiario personal.

Si uno asume esa agenda sin discusión, se entiende que ese inane auxiliar administrativo del Gobierno alemán que es Rajoy se quede tan pancho declarando que “no hay alternativas a los recortes”. Sí que las hay, pero para eso hay que tener otra ideología que no pase por ayudar a unos pocos con los recortes de una mayoría que empieza a dejar de ser silenciosa. 

Mientras tanto, que el último apague la luz, que en enero la factura viene inflada. Ilumínense pero con cuidado: “no hay otra alternativa”. Disfruten lo votado.