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jueves, 13 de diciembre de 2012

Los amos del mundo o el extraño caso de la calcopirita


«En un bar de Washington, una inhóspita noche de nevada, un exinvestigador del Senado se ríe mientras acaba su cerveza. "Todo está jodido, y nadie va a la cárcel", dice. "Ese es tu artículo. Demonios, no tienes que escribir nada más. Sólo eso". "¿Sólo eso?". "Exacto", dice, pidiendo la cuenta a la camarera. "Todo está jodido, y nadie va a la cárcel. Así puedes acabar tu artículo"». 

Ese era el comienzo del artículo A la cárcel con los de Wall Street firmado por el polémico periodista de la revista Rolling Stone Matt Taibbi cuya tesis era que nadie ha pagado por sus desmanes con la cárcel, mientras que con el dinero de los ciudadanos se han salvado bancos y banqueros. Para Taibbi, los fraudes cometidos son crímenes que implican una elección calculada, cometidos por personas que actúan codiciosamente siguiendo un cálculo muy cínico: vamos a robar lo que podamos y luego a ver si las víctimas son capaces de reclamar su dinero a través de una política cautiva. «Si quieres ganar elecciones, encarcela a los que roban DVD o venden bolsitas de marihuana. Pero ¿por robar mil millones de dólares? No pasa nada. No es un crimen».

Una investigación del Senado norteamericano ha demostrado que durante seis años el banco británico HSBC, una de las mayores entidades financieras del mundo, se dedicó a blanquear el dinero de terroristas islámicos y narcotraficantes mexicanos. El informe del Senado criticaba a la Oficina de Control de Capitales de EEUU, que recibió múltiples advertencias y permitió que el lavado “creciera hasta ser un problema gigantesco”. De entrada, la noticia merece dos comentarios. Uno, la sana envidia que uno siente por actuaciones de esta naturaleza que tanto bien harían a nuestros parlamentarios si se ocuparan de ellas. Y dos, que Estados Unidos también tiene problemas para aplicar la justicia a los bancos.

En 2007, cuando sus negocios de lavado de capitales alcanzaban su punto álgido, HSBC declaró unos beneficios de 18.500 millones de euros. Mientras la comunidad internacional bloqueaba los movimientos de capitales iraníes, el banco camufló 25.000 transacciones ocultas de Irán por valor de 17.000 millones de euros. En Arabia Saudí y en Siria también aplicaron las mismas técnicas. En México el banco permitió el lavado de al menos 7.000 millones de dólares vinculados al narcotráfico. Fue, según ha admitido el propio banco, una actividad deliberada, una trama orquestada para financiar el terrorismo islamista y para lucrarse con dinero manchado de la sangre del brutal narcotráfico mexicano.

Con tales antecedentes, uno esperaba ingenuamente que alguien iría a la cárcel. No ha sido así. El banco ha llegado a un acuerdo mediante el cual pagará en cómodos plazos 1.500 millones de euros para cerrar la investigación. ¿Qué significa cerrar? Que no se irá a juicio, ningún responsable será encausado, nadie irá a la cárcel, nadie pagará personalmente salvo con tibias depuraciones internas del banco. El asunto recuerda sospechosamente a las prácticas que hemos visto en España respecto a las preferentes, por ejemplo: desde la cúpula se presiona a toda la cadena ejecutiva para que arriesgue en busca del beneficio prometiendo no prestar atención a las prácticas necesarias para lograrlo. Cuando todo se derrumba, los directivos se han embolsado el dinero de los bonus y sólo es necesario silbar y culpar al empedrado. Es lo que ha hecho Miguel Blesa, el banquero que casi funde Cajamadrid cuando declaró que “él hacía lo que todo el mundo hacía”.

Llueve sobre mojado. En lo que llevamos de milenio, el Bank of America mintió sobre miles de millones en dividendos. Goldman Sachs no avisó a sus clientes de cómo había elaborado los paquetes de hipotecas tóxicas que estaba repartiendo por todo el mundo. El mismo Goldman Sachs asesoró a Grecia para ocultar su deuda para que lograra entrar en la Eurozona; después, con esta información privilegiada, apostó junto con Deutsche Bank que Grecia se hundiría. Precisamente, Deutsche Bank fue uno de los mayores implicados en la estafa de titulizar y revender hipotecas tóxicas en el mercado, la principal causa que desencadenó la actual crisis iniciada en 2008, cuando Wall Street explotó en una bola de fuego de fraude y criminalidad. El banco colocó productos a sus clientes a sabiendas de que perderían dinero, tanto en Norteamérica como en Alemania, donde el Tribunal Supremo le condenó en 2011. Nadie fue a la cárcel. A Citigroup, se le pilló ocultando unos 40.000 millones. En julio de 2010, la Comisión de Valores, el organismo regulador estadounidense acordó con Citi el pago de 75 millones de dólares. Nadie fue a la cárcel. 

Recuérdese cómo actuaron los ejecutivos de Lehman Brothers, que vendieron todos sus productos basura apresuradamente, engañando a la gente a sabiendas, para así poder salvar sus bonus multimillonarios. En marzo de 2010 un informe emitido por los peritos judiciales señaló que los directivos actuaron dolosamente para extraer cerca de 50.000 millones de dólares de activos indeseables de sus balances en vez de anotar esos activos como pérdidas. Su actuación ocasionó la bancarrota del banco y el pistoletazo de salida de la crisis que nos atormenta. Nadie fue a la cárcel. 

Hace más de cuarenta años José Luis Sampedro decía que los bachilleres terminaban sus estudios sabiendo la fórmula de la calcopirita, un conocimiento que nunca utilizarían, mientras que ignoraban todo sobre Economía, algo que seguro necesitarían posteriormente. Seguimos en las mismas porque interesa que nos mantengamos en la inopia sin que encontremos respuesta a algunas preguntas que están en la mente de todos: ¿Quién gobierna el mundo? ¿Cuál es el poder real de los políticos? ¿Hasta qué punto nuestra vida está condicionada por las organizaciones internacionales y las instituciones privadas? ¿Cuál es el papel de los paraísos fiscales que dan abrigo al dinero del crimen y la corrupción? ¿Quién ganará con la brutal crisis económica que estamos viviendo?

Las respuestas puede leerlas en Los amos del mundo. Las armas del terrorismo financiero (Espasa, 2012), un libro de los catedráticos Vicenç Navarro y Juan Torres, dos economistas que llevan años clamando contra el mantra del “recorto aquí y allá porque no hay otro remedio”. Navarro y Torres cuentan cómo la concentración de poder económico ha dado a la banca internacional la posibilidad de controlar los mecanismos económicos en beneficio propio, convirtiéndola en un casino especulativo dotado de sofisticados instrumentos financieros con los que practican un auténtico terrorismo de cuello duro que doblega a los gobiernos y a las democracias cuando los políticos, olvidando sus responsabilidades, dejan desprotegida a la población frente a los especuladores que se adueñan de los mercados. El resultado de abandonarnos en manos de la oligarquía financiera es el alto endeudamiento, un empleo bajo mínimos y un debilitamiento del Estado del bienestar y de la calidad de vida, el aumento de la pobreza y la desigualdad, y un mundo en donde disminuye la representatividad de las instituciones democráticas y la voz de la ciudadanía pierde fuerza. 

Tras leer el libro, uno se da cuenta de que todo está a la vista: la conocida Troika – el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio-, junto con las agencias de rating, están actuando como verdaderos ladrones de la democracia para arrimar el ascua a la sardina de quienes, como David Rockefeller, piensan que «cualquier cosa debe reemplazar a los gobiernos y el poder privado me parece la entidad adecuada para hacerlo, porque la soberanía internacional de una élite intelectual y de banqueros es preferible al principio de autogobierno de los pueblos». 

Más claro, agua.