domingo, 3 de marzo de 2013

Mañana en la batalla piensa en mí


Ricardo, tu mujer, aquella desgraciada Ana, tu mujer, 
que jamás durmió una hora en paz contigo, 
ahora llena tu sueño de agitaciones: 
mañana en la batalla piensa en mí 
y caiga tu espada sin filo. ¡Desespera y muere! 
William Shakespeare: Ricardo III (Acto V, Escena III).

Campos de Market Bosworth, Leicestershire (Inglaterra), madrugada del 22 de agosto de 1485. Las tropas de Ricardo III Plantagenet, rey de Inglaterra, de la casa de York, y los mercenarios franceses del pretendiente a la corona de la casa de Lancaster, Enrique Tudor, se aprestan para la batalla decisiva de la larga disputa por el trono de Inglaterra conocida como la Guerra de las Dos Rosas. Traicionado por algunos de sus nobles en pleno combate, Ricardo intenta una carga desesperada contra el grupo que rodeaba a Enrique. No lo consigue. Desmontado, pelea como un jabato (su marca heráldica llevaba al jabalí como insignia) y muere luchando bravamente con el cráneo atravezado por una flecha. El descendiente de Ricardo Corazón de León tuvo una muerte digna del rey Arturo de Thomas Malory y no la del villano cobarde que los vencedores promovieron después. Su cuerpo, ignominiosamente atravesado en un caballo, fue llevado hasta Leicester, donde se exhibió desnudo y apaleado por las calles, hasta acabar aplastado contra el antepecho de un puente sobre el río Soar. Sus restos fueron finalmente sepultados en la capilla franciscana de Greyfriars, sobre cuyas ruinas se levantaría más tarde la catedral de Leicester.

Departamento de Genética de la Universidad de Leicester, nueve de la mañana del lunes 10 de septiembre de 1984. El genetista Alec Jeffreys comienza su jornada de trabajo sin saber que aquella mañana cambiaría su vida y la de muchas otras personas alrededor del mundo. Jeffreys estaba tratando de identificar diferencias genéticas a nivel molecular. Por casualidad, cuando observaba ADN procedente de su técnica de laboratorio Jenny Foxon y de sus padres, descubrió una región del ADN que era enormemente variable. Nada importante si Jeffreys no hubiera sido curioso. Observó la región con los rayos X y se dio cuenta de que había algo parecido a un código de barras; resultaba muy borroso, pero aún así era fácil detectar cómo la huella de Jenny consistía en una combinación de la de su madre y su padre, pero a la vez era única. En unos segundos el científico se percató de que había encontrado un método de identificación basado en el ADN que podría utilizarse no solo para identificación biológica, sino para dilucidar todo tipo de relaciones familiares. Le puso nombre a esa marca que hace a cada individuo un ejemplar único: “ADN fingerprints”: la huella genética. 


El número 316 de la revista Nature, que apareció el 4 de julio de 1985, cayó como una bomba en los laboratorios forenses de todo el mundo. En sólo tres páginas, el artículo firmado por Jeffreys y dos de sus colaboradores describía el método de identificar personas y establecer relaciones de parentesco. El procedimiento consiste en extraer el ADN de una muestra de tejido humano, cortarlo en fragmentos de distintos tamaños y separarlos en un campo eléctrico. Luego se usa una pequeña porción de ADN radioactivo que se pega a los fragmentos del genoma que llevan una secuencia específica variable de individuo en individuo. El resultado final del procedimiento es una placa radiográfica donde se observa una serie de bandas que recuerda los códigos de barras usados para marcar artículos comerciales. Tal y como sucede con las huellas dactilares, cada persona presenta un patrón específico de bandas sin que exista otra persona que presente exactamente el mismo patrón. Como las bandas se heredan de padres a hijos, todas las que aparecen en la huella genética de una persona tienen que estar presentes en las huellas de alguno de sus padres. Esto viene de perillas para establecer relaciones de parentesco.



Veintiocho de agosto de 2012. Un equipo de arqueólogos descubre un esqueleto debajo del aparcamiento de la catedral de Leicester. Unos días después, el laboratorio forense certifica que el cráneo encontrado fue atravesado por un objeto punzante y que la curvatura de la columna confirmaba la joroba de Ricardo III. De confirmarse la sospecha, se trataba de un hallazgo sensacional porque pocos monarcas ingleses han despertado tanto interés ni ninguno tuvo jamás más fama de malvado. El principal propagador de esa leyenda negra fue Shakespeare quien trazó con su pluma los contornos inmortales de numerosos personajes, capaces de las mejores obras, de las peores y también de las más contradictorias. Suyos son los retratos de grandes reyes atormentados y de brujas, generales, duendes traviesos, esposos enfermizamente celosos, dulces enamorados o villanos desalmados. Shakespeare hizo de Ricardo III un arquetipo de la peor condición humana: si Shylock es el codicioso ávaro, Falstaff el festivo, cobardón, vanidoso y pendenciero, Otelo el celoso y Macbeth el insomne acosado por su propia conciencia, Ricardo III aparece como un asesino vil, deforme, ambicioso y corrupto. 

Inspirada en la biografía del último rey de la casa Lancaster que escribió Tomás Moro en 1513, Ricardo III, la tragedia histórica de Shakespeare, presenta al personaje en función de quien estaba en el poder en aquel momento, la reina Isabel I, nieta de Enrique VII, vencedor de la batalla de Bosworth e implacable enemigo de Ricardo. ¡Vae victis! Shakespeare lo retrató como “the son of hell”, el “hijo del infierno”, un jorobado tiránico con un brazo atrofiado, un “ponzoñoso reptil jorobado”, como le llama la reina Margarita, capaz de ordenar asesinar al rey Enrique VI, a su propio hermano Jorge y a sus dos sobrinos cautivos en la Torre de Londres para poder acceder al trono. Si Ricardo hubiese ganado en Bosworth, si hubiese sobrevivido y sus herederos hubieran continuado en el trono, es muy posible que Inglaterra siguiera siendo hoy un país católico. Pero el vencedor de la batalla fue Enrique Tudor, cuyo hijo, Enrique VIII, obligó a su país a convertirse al protestantismo porque el Vaticano no le permitió divorciarse de su primera esposa, Catalina de Aragón, para casarse con la hermosa, gatuna y provocadora Ana Bolena. 


Febrero de 2013. La noticia de su primera semana en Inglaterra fue la confirmación de que el esqueleto encontrado en Leicester era el del rey Ricardo III. A pesar de que entre la actual soberana de los británicos, Isabel II, y su antecesor lejano en el trono Ricardo III median veintitrés reyes, ninguno estaba relacionado con Ricardo III por vía familiar. El linaje del último monarca inglés muerto en un campo de batalla, despreciado por Shakespeare y por la historia, tenía su último descendiente en Michael Ibsen, un ebanista canadiense, de quien se sabía por estudios genealógicos que era el único descendiente directo vivo de la dinastía Plantagenet. Quinientos años y diecisiete generaciones después, el cotejo de la huella genética de Ibsen y la de los restos de Leicester confirmó uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes en la historia del Reino Unido: el hijo del infierno había salido de las tinieblas del olvido. 


No es el único rey ungido de Inglaterra que yace en un lugar poco apropiado. Algunos historiadores creen que Boadicea, reina de los icenos, una pequeña tribu celta que ocupaba el actual territorio de Norfolk, al norte de Londres, que se rebeló contra las legiones de Nerón y fue violada y asesinada junto con sus hijas por las tropas del pretor Suetonio, está sepultada bajo el andén décimo de King’s Cross Station. Otros eruditos, más iconoclastas, lo niegan porque sostienen que está enterrada bajo un McDonalds de Birmingham. 

Sic transit gloria mundi.