lunes, 5 de septiembre de 2016

Higos, brevas, hilos y veganos

Por San Juan brevas y por San Pedro las más buenas. Por San Miguel, los higos son miel.
¡Si no te importa engordar, ponte de higos a reventar!
Del refranero español.

En la entrada anterior se me quedó en el tintero ni más ni menos lo que quería contar en relación con el veganismo, postura vital con relación a la cual uno, con alguna cautela, no puede sino estar de acuerdo. Sentada la premisa, el que uno juzgue como benemérito el ideario veganista no quiere decir que, en dicho movimiento, como en todas partes, no se desenvuelvan algunos incautos y no pocos mentecatos que encuentran cómodo asiento en el a veces confuso magma que separa a animales y plantas, y más aún cuando entran en juego los complejos mecanismos que, como la simbiosis gobiernan la actividad biológica.

Veamos como ejemplo el caso de los champiñones, que tomados por plantas con algún apresuramiento y no poco atrevimiento, forman parte habitual de la dieta de los veganos. Lo que separa a los animales de las plantas es su forma de adquirir energía, lo que, en definitiva, se refleja en su metabolismo. Decimos de las plantas que son autótrofas, palabreja que viene a significar que se autoalimentan (trophos significa eso, alimento) y, por lo tanto, carecen metabólicamente del proceso fisiológico de la digestión. Por el contrario, los animales son heterótrofos, lo que quiere decir que, si no comen lo que ha producido otro, palman.

La pared celular de las plantas está cubierta de celulosa, que es el polímero más abundante de la naturaleza, algo que no debe sorprendernos si tenemos en cuenta que sobre el planeta el 99,6% de la biomasa es una planta. El segundo polímero más abundante sobre la faz de la Tierra es la quitina, un carbohidrato que forma parte del resistente exoesqueleto de los artrópodos (arácnidos, crustáceos e insectos) y de algunas estructurasde otros animales como las quetas de los anélidos o los perisarcos de los cnidarios y, ahí quería yo llegar, de las paredes celulares de los hongos. Ergo, los veganos comen como si tal cosa champiñones o trufas (estas carísimas, así que no forman parte de la dieta habitual ni de los veganos ni de nadie), organismos que digieren y tienen su caparazón constituido a base de la misma sustancia que recubre las prohibidas gambas de Garrucha (para los veganos por razones obvias, para otros por el precio). Un poco incoherente ¿verdad?

Y vamos de una vez con los higos. Este verano he escuchado y leído que los vegetarianos no deberían comer higos o que estos no son un producto vegano porque hay avispas en su interior. Además de estas informaciones, que regresan cada cierto tiempo a los medios, hay otro supuesto motivo por el que los veganos no deberían alimentarse de esta fruta: que su consumo provoca el sufrimiento innecesario de muchas avispas. En cuanto he escrito en el navegador las palabras clave “higo”, "avispas muertas”, han aparecido 41.200 entradas, algunas de las cuales se remontan a la década pasada.

Muchas de las entradas comienzan explicando que los higos son flores invertidas [sic] que contienen el polen en su interior. Las avispas entran dentro de este fruto para depositar sus larvas y, a su vez, lo polinizan. «La avispa entra en el higo macho (este no se come) y deja las larvas dentro. Sin embargo, al entrar, se rompen sus alas y sus antenas, por lo que no puede escapar y está condenada a morir dentro».

Según muchos de los argumentos, el consumo de higos «fomenta que se cultiven más y, por tanto, que este proceso tan doloroso se repita más y más veces», matizando que «aunque las avispas no sean obligadas directamente por el ser humano [...] si se cultivan higueras es inevitable que lo hagan». Inciso: si algún insecto es tiranizado por el ser humano, las abejas ocuparían uno de los lugares de cabeza, lo que no impide que los veganos (y yo) adoremos la miel.

En el comercio el higo es una fruta de dos temporadas. Para el biólogo es una inflorescencia hueca (sicono) dentro de la cual crecen las flores, las cuales, después de fertilizadas proporcionan pequeños frutitos (drupeolas) dentro del sicono carnoso (infrutescencia).
La reproducción de las higueras (Ficus carica) como las de los cientos de especies que constituyen el género Ficus, es entomófila, lo que quiere decir que depende de los insectos, los encargados de llevar los gametos masculinos de una planta a otra, actuando, por así decirlo, de celestinas de las plantas. Naturalmente, esa labor de mediación en la que los insectos laboran activamente y sin la cual las plantas no tendrían descendencia, requiere que el trabajador sea remunerado con alguna recompensa. La abeja, cuando acude a una flor, se lleva el polen y con él los gametos masculinos, pero lo que el insecto busca es el nutritivo néctar, un combustible altamente energético con el cual, además de alimentarse, elabora la miel, que no es otra cosa que el néctar ensalivado por las abejas. Por tanto, plantas y abejas salen ganando: unas se reproducen, las otras se alimentan. A eso se le llama simbiosis (del griego: syn, 'juntos'; y biosis, ‘vivir’), lo que define a la interacción biológica, a la relación estrecha y persistente entre organismos de diferentes especies (los denominados simbiontes).

Vamos ahora qué pasa con los higos y con sus avispas simbiontes polinizadoras. Empecemos por la organización floral, que en las higueras es sumamente original y bastante compleja. En los albores de la clasificación botánica se pensaba que las higueras no tenían flores, pero en cuanto aparecieron las primeras lentes de aumento en el siglo XVII se hizo patente que las minúsculas flores están encerradas en el interior de un receptáculo en forma de pera. Ese receptáculo es lo que los botánicos denominan “inflorescencia” (conjunto de flores) y en los Ficus es tan característica que ha merecido un nombre especial: sicono. Vamos a examinar el sicono en un higo ya maduro, lo que quiere decir que las flores ya fecundadas se habrán transformado en frutos.

Coja un higo agarrándolo por su parte más estrecha, el rabillo. Si el higo está fresco, los dedos se le quedarán manchados de una emulsión lechosa. Nada preocupante: es el látex, popularmente conocido como «leche de higo», que se usó antiguamente para combatir caries dentales, curar las verrugas de la piel y para cuajar la leche [1]. En farmacopea popular se han descrito otras muchas “virtudes”, que tienen más interés folclórico que real.
Mire ahora en el extremo opuesto al rabillo, en la panza del higo. Verá una pequeña depresión en el centro de la cual hay un pequeño ombligo. En los higos inmaduros allí estuvo el ostiolo, una perforación minúscula que funcionaba como apertura de la cavidad cerrada que, a modo de cueva, encerraba a las flores femeninas de tamaño liliputiense. Por esa puerta es por donde, en los higos silvestres, penetran unas minúsculas avispillas para fecundar a las flores que aguardan en el interior. Volveré sobre estas avispas más adelante.

Rompa ahora el fruto y observe el interior. Aparece una pulpa carnosa formada por las paredes jugosas de las llamadas pepitas, que son los verdaderos frutos de las higueras. Son drupas como las cerezas, es decir, carnosas por fuera y con un hueso en el interior, pero minúsculas y por eso se les llama drupeolas o drupillas. Al conjunto se le da el nombre de sicono y constituye el higo que es una infrutescencia o, si se quiere, un falso fruto.

Sección longitudinal de un higo femenino maduro. Obsérvese 
en posición inferior el ostiolo ya cerrado. En el interior hay 
pequeños frutitos carnosos y pulposos, cada uno de ellos formado 
a partir de una flor femenina.
Pero si se ha dado cuenta, aquí falta algo. Si todas las flores de una higuera que produce higos comestibles son hembras ¿quién las fecunda? o, dicho de otra forma, ¿qué pasa con los machos? La respuesta es doble: en primer lugar, en la naturaleza hay higueras machos o cabrahígos, que en realidad son hermafroditas, e higueras hembras. En segundo lugar, para producir los higos para consumo humano masivo, los que usted encuentra en el supermercado, las higueras femeninas se las pintan solas.

Empecemos por el primer punto. Como se trata de un tema complejo, he preparado una presentación con imágenes que ilustran todo el proceso. La reproducción original de las higueras silvestres (o cultivadas para consumo humano a pequeña escala tal y como se hace en el norte de África con algunas variedades de higos), requiere de dos tipos de árboles diferentes: unos, llamados cabrahígos, que contienen flores masculinas y femeninas y que producen higos que no se comercializan, y árboles hembras, cuyos siconos contienen únicamente flores femeninas y dan higos comestibles.

Sección longitudinal de un higo femenino inmaduro. 
Obsérvese la cavidad central rodeada por centenares 
de flores femeninas todavía sin fecundar. 
 En la parte inferior se sitúa el ostiolo, todavía abierto.
En los cabrahígos las flores masculinas se distribuyen alrededor del ostiolo. Las flores femeninas, que tapizan mayoritariamente la cavidad del sicono, maduran antes que las flores masculinas. Por tanto, no puede haber autofecundación. Tampoco puede haber polinización por el viento porque, el ostiolo, además de minúsculo, está protegido por una empalizada de placas (brácteas especializadas). Las higueras son, pues, obligadamente entomófilas, es decir son polinizadas por insectos. Para penetrar en el interior del sicono, cualquier polinizador ha de pasar, necesariamente, por el ostiolo. En cuando lo haga, se llevará consigo el polen producido por las flores masculinas.

En los siconos de las higueras hembras, la cavidad central está rodeada por centenares de flores femeninas las cuales, una vez fecundadas, se transformarán en frutitos carnosos y pulposos, cada uno de ellos formado a partir de una flor femenina. Un dato importante a tener en cuenta es que estas flores femeninas tienen un estilo largo, de unos 3 mm de longitud. ¿Qué es el estilo? Imagine una botella con cuello. Las flores femeninas son como minúsculas botellas cuyo cuello es el estilo y en cuyo vientre está el óvulo que, una vez fecundado, dará la semilla. Las flores femeninas de los cabrahígos, por el contrario, son de estilo corto: apenas sobrepasa 1 mm de longitud. Imagine ahora que quiere llegar hasta el óvulo, situado, como queda dicho, en el fondo del vientre de la “botella”. En las flores de estilo largo, necesitará una “herramienta que mida, por lo menos, 3 mm; en las de estilo corto bastará con que mida poco más de 1 mm.

Izquierda: Sección longitudinal de un higo femenino inmaduro. Detalles de las flores femeninas de estilo largo. Derecha: Detalle a mayor aumento de la flor femenina de estilo largo. El estilo mide alrededor de 3 mm y ese tamaño impedirá que las avispas, dotadas de un ovopositor más corto, puedan introducir sus huevos en el interior.
Recapitulemos. Tenemos unas higueras, los cabrahígos, con flores masculinas y femeninas. Otras higueras tienen únicamente femeninas, las cuales, para ser fecundadas, necesitan que llegue hasta ellas el polen (con los gametos masculinos que contiene) producido en las flores masculinas, que insisto, se encuentran en otros árboles situados a cierta distancia. Se necesita un vector que lleve el polen de unas a otras. Ahí es donde entran en juego unas avispas liliputienses que actuarán como polinizadoras.

Vespa crabro
Conviene insistir en que se trata de avispillas minúsculas, porque si se dice que a los higos los fecundan las avispas, inmediatamente vienen a la cabeza las especies del género Vespa que muestro en la foto adjunta, cuyos representantes pueden alcanzar 2,5-4 centímetros de tamaño. El tamaño de la avispa (Blastophaga psenes) de los higos mediterráneos apenas supera los 4 milímetros, lo que, si se compara compara con las avispas comunes, es una diferencia de tamaño tan notable como la que existe entre un gran danés y un chihuahua. Mal contadas, existen más o menos entre 800-900 especies de Ficus y cada una de ellas necesita que una avispa de la familia Agaonidae (una distinta para cada especie de Ficus) penetre en la inflorescencia y polinice las flores femeninas, cuya maduración posterior dará lugar a un higo.

Blastophaga psenes
Vamos con las avispillas de marras. Si la fertilización de las flores femeninas de la higuera depende de Blastophaga, el ciclo de vida de esta última depende de la presencia de los higos del cabrahígo. La simbiosis es perfecta. Excepto cuando vuela desde un sicono del cabrahígo hasta otro sicono de otro cabrahígo o de una higuera hembra, todo el ciclo de vida de Blastophaga se desarrolla en el interior de los siconos. El hecho de que los cabrahígos produzcan higos durante todo el año, permite a Blastophaga, cuyo único hábitat para desarrollarse son los siconos, encontrar siempre una higuera acogedora. Otro dato importante con respecto a estas avispillas es que mientras que las hembras son voladoras y poseen dos pares de alas, los machos carecen de ellas y jamás ven la luz porque toda su corta vida se desarrolla en el interior del sicono en el que hayan nacido.

Podríamos empezar por otra fase del ciclo cerrado de Blastophaga, pero empezaremos a partir de una hembra que, cargada de huevos tras haber sido fecundada en el interior de un cabrahígo donde ha convivido con las flores masculinas, penetra en el sicono de otra higuera. Recuerde que en los cabrahígos había flores masculinas; por tanto, además de huevos, la avispa irá cargada con el polen producido en ellas. Tanto si quiere penetrar en el sicono de una higuera hembra o en el de un cabrahígo, deberá penetrar por el ostiolo e irá a inocular sus huevos en las flores femeninas.

La hembra inocula los huevos a través de un tubo, el ovopositor u oviscapto, que mide unos dos milímetros. Si la avispa ha entrado en una higuera hembra, cuyas flores tiene estilos largos, no alcanzará con su ovopositor a poner el huevo en el óvulo, por lo que sólo podrá polinizarla. La fertilización de las flores induce el desarrollo del higo carnoso listo para el consumo. Terminado su trabajo, la desdichada avispa intenta salir por donde había entrado, pero le resulta imposible porque se lo impide una empalizada de brácteas en forma de placa que actúan como una válvula anti retorno. Su destino es la condena a muerte en el interior de su recién estrenada prisión.

En el caso de una (o varias) avispillas que hayan penetrado en un sicono de cabrahígo, como las flores son de estilo corto, la longitud del ovopositor excede la longitud del estilo y los insectos no sólo polinizan, sino que inyectan los huevos en los óvulos florales. Después de inoculado el huevo, la larva se alimenta de la semilla en desarrollo, crece y se convierte en adulto dentro de la semilla. Cuando las crías eclosionan, unas son machos y otras hembras. En los siconos de los cabrahígos, las hembras, una vez fecundadas por los machos, recolectan polen guardándolo en unos sacos que poseen en el tórax. Antes de morir y usando sus potentes mandíbulas, los machos abren un nuevo orificio por el que saldrán las avispillas hembras a la búsqueda de un nuevo sicono. En uno y otro caso, el ciclo de vida de las avispillas está cerrado.

Hembra inmadura de Blastophaga psenes
en el interior de una drupéola
Repase ahora y tomará nota de que en los higos maduros siempre debería haber avispillas muertas. Sin embargo, si rebusca en el interior de los higos comerciales no encontrará ninguna. De la misma forma que los plátanos y muchas otras frutas carecen de semillas, las higueras femeninas que producen higos en grandes cantidades para el consumo humano producen los sabrosos higos por partenogénesis, lo que literalmente significa que producen descendencia sin necesidad de ser polinizadas. La selección realizada por la experiencia de los agricultores ha logrado estas variedades partenogenéticas de higueras que aseguran la producción sin los albures de la visita de los insectos. Estas higueras se cultivan de forma asexual en los viveros utilizando injertos o enraizados. 

Lamento defraudarlos, pero no, al engullir higos no tragamos avispas. Pero como noto que usted desconfía, sepa que aun en el caso de que una avispa entrara en un fruto hembra y muriera dentro de él, no nos comeríamos al desdichado insecto. Si una avispa despistada entrara en el fruto se descompondría por completo y el higo en desarrollo incorporaría sus restos como nutrientes, los cuales serían absorbidos tal y como hacen las plantas con los nutrientes del suelo. Sería como decir que, si un conejo muere, se descompone en el suelo y una planta lo absorbe en forma de nutrientes, estaríamos comiendo conejo cuando nos comemos la planta.

Ahora bien, en determinadas variedades de higos autóctonos como las de tipo Esmirna, cultivadas en el norte de África, para favorecer la polinización de las higueras hembras se lleva a cabo un procedimiento muy antiguo, la caprificación, que consiste en situar sobre las higueras cultivadas ramitas fructíferas de cabrahígos silvestres cargadas de blastófagas, las cuales, introduciéndose en los higos, llevan a cabo la polinización y aseguran la madurez de estas variedades que, sin esa práctica, dejarían caer los frutos prematuramente.

Y ahora un datos de propina. Todos los años cuando empezamos a comer higos surge la misma cuestión: ¿Cuál es la diferencia entre las brevas y los higos? ¿Todas las higueras dan brevas? Los brevales son higueras que tienen la capacidad de dar dos floraciones (bíferas o reflorecientes) Las brevas proceden de flores tardías de otoño que quedan en el árbol durante el invierno y producen las brevas en primavera. Mientras tanto, en las ramas del año se producen, paralelamente, las flores del año que darán lugar a los higos en pleno verano.




[1] Este látex es la causa de que en las culturas árabes el higo sea un símbolo de la masculinidad, porque equivocadamente relacionan el lechoso fluido con el semen. En cambio, para la cultura cristiana el higo es símbolo del sexo femenino por motivos que mi natural candor me impide poner por escrito.