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sábado, 3 de marzo de 2018

Australianos y cervantinos


Australia. La estrella roja señala la posición aproximada de Cervantes.
Australia es el sexto país más grande del mundo y la isla más extensa. Es la única isla que es al mismo tiempo un continente, y el único continente que es también un país. Un país de casi 8 millones de km2 prácticamente vacío. Como el centro del país es un desierto, los 23 millones de australianos decidieron sabiamente concentrarse en ciudades costeras como Perth, Sidney, Canberra, Adelaida y Darwin, la única ciudad del norte que merece ese nombre y que, para hacernos una idea, dista 4.000 km por carretera (y pistas de tierra) de la capital Canberra. Naturalmente a ningún australiano en su sano juicio se le ocurre hacer un viaje en el que emplearía más de dos días conduciendo sin parar.
Uluru o Ayers Rock, el monolito que destaca en el paisaje continental australiano.
En el interior, si se exceptúa el monolito Ayers Rock (Uluru, si se desea usar el nombre que le dan los aborígenes), el paisaje es insólitamente llano, marrón, monótono, polvoriento y vacío. El vacío de Australia no es fácil de describir, pero algunas comparaciones demográficas pueden resultar de utilidad. En España, la densidad de población es de 92 hab/km2 y la del mundo en general es de 47. La media australiana es de 2,5, seis veces menor que la más despoblada de nuestras provincias, Cuenca. Por eso, cuando uno planea hacer una campaña botánica por Australia conviene ser cuidadoso con la planificación; las carreteras y pistas son pocas, los asentamientos humanos menos y las estaciones de servicio tan pocas y repartidas como para que uno, aunque acabe de repostar, conduzca con el corazón en vilo hasta la siguiente.
Cuando mapa en mano y Google Maps en el ordenador me puse a preparar la campaña que he llevado a cabo el pasado febrero (cuando el verano se prepara para dar paso al otoño austral) anoté un montón de pueblos con nombres pintorescos: Wee Waa, Poowong, Burrumbuyttock, Suggan Buggan, Boomahroomoonah, Waaia, Mullumbimby, Ewlyamartup, Jiggalong, Tittybong y …. Cervantes. Sí han leído bien, Cervantes. Que un pueblo perdido en la costa del Índico australiano, unos 300 kilómetros al norte de Perth, lleve el apellido del alcalaíno es algo sorprendente. Como entre mis objetivos estaba recorrer el desierto de Pinnacles, y Cervantes era el pueblo más cercano con un motel, me propuse alojarme allí y curiosear un poco.
La enorme veleta situada en la entrada de Cervantes muestra las siluetas de Sancho Panza, don Quijote y un velero de dos palos.
Como en la mayoría de los pueblos australianos, Cervantes es dominio de casas unifamiliares con jardín y mecedoras en los porches, si bien en torno a la céntrica Seville Street se alinean la gasolinera, el motel (este situado en Aragon Street), un centro cívico-cultural (con una biblioteca en la que no hay un solo ejemplar de El Ingenioso Hidalgo) y algunos otros comercios como el café Don Quixote, en cuyo interior un mural de dudoso gusto presenta a don Alonso Quijano entre los pináculos del desierto vecino. Pero alejemos cualquier pensamiento acerca de las aficiones literarias de los poco más de 500 cervantinos que viven dedicados a la pesca de la langosta y que eligieron en 1962 el nombre de la ciudad por una razón más prosaica pero no menos interesante.
En la entrada del pueblo hay una gigantesca veleta que ofrece la clave del topónimo y un gran tríptico que ofrece información sobre la villa, incluyendo un plano callejero repleto de nombres de ciudades (Gerona, Tarragona, Barcelona, Seville (sic), Granada, entre otras) y personajes españoles como Picasso o Balboa. Los curiosos pueden hacer clic aquí y comprobar lo que estoy diciendo. Comprueben también en el centro del meritado tríptico que los lugareños no tienen dificultad alguna para retener los teléfonos de emergencia de ambulancia, policía y bomberos (000) y, sin van a viajar por Australia, no dejen de anotar el teléfono de ámbito nacional 13 11 26, que puede serle de gran utilidad por la información sobre curas de urgencia y antídotos contra venenos que ofrece. Y es que en Cervantes, como en toda Australia, hay decenas de criaturas venenosas dispuestas a matarte. 
Me alojo en el Cervantes Pinnacles Motel. Es sábado por la tarde y en el bar del establecimiento los parroquianos engullen animadamente latas de cerveza. Alertados por mi acento guiri, se sorprenden cuando les digo que vengo de la ciudad natal de Cervantes (pronunciado «servenris», con erre suave, en inglés). Según me cuentan hace años, en 2002, cree recordar alguno menos achispado que sus colegas, un equipo de Telemadrid rodó algo por aquí. Es probable que nadie en el pueblo haya leído nada de don Miguel, pero todos se muestran satisfechos de vivir en un pueblo cuyo nombre es el de un escritor que –me dicen- es tan importante como Shakespeare. Les doy la razón y brindamos por España y Australia.
Entre trago y trago de Feral, la excelente cerveza de Perth, me cuentan el origen del nombre de su pueblo, una historia que completo más tarde con la lectura de Unfinished Voyages: Western Australian Shipwrecks 1622-1850 (Viajes inacabados: naufragios de Australia Occidental 1622-1850) un libro del arqueólogo marino Graeme Henderson, que detalla historias de los innumerables barcos comerciales, balleneros, o cargados de emigrantes, convictos, esclavos y piratas, que tuvieron encuentros fatales con la costa de Australia al norte de Perth. El viento y la vastedad oceánica inspiran un sinfín de monumentos conmemorativos en esta costa occidental australiana con debilidad por los naufragios, como certifica el panel situado en Thirsty Point, que informa sobre los cuatro barcos destrozados por los bajíos de arenas coralinas que espumean en el horizonte.
La apacible localidad en la que me encuentro lleva el nombre de un ballenero estadounidense de 28 metros de eslora y una tripulación de nueve hombres que naufragó frente a sus costas a mediados del siglo XIX. El Cervantes fue un barco sin suerte. Construido en 1836 en Bathe, Maine, realizó su primer viaje a la caza de ballenas en el oeste de Australia a finales de 1841. El 23 de junio de 1843 zarpó desde New London, Connecticut, para cazar cachalotes en Australia Occidental. El barco pasó algún tiempo en la costa australiana, en el área de Geographe Bay durante enero y febrero de 1844. Estaba anclado invernando en Jurien Bay, la desolada bahía en la que hoy está Cervantes, cuando fue sorprendido por una galerna el 29 de junio de ese año. Antes de que el buque pudiera navegar y capear el temporal en el mar, la marejada lo hizo encallar en un banco de arena. La tripulación logró alcanzar tierra y tres miembros llegaron a Perth el 6 de julio para informar de la pérdida. El 9 de julio llegaron el capitán, Sylvanus Gibson y otros tripulantes. Aunque el capitán tenía la intención de reflotar el buque, su quilla estaba muy dañada y resultaba imposible hacerlo navegar hasta el astillero más cercano, así que Gibson decidió vender el navío.
La subasta del Cervantes y de sus contenidos, incluyendo el equipo de caza, reportó a su capitán y armador 155 libras. El valioso cronómetro del barco se vendió por separado por 23 libras. Los marineros enviados por el comprador, el señor Wicksteed, informaron que el pecio aún estaba en pie cuando rescataron el equipo en agosto de ese año. De hecho, un tal Joshua William Gregory dijo que aún era visible sobre el agua cuando inspeccionó la costa en la goleta Thetis en 1847. Con el paso del tiempo, la población que se asentó en la costa para dedicarse a la pesca de langostas acabó por adoptar el nombre del ballenero que fue a morir a sus aguas, sin saber aún que era nada menos que el apellido de uno de los próceres de la literatura universal.
En Cervantes, como en el resto de Australia, todo cierra a las cinco, menos el bar, que lo hace sobre las nueve. Llega entonces el momento de gozar de otro de los encantos del lugar: sentarse en el porche del motel, sintiéndote en medio de la nada, cuando cae la noche y se contempla la Cruz del Sur, sin «skyline» urbano que interrumpa la visión. ©Manuel Peinado Lorca.