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miércoles, 1 de mayo de 2019

Jardines de Alcalá (2): El jardín de San Diego (1)


La actual disposición del arbolado y la jardinería de la plaza de San Diego es consecuencia de una actuación terminada en 2002 que remodeló los parterres de los años sesenta del siglo pasado.
Tempus fugit. Retomo mis cuadernos de apuntes del tiempo (1999-2003) en el que tuve el honor de ejercer como alcalde de Alcalá. El 23 de abril de 2002 se entregó el Premio Cervantes al escritor colombiano Álvaro Mutis. En la plaza de San Diego recibí a los Reyes, al adusto presidente José María Aznar, a la ministra de Cultura, Pilar del Castillo, y al presidente de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón.
La plaza lucía por primera vez su nuevo aspecto después de la remodelación que se había iniciado el verano anterior. Para mí, la reforma era importante porque significaba la tarjeta de presentación del plan de peatonalización que entraría en vigor el año siguiente. En los 5.475 metros cuadrados que abarcaba, el proyecto convertía en peatonal tres calles -Pedro Gumiel, Bustamante de la Cámara y San Pedro y San Pablo-, que circundan parte de la plaza de San Diego: sólo podrían entrar coches de residentes, carga y descarga, y vehículos en las grandes ocasiones, como el Premio Cervantes. La expulsión de los coches, con la supresión de las sesenta plazas de aparcamiento que acogían esas tres calles, había conseguido un gran impacto visual, complementado con los parterres de setos de hoja roja, un perímetro de baldosas del mismo color, el verde de los jardines y una fuente alargada con ecos árabes, que contribuían a romper la monotonía del granito gris que dominaba el pavimento de la plaza renacentista.
El proyecto inicial había significado para mí un quebradero de cabeza. La decisión que había que tomar era qué hacer con la docena de cedros que, aunque ahora muchos no lo recuerden, se reunían en abigarrado tropel impidiendo la visión frontal de la fachada de la Universidad Cisneriana, la más conocida y bella obra de Rodrigo Gil de Hontañón. Por resumir, se planteaban dos alternativas. Por un lado, la Universidad, que por entonces dirigía el rector Manuel Gala, había encargado un boceto al prestigioso arquitecto italiano Giorgio Lombardi y se lo entregó al Ayuntamiento. Generó polémica, porque contemplaba quitar la docena de grandes cedros plantados frente a la fachada plateresca. Más pegados al terreno y mejores conocedores de la ciudad eran los coautores del proyecto, los arquitectos Cristóbal Vallhonrat, del Ayuntamiento, y Guillermo de la Calzada, de la Comunidad, quienes planteaban una solución salomónica: la conservación moderada del arbolado.
Como Alcalde, podía decidir el apeo de todos los árboles y despejar de una vez por todas la panorámica de la fachada plateresca. El Rector presionaba en esa dirección. Las espadas estaban en alto y amenazaban con cortarme el cuello: cuando se presentó el proyecto actual, en 1999, se hizo una encuesta sobre la conservación de los cedros. Las opiniones de los vecinos estuvieron divididas casi al 50%. Hice lo que me correspondía hacer, revisar los proyectos antes de tomar una decisión precipitada.
Cuando revisé el proyecto de Lombardi, me di cuenta que el italiano, consciente o inconscientemente, había pasado por alto un importante detalle: la fachada fue construida para ser contemplada desde un lateral o desde la angosta calle central, pues en los dos parterres que hoy presiden cedros y cipreses, había antes dos colegios universitarios dibujados ahora sobre el pavimento. Luego estaba el asunto de los cedros, porque, al parecer, nadie había notado que, enmascarados en el ramaje horizontal de aquellos, también se erguían semiescondidos un par de alargados cipreses de aire quijotesco.
Aunque en la prensa y en no pocos mentideros se llegó a hablar de cedros “centenarios”, nada más lejos de la realidad. Según mi experiencia botánica, aquellos árboles tenían poco más de cuarenta años. Podía haber encargado un análisis de los anillos de crecimiento que habría dado una respuesta más certera, pero eso implicaba perforar los troncos con un taladro especial, lo que podría hacer suponer que se estaban envenenando los árboles, vaya usted a saber con qué.
Alcalá en 1904. Fuente y Lanceros de la Reina. Fotografía de Turleque. Colección de José María de la Peña.
Que no tenían un siglo estaba claro. Al menos hasta 1949, la plaza, carente de los cedros, estaba presidida por la fuente de los Cuatro Caños, reconstruida y llevada a su emplazamiento actual en enero de ese año. Cómo era el aspecto de la plaza durante la década de los 50 no podía saberlo, porque no disponía de fotos de esa década. Cayó en mis manos una fotografía, probablemente tomada desde el tejado de la Cisneriana, en la que podía verse el lateral izquierdo de la plaza (con el observador dejando la fachada de Hontañón a su espalda), con la vetusta posada en la que hoy se levanta el hotel El Bedel en su flanco. La fotografía no era muy nítida, pero permitía contar hasta ocho cedros y un ciprés que escoltaban la escultura del cardenal Cisneros. En qué año se había tomado la fotografía no podía saberlo, pero había una pista.
“Fuente de los cuatro caños en la Plaza de San Diego”. Fotografía anónima hacia 1910. Extraída del libro “Memoria gráfica de Alcalá (1860-1970)”. 
En la imagen puede verse un Renault Gordini, un vehículo que se fabricó entre 1956 y 1968. Como podrán apreciar, el vehículo no es nuevo, así que supuse que se trataba de uno de los primeros modelos salidos de la fábrica a finales de los 50 o principios de los 60, lo que permitía fijar la fecha de la fotografía más o menos a inicios de los 70. Por lo demás, la altura y la esbeltez de los cedros permitía calcular que tenían entre diez y quince años de edad. Si descontamos el lustro que los árboles suelen pasar en los viveros, podemos deducir que los árboles fueron plantados en algún momento (más bien temprano) de los 60. En 2001, el año en que se iniciaron las obras, debían ser unos cuarentones.
Fotografía del lateral izquierdo de la plaza de San Diego. En el lado izquierdo, las casa bajas están donde hoy se levanta el hotel El Bedel. En el parterre que rodea la escultura de Cisneros se pueden contar hasta ocho cedros, un ciprés y un árbol que bien pudiera ser un laurel.
Desconozco cuál fue el motivo, pero en los años 60, cuando regía los destinos del ayuntamiento el alcalde Félix Huerta, en Alcalá se impuso lo que podíamos denominar “cedrofilia”, una epidemia forestal que sembró algunos de los espacios urbanos del casco histórico de cedros (las Bernardas y los Doctrinos, entre otros que iré dando a conocer) que hoy tienen poco más de medio siglo. Es probable que dado el catolicismo que imperaba en la época, y teniendo en cuenta que el cedro del Líbano (Cedrus libani) es un árbol bíblico (en la Biblia se cita setenta veces), algunos viveristas avispados colocaron en los municipios de toda España (la cedrofilia alcalaína no es exclusiva) centenares de cedros del Himalaya (Cedrus deodara) y del Atlas (Cedrus atlantica). Como cualquiera puede comprobar en el Real Sitio de La Granja, a los forestales de Patrimonio Nacional también les dieron gato por liebre (vean la fotografía adjunta).
Ramitas de dos cedros etiquetados erróneamente como Cedrus libani en los jardines del Real Sitio de la Granja de San Ildefonso. Nótese el mayor tamaño de las acículas del cedro del Himalaya (Cedrus deodara). Foto del autor (27/04/2019).
Convencido de ello, seguí los consejos de los coautores del proyecto y por hacer un símil baloncestista, se practicó un “aclarado” de la zona, dejando la media docena de cedros y la pareja de cipreses que hoy presiden los dos cuarteles ajardinados que delimitan las parcelas de los desaparecidos colegios menores. Además, se quitó la hilera de destartalados olmos siberianos (Ulmus pumila) que corrían paralelos a los cuarteles del Príncipe y Lepanto y se sustituyeron por una decena de tilos (Tilia platyphyllos) a cuyos pies discurre una lámina de agua con varios surtidores.
Finalizada la crónica histórica, dejo para una próxima entrega la descripción botánica de la que, quizás, nunca debería haber escapado, pero me ha perdido la nostalgia. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.