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viernes, 10 de mayo de 2019

Jardines de Alcalá (2): el jardín de San Diego (2)


En una entrada anterior hice un resumen de los cambios por los que ha pasado la plaza de San Diego desde comienzos del siglo pasado, cuando carecía de arbolado, hasta la actualidad. En este artículo ofreceré unas breves notas sobre las coníferas que prosperan en ella desde su remodelación en 2002.
Empecemos por los árboles. Los que crecen sobre el terreno son ocho coníferas (seis cedros y dos cipreses) y diez tilos (una hilera alineada como una guardia inmóvil en la fachada de los cuarteles del Príncipe y Lepanto, hoy transformados en el CRAI de la Universidad). A estos hay que añadir el trío de madroños que crecen en otros tantos macetones de madera que cambian de posición al abur de las necesidades municipales. Me ocuparé en esta entrega de cedros y cipreses, que comparten algunas características; dejaré los tilos para el artículo dedicado a la plaza del Padre Lecanda que estoy preparando; los madroños deberán esperar a una nueva ocasión.
Además de por otras muchas características cuya descripción sobrepasaría el espacio necesariamente exiguo del que dispongo para no aburrir a las ovejas, cedros (Cedrus deodara), cipreses (Cupressus sempervirens) se distinguen fácilmente por sus hojas. Las de los cedros son delgadas como agujas (de ahí que técnicamente se denominen hojas aciculares, de acícula, aguja en latín); las de los cipreses son pequeñas como escamas (escuamiformes, diría un botánico) que cubren por completo las ramas en disposición imbricada, lo que quiere decir que se superponen unas a otras como las tejas de un tejado o las escamas de un pez; debido a la abundancia de glándulas resiníferas en ramillas y hojas, unas y otras despiden un fuerte olor a resina cuando se frotan entre los dedos.
Cedros y cipreses son coníferas, lo que quiere decir que sus órganos reproductores masculinos y femeninos se disponen agrupadas en unas estructuras especiales con forma alargada, los conos. Los conos masculinos llevan los sacos polínicos, que producen millones de granos de polen (¡atención, alérgicos!) de color amarillo dorado, en el interior de cada uno de los cuales viajan, como en una nave especial, los gametos masculinos, a los que podría referirme como espermatozoides, pero no lo haré porque estos, característicos del Reino Animal, son móviles y relativamente autónomos, mientras que los de las plantas son inmóviles y han de ser conducidos hasta los óvulos por un tubo polínico.
Cómodamente protegidos dentro de los granos de polen, los gametos masculinos viajan impulsados por el viento a la búsqueda de los gametos femeninos, que están situados en unos conos formados por un eje central alrededor del cual se disponen helicoidalmente unas hojas protectoras especiales, las brácteas. En el ángulo (axila) formado por el eje del cono y cada una de las brácteas se sitúan los gametos femeninos, los óvulos.
Cuando los gametos contenidos en los granos de polen fecundan a los óvulos, tanto el eje como las brácteas del cono femenino se endurecen y se hacen leñosos para actuar como armaduras protectoras de las semillas en desarrollo (cada semilla es el resultado de la fusión de un gameto masculino con otro femenino). Lo que antes era un cono de dimensiones modestas (apenas un par de centímetros en el mejor de los casos), una vez recrecido y endurecido tras la fecundación se transforma en lo que conocemos como piñas, en cuyo interior, una vez desarrolladas, las semillas reciben el nombre de piñones.
Conos femeninos (piñas) de Cedrus deodara.
Como puede verse en las fotografías, las piñas de cedros y cipreses, aun cumpliendo la misma función, tienen formas bastante diferentes. En los cedros, las piñas, de entre siete y doce centímetros de longitud por cinco a seis de anchura, tienen una curiosa forma como de tonel, con el extremo redondeado, y son de color verdoso al principio para pasar a pardo-purpúreo al madurar. Solitarias o por parejas se sitúan erectas sobre ramillas laterales cortas. Los piñones son triangulares, de aproxidamente centímetro y medio de longitud, con color blanquecino y van provistos de un ala ancha que les sirve para diseminarse con el viento.
Las piñas de los cipreses son casi esféricas, de dos a tres centímetros de diámetro, son de color verde cuando jóvenes, pero pasan al gris marrón reluciente en la madurez, y están formadas por ocho a catorce brácteas duras ligeramente apiculadas en el centro. Contienen de ocho a veinte piñones, que miden entre tres y seis milímetros de longitud y tienen un ala estrecha. Pueden mantenerse cerradas sobre el árbol varios años hasta que las condiciones ambientales resulten favorables para la germinación.
El nombre Kedrós fue aplicado por los griegos a los leños aromáticos de fibra recta y fina procedentes de varios géneros de coníferas, entre otras las de los cedros. Así, las abundantes menciones bíblicas a los “kedrós” son ambiguas y pueden referirse a varios tipos de maderas. El origen de Cupressus (ciprés) se atribuye a las palabras griegas Kyprós (Chipre) o Kyparissos, joven pastor amante de Apolo, al que este convirtió en ciprés porque no podía consolarlo después de haber dado muerte a su ciervo favorito. Aunque cedros y cipreses tienen un origen diferente, comparten algunas connotaciones místicas, religiosas y culturales en sus lugares de procedencia.
Conos femeninos (piñas) de Cupressus sempervirens.
Cedrus deodara, el cedro del Himalaya es considerado un árbol divino por los habitantes de su área de origen, de donde deriva su nombre en sánscrito Deva-Darâ, que significa “dedicado a Dios” o “unido a Dios”, origen del nombre vulgar vernáculo deodar, del que se deriva el nombre específico que William Roxburgh, médico y botánico escocés, el “Padre de la botánica de la India” otorgó al árbol. Por este motivo se plantan cerca de los templos en los lugares de su procedencia natural, donde están protegidos.
Cedrus deodara, que forma importantes bosques en el oeste de la cordillera del Himalaya, se introdujo hacia 1822 en Inglaterra, desde donde, gracias a su facilidad de cultivo, fue extendido en los mejores jardines europeos. Con independencia de su uso en jardinería ornamental por su elegante porte llorón, este cedro posee una excelente madera de color amarillento, dura, muy duradera por los aceites que contiene y que desprende un agradable aroma. Se ha utilizado en la construcción de templos, palacios y otros edificios nobles, como también para puentes y barcos. También es apreciada en ebanistería, aunque no admite bien las pinturas y barnices.
Bosque de Cedrus deodara en Shimla Kufri, India. Foto.
Cupressus sempervirens es un árbol profusamente cultivado desde la antigüedad, así que su distribución natural no está́ bien determinada, aunque se le supone originario del Mediterráneo oriental, de Persia y Asia Menor. Es un árbol rodeado de múltiples leyendas. Simboliza la unión entre el cielo y la tierra por su porte columnar y elevado y desde siempre se ha considerado como símbolo funerario, con varios orígenes. Se dice que sus elevados portes verde-sombríos permanecen siempre verdes (sempervirens significa siempre verde, en alusión a su follaje permanente), es decir, siempre vivos, y gracias a ello las almas de los muertos pueden elevarse al cielo.
Otros creen que el ciprés estaba consagrado al Dios de los Muertos, porque no emite jamás brotes cuando se corta el tallo. Es uno de los árboles más citados en la Biblia donde se dice que el Arca de Noé estaba construida de la madera de este ciprés. También la Mitología griega lo cita con frecuencia; la ninfa Calipso cantaba e hilaba con su rueca de oro en medio de un bosque de cipreses poblado de pájaros en el que retenía a Ulises. Los fenicios, los egipcios y después los griegos y los romanos utilizaron con frecuencia el ciprés para sus construcciones, muy especialmente para sus barcos. Con cipreses de Chipre y Fenicia estuvo hecha la flota del Eúfrates de Alejandro Magno.
Unos de los últimos bosques naturales de Cupressus sempervirens se encuentran en Turquía. Köprülü Kanyon Milli Park, NW de Manavgat, Anatolia. Foto.
El ciprés es un árbol tan longevo (se citan ejemplares de más de dos mil años de edad) como resistente a las condiciones por adversas que sean. Vive en cualquier tipo de terrenos, siempre que no se encharquen. Es una especie muy tolerante a fríos, calores y sequías. Su madera es compacta, duradera, aromática, imputrescible y soporta muy bien la humedad. Tiene múltiples aplicaciones, en construcción, carpintería, ebanistería, fabricación naval, tornería, esculturas, etcétera. Tiene una gran durabilidad, como lo prueba la buena conservación de las puertas de la basílica de San Pedro en Roma. Dada la incombustibilidad de su madera, diversos pueblos antiguos hicieron uso de ella para construir arcas funerarias. El aceite que se extrae de la madera se emplea en perfumería y antiguamente en aplicaciones terapéuticas. Como ornamental está más extendida la forma columnar (variedad pyramidalis) que la de porte extendido y abierto (variedad horizontalis).
Como habrán notado en la foto que encabeza el artículo los buenos observadores hay otras coníferas que, de momento, prosperan en sendos macetones situados en las ventanas del hotel El Bedel. Son unos ejemplares enanos de biotas, Platycladus orientalis, de las que me ocupé cuando describí las plantas del jardín de las Bernardas. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.