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domingo, 21 de noviembre de 2021

Cebollas, cereales, aceites, sandías y otras pruebas ancestrales para detectar el embarazo

Dibujo de Olivia Foster. Cortesía de Harvard University.


Cuando era niño allá por el comienzo de los años sesenta y visitaba algunos domingos la casa de mi tío, el médico analista Ángel Pellicer, una de las cosas que llamaba más mi atención eran unas ranas que se guardaban dentro de un acuario situado en un pequeño aseo que se utilizaba a modo de cuarto trastero.  Las misteriosas ranas servían para que mi tío hiciera una de las primeras pruebas de embarazo, el test de la rana, una prueba de embarazo que se usó intensivamente hasta los años 1960, cuando se desarrollaron los métodos inmunológicos, pero que continúa usándose en zonas rurales de muchos países latinoamericanos por su simplicidad y bajo coste.

Consiste en inyectar la orina de la presunta embarazada bajo la piel de una rana o sapo hembra. La orina de una mujer embarazada contiene una hormona específica, la gonadotropina coriónica humana (GCH), que se produce en la placenta después de que un óvulo fertilizado se haya implantado en el útero y normalmente sólo aparece durante el embarazo. La GCH estimula la ovulación del animal. Si la rana desova en 24 horas, la prueba se considera positiva. El animal sobrevive y podía ser utilizado para otra prueba, aunque con demoras de unos 40 días.

Ese test tenido por infalible lo inventaron en los años 1930 unos investigadores surafricanos que utilizaron para sus experimentos el sapo Xenopus laevis, que luego se exportó a todo el mundo, lo que acabó por convertir al inofensivo batracio en una plaga que amenaza la fauna local en algunos países en donde logró fugarse hasta los ecosistemas naturales.

Un método que lleva el mismo nombre, pero basado en un fenómeno biológico diferente que requiere machos en vez de hembras, fue desarrollado por Galli Mainini en Argentina (1947), con el sapo Rhinella arenarum. La inyección en el saco linfático dorsal del sapo provoca la eyaculación del animal dentro de las tres horas siguientes. El método se aplicó en 1948 por investigadores cubanos a la rana toro Lithobates catesbeianus y por investigadores estadounidenses a la rana leopardo Lithobates pipiens.

Si la prueba nos parece hoy ancestral, más lo son las pruebas del embarazo que ya practicaban los médicos egipcios hace más de 3.000 años, porque para las mujeres de la antigüedad era tan útil saber si estaban embarazadas o no como lo es hoy.

Aunque no es intuitivo que el análisis de orina sea la clave para la detección del embarazo, por razones desconocidas la mayoría de las pruebas de embarazo históricas, se han centrado solo en eso (Figura). A partir de la Edad Media, los "Profetas del Piss" afirmaban en Europa que eran capaces de predecir el embarazo con una variedad de pruebas estrambóticas a base de orina. Creían que la orina de las mujeres embarazadas oxidaba una uña, cambiaba el color de una hoja o daba cobijo a pequeñas criaturas vivas. Según sabemos hoy, es poco probable que alguna de estas pruebas pudiera detectar correctamente el embarazo.

Cronología resumida de las pruebas de embarazo. Desde el antiguo Egipto hasta la actualidad, la prueba de embarazo con orina ha mejorado en velocidad, precisión y viabilidad. La prueba más antigua conocida consistía en orinar sobre semillas de cereales y ver si brotaban. Al final de la década de 1920 comenzaron las primeras pruebas de embarazo modernas, en las que se inyectaba orina a los animales: la orina de las mujeres embarazadas les hacía ovular. Estas pruebas requerían enviar orina a un laboratorio y se tardaba al menos una semana para obtener resultados. A partir de 1960, los anticuerpos permitieron que las pruebas de embarazo se realizaran en los consultorios médicos, lo que hizo que las pruebas de embarazo fueran más rápidas y rutinarias. En 1971, una versión casera de esta prueba basada en anticuerpos estaba disponible en Canadá, aunque las pruebas caseras no llegaron al resto del mundo hasta 1977. Las primeras pruebas similares a las caseras del mercado actual se desarrollaron en 1988. Modificado a partir de un dibujo de Olivia Foster. Cortesía de Harvard University.

Mucho antes, la primera prueba de embarazo practicada con éxito se inventó en el antiguo Egipto. Las descripciones de la prueba de embarazo egipcia se encontraron en la colección de papiros Carlsberg fechada en 1350 a. C. Desde una perspectiva moderna, la prueba egipcia del embarazo era sumamente extraña. La prueba requería que una mujer orinara diariamente sobre semillas de cebada y trigo. Si la cebada crecía, nacería un niño; si germinaba el trigo, una niña; si ninguna de las plantas brotaba, la mujer no estaba embarazada.

Los antiguos egipcios desaparecieron, pero su prueba de embarazo no lo hizo con el colapso del antiguo Egipto. La prueba reapareció en los textos médicos griegos y romanos y se utilizó también en la Europa medieval. La versión de la prueba de embarazo egipcia se describió en el manual más antiguo para parteras, The Birth of Mankind (El nacimiento de la humanidad) de 1540. La misma prueba apareció en 1714 en el Dreck-Apotheke (La farmacia sucia) de Christian Franz Paullini, un libro de texto sobre el uso de excrementos y secreciones humanas y animales, así como de componentes de sus cuerpos como medicamentos. Además de las heces y la orina, los órganos internos, la saliva, los mocos, el sudor, el semen, el cerumen, la sangre menstrual, las telarañas y las lombrices intestinales Paullini se recreó en compendiar un sinfín de medicamentos escatológicos cuyos ingredientes se utilizaron tanto interna como externamente.

Dreck-Apotheque de Christian Franz Paullini


La ciencia moderna está bastante de acuerdo con los antiguos egipcios porque, a pesar de su rareza, la prueba era sorprendentemente precisa: orinar en cebada o trigo determina correctamente el embarazo en el setenta por ciento de los casos. Y, como cabía esperar, no se producía germinación de ambos cereales en la orina de mujeres no embarazadas ni en la orina de hombres.

Sin embargo, si las semillas no brotan los científicos también saben que eso no significa necesariamente que la mujer no esté embarazada. Además, el sexo del bebé no se puede determinar usando cebada o trigo. Lo que sí se ha comprobado es que los niveles elevados de estrógeno en la orina de las mujeres embarazadas fomentan la germinación de semillas de cebada y trigo.

Pero orinar sobre las semillas de trigo y cebada no era la única prueba de embarazo del antiguo Egipto. Los antiguos egipcios tenían muchas más pruebas de embarazo, cada una de las cuales tiene una explicación científica que demuestra cuán extremadamente precisos eran los naturalistas y médicos del Antiguo Egipto.

En la prueba de la cebolla, la presunta embarazada tenía que introducirse una cebolla en la vagina antes de acostarse. Si por la mañana el aliento olía a cebolla, estaba embarazada. Hoy la ciencia ha demostrado que durante el embarazo hay un aumento del flujo sanguíneo a través de los vasos de la vagina, lo que da como resultado una absorción más rápida de los compuestos sulfúricos de la cebolla, lo que provoca un aliento característico. 

Para practicar la prueba de la grasa, el médico ungía por las noches los pezones, los brazos y los hombros de una mujer con aceite o grasa. Por la mañana, si sus pechos eran de color oliváceo, estaba embarazada. Hoy en día, sabemos que durante el embarazo las venas de los senos se dilatan debido al aumento de los niveles de estrógeno.

Para practicar la prueba de leche materna con sandía, la mujer tenía que beber una mezcla de sandía y leche materna de otra mujer. Si vomitaba, estaba embarazada. Basaban esa prueba en la tendencia de las mujeres a sentir náuseas y vómitos en las primeras etapas del embarazo, porque el metabolismo femenino evita el consumo de cualquier sustancia que pueda perturbar el desarrollo del embrión o provocar un aborto.

En conclusión, la precisión de la prueba de embarazo egipcia basada en semillas de cebada y trigo era notablemente alta especialmente si tenemos en cuenta que la inventaron hace más de treinta siglos, cuando en la península Ibérica, en pleno Neolítico, los habitantes andaban todavía enredados levantando dólmenes y megalitos.

El único inconveniente de la medicina ginecológica egipcia era que había que esperar una semana para conocer los resultados. Pero, al fin y al cabo, todavía era más rápido que esperar nueve meses. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.