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domingo, 23 de agosto de 2026

ANÍBAL EN LOS ALPES: UNA CUESTIÓN DE MIERDA*

 

Aún conservo la «intuitiva, sintética y práctica» Enciclopedia Álvarez con la que preparé mi examen de ingreso en el Bachillerato. Su autor dedicaba dos páginas a Aníbal, el gran general cartaginés que en el siglo III antes de nuestra era se atrevió a desafiar a Roma. En la estampa que acompañaba al texto aparecía espada en mano, subido a una biga y entrando a sangre y fuego en Sagunto. Lo mejor vendría después, cuando supe que aquel mismo individuo había atravesado los Alpes montado en un elefante.

No sabemos si Aníbal cruzó realmente las montañas sobre un paquidermo, pero las ilustraciones escolares no estaban para entretenerse en detalles. Su misión consistía en grabarnos la Historia en la memoria, y pocas imágenes resultaban tan eficaces como la de un elefante africano avanzando entre ventiscas y precipicios.

En el año 218 antes de nuestra era, Roma y Cartago estaban a punto de iniciar la segunda guerra púnica. Roma dominaba el mar y esperaba que el enemigo atacara Italia desde África. Aníbal decidió hacer algo mucho más razonable para quien aspiraba a convertirse en leyenda: salió de Cartagena, cruzó la península ibérica y los Pirineos, recorrió el sur de la Galia, atravesó el Ródano y se presentó en Italia después de franquear los Alpes con decenas de miles de soldados, miles de caballos y mulas y treinta y siete elefantes de guerra.

Los elefantes eran los tanques de la Antigüedad, con la diferencia de que los tanques no se asustan, no se vuelven contra sus propias filas ni necesitan pasar catorce horas diarias buscando algo que comer. Cada animal podía consumir más de cien kilos de vegetación al día. Llevar treinta y siete elefantes a través de los Alpes equivalía a emprender una expedición militar acompañado por treinta y siete huéspedes que exigían un vagón de ensalada en cada comida.

La travesía duró unos quince días y fue espantosa. Las tribus locales hostigaron a los cartagineses desde posiciones elevadas; los senderos se estrechaban sobre precipicios; los animales resbalaban y la nieve ocultaba el hielo del invierno anterior. Tito Livio añadió el famoso episodio según el cual Aníbal ordenó calentar con hogueras las rocas que bloqueaban el camino y verter después vinagre sobre ellas para quebrarlas. La escena es magnífica, aunque probablemente nunca sucedió: Polibio no la menciona y tampoco se han encontrado señales de calentamiento en las rocas.

Pese a la magnitud de la expedición, nadie ha podido determinar con certeza por dónde atravesó Aníbal los Alpes. No se conservan documentos cartagineses que describan la ruta y las dos fuentes fundamentales, Polibio y Tito Livio, olvidaron proporcionar el dato que habría evitado siglos de controversias: el nombre del maldito paso.

Así comenzó una competición entre el Pequeño San Bernardo, Mont Cenis, el Col du Clapier, Montgenèvre y el Col de la Traversette. Cada candidato posee sus partidarios, sus paisajes compatibles con los textos antiguos y algún mirador desde el que, en días despejados y con la dosis conveniente de entusiasmo, puede divisarse la llanura del Po. Napoleón apostó por Mont Cenis; el coronel Jean-Baptiste Perrin defendió el Clapier y otros eligieron Montgenèvre por ser más bajo y ajustarse bastante bien a las distancias descritas por Polibio.

En 1955 apareció en escena un personaje insólito. Sir Gavin de Beer no era arqueólogo, historiador clásico ni estratega militar. Era un biólogo evolucionista, especialista en embriología, director del Museo Británico de Historia Natural y presidente de la Sociedad Linneana de Londres. También sentía pasión por los Alpes y, en vez de dedicar sus ratos libres al cultivo de rosas, escribió nueve libros sobre aquellas montañas.

En Alps and Elephants: Hannibal’s March, de Beer propuso que el ejército había atravesado el Col de la Traversette, cerca del Monte Viso. Era el paso más meridional, pero también el más alto y peligroso, a casi 3 000 metros. La hipótesis fue recibida con reservas. Traversette parecía demasiado elevada y estrecha para decenas de miles de hombres y animales. Además, de Beer era un biólogo que se había internado alegremente en un terreno ocupado por historiadores y militares. A los especialistas no suele molestarles que alguien resuelva un problema, siempre que pertenezca al gremio adecuado.

La ciencia a la que de Beer había consagrado su vida acabó acudiendo en su auxilio. En 2011, un equipo dirigido por el geomorfólogo William Mahaney extrajo varios testigos de sedimento en una pequeña turbera situada a unos 2 580 metros, por debajo de la Traversette. Era uno de los pocos lugares llanos de la zona con agua y vegetación suficiente para que pudiera detenerse una enorme concentración de animales.

A unos cuarenta centímetros de profundidad apareció una capa completamente revuelta, como si miles de patas hubieran convertido el lugar en un barrizal. Contenía cantidades anormales de materia orgánica, compuestos relacionados con la digestión de los herbívoros y una extraordinaria abundancia de bacterias del grupo de los clostridios, microorganismos habituales en el intestino de los caballos. Los investigadores llamaron al estrato MAD bed, abreviatura de mass animal deposition: depósito animal masivo. La expresión es científicamente impecable y posee la virtud de evitar la palabra que todos estaban pensando.

Un caballo produce diariamente entre siete y diez kilos de estiércol. Si varios miles permanecieron allí durante dos o tres días, no dejaron una pista: dejaron una declaración. La datación por radiocarbono situó el estrato aproximadamente alrededor del año 200 antes de nuestra era, compatible con el paso de Aníbal en 218. Por primera vez había aparecido una posible huella física de la expedición: no monedas cartaginesas ni huesos de elefante, sino barro pisoteado, restos fecales y bacterias intestinales.

El hallazgo no resolvía el misterio. La datación abarcaba un intervalo amplio y demostraba que una enorme concentración de animales había pasado por allí, no que perteneciera necesariamente a Aníbal. Pero la hipótesis de la Traversette recibió en 2026 un nuevo apoyo procedente de una dirección completamente distinta.

Emilio Berti y Fritz Vollrath calcularon el gasto energético que habría supuesto trasladar a unos 40 000 soldados, 7 000 caballos y 37 elefantes por cuatro posibles rutas. Utilizaron modelos digitales del terreno y datos biomecánicos obtenidos de elefantes africanos modernos. El resultado fue inesperado: pese a ser el paso más alto, la Traversette resultó la ruta más corta y económica, con un coste total de 5,42 terajulios. Montgenèvre habría exigido un 11 % más; el Clapier, un 16%, y Mont Cenis, un 19%.

Los elefantes, que siempre habían parecido el elemento más vulnerable de la expedición, quizá fueran los mejor preparados para soportarla. Durante la travesía habrían consumido alrededor del 4 % de sus reservas grasas, frente al 11% de los caballos y el 19% de los soldados. Su enorme masa corporal y su manera de caminar les proporcionaban una sorprendente eficacia en las pendientes.

El modelo tampoco demuestra que Aníbal eligiera la Traversette, pero añade un indicio independiente. Los textos antiguos, el paisaje, el desprendimiento de rocas, el sedimento pisoteado, las bacterias fecales y ahora la biomecánica apuntan hacia el mismo puerto. Gavin de Beer, el biólogo entrometido que lo señaló en 1955, parece hoy bastante menos heterodoxo que entonces.

Quizá nunca aparezca una moneda cartaginesa junto a un hueso de elefante que permita cerrar el caso. Los grandes misterios históricos no siempre se resuelven mediante una espada, una inscripción o un tesoro enterrado. A veces la mejor pista lleva veintidós siglos bajo una turbera y consiste, hablando con propiedad, en una cuestión de mierda.


* Este artículo es el resultado de la fusión y actualización de tres artículos publicados en 2016 en este mismo blog (1, 2, 3).