Aún conservo la «intuitiva,
sintética y práctica» Enciclopedia Álvarez con la que preparé mi examen
de ingreso en el Bachillerato. Su autor dedicaba dos páginas a Aníbal, el gran
general cartaginés que en el siglo III antes de nuestra era se atrevió a desafiar
a Roma. En la estampa que acompañaba al texto aparecía espada en mano, subido a
una biga y entrando a sangre y fuego en Sagunto. Lo mejor vendría después,
cuando supe que aquel mismo individuo había atravesado los Alpes montado en un
elefante.
No sabemos si Aníbal cruzó
realmente las montañas sobre un paquidermo, pero las ilustraciones escolares no
estaban para entretenerse en detalles. Su misión consistía en grabarnos la
Historia en la memoria, y pocas imágenes resultaban tan eficaces como la de un
elefante africano avanzando entre ventiscas y precipicios.
En el año 218 antes de nuestra
era, Roma y Cartago estaban a punto de iniciar la segunda guerra púnica. Roma
dominaba el mar y esperaba que el enemigo atacara Italia desde África. Aníbal
decidió hacer algo mucho más razonable para quien aspiraba a convertirse en
leyenda: salió de Cartagena, cruzó la península ibérica y los Pirineos,
recorrió el sur de la Galia, atravesó el Ródano y se presentó en Italia después
de franquear los Alpes con decenas de miles de soldados, miles de caballos y
mulas y treinta y siete elefantes de guerra.
Los elefantes eran los tanques de
la Antigüedad, con la diferencia de que los tanques no se asustan, no se
vuelven contra sus propias filas ni necesitan pasar catorce horas diarias
buscando algo que comer. Cada animal podía consumir más de cien kilos de vegetación
al día. Llevar treinta y siete elefantes a través de los Alpes equivalía a
emprender una expedición militar acompañado por treinta y siete huéspedes que
exigían un vagón de ensalada en cada comida.
La travesía duró unos quince días
y fue espantosa. Las tribus locales hostigaron a los cartagineses desde
posiciones elevadas; los senderos se estrechaban sobre precipicios; los
animales resbalaban y la nieve ocultaba el hielo del invierno anterior. Tito
Livio añadió el famoso episodio según el cual Aníbal ordenó calentar con
hogueras las rocas que bloqueaban el camino y verter después vinagre sobre
ellas para quebrarlas. La escena es magnífica, aunque probablemente nunca
sucedió: Polibio no la menciona y tampoco se han encontrado señales de
calentamiento en las rocas.
Pese a la magnitud de la
expedición, nadie ha podido determinar con certeza por dónde atravesó Aníbal
los Alpes. No se conservan documentos cartagineses que describan la ruta y las
dos fuentes fundamentales, Polibio y Tito Livio, olvidaron proporcionar el dato
que habría evitado siglos de controversias: el nombre del maldito paso.
Así comenzó una competición entre
el Pequeño San Bernardo, Mont Cenis, el Col du Clapier, Montgenèvre y el Col de
la Traversette. Cada candidato posee sus partidarios, sus paisajes compatibles
con los textos antiguos y algún mirador desde el que, en días despejados y con
la dosis conveniente de entusiasmo, puede divisarse la llanura del Po. Napoleón
apostó por Mont Cenis; el coronel Jean-Baptiste Perrin defendió el Clapier y
otros eligieron Montgenèvre por ser más bajo y ajustarse bastante bien a las distancias
descritas por Polibio.
En 1955 apareció en escena un
personaje insólito. Sir Gavin de Beer no era arqueólogo, historiador clásico ni
estratega militar. Era un biólogo evolucionista, especialista en embriología,
director del Museo Británico de Historia Natural y presidente de la Sociedad
Linneana de Londres. También sentía pasión por los Alpes y, en vez de dedicar
sus ratos libres al cultivo de rosas, escribió nueve libros sobre aquellas
montañas.
En Alps and Elephants:
Hannibal’s March, de Beer propuso que el ejército había atravesado el Col
de la Traversette, cerca del Monte Viso. Era el paso más meridional, pero
también el más alto y peligroso, a casi 3 000 metros. La hipótesis fue recibida
con reservas. Traversette parecía demasiado elevada y estrecha para decenas de
miles de hombres y animales. Además, de Beer era un biólogo que se había
internado alegremente en un terreno ocupado por historiadores y militares. A
los especialistas no suele molestarles que alguien resuelva un problema,
siempre que pertenezca al gremio adecuado.
La ciencia a la que de Beer había
consagrado su vida acabó acudiendo en su auxilio. En 2011, un equipo dirigido
por el geomorfólogo William Mahaney extrajo varios testigos de sedimento en una
pequeña turbera situada a unos 2 580 metros, por debajo de la Traversette. Era
uno de los pocos lugares llanos de la zona con agua y vegetación suficiente
para que pudiera detenerse una enorme concentración de animales.
A unos cuarenta centímetros de
profundidad apareció una capa completamente revuelta, como si miles de patas
hubieran convertido el lugar en un barrizal. Contenía cantidades anormales de
materia orgánica, compuestos relacionados con la digestión de los herbívoros y
una extraordinaria abundancia de bacterias del grupo de los clostridios,
microorganismos habituales en el intestino de los caballos. Los
investigadores llamaron al estrato MAD bed, abreviatura de mass animal
deposition: depósito animal masivo. La expresión es científicamente
impecable y posee la virtud de evitar la palabra que todos estaban pensando.
Un caballo produce diariamente
entre siete y diez kilos de estiércol. Si varios miles permanecieron allí
durante dos o tres días, no dejaron una pista: dejaron una declaración. La
datación por radiocarbono situó el estrato aproximadamente alrededor del año
200 antes de nuestra era, compatible con el paso de Aníbal en 218. Por primera
vez había aparecido una posible huella física de la expedición: no monedas
cartaginesas ni huesos de elefante, sino barro pisoteado, restos fecales y
bacterias intestinales.
El hallazgo no resolvía el
misterio. La datación abarcaba un intervalo amplio y demostraba que una enorme
concentración de animales había pasado por allí, no que perteneciera
necesariamente a Aníbal. Pero la hipótesis de la Traversette recibió en 2026 un
nuevo apoyo procedente de una dirección completamente distinta.
Emilio
Berti y Fritz Vollrath calcularon el gasto energético que habría supuesto
trasladar a unos 40 000 soldados, 7 000 caballos y 37 elefantes por cuatro
posibles rutas. Utilizaron modelos digitales del terreno y datos biomecánicos
obtenidos de elefantes africanos modernos. El resultado fue inesperado: pese a
ser el paso más alto, la Traversette resultó la ruta más corta y económica, con
un coste total de 5,42 terajulios. Montgenèvre habría exigido un 11 % más; el
Clapier, un 16%, y Mont Cenis, un 19%.
Los elefantes, que siempre habían
parecido el elemento más vulnerable de la expedición, quizá fueran los mejor
preparados para soportarla. Durante la travesía habrían consumido alrededor del
4 % de sus reservas grasas, frente al 11% de los caballos y el 19% de los
soldados. Su enorme masa corporal y su manera de caminar les proporcionaban una
sorprendente eficacia en las pendientes.
El modelo tampoco demuestra que
Aníbal eligiera la Traversette, pero añade un indicio independiente. Los textos
antiguos, el paisaje, el desprendimiento de rocas, el sedimento pisoteado, las
bacterias fecales y ahora la biomecánica apuntan hacia el mismo puerto. Gavin
de Beer, el biólogo entrometido que lo señaló en 1955, parece hoy bastante
menos heterodoxo que entonces.
Quizá nunca aparezca una moneda
cartaginesa junto a un hueso de elefante que permita cerrar el caso. Los
grandes misterios históricos no siempre se resuelven mediante una espada, una
inscripción o un tesoro enterrado. A veces la mejor pista lleva veintidós
siglos bajo una turbera y consiste, hablando con propiedad, en una cuestión de
mierda.
* Este artículo es el resultado de la fusión y actualización de tres artículos publicados en 2016 en este mismo blog (1, 2, 3).