El 3 de septiembre de 1777,
Matthew Boulton prometió
pagar mil libras a Erasmus Darwin si, en el plazo de dos años, le entregaba
una máquina capaz de recitar el padrenuestro, el credo y los diez mandamientos.
Era una fortuna, pero Boulton tampoco pedía poca cosa. El aparato no debía
limitarse a decir buenos días cuando alguien tirase de una palanca: tenía que
demostrar que conocía los fundamentos de la doctrina cristiana y pronunciarlos
en un inglés comprensible. Se esperaba de él bastante más que de muchos
feligreses.
Erasmus Darwin, abuelo de
Charles, era médico, poeta, naturalista, inventor y miembro de la Sociedad
Lunar de Birmingham, aquel extraordinario grupo en el que se reunían James
Watt, Joseph Priestley, Josiah Wedgwood, William Withering y el propio Boulton.
Se llamaban a sí mismos los “Lunaticks” porque procuraban cenar cerca del
plenilunio, cuya luz les permitía regresar a casa por caminos sin alumbrado.
Hablaban de motores, plantas, gases, fósiles y electricidad, y algunas de sus
conversaciones ayudaron a impulsar la Revolución industrial. Otras produjeron
una cabeza de madera que decía «mamá» con voz lastimera.
La máquina de Darwin empleaba
unos fuelles como pulmones. El aire hacía vibrar una cinta de seda tensada
entre dos piezas de madera, que actuaba como laringe. Una boca provista de
labios de cuero moldeaba los sonidos, mientras que una abertura posterior podía
cerrarse para imitar el paso del aire por la nariz. El operador accionaba los
fuelles con una mano y manipulaba los labios con la otra. Era menos una persona
artificial que un instrumento musical en el que, en lugar de tocar notas, se
tocaban fonemas.
Su repertorio se limitaba a las
consonantes p, b y m y a la vocal a, con las que podía pronunciar mama,
papa, map y pam. Darwin afirmó que lo hacía con tanta precisión que
engañaba a quienes la escuchaban sin verla. No llegó a recitar el padrenuestro
y Boulton se ahorró las mil libras, pero el experimento contenía una idea
formidable: la voz, que parecía una emanación directa del alma, podía
descomponerse en operaciones físicas y reconstruirse con materiales ordinarios.
La voz humana es, en esencia, una
pequeña proeza neumática. El aire expulsado por los pulmones hace vibrar los
pliegues vocales y produce un zumbido bastante poco prometedor. La garganta, la
boca y las cavidades nasales actúan como resonadores; la lengua, los dientes,
el paladar y los labios convierten después aquel ruido en palabras. Pero de ese
mecanismo surge algo que identificamos con la persona entera. Reconocemos una
voz antes de ver el rostro y descubrimos en ella la edad, el origen, el
cansancio o el miedo. Por eso fabricar una voz resulta más inquietante que
fabricar un reloj. El reloj imita un movimiento; la voz imita una presencia.
Darwin no fue el único que lo
intentó. En 1769, Wolfgang von Kempelen comenzó a construir otra máquina
parlante con un fuelle, una lengüeta y una cámara flexible de caucho que hacía
de boca. Kempelen era también el creador del Turco, un famoso autómata
que jugaba al ajedrez y que, en realidad, ocultaba a un jugador humano en su
interior. La máquina de hablar, en cambio, era auténtica, aunque bastante menos
espectacular. A veces la historia recuerda mejor el fraude que el verdadero
invento.
Durante el siglo XIX, Charles
Wheatstone perfeccionó el diseño de Kempelen. Una reproducción fascinó al joven
Alexander Graham Bell, cuyo padre era especialista en fonética. Bell y su
hermano construyeron una cabeza con garganta, lengua, labios y mejillas y
consiguieron que pronunciara algo parecido a «mamá». Un vecino creyó escuchar a
un bebé y acudió a averiguar qué estaban haciéndole. Bell abandonó aquella
cabeza, pero no la obsesión por la voz. En 1876 patentó el teléfono. En lugar
de fabricarla desde cero, había encontrado la manera de separarla del cuerpo,
convertirla en una señal eléctrica y reconstruirla a distancia. Los fantasmas
acababan de adquirir infraestructura.
El siguiente salto ocurrió en los
Laboratorios Bell. En la década de 1930, el ingeniero Homer Dudley creó el Voder,
una máquina que descomponía el habla en sus componentes acústicos y volvía a
reunirlos electrónicamente. Fue presentado en la Exposición Universal de Nueva
York de 1939. Parecía un órgano y requería una operadora entrenada durante
meses. Sus teclas controlaban distintas frecuencias; otros mandos producían
consonantes, y un pedal regulaba la entonación. Veinte mujeres aprendieron a
tocar frases como si fueran melodías. El Voder hablaba, pero todavía necesitaba
que una persona interpretara su aparato vocal.
Los ordenadores eliminaron
finalmente al intérprete. En 1961, John Kelly y Carol Lockbaum programaron en
los Laboratorios Bell un IBM 7094 para que sintetizara una voz. Max Mathews
añadió el acompañamiento musical y la máquina cantó Daisy Bell, una
canción de 1892 en la que un hombre pide a Daisy que acepte compartir
con él una bicicleta construida para dos. La voz era nasal, entrecortada y
perturbadora, como si el ordenador hubiera aprendido a cantar después de haber
sido enterrado vivo, pero por primera vez una computadora parecía intentar expresarse.
Stanley Kubrick escuchó aquella
canción durante una visita a los laboratorios y la empleó después en 2001:
Una odisea del espacio. Cuando el astronauta Dave Bowman desconecta los
circuitos de HAL 9000, la voz de la computadora se hace cada vez más
lenta y regresa a su primer recuerdo: «Daisy, Daisy…». Kubrick
comprendió que nada podía hacer más humana la muerte de una máquina que
obligarla a recordar su infancia.
Una voz sintética se convirtió
después en una de las más reconocibles del mundo. En 1985, una traqueotomía
salvó la vida de Stephen Hawking, pero le hizo perder definitivamente el habla.
Hawking comenzó a comunicarse mediante un sintetizador basado en los trabajos
de Dennis Klatt, investigador del MIT. Klatt había utilizado grabaciones de sí
mismo para crear una voz llamada «Perfect Paul». De ese modo, un
cosmólogo británico acabó hablando con el acento electrónico de un ingeniero
estadounidense.
Con el tiempo aparecieron voces
más naturales, pero Hawking se negó a sustituirla. Aquella voz metálica se
había convertido en la suya. Millones de personas que nunca habían escuchado su
voz biológica reconocían inmediatamente la artificial. El aparato que comenzó
siendo una prótesis terminó formando parte de su identidad y demostró algo
inesperado: una voz no tiene que haber nacido en una laringe para pertenecer a
alguien. Puede convertirse en nuestra por las ideas que expresa y por la
memoria de quienes la escuchan.
Las redes neuronales dieron el
último gran paso. En 2016, DeepMind presentó WaveNet, un sistema capaz
de generar directamente una onda sonora, muestra a muestra. Poco después, Tacotron
2 logró voces que los oyentes calificaron casi tan bien como las grabaciones
realizadas por profesionales. Durante dos siglos, los inventores habían
intentado comprender la voz para reproducirla. Ahora una red neuronal podía
aprender a reproducirla sin que sus creadores conocieran todas las reglas
descubiertas por el sistema. Los fuelles y los labios de cuero habían sido
sustituidos por millones de parámetros matemáticos.
Y entonces dejamos de fabricar
voces genéricas para copiar voces concretas. Los sistemas actuales pueden
aprender el timbre, el ritmo y la entonación de una persona a partir de breves
grabaciones y hacerle pronunciar frases que nunca dijo. Esto permite devolver
la voz a quienes la pierden, doblar a un actor en otros idiomas o conservar
digitalmente la voz de alguien que ha muerto. También permite falsificar una
llamada, una confesión o una petición angustiada de dinero. Después de haber
aprendido a fabricar voces creíbles, tendremos que aprender a decidir cuáles
debemos creer.
Erasmus Darwin habría contemplado
todo esto con entusiasmo y quizá habría intentado construir una versión
accionada por vapor. No ganó las mil libras porque su cabeza fue incapaz de
recitar los mandamientos. Apenas consiguió que dijera «mamá» y «papá». Pero
aquellas dos palabras señalaban el comienzo de algo enorme. Durante mucho
tiempo quisimos que las máquinas hablaran para que se parecieran a nosotros.
Ahora hablan tan bien que empezamos a necesitar que demuestren que no son
nosotros.