El 3 de septiembre de 1777,
Matthew Boulton, uno de los industriales más importantes de Inglaterra, firmó
un documento que habría hecho muy feliz a cualquier abogado especializado en
contratos imposibles. Prometía pagar al doctor Erasmus Darwin, de Lichfield, la
suma de mil libras si, en el plazo de dos años, le entregaba «un instrumento
llamado órgano» capaz de recitar el padrenuestro, el credo y los diez
mandamientos en lengua vulgar. La máquina debía pasar después a ser propiedad
exclusiva de Boulton, junto con «todas las ventajas» que pudieran derivarse del
invento. Mil libras eran entonces una fortuna. Por ese dinero, al parecer,
Boulton esperaba recibir no un aparato que dijera buenos días, sino un feligrés
mecánico completo.
El
documento existió y fue firmado por Boulton ante dos testigos, James Keir y
William Small. Los tres pertenecían al círculo de amigos que acabaría
conociéndose como la Sociedad Lunar de Birmingham, una de las reuniones más
extraordinarias de la historia de la ciencia. Charles Darwin reprodujo el
acuerdo en la biografía de su abuelo publicada en 1879, aunque reconoció que
resultaba difícil saber si aquello se había concertado en serio o como una
broma entre amigos. Probablemente fue ambas cosas. Los hombres de la Sociedad
Lunar eran muy aficionados a bromear, pero todavía más a construir aquello
sobre lo que habían bromeado.
Erasmus Darwin no es recordado
como merece porque el destino cometió el error histórico de premiarlo con un
nieto demasiado famoso. Nacido en 1731, fue un médico prestigioso, poeta,
inventor, naturalista y pensador evolucionista varias décadas antes de que
Charles Darwin se embarcara en el Beagle. Escribió sobre botánica,
medicina, meteorología, reproducción, formación de las nubes y transformación
de los seres vivos. Diseñó una máquina copiadora, un elevador para
embarcaciones, diversos instrumentos meteorológicos, un sistema de dirección
para carruajes y hasta imaginó un vehículo movido por vapor. A veces se
adelantó a su tiempo; otras, sencillamente, salió corriendo en todas las
direcciones a la vez.
Era corpulento, tartamudo y tan
reacio a doblegarse ante las convenciones como ante las puertas demasiado
bajas. El rey Jorge III quiso convertirlo en su médico personal, pero Darwin
rechazó la oferta. Prefería permanecer cerca de sus amigos de las Midlands,
donde por entonces se estaba fabricando buena parte del mundo moderno. Entre
ellos estaban James Watt, perfeccionador de la máquina de vapor; Josiah
Wedgwood, creador de un imperio cerámico y también abuelo de Charles Darwin;
Joseph Priestley, descubridor del oxígeno; el médico y botánico William
Withering, que introdujo la digital (Digitalis purpurea) en el
tratamiento de algunas afecciones cardiacas, y Matthew Boulton, propietario de
la gran fábrica de Soho y hombre capaz de convertir las ideas ajenas en objetos
que podían venderse.
Se llamaban a sí mismos los
Lunaticks, los lunáticos. No porque estuvieran más locos que otros científicos
—aunque la competencia habría sido reñida—, sino porque procuraban reunirse
alrededor del plenilunio. En una época sin alumbrado público, la Luna llena
facilitaba el regreso a casa después de cenar, beber, realizar experimentos y
discutir sobre gases, fósiles, electricidad, canales, plantas, motores y
cualquier otro asunto que pudiera transformar el mundo o estropear la alfombra.
En una de aquellas reuniones debió de surgir el desafío de la máquina parlante.
La idea no era tan absurda como
parece. La voz humana se produce mediante un mecanismo material: el aire
expulsado por los pulmones hace vibrar los pliegues vocales y el sonido
resultante es modificado por la garganta, la boca, la lengua, los labios y las cavidades
nasales. Si cada una de esas piezas podía imitarse, quizá también pudiera
fabricarse una voz. Erasmus Darwin estaba interesado en el origen del lenguaje
y había ideado un alfabeto fonético. Para comprender el habla decidió hacer lo
que hacían los buenos naturalistas del siglo XVIII cuando no entendían algo:
construir una copia con madera, cuero y todo lo que encontraran a mano.
Su aparato era una especie de
cabeza o laringe mecánica. Unos fuelles proporcionaban la corriente de aire. La
voz nacía en una cinta de seda de unos dos centímetros y medio de longitud,
tensada entre dos piezas de madera ligeramente ahuecadas. Cuando el aire pasaba
por el borde de la cinta, esta vibraba y producía un sonido que, según Darwin,
se parecía agradablemente a la voz humana. La boca era de madera, pero tenía
labios de cuero blando que podían abrirse, cerrarse o deformarse con los dedos.
En la parte posterior había una válvula que actuaba como conducto nasal. Era
menos una máquina autónoma que un instrumento musical que debía tocarse con las
manos, aunque el intérprete, en lugar de producir melodías, apretaba unos
labios de cuero hasta hacerlos hablar.
Los resultados fueron modestos,
pero no desdeñables. La cabeza podía pronunciar las consonantes p, b y m,
además de la vocal a. Con ese repertorio construía las palabras inglesas mama,
papa, map y pam. No era suficiente para afrontar los diez mandamientos, pero sí
para mantener una conversación breve con un bebé poco comunicativo. Darwin
aseguró que pronunciaba aquellas palabras con tanta precisión que engañaba a
quienes la escuchaban sin verla. Cuando se cerraban lentamente sus labios, emitía
además un tono «muy lastimero». Es fácil imaginar la escena: varios caballeros
de la Ilustración reunidos alrededor de una cabeza de madera que decía «mamá»
con voz afligida mientras ellos discutían si aquello valía mil libras.
No se conserva la máquina
original y las reconstrucciones modernas no han conseguido reproducir de manera
convincente sus supuestas habilidades. Es posible que Darwin exagerase un poco,
aunque otro miembro de su círculo, el inventor Richard Lovell Edgeworth,
confirmó que la cabeza hablaba. También debemos recordar que el cerebro humano
colabora generosamente cuando intenta reconocer palabras entre sonidos
confusos. Si alguien nos advierte que un chirrido va a decir «papá», tenemos
muchas más probabilidades de oírlo. Los primeros inventores de voces
artificiales contaban, sin saberlo, con la tendencia humana a encontrar
lenguaje incluso donde apenas lo hay.
Darwin no era el único que
perseguía ese sueño. En 1769, el inventor húngaro Wolfgang von Kempelen había
comenzado a desarrollar otra máquina parlante accionada mediante fuelles,
lengüetas y un conducto vocal artificial. Kempelen trabajaría en ella durante
unos veinte años y lograría un aparato más perfeccionado, aunque tampoco podía
conversar con nadie. Aquellos artefactos inauguraron un linaje que conduciría a
las máquinas acústicas del siglo XIX, los primeros sintetizadores eléctricos,
el vocoder, las voces de los ordenadores y, finalmente, los sistemas
actuales capaces de leer un texto con entonaciones casi humanas.
Boulton nunca tuvo que pagar las
mil libras. Erasmus Darwin no consiguió que su órgano recitara el padrenuestro,
y mucho menos el credo y los diez mandamientos. Su fracaso, sin embargo, fue
uno de esos fracasos que ensanchan ligeramente los límites de lo posible. Había
demostrado que la voz podía descomponerse en mecanismos y que algunos de sus
componentes podían reproducirse artificialmente. Para hacer hablar a una
máquina no era necesario insuflarle un alma; podían bastar unos fuelles, una
cinta de seda y un par de labios bien manejados.
Dos generaciones después, su
nieto Charles explicaría cómo la selección natural había construido, sin plan
previo, los órganos que permiten hablar a los seres humanos. Erasmus había
emprendido el camino inverso: desmontar mentalmente esos órganos para intentar
reconstruirlos. No obtuvo una máquina capaz de dirigirse a Dios, como exigía la
apuesta, pero consiguió que un pedazo de madera llamara a su madre. Para 1777
no estuvo nada mal.