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domingo, 23 de agosto de 2026

CUANDO EL ABUELO DE DARWIN QUISO CONSTRUIR UNA MÁQUINA PARLANTE

 

El 3 de septiembre de 1777, Matthew Boulton, uno de los industriales más importantes de Inglaterra, firmó un documento que habría hecho muy feliz a cualquier abogado especializado en contratos imposibles. Prometía pagar al doctor Erasmus Darwin, de Lichfield, la suma de mil libras si, en el plazo de dos años, le entregaba «un instrumento llamado órgano» capaz de recitar el padrenuestro, el credo y los diez mandamientos en lengua vulgar. La máquina debía pasar después a ser propiedad exclusiva de Boulton, junto con «todas las ventajas» que pudieran derivarse del invento. Mil libras eran entonces una fortuna. Por ese dinero, al parecer, Boulton esperaba recibir no un aparato que dijera buenos días, sino un feligrés mecánico completo.

El documento existió y fue firmado por Boulton ante dos testigos, James Keir y William Small. Los tres pertenecían al círculo de amigos que acabaría conociéndose como la Sociedad Lunar de Birmingham, una de las reuniones más extraordinarias de la historia de la ciencia. Charles Darwin reprodujo el acuerdo en la biografía de su abuelo publicada en 1879, aunque reconoció que resultaba difícil saber si aquello se había concertado en serio o como una broma entre amigos. Probablemente fue ambas cosas. Los hombres de la Sociedad Lunar eran muy aficionados a bromear, pero todavía más a construir aquello sobre lo que habían bromeado.

Erasmus Darwin no es recordado como merece porque el destino cometió el error histórico de premiarlo con un nieto demasiado famoso. Nacido en 1731, fue un médico prestigioso, poeta, inventor, naturalista y pensador evolucionista varias décadas antes de que Charles Darwin se embarcara en el Beagle. Escribió sobre botánica, medicina, meteorología, reproducción, formación de las nubes y transformación de los seres vivos. Diseñó una máquina copiadora, un elevador para embarcaciones, diversos instrumentos meteorológicos, un sistema de dirección para carruajes y hasta imaginó un vehículo movido por vapor. A veces se adelantó a su tiempo; otras, sencillamente, salió corriendo en todas las direcciones a la vez.

Era corpulento, tartamudo y tan reacio a doblegarse ante las convenciones como ante las puertas demasiado bajas. El rey Jorge III quiso convertirlo en su médico personal, pero Darwin rechazó la oferta. Prefería permanecer cerca de sus amigos de las Midlands, donde por entonces se estaba fabricando buena parte del mundo moderno. Entre ellos estaban James Watt, perfeccionador de la máquina de vapor; Josiah Wedgwood, creador de un imperio cerámico y también abuelo de Charles Darwin; Joseph Priestley, descubridor del oxígeno; el médico y botánico William Withering, que introdujo la digital (Digitalis purpurea) en el tratamiento de algunas afecciones cardiacas, y Matthew Boulton, propietario de la gran fábrica de Soho y hombre capaz de convertir las ideas ajenas en objetos que podían venderse.

Se llamaban a sí mismos los Lunaticks, los lunáticos. No porque estuvieran más locos que otros científicos —aunque la competencia habría sido reñida—, sino porque procuraban reunirse alrededor del plenilunio. En una época sin alumbrado público, la Luna llena facilitaba el regreso a casa después de cenar, beber, realizar experimentos y discutir sobre gases, fósiles, electricidad, canales, plantas, motores y cualquier otro asunto que pudiera transformar el mundo o estropear la alfombra. En una de aquellas reuniones debió de surgir el desafío de la máquina parlante.

La idea no era tan absurda como parece. La voz humana se produce mediante un mecanismo material: el aire expulsado por los pulmones hace vibrar los pliegues vocales y el sonido resultante es modificado por la garganta, la boca, la lengua, los labios y las cavidades nasales. Si cada una de esas piezas podía imitarse, quizá también pudiera fabricarse una voz. Erasmus Darwin estaba interesado en el origen del lenguaje y había ideado un alfabeto fonético. Para comprender el habla decidió hacer lo que hacían los buenos naturalistas del siglo XVIII cuando no entendían algo: construir una copia con madera, cuero y todo lo que encontraran a mano.

Su aparato era una especie de cabeza o laringe mecánica. Unos fuelles proporcionaban la corriente de aire. La voz nacía en una cinta de seda de unos dos centímetros y medio de longitud, tensada entre dos piezas de madera ligeramente ahuecadas. Cuando el aire pasaba por el borde de la cinta, esta vibraba y producía un sonido que, según Darwin, se parecía agradablemente a la voz humana. La boca era de madera, pero tenía labios de cuero blando que podían abrirse, cerrarse o deformarse con los dedos. En la parte posterior había una válvula que actuaba como conducto nasal. Era menos una máquina autónoma que un instrumento musical que debía tocarse con las manos, aunque el intérprete, en lugar de producir melodías, apretaba unos labios de cuero hasta hacerlos hablar.

Los resultados fueron modestos, pero no desdeñables. La cabeza podía pronunciar las consonantes p, b y m, además de la vocal a. Con ese repertorio construía las palabras inglesas mama, papa, map y pam. No era suficiente para afrontar los diez mandamientos, pero sí para mantener una conversación breve con un bebé poco comunicativo. Darwin aseguró que pronunciaba aquellas palabras con tanta precisión que engañaba a quienes la escuchaban sin verla. Cuando se cerraban lentamente sus labios, emitía además un tono «muy lastimero». Es fácil imaginar la escena: varios caballeros de la Ilustración reunidos alrededor de una cabeza de madera que decía «mamá» con voz afligida mientras ellos discutían si aquello valía mil libras.

No se conserva la máquina original y las reconstrucciones modernas no han conseguido reproducir de manera convincente sus supuestas habilidades. Es posible que Darwin exagerase un poco, aunque otro miembro de su círculo, el inventor Richard Lovell Edgeworth, confirmó que la cabeza hablaba. También debemos recordar que el cerebro humano colabora generosamente cuando intenta reconocer palabras entre sonidos confusos. Si alguien nos advierte que un chirrido va a decir «papá», tenemos muchas más probabilidades de oírlo. Los primeros inventores de voces artificiales contaban, sin saberlo, con la tendencia humana a encontrar lenguaje incluso donde apenas lo hay.

Darwin no era el único que perseguía ese sueño. En 1769, el inventor húngaro Wolfgang von Kempelen había comenzado a desarrollar otra máquina parlante accionada mediante fuelles, lengüetas y un conducto vocal artificial. Kempelen trabajaría en ella durante unos veinte años y lograría un aparato más perfeccionado, aunque tampoco podía conversar con nadie. Aquellos artefactos inauguraron un linaje que conduciría a las máquinas acústicas del siglo XIX, los primeros sintetizadores eléctricos, el vocoder, las voces de los ordenadores y, finalmente, los sistemas actuales capaces de leer un texto con entonaciones casi humanas.

Boulton nunca tuvo que pagar las mil libras. Erasmus Darwin no consiguió que su órgano recitara el padrenuestro, y mucho menos el credo y los diez mandamientos. Su fracaso, sin embargo, fue uno de esos fracasos que ensanchan ligeramente los límites de lo posible. Había demostrado que la voz podía descomponerse en mecanismos y que algunos de sus componentes podían reproducirse artificialmente. Para hacer hablar a una máquina no era necesario insuflarle un alma; podían bastar unos fuelles, una cinta de seda y un par de labios bien manejados.

Dos generaciones después, su nieto Charles explicaría cómo la selección natural había construido, sin plan previo, los órganos que permiten hablar a los seres humanos. Erasmus había emprendido el camino inverso: desmontar mentalmente esos órganos para intentar reconstruirlos. No obtuvo una máquina capaz de dirigirse a Dios, como exigía la apuesta, pero consiguió que un pedazo de madera llamara a su madre. Para 1777 no estuvo nada mal.