sábado, 23 de mayo de 2015

Rajoy en el país de las maravillas y el precio de la desigualdad

Hace ya algún tiempo que nuestro registrador-presidente pasó al otro lado del espejo y, como le ocurrió a Alicia, descubrió un mundo fantasioso que solo existe en su imaginación. Mientras tanto, algunos organismos internacionales siguen iluminando el trampantojo en el que se desenvuelve nuestro país. 

La imagen real de España acaba de aparecer en un informe de la OCDE, el organismo que agrupa a 34 países para promover políticas que mejoren el bienestar de las personas, es decir, para hacer justamente lo contrario de lo que hace Rajoy. El informe, de 336 páginas, lo podéis descargar en este enlace y en esta página de la OCDE podéis comparar diferentes parámetros e índices que ponen de relieve lo que está pasando en España en los últimos años. He seleccionado algunos de ellos que ilustro con gráficas del propio informe, que, como veréis, no nos deja nada bien. Pasen y vean, que las gráficas son muy sencillas.

Gráfico 3. 1. Desigualdad en ingresos durante la crisis.

La barra azul (que encabeza España) indica el nivel de desigualdad bruto de la renta de las personas. Los rombos indican los ingresos una vez se han pagado impuestos. Somos el país con el mayor aumento en el periodo de la crisis. De hecho el informe destaca el sorprendente cambio de nuestro país: Antes de 2007 nuestro nivel de desigualdad estaba por debajo de la media de los países de la OCDE. Pero en cuatro años creció tanto (2007-2011) que encabezamos el ranking de la desigualdad. Cuando comenzó la crisis, dice el informe, hubo cierta amortiguación en esta escalada: entraron en funcionamiento estabilizadores automáticos como la prestación por desempleo y los impuestos.
   
La diferencia del efecto de sistema tributario en los diferentes países muestra que no están tan bien diseñados. De hecho en España los impuestos jugaron un papel más bien modesto en esa amortiguación de las diferencias cuando todo empezó a ir mal. Pero esos diques de contención duraron poco. Cuando se impuso la famosa austeridad como salida única a la crisis, la desigualdad se disparó. La peor parte se la ha llevado el 10% más pobre, particularmente de nuevo en España. El gráfico 3.3 expresa claramente esas diferencias:



El rombo blanco indica la caída de renta disponible del 10% más pobre del país: el desplome ha rozado el 14%. El rombo negro, el descenso de la renta disponible del 10% más rico: cayó menos de un 2%.  Somos el país con mayor variación en la diferencia entre estos dos grupos de la población, y eso que los datos solo llegan a 2011.

¿Cómo es posible que nos haya ido tan mal? Pues porque el principal factor que aumenta las diferencias es el desempleo, en el que somos líderes de la OCDE, por más que Rajoy sostenga que en España no se habla de paro. Vean el gráfico 3.2. Las diferencias entre ricos y pobres han aumentado en nuestro país porque ha aumentado el paro (barra azul) y no tanto por el aumento de las diferencias salariales (barra gris).



Somos líderes creando empleo, repiten doña Fátima y don Mariano. Sí, pero con el mayor porcentaje de lo que la OCDE llama “non-standard workers” (Gráfico 1.7), es decir, trabajos precarios, temporales, de baja cualificación, con pocas posibilidades de formación, en definitiva, trabajo que se acepta porque no hay otra cosa, sobre todo porque nuestro gobierno se ha encargado de expulsar del sistema de subsidios al desempleo a millones de parados. Una vez más: No es suficiente con crear empleo. Es fundamental la calidad de ese empleo, un claro indicador, subraya la OCDE, de la desigualdad.


En el aumento de los niveles de pobreza solamente nos gana Grecia. Como le sucedió al sabio de La Vida es Sueño, los griegos están mucho peor que nosotros. Por eso, el nuevo gobierno de Syriza ha insistido tanto en sacar adelante ese paquete de medidas urgentes para aliviar lo más básico: luz, calefacción, comida. Pero ahí están los pobres griegos luchando para que sus socios europeos les dejen. “Lo importante es que Grecia vuelva a la senda de crecimiento”, decía Luis de Guindos esta semana. Puede que eso sea importante, pero lo urgente es empezar por paliar la pobreza. 

Hay dos formas de medir la pobreza. ¿Cómo están los más pobres en relación al resto de la población? y ¿cómo están los más pobres en relación a los ingresos medios de antes de la crisis? La primera se llama pobreza relativa (rombo) y la segunda población en riesgo de pobreza ("anchored poverty rate"), mostrada como la barra azul en el gráfico 3.6.



¿Por qué sube la segunda mucho más que la primera? Porque si a todo el país (en general) le va mal, los ingresos medios caen y como la pobreza relativa se mide en relación a la media de los ingresos, el diferencial disminuye. Pero cuando se mide la segunda, lo que se hace es comparar la pobreza en relación a la media de un año de referencia que no varía. En el caso de la OCDE el año de comparación utilizado fue 2005. Por eso el diferencial es mucho mayor. En Grecia se ha multiplicado por dos y en España sube 8 puntos (también casi el doble). En relación a los ingresos medios del año 2005, ahora hay mucha más gente pobre y el diferencial sigue aumentando o, dicho de otra manera, las políticas que tanto ensalza el registrador-presidente, están “helenizando” nuestro país.

La desigualdad va más allá de la injusticia social y no afecta solo a las personas que la sufren directamente; la desigualdad, además, no ayuda nada al crecimiento económico, sino todo lo contrario. La desigualdad mata el PIB, que es lo que sostiene el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, en su último libro El precio de la desigualdad, en que narra lo que está pasando: desde la Gran Depresión nunca se había visto tanta desigualdad en los países industrializados. Los más ricos han conseguido hacerse todavía más ricos mientras el resto veía como su renta se mantenía, caía o, en muchos casos, desaparecía. Los ricos han ganado todavía más dinero y lo han hecho además a expensas del resto de la población. 

Stiglitz nos enseña cómo los mercados por sí solos no son ni eficientes ni estables y tienden a acumular la riqueza en manos de unos pocos más que a promover la competencia. Revela, además, cómo las políticas de gobiernos e instituciones son propensas a acentuar esta tendencia, influyendo sobre los mercados en modos que dan ventaja a los más ricos frente al resto. La democracia y el imperio de la ley se ven a su vez debilitados por la cada vez mayor concentración del poder en manos de los más privilegiados.

Las disparidades en la población han crecido aceleradamente en los últimos años. ¿Somos conscientes de este hecho? No lo parece. Según Stiglitz, los políticos, los reguladores y las leyes han ayudado a los más poderosos a hacerse todavía más ricos. Eso no es simplemente un fallo del mercado. Los gobernantes y los parlamentos democráticos, que deberían haber corregido esos fallos, no han hecho su trabajo e incluso han favorecido con sus decisiones al 1% de la población. Que los ricos pagan menos impuestos, es un hecho. Que los ricos influyen en las decisiones que toman los gobiernos, es un hecho. Que los pobres son más pobres, es un hecho. Stiglitz expone una y otra vez con casos reales para justificar su visión del problema. Se puede discutir sobre las causas, sobre la importancia y el peso de cada una de ellas para explicar este resultado, pero no sobre la existencia de la desigualdad.