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lunes, 17 de abril de 2017

Malabarismos nomenclaturales: el misterioso caso de Linaria tursica y L. donyanae

Linaria tursica o Linaria donyanae. Tanto monta, monta tanto. 
En una entrada anterior prometí ocuparme del caso de una pequeña planta de Doñana que, hace justamente 40 años, había recibido dos nombres: Linaria tursica y Linaria donyanae. Que un organismo, sea una planta, un animal, un hongo o una bacteria, reciba dos nombres no es nada nuevo. Los hay que han recibido media docena o más, pero eso ocurría antes de que Internet permitiera un flujo incesante y prácticamente instantáneo de información que limita mucho las posibilidades de que dos naturalistas bauticen con el mismo nombre a la misma criatura.

El año en el que se publicó la planta de marras, 1977, la comunicación entre la comunidad científica se realizaba, como se sigue haciendo ahora, a través de revistas científicas, pero con una salvedad en lo que se refiere a su distribución: mientras que ahora las novedades se dan a conocer online, por entonces la distribución era por correo, con las dificultades de reparto y los retrasos que su uso implica.

Ahora déjenme explicarles muy sucintamente el protocolo establecido para dar a conocer un nuevo organismo. La primera tarea es presentarlo en público, para lo cual es necesario describirlo en una revista bien difundida entre la comunidad científica interesada (obviamente, si describo una orquídea en una revista dedicada a los pulpos, pongamos por caso, la comunidad botánica quedará in albis). La descripción debe incluir un nombre, que estará ligado por siempre y para siempre a la especie en cuestión. El nombre de todas las especies es doble. Uno de ellos el primero, es el nombre del género en el que se incluye la especie; el segundo, el llamado epíteto específico, es elegido por quien describe la especie y que puede hacer de su capa un sayo.

Por ejemplo, para el caso de la Linaria endémica de las costas onubenses, quienes la describieron por partida doble eligieron dos epítetos alusivos a la restringida distribución de la especie. El epíteto tursica alude a Tursa o «Ciudad de los Tirsenos», nombre primitivo de la legendaria Tartessos, que según quienes se dedican a esas cosas, estuvo emplazada en la zona litoral atlántica en que vive esta especie. Sobre el epíteto donyanae ni que decir tiene que alude al Coto de Doñana, donde abunda la planta.

Aunque normalmente estamos acostumbrados a ver los nombres de las especies como un binomen (por ejemplo, Homo sapiens) en la literatura especializada el binomen va acompañado del nombre (o los nombres) de quien (o quienes) las describieron y del año en que la publicaron. Para pasmo de diletantes, pero sobre todo para ayudar a la búsqueda bibliográfica de otros especialistas, suele incluirse también una referencia a la revista (o libro) y las páginas en que se publicó. En el caso que nos ocupa, la denominación correcta que recibió la meritada especie de Linaria, fue doble:

Linaria tursica Valdés & Cabezudo 1977. Lagascalia 7: 9-12. 
Linaria donyanae Valdés-Bermejo, Castroviejo, Costa & Rivas-Martínez 1977. Anales del Instituto Botánico Cavanilles 34: 351-353.
Resumiendo. Linaria tursica fue descrita por dos botánicos, Benito Valdés y Baltasar Cabezudo, en las páginas 9 a 12 del número 7 de la revista Lagascalia, publicada por la Universidad de Sevilla, que vio la luz en 1977. El mismo año, en el volumen 34 de la revista del CSIC Anales del Instituto Botánico Cavanilles, los botánicos Enrique Valdés-Bermejo, Santiago Castroviejo, Manuel Costa y Salvador Rivas-Martínez publicaron su Linaria donyanae. La nueva criatura tenía dos nombres. Como en el caso de Ransom Stoddard y Liberty Balance, uno de ellos sobraba.

Las normas que regulan los nombres de las plantas, contenidas en el Código Internacional de Nomenclatura Botánica, son claras: una planta debe tener un solo nombre válido. En caso contrario, rige el principio de prioridad: el nombre válido es el más antiguo de los publicados y el resto son sinónimos que pasan al baúl de los recuerdos. La fecha de publicación es, pues, determinante. Para el caso de nuestra Linaria, el año no sirve, puesto que es el mismo para ambos epítetos. Ahora viene lo interesante del caso.

Empecemos por decir que es más que probable que los investigadores implicados (los de la Universidad de Sevilla, por un lado, y los del CSIC, por el otro) supieran lo que estaban haciendo unos y otros. El Coto de Doñana tampoco es tan grande y quien trabaja allí debe contar con el permiso de los responsables de la Estación Biológica, cuyos nombres quedan anotados en los registros de la misma. Claro que trabajar no es lo mismo que encontrar nuevas especies, así que debemos indagar algo más para saber lo qué podía estar pasando con la nueva especie.

Según consta en el inicio del trabajo en el que se describió L. tursica, se hacen constar dos hechos determinantes. Primero, que el artículo fue entregado en la redacción de la revista el 14 de enero de 1977; esta es una interesante precaución, habida cuenta que la revista –como fue el caso- no se publicó hasta varios meses después, al menos hasta después del mes de junio. Y ello es así, porque, en una nota al pie de la primera página del artículo, uno de los autores, Baltasar Cabezudo, dice que en junio de “ese año” [es decir, de 1977] el artículo fue presentado como inédito en un concurso-oposición. Podemos, pues, concluir que en junio de 1977 el artículo no había visto la luz; pero, si se entregó el 14 de enero de 1977, es obvio que la citada nota NO pudo ser incluida en enero de 1977, sino necesariamente después de junio de ese mismo año. Cabe decir que tanto Benito Valdés como Baltasar Cabezudo eran miembros del Consejo de Redacción de Lagascalia, con las oportunidades que ello implica en la confección de la revista.

Linaria tursica o Linaria donyanae. Tanto monta, monta tanto.
Parece lógico concluir que los botánicos sevillanos eran conscientes de lo que se preparaba al norte de Despeñaperros, en la redacción de los Anales del Instituto Botánico Cavanilles, publicado por el CSIC en su centro del Real Jardín Botánico de Madrid, al que pertenecían como investigadores Enrique Valdés-Bermejo y Santiago Castroviejo, y que por entonces dirigía otro de los autores, Salvador Rivas-Martínez, quien ocupó el cargo entre 1976 y 1978. Que el equipo madrileño tenía prisa por publicar aquella novedad resulta claro cuando uno tiene en sus manos un ejemplar del volumen 34 de los Anales. Si se va directamente a la página 351 encontrará el título del artículo: «Linaria donyanae (Scrophulariaceae), una nueva especie para la flora española». Pero si el lector avisado consulta el índice completo del volumen, se encontrará con que la especie se adscribe erróneamente a la familia Labiatae. Un error de principiantes que demuestra que las prisas son malas consejeras. Parece lógico pensar que, al corregir las pruebas de imprenta, alguno de los autores detectó el error y lo corrigió en pruebas, pero sin avisar al impresor que había confeccionado el índice general con los originales recibidos.

En todo caso, el principio de prioridad resulta difícil de aplicar en este caso, pues tanto el volumen 7 de Lagascalia como el 35 de los Anales fueron válidamente publicados en octubre de 1977, y aunque según sostiene el profesor Cabezudo, Lagascalia fue distribuida en la misma fecha de su publicación, desconocemos la fecha real de distribución de L. donyanae, por lo que es difícil decir cuál de las denominaciones es más antigua.

Si aceptamos de una manera amplia las recomendaciones al artículo 31 del Código Internacional de Nomenclatura Botánica sobre la validez de la fecha de entrega del trabajo para su publicación y distribución, podíamos considerar como fecha más antigua la de Linaria tursica, recibido el 14 de Enero de 1977 (aunque ya hemos visto que fue, cuando menos, manipulado a posteriori), porque aunque desconocemos la fecha de reparto del número 35 de los Anales, necesariamente tuvo que ser posterior, pues el tipo de esta especie fue recolectado el 20 de Marzo de 1977, según hacen constar los autores en la descripción de la especie.

Resuelvan ustedes mismos el enigma. Por mi parte, lo tengo claro.