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domingo, 21 de abril de 2024

¿Estaba “colocado” Moisés cuando vagaba por el Sinaí?

 


«Estaba Moisés apacentando las ovejas de su suegro Jetro, sacerdote de Madián, que había llevado a través del desierto hasta llegar a Horeb, monte de Dios. Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía».

Según ese pasaje, el tercero del Éxodo y uno de los más famosos de toda la Biblia, desde una zarza ardiente en un monte de la península del Sinaí Dios le habló a Moisés para decirle que había sido elegido para sacar a su pueblo de la esclavitud en Egipto.

El monasterio de Santa Catalina está situado al pie del Monte Sinaí. Viajando en autobús desde el fondo del golfo de Aqaba en Taba, Egipto, hacia el sur por la carretera 55 hay una vista fantástica de las montañas rocosas hasta el pie del Sinaí; desde allí un empinado paseo de un kilómetro lleva hasta el cenobio. Cuando yo estuve allí hace casi cuarenta años y el monasterio todavía no había sido declarado Patrimonio de la Humanidad, los escasos turistas que nos acercamos por allí (curas y monjas en su mayoría) teníamos la oportunidad de subir en camello.

Un paseo en camello no parecía cómodo. Así que caminé y disfruté de la cercanía de la montaña rocosa y miré con la atención que se presupone en un botánico profesional a las pocas plantas que crecen por allí. No eran muchas, todo hay que decirlo porque la península del Sinaí es un desierto extremadamente árido. Abro ahora mi libreta de campo y miro la lista de plantas que anoté entonces. Un trío de ellas me viene al pelo para este artículo.

En el monasterio, custodiado por monjes ortodoxos, crece vivita y coleando una planta que los fieles acérrimos de las tres religiones de la Biblia creen a pies juntillas que es la mismísima zarza ardiente que vio Moisés en el monte Sinaí, lo que haría de ella el ser vivo más antiguo del mundo, una rueda de molino difícil de tragar.

Buscar posibles explicaciones científicas a los fenómenos bíblicos es un pasatiempo interesante. Por supuesto, eso es todo, porque para aquellos que creen que los relatos bíblicos se basan en verdaderos milagros, no es necesaria ninguna explicación científica. Y para aquellos que son escépticos, no se necesita ninguna racionalización científica para explicar sucesos que creen que nunca ocurrieron.

A la búsqueda de la zarza perdida

Cualquiera que sea el punto de vista de cada uno, las historias bíblicas pueden servir como trampolín para hacer un poco de ciencia y matar moscas con el rabo. Me ocuparé de las plantas a la búsqueda de la posible zarza que pudiera haber originado un imposible fuego eterno.

La supuesta zarza ardiente de Santa Catalina del Sinaí crece a la derecha de la adelfa florecida de la izquierda de la fotografía.


Empezaré por descartar la zarza custodiada por los monjes, una vulgar zarza (Rubus ulmifolius) de las que abundan en las escasas zonas húmedas del Sinaí. Es la misma zarza que cualquiera puede encontrar cerca de cualquier humedal o de cualquier orilla de los ríos, lagunas o acequias de toda Europa. Por supuesto, ninguna zarza vive miles de años y, en el caso de que alguien se prestara a pegarle fuego, comprobaría que arde completamente en un santiamén.

Dictamnus albus


Una posible candidata de las que tengo anotadas en mi lista es la hierba gitanera Dictamnus albus, un miembro de la familia Rutáceas, en la que se alinean todos los cítricos; se ha sugerido que esta planta, que se encuentra en todo el norte de África, es candidata a ser la bíblica zarza ardiente.

En el tórrido verano del desierto del Sinaí, esta planta de vistosas flores, conocida por los anglosajones como “gas plant” o “burning bush”, exuda varios aceites volátiles que pueden incendiarse fácilmente. ¿Estaba Moisés presenciando la combustión de una mezcla de terpenos, flavonoides, cumarinas y fenilpropanoides?

Es una hipótesis interesante, pero que puede apagarse fácilmente. Los aceites volátiles de la planta no se inflaman espontáneamente: necesitan una fuente de ignición. Es poco probable que Moisés caminara por el desierto cargado con piedras yesqueras buscando arbustos para incendiar. Recordemos, además, que cuando el futuro profeta intentó acercarse a la zarza a ver qué sucedía, Jehová le impidió hacerlo hablándole para avisarle de que estaba pisando suelo sagrado. Ergo, si la yerba gitanera ardía, Moisés no la había prendido.

Pero fuera quien fuese el presunto pirómano, cuando los vapores que emanan de la planta prenden, el destello duraría sólo unos segundos y, en el caso de prender en las resecas ramas y hojas, el arbusto seguramente se habría consumido en pocos minutos. De fuego eterno nada de nada.

Ni que decir tiene que cualquier madera que se queme acabará por consumirse, por lo que dejémonos de buscar arbustos que ardan eternamente y planteemos otra hipótesis más sensata. Si Moisés realmente vio una zarza ardiente que no se consumía, tal vez estaba teniendo visiones alucinantes.

Harmala, la ayahuasca de los beduinos

Recordemos que hay plantas cuyo consumo tiene efectos alucinógenos, incluyendo experiencias enteógenas en las que el sujeto cree estar ante la presencia de uno o varios dioses. Una de las ceremonias alucinógenas y enteogénicas más conocidas es la ayahuasca, una infusión basada en la mezcla de dos plantas amazónicas de la que me ocupé en este mismo blog.

En la ayahuasca interviene Banisteriopsis caapi, una liana gigante que contiene dos alcaloides del grupo de las β-carbolinas: harmina y tetrahidroharmina, que juegan un papel fundamental en los efectos neurológicos de la infusión porque actúan como inhibidores de una enzima, la monoaminooxidasa (MAO), que participa en la descomposición de la dopamina, la serotonina, la feniletilamina, la tiramina y la melatonina, todos ellos neurotransmisores que desempeñan funciones importantes en nuestro sistema nervioso.

El problema es que las plantas utilizadas en la ayahuasca son componentes de las selvas pluviales amazónicas, que ni viven ni podrían vivir en las arenas del desierto. Sin embargo, hay una planta de mi lista que crece en el Sinaí que tiene propiedades similares. Es Peganum harmala, la alharma, harmala o ruda de Siria.

Flores y frutos de la ruda de Siria, Peganum harmala


Como en la liana Banisteriopsis caapi, las cápsulas que encierran las semillas de la alharma contienen tres alcaloides del grupo de las β-carbolinas: harmina, vasicina y harmalina, que interfieren con la actividad de la MAO y pueden ser la causa de experiencias que alteren la conciencia.

Conocidos en farmacología como neurotransmisores monoamina, estos compuestos aumentan su concentración en presencia de inhibidores de la monoaminooxidasa (IMAO), que son los que se encuentran en las cápsulas de las semillas de la ruda silvestre. De hecho, al aumentar los niveles de dopamina y serotonina que participan en la regulación del estado de ánimo, los IMAO se utilizan como medicamentos antidepresivos.

Los egipcios y los israelitas, como ahora hacen los cristianos, usaban "incienso" (del latín "incendere", "quemar) para la meditación y los rituales místicos, que les hacían conectar con lo divino, ya sea en la santidad de un templo o antes de participar en la batalla, porque los terpenos y otras sustancias aromáticas que se desprenden de los incensarios alteran la conciencia.

No sabemos qué plantas psicoactivas usaban los israelitas en sus ceremonias religiosas, pero los beduinos modernos que deambulan por el mismo desierto donde los relatos bíblicos sitúan a Moisés, sí utilizan la ruda de Siria como hierba de su ancestral farmacopea tradicional.