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jueves, 5 de febrero de 2026

CUANDO LA MONTAÑA ERUCTA: LLUVIAS, CALIZA Y EXPLOSIONES SUBTERRÁNEAS EN GRAZALEMA

 

Hay lugares donde la lluvia cae. Y luego está Grazalema, donde la lluvia parece organizarse como los monzones tropicales. Este pequeño enclave de la sierra gaditana lleva décadas compitiendo en el arte de acumular precipitaciones, y cuando el cielo decide ponerse serio, el pueblo deja de ser simplemente un lugar pintoresco para convertirse en un laboratorio geológico en tiempo real.

La noche del 4 se escucharon dos fuertes explosiones y hoy otras tantas alrededor de las 13 horas. Lo que ha ocurrido con esas explosiones subterráneas y la evacuación no es, aunque lo parezca, una extravagancia de la naturaleza. Es el comportamiento perfectamente lógico —aunque espectacular— de un paisaje construido con roca caliza, agua infiltrándose y física básica haciendo su trabajo con entusiasmo.

Para entender lo que está pasando hay que imaginar el suelo no como una superficie sólida, sino como una especie de queso gruyère gigantesco. La roca caliza, que domina en muchas sierras mediterráneas, es un material extraordinariamente hospitalario con el agua. Está formada por carbonato cálcico, un compuesto que, con paciencia y unas gotas de acidez natural presentes en el agua de lluvia, se disuelve con una facilidad sorprendente. Durante miles o millones de años, el agua que se infiltra por grietas diminutas va ampliando esos conductos, creando túneles, cavidades, galerías y auténticos sistemas de cuevas subterráneas. Este tipo de paisaje recibe un nombre técnico muy elegante: relieve kárstico, aunque en la práctica significa que el subsuelo está lleno de autopistas acuáticas invisibles.

Cuando llueve con normalidad, el agua se filtra lentamente, desciende por las fisuras de la roca y acaba almacenándose en acuíferos, que no son otra cosa que depósitos naturales subterráneos. Estos acuíferos funcionan como esponjas geológicas: absorben el agua, la almacenan y la liberan poco a poco alimentando manantiales, ríos o pozos. Todo muy civilizado y perfectamente compatible con la vida humana.

El problema comienza cuando la lluvia deja de comportarse como lluvia y pasa a actuar como una descarga masiva de líquido sobre una estructura que, aunque fascinante, tiene límites físicos muy concretos. En episodios de precipitaciones extremas, el suelo se satura con rapidez. La roca caliza, con todas sus grietas y cavidades, empieza a llenarse de agua a una velocidad que supera su capacidad de drenaje. Es entonces cuando entra en escena un fenómeno particularmente interesante: el acuífero confinado o acuífero a presión.

Un acuífero confinado es, simplificando mucho, un depósito de agua atrapado entre capas de roca relativamente impermeables. A diferencia de los acuíferos abiertos, donde el agua está en contacto directo con la atmósfera, aquí el líquido queda encerrado y sometido a presiones superiores a la presión atmosférica. Es como si el agua estuviera almacenada dentro de una botella geológica gigantesca, comprimida y esperando una salida.

Durante lluvias extremas, el agua continúa infiltrándose y aumentando esa presión interna. Si encuentra una fisura, un conducto antiguo o incluso el punto débil de una construcción humana (las instalaciones eléctricas, por ejemplo), el agua puede ascender violentamente hacia la superficie. De ahí que en algunos episodios aparezca brotando por paredes, suelos o sótanos con una determinación que suele pillar por sorpresa a los propietarios de las viviendas afectadas.

Pero el fenómeno más desconcertante para quienes lo escuchan son los ruidos. Esas explosiones o retumbos que se han descrito en Grazalema tienen una explicación tranquilizadora desde el punto de vista científico. En los sistemas kársticos, no solo circula agua. También existe aire atrapado en cavidades subterráneas. Cuando el agua invade rápidamente esos espacios, comprime el aire como si fuera un pistón natural. Si la presión alcanza un punto crítico, el aire puede liberarse de golpe, generando ondas sonoras y vibraciones que se perciben en superficie como explosiones. La montaña, literalmente, eructa.

Este proceso no implica necesariamente que se esté produciendo un colapso estructural inmediato del terreno, aunque sí indica que el sistema subterráneo está funcionando al límite de su capacidad hidráulica. Y eso explica por qué las autoridades suelen optar por evacuaciones preventivas como han hecho hoy. El agua bajo presión puede reactivar conductos antiguos, abrir nuevas vías de circulación o debilitar cavidades existentes, incrementando el riesgo de hundimientos localizados o filtraciones imprevisibles.

El comportamiento de la roca caliza añade otro ingrediente a esta mezcla geológica. A diferencia de materiales más compactos como el granito, la caliza no solo se fractura: evoluciona químicamente con el agua. Cada episodio de lluvia intensa no solo transporta agua, sino que también modifica lentamente la arquitectura interna del subsuelo. Es un proceso lento a escala humana, pero perfectamente activo en cada tormenta.

Curiosamente, el mismo fenómeno que provoca estos episodios espectaculares es el responsable de algunos de los paisajes más hermosos del planeta. Las cuevas con estalactitas, los cañones estrechos y los manantiales cristalinos son productos directos de esa relación íntima entre agua y caliza. La naturaleza, como suele ocurrir, combina la belleza con una cierta inclinación por el dramatismo.

La paradoja es que los acuíferos kársticos son extraordinariamente valiosos para el abastecimiento de agua potable. Son reservas naturales de enorme capacidad, pero también son sistemas extremadamente dinámicos y, por tanto, difíciles de predecir. Funcionan más como redes de tuberías naturales que como depósitos homogéneos. El agua puede desplazarse rápidamente por conductos estrechos y aparecer a kilómetros de distancia en cuestión de horas.

Durante episodios de lluvias excepcionales, este comportamiento se intensifica. El agua no solo se infiltra: circula, presiona, redistribuye fuerzas internas y, ocasionalmente, encuentra salidas inesperadas. Las paredes que supuran agua, los suelos que rezuman humedad y los retumbos subterráneos forman parte del mismo mecanismo hidráulico.

Desde el punto de vista científico, lo que ocurre en lugares como Grazalema es un recordatorio espectacular de que el paisaje no es estático. Bajo nuestros pies existe un sistema activo, en constante transformación, que responde con sorprendente rapidez a cambios meteorológicos extremos. Vivimos sobre un entramado geológico que, en circunstancias normales, pasa completamente desapercibido. Pero cuando la lluvia se vuelve insistente, ese mundo subterráneo decide participar en la conversación.

En cierto modo, los episodios como el actual son una lección de humildad hidrológica. Nos recuerdan que las montañas no son bloques inertes, sino organismos geológicos con circulación interna, presiones, conductos y, ocasionalmente, una tendencia bastante teatral a manifestarse mediante ruidos que harían palidecer a cualquier vecino que no esté familiarizado con la fontanería subterránea del planeta.

La buena noticia es que estos fenómenos están bastante bien estudiados y forman parte del comportamiento natural de los sistemas kársticos. La mala noticia es que siguen siendo imprevisibles en detalle, lo que obliga a tratar cada episodio con prudencia. Cuando la montaña empieza a respirar agua y a expulsar aire comprimido, lo sensato suele ser apartarse y dejar que la física haga su trabajo.

Al final, lo que ocurre en Grazalema no es un misterio, sino un espectáculo geológico que recuerda algo bastante sencillo: el agua, cuando decide moverse, siempre encuentra el camino. Y si no lo encuentra, suele fabricarlo.