Hay lugares donde la lluvia cae.
Y luego está Grazalema, donde la lluvia parece organizarse como los monzones
tropicales. Este pequeño enclave de la sierra gaditana lleva décadas
compitiendo en el arte de acumular precipitaciones, y cuando el cielo decide
ponerse serio, el pueblo deja de ser simplemente un lugar pintoresco para
convertirse en un laboratorio geológico en tiempo real.
La noche del 4 se escucharon dos
fuertes explosiones y hoy otras tantas alrededor de las 13 horas. Lo que ha
ocurrido con esas explosiones subterráneas y la evacuación no es, aunque lo
parezca, una extravagancia de la naturaleza. Es el comportamiento perfectamente
lógico —aunque espectacular— de un paisaje construido con roca caliza, agua
infiltrándose y física básica haciendo su trabajo con entusiasmo.
Para entender lo que está pasando
hay que imaginar el suelo no como una superficie sólida, sino como una especie
de queso gruyère gigantesco. La roca caliza, que domina en muchas sierras
mediterráneas, es un material extraordinariamente hospitalario con el agua.
Está formada por carbonato cálcico, un compuesto que, con paciencia y unas
gotas de acidez natural presentes en el agua de lluvia, se disuelve con una
facilidad sorprendente. Durante miles o millones de años, el agua que se
infiltra por grietas diminutas va ampliando esos conductos, creando túneles,
cavidades, galerías y auténticos sistemas de cuevas subterráneas. Este tipo de
paisaje recibe un nombre técnico muy elegante: relieve kárstico, aunque en la
práctica significa que el subsuelo está lleno de autopistas acuáticas
invisibles.
Cuando llueve con normalidad, el
agua se filtra lentamente, desciende por las fisuras de la roca y acaba
almacenándose en acuíferos, que no son otra cosa que depósitos naturales
subterráneos. Estos acuíferos funcionan como esponjas geológicas: absorben el
agua, la almacenan y la liberan poco a poco alimentando manantiales, ríos o
pozos. Todo muy civilizado y perfectamente compatible con la vida humana.
El problema comienza cuando la
lluvia deja de comportarse como lluvia y pasa a actuar como una descarga masiva
de líquido sobre una estructura que, aunque fascinante, tiene límites físicos
muy concretos. En episodios de precipitaciones extremas, el suelo se satura con
rapidez. La roca caliza, con todas sus grietas y cavidades, empieza a llenarse
de agua a una velocidad que supera su capacidad de drenaje. Es entonces cuando
entra en escena un fenómeno particularmente interesante: el acuífero confinado
o acuífero a presión.
Un acuífero confinado es,
simplificando mucho, un depósito de agua atrapado entre capas de roca
relativamente impermeables. A diferencia de los acuíferos abiertos, donde el
agua está en contacto directo con la atmósfera, aquí el líquido queda encerrado
y sometido a presiones superiores a la presión atmosférica. Es como si el agua
estuviera almacenada dentro de una botella geológica gigantesca, comprimida y
esperando una salida.
Durante lluvias extremas, el agua
continúa infiltrándose y aumentando esa presión interna. Si encuentra una
fisura, un conducto antiguo o incluso el punto débil de una construcción humana
(las instalaciones eléctricas, por ejemplo), el agua puede ascender
violentamente hacia la superficie. De ahí que en algunos episodios aparezca
brotando por paredes, suelos o sótanos con una determinación que suele pillar
por sorpresa a los propietarios de las viviendas afectadas.
Pero el fenómeno más
desconcertante para quienes lo escuchan son los ruidos. Esas explosiones o
retumbos que se han descrito en Grazalema tienen una explicación
tranquilizadora desde el punto de vista científico. En los sistemas kársticos,
no solo circula agua. También existe aire atrapado en cavidades subterráneas.
Cuando el agua invade rápidamente esos espacios, comprime el aire como si fuera
un pistón natural. Si la presión alcanza un punto crítico, el aire puede
liberarse de golpe, generando ondas sonoras y vibraciones que se perciben en
superficie como explosiones. La montaña, literalmente, eructa.
Este proceso no implica
necesariamente que se esté produciendo un colapso estructural inmediato del
terreno, aunque sí indica que el sistema subterráneo está funcionando al límite
de su capacidad hidráulica. Y eso explica por qué las autoridades suelen optar
por evacuaciones preventivas como han hecho hoy. El agua bajo presión puede
reactivar conductos antiguos, abrir nuevas vías de circulación o debilitar
cavidades existentes, incrementando el riesgo de hundimientos localizados o
filtraciones imprevisibles.
El comportamiento de la roca
caliza añade otro ingrediente a esta mezcla geológica. A diferencia de
materiales más compactos como el granito, la caliza no solo se fractura:
evoluciona químicamente con el agua. Cada episodio de lluvia intensa no solo
transporta agua, sino que también modifica lentamente la arquitectura interna
del subsuelo. Es un proceso lento a escala humana, pero perfectamente activo en
cada tormenta.
Curiosamente, el mismo fenómeno
que provoca estos episodios espectaculares es el responsable de algunos de los
paisajes más hermosos del planeta. Las cuevas con estalactitas, los cañones
estrechos y los manantiales cristalinos son productos directos de esa relación
íntima entre agua y caliza. La naturaleza, como suele ocurrir, combina la
belleza con una cierta inclinación por el dramatismo.
La paradoja es que los acuíferos
kársticos son extraordinariamente valiosos para el abastecimiento de agua
potable. Son reservas naturales de enorme capacidad, pero también son sistemas
extremadamente dinámicos y, por tanto, difíciles de predecir. Funcionan más
como redes de tuberías naturales que como depósitos homogéneos. El agua puede
desplazarse rápidamente por conductos estrechos y aparecer a kilómetros de
distancia en cuestión de horas.
Durante episodios de lluvias
excepcionales, este comportamiento se intensifica. El agua no solo se infiltra:
circula, presiona, redistribuye fuerzas internas y, ocasionalmente, encuentra
salidas inesperadas. Las paredes que supuran agua, los suelos que rezuman
humedad y los retumbos subterráneos forman parte del mismo mecanismo
hidráulico.
Desde el punto de vista
científico, lo que ocurre en lugares como Grazalema es un recordatorio
espectacular de que el paisaje no es estático. Bajo nuestros pies existe un
sistema activo, en constante transformación, que responde con sorprendente
rapidez a cambios meteorológicos extremos. Vivimos sobre un entramado geológico
que, en circunstancias normales, pasa completamente desapercibido. Pero cuando
la lluvia se vuelve insistente, ese mundo subterráneo decide participar en la
conversación.
En cierto modo, los episodios
como el actual son una lección de humildad hidrológica. Nos recuerdan que las
montañas no son bloques inertes, sino organismos geológicos con circulación
interna, presiones, conductos y, ocasionalmente, una tendencia bastante teatral
a manifestarse mediante ruidos que harían palidecer a cualquier vecino que no
esté familiarizado con la fontanería subterránea del planeta.
La buena noticia es que estos
fenómenos están bastante bien estudiados y forman parte del comportamiento
natural de los sistemas kársticos. La mala noticia es que siguen siendo
imprevisibles en detalle, lo que obliga a tratar cada episodio con prudencia.
Cuando la montaña empieza a respirar agua y a expulsar aire comprimido, lo
sensato suele ser apartarse y dejar que la física haga su trabajo.
Al final, lo que ocurre en
Grazalema no es un misterio, sino un espectáculo geológico que recuerda algo
bastante sencillo: el agua, cuando decide moverse, siempre encuentra el camino.
Y si no lo encuentra, suele fabricarlo.