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jueves, 5 de febrero de 2026

PLURIBUS Y EL NACIMIENTO DEL PLACERPUNK: EL FUTURO DONDE NADIE QUIERE REBELARSE

 


A finales de año, cuando el calendario ya empieza a oler a recuento y a promesas que nadie cumplirá, hubo gente que organizó su semana alrededor de algo tan antiguo como esperar un capítulo de televisión. No era exactamente nostalgia, aunque tenía algo de eso. Era más bien la sensación de asistir a un fenómeno raro: una serie que parecía hablarnos del futuro mientras nos describía, con una precisión inquietante, el presente. Pluribus, la distopía firmada por Vince Gilligan para Apple TV+, consiguió ese efecto extraño que solo logran algunas ficciones: convertir el entretenimiento en un espejo ligeramente deformado donde uno reconoce su propia cara, aunque preferiría no hacerlo.

La premisa es sencilla, casi elegante en su perversidad. Un virus de origen desconocido conecta a la humanidad en una mente colmena, el concepto que define a una inteligencia colectiva donde múltiples individuos actúan como una única entidad interconectada, compartiendo pensamientos y acciones sin apenas individualidad. No hay destrucción, no hay hordas violentas ni ciudades en ruinas. Todo lo contrario.

La infección vírica llegada desde quién sabe dónde, convierte a las personas en seres pacíficos, eficientes y, sobre todo, felices. La humanidad alcanza un grado de armonía que Tomás Moro habría firmado sin pestañear. La singularidad individual desaparece, pero nadie parece echarla de menos. Los infectados son vecinos modélicos, atentos, sonrientes, impecablemente civilizados. Cortan el césped, te preguntan si has dormido bien, llenan tu despensa, se anticipan a tus necesidades con una amabilidad mirífica.

La única grieta en ese paraíso es Carol, interpretada por Rhea Seehorn, que se aferra a su individualidad con la obstinación de quien protege el último fósil de una especie extinguida. Seehorn compone un personaje lleno de fragilidad y determinación, una mujer que no lucha contra un régimen brutal sino contra un sistema que la observa con ternura y una paciencia que resulta infinitamente más inquietante que cualquier amenaza explícita.

Hay algo hipnótico en su interpretación, quizá porque encarna una forma de resistencia que ya no consiste en enfrentarse al poder, sino en negarse a diluirse en él. Y lo hace, además, con la serenidad luminosa de sus espléndidos cincuenta años, que en su caso parecen funcionar como un instrumento dramático más que como una cifra biográfica.

La serie encaja con precisión en ese concepto que Fredric Jameson atribuía a la ciencia ficción cuando hablaba del extrañamiento: la capacidad de alejar lo suficiente la realidad para que podamos verla con nitidez. Pluribus no pretende anticipar el futuro. Lo que hace es exagerar apenas unas cuantas tendencias del presente hasta convertirlas en una imagen perfectamente reconocible. Como los espejos del callejón del Gato, la serie deforma para revelar.

Para entender por qué ese mundo de armonía obligatoria resulta tan perturbador conviene repasar cómo han evolucionado nuestras pesadillas colectivas. Durante buena parte del siglo XX, el miedo al futuro estuvo ligado al dolor físico y a la opresión visible. En la Metrópolis de Fritz Lang, los trabajadores eran literalmente devorados por la maquinaria industrial. Era el terror de una época que acababa de descubrir hasta dónde podía llegar la explotación del cuerpo humano en nombre del progreso. Décadas después, Orwell imaginó en 1984 un sistema donde el control se ejercía mediante la vigilancia y el castigo, un mundo donde el poder no necesitaba disimular su brutalidad porque el miedo era su principal herramienta política.

Los años ochenta trasladaron esa angustia hacia la tecnología autónoma. Las distopías industriales dieron paso a universos donde las máquinas y las corporaciones sustituían al Estado como fuerza dominante. Aquellas ficciones estaban impregnadas del pánico nuclear de la Guerra Fría y del temor a que nuestras propias creaciones adquirieran conciencia. Luego llegó el cyberpunk, con ciudades saturadas de neón, lluvia interminable y corporaciones omnipotentes que no necesitaban ejercer violencia porque controlaban el sistema que permitía la vida cotidiana.

A finales del milenio, el terror se desplazó del cuerpo a la mente. La angustia ya no era ser explotado físicamente, sino vivir en una realidad fabricada, en una simulación tan convincente que hacía imposible distinguir entre libertad y engaño. La opresión se volvió psicológica.

Pluribus introduce un giro más radical todavía. Si las distopías clásicas mostraban sistemas que dominaban mediante el dolor o el engaño, la serie propone un modelo donde el control se ejerce a través del bienestar. Para describir esa mutación, quizá convenga adoptar un neologismo: placerpunk. Si el dieselpunk reflejaba el miedo industrial y el cyberpunk la ansiedad tecnológica, el placerpunk define un universo donde la dominación adopta la forma del confort absoluto.

En ese escenario, el enemigo no viste uniforme ni empuña armas. Se presenta con bordes redondeados, colores suaves y un lenguaje cuidadosamente diseñado para no incomodar. La coerción desaparece bajo una capa de cordialidad institucional. Los ciudadanos se convierten en miembros de comunidad, los trabajadores en colaboradores, los problemas en oportunidades de mejora. La violencia no desaparece, simplemente se vuelve pasivo-agresiva.

Ahí reside la trampa política que la serie describe con precisión quirúrgica. En las distopías tradicionales, el enemigo era visible. Podía señalarse al policía, al burócrata o al robot asesino. En el placerpunk, la colmena no castiga a los disidentes: los cuida. La presión social surge de la mayoría sonriente que insiste, con infinita paciencia, en que la resistencia es innecesaria. Es el terror de ser la única persona sobria en una fiesta donde todos te animan, con entusiasmo genuino, a que disfrutes más y más.

El sufrimiento colectivo puede convertirse en semilla de rebelión. El sufrimiento individual, en cambio, suele interpretarse como un problema personal. El sistema queda exonerado. Si alguien no es feliz en un mundo diseñado para garantizar la felicidad, la conclusión parece evidente: el error está en el individuo.

Aunque Pluribus cristaliza esta estética, la imagen profética del placerpunk quizá apareciera antes en WALL·E. Batallón de limpieza. En la nave Axiom, los humanos viven rodeados de comodidades, desplazándose en sillones flotantes mientras sistemas automatizados satisfacen cada necesidad. No hay cadenas ni látigos. Hay smoothies personalizados y pantallas envolventes. Aquellos pasajeros no son esclavos: son bebés tecnológicos convencidos de ejercer control sobre su existencia.

El gran acierto de Pluribus consiste en señalar que la mayor amenaza del siglo XXI tal vez no sea la tecnología hostil, sino la tecnología excesivamente complaciente. Un sistema capaz de anticipar nuestros deseos hasta el punto de volver incómoda la libertad. En el cyberpunk, el ser humano luchaba desesperadamente por conservar su humanidad frente a la máquina. En el placerpunk, la entrega voluntariamente a cambio de no tener que esforzarse demasiado. Y cuando algo falla, no se rebela: se queja como un cliente insatisfecho.

La serie sugiere que el fin del mundo podría no llegar con explosiones ni colapsos espectaculares. Podría adoptar una forma mucho más seductora. Será amable, eficiente, estéticamente agradable. Tendrá música suave y un servicio de atención al usuario impecable. Lo verdaderamente aterrador no será que nos obliguen a aceptarlo, sino que nos hará sentir culpables si decidimos resistirnos. Y quizá ese sea el verdadero triunfo del placerpunk: lograr que la libertad parezca una molestia y la sumisión un servicio premium.