A finales de año, cuando el
calendario ya empieza a oler a recuento y a promesas que nadie cumplirá, hubo
gente que organizó su semana alrededor de algo tan antiguo como esperar un
capítulo de televisión. No era exactamente nostalgia, aunque tenía algo de eso.
Era más bien la sensación de asistir a un fenómeno raro: una serie que parecía
hablarnos del futuro mientras nos describía, con una precisión inquietante, el
presente. Pluribus, la distopía firmada por Vince Gilligan para Apple
TV+, consiguió ese efecto extraño que solo logran algunas ficciones: convertir
el entretenimiento en un espejo ligeramente deformado donde uno reconoce su
propia cara, aunque preferiría no hacerlo.
La premisa es sencilla, casi
elegante en su perversidad. Un virus de origen desconocido conecta a la
humanidad en una mente colmena, el concepto que define a una inteligencia
colectiva donde múltiples individuos actúan como una única entidad
interconectada, compartiendo pensamientos y acciones sin apenas individualidad.
No hay destrucción, no hay hordas violentas ni ciudades en ruinas. Todo lo
contrario.
La infección vírica llegada desde
quién sabe dónde, convierte a las personas en seres pacíficos, eficientes y,
sobre todo, felices. La humanidad alcanza un grado de armonía que Tomás Moro habría
firmado sin pestañear. La singularidad individual desaparece, pero nadie parece
echarla de menos. Los infectados son vecinos modélicos, atentos, sonrientes,
impecablemente civilizados. Cortan el césped, te preguntan si has dormido bien,
llenan tu despensa, se anticipan a tus necesidades con una amabilidad mirífica.
La única grieta en ese paraíso es
Carol, interpretada por Rhea Seehorn, que se aferra a su individualidad con la
obstinación de quien protege el último fósil de una especie extinguida. Seehorn
compone un personaje lleno de fragilidad y determinación, una mujer que no
lucha contra un régimen brutal sino contra un sistema que la observa con
ternura y una paciencia que resulta infinitamente más inquietante que cualquier
amenaza explícita.
Hay algo hipnótico en su
interpretación, quizá porque encarna una forma de resistencia que ya no
consiste en enfrentarse al poder, sino en negarse a diluirse en él. Y lo hace,
además, con la serenidad luminosa de sus espléndidos cincuenta años, que en su
caso parecen funcionar como un instrumento dramático más que como una cifra
biográfica.
La serie encaja con precisión en
ese concepto que Fredric Jameson atribuía a la ciencia ficción cuando hablaba
del extrañamiento: la capacidad de alejar lo suficiente la realidad para que
podamos verla con nitidez. Pluribus no pretende anticipar el futuro. Lo
que hace es exagerar apenas unas cuantas tendencias del presente hasta
convertirlas en una imagen perfectamente reconocible. Como los espejos del
callejón del Gato, la serie deforma para revelar.
Para entender por qué ese mundo
de armonía obligatoria resulta tan perturbador conviene repasar cómo han
evolucionado nuestras pesadillas colectivas. Durante buena parte del siglo XX,
el miedo al futuro estuvo ligado al dolor físico y a la opresión visible. En la
Metrópolis de Fritz Lang, los trabajadores eran literalmente devorados
por la maquinaria industrial. Era el terror de una época que acababa de
descubrir hasta dónde podía llegar la explotación del cuerpo humano en nombre
del progreso. Décadas después, Orwell imaginó en 1984 un sistema donde
el control se ejercía mediante la vigilancia y el castigo, un mundo donde el
poder no necesitaba disimular su brutalidad porque el miedo era su principal
herramienta política.
Los años ochenta trasladaron esa
angustia hacia la tecnología autónoma. Las distopías industriales dieron paso a
universos donde las máquinas y las corporaciones sustituían al Estado como
fuerza dominante. Aquellas ficciones estaban impregnadas del pánico nuclear de
la Guerra Fría y del temor a que nuestras propias creaciones adquirieran
conciencia. Luego llegó el cyberpunk, con ciudades saturadas de neón,
lluvia interminable y corporaciones omnipotentes que no necesitaban ejercer
violencia porque controlaban el sistema que permitía la vida cotidiana.
A finales del milenio, el terror
se desplazó del cuerpo a la mente. La angustia ya no era ser explotado
físicamente, sino vivir en una realidad fabricada, en una simulación tan
convincente que hacía imposible distinguir entre libertad y engaño. La opresión
se volvió psicológica.
Pluribus introduce un giro
más radical todavía. Si las distopías clásicas mostraban sistemas que dominaban
mediante el dolor o el engaño, la serie propone un modelo donde el control se
ejerce a través del bienestar. Para describir esa mutación, quizá convenga adoptar
un neologismo: placerpunk. Si el dieselpunk reflejaba el miedo
industrial y el cyberpunk la ansiedad tecnológica, el placerpunk
define un universo donde la dominación adopta la forma del confort absoluto.
En ese escenario, el enemigo no
viste uniforme ni empuña armas. Se presenta con bordes redondeados, colores
suaves y un lenguaje cuidadosamente diseñado para no incomodar. La coerción
desaparece bajo una capa de cordialidad institucional. Los ciudadanos se
convierten en miembros de comunidad, los trabajadores en colaboradores, los
problemas en oportunidades de mejora. La violencia no desaparece, simplemente
se vuelve pasivo-agresiva.
Ahí reside la trampa política que
la serie describe con precisión quirúrgica. En las distopías tradicionales, el
enemigo era visible. Podía señalarse al policía, al burócrata o al robot
asesino. En el placerpunk, la colmena no castiga a los disidentes: los
cuida. La presión social surge de la mayoría sonriente que insiste, con
infinita paciencia, en que la resistencia es innecesaria. Es el terror de ser
la única persona sobria en una fiesta donde todos te animan, con entusiasmo
genuino, a que disfrutes más y más.
El sufrimiento colectivo puede
convertirse en semilla de rebelión. El sufrimiento individual, en cambio, suele
interpretarse como un problema personal. El sistema queda exonerado. Si alguien
no es feliz en un mundo diseñado para garantizar la felicidad, la conclusión
parece evidente: el error está en el individuo.
Aunque Pluribus cristaliza
esta estética, la imagen profética del placerpunk quizá apareciera antes
en WALL·E. Batallón de limpieza. En la nave Axiom, los humanos
viven rodeados de comodidades, desplazándose en sillones flotantes mientras
sistemas automatizados satisfacen cada necesidad. No hay cadenas ni látigos.
Hay smoothies personalizados y pantallas envolventes. Aquellos pasajeros
no son esclavos: son bebés tecnológicos convencidos de ejercer control sobre su
existencia.
El gran acierto de Pluribus
consiste en señalar que la mayor amenaza del siglo XXI tal vez no sea la
tecnología hostil, sino la tecnología excesivamente complaciente. Un sistema
capaz de anticipar nuestros deseos hasta el punto de volver incómoda la
libertad. En el cyberpunk, el ser humano luchaba desesperadamente por
conservar su humanidad frente a la máquina. En el placerpunk, la entrega
voluntariamente a cambio de no tener que esforzarse demasiado. Y cuando algo
falla, no se rebela: se queja como un cliente insatisfecho.
La serie sugiere que el fin del mundo podría no llegar con explosiones ni colapsos espectaculares. Podría adoptar una forma mucho más seductora. Será amable, eficiente, estéticamente agradable. Tendrá música suave y un servicio de atención al usuario impecable. Lo verdaderamente aterrador no será que nos obliguen a aceptarlo, sino que nos hará sentir culpables si decidimos resistirnos. Y quizá ese sea el verdadero triunfo del placerpunk: lograr que la libertad parezca una molestia y la sumisión un servicio premium.