Vistas de página en total

sábado, 4 de abril de 2026

LOCOS POR LAS PROTEÍNAS (o cómo convertir el agua en gimnasio)

 

Vivimos en una época en la que uno no puede beber un simple vaso de agua sin que alguien haya decidido previamente que debería llevar proteínas. Hay batidos de proteínas, refrescos proteicos, aguas proteicas —que suenan como si alguien hubiera ordeñado una nube— y una gama de alimentos enriquecidos que incluye cereales, pan, palomitas, gominolas y, por supuesto, las omnipresentes barritas, diseñadas para que mastiques algo con la textura de un ladrillo optimista.

La proteína, en definitiva, ha pasado de ser un nutriente a ser una filosofía de vida. Pero antes de que intentemos inyectarla en el café o en la almohada, conviene hacerse una pregunta sencilla: ¿qué demonios es exactamente una proteína?

Para responder hay que retroceder al siglo XIX, cuando el químico neerlandés Gerardus Johannes Mulder decidió que examinar clara de huevo, leche y sangre era una forma perfectamente razonable de pasar el tiempo. De allí extrajo sustancias que contenían carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno —lo cual, en términos químicos, es como encontrar que algo está hecho de “cosas importantes”— y escribió emocionado a su colega sueco Jöns Jacob Berzelius. Este, con gran sentido del marketing científico, sugirió llamarlas “proteínas”, del griego proteios, “de suma importancia”. Y desde entonces no hemos dejado de tomárnoslo muy en serio.

Unos sesenta años más tarde, Emil Fischer descubrió que las proteínas están formadas por aminoácidos unidos en largas cadenas, algo así como collares microscópicos que, dependiendo de cómo se doblen, pueden convertirse en músculos, enzimas o, en casos extremos, en cosas que hacen que la leche se corte con dignidad.

Hoy sabemos que hay unos veinte aminoácidos básicos que, combinados de diversas maneras, construyen prácticamente todo lo que en tu cuerpo no es agua, hueso o una vaga sensación de culpa. Tus músculos, tu piel, tus uñas, tus hormonas, buena parte de tu sangre y hasta neurotransmisores como la dopamina o la serotonina —responsables de que un lunes no sea del todo insoportable— dependen de ellos.

No es de extrañar que las proteínas hayan adquirido fama de superhéroes nutricionales. Ya los antiguos griegos creían que comer carne te hacía más fuerte, siguiendo la lógica impecable de “músculo a músculo”: comes un animal musculoso y, con suerte, te vuelves como él. Es una idea entrañable, aunque también implicaría que comer lechuga debería volverte más crujiente.

Durante años, los deportistas siguieron rituales como el famoso “filete antes del partido”, hasta que alguien tuvo la audacia de medir cosas y descubrió que la energía viene sobre todo de los carbohidratos, mientras que las proteínas sirven más bien para mantener y reparar el músculo. Es decir, no basta con comer proteína para desarrollar bíceps: también hay que levantar algo más pesado que el mando a distancia.

De hecho, el cuerpo es bastante razonable en este aspecto. Puedes entrenar todo lo que quieras, pero solo puedes ganar unos pocos gramos de músculo al día. Y esos aminoácidos necesarios los obtienes sin dificultad de una dieta normal. Lo que sí ocurre constantemente es que el cuerpo se descompone y se repara —una actividad que suena alarmante, pero es completamente normal— y para ello necesita proteínas.

Entonces, ¿cuánta proteína necesitamos realmente? Aquí entra en escena una de las ideas más elegantes de la nutrición: medir el nitrógeno. Dado que la proteína es el único macronutriente que lo contiene, los científicos decidieron alimentar a voluntarios, medir lo que ingerían y, con admirable serenidad, analizar lo que expulsaban. Así calcularon que unos 0,8 gramos por kilo de peso corporal bastan para evitar deficiencias.

Si buscas algo más ambicioso —como no desmoronarte con los años o rendir mejor físicamente—, una cifra entre 1,1 y 1,5 gramos por kilo de peso corporal es razonable. Los mayores necesitan algo más debido a la llamada “resistencia anabólica”, que es una forma técnica de decir que el cuerpo se vuelve un poco testarudo.

Lo curioso es que alcanzar estas cantidades no requiere convertirse en un batido ambulante. Un filete grande cubre buena parte de las necesidades, pero también lo hacen opciones menos dramáticas: pollo, pescado, tofu, yogur, huevos, lentejas o incluso un modesto sándwich de mantequilla de cacahuete. Es decir, puedes vivir perfectamente sin beber agua con proteínas añadidas, aunque eso decepcione a ciertos departamentos de marketing.

Incluso hay indicios de que sustituir parte de la proteína animal por vegetal puede ser beneficioso a largo plazo, lo cual añade una capa adicional de complejidad a una historia que ya incluye huevos, nitrógeno y gominolas musculadas.

En cuanto a los suplementos, funcionan, pero conviene recordar que no son magia: una cucharada de proteína de suero aporta unos veinticinco gramos, lo mismo que podrías obtener comiendo con sensatez. Son útiles, sí, pero no sustituyen a algo que sigue siendo incómodamente necesario: hacer ejercicio.

Porque, al final, todo este entusiasmo proteico se estrella contra una verdad simple y algo irritante: puedes consumir todas las proteínas del mundo, pero si no levantas pesas —o al menos algo que ofrezca resistencia—, tus músculos no recibirán el mensaje.

Y eso, por desgracia, no se puede embotellar.