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jueves, 4 de junio de 2026

PANCHO VILLA EN COLUMBUS

 

Si mencionas el 11 de septiembre, cualquier estadounidense sabrá al instante a qué te refieres. Lo mismo ocurre con Pearl Harbor. La mayoría de los estadounidenses saben vagamente que durante la Guerra de 1812 los británicos bombardearon Fort McHenry e incendiaron la Casa Blanca. Pero si mencionas Columbus, Nuevo México, te mirarán con cara de desconcierto. Sin embargo, el 9 de marzo de 1916, el líder revolucionario mexicano José Doroteo Arango Arámbula —más conocido en la historia como Pancho Villa— lideró un ataque sorpresa contra Columbus que dejó dieciocho estadounidenses y ochenta mexicanos muertos. En cuestión de días, casi 7 000 soldados estadounidenses cruzaron la frontera hacia México en busca de Villa, en lo que se convertiría en uno de los capítulos más sombríos de la historia militar de Estados Unidos: la Expedición Punitiva.

El desierto de Nuevo México tiene algo de escenario detenido en el tiempo. Las gasolineras parecen decorados, los perros duermen bajo los porches y el viento levanta polvo con una paciencia que podría contarse en siglos. En el centro de Columbus, un pueblo de menos de dos mil habitantes, hay un museo minúsculo con un letrero que parece una ironía del destino: Pancho Villa State Park. Me detuve allí una mañana de marzo, justo en el aniversario del ataque. Del aire emanaba un aroma a arena caliente y a nostalgia.

En las paredes del pequeño museo cuelgan fotografías en sepia de hombres a caballo, casas ardiendo y soldados en pijama. Cuesta imaginar que aquí, en este lugar tan silencioso, ocurrió la última invasión extranjera del territorio continental de Estados Unidos. Sucedió el 9 de marzo de 1916, cuando unos quinientos jinetes cruzaron la frontera desde México, liderados por un hombre que para algunos era un héroe y para otros un bandido: Francisco “Pancho” Villa.

A las cuatro de la madrugada, mientras el pueblo dormía, los primeros disparos despertaron a la guarnición del 13º Regimiento de Caballería. Las llamas iluminaron los establos y las fachadas de madera. Algunos soldados apenas tuvieron tiempo de calzarse las botas antes de devolver el fuego. Villa había prometido tomar el pueblo y castigar a los “gringos traidores” que, según él, lo habían abandonado en su guerra contra los federales mexicanos. El ataque duró apenas una hora. Cuando amaneció, diecisiete estadounidenses y más de ochenta villistas yacían muertos entre el polvo. El pequeño Columbus, de repente, era un nombre en los titulares de todo el país.

Durante meses, la frontera había sido un hervidero. El gobierno de Woodrow Wilson había reconocido al presidente Venustiano Carranza, el enemigo de Villa, y con ello lo había condenado al aislamiento. El caudillo del norte, que antes contaba con la simpatía de Washington, se sintió traicionado. En su lógica de guerra y orgullo, decidió devolver el golpe donde más dolía: en suelo estadounidense.

Lo que siguió fue la respuesta más rápida y aparatosa que podía imaginarse. Wilson ordenó una Expedición Punitiva: diez mil hombres al mando del general John J. Pershing, con la orden de capturar a Villa “vivo o muerto”. Fue una operación colosal para la época: camiones, motocicletas, aviones —los primeros utilizados por el Ejército estadounidense— y una columna interminable de mulas, caballos y soldados cruzando el desierto de Chihuahua.

Pershing, un militar metódico y obstinado, avanzó más de quinientos kilómetros tierra adentro, persiguiendo un fantasma. Villa se desvanecía entre los montes, protegido por la geografía y por la simpatía de los campesinos. A veces, cuando los soldados llegaban a un poblado, encontraban los restos de una fogata aún tibia o el eco de una carcajada en la sierra. Decían que Villa dormía con un ojo abierto y que podía oír el galope de sus perseguidores a kilómetros de distancia.

La persecución se prolongó durante casi un año. Pershing construyó caminos, levantó campamentos y probó nuevas tácticas de abastecimiento, pero nunca logró acorralar a su enemigo. Los aviones Curtiss JN-3 que sobrevolaban el desierto se estrellaban con frecuencia por culpa de las tormentas de arena. Los camiones se quedaban varados en los arroyos secos. El ejército más moderno del mundo estaba aprendiendo, a base de golpes, que el desierto mexicano no se deja conquistar.

Mientras tanto, la frontera se convirtió en una línea de nervios. Los periódicos hablaban del “loco del norte” y del peligro mexicano; en México, la incursión de Pershing se veía como una violación intolerable de la soberanía nacional. Las tensiones estuvieron a punto de provocar una guerra abierta. Pero en 1917 Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial, y Wilson ordenó el regreso de las tropas. Villa seguía vivo.

Aquel fracaso militar se olvidó pronto, pero el episodio dejó una huella profunda. Fue la última vez que un ejército extranjero cruzó armas en suelo estadounidense, y la primera en que Estados Unidos usó aviones en una operación de combate. También fue el ensayo de una nueva doctrina: la guerra moderna, mecanizada y mediática. Pershing aprendería mucho en el desierto de Chihuahua; un año después, aplicaría esas lecciones en los campos de Francia. Entre los jóvenes oficiales que participaron en la expedición estaba un tal George S. Patton, que en esa campaña realizó su primer combate y su primera fotografía posando junto a tres villistas muertos.

De Villa quedó el mito. Para unos, fue un vengador popular; para otros, un criminal de frontera. Nació pobre, trabajó de bandolero, se volvió revolucionario, general y, finalmente, fugitivo. Tenía carisma, sentido teatral y un talento innato para la guerra irregular. En los noticieros de la época —que él mismo ayudó a filmar— aparecía siempre erguido, con su gran sombrero y una sonrisa entre desafiante y divertida. Era el Robin Hood del desierto, el caudillo que desafiaba a los poderosos, aunque a veces no supiera muy bien por qué.

En Columbus, los viejos aún cuentan historias. Dicen que los villistas confundieron una tienda de abarrotes con el cuartel, que los caballos se asustaron con el silbido de las locomotoras, que algunos soldados estadounidenses se defendieron disparando desde debajo de las camas. También dicen que Villa había jurado vengarse de un comerciante local que lo había estafado con la venta de armas defectuosas. Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero en esta frontera los mitos pesan tanto como los hechos.

Caminar por el pueblo hoy es una experiencia extraña. Las calles están casi vacías. Frente al museo se alza una torre con un cartel que dice Camp Furlong Historic Site, donde Pershing instaló su cuartel general hace más de un siglo. Unas fotos muestran a los primeros pilotos del ejército, posando junto a sus biplanos de lona y madera. En una vitrina se conserva la silla de montar de un soldado y una moneda doblada por una bala: reliquias de un tiempo en que el polvo y el miedo eran casi la misma cosa.

Al caer la tarde, el sol convierte el horizonte en una línea de fuego. El desierto parece no tener fin. Pienso en aquel amanecer de 1916: en los disparos, los caballos, el fuego, el desconcierto. En Villa alejándose hacia el sur, perdiéndose en las sierras, mientras Pershing ordenaba perseguirlo hasta el fin del mundo. Pienso también en cómo esa historia, mínima y trágica, fue al mismo tiempo el último eco de las viejas guerras de frontera y el primer rumor del siglo moderno.

A veces, los lugares más tranquilos son los que esconden los rugidos más antiguos. Columbus, con su gasolinera, su parque estatal y su museo silencioso dedicado a Pancho Villa, es uno de ellos. Aquí, donde el viento no ha dejado de soplar desde entonces, todavía se siente algo del vértigo de aquella madrugada en la que un hombre cruzó la línea para recordarle a un imperio que su frontera no era invulnerable.