Hay pocas cosas más
desconcertantes que encontrar una araña donde, según toda lógica, ninguna araña
debería estar. Sobre la mesa del jardín, por ejemplo. Dentro de un coche recién
lavado. O en la cubierta de un barco situado a más de cien kilómetros de la costa,
rodeado de agua hasta donde alcanza la vista. Uno imagina que el animal ha
debido de esconderse entre el equipaje, aferrarse al casco o viajar como
polizón en algún cajón de provisiones. Lo último que se le ocurre es que haya
llegado volando.
Sin embargo, eso fue exactamente
lo que observó Charles Darwin durante el viaje del Beagle. En octubre de
1832, mientras el barco navegaba frente a las costas de Sudamérica, comenzaron
a aparecer pequeñas arañas sobre la cubierta. No llegaban caminando desde
ningún sitio. Simplemente descendían del cielo. Algunas iban suspendidas de
hilos casi invisibles; otras aterrizaban directamente sobre las velas, las
barandillas o incluso sobre la ropa de los marineros. Darwin quedó tan
intrigado que dedicó varias páginas de su diario a describir aquel espectáculo.
Aquellas diminutas criaturas estaban alcanzando un barco perdido en medio del
océano. ¿Cómo demonios lo hacían?
Durante casi dos siglos, la
respuesta fue sorprendentemente sencilla y, al mismo tiempo, incompleta. Las
arañas, se decía, utilizaban sus hilos de seda como si fueran pequeños
paracaídas. Esperaban una corriente ascendente de aire, desplegaban varios filamentos
y dejaban que el viento hiciera el resto. Era una explicación razonable, aunque
tenía algunos problemas. En ocasiones las arañas despegaban cuando apenas
soplaba una brisa. Algunas alcanzaban alturas superiores a los cuatro
kilómetros. Otras recorrían cientos de kilómetros sobre el mar. Había algo que
no terminaba de encajar.
Hoy sabemos que Darwin estaba
contemplando uno de los sistemas de transporte más extraordinarios de toda la
naturaleza.
Los biólogos llaman a este
comportamiento ballooning, algo así como «hacer globo». El procedimiento
resulta tan elegante como simple. La araña asciende hasta la punta de una
hierba, una rama o una piedra elevada. Se coloca mirando al viento, levanta el
abdomen como quien orienta una antena y comienza a emitir varios hilos de seda
extraordinariamente finos. No uno, sino decenas de ellos. Durante unos segundos
permanece inmóvil, aparentemente esperando una señal invisible. De repente, sin
carrera previa ni impulso apreciable, despega.
La escena tiene algo de milagro.
El animal pesa apenas unos miligramos, pero empieza a elevarse lentamente hasta
desaparecer en el cielo. Desde abajo parece una mota de polvo. Desde arriba,
probablemente sea el pasajero más ligero que haya utilizado jamás la atmósfera
como autopista. Lo verdaderamente maravilloso es que el viento no trabaja solo.
Vivimos inmersos en un inmenso
campo eléctrico del que apenas somos conscientes. La atmósfera y la superficie
terrestre mantienen de manera permanente una diferencia de potencial eléctrico.
Cerca del suelo existe un campo de alrededor de cien voltios por metro que
apunta hacia la Tierra. No lo notamos porque nuestro cuerpo está perfectamente
adaptado a convivir con él, del mismo modo que convivimos con la gravedad sin
pensar continuamente en ella.
Las arañas, en cambio, parecen
haber aprendido a aprovecharlo. En 2018, un equipo de investigadores de la
Universidad de Bristol consiguió demostrar experimentalmente que ese campoeléctrico influye directamente en el despegue de las arañas. Los científicos
introdujeron varios ejemplares en una cámara donde podían encender y apagar un
campo eléctrico equivalente al de la atmósfera terrestre. El resultado fue
asombroso. En cuanto aparecía el campo eléctrico, las arañas adoptaban
inmediatamente la característica postura de despegue: levantaban el abdomen y
extendían los hilos de seda. Algunas llegaban incluso a elevarse aunque apenas
existiera movimiento de aire. Cuando el campo desaparecía, descendían.
No es que las arañas «funcionen
con electricidad», como a veces afirman las redes sociales. La realidad es
bastante más elegante. La seda adquiere carga eléctrica durante su emisión, y
esa carga interactúa con el campo eléctrico atmosférico. El resultado es una
fuerza adicional que ayuda a separar los hilos entre sí y proporciona parte de
la sustentación necesaria para iniciar el vuelo. Es una combinación de
aerodinámica y electrostática tan refinada que ningún ingeniero la habría
imaginado hace unas décadas.
El ballooning, el hecho de
que un hilo de seda, más fino que un cabello humano, pueda convertirse en una
especie de vela eléctrica no es un capricho acrobático. Es una estrategia de
supervivencia extraordinariamente eficaz. Las arañas jóvenes, recién salidas
del huevo, necesitan abandonar el lugar donde nacieron antes de competir entre
ellas por el alimento o, peor aún, convertirse en el almuerzo de sus propios
hermanos. La solución consiste en abandonar el vecindario por la vía más rápida
disponible: el cielo.
Gracias a este método han
colonizado prácticamente todos los continentes e innumerables islas oceánicas.
Han sido encontradas en barcos a cientos de kilómetros de tierra firme. Se han
capturado ejemplares a varios kilómetros de altitud mediante globos meteorológicos.
Después de erupciones volcánicas, inundaciones o incendios forestales, las
arañas suelen figurar entre los primeros animales que recolonizan el terreno
devastado. Allí donde aparece un nuevo paisaje, tarde o temprano llega una
araña descendiendo desde el aire.
Cuando las condiciones
meteorológicas son especialmente favorables, el fenómeno adquiere proporciones
casi bíblicas. Miles o incluso millones de pequeñas arañas despegan
simultáneamente. Los hilos terminan cubriendo árboles, cercas, praderas y
carreteras con una delicadísima capa blanca que recuerda a una nevada de seda.
En Australia estas invasiones aéreas han dejado imágenes espectaculares: campos
enteros envueltos por una gasa brillante que ondula con el viento, como si
alguien hubiera extendido un gigantesco velo sobre el paisaje.
No resulta extraño que durante
siglos estos episodios alimentaran leyendas sobre lluvias de telarañas o
misteriosas fibras caídas del cielo. La explicación era mucho más sencilla: llovían
arañas.
La historia posee, además, una
deliciosa ironía científica. Darwin fue uno de los primeros en describir
cuidadosamente el fenómeno, pero jamás pudo explicar del todo cómo era posible.
Le intrigaba especialmente que los hilos parecieran repelerse unos a otros,
formando abanicos casi perfectos alrededor del animal. Aquella observación,
anotada con la meticulosidad que le caracterizaba, permaneció como una
curiosidad durante casi ciento ochenta años. Solo cuando los físicos comenzaron
a estudiar el papel del campo eléctrico atmosférico adquirió todo su sentido.
Los hilos no se separaban por obra del viento: también se repelían porque
estaban cargados eléctricamente.
No deja de ser una lección de
humildad. A veces la naturaleza nos muestra el fenómeno delante de los ojos,
pero carecemos de las herramientas necesarias para comprenderlo. Hacen falta
generaciones enteras para que distintas disciplinas —en este caso la zoología,
la física atmosférica y la ciencia de los materiales— terminen encajando las
piezas del rompecabezas.
Quizá eso sea lo más hermoso del
ballooning. No demuestra únicamente la extraordinaria capacidad de adaptación
de las arañas. También nos recuerda hasta qué punto el mundo sigue ocultando
mecanismos invisibles. Caminamos convencidos de conocer nuestro entorno y, sin
embargo, sobre nuestras cabezas existe un océano eléctrico permanente que nunca
vemos. Las arañas sí lo perciben. Han aprendido a utilizarlo mucho antes de que
nuestra especie descubriera siquiera la existencia de los electrones.
La próxima vez que vea una diminuta araña suspendida de un hilo solitario brillando al sol, piense durante un instante en lo que realmente está contemplando. No es una simple telaraña. Es un velero microscópico que navega aprovechando simultáneamente el viento y la electricidad del planeta. Mientras nosotros seguimos necesitando aviones, combustible, radares y pistas de aterrizaje, una criatura con un cerebro más pequeño que la cabeza de un alfiler lleva cientos de millones de años cruzando continentes equipada únicamente con un puñado de proteínas hiladas por su propio abdomen.
A veces olvidamos que la evolución es la mejor ingeniera que ha existido jamás. Las arañas nunca inventaron las alas. Encontraron algo mucho más ingenioso: aprendieron a volar sin ellas.